Pero ¿qué quería decir?
– ¿Podría explicarme cómo fue…?
– No es fácil. Se debe al hecho de que Rina y yo éramos hermanas monocigóticas. Es un fenómeno de difícil explicación que nos ocurría alguna vez. Una especie de confusa comunicación emotiva a distancia.
– ¿Puede explicarse mejor?
– Por supuesto. Pero he de aclarar que no era esa clase de fenómeno que si una se despellejaba una rodilla, la otra, aunque estuviera lejos, sentía dolor en la misma rodilla. Nada de eso. Se trataba en todo caso de la transmisión de una fuerte emoción. El día en que murió la abuela, Rina estaba presente y yo me encontraba en Fela, jugando con unos primos. Pues bien, de repente me asaltó una tristeza tan grande que rompí a llorar sin motivo aparente. Rina me había transmitido la situación emotiva de aquel momento.
– ¿Sucedía siempre?
– No siempre.
– ¿Dónde estaba usted el día que su hermana no regresó a casa?
– Me había ido la mañana del doce de octubre a casa de mis tíos de Montelusa. Iba a quedarme con ellos dos o tres días, pero volví aquel mismo día ya muy entrada la noche, pues papá llamó a mis tíos para decirles que Rina había desaparecido.
– Dígame, la tarde o la noche del día doce… ¿hubo entre su hermana y usted… bueno, esa comunicación…?
Montalbano no conseguía formular bien la pregunta, pero Adriana lo entendió muy bien.
– Sí, la hubo. A las diecinueve treinta y ocho. Consulté instintivamente el reloj.
Montalbano y Fazio se miraron.
– ¿Qué ocurrió?
– Yo tenía un cuartito en casa de mis tíos, y estaba sola eligiendo cómo vestirme porque por la noche estábamos invitados a cenar en casa de unos amigos… De repente experimenté, no una sensación como la de otras veces, sino algo de tipo físico. La estrangularon, ¿verdad?
Se había acercado mucho.
– No exactamente. ¿Qué le dijo el dottor Tommaseo?
– Nos dijo que la habían asesinado, pero no especificó cómo. Dijo también dónde la habían encontrado.
– Cuando usted fue al depósito de cadáveres para el reconocimiento…
– Pedí que me mostraran sólo los pies. Eso me bastaría. Rina tenía el dedo gordo del pie derecho…
– Lo sé. Pero después, ¿no le preguntó usted a Tommaseo cómo había muerto?
– Mire, comisario, mi único interés después del reconocimiento era librarme cuanto antes del dottor Tommaseo. Empezó a consolarme dándome palmaditas en la espalda y después su mano empezó a resbalar demasiado hacia abajo. Por mi manera de ser, no suelo interpretar el papel de virgen intocable, al contrario… Pero ese hombre estaba empezando a molestarme de verdad. ¿Qué tendría que haberme dicho?
– Que a su hermana la habían degollado.
Adriana palideció y se llevó una mano al cuello.
– ¡Dios mío! -murmuró.
– ¿Puede decirme qué sintió?
– Un dolor muy intenso en la garganta. Durante casi un minuto, que a mí se me antojó eterno, no pude respirar. Pero en aquel momento no pensé que el dolor tuviera que ver con algo que le estaba ocurriendo a mi hermana.
– ¿Con qué pensó que tenía que ver?
– Verá, señor comisario, Rina y yo éramos idénticas, pero sólo físicamente. En cambio, éramos muy distintas en nuestra manera de pensar y comportarnos. Rina jamás habría cometido una transgresión por pequeña que fuera, incluso mínima. Yo sí. Ya entonces me gustaba transgredir las normas. Y por eso había empezado a fumar a escondidas. Aquella vez, con la ventana del cuartito abierta, ya me había fumado tres pitillos seguidos, uno detrás de otro. Así, por el simple placer de hacerlo. Por eso me pareció natural pensar que el dolor me lo había provocado el humo.
– ¿Y cuándo se dio cuenta de que se trataba de su hermana?
– Inmediatamente después.
– ¿Por qué?
– Lo relacioné con otra cosa que me había ocurrido unos minutos antes.
– ¿Puede contárnoslo?
– Preferiría no hacerlo.
– ¿Les comentó después a sus padres ese… ese contacto con su hermana?
– No. Es la primera vez que hablo de ello.
– ¿Por qué no les dijo nada?
– Porque era un secreto entre Rina y yo. Habíamos jurado no revelárselo a nadie.
– ¿Entre usted y su hermana había confianza?
– No tenía más remedio que haberla.
– ¿Se lo contaban todo?
– Todo.
Ahora venían las preguntas más difíciles.
