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La Biblioteca Lenin

LA BIBLIOTECA LENIN flanquea el epicentro de la ciudad, separada apenas por una breve calle de la hipotenusa noroccidental de los muros del Kremlin. La gente raramente la mira, excepto cuando el guía de un autobús cargado de turistas invernales llama la atención hacia ella: un montón de mampostería gris y puertas ventanas, al estilo de los edificios de oficinas funcionales que se levantaron durante los primeros Planes Quinquenales. Fue diseñada a comienzos de la década de 1930, antes de que naciera la arquitectura stalinista, y aunque fue construida como un monumento, con estatuas de héroes campesinos y proletarios, la escasa calidad de la obra se refleja en el desgaste desigual de los anchos escalones y de la fachada provista de pórticos.

La entrada principal se abre sobre la Kalinin Prospekt, den metros al sur de la Gran Tienda Militar Central. En un espacio entre las dos instituciones están aparcados hileras de Zils y de nuevos Volgas negros, cuyos chóferes esperan durante horas en medio del frío, con la ayuda de cigarrillos y novelas baratas. Los automóviles han sido asignados a varios mandos superiores y escuelas militares situadas en las calles adyacentes, y ocasionalmente aparece un general con galones dorados, con porte roqueño, con un abrigo que le llega hasta los tobillos y con un rostro congestionado por la cólera y la prosperidad campesinas. Se abre paso prepotentemente entre los transeúntes y desaparece detrás de los visillos de su sedán, como una caricatura de sí mismo.

La otra fachada libre del edificio apunta hacia una carretera

de asfalto desnudo, para automóviles y camiones que enfilan velozmente rumbo al río Moscoval. Un poco más abajo, y siempre sobre esta avenida helada —que los viejos moscovitas siguen llamando Majovaia, aunque ha sido rebautizada con el nombre de Prospekt Marx— se levanta la antigua Mansión Pashkov, un elegante palacio del siglo XVIII con una memorable rotonda. Esa era la sede del Museo Rumianstsev, colección particular que fue nacionalizada después de 1917 y que constituyó la base de la Biblioteca Lenin. Desde entonces, esta gran institución estatal ha crecido colosalmente: dos mil asientos para lectores (recitan los guías); tres mil empleados y doscientos cincuenta kilómetros de anaqueles. Muy grande, muy rica, muy venerada.

En la entrada, hay una reja de metal embutida en el pavimento, que teóricamente debería lanzar aire caliente para derretir la nieve de las botas de los usuarios. Pero el mecanismo está permanentemente averiado: el aire que brota tiene la fuerza y la calidez del aliento humano, y debido a ello, todas las mañanas se apilan montones de lodo crujiente... multiplicando el trabajo de las encargadas de limpieza. Inclinadas sobre el suelo del vestíbulo, enjugan la inmundicia con trapos y estropajos mugrientos.

Sobre la reja se levanta un conjunto de puertas tan pesadas como las de una fortaleza. Para lograr abrir una de ellas hay que desplegar toda la fuerza del cuerpo. Son dieciocho en total, escalonadas en series de seis: una hilera exterior, otra intermedia y otra interior, separadas más o menos por un metro de distancia. Pero sólo una puerta de cada hilera no está cerrada con llave... en extremos opuestos, para evitar que se cuele el frío cuando la gente entra y sale. Como nadie sabe cuál está habilitada en un día determinado, hay que tirar de varias: ésta es una de las cien pruebas diarias que el país impone a tu paciencia, tu resistencia y tu vigor.

Todas las mañanas pensaba en esto mientras trataba de sortear el laberinto. ¿Por qué te Humillan siempre? Si no es posible usar las puertas normalmente, ¿por qué por lo menos no colocan carteles para indicar cuáles son las que están en uso? ¿Por qué

construyen entradas monumentales —por ejemplo, veinticuatro portales en la entrada «para desfiles» de la Universidad— para luego hacerte andar a tientas y abrirte paso dificultosamente como si fueras una rata de laboratorio? (En todos los edificios de Moscú, la mitad de las puertas están permanentemente cerradas con llave. A menos que formes parte de una delegación extranjera, deberás buscar una escalera roñosa —que en ruso se denomina, atinadamente, «negra»— situada en algún lugar de los fondos.) Y si el verdadero propósito consiste en protegerte del frío, ¿por qué se mantiene ese sistema durante todo el verano? Incluso en cuestiones secundarias, ajenas a la política, lo que menos importa es la comodidad del público. Todo el centro de Moscú queda cerrado para celebrar las exequias de algún viejo bolchevique, y centenares de miles de viandantes desprevenidos se congelan en las calles acordonadas. En las estaciones de metro los viajeros se hacinan como ganado, pero una de las escaleras mecánicas está cerrada por razones burocráticas, lo cual te obliga a abrirte paso con mayor energía hacia la única que funciona, mientras te sientes aún más maltratado e impotente. ¿Cómo se explica el gran derroche que se hace en todas partes en aras de la ostentación, y la enloquecedora indiferencia por la forma en que las cosas funcionan realmente?

Sin embargo, la biblioteca Lenin es un edificio más cómodo que la mayoría de los demás. Y el tiempo que pierdo buscando la entrada y rezongando por estas afrentas contra mi dignidad posterga el momento en que debo abrir los libros. Rusia suministra muchas buenas excusas para la holgazanería y los fracasos propios.

El salón situado inmediatamente después de la entrada cuenta con la ventanilla habitual de las oficinas donde se atiende al público: una abertura pequeña —a la altura del pecho, para que los visitantes deban encorvarse humildemente— con un postigo de manera que el burócrata puede cerrar violentamente cuando considera que su interlocutor le está importunando. La cola de quienes solicitan autorizaciones para utilizar la biblioteca empieza aquí y sigue el contorno de las paredes de la sala de espera, empapeladas con instrucciones y prohibiciones, y con carteles que ilustran el amor de Lenin por el estudio. Una mujer jadeante, cargada con una cartera, se incorpora a la cola, y su inmediato predecesor le comunica atentamente que la espera durará menos de una hora.

El hombre que encabeza la cola, corpulento, con un resuello asmático, presenta su petición en la ventanilla. Debe usar la biblioteca durante una semana. Ello es esencial para su investigación. Ha hecho el largo viaje hasta Moscú para esto, y su instituto cuenta con su informe... Pero la secretaria de pelo crespo, vestida con un suéter informe, no se conmueve. Lo lamenta, dice —harta incluso de la satisfacción burocrática de menospreciar a los solicitantes— pero las reglas son las reglas y él carece de la documentación necesaria.

—¿Cómo puedo obtener ahora todas esas firmas? Le he explicado que mi instituto se halla en Jarkov. Acabo de llegar de allí.

—¿Y supongo que podrá regresar? Las reglas no fueron dictadas ayer, y no las cambiaremos hoy. Testimonios firmados y sellados de...

—...y vete a la puta madre que te parió... —masculla él entre dientes.

—...su organización, explicando las razones en que se funda su solicitud. Con detalles completos. No podemos permitir que entre gente de la calle, ciudadano.

—Sólo una semana. Tres o cuatro días. Se lo suplico.

De pronto el desdén de la empleada se transforma en ira.

—¡Me está haciendo perder el tiempo, ciudadano! No va a entrar. ¡El siguiente!

El hombre se aleja inexpresivamente, se detiene, vuelve a la sala de espera y se coloca en el final de la cola para repetir el intento.

Las colas del salón principal son más cortas pero consumen más tiempo. Ocho o diez de ellas se extienden desde los amplios guardarropas abiertos de ambos costados, donde los usuarios de la biblioteca deben dejar sus abrigos. Porque es espantosamente nekulturno ingresar en una oficina (o en un teatro o, cuando se trata de mojigatos, en una sala de estar) con el atuendo exterior; y los nuevos funcionarios soviéticos temen o desprecian, más que a Wall Street o a una idea novedosa, a todo lo que era grosero bajo el antiguo régimen. En consecuencia, la operación de despojarse del abrigo, los chanclos, la bufanda, el sombrero y los guantes, se repite cien millones de veces por día en la entrada de todos los edificios públicos. Y es ejecutada solemnemente, porque es tanto un rito social como una cuestión de comodidad o, como se arguye a veces (haciendo referencia a los microbios trasportados en los abrigos), de salud pública.

La causa del atascamiento en la biblioteca reside en la insuficiencia de perchas para satisfacer las necesidades de la legión diaria de lectores. Todas están ocupadas a las nueve, así como todas las plazas de todos los restaurantes de Moscú estarán ocupadas dentro de doce horas. Por consiguiente, las ancianas cuidadoras chismorrean entre ellas, leen los diarios que circulan de mano en mano y beben té para pasar el tiempo detrás de los mostradores. No pueden hacer nada hasta que alguien abandona el edificio y reclama sus pertenencias, dejando una percha libre para la persona que encabeza una de las colas. Quienes están cerca del final de las colas, conscientes de que probablemente tendrán que esperar hasta la hora del almuerzo, aprovechan el tiempo. Erguidos y sudando debajo de sus abrigos, leen los libros que han llevado para la ocasión, y llenan sus bolsillos con multitud de anotaciones.

A veces yo también espero con los rusos: es otro sistema para posponer el trabajo sin por ello dejar de sentirme virtuoso. Me digo que al vivir como un nativo aprendo algo acerca de las costumbres locales. Pero esta mañana no perderé el tiempo. Dispongo de dos horas útiles antes del almuerzo, y me siento decidido y con la cabeza despejada: éste es el día en que sacudiré mi inercia. Avanzo hasta el mostrador de la izquierda y solicito que me atiendan sin demora. (Puedo gozar de este derecho como extranjero, y me instigan a ejercitarlo para eludir las colas en los restaurantes, cines, teatros y tiendas. Pero esto también forma parte del síndrome de ostentación ante el pueblo. ¿Por qué el gobierno soviético vitupera a la burguesía occidental en todos los diarios, y la satiriza torpe o encarnizadamente en la mayoría de las caricaturas... y después le rinde pleitesía y la halaga desvergonzadamente cuando pisa territorio soviético?)

Entrego mis pertenencias a la anciana cuidadora cuando se desocupa la percha siguiente, guardo mi contraseña metálica, paso a duras penas por una de las aberturas unipersonales que conducen al puesto de control situado frente a la entrada principal, muestro mi pase a la matrona torva, vigilante, que monta guardia detrás del escritorio, cojo mi tarjeta de asistencia diaria, saludo con un movimiento de cabeza a la policía femenina, sonriente y vigilante, que está apostada junto a la matrona, y asciendo por la escalera ancha y desgastada hasta el Salón de Lectura Número Uno.

La placa adosada a la puerta proclama:

SALÓN DE LECTURA NÚMERO UNO DE ESPECIALIZACIÓN Y CIENCIAS Para doctores, profesores y miembros de la Academia de Ciencias

Y, por supuesto, estudiantes graduados norteamericanos. A mí, tan insignificante, me dispensan un trato privilegiado: en la jerarquía soviética, los doctores, y ni qué decir, los miembros de la Academia de Ciencias, son personajes encumbrados. ¡Qué manera de conquistar prerrogativas! En proporción inversa a las pautas mezquinas que rigen aquí, estoy más próximo de lo que jamás estaré en mi propia tierra a los hombres más ricos y sobresalientes de este país.

El Salón de Lecturas Número Uno de Especialización y Ciencias es mi centro de trabajo, el lugar donde se supone que debo pasar mis cuarenta horas semanales. Un salón majestuoso cuyos paneles de madera garantizan una solemnidad apropiada, no obstante los grandes ventanales que se alinean a ambos costados. Grandes escritores marrones —individuales, a diferencia de los de las salas de lectura de menor categoría que hay en la biblioteca— equipados con tinteros y con lámparas de tulipas verdes. Alfombras persas en los espaciosos corredores, arañas que parecían diseñadas para parodiar todo lo pomposamente proletario, y las obras completas de Lenin —en tres ediciones, con exclusión de la primera, no expurgada— a ambos lados del salón, para una fácil consulta. Estoy enamorado de este silencioso santuario y de la jaqueca que me produce: mi vieja amiga, la presión de los deberes incumplidos.

Esta mañana Maia presta servicios detrás del mostrador. Pronto se tomará los tres meses de baja en el trabajo que le corresponden por maternidad, y si tarda más en regresar es posible que yo vuelva a Nueva York y nunca más la vea. La burbuja de su cuerpo esbelto se ha ido hinchando día a día desde octubre, y la expectativa y el orgullo maternal determinan que su rostro esté consecuentemente más radiante. A veces su mirada perdida en el espacio me hace sentir deseos de llorar. Pero Maia ya no llora. En verdad es dichosa de que su gran tragedia haya concluido como concluyó. Incluso se ha acostumbrado a endilgarme pequeños discursos, ajena al hecho de que estos contradicen todo lo que afirmó, deseó y rogó meses atrás. Ahora sostiene que la madurez, la responsabilidad y la compatibilidad de orígenes son indispensables para el amor perdurable. No te cases con una de nosotras, susurra constantemente. No te comprometas con una muchacha rusa, por mucho que ella te ofrezca o te implore. Porque no puede salir bien: vuestras mentalidades serían demasiado distintas, irreconciliables. Aun antes de que dejaras este país, la carga mayor recaería sobre ella. Siempre es una injusticia, como la que cometen los cazadores blancos al desposarse con nativas.

Se inclina torpemente cuando me ve llegar y coge mis libros de los anaqueles reservados que hay detrás del mostrador. Después exhala un «aaah» de aliento tibio sobre su sello de goma, lo estampa elegantemente sobre mi tarjeta, garabatea un gran «5» en la esquina con un lápiz rojo y me la entrega junto con los libros. Ya reconoce los títulos: los mismos cinco que consulto desde el mes pasado.

—¿Por qué no trabajas un poco, camarada? —se burla—. Empiezas a parecerte a los viejos.

Los viejos son hombres semejantes a gnomos, vestidos con trajes de preguerra excesivamente holgados para sus cuerpos enclenques, que recogen y devuelven diariamente la misma pequeña pila de volúmenes. Ahora dos de ellos esperan detrás de mí. Seguramente se trata de hombres destacados que han sobrevivido a las purgas y se han hecho acreedores al honor de utilizar este salón, pero que se han convertido en el vivo retrato de una antigua época de sabiduría inútil. Los hombres de su condición dormitan y resbalan hacia la muerte en todos los rincones del mundo, pero de alguna manera éstos parecen más arquetípicos porque son rusos.

Cojo mis libros y busco un escritorio vacío cerca de las ventanas, donde la luminosidad y la corriente de aire constante me estimularán. Es muy difícil trabajar en este salón... no sólo porque las condiciones son tan buenas y todo parece muy fácil, sino porque su atmósfera genera ensueños semejantes a los que provoca el gas hilarante. La misma ficción de que éste es un salón de lectura como cualquier otro refuerza las cualidades místicas y la sensación de aislamiento que imperan en este extraño país. Pero basta de malditas cavilaciones. Pienso en mi futuro y respiro profundamente. ¡Hoy progresaré!

