Capítulo 21

La burbuja de la auto-satisfacción de Francesca bruscamente reventó. Holly Grace plantó cinco uñas de color malva sobre la cadera de unos elegantes pantalones blancos de verano y sacudió su cabeza con repugnancia.

– Ese hombre no tiene más sentido común ahora que él día que me casé con él.

Francesca se estremeció cuando cada cabeza en la oficina giró hacía ellas. Sintió sus mejillas llenarse de color, y tuvo un impulso salvaje de cruzar sus manos sobre su abdomen hinchado.

– ¿Queréis utilizar mi oficina para charlar?

Clara estaba de pie en la puerta de su entrada, obviamente disfrutando del mini-drama que había aparecido ante sus ojos.

Holly Grace rápidamente calibró a Clara como la persona de más autoridad y anunció:

– Nosotras vamos a salir un momento a tomar una bebida fría. Es decir si no te importa.

– Es mi invitada -Clara señaló con su mano la puerta-. Realmente espero que puedas compartir todo este entusiasmo con tus oyentes mañana, Francesca. Estoy segura que estarán fascinados.

Francesca se quedó varios pasos detrás de Holly Grace cuando cruzaron el aparcamiento hacia un Mercedes plateado. Ella no tenía ningún deseo de ir a ninguna parte con Holly Grace, pero no podía terminar esta escena particular delante de sus compañeros de trabajo rabiosamente curiosos.

Los músculos de sus hombros se habían apretado en nudos e intentó relajarlos. Si dejaba que Holly Grace la intimidara tan rápidamente, nunca se recuperaría.

El Mercedes tenía un interior de cuero de color gris perla y olía como el dinero nuevo. Cuando Holly Grace entró, dió al volante una palmadita cariñosa y tiró un par de gafas de sol dentro de un bolso que Francesca al instante reconoció como Hermes.

Francesca se fijó en cada detalle de la ropa de Holly Grace, desde la maravillosa blusa de seda color turquesa con botones en la espalda, que desaparecía en su esbelta cintura, los pantalones de corte impecable, la pulsera de plata de Peretti y unas sandalias de Ferragamo.

Los anuncios de Chica Descarada estaban por todas partes, y Francesca no se sintió sorprendida de ver lo bien que Holly Grace lo hacía. Tan casualmente como fue posible, Francesca cubrió con su brazo la mancha de café que estropeaba el frente de su vestido de pre-mamá de algodón amarillo.

Cuando viajaban silenciosamente hacía Sulphur City, el hoyo de su estómago estaba lleno de temor. Ahora que se había enterado de lo del bebé de Francesca, Holly Grace seguramente se lo contaría a Dallie.

¿Y si él intentaba reclamarle el bebé? ¿Qué iba a hacer ella? Miró fijamente hacía adelante y se obligó a pensar.

Por las afueras de Sulphur City, Holly Grace redujo la velocidad ante dos cafeterías separadas, las inspeccionaba, y seguía conduciendo. Sólo cuando miró la tercera y vió que era algo más decente pareció satisfecha.

– Este lugar parece que sirve buen Tex-Mex. Cuento seis pickups (monovolúmenes) y tres Harleys. ¿Qué dices?

Incluso la idea de comer daba a Francesca náuseas; sólo quería terminar de una vez este encuentro.

– Cualquier lugar me parece bien. No tengo hambre.

Holly Grace dio un toque con sus uñas sobre el volante.

– Los pickups son una buena señal, pero no siempre te puedes fiar de las Harleys. Algunos de esos motoristas están tan colgados, que no conocerían la diferencia entre un buen Tex-Mex y el cuero de un zapato.

Otro pickup aparcó delante de ellos, y Holly Grace se decidió. Aparcó el coche en el aparcamiento y apagó el motor.

Unos minutos más tarde, las dos mujeres se deslizaron en unos asientos golpeándose torpemente Francesca su tripa contra el borde de la mesa mientras Holly Grace lo hacía con la elegancia de una modelo. Encima de ellas, unas cabezas disecadas y una piel de serpiente de cascabel estaban clavadas en la pared junto con varias viejas matrículas de Texas. Holly Grace se puso las gafas de sol a manera de diadema y cabeceó hacia la botella de Tabasco en el centro de la mesa.

– Este lugar va a ser verdaderamente bueno.

Una camarera apareció. Holly Grace pidió una combinación tamale-enchilada-taco y Francesca té helado. Holly Grace no hizo ningún comentario sobre su falta de apetito. Se inclinó atrás en el asiento, se colocó el pelo, y tarareó con la máquina de discos. Francesca sentía una vaga familiaridad, como si Holly Grace y ella lo hubieran hecho antes.

