Capítulo IX

RESULTADOS DE UNA INVESTIGACIÓN ELEFANTINA


—Una llamada telefónica para usted —dijo George, el criado de Hércules Poirot—. De la señora Oliver.

—Muy bien, George. ¿Y qué es lo que la señora Oliver le ha dicho?

—Ha preguntado si tenía inconveniente en que viniese a verle esta noche, después de cenar.

—¡Magnífico! —contestó Poirot—. Estupendo. He tenido un día muy movido. Esto de enfrentarme con la señora Oliver representará una experiencia estimulante. Es una mujer de conversación interesante. Además de ella cabe esperar siempre las cosas más sorprendentes. A propósito, ¿aludió para algo a unos elefantes?

—¿A unos elefantes? Pues no, señor. Creo que no.

—Eso quiere decir, seguramente, que los elefantes la han decepcionado.

George miró a su señor un tanto perplejo. Había momentos en que no acertaba a comprender del todo el significado de los comentarios de Poirot.

—Llámela —dijo aquél—. Y dígale que me encantará recibirla.

George se apresuró a cumplimentar las instrucciones de su señor, volviendo para notificarle que la señora Oliver se presentaría en la casa a las nueve menos cuarto.

—Prepare un poco de café —dijo ahora Poirot a su servidor—. Y unos cuantos petit-fours. Me parece recordar que últimamente compré un paquete de ellos en «Fortnum and Mason».

—¿Algún licor, señor?

—No. Seguramente no va a hacer falta. Yo tomaré Sirop de Cassis.

—Muy bien, señor.

La señora Oliver se presentó en la casa a la hora anunciada, puntual como siempre. Poirot la saludó, muy afable.

—¿Cómo está usted, chére madame?

—Agotada —contestó la señora Oliver.

Se dejó caer en el sillón que Poirot habíale señalado.

—Completamente agotada —remachó ella.

—¡Ah! Qui va a la chasse… Pues mire, ahora no recuerdo el dicho.

—Yo sí —dijo la señora Oliver—. Lo aprendí siendo una niña. «Qui va á la chasse perd sa place».

—Estoy seguro de que eso no es aplicable a la caza en que ha estado usted empeñada. Me refiero a la persecución de elefantes que emprendió. A menos que sólo se tratara de una simple figura discursiva.

—En absoluto —contestó la señora Oliver—. He estado persiguiendo elefantes sin desmayo. He estado yendo de acá para allá, por todas partes. He gastado muchos litros de gasolina, he tomado algunos trenes, he escrito muchas cartas, he cursado numerosos telegramas… No puede usted imaginarse lo cansado que es todo esto.

—Pues ahora descanse un poco. ¿Le apetece una taza de café?

—Un café solo, fuerte… Sí, desde luego. Es precisamente lo que necesito.

—¿Puedo preguntarle si ha dado con algo positivo?

—He dado con muchas cosas. Lo malo es que no sé si van a ser de alguna utilidad.

—No obstante, usted ha tropezado con algunos hechos, ¿no? —inquirió Poirot.

—No. En realidad, no. Me he enterado de cosas que determinadas personas consideran hechos. Ahora bien, yo he puesto en duda sus afirmaciones.

—¿Se trataba de simples rumores?

—No. Se trataba de recuerdos. Hay mucha gente que goza de buena memoria. Hasta cierto punto, claro. Porque a la hora de puntualizar, generalmente, esa gente altera sus recuerdos o los confunde.

—Bueno, pero pese a todo usted ha obtenido unos resultados, ¿no es así?

—¿Y usted qué ha hecho, Poirot? —preguntó la señora Oliver.

—Usted siempre tan severa, madame. No en balde me pidió que corriera de un lado para otro, que hiciera también algunas cosas —manifestó Poirot, sonriente.

—¿Y bien? ¿Llegó usted a correr mucho de un lado para otro?

—No. Pero en cambio he consultado el caso con algunos hombres de mi misma profesión.

—Por lo visto, su trabajo ha sido más tranquilo que el mío —declaró la señora Oliver—. ¡Oh! Este café es muy bueno. Y fuerte, realmente. No tiene usted idea de lo fatigada que me siento. Y confusa.

—Vamos, vamos. No me tenga usted ya más tiempo en vilo, señora Oliver. Usted ha descubierto algo.

