9

Dentro estaba completamente oscuro, pero a mano derecha se distinguía una barraca.

– Voy por la linterna -dijo Fazio.

Ya de regreso, volvió a cerrar la verja y encendió la linterna. Se acercaron cautelosamente a la puerta de la barraca y advirtieron que estaba entreabierta. Era obvio que, con el calor que hacía, Filiberto no aguantaba permanecer allí dentro con la puerta cerrada. Ahora se le oía roncar a lo bestia.

– No debemos darle tiempo de reflexionar -murmuró Montalbano al oído de Fazio-. No encendamos las luces, sólo utilizaremos la linterna. Tenemos que pegarle un susto de muerte.

Entraron de puntillas. En el interior de la barraca había un pestazo a sudor y un olor a vino que emborrachaba de sólo respirarlo. Filiberto estaba tumbado en calzoncillos en un catre de campaña. Era el mismo hombre de la fotografía de la ficha personal.

Fazio lo recorrió todo con el haz de la linterna. La ropa del vigilante estaba colgada de un clavo. Había una mesa, dos sillas, una palangana esmaltada encima de un trípode de hierro, y una jarra. Montalbano la cogió y la olfateó: agua. Llenó sin hacer ruido la palangana, la sujetó con ambas manos, se acercó al catre y arrojó violentamente el agua sobre la cara de Filiberto. Éste abrió los ojos, volvió a cerrarlos deslumbrado por la linterna de Fazio y los abrió de nuevo, haciendo visera con una mano para protegerse la vista.

– ¿Qui… qui…?

– Quiquiriquí -dijo Montalbano-. No te muevas.

Y con el rayo de luz se iluminó la pistola. Instintivamente, Filiberto levantó las manos.

– ¿Tienes móvil?

– Sí.

– ¿Dónde?

– En la chaqueta.

La que colgaba del clavo. El comisario sacó el móvil, lo arrojó al suelo y lo descacharró pisoteándolo. Filiberto hizo acopio de valor para preguntar:

– ¿Quiénes sois?

– Amigos, Filibè. Levántate.

El vigilante obedeció.

– Date la vuelta.

Filiberto, cuyas manos temblaban ahora ligeramente, se giró de espaldas.

– Pero ¿qué queréis de mí? ¡Spitaleri siempre ha pagado la cuota!

– ¡A callar! -ordenó Montalbano-. Santíguate. -Y amartilló el arma.

Al oír el seco ruido metálico, Filiberto cayó de rodillas como si tuviera piernas de requesón.

– ¡Por favor! ¡Yo no he hecho nada! ¿Por qué queréis matarme? -sollozó.

Fazio le propinó un puntapié en la espalda y lo hizo caer hacia delante. Montalbano le apoyó la boca de la pistola en la nuca.

– Escúchame bien… -empezó. Pero se interrumpió-. O está muerto o se ha desmayado.

Se agachó para tocarle la vena del cuello.

– Se ha desmayado. Colócalo en una silla.

Fazio le pasó la linterna al comisario, sujetó al vigilante por las axilas y lo sentó. Pero tuvo que sostenerlo, porque se caía hacia un lado. Repararon en que tenía los calzoncillos mojados: se había orinado encima de miedo. Montalbano se acercó y le arreó un guantazo que lo obligó a abrir los ojos. Filiberto parpadeó desconcertado y volvió a echarse a llorar.

– ¡No me matéis, por el amor de Dios!

– Si contestas a mis preguntas, salvarás la vida -dijo Montalbano, acercándole la pistola a la cara.

– Contesto, contesto ahora mismo.

– Cuando cayó el árabe, ¿había barandilla de protección?

– ¿Qué árabe?

Montalbano le encañonó la frente.

– Cuando cayó el albañil árabe…

– Ah, sí, no, no, señor, no había.

– ¿La colocasteis el domingo por la mañana?

– Sí, señor.

– ¿Tú, Spitaleri y Dipasquale?

– Sí, señor.

– ¿A quién se le ocurrió echarle vino encima al muerto?

– A Spitaleri.

– Ahora procura no meter la pata al contestar. ¿El material para la barandilla de protección ya estaba en la obra?

La pregunta era fundamental para Montalbano. La respuesta que le diese Filiberto sería decisiva.

– No, señor. Spitaleri la encargó y me la llevaron a la obra a las tantas de la madrugada del domingo.

Era la mejor respuesta que podría haber recibido el comisario.

– ¿Qué empresa la sirvió?

– La Ribaudo.