Cada pocos minutos la puerta se abre con el ruido suficiente para inducirnos a levantar la cabeza y mirar de quién se trata. A las 10,45 llega Ilia Alexandrovich. Se acerca al mostrador con largas zancadas, recoge sus libros e instala su cuerpo de desmesuradas dimensiones frente al escritorio habitual. Sin embargo, al cabo de pocos minutos ya tiene el brazo atravesado sobre los libros y su cabeza descansa encima de esa improvisada almohada. Ahora la fatiga le vence cada vez con más frecuencia, a pesar de lo cual considera que tiene el deber de no morir antes de haber completado su trabajo clandestino.

Es asombroso que Ilia Alexandrovich me haya contado su historia. Su actitud sólo puede explicarla el hecho de que algunas personas sienten deseos de revelar sus secretos a Anastasia, que en ese momento estaba conmigo. (Y pese a sus ochenta y dos años, Ilia Alexandrovich tiene un buen ojo para las chicas bonitas.) Una tarde, a última hora, la vio cuando me esperaba frente a la biblioteca, y cuando aparecí nos invitó a tomar el té en su casa. Anastasia y yo le seguimos en su rápida marcha hacia el apartamento, muy próximo, mientras nos preguntábamos qué debíamos esperar. Se trataba de uno de esos crepúsculos invernales de colores opacos y de fachadas severamente bellas a ambos lados de las calles desiertas, como si alguien hubiera diseñado un decorado del Palacio de Invierno para la narración en ciernes.

Una vez en la casa, Ilia Alexandrovich nos instaló en los mullidos sillones y preparó personalmente el té, que sirvió junto con un excelente vodka pimentado, pan negro y setas marinadas de factura casera. Por supuesto conocíamos su famoso apellido, pero ninguno de los rumores que circulaban acerca de él resultó ser tan extraño como los mismos hechos. Escuchamos, postergando nuestras preguntas.

Era el último sobreviviente de una de las familias más aristocráticas de Rusia: dueña de treinta mil siervos, centro de respetuosa atención en las cortes de una docena de zares. En su juventud —cuando era un Vronski de los tiempos modernos, moreno y bello, dueño de una colosal energía y de un linaje impecable— le enviaron a la Academia Naval Imperial de San Petersburgo, institución muy selecta que era uno de los oasis de preparación técnica y profesional en la atrasada Rusia, capaz de competir con las mejores de Occidente. Había sido elegida como una especie de reformatorio para el enfant gáté, pero éste trabajó con esmero y conquistó galardones.

Después de graduarse y obtener su despacho, en 1912, fue destinado al crucero Border Guard, a las órdenes del almirante Alexander Vasilevich Kolchak, cuya personalidad habría de dejar en él, durante los ocho años siguientes, una impresión aún más honda que la de los acontecimientos increíblemente tumultuosos que debieron enfrentar juntos. Kolchak era simultáneamente comandante del Border Guard y jefe de su escuadra en el Mar Báltico. Pero tenía otros deberes y preocupaciones de mayor envergadura. En ese momento, hacía desesperados esfuerzos por preparar toda la flota para la guerra con Alemania, que según sus pronósticos empezaría hacia 1915. La energía y la inteligencia de Kolchak, que corrían parejas con su integridad y su capacidad de mando portentosas, le habían inducido a participar en casi todas las facetas de las operaciones y la estrategia navales, que abarcaban desde las tareas ejecutivas en el almirantazgo (donde su presencia había sido el factor predominante antes de que volviera, tardíamente, a la flota), hasta los problemas de la hidrología y los submarinos. Fue él, más que cualquier otro, quien despejó el lastre colosal de la burocracia zarista, y quien inspiró y organizó el renacimiento de la Armada como fuerza moderna, de orientación tecnológica, después de la catastrófica derrota de 1905 en la guerra contra Japón... oportunidad en la cual el mismo Kolchak cayó prisionero, con heridas de las que nunca se recuperó totalmente.

Al estallar la Primera Guerra Mundial, la figura de Kolchak cobró aún más estatura. Tanto en tierra como en el mar, era un héroe para todos los oficiales jóvenes y un maestro para la mayoría de los veteranos: una especie de comandante de la Escuadra de Cruceros de Guerra (vicealmirante Sir David Beatty), comandante de la Gran Flota (almirante Sir John Jellicoe) y Primer Lord del Almirantazgo (Winston Churchill), todo en uno.

Ilia Alexandrovich le seguía a todas partes como ayudante personal. Aún después de la Revolución acompañó a Kolchak a la comarca natal de éste, Siberia, donde, en una etapa mucho más famosa de su vida, comandó uno de los ejércitos blancos más poderosos y aguerridos de la Guerra Civil. Cuando el almirante fue derrotado finalmente en 1920, y ejecutado en Irkutsk por un pelotón rojo, Ilia Alexandrovich esperaba que su propio fusilamiento se produjera a la mañana siguiente. Escapó, vivió como un leopardo acorralado, y finalmente se sumó a la gran ola de emigración blanca. Era el único varón de su familia que había sobrevivido a la matanza masiva.

Vivió en Berlín, Ámsterdam y París, tratando de saciar su hambre y de encontrar sentido a la policía de los emigrados. Pero el estallido de la Segunda Guerra Mundial le encontró en Yugoslavia, donde luchó valientemente junto a los guerrilleros y organizó el contacto con los jefes del ejército soviético que se hallaba en plena ofensiva. Los generales rusos lo invitaron a sus brindis y sus comilonas y —obedeciendo órdenes, desde luego— le exhortaron a volver a los brazos generosos de la Madre Patria. Las lágrimas de amor por Rusia salpicaron las copas de vodka. Ilia Alexandrovich no era ni remotamente tan ingenuo como para creer las afirmaciones de que «los tiempos han cambiado, Rusia necesita a sus mejores hijos», pero se sentía solo, hastiado del exilio. Y le devoraba la curiosidad.

En el avión que le trasportó a Moscú en 1946, el tono de los oficiales que le acompañaban se trocó, súbitamente, de respetuoso en agraviante. Inmediatamente fue esposado. «¡Contrarrevolucionario!» «¡Enemigo del Pueblo!» «¡Traidor a la Madre Patria!» Quizás Ilia Alexandrovich había sido un poco cándido, después de todo: no podía borrar totalmente de su mente las imágenes del apartamento en Leningrado y de la dirección de un pequeño museo de artesanía que le habían prometido para una vejez modesta pero confortable... y útil. En cambio, le redujeron a la condición de un zombie y le sometieron a interrogatorios surrealistas en el sótano de la Lubianka. (Formularon relativamente pocas preguntas acerca de la vida prerrevolucionaria del ex príncipe, o incluso acerca de su actuación durante la Guerra Civil; a sus inquisidores les interesaban, en cambio, las actividades de los emigrados en París y, sobre todo, determinados datos relacionados con los principales jefes guerrilleros yugoslavos y con sus personalidades.)

Trascurrieron dos años. El viaje desde el aeropuerto militar de Moscú hasta la cárcel lo había hecho en un coche celular. Durante ese período Ilia Alexandrovich no vio un alma, ni rusa ni de otra nacionalidad, exceptuando a sus carceleros e inquisidores.

De pronto —y misteriosamente, porque 1948 fue un año de gran intensificación de la represión y el terror, sobre todo después de la ruptura de Tito con Stalin— le liberaron de su encarcelamiento. Y en verdad encontraron medios para hacerle colaborar con la Madre Patria: después de un período de descanso y rehabilitación, fue exhibido ante dignatarios extranjeros, delegaciones y periodistas visitantes, como testimonio de la tolerancia soviética para con los ex enemigos de clase. ¿Qué prueba más satisfactoria de la armonía que imperaba entre todos los pueblos bajo la égida socialista, que el hecho de que este hombre todavía robusto, cuyo linaje sólo iba en zaga al de los Romanov, pudiera vivir libremente en Moscú? Y vivía feliz con su empleo humilde pero honesto... porque le habían encontrado un trabajo, como profesor de esloveno en un instituto de lenguas.

Sin embargo, los suplentes le reemplazaban a menudo en la cátedra: Ilia Alexandrovich siempre debía estar presto para viajar con un grupo de visitantes extranjeros a una de las antiguas haciendas de su familia, situada en un lírico valle del sudoeste de Moscú y transformada en orfanato.

—Cuán feliz soy de que estos edificios sirvan para ayudar a unos niños infortunados, y no para satisfacer ridículos privilegios particulares —decía (en francés, italiano, alemán u holandés, pero con más frecuencia en inglés, ante una delegación de sindicalistas británicos que lloraban de alegría al comprobar cuál era el destino que le daban a esa estupenda mansión, como al Jardín Botánico y al Ballet Bolshoi, bajo la consigna soviética de amor di pueblo).

Y agregaba:

—Yo, por mi parte, tengo un confortable apartamento en Moscú. (Algún día deberéis visitarme.) ¿Qué beneficio podrían haberme prestado estos lujos extravagantes, que sólo habrían servido para hacerme perder el tiempo? Sólo me cabe agradecer a los representantes electos que me hayan librado de reparar incesantemente los techos y de disputar con los jardineros; y los bendigo por haber permitido que la fortuna y la rapacidad de mi familia, que fueron tantas veces factores de desdicha para los demás, contribuyan por fin a la ventura de mi pueblo.

Los funcionarios de la KGB permanecían a su lado, y los guías de la visita (que también eran, por supuesto, policías secretos, al igual que los chóferes escogidos), escuchaban atentamente cada palabra. Pero las declaraciones de Ilia Alexandrovich no eran pura hipocresía. Ni siquiera mentía al sugerir que el comunismo y la Iglesia Ortodoxa distaban mucho de ser incompatibles, puesto que ambos reconocían que la vocación de servicio redimía al hombre. Cualesquiera fuesen sus otros sentimientos —y a pesar de todo no se podía decir que su regreso había sido un error sin atenuantes— el ex heredero de esa fortuna literalmente incalculable no deseaba que le devolvieran sus propiedades. Desde este punto de vista estaba agradecido a la Revolución.

Pero no se sentía menos agradecido cuando le relevaban de su papel y le dejaban en paz. Eso sucedió gradualmente en la década de 1950, a medida que su valor como novedad disminuía en proporción directa al número creciente de extranjeros autorizados a ingresar en la Rusia poststalinista. Finalmente, le liberaron por completo de su carga (y de la obligación de firmar ocasionalmente

un artículo acerca de la perfidia de la aristocracia en general y acerca de las infamias de su familia en particular) y empezaron a tratarle como a un ciudadano común... lo cual implicó su retorno a la enseñanza. Como carecía de familia, consagró su tiempo libre a elaborar un diccionario esloveno-ruso. Esa era una meta tolerable para una vida cabal, e incluso le proporciona cierto decoro... siempre que mantuviese la boca cerrada. Sin embargo —y éste resultó ser el meollo de su existencia— aún no había asistido a la última de sus tribulaciones.

Para facilitarle el trabajo con el diccionario, le permitieron utilizar la Biblioteca Lenin, e incluso le enviaron al Salón de Lectura Número Uno. Durante las pausas, empezó a leer la historia de la Guerra Civil cataclísmica en la cual había desempeñado un papel secundario. Lo que lo privó de una vejez apacible no fue el contenido de los libros de texto —la actividad docente le había familiarizado con las atroces distorsiones de la realidad que éstos contenían— sino el hecho de que aun en las obras académicas, aun en los archivos, habían sido aparentemente destruidos gran número de documentos. Al pueblo ruso le privaban no sólo de la verdad sino también de los medios para exhumarla.

Su consternación se produjo a propósito de Kolchak, el deslumbrante héroe naval catalogado como jefe de las hordas antibolcheviques. Hacía mucho tiempo que Ilia Alexandrovich había catalogado como un gran error la aventura siberiana del almirante: pensaba que al inmiscuirse equivocadamente en política, el marino profesional se había dejado atrapar inevitablemente por las imposturas y las terribles crueldades que perpetraban ambos bandos. ¿Pero qué decir de su brillante carrera anterior al servicio de Rusia? Del dinamismo portentoso y de la adhesión a las normas de conducta, de la tenacidad y los afanes fervientes que le habían permitido sacar a la Armada de su estancamiento feudal para convertirla en una fuerza moderna... y que habían procurado a las escuadras del almirante formidables victorias en alta mar. Todo eso había desaparecido, junto con la menor referencia al gran patriotismo y al extraordinario valor de Kolchak. Al retratarlo sólo como un enemigo acérrimo de la revolución, los historiadores soviéticos habían eliminado el más mínimo atisbo de sus

virtudes y logros prerrevolucionarios... aun de su existencia. Al igual que Trotski, había sido transformado en un villano contrarrevolucionario de la fábula oficial.

Ahora que Ilia Alexandrovich había concertado la paz con su propia vida, el asesinato abominable de la memoria de Kolchak le resultaba insoportable. La ejecución del almirante empezó a dominar sus pensamientos. («He mirado a la muerte a la cara en más de una oportunidad —le había contestado el reo al jefe del pelotón—. Gracias por su oferta, pero no necesito que me venden los ojos.») Ilia Alexandrovich se sintió obsesionado por la certidumbre de que al cabo de otra década, ningún poder de la Tierra podría rescatar a Kolchak de las arenas movedizas de la perversidad ideológica y la mitología insensata. Todos los testigos oculares y todos sus antiguos subordinados estarían muertos, y aunque los archivos zaristas hubieran sido conservados en alguna parte, nunca se podría escribir una historia imparcial del líder y de sus actos positivos... incluso de su tragedia. Y bien entendida, esta misma tragedia, que simbolizaba tantas otras de Rusia, y que se concretaba en la destrucción de un hombre pundonoroso, encerraba un mayor esclarecimiento potencial que la liturgia oficial de los santos rojos y los diablos blancos, destinada a alimentar el odio. ¿Cómo se explica que ese oficial cuya honestidad e hidalguía habían sido casi quijotescas, se hubiera convertido en un César y hubiera presidido (aunque sin dirigir personalmente) una tiranía brutal?

Ese era el nuevo compromiso de Ilia Alexandrovich: a falta de otro, él debía llevar a cabo una crónica. Aceptó el desafío y sintió renacer su consagración juvenil al honor, el deber y la patria, como si esa fuera la culminación del entrenamiento que había recibido como cadete. La investigación secreta se convirtió en la idea fija de ese hombre solitario. El octogenario empezó a extraer sigilosamente fragmentos de raras historias navales y libros de estudio, y a rastrear cautelosamente el paradero de ex oficiales navales entre el puñado de sobrevivientes, para reunir todos los datos que le permitieran redactar una monografía sobre su antiguo comandante. Además, practicaba una dieta estricta para no morir antes de completarla.

¿Y después, qué? ¿A quién se la dejaría? Si sabía que una palabra deslizada a las autoridades significaría su ruina, ¿por qué nos confió el secreto a Anastasia y a mí?