—Me he hecho con un puñado de sugerencias e historias. No sé, sin embargo, qué habrá de cierto en ellas.

—Puede que no sean ciertas. A pesar de ello, podrían resultar útiles.

—Sé lo que usted quiere decir —dijo la señora Oliver— y comparto su opinión. Es lo que pensé desde un principio. Ahora, muy a menudo, cuando la gente recuerda algo y lo cuenta no siempre habla de lo que ocurrió sino de lo que ella cree que ocurrió.

—Pero quien habla tiene que basarse en algo —afirmó Poirot.

—Me he traído una lista —declaró la señora Oliver—. No es necesario que entre en detalles, contándole a dónde fui, qué dije y por qué… Mis pasos fueron planeados. He hablado con personas que sabían algo acerca de los Ravenscroft, si bien algunas no los conocieron a fondo.

—¿Posee usted informaciones relativas a sus estancias en el extranjero?

—Hay muchas de ellas de este tipo. Hay otras personas que los conocieron aquí ligera, aunque directamente. Hay gente con parientes o amigos que tuvieron relación con ellos hace mucho tiempo.

—Y todas esas personas han podido contarle alguna historia, se han referido a la tragedia o a la gente implicada en ella, ¿no es así?

—Mi idea ha consistido en recoger sus declaraciones, de las cuales pienso darle cuenta por encima. ¿Le parece bien?

—Sí. Tome un petit-four.

—Gracias —dijo la señora Oliver.

Llevóse a la boca un petit-four, masticándolo con energía.

—Siempre he dicho que estas cosas tan dulces le dan a una vitalidad. Bien. Vamos con mis sugerencias. He aquí lo que se me ha dicho siempre de buenas a primeras: «¡Oh, sí, por supuesto!», «¡Qué historia tan triste!, ¡Qué tragedia tan horrible!», «Naturalmente, yo creo que todo el mundo sabe qué es lo que sucedió allí»… Hay muchas otras frases por el estilo.

—Ya.

—Las personas entrevistadas creían estar al tanto de lo ocurrido. Pero carecían de buenas razones, de razones válidas que respaldaran su afirmación. Siempre se referían a algo que otro les había dicho, o algo que habían oído decir a unos criados o amigos… Hay sugerencias para todos los gustos. Hubo quien me dijo que hallándose escribiendo el general Ravenscroft sus memorias, relativas principalmente a sus días malayos, se procuró la ayuda de una joven que actuó como su secretaria, tomando sus notas en taquigrafía, tras lo cual las mecanografiaba. La chica era de buen ver y en aquella relación hubo algo especial… Resultado de esto fue… Bueno, aquí las opiniones seguían dos corrientes. Hay quien piensa que el general mató a su esposa porque pretendía casarse con la joven. Inmediatamente, horrorizado ante su crimen, el hombre se suicidó…

—Una explicación de tipo romántico del drama —comentó Poirot.

—Otra idea se basa en la presencia de un profesor del hijo. El chico había estado enfermo, llevando en sus estudios un retraso de seis meses… Los padres decidieron buscar a alguien que le ayudase a recuperar el tiempo perdido. Ese profesor era joven y de gran atractivo.

—¡Ah, sí! Y la esposa del general se enamoró del joven. Entonces, quizá tuvo relaciones con él…

—Tal era la idea —corroboró la señora Oliver—. No existían pruebas sobre el particular. Todo se limitaba a una sugerencia también de tipo romántico.

—¿Por consiguiente?

—Por consiguiente, creo que esa gente compartía la idea de que el general disparó sobre su esposa, volviendo luego el arma contra sí mismo, presa de insoportables remordimientos.

»Otros sostenían que el general había tenido relaciones íntimas con una mujer. Enterada la esposa de su aventura, disparó el revólver contra él, suicidándose a continuación.

»Me he encontrado con muchas variaciones sobre el mismo tema. Pero nadie podía afirmar rotundamente nada. Me refiero a que siempre he oído historias probables. Nadie ha concretado. Nadie ha aportado pruebas. Me he encontrado tan sólo ante habladurías de hace doce o trece años, medio olvidadas. Las personas con quienes he charlado han recordado nombres, eso sí, incurriendo en errores moderados. Se ha aludido a un jardinero iracundo, a una cocinera ya entrada en años, algo ciega y bastante sorda… ¿Por qué, si nadie sabe a ciencia cierta qué tuvieron que ver con el crimen? Y así sucesivamente.