– ¿Firmaste el recibo?

– Sí, señor.

Montalbano se felicitó a sí mismo. No sólo había acertado de lleno, sino que además había averiguado lo que quería.

Ahora habría que hacer un poco de comedia para uso y consumo del aparejador Spitaleri.

– ¿Por qué no recurristeis a la empresa Milluso?

– ¡Y yo qué sé!

– Mira que se lo hemos dicho una y mil veces a Spitaleri. ¡Utiliza los servicios de Milluso! ¡Utiliza los servicios de Milluso! Pero él, nada. Quiere pasarse de listo con nosotros. No quiere entenderlo. Y ahora nosotros te matamos a ver si por fin lo comprende.

Bajo los efectos de la desesperación, Filiberto se levantó de un salto. Pero no tuvo tiempo de nada más. A su espalda Fazio le propinó un golpe en la nuca con el canto de la mano.

El vigilante se desplomó y se quedó inmóvil.

Salieron corriendo, abrieron la verja y subieron al coche; mientras Fazio lo ponía en marcha, Montalbano dijo:

– ¿Ves como a las buenas se consigue todo?

Después ya no dijo nada más.

Mientras se dirigían a Vigàta, Fazio comentó:

– ¡Parecía una película americana de verdad! -Y al ver que el comisario permanecía en silencio, preguntó-: ¿Está echando la cuenta de todos los delitos que hemos cometido?

– En eso mejor no pensar.

– ¿No está contento con las respuestas de Filiberto?

– Al contrario.

– Pues entonces, ¿qué le ocurre?

– No me gusta lo que he hecho.

– Estoy seguro de que no nos ha reconocido.

– Fazio, no digo que nos hayamos equivocado, digo que no me ha gustado.

– ¿Nuestra manera de tratar a Filiberto?

– Sí.

– ¡Pero, dottore, si es un delincuente!

– Y nosotros no.

– Si no lo hubiéramos hecho así, ése no hablaba.

– No es una buena razón.

– ¿Qué quiere, que regresemos y le pidamos perdón?

Montalbano no contestó. Al cabo de un rato, Fazio dijo:

– Lo siento.

– ¡Quita, hombre!

– ¿Usía cree que Spitaleri se va a tragar la historia de que nos enviaron para favorecer a la empresa Milluso?

– Tardará dos o tres días en comprender que la empresa Milluso no tiene nada que ver. Pero esos dos o tres días de ventaja son suficientes para mí.

– Hay algo que no me convence.

– Dilo.

– ¿Por qué Spitaleri, para el material de la barandilla de protección, se dirigió a la empresa Ribaudo y no lo cogió de otra de sus obras?

– Tendrían que haber participado otras personas de las otras obras. Y Spitaleri debió de pensar que cuantas menos personas lo supieran, mejor. Se ve que la empresa Ribaudo es de confianza.


* * *

Durante la noche, y contrariamente a lo que él temía, la conciencia de Montalbano prefirió descansar. Por cuyo motivo el comisario despertó de las cinco horas de reparador sueño como si hubiera dormido diez. El día despejado lo puso de buen humor. Pero ya de buena mañana el aire era muy caliente.

En cuanto llegó a su despacho, llamó a Alberto Laganà, el comandante de la Policía Fiscal que tantas veces le había echado una mano.

– ¿Comisario? ¡Qué sorpresa tan agradable! ¿Qué me cuenta de bueno?

– De malo, por desgracia.

– Cuéntemelo de todos modos.

– ¿Usted conoce la empresa Ribaudo de Vigàta, que sirve material a las obras?

Laganà soltó una carcajada.

– ¡Vaya si la conocemos! Materiales entregados sin factura, fraude del IVA, manipulación de los libros de contabilidad… Y tenemos intención de renovar nuestra amistad dentro de unos días.

Menudo golpe de suerte.

– ¿Cuándo, exactamente?

– Dentro de tres días.

– ¿No podría adelantarse a mañana?

– ¡Pero mañana es quince de agosto! ¿Qué le interesa?

Montalbano se lo explicó. Y le dijo también lo que quería.

– Espero conseguirlo para pasado mañana -concluyó Laganà.


* * *

¿Dottori? Hay uno que se llama Falli Fardillo que dice que usía lo convicó para esta mañana a las diez.

– ¿Tú tienes la ficha de la chica asesinada?

– Sí, siñor.

– Tráemela. Después le dices a Fazio que acuda a mi despacho y luego haces pasar a ese señor.