—Quizá —dijo, llenando nuevamente nuestros vasos—, el tema reviste suficiente interés para que en Occidente lo consideren digno de ser publicado. Si vosotros pensáis que vale algo, tal vez podréis ayudarme en mi empresa —fijó los ojos en Anastasia—. Pero pasemos a cuestiones más frívolas. ¿Cómo se conoció una pareja tan encantadora?

A partir de entonces me vio a menudo en la biblioteca, pero nunca volvió a mencionar a Kolchak, y menos aún dejó que yo sacara su manuscrito clandestinamente. Al igual que hoy, alternaban los períodos de gran actividad con otros de igual agotamiento, y su edad parecía oscilar treinta años de unos días a otros. Ahora está otra vez sumergido en los libros, aparentemente revitalizado por su siesta. Luce una hermosa corbata que hace juego con su camisa de color crema: todavía se ufana de su aspecto personal.

Divago y sueño despierto; tengo la mirada perdida en algo absorbente, pero no logro discernir ni entender plenamente las escenas que se desarrollan en este recinto. Estoy metido en el olor almizclado de la tinta de imprenta y de las pastosas revistas académicas. Me arrullan los sonidos: el tránsito exterior de la Prospekt Marx, apagado por la nieve, y el siseo del ruso musitado, con sus consonantes, en uno u otro lugar del salón. Me siento entumecido por la atmósfera circundante: la de los enormes ficus, la del busto de yeso de Lenin, la de las columnas de mármol, la de la campanilla del teléfono que repica largamente en la antesala de los bibliotecarios sin que nadie lo atienda.

Si al menos pudiera grabar el significado de unas pocas de las imágenes que tengo delante, tal vez entendería hasta cierto punto por qué la vida rusa es distinta de la de los demás países. La cabeza afeitada del hombre sentado a mi derecha, un cráneo con forma de bala que descansa perversamente sobre un torso burocrático, en tanto el reflejo de las arañas brilla en la grasa de sus poros. Santo cielo, ¿es realmente el stalinista siniestro que parece ser? ¿O, por el contrario, tiene este aspecto porque él también fue una víctima? ¿Por qué los académicos rusos siguen rasurándose la cabeza?... El hombre sentado frente a mí también tiene forma de pera y viste un traje de sarga, pero comparte el escritorio con una mujer pintarrajeada y teñida como la más llamativa ramera de Broadway. Y un tercer hombre, más anciano y esmirriado, marcha con paso vacilante por el corredor que conduce a la puerta, llevando un bastón en una mano y un diario trémulo y cuadrangular en la otra: se trata del periódico del día anterior, que este miembro correspondiente de la Academia de Ciencias ha aprendido a llevar en el bolsillo o en la cartera, como todos los rusos, aun los más encumbrados, por si le sorprende la llamada de la naturaleza. De alguna manera esto no parece humillante sino democrático, cuando se hace con decoro.

Desde el escritorio de mi izquierda llega el murmullo gutural de dos enjutos estudiantes iraquíes, que sin duda hablan de muchachas, de sus carreras en los monopolios petrolíferos del Estado y de las intrigas de las facciones universitarias árabes. Vestidos con chaquetas deportivas y camisas de nylon compradas en una cadena de almacenes, son, sin embargo, un poco más elegantes que los estudiantes rusos, y éstos, fastidiados por los impuestos adicionales que recauda la Madre Rusia para enriquecer a ingratos lejanos —y asqueados por la piel de color— se mantienen a hosca distancia de sus «hermanos árabes». El libro que descansa sobre su escritorio es un clásico manual norteamericano de química: han pasado tres años aquí, pero sus conocimientos del ruso no les permiten todavía descifrar libros de texto soviéticos sobre temas que no es posible consultar en inglés. Han viajado hasta Moscú, con el respaldo de costosas becas, inmensas inversiones económicas y compromisos internacionales, para extraer sus fórmulas de páginas impresas en Nueva Jersey.

• Hacia la izquierda de los iraquíes veo al nigeriano esbelto como un junco, vestido con un traje italiano que hace resaltar su porte majestuoso. Es el hijo de un jefezuelo, muy popular en el círculo negro más refinado de la Universidad... entre otras cosas por la tenacidad con que denigra todo lo eslavo. Mientras hace tanta ostentación de su idioma inglés como de su vestuario, afirma reiteradamente —volviendo en esas ocasiones al ruso y andando que todos lo oigan— que los nativos seguirán siendo mujits ignorantes hasta que sean colonizados por una civilización superior. Con el mismo talante, exhorta a sus colegas becados a rechazar su participación en los destacamentos de limpieza de los dormitorios. Dice que si bien los estudiantes que provienen de Europa Oriental y Occidental ceden complacientes, los africanos no deben caer en la ignominia de fregar los suelos rusos.

A veces el rostro del guerrero nigeriano presenta magulladuras producidas por los puños de estudiantes rusos pendencieros. Durante la última emboscada, tendida con la ayuda de una rubia que aceptó hacer las veces de señuelo y que le alejó del camino que conducía al metro, sus ubicuos lentes ahumados fueron reducidos a polvo en un mortero. La respuesta del nigeriano consistió en hacerse enviar por avión, desde París, un modelo aún más elegante, y en exhibirse en compañía de su última amiga cautivante (conquistada en parte con media docena de frascos de esmalte para uñas Revlon y un pequeño pulverizador de Madame Rochas), en tanto juraba nuevamente que, cuando estuviera de vuelta en su patria ocupando un puesto en el Gobierno, se consagraría a la tarea de sabotear las relaciones soviético-nigerianas.

Los estudiantes norvietnamitas con sus uniformes Mao y su laboriosidad inexorable... ¿son mis enemigos? Nunca me miran siquiera y, en verdad, casi nunca miran nada, con excepción de sus libros. La acicalada muchacha alemana occidental que ha venido desde un mundo increíblemente más rico, más pulido, para estudiar a Lermontov... PERO BASTA YA: ¡debo ponerme a trabajar!

Al principio, se me ocurrió la loca idea de que podría reformar al granjero Blackcock. Después le odié por haber matado mi ilusión de encontrarme a mí mismo a través de la labranza de la tierra.

Esperaba impacientemente los días en que su toro debía servir a una vaca. El verano húmedo hacía que las grupas de los animales gotearan constantemente, pero nunca dejaba pasar la hora del ordeñe sin contar el chiste acerca de la razón por la cual

la mierda no sobrenadaba sus «conos». Yo debía reírme con entusiasmo suficiente para apaciguar su ánimo, pero no demasiado, porque sabía que quería tentarme a la sodomía. Su otro tema de conversación giraba alrededor de lo mucho que les gustaban «esas cosas» allá en el Marne, como él lo había descubierto en 1918, bajo las órdenes del general Pershing. Mientras levantaba las colas de las vacas, me informaba que a los franceses les agradaba olfatear su comida.

El mismo Blackcock trataba a la comida como si fuera forraje, y consumía justo lo suficiente para llenar su cuerpo enjuto. En una oportunidad no estuvo en el almuerzo porque estaba reparando el tractor en la ciudad, y su esposa nos sirvió una ración más abundante a Jim y a mí. Habitualmente nos sentíamos demasiado intimidados para pedir más. «Corten eso con los dientes —nos ordenaba, clavando el cuchillo en la tajada de grasa de cerdo que hacía las veces de carne—. Las proteínas dan fuerzas.»

Terminábamos de comer enseguida porque disponíamos de un cuarto de hora mientras Blackcock vitoreaba a Fulton Lewis, quien a su vez vitoreaba a McCarthy, por la radio. Jim no se acostaba. Jugaba con su pila de viejos comics. Tenía catorce años, y ya estaba contrahecho por efecto de la desnutrición.

El Departamento de Huérfanos del estado de Nueva York pagaba veinte dólares semanales, o una suma parecida, para su manutención. Blackcock no gastaba más de tres para alimentarlo, y no más de veinte cada año para vestirlo. Su único par de zapatillas se estaba pudriendo, corroído por el sudor y la cal viva. Las usaba desde la mañana hasta la noche, todos los días, como un niño de la época de la Depresión. Y Blackcock le explotaba más que a mí —también los sábados— porque el chico conocía todas las máquinas y los procedimientos. La jornada de trabajo terminaba cuando ya estaba demasiado oscuro para ver. Subíamos a nuestro desván sin lavamos. Al amanecer, la esposa de Blackcock nos despertaba con el gong de la alarma contra incendios.

Los días que trabajaba solo, sin tener que soportar sus exhortaciones, eran más llevaderos. La granja estaba en el extremo del estado, a treinta kilómetros al sur de Canadá. Yo descansaba apoyado sobre la horquilla, atento por si aparecía un coche en la loma del campo. Cada uno de ellos era la nave espacial que me llevaría de regreso a la civilización. Un Buick 49 que volaba hacia Burke, y después hacia Malone, donde había un cinematógrafo... ¡Se alejaba de ese lugar! Me encantaba su brillo cromado y me imaginaba a su afortunado conductor. Era libre. Enfilaba velozmente hacia la dudad, feria de luces, drugstore, tráfico y multitudes, de todo lo que yo amaba con la nostalgia que los refugiados sienten por la madre patria. Cuando el coche desaparecía, un vacío absoluto se apoderaba de los campos. Ningún ser humano a la vista, ni siquiera desde lo alto del prado. Cuando aparecía alguien, era Blackcock, que volvía para comprobar cómo crecían mis pilas de heno.

Yo sabía qué era lo que me mantenía bajo su férula. Después de haber tomado la dramática iniciativa de abandonar la escuela para convertirme en campesino, no podía volver... por lo menos hasta el otoño. Era más difícil entender por qué había emprendido, para empezar, semejantes evasiones. Mi padre y mi madre reñían constantemente, ¿pero qué padres no lo hacen? Desde que tenía uso de razón, ambos trabajaban, y yo me sentía tan solo que tramaba aventuras quijotescas como la de volver a la Madre Tierra. Para eludir la soledad había escapado a la desamparada granja de ese maniático donde, paradójicamente, mi soledad era aún más insoportable.

En medio de una noche de septiembre me deslicé fuera de la buhardilla y caminé hasta Malone sin detener a ningún conductor, porque temía que un vecino me denunciara a Blackcock. Cuando abrieron las tiendas, compré un par de zapatillas blancas para Jim con mis últimos cinco dólares...

Me hundo en mi asiento, recordando con alivio ese verano bucólico. Cuando las cosas se ponen feas, resulta reconfortante evocar algo mucho peor. Si be sobrevivido a la auténtica desgracia de Blackcock, no puedo capitular ante el pánico minúsculo de hoy.

¿Por qué habría de ser un golpe mortal que renuncie a mi tesis, que no obtenga mi doctorado y que nunca sea profesor? Esto no es causa suficiente para tanta autorrecriminación. La ironía consiste en que jamás ambicioné realmente una vida académica... hasta este año, cuando comprendí que nunca conseguiría

acceder a ella. Convertirme en profesor fue mi último sucedáneo, después de que mi plan de hacer algo «fundamental» mediante el trabajo en el campo concluyó en un fiasco. Y ahora me he convencido, por alguna razón autodestructiva, de que soy tan viejo y he avanzado tanto en las escuelas de graduados que ya no puedo cambiar de carrera. Pero si descarto la docencia, no tengo otra manera de ganarme la vida y justificar mi existencia. ¡Es muy típica de mí, esta autocompasión plañidera! Puedo hacer algo ajeno a la presión intelectual —conducir un taxi, por ejemplo— y ser doblemente feliz. Mi incapacidad para trabajar aquí debo interpretarla como una forma de zafarme de algo que me perjudica, sin condolerme por «la derrota de otro día».

Mi gran error consistió en no consagrarme a la investigación inmediatamente, en septiembre. No, fue más bien haber equivocado el tema. Intento estudiar el gobierno municipal: las funciones cotidianas de los soviets urbanos. Pero no me permiten asistir a sus sesiones, leer sus agendas, revisar las actas de las reuniones de hace diez... o cincuenta años. He suplicado que me autoricen a asistir durante cinco minutos a un solo debate, una discusión, por ejemplo, sobre la revisión de un horario de autobuses, para ver a la democracia soviética en acción. Me contestaron que eso es superfluo e incluso absurdo. Los profesores soviéticos han descrito exhaustivamente el autogobierno de su país, el más libre y abierto del mundo. ¿Qué necesidad tengo de asistir a asambleas, preguntan mis superiores académicos, cuando el material para mí disertación ya ha sido esmeradamente preparado? Los procedimientos que les son extraños pueden desorientar al forastero en una sesión determinada, en tanto que capacitados eruditos soviéticos suministran una imagen completa del conjunto. Para analizar las instituciones municipales en acción, dicen, consulta los libros, que son las fuentes más fidedignas. Y lee a Lenin. Estudia y vuelve a estudiar a Vladimir Ilich: «este es el deber del investigador que examina la sociedad leninista».

Pero los libros son ilegibles. Al igual que las ediciones de la guerra, destinadas a ahorrar papel, estos tomos de las Editoriales Estatales de Literatura Jurídica y Política tienen tapas combadas y páginas sin márgenes, y capítulos tras capítulos de un texto tan denso que la lectura me marea. Y todos ellos, todos los millones de palabras que pretenden que yo digiera, no son sino áridas disertaciones sobre una ilusión difunta:

En nuestro país ha nacido un Estado de todo el pueblo, un jalón crucial en el camino hacia el autogobierno comunista. En el autogobierno comunista, hacia el que se dirige el Estado socialista, los soviets, los sindicatos, las cooperativas y otras organizaciones de masas se fusionarán en una estructura única, unificada...

La estricta protección de los derechos de los ciudadanos es orgánicamente inherente al Estado soviético, así como a la política y los procedimientos de todos los órganos y funcionarios estatales. V. I. Lenin dedicó una extraordinaria atención a la legalidad socialista. V. I. Lenin exhortó a los trabajadores a cumplir inexorablemente todas las leyes y los reglamentos del régimen soviético, y a mantener una guardia vigilante para que todos los cumplan...

La fuerza de los soviéticos reside en los lazos indisolubles que los unen a las masas, al pueblo. V. I. Lenin dictaminó que el enrolamiento de los trabajadores en la Administración del Estado es un «medio maravilloso» capaz de «decuplicar inmediatamente, con una sola embestida, nuestro aparato estatal...»

La teoría marxista-leninista enseña que el socialismo y el comunismo son productos de la labor creativa de un pueblo organizado, férreamente unido y encauzado hada una meta única. En consecuencia, el avance de las organizaciones de masas de los trabajadores, y de la unificación de las masas, constituye un logro objetivo e inevitable del Estado soviético y de la sociedad soviética...