– ¿Quiere que mande subirle algo del bar?
– No, gracias. Podemos seguir.
– ¿No tiene que regresar a casa? ¿Sus padres están solos?
– Gracias, no se preocupe. He llamado a una amiga que es enfermera. Están en buenas manos.
– ¿Rina le dijo si había alguien que en los últimos tiempos la hubiera molestado?
Adriana hizo lo mismo de antes. Echó la cabeza atrás y soltó una risita.
– ¿Me creerá usted, comisario? Desde los trece años no había hombre que no nos molestara, tal como usted dice. A mí la cosa me hacía gracia; Rina, en cambio, se ofendía o se enfadaba muchísimo.
– Ocurrió un hecho concreto que nos han comentado y acerca del cual quisiéramos saber algo más.
– Está hablando de Ralf.
– ¿Lo conocía?
– ¡Cómo no! Cuando estaban construyendo el chalet de su padrastro, se presentaba en nuestra casa de Pizzo día sí día no.
– ¿Qué hacía?
– Bueno, pues llegaba y se escondía, a la espera de que nuestros padres se fueran al pueblo o bajaran a la playa. Después, cuando nosotras nos levantábamos, nos espiaba desde la ventana mientras desayunábamos. A mí me hacía gracia y algunas veces le arrojaba trozos de pan como si fuera un perro. A él le gustaba el juego. Rina no lo soportaba.
– ¿Ralf andaba bien de la cabeza?
– ¿Bromea usted? Estaba como un cencerro. Un día sucedió una cosa más grave. Yo estaba sola en casa. La ducha del primer piso no funcionaba y entonces fui a la del piso de abajo. Al salir, me lo encontré delante completamente desnudo.
– ¿Cómo había entrado?
– Por la puerta. Yo creía que estaba cerrada, pero estaba sólo entornada. Era la primera vez que Ralf entraba. Yo no llevaba ni siquiera una toalla. Él me miró con ojos de perro y me suplicó que le diera un beso.
– ¿Qué le dijo exactamente?
– Por favor, ¿me das un beso?
– ¿Y a usted no le dio miedo?
– No. Son otras las cosas que me dan miedo.
– ¿Y cómo acabó?
– Pensé que la mejor solución era seguirle la corriente. Le di un beso. Muy suave, pero en la boca. Él me puso una mano en el pecho, me lo acarició y después inclinó la cabeza y se desplomó en una silla. Yo fui al piso de arriba, me vestí, y cuando volví a bajar él ya no estaba.
– ¿No pensó que podría haberla violado?
– Ni por un instante.
– ¿Por qué?
– Porque enseguida advertí que era impotente. Incluso por su manera de mirarme. Pude confirmarlo cuando lo besé y cuando él me acarició. No experimentó, ¿cómo diría?, ninguna reacción evidente.
El comisario oyó claramente dentro de sus oídos el ruido de todas sus suposiciones al romperse estrepitosamente en pedazos: cómo Ralf obliga a la chica a bajar al piso subterráneo, la viola, la mata y después se mata él o se ve obligado a matarse…
Intercambió una mirada de desolación con Fazio. Éste también parecía sorprendido. Después miró con admiración a Adriana: ¿cuántas muchachas había conocido que supieran decir las cosas con la misma franqueza?
– ¿Usted le contó esta historia a Rina?
– Por supuesto que sí.
– Pues entonces, ¿por qué ella echó a correr cuando Ralf intentó besarla? ¿No sabía que era inofensivo?
– Comisario, ya le he dicho que en ese sentido éramos distintas. Rina no se asustó, pero se sintió ofendida. Se fue corriendo por eso.
– Me han dicho que el aparejador Spitaleri…
– Sí, pasaba en aquel momento con su coche. Vio a Rina huyendo y a Ralf persiguiéndola desnudo. Se bajó del coche y le propinó a Ralf un buen puñetazo que lo tiró al suelo. Después se inclinó sobre él, sacó una navaja del bolsillo y le dijo que, como siguiera molestando a mi hermana, lo mataría.
– ¿Y después?
– Invitó a Rina a subir a su coche y la acompañó a casa.
– ¿Se quedó un rato?
– Rina me dijo que lo invitó a un café.
– ¿Sabe si Spitaleri y su hermana se vieron otras veces?
– Sí.
En aquel momento sonó el teléfono fijo.
– ¡Ah, dottori dottori! El siñor jefe supirior quiere hablar con usted urgentísimamente personalmente en persona.
– Pero ¿por qué no le has dicho que todavía estaba en el dentista?
– Yo tenía la tintación de dicirle que estaba fuera, pero el siñor jefe supirior mi dijo que no le dijera que aún istaba en el dintista y entonces yo li dije que usía estaba prisente en prisencia.
