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Mis suegros tenían tanta prisa por vernos que se dirigieron a Berlín para esperarnos allí. El encuentro fue tal como me lo había imaginado, cálido y sereno. Mi suegro, el rey Guillermo I, me pareció un hombre recto, autoritario, reservado, con modales de otro siglo. En cambio, mi suegra, la reina Guillermina, irradiaba sencillez. Su alegría, su naturalidad y gentileza me sedujeron desde el principio. Nos quedamos en Alemania hasta el 22 de agosto, y luego, mi marido y yo emprendimos un viaje triunfal a través de Holanda. En cada ciudad, en cada aldea, nos recibían las mismas sonrisas y las mismas aclamaciones. En Alphen aan den Rijn, la gente desenganchó nuestros caballos y llevó nuestro carruaje a mano por las calles. Confieso que esos desbordes me atemorizaban un poco. La Haya superó todas nuestras expectativas con el esplendor de sus fiestas de bienvenida. Permanecimos allí sólo un mes, porque nos aguardaban en Bruselas, la otra metrópoli política y administrativa del reino. Allí también me colmaron de recepciones, discursos, poemas y cantos en mi honor.

Sin embargo, en la corte nadie parecía impresionado por mi calidad de descendiente de una ilustre familia imperial. Seguramente, todas esas personas pensaban que la dinastía de los Orange-Nassau era tan importante como la de los Romanov. Esa actitud no me molestó en absoluto. Me gustaba que me amaran por mí misma y no por mi origen. Para demostrarles mi buena voluntad de futura soberana, aprendí la lengua neerlandesa con un profesor cortesano, Arie van der Spuy, y le pedí a mi marido que me explicara los principales problemas de ese flamante Estado. Incorporada de un modo artificial a Holanda en 1815, en el Congreso de Viena, Bélgica soportaba cada vez menos esa anexión contra natura. Aunque el rey había adoptado medidas liberales, y trató de mejorar la economía, los belgas católicos no sentían ninguna afinidad con los holandeses calvinistas, y la burguesía afrancesada se oponía al uso del neerlandés como idioma oficial. El príncipe Guillermo se proponía poner fin a esa querella cuando ocupara el lugar de su padre en el trono de los Países Bajos.

Mientras tanto, manifesté sin ambages mi preferencia por Bruselas, una ciudad alegre y abierta, a diferencia de La Haya, donde consideraba que el rigor puritano había ahogado toda espontaneidad. Esta predilección no le agradó a mi suegro, que tenía una debilidad por la Holanda germanizada. Para mantener un equilibrio entre esas dos civilizaciones, esas dos culturas, esas dos religiones, la corte pasaba un año entero en Bruselas y el año siguiente en La Haya. Yo me acostumbré con bastante rapidez a esos continuos cambios de decorado y de ambiente. Pero me alegró que mi primer hijo, al que llamamos Guillermo (Willem) como su padre, viniera al mundo, el 19 de febrero de 1817, en Bruselas. Para el nacimiento del segundo, que tendría lugar en el mes de agosto de 1818, mi suegro me pidió que, con el fin de no herir la susceptibilidad de los holandeses, el parto se realizara en La Haya. Me negué en forma categórica. Él se ofendió, pero mi marido me felicitó por mi firmeza de carácter. Por otra parte, el rey no estuvo resentido demasiado tiempo conmigo por mi obstinación, y cuando di a luz a mi pequeño Alejandro, me obsequió, tras la ceremonia de acción de gracias por el nacimiento, la casa en la que había vivido Pedro el Grande en Zaandam. Se lo agradecí prometiéndole que algún día traería al mundo a un niño en territorio holandés. Y cumplí mi palabra.