Había algo sobre la inclinación de su cabeza, la caída perezosa de su brazo sobre el asiento atrás, y el juego de luz sobre su pelo. Entonces Francesca comprendió que Holly Grace le recordaba a Dallie.

El silencio entre ellas se alargó hasta Francesca no pudo soportarlo más. Un buen ataque, decidió, era su única defensa.

– Este bebé no es de Dallie.

Holly Grace la miró con escepticismo.

– Es un cuento verdaderamente bueno.

– No lo es -la miró con frialdad a través de la mesa-. No intentes crearme ningún problema. Mi vida no es asunto tuyo.

Holly Grace jugó con su pulsera Peretti.

– Oí tu radioshow cuando conducía a través de la carretera noventa en mi ruta hacía Hondo dónde voy a ver a un antiguo amigo. Me sorprendió tanto oirte que casi me salgo de la carretera. Haces un programa verdaderamente bueno -alzó la vista de la pulsera y la miró con sus claros ojos azules-. Dallie se quedó bastante preocupado cuando desapareciste así. Aunque no puedo culparte de volverte loca cuando supiste de mí, realmente no deberías haberte marchado sin hablar con él primero. Él es sensible.

Francesca pensó en un buen número de respuestas y las desechó todas. El bebé le daba fuertes patadas bajo sus costillas.

– Sabes, Francie, Dallie y yo tuvimos un bebé, pero murió -ninguna emoción estaba visible en la cara de Holly Grace. Simplemente contaba un hecho.

– Lo sé. Y lo siento -las palabras parecieron tensas e inadecuadas.

– Si tienes el bebé de Dallie y no se lo dices, opino que no mereces nada bueno en la vida.

– No es su bebé -dijo Francesca-. Yo tenía un asunto en Inglaterra. Justo antes de venir a este pais. Es su bebé, pero se casó con una matemática antes de saber que yo estaba embarazada.

Esta era la historia que se había inventado precipitadamente en el coche, la mejor que se le ocurrió, y la única que Dallie podría aceptar cuando se enterara. Logró mostrar a Holly Grace una de sus viejas miradas arrogantes.

– Bueno además, no pensarás que tendría el bebé de Dallie sin exigir algún tipo de apoyo financiero de él, ¿verdad? No soy estúpida.

Vió que había golpeado una cuerda sensible y que Holly Grace volvía a pensar lo mismo de ella. El té helado de Francesca llegó y tomó un sorbo, luego lo movió con su pajita, intentando ganar tiempo. ¿Debería dar más detalles sobre Nicky para apoyar su mentira o debería callarse? De algún modo tenía que hacer creíble la historia.

– A Dallie le encantan los bebés -dijo Holly Grace-. Él no cree en el aborto, sean cuales sean las circunstancias, que es exactamente el tipo de hipocresía que odio en un hombre. De todos modos si él supiera que estás esperando un hijo suyo, probablemente nos divorciaríamos y se casaría contigo.

Francesca sintió un movimiento de cólera.

– No soy un caso de caridad. No tengo que hacer que Dallie se case conmigo -se obligó a hablar con calma-. Además, a pesar de todo lo que puedes pensar de mí, no soy la clase de mujer que haría a un hombre responsable del niño de otro.

Holly Grace jugó con la envoltura de la pajita sobre la mesa.

– ¿Por qué no has abortado? Yo lo hubiera hecho en tu situación.

Francesca se sorprendió como fácilmente podía caer su fachada de muchacha rica. Se encogió de hombros de forma aburrida.

– ¿Quien se acuerda de mirar un calendario de un mes al siguiente? Cuando comprendí que me estaba pasando, ya era demasiado tarde.

No dijeron mucho más hasta que llegó la comida de Holly Grace en un plato grande al estilo del oeste de Texas.

– ¿Estás segura que no te gustaría un poco de esto? Se supone que tengo que perder dos kilos antes de volver a Nueva York.

Si Francesca no hubiera estado tan nerviosa, se habría reído de como miraba la salsa que rebosaba sobre los lados del plato y el charco en la mesa. Intentó cambiar el curso de la conversación preguntando a Holly Grace sobre su carrera.

Holly Grace atacó justo por el centro exacto de su primera enchilada.

– ¿Has oído alguna vez algún programa de esos dónde entrevistan a modelos famosas y todas dicen que es un trabajo encantador, pero es un trabajo duro, también? Por lo que te puedo decir, todas ellas mienten, porque nunca hice tanto dinero fácil en mi vida. En septiembre, estoy contratada para un programa de televisión.

Amontonó con su teledor un montón de salsa de ajo verde sobre todo excepto sus sandalias de Ferragamo. Separándose el pelo de la cara, pinchó su taco, pero no se lo llevó a la boca. En cambio, estudió a Francesca.