– Pásame la llamada al despacho de Augello. -Se levantó-. Excúseme, Adriana. Terminaré lo antes que pueda. Fazio, ven conmigo.
En el despacho de Mimì, donde por la mañana caía el sol de lleno, casi no se podía respirar.
– ¿Sí? Dígame, señor jefe superior.
– ¡Montalbano! Pero ¿se da usted cuenta?
– ¿De qué?
– ¿Cómo? Pero ¿es que ni siquiera se da cuenta?
– ¿De qué?
– ¡No se ha dignado siquiera contestar!
– ¿A qué?
– ¡Al cuestionario!
– ¿Acerca de qué?
Pronunciar alguna sílaba de más le resultaba difícil.
– ¡Al cuestionario sobre la plantilla que le envié hace unos quince días! ¡Era muy urgente!
– Lo envié cumplimentado.
– ¡¿A mí?!
– Pues sí.
– ¿Cuándo?
– Hace seis días. -Mentira descomunal.
– ¿Hizo una copia?
– Así es.
– Si no encuentro sus respuestas, se lo digo y usted me envía de inmediato la copia.
– Muy bien.
Cuando colgó, ya tenía la camisa empapada.
– ¿Tú sabes algo de un cuestionario sobre la plantilla que el jefe superior nos envío hace quince días?
– Sí, señor. Recuerdo que se lo entregué.
– ¿Y dónde coño habrá ido a parar? Hay que encontrarlo y cumplimentarlo, que ése es capaz de llamar dentro de media hora. Vamos a buscarlo.
– Pero en su despacho está la chica.
– Tendré que enviarla a casa.
La joven se hallaba en la misma posición en que la habían dejado, parecía no haberse movido.
– Mire, Adriana, por desgracia ha surgido un contratiempo. ¿Podría volver esta tarde?
– He de estar en casa antes de las cinco porque la enfermera se va.
– ¿Pues entonces mañana por la mañana?
– Tengo un compromiso.
– Ah, pues entonces no sé cómo…
– Les propongo una cosa: los invito a comer. De esa manera podremos seguir hablado. Si les parece bien…
– Yo se lo agradezco, pero tengo que regresar a casa, ¿sabe?, es quince de agosto -dijo Fazio.
– Yo, en cambio, acepto con mucho gusto. ¿Adónde me lleva?
– Donde usted quiera.
Montalbano no podía creerlo. Se citaron en Enzo a la una y media.
– Esta chica tiene agallas -murmuró Fazio mientras Adriana salía.
Cuando se quedaron solos, empezaron a buscar por todo el despacho con creciente desolación. El escritorio estaba cubierto de montones de papeles, los había también en el mueble donde estaba la botella de agua y el vaso, en el archivador e incluso en el pequeño sofá y los dos sillones reservados para las visitas de consideración.
Sudaron la gota gorda y tardaron media hora larga en encontrar el cuestionario. Pero aquello no fue nada: sudaron todavía más para cumplimentarlo.
Cuando terminaron, ya era más de la una. Fazio se despidió y se fue.
– ¡Catarella!
– ¡Aquí estoy!
– Hazme una fotocopia de estas cuatro páginas. Después, si por casualidad llama alguien de parte del jefe superior preguntando por un cuestionario, envíale la fotocopia que has hecho. ¡Pero que sea la fotocopia, por lo que más quieras!
– Pierda cuidado, dottori.
– Ve por la ropa que has puesto a secar y tráemela. Después ve a abrir la puerta de mi coche.
Se desnudó en el cuarto de baño y tuvo la impresión de que su piel apestaba. Sería por culpa de la maldita búsqueda del cuestionario. Se lavó como mejor pudo, se cambió, le entregó la ropa sudada a Catarella para que la tendiera en el patio y se dirigió al despacho de Augello. Sabía que Mimì guardaba en un cajón un frasquito de perfume. Lo encontró. Se llamaba Irresistibile. Quitó el tapón, pensando que disponía de cuentagotas, pero resultó que al final se derramó medio frasco sobre la camisa y los pantalones. Y ahora ¿qué hacer? ¿Volver a ponerse la ropa sucia? No; quizá el perfume se evaporara al aire libre. Después le entró una duda: ¿convendría llevar consigo el ventilador portátil o no? Decidió que no. Haría el ridículo en presencia de Adriana, dándose aire con el pequeño ventilador y perfumado como una puta.
A pesar de haber mandado a Catarella que abriera la puerta, subir al coche fue como entrar en un horno. Pero no se sentía con ánimos para ir a pie hasta Enzo y, además, ya se estaba retrasando.