»He tomado nota de los nombres y posibilidades. Algunos de aquéllos no vienen a cuento y otros sí. Todo se presenta sumamente difícil… Tengo entendido que lady Ravenscroft estuvo enferma durante algún tiempo, víctima de unas fiebres. Debió de perder buena parte de sus cabellos, ya que adquirió cuatro pelucas. Entre sus efectos personales fueron encontradas cuatro nuevas pelucas, por lo menos.

—Sí. Estoy informado sobre el particular —declaró Poirot.

—¿Quién le habló de eso?

—Un policía amigo mío. Evocó las circunstancias y detalles de la encuesta, aludiendo a las cosas vistas en la casa. ¡Cuatro pelucas! Me interesa conocer su opinión sobre este detalle, madame. ¿No cree usted que son demasiadas pelucas para una sola dama?

—Sí, desde luego —dijo la señora Oliver—. Tenía yo una tía que poseía dos y la segunda se la compró para no quedarse sin ninguna cuando le arreglaban la primera. Nunca supe de nadie que tuviera cuatro.

La señora Oliver sacó de su bolso una pequeña libreta, que se puso a hojear.

—La señora Carstairs —dijo— cuenta ya setenta y siete años y no anda muy bien de la cabeza. Cito sus palabras: «Me acuerdo muy bien de los Ravenscroft. Formaban una magnífica pareja. Una tragedia la suya. Sí. Un cáncer…» Le pregunté quién de los dos sufría esta terrible enfermedad; entonces la señora Carstairs me contestó que no estaba segura. Según ella, la esposa se había presentado en Londres, consultando con un médico. Sufrió una operación y regresó a su hogar sumamente abatida. El marido estaba muy inquieto por su causa. Al final, decidió matarla de un tiro, suicidándose a continuación.

—¿Era eso una hipótesis suya o hablaba de hechos reales y conocidos?

—Yo creo que se trataba de una hipótesis más. Por lo que he advertido en el curso de mis investigaciones —declaró la señora Oliver—, cuando alguien ha oído hablar de enfermedades repentinas y de consultas con doctores ha pensado siempre en el cáncer. Otra de las personas con quien hablé, cuyo nombre empieza con T (no consigo leer las restantes letras), me dijo que el enfermo de cáncer era él. Mostrábase muy preocupado, igual que la esposa. Entonces, puestos de común acuerdo, decidieron suicidarse.

—Muy triste y romántico —comentó Poirot.

—Sí. Y yo no creo una palabra de eso —repuso la señora Oliver—. Es desesperante. La gente alardea de tener buena memoria y luego resulta que la mayor parte de las cosas que recuerdan son en la realidad más que puras invenciones.

—Todos arrancan de algo conocido —manifestó Poirot—. Es decir, están al tanto de que alguien ha llegado a Londres para consultar con un doctor, o que alguien ha estado en un hospital por espacio de dos o tres meses… Se trata de un hecho conocido.

—Sí. Y cuando se tercia hablar de aquello, mucho tiempo después, aportan una solución al enigma que se han inventado. La verdad es que de poco puede servirnos eso en nuestras indagaciones.

—Yo opino, en cambio, que resulta válido. Tiene usted mucha razón en lo que me tiene dicho…

—¿Acerca de los elefantes? —inquirió la señora Oliver, dudosa.

—Sí —contestó Poirot—. Resulta importante conocer ciertos hechos que han perdurado en la memoria de algunas personas, aunque éstas no sepan su naturaleza exacta, su causa, sus antecedentes. Cabe siempre la posibilidad de que esas mentes alberguen algo que nosotros ignoramos, que no podemos llegar a saber. Fíjese en que han surgido recuerdos que han conducido a determinadas hipótesis: hipótesis de infidelidad, de enfermedad, de pactos, de suicidio, de celos… Son todas las ideas que han venido sugiriéndole los que con usted hablaron. Con las investigaciones posteriores llegaremos a descubrir qué posibilidades tiene cada una de aquéllas de ser la verdadera.