Uno de los fenómenos naturales e ineludibles del desarrollo soviético en la etapa actual de construcción en gran escala de la sociedad comunista, es la expansión del papel de los soviets locales. Fundándose en los postulados leninistas, L. I. Brezhnev señaló que «la naturaleza genuina de la democracia soviética también se refleja en este hecho, a saber, que en nuestro país los órganos locales de gobierno y las organizaciones comunales asumen un papel cada vez más importante en la administración y dirección del Estado...» El Partido Comunista enseña que una condición esencial para que los soviets lleven a cabo su cometido con éxito consiste en la mayor profundización de la democracia socialista en todas sus actividades. A través de su papel de organizadores de masas, los soviets locales participan cada vez más activamente en la materialización del rumbo que ha fijado el Partido Comunista y que apunta a transferir a las organizaciones de masas de los trabajadores las tareas que ahora desempeñan funcionarios a sueldo del Estado.

¿Para quién ha sido escrita esta jerigonza? Sólo un puñado de extranjeros —estudiantes graduados como yo, a los que no les queda otra alternativa— la leen, en tanto que ni siquiera el estudiante ruso más palurdo se deja engatusar. No importa que sea un patriota entusiasta, o que incluso se sienta personalmente ligado al socialismo, lo cierto es que hace mucho tiempo que la retórica ritual acerca de la legalidad socialista, la democracia soviética y la participación de los trabajadores ha dejado de tener sentido. Sin embargo, todos los años se publican nuevas ediciones de centenares de miles de ejemplares, con las citas claves de Lenin reordenadas en consonancia con los últimos matices de la línea política: panfletos, opúsculos, folletos, gruesos volúmenes.^. un océano de papel que inunda un país donde —no obstante la existencia de inmensos recursos forestales— dicho material está racionado cuando se trata de aplicaciones más útiles.

Todos los libros se componen con la tipografía estándar; todos contienen una farragosa repetición de los mismos falsos sortilegios. No puede existir en el mundo otra masa de literatura tan extraordinariamente tediosa.

Lo humillante es que otros estudiantes de los programas de intercambio que abordan temas aún más insípidos y menos importantes cumplen con su deber, llenando con anotaciones sus tarjetas de doce por veinte. Pero mi parálisis se agudiza: me siento incapaz de leer una página más. Antes nunca había tenido tantos ensueños, nunca me había sumergido en tantas divagaciones insensatas. Y aunque me resulta difícil creer que he naufragado, el fracaso también confirma lo que siempre he sabido acerca de mí mismo.

Cuando estaba en tercer grado, pensaba que nunca podría llegar al esclarecido y gigantesco reino del octavo. Ya en el octavo, no lograba imaginarme en la escuela secundaria. Y en ésta, la Universidad parecía quedar muy lejos del alcance de mis aptitudes. La diferencia que me separaba de los otros que seguramente alimentaban esos temores habituales consistía en que yo los exageraba porque temía tener una tara que se manifestaría antes de que terminara de desarrollarme. Y para hacer realidad la aprensión infantil, este paleto aparece en la antigua Biblioteca Lenin, en el último tramo que separa al estudiante del hombre maduro, y se hace acreedor a un bochorno infinitamente mayor que el que podría haber provocado la deserción de mil cursos universitarios.

¡Qué idiota soy! Mi cerebro presumido considera interesante hacerme intervenir en un melodrama sin argumento, irracional. Desocupado a mi edad, supuestamente porque no encuentro nada suficientemente bueno: yo no soy suficientemente bueno.

Trago saliva, elimino de mis oídos las mofas del vulgo y vuelvo a la realidad. La clave consiste en hacer algo, en levantarme para hojear los diarios de la mañana, lo cual puede constituir el comienzo. Sobre una mesa próxima a la puerta descansa una pila de publicaciones nacionales, que se proveen diariamente, como en todos los salones públicos. Sea lo que fuere lo que no funciona, el pueblo soviético debe «aguzar su conciencia política» leyendo la prensa de su país. El público exquisito de este salón también dispone de diarios comunistas extranjeros, aunque los ejemplares de L`Humanité y The Morning Star desaparecen cuando contienen una fotografía o una opinión que no ha sido aprobada.

Para variar, elijo Sovietskaia Rossiya. El artículo de fondo se ocupa de la actual intensificación de la lucha ideológica.

El pueblo soviético está preparado. Sabe que el incremento del comercio y de los otros contactos con representantes del capitalismo obliga a desplegar una mayor vigilancia bajo la guía de nuestro partido. Porque la coexistencia ideológica es imposible. El actual momento histórico se caracteriza por una drástica intensificación de la lucha de ideas, en la medida en que el capitalismo se debate en un vano esfuerzo por demorar el triunfo inevitable del marxismo- leninismo.

A nadie le sorprende que Occidente siga rebuznando acerca de la «libertad intelectual»... lo cual no es más que una capa para cubrir la propaganda soviética. Como enseñó V. I. Lenin, no puede haber libertad de creación sin la liberación respecto de la ideología y las relaciones explotadoras de la burguesía, que aprisionan la voluntad del artista y distorsionan su talento.

La farsa hipócrita que se desarrolla bajo la consigna de la «libertad intelectual» es, en verdad, un último esfuerzo encaminado a coartar de alguna manera el avance triunfal del socialismo. Esto también demuestra que ni siquiera se puede hablar de un «armisticio ideológico», treta con la que se intenta entorpecer el avance del socialismo hacia su victoria total y definitiva en el mundo.

El artículo siguiente informa que los trabajadores de la bauxita han movilizado todos los recursos para la batalla de la productividad que se librará en este segundo año decisivo del histórico Plan Quinquenal. A continuación, un informe acerca de los progresos logrados por los científicos empeñados en la tarea de mejorar la calidad sonora de los discos y conservar la voz de Lenin. Químicos, físicos, ingenieros de sonido y especialistas en ordenadores... todas las disciplinas trabajan conjuntamente para restaurar las inflexiones del querido Vladimir Ilich.

Sigo arrastrándome por las páginas: historias de batallas en el frente agrícola ucraniano (quedan sólo cuatro meses en los que hay que prepararse para la roturación de los campos) y de victorias sobre los ríos siberianos; sermones sobre la moral socialista y denuestos contra los poetas «nihilistas» de Alemania Occidental. Me digo que ésta es otra forma de trabajo, más asequible que la investigación académica gracias al alivio que produce la comicidad de los materiales. De todas maneras, lo más que puedo soportar son diez minutos. Estoy ansioso por telefonear a Anastasia, pero será inútil, por la misma razón por la cual ya es demasiado tarde para empezar de nuevo y recuperar los meses de trabajo perdidos. Si por lo menos no hubiera arruinado eso. ¡Si por lo menos pudiera contar otra vez con Anastasia! Sé que no seríamos felices como antes, pero por lo menos yo podría superar esta lúgubre desconfianza en mí mismo.

Mi disco rayado es peor que el de Lenin. Si me voy ahora de la biblioteca, ni siquiera podré fingir que he hecho un esfuerzo. ¿Y después, qué?

Ahora Maia está sola en el mostrador, mirando nuevamente al vacío. Parece planear la vida del hijo que lleva en el vientre- burbuja. Esta es la hora tranquila: han llegado los últimos lectores matutinos, su supervisora ha salido a tomar el té. Entablo una brevísima plática de corazón a corazón.

—Viviremos durante un tiempo en casa de su madre —susurra, con los ojos abiertos por si alguien vigila nuestra conversación—. Es muy buena conmigo. Dormirá en la cocina y nos cederá su cuarto.

Las lágrimas de Maia son perlas de dolor, como dice el proverbio ruso. Cuando era una joven actriz de nacionalidad tadzhik, la trajeron a Moscú desde Leninabad (ex Stalinabad, ex Dushambe) y le concedieron una codiciada plaza para «representantes destacados de las nacionalidades» en una academia teatral. Meses más tarde, en un accidente de ferrocarril resultó con la voz lesionada y con su rostro aindiado poblado de cicatrices. Mientras aún estaba envuelta en vendajes, su madre murió en un incendio en la fábrica donde trabajaba. Maia no quiso volver a la ciudad de donde había partido triunfalmente un año antes, y se inscribió en un instituto para bibliotecarios.

Cuando se graduó, le encontraron un buen empleo en la Biblioteca Lenin: un consuelo para sus años de soledad, porque estaba segura de que su rostro desfigurado le impediría casarse. Ello fue así hasta el invierno pasado.

Durante el año anterior, un profesor inglés llamado Ion, que realizaba estudios en el Salón Número Uno, había conversado con ella una o dos veces acerca del tiempo. En junio, su despedida fue tan lacónica como esas pláticas anteriores, pero al regresar a la Universidad de Manchester el recuerdo de Maia, quizá realzado por las comparaciones con sus alumnas más frívolas, se apoderó de él. Sin siquiera escribirle una carta, volvió a Moscú durante las vacaciones de Navidad de diciembre pasado. Le pidió al chófer del coche de Intourist que le esperaba en el aeropuerto que le llevara a la biblioteca, corrió escaleras arriba y en el mismo mostrador le pidió que se casara con él.

Maia sabía que ésa era su Oportunidad. Ian era un hombre cariñoso y honrado. No le importaba cómo era Gran Bretaña: criarían a sus hijos y serían felices. Después de solicitar, junto con ella, una licencia de matrimonio, Ian volvió a Manchester. Planeaba regresar para la boda, al cabo del mes de espera. Pocos días después de la partida de Ian, Maia fue convocada a una oficina.

—¿Por qué quieres casarte con ese tonto inglés?

—Porque le amo —convencida de que con esa entrevista se pretendía aterrorizarla, Maia contuvo sus lágrimas.

El funcionario la abofeteó.

—¿Aún le amas?

—Sí.

La segunda bofetada le hizo arder las orejas.

—Apenas le conoces. ¿Quieres exhibir tu —mueca de burla— facha en el —mueca de burla— Reino Unido? —Levantó el puño—. ¿Todavía le amas?

—Sí. Como usted nunca será capaz de entenderlo.

—Vete de aquí antes de que pierda el control de mis actos. Y empieza a rezar.

Ninguno de los temores de Maia se convirtió en realidad. Siguió trabajando —¡y con extranjeros!— en la biblioteca. Para impedir la boda fue suficiente con negarle a Ian el visado de entrada. Las postergaciones de la fecha del casamiento reforzaron el amor de Maia aún más que el interrogatorio de la KGB. Ian era culto, refinado, afable; deseaba llevarla a un múñelo ilustrado. Ese inglés apacible que había tenido un bello gesto con ella se convirtió en un caballero que representaba, no sólo las antípodas de los lacayos de la KGB, sino también la buena suerte que debía compensarla de su desgracia.

Durante su posterior etapa de pena lo único que le interesaba era Inglaterra. Dentro de los límites que imponía el material disponible, se convirtió en especialista en la vida cotidiana de Manchester. Había pasado tan poco tiempo con Ian que podía revivir cada momento, podía recordar todas sus pecas cobrizas. Entonces un operario fue a reparar el teléfono de su apartamento, y sus pensamientos acerca de Inglaterra y la Mesa Redonda, incluso acerca de la vida intelectual, se extinguieron tan súbitamente como habían nacido. Ella le envió una carta rompiendo el compromiso y pidiéndole que no volviera a escribirle. Se había convencido de que el matrimonio con un extranjero era desagradable per se, de que Ian quería arrastrarla a la desdicha. En esto, por lo menos, había copiado la actitud del inquisidor de la KGB. Una muchacha soviética nunca podría sentirse a gusto en un país extranjero. La nostalgia es un precio exorbitante cuando se paga con ella la compra de automóviles y chalets suburbanos. La .verdadera felicidad sólo se puede alcanzar junto a un compatriota... aunque no se trate sino de un sencillo operario de la compañía telefónica.

—Mi suegra nos ayudará mucho cuando llegue el crío. Fue enfermera durante la guerra.

—¿Varón o niña? Ahora pueden averiguarlo por anticipado.

—No lo sabemos. Mi marido quiere un varón, por supuesto...

Y no te cases con una muchacha rusa.

Me dispongo a formularle una pregunta acerca de ese marido un tanto borroso cuando descifro, por primera vez, su expresión de los últimos meses. Ahora no importa. Nada importa. Tengo a mi hijo.

De regreso en mi escritorio, sonrío al pensar en la ironía que encierra la frase de Maia —«No te cases con una muchacha rusa»— en el contexto de mis relaciones con Anastasia. Entonces me fuerzo a leer otra página. Pero es inútil. El sopor me hace entrar en trance, como el lodo de otoño que paraliza la campiña. Apoyo la frente sobre mis manos ahuecadas para simular que leo. Será mejor que los otros estudiantes graduados no sepan la verdad. Sobre mis ojos se forma una película y me dejo flotar sobre este edificio hacia la desmoralización del fracaso... que llega acompañada de la dicha espiritual.

Abro los ojos. Una chica bonita con un ancho trasero ruso ésta de pie frente al mostrador de préstamos. Un trasero que ya es mío: estoy seguro de que se volverá, me sonreirá, me hará la seña mágica. La sensualidad del ensueño siguiente viene acompañada por la luz del sol que se filtra a través, de la vidriera de una capilla. Cuando Joe Sourian me despierta, mi reloj marca las doce.

A veces Joe y yo almorzamos juntos, cuando nos encontramos en la biblioteca. Le gusta comer al mediodía o, para ser más exacto, le gusta comer prácticamente a cualquier hora (él siempre calcula que es inmediatamente antes o después de la gran afluencia de comensales), y su- cuarto es el único lugar donde puedes hincar satisfactoriamente el diente cuando sientes hambre durante la noche. Vive dos plantas más abajo que yo, dentro de la residencia, en una habitación que aparece atestada de discos de jazz, antihistamínicos, cacerolas, vitaminas, pilas de cartas, mantas eléctricas, guías dé viajé, cajas dé jabón en polvo, números atrasados del Time, números atrasados del Playboy, así como Sugar Pops, aerosoles de Right Guard y una respetable provisión de latas de chow moin obtenidas en la embajada norteamericana y en otros lugares. Joe es tan corpulento y cordial como todos los gordos estereotipados que aparecen en los filmes sobre la vida en las fraternidades estudiantiles. Siempre usa corbata porque su madre le educó para que fuera un buen chico armenio, y los líquidos que le chorrean por el mentón recubierto por una poco abundante barba hacen que esté constantemente manchado. Está aquí como miembro de un programa de intercambio estudiantil, igual que yo, pero éste es su segundo año completo. Estaba tan contento que solicitó una «ampliación» al acabar el primero. Según se complace en decir, en Moscú hay dos clases de norteamericanos: los que odian este lugar y «Joey- boy» Sonrían.

—Vamos a manducar —dice, con la mano apoyada sobre la hebilla. Su estómago prominente empuja el cinto tan hacia abajo que la camisa azul no le alcanza, y deja al descubierto un triángulo de camiseta—. Tenemos que damos prisa si queremos adelantarnos a la multitud. Comeremos un bocado rápido para poder volver a los libros.