– Es una pena que seas tan bajita. Conozco aproximadamente una docena de fotógrafos que pensarían que habían muerto y habían ido al cielo si fueras más alta… unos diez centímetros y no estuvieras embarazada, desde luego.

Francesca no dijo nada, y Holly Grace se calló, también. Dejó en el plato el taco sin probar y removió el centro de un montón de frijoles fritos de nuevo con su tenedor, hacia delante y hacía atrás, haciendo una mella que se parecía al ala de un ángel.

– Dallie y yo hace bastante que no nos entrometemos en la vida amorosa del otro, pero me parece que no puedo hacer esto en este caso. No estoy absolutamente segura que me estés contando la verdad, aunque tampoco puedo pensar en una buena razón para que me estés mintiendo.

Francesca sintió una oleada de esperanza, pero mantuvo su expresión con cuidado en blanco.

– Realmente no me preocupa si me crees o no.

Holly Grace siguió moviendo su tenedor hacia adelante y hacia atrás en los frijoles, convirtiendo el ala del ángel en un círculo.

– Él es muy sensible en el tema de los niños. Si me estás mintiendo…

Su estómago dió un vuelco, Francesca tomó un riesgo deliberado.

– Supongo que sería mejor si le dijera que es su hijo. Seguramente podría sacar algún dinero en efectivo.

Holly Grace embistió como una leona que salta a la defensa de los suyos.

– No se te ocurra hacerle una jugada sucia, porque juro por Dios que declararé en el tribunal todo que me has dicho hoy. No pienses ni por un segundo que me mantendré al margen y miraré como Dallie te pasa billetes de un dólar para ayudarte a criar el niño de otro hombre. ¿Lo entiendes?

Francesca ocultó su alivio detrás de un arco aristocrático de sus cejas y un suspiro aburrido, como si todo esto fuera también, demasiado aburrido para decirlo con palabras.

– Dios, vosotros los americanos estaís llenos de melodrama.

Los ojos de Holly Grace brillaron con fuerza como zafiros.

– No intentes envolverlo en esto, Francie. Dallie puede tener un matrimonio poco ortodoxo, pero eso no significa que nosotros no nos apoyemos el uno al otro.

Francesca se arregló un poco el vestido y miró hacia su barriga.

– Tú eres la que ha originado esta conversación, Holly Grace. Puedes hacer lo que quieras -sé cuidar de mí, pensó con ferocidad. Y se cuidar de lo que es mio.

Holly Grace no la miraba exactamente con respeto, pero no dijo nada, tampoco. Cuando acabó por fin su comida, Francesca cogió la cuenta, aún cuando no pudiera permitírselo. Durante los siguientes días, miró con inquietud hacía la puerta de la calle de la emisora, pero como Dallie no apareció, concluyó que Holly Grace había mantenido su boca cerrada.

Sulphur City era una ciudad pequeña, modesta que sólo tenía fama por sus celebraciones del 4 de Julio, que era considerada la mejor al condado, principalmente porque la Cámara de Comercio construía una gran plataforma con arena de rodeo y se hacían espectáculos del Salvaje Oeste.

Además de la plataforma giratoria, las tiendas y toldos rodeaban el perímetro de la arena y sobresalían por el aparcamiento de grava más allá. Bajo un toldo verde y blanco rayado, mujeres de Tiipperware exponían pasteles de lechuga, mientras en las tiendas siguientes la Asociación Pulmonar del Condado presentaba fotografias de órganos de enfermos. Y muchos más puestos, con todo tipo de parafernalia de globos y recuerdos del 4 de julio.

Francesca se movió torpemente por la muchedumbre hacia la alejada tienda de la KDSC, sus dedos del pie hinchados, su mano apretada en los riñones, que le habían estado doliendo desde ayer por la tarde. Aunque fuera apenas las diez de la mañana, el mercurio ya había alcanzado treinta y cinco y el sudor corría entre sus pechos.

Miró anhelante hacía la máquina de Sno-cono Kiwanis, pero tenía que estar en el aire en diez minutos para entrevistar a la ganadora del concurso de belleza de Sulphur City y no tenía tiempo para pararse. Un ranchero de mediana edad con patillas canosas y una nariz gorda redujo la marcha de sus pasos y la estudió larga, apreciativamente. Ella no le hizo caso.

Con una barriga de nueve meses que sobresalía delante de ella como un Hindenburg, apenas podía creer que alguien la mirara con deseo sexual. El hombre era obviamente algún tipo de pervertido que le iban las mujeres embarazadas.

Casi había alcanzado la tienda de la KDSC cuando le llegó el sonido de una trompeta del área cerca de las plumas de becerro donde los miembros de la banda de instituto estaban ensayando. Giró la cabeza para mirar a un muchacho joven y alto con melena rubia cayéndole sobre los ojos y una trompeta en su boca.