La verdad es que me sentía al mismo tiempo muy orgullosa de esas maternidades repetidas y un poco cansada de servir sólo para procrear. Mi madre y mi hermano, el zar Alejandro I, vinieron a visitarme en noviembre de ese mismo año. Su presencia, lejos de reconfortarme, me hizo añorar aún más la vida en Rusia. A veces me quedaba mirando el cielo que cubría los tejados de Bruselas o La Haya, y lamentaba que estuviera vacío de todo misterio. Me dolía no ver los bulbos dorados de nuestras iglesias ortodoxas, destacándose en la luz pura del día. En general, desde mi casamiento, me parecía que había perdido la capacidad de soñar. Echaba de menos mis ilusiones de antaño, aunque hubiera admitido hacía mucho tiempo su puerilidad. De vez en cuando, me llegaban algunos ecos del cautiverio de Napoleón en Santa Elena. Decían que el clima de la isla era horrible. La inacción torturaba al cautivo tanto como la nostalgia. Se estaba consumiendo a ojos vistas. Pero los que relataban esos detalles no mostraban compasión hacia el desterrado. Todos pensaban que Napoleón estaba expiando un crimen enorme e imperdonable.

Yo había renunciado a protestar, y dejaba que hablaran. Después de todo, esa vieja historia ya no me concernía. Sólo importaban mi marido y mis hijos, las dificultades que atravesaba mi nueva patria, las discusiones del príncipe Guillermo con su padre. Éste era despótico e intransigente, y solía decirle a su hijo que era un incapaz. La verdad es que, bajo su apariencia encantadora, mi esposo era un poco superficial, veleidoso y, muchas veces, demasiado liberal para mi gusto. Pero en sus enfrentamientos con el rey, yo le daba la razón, porque él era la juventud, el amor, el futuro… Y además, estaba embarazada por tercera vez. El 13 de junio de 1820, otro varón: Enrique. Toda mi familia política me alababa: en mis entrañas se estaba fabricando la descendencia de la monarquía. Terminé por creer que yo era el personaje más importante del reino. Me sentía más segura, opinaba sobre todos los temas de política o de protocolo, y en las ceremonias oficiales aparecía vestida con magnificencia y con la diadema en la cabeza. La suerte que tenía me parecía casi una insolencia al comparar mi destino con el de mi hermana Catalina, que había muerto el año anterior, cuando su marido acababa de ascender al trono de Wurtemberg. Yo esperaba con todas mis fuerzas, con toda mi fe, poder vivir hasta el momento en que mis hijos fueran grandes y ya no necesitaran mis cuidados, y el príncipe heredero Guillermo, por fin coronado con el nombre de Guillermo II, me asociara a la conducción de los asuntos públicos. En realidad, al mismo tiempo que hacía esos juiciosos proyectos, sentía que jamás reemplazarían en mi mente mis insensatos sueños del pasado.

Mis suegros y mi marido hicieron loables esfuerzos por organizar en Bruselas y La Haya fiestas dignas de las suntuosas recepciones de San Petersburgo. Recuerdo, entre otros, un baile de disfraces en Bruselas, en el mes de junio de 1821. Por suerte, en ese momento no estaba embarazada. Delgada y ágil, me preparaba entusiasmada para deslumbrar a mis futuros súbditos con la elegancia de mi vestimenta. Mi primera idea había sido disfrazarme de emperatriz Josefina, con un vestido blanco de estilo antiguo, de talle alto y escote cuadrado. Me parecía excitante jugar a ser la esposa de Napoleón, sólo por una noche. Pero Guillermo me disuadió. Temía que esa alusión al reinado del emperador derrotado fuera interpretada por los invitados como una insolencia hacia ellos. Para evitar todo malentendido, acepté disfrazarme entonces de reina Cristina de Suecia. Guillermo sería un noble de la época de Francisco I, y mis suegros, una pareja de la corte de Luis XIV.

Más de dos mil quinientas personas estaban invitadas a la inmensa sala del Wauxhall, en el Parque de Bruselas. Habían quitado los sillones, y todo el piso les pertenecía a los bailarines. Un enorme buffet ofrecía a los asistentes carnes, vinos, pasteles y dulces. Los invitados iban allí a beber algo y a descansar entre dos piezas. Sólo los criados no estaban disfrazados. Algunas mujeres llevaban una máscara de terciopelo negro y puntillas para aumentar el misterio. Los espectadores de mayor rango estaban sentados en los palcos. Una ruidosa orquesta acompañaba los movimientos de las danzas. Aunque estaba acostumbrada al esplendor de los bailes de San Petersburgo, éste me deslumbró por la variedad de los trajes y el entusiasmo de los participantes. Todos los siglos, todas las naciones desfilaban frente a mí al son de la música. Un sultán turco le daba la mano a una marquesa Luis XV, un bandido español a una reina de Egipto. La familia real contemplaba, desde lo alto de su palco, esa abigarrada y saltarina concurrencia.