Delante de la trattoria cerrada, bajo un sol que partía las piedras, estaba Adriana al lado de un Fiat Punto. Montalbano había olvidado que Enzo celebraba el 15 de agosto cerrando la trattoria.
– Sígame -le dijo a la chica.
Cerca del bar de Marinella había una trattoria en que jamás había entrado, pero las mesitas al aire libre siempre estaban a la sombra, protegidas por un emparrado muy espeso. Llegaron en diez minutos. A pesar de ser día festivo, no había mucha gente y pudieron sentarse a una mesita un poco apartada de las demás.
– ¿Se ha cambiado y perfumado por mí? -preguntó Adriana con picardía.
– No; por mí. Y en cuanto al perfume, es que se me ha derramado encima el frasquito -contestó él en tono abatido.
Quizá habría sido mejor dejarse encima el pestazo a sudor.
Permanecieron en silencio hasta que apareció el camarero y empezó a recitar su letanía.
– Tenemos espaguetis con tomate, espaguetis a la tinta de jibia, espaguetis con erizos, espaguetis con almejas, espaguetis…
– Para mí con almejas -lo interrumpió Montalbano-. ¿Y para usted, Adriana?
– Con erizos.
El camarero dio comienzo a una segunda letanía.
– Y de segundo tenemos salmonetes a la sal, dorada al horno, lubina con salsita, rodaballo a la brasa…
– Díganoslo después -lo cortó Montalbano.
El camarero pareció ofenderse. Regresó al poco rato con los cubiertos, las copas, el agua y el vino: blanco y helado.
– ¿Quiere? -le preguntó Montalbano a la joven.
– Sí.
Le llenó la copa hasta la mitad e hizo lo mismo con la suya.
– Muy bueno -dijo ella.
– La verdad, ya no recuerdo dónde nos habíamos quedado.
– Me había preguntado si Spitaleri y Rina habían vuelto a verse otras veces y yo le había contestado que sí.
– Ah, sí. ¿Qué le dijo su hermana?
– Que Spitaleri, a partir de lo de Ralf, la agobiaba un poco.
– ¿En qué sentido?
– Tenía la impresión de que la espiaba. Se tropezaba con él demasiado a menudo. Por ejemplo, si iba al pueblo en el autocar de línea, a la hora de la vuelta aparecía Spitaleri y se ofrecía para llevarla. Eso hasta una semana antes.
– ¿Antes de qué?
– Del doce de octubre.
– ¿Y Rina dejaba que la acompañara?
– Algunas veces.
– ¿Spitaleri siempre se comportaba bien?
– Sí.
– ¿Y qué ocurrió una semana antes de la desaparición de su hermana?
– Una cosa desagradable. Ya había oscurecido y Rina aceptó la invitación. Pero nada más entrar en el caminito de Pizzo, a la altura de la casucha donde vivía aquel campesino que después fue detenido, Spitaleri paró el coche y empezó a manosearla. Así, de repente, según me dijo Rina.
– ¿Y qué hizo su hermana?
– Pegó tal grito que el campesino salió alarmado de la casucha; Rina aprovechó para refugiarse en su casa y Spitaleri tuvo que irse.
– ¿Cómo regresó Rina a casa?
– A pie. El campesino la acompañó.
– ¿Dice que lo detuvieron?
– Sí, pobre hombre. Cuando se iniciaron las investigaciones, la policía también estuvo en la casucha. Y, por desgracia, encontraron debajo de un mueble un pendiente de mi hermana. Rina pensaba que se le había caído en el coche de Spitaleri y, en cambio, lo había perdido allí. Entonces yo decidí contar lo ocurrido con Spitaleri. Pero no hubo manera, ya sabe usted cómo es la policía.
– Sí, lo sé.
– Al pobre hombre lo acosaron varios meses.
– ¿Sabe si interrogaron a Spitaleri?
– Pues claro. Pero él explicó que la mañana del doce estaba de viaje con destino a Bangkok. No podía haber sido él.
Llegó el camarero con los espaguetis.
Adriana se llevó a la boca el primer bocado, lo saboreó y dijo:
– Están buenos. ¿Quiere probar?
– ¿Por qué no?
Montalbano alargó la mano con el tenedor y enrolló unos espaguetis. No podían compararse con los de Enzo, pero eran aceptables.
– Pruebe los míos.
Adriana hizo como Montalbano y los probó.
No volvieron a hablar hasta que terminaron. De vez en cuando se miraban y sonreían.
Había sucedido una cosa muy rara. Puede que el gesto de introducir el propio tenedor en el plato del otro hubiera establecido entre ellos una especie de confianza, de intimidad que antes no había.