—A la gente le gusta hablar del pasado —declaró la señora Oliver—. A todo el mundo le agrada referirse al pretérito, más que ocuparse de lo que está ocurriendo en estos momentos o de lo que ocurrió el año pasado. Unos recuerdos arrastran a otros. Empiezan por referirse a personas de las cuales no quiere una saber nada, para ocuparse a continuación de lo que sabían ellas de otras… Así cualquiera acaba por perderse en un verdadero laberinto de amistades y parientes. Creo que he estado perdiendo el tiempo.

—No debe usted pensar eso —recomendó Poirot—. Estoy convencido de que en esa bonita libreta de pastas de color púrpura acabará por encontrar algo que esté relacionado de una manera interesante con la tragedia. Puedo decirle, basándome en los estudios realizados de las versiones oficiales de las dos muertes, que éstas han constituido un misterio. Es decir, desde el punto de vista de la policía. Tratábase de una pareja que se llevaba bien; no circularon graves habladurías referentes a cuestiones de tipo sexual; no hubo una enfermedad grave que pudiera llevar al matrimonio al suicidio. Me refiero ahora solamente, entiéndalo bien, a la época inmediatamente anterior a la tragedia. ¡Ah! Pero es que hubo otra antes, más lejana.

—Le entiendo —replicó la señora Oliver—. Y he conseguido algo en ese aspecto gracias a la vieja Nanny. La vieja Nanny cuenta en la actualidad no diré que cien años, pero sí ochenta, por lo menos. Yo la recordaba de los días de mi niñez. Me contaba relatos referentes a los miembros de los servicios oficiales en el extranjero, en la India, en Egipto, en Siam y Hong Kong…

—¿Dijo algo que atrajo su atención?

—Sí. Me habló de cierto drama. Con algunas vacilaciones, desde luego. No estoy segura de que tenga que ver con los Ravenscroft… Es posible que se refiera a otra gente. La anciana no recordaba determinados apellidos y detalles. En una de las dos familias había una enferma mental. No sé de quién de los dos era cuñada. Había estado en un manicomio durante años. Me parece que había matado o intentado matar a sus hijos mucho tiempo atrás. Una vez curada, según se supone, se trasladó a Egipto, Malaya o donde fuera. Se instaló con ellos… Y después parece ser que hubo una nueva tragedia relacionada con un niño. Fue algo que se procuró silenciar. El caso es que esta historia me hizo calibrar la posibilidad de la existencia de enfermos mentales en la familia del general Ravenscroft o en la de lady Ravenscroft. No hay por qué pensar necesariamente en un parentesco muy próximo. Pudo existir un primo o prima. Bueno, la verdades que el hecho me sugirió un camino inédito para mis investigaciones.

—Sí… Está bien. Siempre hay agazapado algo, que espera muchos años a veces para salir al exterior, que se hace presente teniendo sus raíces en el pasado. Es lo que alguien me dijo. Los viejos pecados tienen largas sombras.

—Es posible que el suceso fuese una fantasía, o que la anciana Nanny Matcham lo recordara mal, o que se hubiese producido entre otra gente, pero tal vez se ajustara a lo que aquella desagradable mujer de la comida literaria me dijera.

—¿Se refiere usted con todo esto a lo que ella quería saber…?

—Exactamente. Pretendía saber gracias a la hija, mi ahijada, si fue la madre quien mató al padre o fue el padre quien dio muerte a aquélla.

—¿Creía que la muchacha podía estar informada sobre el particular?

—Es lógico suponer que la chica estaba informada. Bueno, no al producirse el drama (ya que entonces le sería ocultado todo), sino más adelante, ella habría tenido ocasión de considerar una serie de circunstancias y datos que podían haberla llevado a descubrir quién mató a quién, aunque lo más probable es que jamás aludiera a ello, ni hablara con nadie acerca de este asunto.

—Y dice usted que esa mujer… esta señora…

—Sí. Ya no me acuerdo de su apellido. La señora Burton y no sé qué más. Un nombre así. Habló de su hijo y de la chica y de que querían casarse. Nada más natural en este caso que una madre desee saber si en la familia de la muchacha hay antecedentes criminales por parte del padre o la madre, o enfermos mentales. Ella pensó, seguramente, que de haber sido la madre quien matara al padre su hijo arriesgaba mucho en aquel matrimonio. La cosa cambiaba mucho para ella de haber sido el padre el agresor, probablemente.