Ya entrada la noche, a pedido de mi marido, la orquesta arremetió con una mazurca, una danza nueva, polaca o rusa, que sorprendió a todo el mundo. La bailé con el príncipe Guillermo, y los invitados formaron un círculo a nuestro alrededor para admirarnos. Al finalizar la pieza, todos aplaudieron. Volví al palco real con el corazón palpitante y alas en los pies. Mientras me ayudaba a sentarme en mi sillón, Guillermo me dijo:

– ¡Mis valientes compatriotas tendrán para comentar durante semanas la lección de gracia que les has dado!

Yo esperaba las felicitaciones del rey y la reina, pero ellos estaban conversando en voz baja con el secretario particular de Su Majestad, y ni siquiera habían reparado en nuestro regreso. El rostro de mi suegro mostraba una gravedad oficial. Mi suegra, con la cabeza baja, se limitaba a suspirar de vez en cuando con su voluminoso pecho. Al retirarse el secretario, Guillermo preguntó:

– ¿Qué ocurre, señor?

La música había vuelto a sonar, estrepitosa y animada. El rey alzó la cabeza, esbozó una sonrisa forzada y dijo:

– Acabo de enterarme que el 5 de mayo pasado murió Napoleón, en Santa Elena.

Sentí que la sangre me subía a la cabeza. Me dejé caer sobre el respaldo de mi sillón. La sala de mil colores ondulaba allí abajo. Ante mis ojos, la fiesta se había transformado en un entierro. Todas esas personas con atavíos barrocos danzaban sobre un cadáver. No podía soportarlo. Mi marido me hablaba al oído; yo no lo oía, y contestaba cualquier cosa. Me propuso regresar a la sala. Pretexté un repentino cansancio para rehusarme. No tenía ánimo ni fuerzas para dar vueltas al son alegre de un vals. Guillermo me miró con detenimiento, con intensidad, y dijo:

– Entiendo, Annette.

Pero ¿qué entendía exactamente? ¿Que yo estaba evaluando la importancia histórica de esa desaparición? ¿Que lloraba mis ilusiones de juventud? ¿Que me repugnaba tener que fingir alegría en un día de duelo? En contados segundos, un fantasma se había convertido en su rival. Al final, el rey y la reina se retiraron. Guillermo y yo pudimos partir después de ellos.

De regreso en el palacio, mi marido no hizo ninguna alusión al hecho. Había adivinado, sin duda, que, en el estado de ánimo en que me encontraba, cualquier palabra me hubiera herido. Esa noche, me dejó sola en mi cuarto. Le agradecí su discreción.

¿Puede una mujer sentirse viuda de un hombre que jamás ha sido su marido, y consolarse por lo poco que ha tenido de él recordando todo lo que estuvo a punto tener? Al amanecer, después de horas de pesadillas, conjeturas, lágrimas y cólera, me sentí liberada del misterioso mal que me consumía desde hacía años. Bajo la cruda luz del día, mis alucinaciones se desvanecieron. Me dije que era esposa, madre y princesa, y que ese triple papel debía bastarme para colmar mis aspiraciones. Admití que hasta ese momento me había comportado como una aficionada, y que ahora tenía, por decirlo de alguna manera, una “profesión”. La profesión de futura soberana, cuyas sutilezas iba aprendiendo al lado de mi marido. La nación sobre la que un día reinaría tenía derechos sobre mí. En adelante, me correspondía mostrarme digna de su confianza y su afecto. Mientras desgranaba esos sabios pensamientos, tuve la impresión de fortalecer mi columna vertebral. Me erguí. Empezaba a comprometerme a fondo.

Cuando me reuní con Guillermo en el desayuno, que solíamos tomar juntos, había vuelto a ser su esposa. Me dijo:

– Llegó un correo de París. Confirma la noticia. Napoleón fue enterrado en Santa Elena.

– Merecía más que eso -murmuré, entre dos sorbos de té.

– Sí -reconoció-. ¡Qué final miserable después de tantas fanfarrias!

– En los reinados opacos hay menos sorpresas cuando declinan los gobernantes.