Joe tiene un centenar de amigos, dentro y fuera de la Universidad, y todos le han embaucado para hacerle participar en sus planes. Los rusos, los franceses, los georgianos, las dos chicas holandesas que simulan no querer tener ninguna relación con los desaliñados hombres rusos, y todos los miembros de los contingentes inglés y norteamericano, son sus camaradas. Individuos que en otras circunstancias no se dirigirían la palabra —alemanes orientales y occidentales, paquistaníes y bengalíes— se apretujan sobre su cama mientras un miembro de la comunidad armenia se corre para dejarles espacio: todos los armenios soviéticos se sienten hermanos de sangre del cachazudo norteamericano que siempre tiene pronto un regalo pata cualquiera que entre en el cuarto, aunque sólo sea un viejo ejemplar del Esquire o la oportunidad de escuchar a The Original Dixieland Band en un Sony de cuatro pistas.

Cuando sale de su habitación, rara vez lo hace sin llevar obsequios para sus amigos, los amigos de sus amigos y los pedigüeños. El botín cotidiano, que lleva envuelto en papel de diario, metido en una bolsa de celofán y oculta debajo de su abrigo a la manera de Harpo Marx, representa una pequeña fortuna en rublos —y una felicidad de otro modo inalcanzable— para sus destinatarios. Los ojos oscuros de Joe están un poco desorbitados, porque nadie sabe con certeza si no podrían arrestarlo como «especulador» por llevar encima alguno de esos artículos, o por todos ellos. Pero se ríe para sus adentros y sigue adelante, confiando en que su cuerpo voluminoso disimulará el cargamento.

Un par de tijeras de Alemania Occidental para su peluquero, medias de lana para la hija de la criada del año anterior, corbatas para los taxistas y pantys de nylon para las camareras de Moscú.

Incluso un maltrecho libro de oraciones, entregado en el cubículo de la letrina de un parque, para un judío ortodoxo tan asustado que se lo pidió a un norteamericano en vez de a sus propios correligionarios, que son judíos pero soviéticos. Puesto que toma en. serio el involuntario deber del occidental, que consiste en aprovisionar a sus amigos soviéticos con aquello que sólo él puede conseguirles —y en razón de que goza de una extraordinaria capacidad para catalogar y satisfacer la necesidad de cada individuo procedente de algún rincón de la comunidad occidental—, es un fenómeno de abastecimiento y suministro. No puede decir que no a ninguna petición. Le llueven como las solicitudes de reserva a una compañía de aviación. Si se dedicara al comercio podría levantar de un día para otro un imperio mercantil.

El mercader armenio: algunos dirían que lo lleva en la sangré; Algunos afirman que le encantan los afanes y las intrigas del intermediario, y que sus rezongos se parecen a los de un ejecutivo que protesta vanidosamente del exceso de trabajo. Su verdad, empero, es que actúa movido sólo por la vocación de servicio que es típica del chico gordo de la clase, y renunciaría a ella de buen grado si pudiera.

—¿Por qué no tratas de jugar al Rey Mago durante doce meses? —suspira.

No obstante su perspicacia, no es ni remotamente tan rico como imaginan los estudiantes soviéticos: cobra, por cada mercancía, el «impuesto de reposición» indispensable para mantener su negocio en marcha. Y, a pesar de las sonrisas que reparte generosamente, tampoco es el hombre más feliz del mundo. Guardar las apariencias implica una carga aún más pesada.

—Cuesta mucho estar siempre de buen humor —me confesó una noche en que asumimos el papel de tusos y compramos una botella con el propósito declarado de embriagarnos. Por otro lado, su popularidad y el embrollo ruso le han ayudado a liberarse de las inhibiciones de origen materno.

Su infancia representa, aún más que la mía, un caso clínico ideal para estudiar a los norteamericanos inmigrantes que deben optar, dolorosamente, entre la tradición y la prosperidad. Su padre, carnicero de la cadena de tiendas A & P, perdió su empleo y murió. Alimentado con el lavash rico en almidones y el dulce telmash, mimado por sus tías, Joe se convirtió en un niño de mamá: el hombre, la ilusión y el ídolo de su madre. A los quince años, tuvo una premonición que necesariamente habría de plasmar su vida hasta convertirse en realidad, a saber, que su húmeda flaccidez alejaría a cualquier chica que él pudiera desear. Pero la amargura producida por esta situación fue mitigada por el talante en el que se desenvolvió su adolescencia. Todos sus intereses, sexuales y de otro tipo, quedaron subordinados al objetivo de convertirse en profesor de la Universidad de Cincinnati, cuya biblioteca alcanzaba a divisar desde su casa. Todos los días se presentaba en dase ataviado con una camisa blanca. Debía triunfar.

Este es el pasado del que ahora reniega valientemente. Por primera vez, está metido hasta las orejas en las tramoyas y en la vida. Pero la liberación no la debe tanto a sus andanzas por Moscú como a sus aventuras del verano pasado. En lugar de sumarse a los otros occidentales que, en el primer día de vacaciones, volaron a refrescar sus espíritus en Europa tal como los polluelos de gaviota vuelan a zambullirse en el agua, Joe tomó la decisión de permanecer en Rusia durante el lapso comprendido entre sus dos años académicos. Después de convencer a sus patrocinadores de que el viaje era esencial para sus estudios —su tesis tenía como tema las actitudes de la Rusia prerrevoluáonaria respecto de Tamerlán— les arrancó una gira subsidiada por Asia Soviética Central, sede de esa rama de los conquistadores mongoles. Debía empezar en Tashkent, capital de Uzbekistán, para culminar, previsiblemente, con una excursión sentimental por lereván, donde grupos de armemos que habían vuelto a su terruño, para pasar las vacaciones allí después de haber estudiado en Moscú, ya le estaban organizando una suntuosa bienvenida a la que nunca habría de asistir...

Joe me apremia nuevamente para que vayamos a «comer un bocado» en la cafetería antes de que se produzca la avalancha de comensales, pero la historia dé su viaje a Asia Central me divierte tanto que le persuado para que se instale junto a mí en el asiento doble y me la vuelva a contar. Como desconfía de las autoridades, sólo Chinguiz y yo conocemos la versión completa. Pero parece comprender que hoy necesito distraerme, y empieza por el principio.

El viaje se inició en medio de los calores tropicales de julio, después de las postergaciones de rigor. En el último momento le pedían documentos adicionales o cancelaban bruscamente las reservas obtenidas con grandes dificultades, porque las delegaciones suizas y suecas monopolizaban los aviones y los hoteles. En el primer tramo —cuando podía, el gregario Joe evitaba viajar solo— su compañera' fue una pareja francesa que, concluidas las clases en la Universidad, iba a pasar una temporada en el Sur, antes de ir a veranear en Menton. La joven parisiense cambiaba su vestuario antes y después de cada comida. Bajo un sol que freía los pies a través del cuero de las sandalias, su enamorado la seguía a todas partes, cargando las maletas en las peregrinaciones de uno a otro hotel de Tashkent. (El Intourist había embrollado su itinerario.) Al entrar en un vestíbulo donde los mozos estaban fumando, tropezó, se desgarró un tendón, y quedó inmovilizado. Su amada le maldijo y le dejó plantado.

Joe no pudo intervenir: estaba ocupado atendiendo a su propia dama. Está era una residente de Akron, la señora Betty Vogl, que viajaba en el mismo avión y que le invitó a tomar una copa en su habitación. Le abrió la puerta vestida con un bikini con lentejuelas.

—Aquí hace mucho calor y no hay aire acondicionado... ¿te das cuenta?

Aunque nunca había tenido mucha facilidad de palabra, Joe captaba algunas cosas con tanta claridad que en su mente casi cobraban la forma de aforismos. La casquivana Vogl, pensó, era tan ignorante como lasciva, tan vulgar como temeraria. Hasta ese momento, su gira organizada por el American Express no había sido afortunada.

—No me importa, niño, si esto es Tashkent o Tombuctu —anunció la viajera con su típico acento sureño—. Me basta con tenerte a ti.

Fuera como fuere, Joe sucumbió a sus descaradas maniobras. Quedó fascinado por su osadía y, cuando ella le hubo desabrochado la camisa, por el auténtico interés con que miró su torso descomunal. Esa era una mujer que le deseaba.

Tashkent parecía tan distinto de Moscú como Moscú lo era de Cincinnati, pero Joe no pudo sino hacer meras conjeturas: apenas vio el horizonte desde el balcón de la señora Vogl, y aun así el panorama estaba parcialmente oculto por un monumento a Lenin. Por fin estaba en Asia Central, la región a la cual había consagrado cinco años de estudios e investigaciones, y pasaba: todo su tiempo entre cuatro paredes que podrían haber sido las de un hotel norteamericano. Después de cada revolcón, tomaba la decisión de despedirse de esa demacrada Betty cuyos apetitos excedían los de él, pero no podía dejarla abandonada. A ella le gustaba comer en la habitación, y la regocijaba que Joe pudiera solucionar ese problema con sólo hablar en una extraña jerigonza por él teléfono. En la última mañana, la señora Vogl le prometió que regresaría vía Moscú, en lugar de Hacerlo por Hawái, después de completar el circuito de la India.

La segunda etapa del viaje, desde Tashkent hasta Samarkanda, Joe la cubrió en compañía de un joven «estudioso» desgarbado^ que se presentó cómo Pavel y después balbuceó su apellido. Las circunstancias del encuentro bastaron para desenmascarar su función: antes de terminar de acomodar sus extremidades junto a Joe en el aeropuerto, el desconocido de sonrisa cordial pero ojos huidizos empezó a maravillarse instantáneamente dé lo mucho que tenían en común... confundiendo, empero, algunas frases. La extravagancia puede atenuar la torpeza, pensó Joe haciendo un aforismo. En esas cuestiones, la burda transparencia de intenciones tenía un encanto que era peculiar del Viejo Mundo.

Según Pavel, el principal elemento que tenían en común era su interés por Ulug-Beg, sobrino dé Tamerlán y tema de sus investigaciones de postgraduado. ¡Qué suerte! ¡Podrían pasar el tiempo juntos en Samarkanda! Joe no tenía nada que ocultar, y además había acumulado experiencia durante un año acerca de la forma de comportarse con los estudiantes soplones, de modo que no le molestó que le hubieran endilgado un acompañante para el viaje, ni tampoco que Pavel lo ignorara casi todo sobre los mongoles y sobre el siglo xiv. Al fin y al cabo era verano, y se explicaba que hubieran tenido dificultades para reclutar, en tan poco tiempo, a un agente especializado en su misma disciplina. La obsesión del joven Pavel por definir todos los cinematógrafos nuevos y todas las hileras de árboles recién plantados como otros tantos logros soviéticos en las otrora tierras áridas era desconcertante, pero esa misma incompetencia le ratificaba que a él, a Joe, no le consideraban como una seria amenaza para la seguridad nacional. Esa era una vigilancia de rutina y, al practicar un balance general, que incluyó el hastío de las noches de Samarkanda, Joe se sintió satisfecho de tener un acompañante.

Como esa era la época de vacaciones, Joe encontró sólo a algunos de los profesores con quienes deseaba entrevistarse. Pero pasó su tiempo explorando minaretes y mezquitas maravillosamente azules, que, según descubrió complacido, también empezaron a despertar el interés de Pavel. Y aunque la sovietización total había convertido a la ciudad en una versión más rústica del Moscú moderno, destruyendo el fabuloso oasis que se levantaba sobre la ruta de las especias más importante del mundo, las nuevas construcciones realzaban la importancia de la tumba de Tamerlán y de otros tesoros islámicos que aún sobreviven. Joe se remontó con el pensamiento a los días polvorientos de Marco Polo, Gengis Kan y su propio Tamerlán.

Pronto llegó el momento de volar a Bujara, antiguo oasis, vieja rival de Samarkanda, presa codiciada por los árabes belicosos y los turcos rapaces. Joe esperaba ansiosamente ese momento: se decía que Bujara estaba mucho menos contaminada, y que continuaba siendo la ciudad de las almenas de barro y los tapices. La fluidez con que él hablaba ruso —y un error de Pavel— fueron causa de que les embarcaran en un avión de transporte de leche, y no en uno de los mejores aparatos, en los que generalmente volaban los extranjeros. El avión para el trayecto de doscientos treinta kilómetros era un bimotor de hélice, copiado del viejo y versátil DC-3. Excelente, ¿pero por qué volaba a tan baja altura, sobre los matorrales y la arena quemante?

—¿Y por qué te veo nervioso con tanta frecuencia, amigo mío? —comentó Pavel desde el asiento del pasillo, aprovechando la oportunidad para pronunciar un minidiscurso acerca de Aeroflot, la línea aérea más segura del mundo.

Joe razonó que tal vez Pavel estaba inquieto porque le Había metido en ese cachivache ruidoso y polvoriento, desobedeciendo las instrucciones. Pero convencido de que a menudo él, Joe, se impacientaba innecesariamente, abrió la guía de viaje. Como le resultaba difícil concentrarse (aunque volaban a una altura aparentemente peligrosa, el morro del aparato parecía apuntar hacia abajo en lugar de hacerlo hacia arriba), pasó a los recuerdos de los mejores momentos —o sea, los silenciosos— que había pasado con la señora Vogl. Pero si los asientos rotos y el suelo de metal cubierto de colillas no eran necesariamente un reflejo de las medidas de seguridad, ¿por qué los motores chirriaban tanto? La azafata de cabellera escarlata prefirió no interrumpir la disputa con un pasajero moreno, para contestar su pregunta. Los alaridos habían girado, al principio, en tomo del derecho del pasajero a guardar debajo del asiento un saco de gallinas muertas, pero la discusión acerca de si apestaban o simplemente olían, desembocó en observaciones recíprocas sobre las fragancias que exudaban los propios contendientes. Oh, bien, suspiró Joe, si ella no se preocupa, ¿por qué he de preocuparme yo?

Al volverse hacia la ventanilla después de una violenta sacudida, vio que del motor brotaba una llama azul. Un momento después, la hélice quedó trabada. Se abrió paso entre las rodillas de Pavel y el asiento de delante, y tomó a la azafata de los brazos para comunicarle sus sospechas. Al regresar de la cabina del piloto, hasta donde Joe virtualmente la había empujado, le aseguró que todo marchaba perfectamente bien, camarada. El piloto había dicho que el avión seguía su curso normal, y que muchas veces el reflejo del sol sobre las alas engañaba a las personas que no estaban acostumbradas a volar.

Luego volvió a la cabina delantera, corriendo tras de sí una cortina grasienta. A través de un jirón, Joe vio que examinaba un par de sandalias nuevas junto con su colega regordeta. Ambas reían alegremente. Era obvio que había conseguido los zapatos mediante una maniobra no muy limpia.

En el otoño siguiente —o sea en el pasado mes de septiembre— Joe le preguntó al agregado aeronáutico británico por qué habían ocultado a los pasajeros el hecho de que el motor estaba averiado.

—No figura en el manual de los pilotos —respondió el inglés—. Los bribones piensan que deben negar todas las averías, aunque haya vidas en peligro. Tú conoces el instinto revolucionario: rechaza todas las imputaciones de defectos, catalogándolas como calumnias antisoviéticas.