Cuando el muchacho empezó los acordes de "Yankee Doodle Dandy," giró su cabeza para que la campana del instrumento cogiera el sol. Los ojos de Francesca comenzaron a molestarle por la luz, pero no pudo apartar la mirada.

El momento colgó suspendido en el tiempo como el sol de Texas que le quemaba, blanco y despiadado. Notaba el olor de las palomitas de maíz calientes, el polvo mezclado con el olor de abono y gofres belgas.

Dos mujeres mexicanas pasaron charlando en español con niños sujetos a sus cuerpos rechonchos con mantones drapeados. La plataforma giraba y hacía un ruido a lo largo de su pista ruidosa, y las mujeres mexicanas se rieron, y una ristra de petardos explotaron cerca y Francesca comprendió que estaba totalmente integrada.

Estaba integrada perfectamente mientras los olores y las vistas la absorbían. De algún modo, sin saberlo, ya formaba parte de este enorme y cotidiano crisol de un pais… este lugar de rechazados y desarraigados.

La brisa caliente movió su pelo y lo sacudió sobre su cabeza pareciendo una agitada bandera castaña. En aquel momento, se sintió más en casa, más completa, más viva, que alguna vez se hubiese sentido en Inglaterra. Sin saber exactamente como había pasado, había sido absorbida por esta mezcolanza de un país, siendo transformada por ello, hasta, de algún modo, ser ella, también, una batalladora, resuelta, de la clase más baja de americanos.

– Mejor resguárdate de este sol, Francie, antes de que sufra un golpe de calor.

Francesca se giró alrededor para ver a Holly Grace andar hacía ella, llevando vaqueros de diseño y comiéndose un helado de uva. Su corazón dió un salto gigantesco en dirección a su garganta. No había visto a Holly Grace desde su almuerzo juntas dos semanas antes, pero había pensado en ella casi sin cesar.

– Pensaba que ahora ya estarías en Nueva York -dijo con cautela.

– En realidad, estoy a punto de marcharme, pero decidí quedarme algo más y volver a verte.

– ¿Está Dallie contigo? -exploró a escondidas la muchedumbre detrás de Holly Grace.

Para alivio de Francesca, Holly Grace negó con la cabeza.

– Decidí no decirle nada. Él juega dentro de una semana un torneo, y no necesita ninguna distracción. Y supongo que verte le desconcentraría.

– Yo lo creo, también -otra vez intentó frotarse el dolor en los riñones, y luego, cuando Holly Grace la miró comprensiva se sentió muchísimo más sola-. El doctor piensa que me queda una semana.

– Estás asustada

Colocó la mano contra el lado donde un piececito le daba patadas.

– He pasado tanto este último año, que no puedo imaginarme que el parto pueda ser peor -echando un vistazo hacia la tienda de la KDSC, vio a Clara haciéndole desordenadamente gestos-. Además, espero acostarme dentro de unas horas.

Holly Grace rió por lo bajo y se puso a andar a su lado.

– ¿No piensas que ya deberías dejar de trabajar y descansar hasta el parto?

– Me gustaría, pero mi jefa no me dará más que un mes de lactancía, y no quiero que empiece a contar hasta el bebé haya nacido.


– Esa mujer parece que come micrófonos para el desayuno.

– Sólo los tornillos.

Holly Grace se rió, y Francesca tuvo un sorprendente sentido de camaradería con ella. Siguieron andando hacia la tienda juntas, charlando torpemente sobre el tiempo. Una ráfaga de aire caliente pegó su vestido flojo de algodón a su prominente barriga. Una sirena de bomberos dejó de oírse, y el bebé dio tres duras patadas.

De repente sintió una ola de dolor rasgado a lo largo de su espalda, una feroz sensación le doblaba las rodillas. Instintivamente extendió la mano hacía Holly Grace.

– Ah, Dios mio…

Holly Grace dejó caer su helado y la agarró de la cintura.

– Apóyate sobre mí.

Francesca gimió y se inclinó hacía adelante tratando de recobrar el aliento. Un chorrito de fluido amniotico comenzó a escaparse a lo largo del interior de sus piernas. Se apoyó en Holly Grace y andó un paso, la humedad repentina posicionándose dentro de sus sandalias. Agarrándose el abdomen, jadeó:

– Ah, Natalie… no actúas… como si quisieras ser… una damita.

Por las plumas de becerro, los platillos sonaron y el muchacho con la trompeta giró otra vez la campana de su instrumento al ardiente sol de Texas y el aire llevaba la melodía:

Soy un Yankee Doodle Dandy, Yankee Doodle se hace o muere, un verdadero sobrino del tío Sam, Nacido el cuatro de julio…


Iluminación de la Lámpara

Загрузка...