– ¿Te refieres a nuestra familia? -me preguntó sonriendo.

– No -contesté-. Pero creo que los grandes éxitos siempre engendran grandes catástrofes. Dios ama el justo medio. Las cabezas que sobresalen corren el riesgo de ser las primeras en caer.

– Te creía más individualista.

– Lo era.

Me besó la mano:

– ¡No cambies nunca!

Esa frase galante me persiguió durante todo el día. Esa misma noche pude convencerme de que Guillermo era sincero.


* * *

El tiempo no me trajo más que dichas y desdichas comunes. El año que siguió a la desaparición de Napoleón, tuve otro hijo, Casimiro, que murió a los pocos meses. Yo quería una niña, y mis deseos se cumplieron, ya que pronto di a luz a una pequeña y sólida Sofía. Después de restablecerme, hice un viaje a Rusia para volver a ver mi país natal y visitar a mi familia. Más adelante, en 1825, murió el emperador Alejandro I y se produjo la terrible rebelión de los decembristas, que fue aplastada por el nuevo zar, mi joven hermano Nicolás I. Esas repetidas convulsiones no me permitían augurar nada bueno para mi antigua patria. Aunque me escribía con mi familia rusa con regularidad, era consciente de que nuestras preocupaciones diferían en los temas fundamentales. Al enterarme, en noviembre de 1828, del fallecimiento de mi madre, la emperatriz María Fedórovna, tuve la sensación de que mis lazos con Rusia se cortaban para siempre. Partía a la deriva. Sentía que no era de allá ni de acá.

Mi mano se crispa sobre la pluma de ganso. El papel blanco me encandila. No debo llorar. Ya no tengo derecho a hacerlo.

Bélgica se encuentra en plena agitación: reclama su independencia. En todos los países de Europa impera un frenesí revolucionario. Si Napoleón aún estuviera en este mundo, no toleraría esta clase de desórdenes. Los hombres de un modelo corriente se inclinan ante lo que consideran la fatalidad. Él, en cambio, siempre supo dominar los acontecimientos y las multitudes.

¿Por qué tengo que pensar otra vez en Napoleón, cuando creía haberme curado de él hace mucho tiempo? ¿Qué sortilegio introduce a este fantasma en mi actual destino, tan diferente de aquel que, en el pasado, a veces temía, y otras anhelaba? No quiero hacer el ridículo papel de la esposa del príncipe Guillermo de Orange que juzga a la prometida de Napoleón. Me niego a ser una matrioshka rusa, esa serie de muñecas de madera de colores que se encajan unas dentro de otras, y cada una de ellas guarda en su interior su réplica más pequeña. ¿He tenido varias vidas contradictorias? ¿Soy una mujer dual? Pero ¿no lo son acaso, en cierto modo, todas las mujeres, según las fluctuaciones de su corazón y las variaciones de la edad?

Ignoro lo que me depara el futuro, pero sé que, pase lo que pase, seguiré siendo fiel a mi misión de princesa y esposa. Mi mayor anhelo es reinar algún día, junto a Guillermo, sobre estos Países Bajos que cayeron de manera imprevista en mi canastilla de bodas.

Redacto estas líneas en la noche del 18 de enero de 1830, [*] después de festejar mi cumpleaños número treinta y cinco, con júbilo y pompa, en familia. He recibido una gran cantidad de felicitaciones y obsequios. La verdad es que todos me han mimado mucho siempre: mis cajones están llenos de anillos, pendientes, diademas… Sin embargo, mi bien más preciado sigue siendo este modesto cuaderno, con tapas de cuero rojo, que me regalaron cuando cumplí quince años, y en el que decidí dejar de escribir a partir de hoy. En él he relatado, como pude, las transformaciones de los primeros tiempos de mi vida. Al remover esos recuerdos, pude exorcizarme. Lo que sigue no me interesa. Cuando un camino está trazado en forma completa, no sirve de nada comentar las diferentes etapas.

Buscaré un lugar seguro para esconder estas páginas. Y supongo que las releeré, con una sonrisa, cuando sea anciana. Si no las quemo antes. Para estar completamente tranquila, debo convencerme de que nací en algún lugar de Holanda o Bélgica, y que Napoleón jamás pensó en tomarme como esposa.

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