—Usted quiere decir que ella habrá pensado en una transmisión hereditaria por la línea femenina…

—Bueno, a mí esa mujer me dio la impresión de no ser muy inteligente —repuso la señora Oliver—. La vi, antes que nada, dominante. Ella cree saber mucho, pero yo no soy de su opinión. Me parece que usted pensaría lo mismo que yo, de ser mujer.

—Un interesante punto de vista, lleno de posibilidades —manifestó Poirot, suspirando—. Todavía nos quedan muchas cosas por hacer.

—Tengo que exponer otra perspectiva. Es lo mismo, pero más de segunda mano, si usted entiende lo que quiero decir. Viene alguien y dice: «¿Los Ravenscroft? ¿No se trata del matrimonio que adoptó a un chico? Recuerdo que luego apareció la madre de la criatura, reclamando a su hijo, por cuyo motivo tuvo que mediar en el asunto la justicia. El juez concedió al matrimonio la custodia del niño y después la madre intentó recuperarlo por la fuerza, raptándolo».

—De su informe se deducen puntos mucho más simples —dijo Poirot—, que son los que prefiero.

—¿Por ejemplo?

—La cuestión de las pelucas. Cuatro pelucas.

—Pensé en seguida que eso iba a interesarle, pero no sé por qué. Al parecer, la cosa no tiene ningún significado. La otra historia se refería a una persona mentalmente deficiente. Hay seres de este tipo, recluidos en manicomios e incluso en casas particulares por el hecho de haber dado muerte a sus hijos o a cualquier otro niño, sin ningún motivo, en acciones carentes de sentido. No me explico por qué eso iba a llevar al general y a lady Ravenscroft al suicidio.

—A menos que uno de ellos estuviese implicado en el hecho —contestó Poirot.

—¿Supone usted que el general Ravenscroft pudo haber matado a alguien, a un chico, a un hijo ilegítimo quizá, suyo o de su esposa? No. Creo que ahora nos mostramos excesivamente melodramáticos. Claro, habla calibrando también la posibilidad de que fuera ella la causante de la muerte del hijo propio o de su esposo…

—Y sin embargo —señaló Poirot—, muy frecuentemente, la gente es lo que parece ser.

—Explíquese.

—Ellos parecían estar mutuamente encariñados, formando una pareja que vivía feliz, que no discutía. No hubo, por lo visto, ningún caso clínico, ninguna historia referente a una enfermedad, más allá de la sugerencia de una intervención quirúrgica, de una posibilidad de dolencia grave, cáncer, por ejemplo, algo de ese tipo, un futuro con el que ellos no se atrevieran a enfrentarse. No conseguimos rebasar lo posible, no alcanzamos lo probable. ¿Hubo alguien muy significativo, aparte del matrimonio, en la casa, en la época en que se cometió el doble crimen? La policía, esto es, mis amigos, los que estuvieron al tanto de las investigaciones realizadas, declaró que nada de lo dicho era realmente compatible con los hechos. Por una razón u otra, aquellas dos personas no quisieron continuar viviendo. ¿Por qué?

—Durante la guerra, la segunda guerra mundial, se entiende —declaró la señora Oliver—, conocí una pareja muy particular. Sabían que los alemanes iban a desembarcar en Inglaterra y habían decidido suicidarse si llegaba a ocurrir tal catástrofe. Yo les contesté que lo suyo era una estupidez. Ellos alegaban que en adelante resultaría imposible vivir aquí. Aquello continúa pareciéndome una idiotez. Hay que hacer acopio de valor para superar las grandes dificultades. La muerte de alguien en semejantes situaciones no va a hacer bien a nadie. Ahora me pregunto…

—¿Qué es lo que se pregunta usted?

—Se me ha ocurrido de pronto: ¿causó algún bien a alguien la muerte del general y de lady Ravenscroft?

—Usted quiere saber si hubo alguien que heredara dinero de ellos, ¿no?

—Bien. No pensaba en una cosa tan clara. Quizá hubiese alguien que al morir ellos se enfrentaba con la posibilidad de vivir mejor. Tal vez hubiera en la vida del matrimonio algo que no les interesaba que supiesen sus hijos…

Poirot suspiró.