Joe aceptó que el hecho de mantener engañados a los pasajeros congeniaba con el espíritu del país. Al fin y al cabo éstos no eran más que vulgares proletarios. Su suerte en el aire había sido confiada a los pilotos, así como sus vidas en tierra quedaba entregada a la sabiduría del Partido de Lenin. Y el Partido sabía no sólo qué era lo mejor para ellos, sino también qué debía decir, y cuándo, a las masas que dirigía.

Pero eso lo pensó cuando ya contaba con la serenidad y la compostura necesarias para analizar el episodio. En el momento de los hechos, cuando se aproximaba al desenlace obvio —una salvación dramática u otra cosa dramática— el silencio de la tripulación le pareció surrealista. Convencido de que él no estaba loco, presumió que ellos debían estarlo.

Su agitación alertó a Pavel, quien se convirtió en uno de los pocos que sospecharon que algo marchaba muy mal. Sus esfuerzos por ocultarlo le inspiraron a Joe un sentimiento de ternura por todos los seres humanos a quienes un código, generalmente estúpido, obligaba a contrariar sus instintos más esenciales. En lugar de temer por su vida, el pobre Pavel debía fingir entusiasmo por el socialismo. El motor de la otra ala estaba tan forzado que Joe también sintió por él cierta compasión. Recordó el chiste morboso del piloto que se masturbaba, que le había contado el payaso de su curso la primera vez que voló.

Involuntariamente, también recordó una serie de artículos recientes del Neto York Times acerca de Aeroflot. Durante los primeros cincuenta años de vida de la línea existía en el mundo una ignorancia absoluta respecto a cuáles eran sus condiciones de seguridad, y en ese lapso las autoridades soviéticas afirmaron que habían eliminado los errores humanos y muchos extranjeros les creyeron al pie de la letra. (Hasta fines de la década de 1960, parecía casi natural imaginar a los mecánicos soviéticos trabajando con el mayor esmero, así como en la fantasía las cocinas soviéticas siempre estaban limpias y los trenes soviéticos siempre llegaban puntualmente. En el régimen socialista no hay lugar para determinadas formas de desidia.) Pero cuando los occidentales empezaron a viajar por el país, les llegaron rumores de espantosas deficiencias humanas y mecánicas. Y ahora el periódico americano daba detalles de no menos de diez accidentes de gran magnitud que se habían registrado en los últimos diecinueve meses y habían costado mil doscientas vidas. Además, la lista sólo incluía a los aviones en los que habían viajado occidentales o que habían caído en aeropuertos abiertos a occidentales, o cerca de ellos. Una chatarra como ésa —en la que teóricamente Joe no debería haber viajado— no habría entrado en la enumeración. Lamentó haber derrochado tanta saliva en tantas oficinas y despachos solicitando autorización para recibir su ejemplar diario del Times (con quince días de retraso, por término medio) en la residencia. Lamentó haberlo leído con tanto detenimiento. Pero ambas actitudes eran consecuencia directa de su idiosincrasia, como lo era el mantener su habitación atestada con un surtido digno de un drugstore. Pilas de diarios, revistas, cajas de Kleenex... ¿para qué le serviría ahora todo eso?

Por otro lado, estaba orgulloso de su autocontrol. Intuía que el desastre era inminente y en algún rincón de su ser sentía un profundo temor, pero también comprendía que no podía hacer nada para evitarlo, y conservaba su compostura. No había esperado obtener una respuesta tan reconfortante a su vieja pregunta acerca de la forma en que se comportaría si alguna vez vivía un peligro inminente. Él, Joe Sourian, podía pensar primeramente en el efecto que su muerte produciría sobre sus profesores y sobre su pobre madre. ¡Podía ser valiente!

Le resultaba imposible discernir si sus compañeros de viaje también podían serlo, porque aún no tenían conciencia del peligro. La cabina estaba saturada de olores humanos, pero se trataba del ramillete de cuarenta cuerpos desaseados que era normal encontrar en ese país de chales negros y muías. No era el olor del miedo. Los otros pasajeros —una típica muestra de hombrecillos modernos con trajes polvorientos y de mujeres tetudas con grandes manchas de sudor en los sobacos de sus vestidos estampados— seguían bebiendo de sus botellas, jugando vehementemente a las cartas con grandes ademanes y abanicándose con hojas claudicantes del Uzbekistan Pravda. Si se exceptuaban los vestigios de agitación después de la frenética acometida característicamente soviética hacia el interior del avión, que perseguía el fin de evitar que los dejaran en tierra o los desplazaran en el último momento, podrían haber sido miembros de la clase media baja de cualquier pueblo de Macedonia. Pero puesto que Rusia carecía de una red adecuada de carreteras y se hacía un uso intensivo de la aviación, seguramente habían volado antes. Entonces, ¿por qué cielos (si en tales circunstancias era lícito emplear semejante figura retórica) ninguno de ellos notaba que en ese momento el avión se desplazaba casi a la altura de los tejados de las casas? Y en ese tramo desolado interrumpido apenas por un edificio de un piso, los tejados probablemente estaban por debajo del nivel del mar... frase de la cual se valió Joe para decir que el avión estaba demencialmente deprimido.

Joe, que no había encontrado la clave psicológica de todo lo que había sucedido hasta ese momento en la cabina, descubrió un nuevo rasgo autóctono. Ocurría que nadie, y menos aún las azafatas, estaba preocupado por las cosas que no guardaban una relación directa y evidente con su comodidad individual. Los buenos ciudadanos de a bordo eran indiferentes no sólo al bienestar de sus vecinos, sino también a todas las cuestiones de mayor importancia. ¿Las condiciones del avión? Que se ocupara Aeroflot. ¿La forma en que los habían insultado en el aeropuerto y en que los había mantenido durante cincuenta y cinco minutos en el acceso a la pista (¡con ese calor!, ¡y sin siquiera abrir la puerta dada la inexistencia de un sistema de aire acondicionado!), sin darles ninguna explicación? Bien, qué diablos podían hacer ellos, simples ciudadanos soviéticos, como no fuera alejar los pensamientos que no servían más que para producir frustraciones. En ese clima político, para no hablar del meteorológico, sólo importaban los agravios personales. Sálvese quien pueda (lo contrario, por supuesto, del «uno para todos y todos para uno» que los diarios repetían hasta el agotamiento). Ya era suficiente tener que reclamar, defender y salvaguardar lo propio, sin necesidad de inquietarse por algo que correspondía, oficialmente, a la jurisdicción de terceros.

Como si hubiera llegado el momento de ilustrar que todo el mundo sólo se preocupaba por sus intereses personales, estalló una nueva disputa con la tripulación. Una mujer pálida, sentada cerca de la cola, le gritaba a la más gorda de las dos azafatas, protestando porque cerca de la parte delantera de la cabina había diez asientos desocupados. En el mostrador de embarque le habían dicho que el avión estaba completo, y había tenido que dejar a su marido y su hermano en Samarkanda, donde tal vez deberían esperar dos días hasta el próximo vuelo. La ironía de la situación no se le escapó a Joe: en ese caso, la costumbre habitual de rechazar pasajeros, aunque hubiera asientos vacíos, había reducido el número de víctimas. Sordo a las tribulaciones de la mujer, un hombre de expresión artera que viajaba junto a ella se levantó para cambiar un melón que llevaba en la maleta por una botella de vino casero. Otros hombres cantaban a coro, algunos en homenaje a una legendaria princesa uzbeka, otros anticipándose a la reunión familiar programada para esa noche.

Ni la cacofonía ni la temperatura (ahí no había llamas, pero los calefactores del avión estaban encendidos) impedían que otros pasajeros dormitaran apoyados en los hombros de sus vecinos. Joe pensó que no le gustaría morir con esa gente. Era como si su familia hubiera viajado a los Estados Unidos por error y ahora él estuviese de regreso. Pavel había enmudecido. Joe miró por la ventanilla y, guiándose por sus lecturas de hacía varios años, identificó los arbustos espinosos que iban desfilando. Agradeció a Dios que en esa estepa no pudieran crecer árboles (contra los cuales habrían chocado), e inmediatamente se sintió reconfortado por esa mezcla de espíritu de observación e ingenio. Quizá podría haber sido paracaidista u hombre rana. En los últimos diez minutos se había acostumbrado a la idea de que sabía comportarse con frialdad en una situación de tensión. Pero para mayor seguridad, se quitó las gafas.

Cuando volvió a calárselas para mirar por la ventanilla, el ala de su lado rozó un cable de alta tensión. (¿Que comunicaba con un centro secreto de comunicaciones militares?, se preguntó Joe. ¡Qué suerte tan perra! En medio del desierto, ¿qué otra aplicación se le podía dar a tanta electricidad?) Aunque no parecía haber espacio para la maniobra, el avión describió una voltereta en el aire. Todos los pasajeros, con excepción de los pocos que habían visto cómo el ala tocaba el cable, aún parecían ajenos al peligro. Como si quisiera confirmar que el hecho de atravesar el desierto de Kara Kum cabeza abajo implicaba una magnífica demostración de progreso socialista, Pavel salió de su trance y empezó a decir algo acerca del entrenamiento exhaustivo que recibían los pilotos soviéticos... ¿o acaso fue un comentario respecto de la incompatibilidad dialéctica de los choques bajo un sistema social de y para El Pueblo? Qué pena, volvió a pensar Joe: incluso en ese momento el pobre infeliz intentaba construir una historia que reivindicara a la Unión Soviética. ¿No habría sido mejor que dedicara esos últimos minutos a sus reflexiones personales, o a hacer las paces con su Creador?

Joe lamentó no encontrar qué decirle a su Creador. Porque estaba claro que también él estaba viviendo sus últimos segundos. Sólo una hazaña estilo James Bond podría salvarlo. Y él los desperdiciaba cavilando neciamente acerca de un hombre que no le interesaba en absoluto. Por otra parte, quizás ese era un mensaje sobre la importancia de amar literalmente al prójimo, porque uno nunca sabía quién sería éste ni qué les reservaba a ambos el destino. O era una señal de que él, Joe, no era un baboso egoísta porque —si bien su costumbre habitual de correr de un lado a otro haciendo favores era una pose artificial— ahora, en el último momento, estaba más preocupado por la paz espiritual de Pavel que por la suya propia.

Pero en realidad, Joe no se sentía predispuesto a filosofar, no obstante todo lo que había leído acerca de los hombres que enfrentaban la muerte. Le consolaba más poner en orden algunos pequeños detalles. Había sido un error emprender la aventura con las gafas caladas, comprendió, mientras se arrancaba de las mejillas fragmentos de cristales rotos. El estrépito nauseabundo del metal aplastado le irritó, en lugar de aterrorizarle. Comprendió que el avión se estaba estrellando y descalabrando. Luego las tinieblas se enseñorearon durante un lapso indeterminado.

El suyo fue un sueño inmensamente apacible, aunque, valga la contradicción aparente, también estuvo poblado de imágenes muy inquietantes. Se despertó para descubrir que el sol de mediodía le quemaba despiadadamente la cara, y oyó un tétrico coro de gruñidos y gemidos de los moribundos que yacían en algún lugar cercano, hacia su derecha.

Semanas más tarde se enteró de que la mitad de los cuarenta y ocho pasajeros y tripulantes habían muerto en el choque o en todo caso antes del anochecer. Él se salvó porque salió despedido y aterrizó, sobre su colchón de grasa, en una zanja llena de agua y barro de notables dimensiones. ¿Eso significa que ha llovido realmente en este Sahara en el curso de los últimos seis meses?, se oyó preguntar para sus adentros. No, pequeño Joey, se trata de una acequia de riego para hacer florecer el desierto socialista. Ojalá sea así. A mamá le mataría la noticia de que expiré sobre una pila de estiércol de camello.

Volvió a desvanecerse. Durante las horas de la tarde, los períodos de bienaventurada inconsciencia se alternaron con otros en que oía los espantosos lamentos y gemidos de sus compañeros de viaje. El muro de la acequia proyectaba sombra sobre su frente; su cuerpo le decía que no se moviera. Un hombre vestido con un uniforme de Aeroflot ligeramente más arrugado que de costumbre iba de un lado a otro, maldiciendo su suerte y blasfemando contra los mecánicos holgazanes. Evidentemente se aproximaba la noche, pero el sol no perdía su fuerza. Joe se preguntó si se sumaría a los pasajeros que habían dejado de emitir ruidos lastimeros.

En una oportunidad, cuando despertó, vio un grupo de rescate, que aparentemente procedía de una granja colectiva local. Ajá... de modo que el cable de alta tensión conducía a un lugar concreto. Pudo levantar las piernas del suelo, pero no la cabeza ni el tronco. Llegaron más vehículos. Cuando terminó de oscurecer, todos los heridos habían sido trasladados por tierra hasta el hospital más próximo, en la ciudad avanzada de Karshi. Cada bache arrancaba un quejido de entre los dientes de Joe, pero al fin estuvo envuelto en sábanas limpias y dispuesto a dormirse. ¡Qué día!

Una delegación de funcionarios del gobierno local entró marchando para despertarle y comunicarle que le llevarían a un lugar más apropiado, en Tashkent. Joe suplicó que le dejaran con los otros heridos. ¿Querían darle una segunda oportunidad a la siniestra parca? ¿Eliminarle mediante otro viaje, mucho más largo? Les imploró que por lo menos le concedieran otra noche de sueño. Los obtusos patriarcas de la ciudad, deseosos sobre todo de librarse de la responsabilidad que implicaba el extranjero, lo cargaron en un vehículo, mientras le juraban locuazmente que ése bello gesto no tenía otro objeto que su preciosa salud.

No se trataba de un viejo Packard sino de una ambulancia. Faltó poco para que la descalabrara un camión cisterna cuando la detuvieron en medio de la carretera para remendar con esparadrapo la correa del ventilador, que se había partido. Llegaron a Tashkent bastante después de medianoche. El chófer pasó otra media hora perdido por las calles. Ese fue el día más largo y lleno de acción de la vida de Joe. Cualesquiera que fuesen los males que padecía su cuerpo, por lo menos pesaba varios kilos menos.

A pesar de todo, una parte de su ser anhelada que su recuperación se produjera en Tashkent. Ahora estaba en condiciones de observar panoramas mucho más interesantes que todos los que había perdido en ese mismo lugar bajo el ala desodorizada de la señora Vogl. Para empezar, quería documentar algunos detalles acerca del accidente inaugural de Aeroflot. Los primeros miembros de la granja colectiva que llegaron a la escena de la catástrofe vacilaron en saciar la sed de los heridos deshidratados, gimientes, con las botellas de agua mineral que seguían intactas en la cola del avión... porque temían ser acusados de robar artículos de propiedad estatal. La negligencia de no ordenar siquiera que los pasajeros se abrocharan los cinturones de seguridad, mientras el avión enfilaba hacia el desastre. (El sistema de altavoces estaba averiado, al igual que muchos cinturones, pero las azafatas podrían haber gritado por encima del ruido de los motores, como lo habían hecho para anunciar la partida, riendo cual niñas en el escenario de un campamento de verano.) Las monsergas del delegado del Partido en Karshi, cuando afirmó que el piloto se había visto obligado a realizar un «aterrizaje forzoso» por culpa de las tormentas eléctricas, con un balance de varios huesos rotos...