Como cabía esperar, primero Catarella hizo pasar a Dalli Cardillo, después fue por la ficha y, al final, fue a avisar a Fazio.

Dalli Cardillo era un cincuentón rechoncho, con cabello corto sin una sola hebra de plata, moreno de piel y con unos bigotes como los que se llevaban en Turquía en el siglo xix. Estaba nervioso y se veía.

Pero ¿quién no se pone nervioso si lo convocan sin explicaciones en una comisaría? Un momento. ¿Sin explicaciones? ¿Sería posible que Spitaleri no le hubiera dicho aún cómo tenía que comportarse?

– Señor Cardillo, ¿el aparejador Spitaleri le comunicó el motivo de su convocatoria aquí?

– No, señor.

A Montalbano le pareció que era sincero.

– ¿Recuerda que usted, hace seis años, trabajó en una obra de Spitaleri construyendo un chalet en la urbanización de Pizzo en Marina di Montereale?

Al oír la pregunta, el albañil pareció tan aliviado que hasta se permitió el lujo de esbozar una sonrisita.

– ¿Han descubierto el piso ilegal?

– Sí.

– Yo hice lo que el aparejador me mandó.

– No le estoy echando la culpa de nada. Quiero averiguar algunos datos a través de usted.

– Si es por eso, estoy a su disposición.

– ¿Fue usted quien, con su compañero Gaspare Miccichè, cubrió con tierra arenisca el piso de abajo?

– Sí, señor.

– ¿Trabajaron en todo momento juntos?

– No, señor. Yo aquel día terminé antes y Miccichè siguió trabajando solo.

– ¿Por qué terminó usted primero?

– Porque así lo había ordenado Spitaleri.

– Pero ¿Spitaleri no se había ido ya?

– Sí, señor, pero nos lo había dicho la víspera, antes de irse.

– ¿Querría explicarme cómo hacían para entrar y salir del piso de abajo?

– Habíamos construido una especie de galería de tablones, una especie de pasarela cubierta e inclinada como las de los barcos. Ya estaba medio tapada por arriba con la tierra arenisca. Terminaba en una ventana situada al lado del cuarto de baño más pequeño.

La ventana a través de la cual se había caído Bruno.

– ¿Qué altura tenía la galería?

– Era baja. De unos ochenta centímetros. Había que agacharse.

– Tengo una curiosidad. ¿Qué necesidad tenían ustedes de la galería?

– Spitaleri nos dijo que la hiciéramos. Quería que el maestro de obras comprobara si la presión de la tierra arenisca podía causar daños en el interior, como filtraciones de humedad y cosas por el estilo.

– ¿El maestro de obras era Dipasquale?

– Sí, señor.

– ¿Y acudió para comprobarlo?

– Sí, señor. Al final del primer día. Pero nos dijo que siguiéramos adelante porque todo estaba en regla.

– ¿Pasó también por allí el último día? -preguntó Fazio.

– Por la mañana, mientras yo estuve, no pasó. Quizá pasara por la tarde, pero eso tienen que preguntárselo a Miccichè.

– Todavía no me ha explicado por qué se fue usted primero.

– Porque ya quedaba muy poco que hacer. Tapiar la ventana con las tablas de madera y el nailon, desmontar la pasarela y aplanar la tierra arenisca.

– ¿Observó si en el salón había un baúl?

– Sí, señor. Lo había mandado trasladar abajo el propietario, que ahora no recuerdo el nombre, a mí y a otro que se llama Smecca.

– ¿Estaba vacío?

– Completamente.

– Muy bien pues; gracias, ya puede retirarse.

Dalli Cardillo no podía creerlo.

– ¡Buenos días a todos!

Y se largó corriendo.

– Fazio, ¿sabes por qué Spitaleri no lo ha avisado ni le ha dado instrucciones? -preguntó Montalbano.

– No, señor.

– Porque el aparejador es muy listo. Sabe que Cardillo no está al corriente del descubrimiento del cadáver. Y por eso cree que es mejor que se presente sin nada que ocultar.

Gaspare Miccichè era un cuarentón pelirrojo de aproximadamente un metro cuarenta de estatura. Tenía los brazos larguísimos y las piernas torcidas. Parecía un mono. Seguramente Darwin, de haberlo visto, lo habría abrazado de alegría. Seguro que en la galería de madera Miccichè podía entrar casi de pie. Él también estaba nerviosillo.

– Me están haciendo perder una mañana de trabajo.