—Lo malo de usted, madame, es que piensa demasiado a menudo en cosas que pudieron haber ocurrido, que pudieron haber sido. Usted me da ideas. Ideas posibles. ¡Ah, si fuesen ideas probables también! ¿Por qué? ¿Por qué era necesaria la muerte de aquellas dos personas? No sufrían de nada, no padecían enfermedades, no se sentían desgraciadas, por lo que hemos visto. Entonces, ¿por qué, en la tarde de un hermoso día, salieron a dar un paseo por cierto paraje, llevándose consigo al perro…?

—¿Qué tiene que ver el perro en eso? —inquirió la señora Oliver.

—He hecho una suposición. ¿Se llevaron el perro o bien éste les siguió? ¿Qué papel representa el perro en el caso?

—Me imagino que entra en el asunto del mismo modo que las pelucas —indicó la señora Oliver—. Ésta es una cosa más que no se puede explicar, que carece de sentido. Uno de mis elefantes dijo que el perro sentía una especial predilección por lady Ravenscroft y otro declaró que el animal la mordió en una ocasión.

—Siempre vuelve uno al punto de partida —manifestó Poirot—. Uno quiere saber más —suspiró nuevamente—. Uno quiere saber más cosas acerca de los protagonistas del drama… Ahora bien, ¿cómo se puede conseguir eso hallándonos separados de ellos por espacio de un montón de años?

—Creo que no es la primera vez que se encuentra usted metido en un caso de esta índole —opinó la señora Oliver—. Usted intervino en el caso del pintor asesinado a tiros o envenenado[4]. El hecho ocurrió en un lugar de la costa, en una especie de fortificación. Usted, Poirot, consiguió dar con el autor del crimen, pese a no saber nada acerca de los protagonistas del suceso.

—Querrá usted decir que no los conocía. Saber sí que supe de ellos por la gente del lugar.

—Algo semejante estoy yo intentando hacer —repuso la señora Oliver—. Sólo que tropiezo con dificultades insuperables. No acierto a dar con nadie que esté realmente enterado, o implicado en el hecho. ¿Cree usted que debiéramos renunciar, dándonos por vencidos?

—Creo que sería muy prudente renunciar —declaró Poirot—. Ahora, hay momentos en que uno no quiere hacer gala de su buen juicio o prudencia. Yo lo que quiero es saber más de lo que sé. En la actualidad, siento un vivo interés por esa agradable pareja, padres de dos gentiles hijos. Yo me figuro que son gentiles, verdaderamente.

—No conozco al chico —manifestó la señora Oliver—. Creo que no llegué a hablar nunca con él. ¿Quiere usted conocer a mi ahijada? Podría decirle que viniese a verle.

—Sí. Es una buena idea. Me gustaría verla, conocerla, hablar con ella. Tal vez ella no sienta el menor deseo de conocerme. Podríamos planear un encuentro, algo que no resultara forzado. Ésta es una experiencia llena de interés. Hay otra persona que desearía conocer también.

—¿Cuál?

—La mujer de la comida literaria. La dominante. Su amiga, madame.

—No es amiga mía —aclaró la señora Oliver—. Me abordó para hablarme, eso fue todo.

—¿Podría ponerse en comunicación con ella?

—Sí, fácilmente. Me parece que daría un salto si oyese mi voz al teléfono.

—Quisiera verla. Quiero saber por qué desea conocer del caso que nos ocupa los detalles que le dijo.

—Sí. Me imagino que ése sería un paso acertado. Por otro lado —dijo la señora Oliver, con un suspiro—, me gustaría descansar un poco de mis elefantes. Nanny, la vieja Nanny, de quien le hablé antes, aludió a los elefantes, resaltando su buena memoria. Empiezo a sentirme acosada por esta idea. Bueno, amigo mío, debe usted de lanzarse a la búsqueda de más elefantes. Es su turno.

—¿Y usted qué?

—Es posible que me dedique a buscar cisnes.

Mon Dieu! ¿Qué pintan aquí los cisnes?

—Nanny hizo que me acordara de una cosa… Cuando jugaba con algunos niños había uno que me llamaba lady Elefante y otro lady Cisne. En este último papel, yo fingía nadar tendida en el suelo. Pero cuando era lady Elefante, los chicos se encaramaban a mi espalda. En este asunto no hay cisnes.

—Una buena cosa —comentó Poirot—. Con los elefantes ya tenemos suficiente.

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