Tal vez su estancia en el hospital le proporcionaría elementos para profundizar estas observaciones con un análisis sociológico más generalizado. El estudio íntimo de la vida cotidiana y las relaciones humanas en ese lugar le permitiría realizar una comparación fascinante con la descripción de Solyenitsin del pabellón de cancerosos de un hospital análogo... quizás ese mismo, aunque él no se atrevía a preguntarlo. Podría asentarlo todo por escrito: el pabellón de Tashkent, veinte años después. Eso se publicaría mucho más rápidamente que su ambigua tesis.

Las cavilaciones de Joe le proporcionaron los adornos que la psique humana necesita para compensar las tragedias. En el hospital tenían otras preocupaciones. En mitad de la noche, dedicaron una hora a sacar a un atónito paciente de su habitación privada para poder instalar allí al norteamericano. Le examinaron, le administraron un sedante, y por fin se durmió.

Se despertó al día siguiente, por la tarde con una visión deliciosa: Eva Marie Saint representaba el papel de enfermera junto a su lecho. Parecía eslava, pero sus rasgos eran más delicados que los de la mayoría de las jóvenes rusas, y murmuraba palabras de consuelo impregnadas de adoración.

—No debes preocuparte. No tienes nada más que temer. —(¿Era esta una versión mejorada, en sueños, de la señora Vogl? Lo que susurraba, si en verdad susurraba, ¿era «Mi Niño» y no «Mi Grandullón»?)—. Yo estoy aquí. Te vas a recuperar.

Joe siguió poniendo en duda este último aserto. Aún no podía mover el cuello, y las vendas que le cubrían las manos sugerían que había sufrido quemaduras graves.

—Cuánto has sufrido, mi valiente. —(Esta vez imaginó que unos dedos frescos le acariciaban la frente)—. Duerme, yo haré que te recuperes.

Cuando volvió a despertar la luz estaba encendida, sentía atroces dolores en el cuello, y la rubia susurrante se estaba lavando las manos en la jofaina del rincón: extraña conducta para el ángel de un sueño semidelirante. Se llamaba Barbara. Un nombre polaco porque ésa era en verdad, su nacionalidad. Era bija de una dama acomodada de Lublin, cuya familia había sido desarraigada y deportada a Kazajstan después de la ocupación soviética de 1939, y de un prisionero polaco de la misma invasión a quien no le habían permitido regresar a su patria cuando concluyó la Segunda Guerra Mundial. El primer esposo de su madre había sido un mayor de caballería ejecutado en el curso de una masacre que los soldados soviéticos perpetraron simultáneamente con la del bosque de Katyn, mucho más famosa. A modo de desafío, Barbara había optado por usar el apellido de ese hombre, y no el de su padre. Aunque sus piernas eran regordetas y su tez no era blanca como la de una princesa polaca —nada podía serlo bajo el sol de ese desierto— el pequeño lunar que lucía sobre la mejilla era él modelo perfecto de un rasgo aristocrático. En términos generales, nunca una criatura tan bella había acunado la cabeza de Joe, y menos aún lavado con una esponja sus brazos y piernas peludos, y ahora sudados y cosquilleantes.

¿Cómo explicar la pasión instantánea que había concebido por él? La naturaleza inusitadamente romántica de Barbara se reflejaba incluso en las trenzas rubias que llevaba recogidas sobre la cabeza, como una doncella de Turguenev en la hacienda de verano de su familia. Su pasado también contribuía a ello. Durante toda su vida había soñado con que la rescataran de Tashkent y la trasportaran a Polonia o a otro lugar apacible... lo cual no había impedido que se casara sucesivamente con dos tractoristas locales. Tampoco había hecho grandes esfuerzos para salvarse, aunque después de las reformas de Krushchev podría haberse reinstalado libremente en Tula o Kiev. Lo que hacía era esperar. Y apareció Joe.

—Te devolveré las fuerzas, mi guía.

Fue Barbara quien le contó a Joe que veinticuatro de sus compañeros de viaje habían muerto. Curiosamente, empero, la mayoría de los sobrevivientes no sufrían heridas graves, si había que prestar crédito a la información oral que procedía de Karshi. (Es superfluo aclarar que la prensa no habló de ellos, y que ni tan siquiera mencionó el accidente.) Cuando Joe les pregunto a varios representantes del Comité de Amistad y Hospitalidad del Soviet de la Ciudad de Tashkent, título con el cual se presentaron sus visitantes, qué suerte había corrido el pobre Pavél, se apresuraron a contestarle que en el avión no viajaba ninguna persona de ese nombre.

—¿Cómo? —El hecho de haber sobrevivido al accidente le había dado una nueva dosis de valor. Además, sabía que la preocupación de las autoridades por la presencia de un testigo norteamericano, con sus connotaciones de propaganda potencialmente nociva, le confería un frágil dominio sobre ellos—. Escuche, hace un año que vivo en este país. Ese chico no era estudiante de Arqueología, pero fue él quien me embarcó en ese vuelo.

Sorprendidos por su audacia, y angustiados por las derivaciones qué podría tener ese episodio, los funcionarios admitieron que era posible que se hubiera producido un error. En la visita siguiente sólo aparecieron dos miembros del grupo, y resultó obvio que el más locuaz de ellos era un jefe local de la KGB. Dijo que habían estudiado la lista de pasajeros, que en ella no figuraba nadie que respondiera a esa descripción, y que el señor Sonrían debía continuar descansando, porque su delirio indicaba que seguía en estado de shock. Así fue cómo Joe se desvinculó de la existencia de Pavel, porque decidió no insistir... ni discutir con el representante de Aéroflot que parecía investigar el valor de los equipajes.. Mil rublos no habrían bastado para compensar los trajes que había perdido Joe, pero, víctima de una ligera recaída, se sintió demasiado cansado para entrar en detalles y dijo que se conformaría con quinientos. El hombre, indignado, le ofreció cincuenta, al tiempo que discursaba acerca de los problemas que «todo ese episodio» le había causado a Aeroflot, y acerca de los peligros que entrañaba, en un Estado colectivista, satisfacer peticiones fraudulentas de indemnización.

La reaparición de Barbara después de cada visita subrayaba el contraste entre la bella y las bestias. Como le habían advertido que no debía decir nada al paciente («Usted entiende —le espetó severamente el director del hospital—, que las noticias desagradables podrían alargar su recuperación»), Barbara aceptó correr algún riesgo cuando le reveló el número de víctimas fatales. Pero para entonces ya estaba metida hasta su grácil cuello en peligros mucho mayores. Para empezar, la mayoría de las horas que le consagraba a él las sustraía de otras tareas. Veinte veces por día, se deslizaba por esa puerta y se introducía en la pesada atmósfera de la habitación —era el verano más cruel que había conocido Tashkent en muchos años, con un mes ininterrumpido de temperaturas de treinta y ocho grados— para abanicar, masajear y cubrir con talco su robusto cuerpo al compás de una balada polaca muy popular durante la Segunda Guerra Mundial y titulada «Przeminelo y Wiatrem»'. «Lo que el viento se llevó».

Si bien su cuello seguía dolorosamente dislocado, su sistema nervioso central funcionaba correctamente. Barbara era mil Veces más seductora que Betty, y, además, esta segunda demostración de que su cuerpo inspiraba afecto a una mujer adulta —Barbara tenía veintitrés años y había convivido «vagamente» con hombres antes de sus nupcias— le provocaba, comprensiblemente, una reacción aún más vigorosa que la primera. Mientras Barbara murmuraba y le acariciaba, una zona de la sábana se alzaba entre su abdomen y sus rodillas, como una tienda local, baja. Puesto que su robusta erección era, por sí sola, una fuente de éxtasis, no encontraba palabras para describir el placer que le producía bajo los cuidados de Barbara.

Sin embargo las manos y la boca afanosas de la soñadora enfermera parecían disociadas de su aureola romántica, así como Bach era independiente de sus maravillosas cantatas.

—Oh, sí, lo he notado —comentó Barbara una tarde cuando la palma de su mano tropezó con la erección, mientras alisaba mecánicamente la sábana—. Mi pobre tesoro. Y tienes las manos totalmente vendadas.

Abrió más la puerta para escuchar los pasos que pudieran acercarse por el corredor. Joe se estremeció al pensar en la intención de Barbara y en el espantoso peligro que correrían si los descubrían.

—No te sientas abochornado —dijo ella, doblando la sábana en una dirección y el fino camisón del hospital en otra.

Le sobó los testículos, deslizando ocasionalmente la mano sobre la verga como un arquero en trance de pulsar el arco. La humedeció con saliva, sin perder el ritmo. A Joe le pareció que se iba a desmayar. Trató de controlar su jadeo: aún antes de su prolongada inactividad le había faltado el aliento. El desenlace se produjo rápidamente. En el marco de ese hospital austero pero amable, la sensación posterior fue indescriptiblemente deliciosa y extravagante. No sabía qué decir.

—Gracias —murmuró, tocándole los cabellos con la punta de los dedos vendados.

—Cuando un hombre está postrado, le resulta difícil vivir con semejante tensión —respondió Barbara dulcemente—. Nos han enseñado algo sobre masajes.

A la mañana siguiente repitió la terapia. Después Barbara tuvo su día libre, y decidió no despertar las inevitables sospechas con su aparición. El día posterior, le masturbó dos veces, y ése continuó siendo el promedio durante toda la semana. Cada dedo parecía un aro de pistón mecánico; juntos subían y bajaban como si la longitud de su miembro hubiera sido igual a la de su brazo. Su boca lo circundaba suculentamente, como si estuviera haciendo un mohín para un anuncio de bombones. Sus eyaculaciones eran tan potentes como el chorro de una ballena. Barbara le limpiaba, se incorporaba, sonreía.

Cuando le conducía al cuarto de baño, le lavaba dos veces los órganos genitales, al comienzo y al final. Con los rodillas flojas, y sin poder aferrarse a la barra a través de los vendajes, se dejaba sostener por una de las manos de Barbara, que le tomaba por la cintura, mientras con la otra aplicaba los masajes jabonosos. ¡La masturbación era exultante!

Ahora Barbara iba directamente al grano, sin mediar palabra. Se entendía que el silencio era un recurso para evitar que los descubrieran: seguramente la habitación de Joe tenía «oídos» de la KGB. Esta inhibición también les inducía a aceptar que el coito era impracticable. Dadas las condiciones en que se encontraba el cuello de Joe, ella habría tenido que montarlo, y habría tardado mucho en bajar si desde el corredor hubiera llegado un ruido alarmante. La única vez que él introdujo el antebrazo debajo de la larga falda del uniforme, la encontró húmeda pero vacilante.

—Aquí no. Pronto estarás nuevamente curado.

Barbara pasó a sus otras tareas y Joe aspiró el olor genital, intensificado por el calor, que se le había adherido a la piel.

Pero la renuencia de Barbara a hablar también parecía provenir de la naturaleza desapasionada de su asistencia, del mismo espíritu profesional, o lo que fuera, que la inducía a ocuparse inmediatamente de su erección cada vez que entraba sola en el cuarto, y a aliviarla sin prisa y sin pausa. De todos modos, los únicos ruidos eran los de radio Tashkent, que llegaban desde la sala común del piso inferior, y él ocasional chasquido del carrito de los medicamentos que rodaba sobre el linóleo. El sosiego de la habitación durante ésos actos portentosos comunicaba una ensoñadora obscenidad estética al placer de Joe, sensación que se intensificaba por el miedo a ser descubiertos. ¡La explosión venérea era el éxtasis!

Joe, a diferencia de Barbara, interpretaba que la actividad sexual formaba parte de algo de mayor alcance. El arte de sus manos aumentaba la veneración de él por toda su persona. Desde qué había leído Adiós a las armas alimentaba la fantasía de ser herido en una empresa heroica —la caída del avión cumplía ese requisito— y de ser atendido (claro que en una playa más fresca, bajó el sol de noviembre y ansiosamente.) por una Grace Kelly vestida de blanco. Si bien las chicas hermosas no tenían motivos para darle una oportunidad en circunstancias normales, el prolongado contacto de la recuperación permitiría que la mujer de sus sueños le conociera verdaderamente a fondo. Él y Barbara seguían al pie de la letra las indicaciones del guión. Su lujuria era sólo el condimento, o la confirmación, de un vínculo celestial cuyos factores confluyentes eran aún más concretos que los de su ensueño: ¿cuántas personas vivían para asistir a la materialización de su fantasía del ángel sensual? Como si las dos sustancias estuvieran tratando de fusionar definitivamente el ensamblaje entre el sueño y la realidad, el anticuado almidón del uniforme de Barbara tenía un olor muy parecido al de su semen, que ella tragaba para no manchar la toalla.

Ahora su cuello, que seguía aun violentamente dislocado, descansando en un molde de yeso. Tenía mil preocupaciones, empezando por el hecho de estar incomunicado desde hacía veintitrés días. La atención médica parecía idónea, pero evidentemente los funcionarios de Tashkent no habían comunicado la noticia a la embajada, en Moscú, a pesar de todas las promesas. Probablemente le estaban investigando ferozmente, para desentrañar su relación con el accidente. Todo su viaje por Asia Central sería tema del informe de un coronel acerca de sus motivaciones y de la probabilidad de que fuera un espía. Mientras tanto, nadie en el mundo que le hubiera conocido antes podría adivinar su paradero. Sin duda sus amigos armenios, que le aguardaban con sus banquetes abortados, presumían que lo habían arrestado, y planeaban restar importancia a su amistad. Su propia familia, a la que seguramente no le llegaban sus cartas, debía creerlo muerto, o rezaba para que se produjera un milagro como el que había salvado a Hemingway después de su accidente en África. (Pensaba constantemente en Adiós a las armas. La bibliotecaria del hospital le había llevado un ejemplar, y leía la versión rusa con mucho más placer que el que había sentido al leer el original norteamericano.)

Pero sus únicas zozobras reales eran el calor y el temor a que le descubrieran. Ninguna otra cosa importaba: ni el aburrimiento ni la comida (se esforzaban particularmente por él), y desde luego tampoco la embajada norteamericana. En ese lugar libre de presiones y neurosis, empezó a comprender que era un adulto, suficientemente maduro para aceptar el interés de Barbara por su virilidad y su respetuosa devoción. Sólo ella podría haberle prestado ese servido.

Sólo ella, también, podría haberle hecho acariciar la idea de contrariar la ilusión capital de su madre: que se casara con una buena chica armenia. Rumiaba y sudaba, tratando de contrapesar las manzanas de su educación con las naranjas dé su amor tumultuoso, tanto más difícil de medir en razón de la sospecha de que había un micrófono oculto, por un lado, y de la circunspección de Barbara, por otro. Por ejemplo, le resultaba imposible terminar si Barbara no hablaba porque era tonta o porqué era inteligente— Pero al fin, le ahorraron el trabajo de tomar una decisión. La conclusión del romance fue mucho menos original que el comienzo.