– Señor Miccichè, ¿tiene idea de por qué lo hemos convocado?

– No la tengo; lo sé porque Spitaleri me ha hablado de eso antes de venir aquí. Es por aquella chorrada del apartamento ilegal.

– ¿El aparejador no le ha dicho nada más?

– ¿Por qué? ¿Hay alguna otra cosa?

– Oiga, aquel doce de octubre, que fue el último día de trabajo, ¿a qué hora terminó usted?

– No fue el último día. Yo regresé al día siguiente.

– ¿Para hacer qué?

– Lo que no había hecho la tarde anterior.

– Explíquese mejor.

– Aquella tarde, cuando yo había reanudado el trabajo, llegó Dipasquale, el capataz, y me dijo que no desmontara la galería.

– ¿Y eso por qué?

– Dijo que era mejor que esperáramos un día más para ver si había alguna filtración. Y también me dijo que el propietario quería pasar por la tarde para asegurarse él también.

– ¿Y usted qué hizo?

– ¿Qué iba a hacer? Me fui.

– Siga.

– Por la noche… debían de ser algo más de las nueve, me telefoneó Dipasquale y me dijo que a la mañana siguiente ya podía quitar la galería. Fui, tapié la ventana con las tablas, la cubrí con nailon y desmonté la galería. Acababa de empezar a nivelar la tierra arenisca cuando llegaron tres de la cuadrilla.

– ¿Qué cuadrilla?

– La que tenía que retirar la empalizada de la obra. Después yo di dos vueltas alrededor del chalet con la niveladora y…

– ¿Qué es una niveladora? -preguntó Fazio.

– Una máquina como la que se usa cuando se construyen carreteras.

– ¿Una apisonadora?

– Sí, señor, pero más pequeña. Cuando terminé, me fui a casa.

– ¿Con la niveladora?

– No, señor; tenían que llevársela en el camión los de la cuadrilla.

– ¿Recuerda si la mañana del día trece tuvo usted ocasión de entrar en el apartamento ilegal?

– Spitaleri también me hizo esa misma pregunta. No, señor, no entré porque no tenía ningún motivo para entrar.

Si hubiera entrado, habría tenido que ver por lo menos el charco de sangre en el salón. Pero parecía sincero.

– ¿Vio que había un baúl?

– Sí, señor. Lo había mandado llevar…

– Sí, el señor Speciale. ¿Lo abrió?

– ¿El baúl? No. Estaba vacío. ¿Para qué iba a abrirlo?

Sin contestarle, Montalbano tomó la ficha, le dio la vuelta y se la entregó.

Miccichè contempló la fotografía de la chica asesinada, leyó el dato de la desaparición y le devolvió la ficha al comisario. Estaba sorprendido.

– ¿Y esto qué tiene que ver?

Fue Fazio quien habló:

– Si usted hubiera abierto el baúl la mañana del día trece, la habría encontrado dentro. Degollada y envuelta como un paquete.

La reacción de Miccichè no fue la que ellos esperaban.

Se levantó de un brinco con la cara morada, los puños cerrados y los dientes al descubierto, la boca entreabierta. Un animal salvaje. Montalbano temió que pegara un brinco y se subiera al escritorio.

– ¡Maricón hijo de la gran puta!

– ¿Quién?

– ¡Spitaleri! ¡Lo sabía y no me dijo nada! ¡Por su manera de hablar, yo tendría que haber comprendido que quería meterme en un lío!

– Siéntese y tranquilícese. ¿Por qué, según usted, Spitaleri pretendía meterlo en un lío?

– ¡Para que pareciese que era yo el que había matado a esa chica! ¡Yo, cuando me fui, dejé a Dipasquale en Pizzo! ¡Y de toda esta historia no sé nada de nada!

– ¿Usted vio alguna vez a esta chica en las inmediaciones de la obra?

– ¡Jamás!

– Cuando dejó el trabajo el día doce por la tarde, ¿recuerda lo que hizo?

– ¿Cómo voy a acordarme? ¡Son cosas de hace seis años!

– Haga un esfuerzo, señor Miccichè. En su propio interés -pidió Fazio.

Miccichè se vio asaltado por otro arrebato de rabia. Volvió a levantarse de un salto y, antes de que Fazio pudiera sujetarlo, pegó una carrerilla y se dio un fuerte cabezazo contra la puerta cerrada del despacho. Mientras Fazio lo obligaba a sentarse a la fuerza, se abrió la puerta y apareció perplejo Catarella.

Dottori, ¿me ha llamado?

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