Cuando ya estaba suficientemente repuesto como para hacer algo de ejercicio, caminando, Barbara desapareció del hospital. Como Pavel, podría no haber existido.

Joe hubo de preguntar por ella con mucha prudencia, a pesar de que se sentía peor que después del accidente. El hecho de que las otras enfermeras alegarán no saber nada acerca de su desaparición, acrecentó sus temores. Con razón: el hombre del «comité del soviet urbano», que había seguido visitándole aun después de que los otros dejaron de hacerlo, se presentó en su cuarto al cabo de tres angustiosos días sin Barbara. Con tono ofendido, colérico y amenazante, acusó a Joe de haber violado la hospitalidad soviética y «el honor de la joven feminidad soviética».

Le entregó una hoja de papel. En ella figuraba la confesión de Barbara, ostensiblemente dirigida a las autoridades del hospital. «Me horroriza pensar en lo que he hecho conmigo y con la reputación de las mujeres soviéticas. Me tortura la idea de haber traicionado la confianza del Pueblo. He vendido todo lo que me dieron en la vida —todo el apoyo material y el desarrollo moral de la sociedad soviética— a cambio de las promesas huecas de un extranjero. Oh, ¿por qué actué de manera tan humillante conmigo misma y con mi Madre Patria? ¿Por qué profané el sagrado título de enfermera, e incluso manché las sábanas del hospital con mi infamia? Estas preguntas me atormentarán hasta el fin de mi vida... Suplico que no arruinéis mi carrera ni divulguéis mi conducta en la prensa. Os ruego que me autoricéis a volver a Tashkent donde, fiel al humanitarismo soviético, expiaré mi culpa ocupándome de las chatas, o realizando cualquier otro trabajo vinculado con mi profesión».

Cuando todo eso hubo terminado y Joe regresó a la Universidad, para cursar su segundo año, siguió rumiando dos pequeños enigmas. ¿La trampa había sido planeada desde Moscú, o la iniciativa había corrido por cuenta de los agentes locales? ¿Y por qué le habían hecho pagar las sábanas «contaminadas»? ¿Acaso para recuperar los cincuenta miserables rublos de Aeroflot? (Cuando se hubo retirado el hombre de la KGB, los funcionarios del hospital anunciaron que no podían «imponer» esas sábanas a los pobres pacientes soviéticos, y exhibieron un montón de ellas para que Joe las examinara antes de que fueran arrojadas, según dijeron, al incinerador. Si se trataba en verdad de las doce que él había ensuciado, debía inferir que le vigilaban desde el comienzo.) El motivo por el cual habían montado esa operación era menos misterioso. Joe había visto demasiadas cosas y se comportaba con demasiada temeridad. Por si no fuera suficiente la nauseabunda recaída que experimentó al enterarse de la suerte que había corrido Barbara, le advirtieron que si divulgaba «exageraciones», lo único que conseguiría sería «prolongar el período de rehabilitación social de la camarada enfermera Kowalska». Obviamente, los responsables del caso comprendieron que si le expulsaban del país directamente desde Tashkent, se multiplicarían las posibilidades de que él propalara sus aventuras estivales. Por ello, le invitaron a reanudar sus investigaciones sobre Tamerlán en Moscú, donde podían controlarle.

La rigidez de los músculos de su cuello perduró hasta fines de otoño, y le produjo dolores de espalda y cansancio visual. Su congoja espiritual, que se tradujo primeramente en una apatía total, después en un remordimiento abrumador por su negligencia, y finalmente en la añoranza del cabello y los ojos de Barbara, duró mucho más. No era posible que nunca volviera a verla. Por otra parte, el «Verano de los Dos», como llamaba Chinguiz a las cinco semanas que Joe había pasado en Tashkent, se convirtió en un trance crucial, y cuando la señora Vogl apareció en Moscú y le rastreó hasta la Universidad, él se negó a ir a su hotel. El cuerpo que le había excitado y por el que había bendecido su buena estrella apenas en julio, ya no encerraba ningún atractivo para él. ¿Acaso ésa no era la prueba de una maduración excepcional?

Poco antes de los intensos fríos de noviembre, la Universidad organizó, para los estudiantes de Historia de habla inglesa, una excursión a Borodino, donde se había librado la gran batalla entre los ejércitos de Napoleón y Kutuvoz. Resollando entre las colinas, y pensando, como siempre, en Barbara, Joe se regazó y se extravió. Pidió información a tres muchachas que celebraban un picnic en una antigua trinchera y entabló conversación con ellas. Sí, era norteamericano, dijo cansadamente; y ellas eran... ¡enfermeras de Tashkent! La pregunta siguiente le crispó los labios. Dos de las tres contestaron afirmativamente. ¡Una incluso había estudiado con Barbara! Ella sabía más que las otras.

Mientras Joe estaba aún en el hospital, esperando que le examinaran para darle de alta, la pobre Barbarinka fue deportada a una aldea de Kirguizia. Como allí no había instituciones médicas, la enviaron a cuidar cerdos. Pero su madre tuvo un colapso casi inmediatamente y le permitieron volver a su casa. En ese momento trabajaba como limpiadora de suelos y letrinas en una fábrica de helados de Tashkent.

Joe se sentó, muy afectado. El cuello le dolía tanto como cuando había recuperado el conocimiento en la acequia de riego. Pero ya fuera porque lo sabían realmente, o porque deseaban tranquilizarle, las muchachas le dijeron que Barbara no era desdichada. No culpaba a nadie. En verdad, no creía que hubiera que hablar de culpas.

—Y no se trata de simples palabras.

Las muchachas la habían visto en cafés y paseando por la calle mayor, y no había nada en su conversación o en su conducta que reflejara rencor o aun sorpresa... Sí, durante aproximadamente un mes comentó que Joe iría a rescatarla de Tashkent. Pero ahora planeaba casarse. Con un muchacho de origen parcialmente tártaro que transportaba mercaderías a la fábrica.

Llorando por todo eso, Joe sintió que las nuevas dimensiones de la tragedia llegaban hasta abismos y cúspides inusitados. Algo trascendental estaba en marcha. No podía tener otra explicación su encuentro con las enfermeras a tres mil kilómetros de Tashkent, en un campo de batalla napoleónico poblado de monumentos a divisiones masacradas. ¿Es que nunca terminaría el prodigio del verano? El significado portentoso que se ocultaba detrás de la cadena de acontecimientos le dejó aturdido. Los misterios y posibilidades de la vida eran infinitos. ¡Que él, el favorito de la maestra durante su infancia en Cincinnati, pasara por semejante trance! Pero las mismas anomalías de la aventura múltiple la convertían en una suerte de experiencia religiosa, tan personal que ninguna otra persona podía captar sus efectos místicos, así como tampoco podría entender lo que Barbara significaría siempre para él.

De modo que no estaba destrozada, sino que aceptaba serenamente su destino. Pero este nuevo giro —la intrínseca injusticia de su indulgencia frente a la calamidad— le producía el mayor dolor. No, no era sólo una mujer bella y superficial. El suyo no había sido un amor pasajero de verano. ¿Pero que se casara con un camionero de Tashkent? ¿Acaso ella no debía permanecer tan fiel como él al recuerdo de su idilio? Con esa nueva carga de desconcierto y nuevas áreas de tormento, el romance se apoderó nuevamente de Joe durante la estación invernal de cavilaciones.

El tiempo se ha detenido durante la narración de Joe. Me solicita amablemente, discreción, recordándome que sólo Chinguiz y yo conocemos la historia íntegra, y después permanece callado durante un largo rato. Apoyo la mano sobre su hombro, como acostumbraba a apoyarla sobre el mío mi lugarteniente en una banda callejera no beligerante. Volvemos lentamente de Asia Central al alto techo y a las cuatro paredes imponentes del salón de lectura.

—¿Vas a devolver tus libros? —me pregunta, con un ronco susurro. A pesar del frío, una película aceitosa le cubre las mejillas. Si por lo menos supiera cuánto le estiman todos, desde los árabes hasta los camboyanos. Hasta qué punto todos necesitan relajarse con él, en su cuarto transformado en café, sobre todo cuando están aburridos o deprimidos.

—Será mejor que lo haga.

Sí, ya he hecho bastante por este día. Si me voy ahora, mañana podré empezar de nuevo.

Entrego mis cinco volúmenes a Maia que me devuelve mi tarjeta de salida ya sellada, y sigo a Joe, alejándome de los afanes de nuestras tesis. Aunque se ha recuperado con relativa rapidez del golpe de Borodino, Joe ha vuelto a buscar solaz en la comida, y está cada día más gordo.

Bajamos por la escalera principal, de mármol, pasamos por una serie de corredores alambrados y seguimos por la escalera posterior que conduce a la cafetería, con sus olores de refectorio de cuartel. Al igual que decenas de miles de casas de comida situadas en los subsuelos de Moscú, es un recinto lleno de vapor, con manchas de agua sucia en las paredes. Pero su clientela mucho más elegante que la común. Cogemos nuestras bandejas de metal y nuestros cubiertos, piezas de aluminio retorcido que podrían proceder de un equipo de supervivencia posterior al holocausto atómico. A falta de cuchillos —blancos favoritos de las sustracciones, que raramente son repuestos— algunos comensales arrancan trozos de carne con los dientes, en tanto que otros tratan de reducirla a un tamaño comestible con la ayuda de dos cucharas. En el mostrador, elegimos un borscht suculento, un plato principal de pollo esmirriado, y la compota de ciruelas y albaricoques secos a modo de postre. Pero el precio es de apenas setenta kopeks y, como pronosticó Joe, a esa hora la cola es insignificante.

Deseosos de que nos dé el aire, ocupamos una mesa próxima a la puerta. Con la boca llena de comida, Joe hace un movimiento de cabeza en dirección a la cocina. Mientras esperan el momento de volver a llenar los calderos de sopa, dos adolescentes vestidas con guardapolvos y gorros blancos se han cogido mutuamente por la cintura.

—¿Entiendes lo que quiero decir? —pregunta Joe—. Por todas partes encuentras este fantástico contacto físico. ¿En qué otro lugar podrías ver esta escena?

«Esta escena» se repite en varios puntos del subsuelo sofocante: chicas cogidas de la mano, con los brazos entrelazados, tocándose. Parejas que comparten un mismo asiento, como niños en el parvulario. Antes del verano, Joe acostumbraba a apostarse en los vagones del metro, en los ascensores y en otros recintos atestados, para explorar pechos con los codos. La facilidad con que lo hacía me dejaba atónito. Ya fuera porque las mujeres rusas tenían pensamientos demasiado puros para imaginar que semejantes tretas eran posibles, o porque, teorizaba Joe, toda una vida de hacinamiento las había hecho insensibles a tal tipo de contactos, lo cierto es que ninguna notaba ni siquiera varios minutos de magreo persistente. Después de sus experiencias con Betty y Barbara ya no necesitaba recurrir a esos subterfugios, ni se sentía tan desmañado como antes con las muchachas. Incluso consiguió acostarse con varias vecinas de la residencia. Pero sólo dormía unas pocas veces con cada una de ellas: lo que más le interesaba era la mujer rusa como especie, sus actitudes y sus hábitos. ¿Qué significaba el hecho de que en los otros salones de lectura de la biblioteca, todos ellos mucho menos confortables que el Número Uno para Estudiosos y Científicos, las muchachas siempre estuvieran sentadas las unas en el regazo de las otras? ¿Y el hecho de que los apretujones parecieran complacerlas en lugar de irritarlas, como si la presencia tranquilizadora de un cuerpo tibio en contacto con el suyo fuera preferible a la alternativa de tener que instalarse en un asiento solitario para abordar su propio trabajo?

Pensaba escribir un ensayo acerca de algunos de los elementos estables de la vida rusa mediante la descripción de las actitudes de las jóvenes: la bondad sin complicaciones, ejemplificada por el contacto físico espontáneo que reconforta y fortalece a la nación hostigada. En estos tiempos de liberación femenina, su aportación sería tan pertinente como su crónica abortada de los sucesos de Tashkent. Pero se atascó a la hora de decidir si lo que escribiría sería un estudio sociológico o un relato de sus observaciones personales. Un tratado erudito, demasiado frío para captar la seductora informalidad de las muchachas rusas, confundiría en lugar de esclarecer; y una narración en primera persona, que nadie tomaría en serio porque sonaría demasiado frívola, podría arruinar su carrera académica. También abandonó este proyecto.

Pero no dejó de pensar en él.

—Creo que hoy no trabajaré más, y me iré contigo —dice, cuando salimos de la cafetería—. Espérame en el vestíbulo principal. Te mostraré algo.

Le aguardo mientras sube al salón de lectura y devuelve sus libros. Las colas de los mostradores del guardarropas casi han desaparecido, y una de las empleadas le está mostrando su prótesis dental a una colega. Cuando Joe baja nuevamente, y pasa frente a la matrona que controla la salida y frente a la policía femenina, nos ponemos los abrigos y salimos al encuentro del frío momentáneamente refrescante. Me conduce hasta una ruta de autobuses y tranvías, y sonríe cuando le pregunto a dónde vamos. He pasado toda una tarde con él buscando pilas Ray-O-Vac para un fanático de los artefactos, y un día entero tratando de averiguar si un billete de cien dólares de 1921, que una familia de editores de la época prerrevolucionaria había ocultado temerosamente en una buhardilla durante esos cincuenta años, conservaba su valor legal en los Estados Unidos. Pero se limita a decirme que dentro de un momento veré «algo completamente distinto».

Al doblar una esquina nos encontramos con un nuevo y monumental instituto de cultura física, que prepara entrenadores deportivos y atletas «aficionados». Joe es uno de los pocos norteamericanos que se atreven a abrirse paso con subterfugios entre los controladores de salvoconductos, apostados en la entrada. Para ello, toma la iniciativa y me habla en ruso acerca de los ejercicios con pesas, en voz suficientemente alta como para que le escuche el guardia.

Los últimos pasos nos conducen al balcón de un inmenso gimnasio, donde se entrena una promoción de muchachas. La turgente sensualidad de sus pechos y sus traseros ceñidos pone tirantes las mallas, encogidas por el lavado. Silbo para mis adentros pensando en mi mejor amigo, Aliosha... quien probablemente ha fornicado con la mitad de las alumnas. Respecto de la otra mitad, si las viera como yo las veo ahora, se arrojaría sobre las esteras de ejercicios colgado de una cuerda, como lo podría hacer Tarzán.

Durante media hora, miramos impúdicamente sus deliciosas intimidades, pero esto no turba su concentración en las complicadas figuras gimnásticas. Sucede lo mismo que cuando el codo indiscreto del viejo Joe pasaba inadvertido entre las multitudes del metro.

—¿Viene a menudo aquí, profesor?

—Cierra el pico. Hay investigaciones e investigaciones. ¿Te parece superior a la Biblioteca Lenin?

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