Capítulo XVI
EL SEÑOR GOBY INFORMA
El señor Goby entró en la habitación, sentándose en la silla de costumbre, que ya Poirot le había señalado. Miró a su alrededor antes de escoger el mueble o parte de la estancia a los que iba a dirigirse. Habíase acomodado, como en ocasiones anteriores, cerca del calefactor eléctrico, apagado en aquella época del año. El señor Goby no se había dirigido nunca en estos casos al ser humano para quien trabajaba. Escogía siempre una repisa, un radiador, el televisor, un reloj y, a veces, una alfombra, en los que centrar sus miradas.
De una cartera de mano extrajo varios papeles.
—Bien —dijo Hércules Poirot—. ¿Tiene algo para mí?
—He recogido varios detalles —contestó el señor Goby.
El señor Goby era famoso en Londres, en Inglaterra, probablemente, y más allá de sus fronteras, quizá, como suministrador de informaciones. ¿Cómo llevaba a cabo sus continuos milagros? Nadie lo sabía, en realidad. Se valía de unos colaboradores, muy pocos. A veces se quejaba de que sus «piernas», como llamaba a aquéllos, no fueran tan eficientes como en otros tiempos. Pero los resultados de su labor todavía dejaban atónitos a quienes le encargaban algo.
—La señora Burton-Cox…
Pronunció estas palabras como si se hubiese encontrado en lo alto de un pulpito, comenzando una lectura. Igual hubiera podido decir: «Versículo tercero, capítulo cuarto del Libro de Isaías».
—La señora Burton-Cox —repitió—. Casada con Cecil Aldbury, fabricante de botones en gran escala. Un hombre rico. Desarrolló actividades políticas, siendo miembro del Parlamento por Little Stansmore. Cecil Aldbury murió en un accidente de automóvil cuatro años después de haberse casado. El único hijo del matrimonio murió a consecuencia de un accidente poco más tarde. Los bienes del señor Aldbury pasaron a su esposa. No había tanto dinero como se figuraron algunos por el hecho de que el negocio no había marchado bien en los últimos años.
»El señor Aldbury dejó también una considerable suma de dinero a la señorita Kathleen Fenn, con la que parecía haber tenido relaciones íntimas, dato completamente desconocido para la esposa. La señora Burton-Cox continuó con su carrera política. Tres años más tarde adoptaba a un niño dado a luz por Kathleen Fenn. Ésta insistió en que el padre del mismo era el difunto señor Aldbury. A juzgar por lo que he averiguado en el curso de mis indagaciones, eso resultaba bastante difícil de aceptar —declaró el señor Goby—, puesto que la señorita Fenn tenía muchas relaciones. Sus amigos eran, habitualmente, caballeros de sobrados medios, muy generosos…
—Continúe —dijo Poirot.
—La señora Aldbury, como era llamada ella entonces, adoptó la criatura. Poco más tarde contrajo matrimonio con el comandante Burton-Cox. La señorita Kathleen Fenn, con el tiempo, se convirtió en una actriz de gran éxito. También triunfó en el mundo «pop» como cantante. Ganó mucho dinero. Luego, escribió a la señora Burton-Cox, diciéndole que deseaba hacerse cargo de nuevo de su hijo. Ésta se negó a complacerla.
»Según mis informes, la señora Burton-Cox había estado viviendo muy bien después de la muerte de su esposo, el comandante, en Malaya. Él le había dejado dinero suficiente para que no tuviera preocupaciones de tipo económico. Otra información conseguida: la señorita Kathleen Fenn, que falleció hace unos dieciocho meses, dictó testamento, en virtud del cual toda su fortuna, bastante elevada, pasa a su hijo natural Desmond, en la actualidad llamado Desmond Burton-Cox.
—Una mujer generosa —comentó Poirot—. ¿De qué murió la señorita Fenn?
—De leucemia, ha comunicado mi informador.
—¿Y ha pasado ya al joven el dinero de su verdadera madre?
—Entrará en posesión de él cuando cumpla los veinticinco años de edad.
—Se convertirá, pues, en un hombre independiente económicamente, merced a esa inesperada fortuna. ¿Cómo ha marchado últimamente la señora Burton-Cox?
—Sé que no ha tenido mucha suerte en sus inversiones de los últimos tiempos. Dispone de dinero suficiente para ir viviendo, sin hacer muchos dispendios.
—¿Ha hecho testamento Desmond? —preguntó Poirot.
—No conozco ese extremo todavía, pero dispongo de medios para averiguar si se ha dado tal paso. En cuanto conozca el dato con certeza lo pondré en su conocimiento.
El señor Goby se despidió de Poirot con su gesto ausente habitual, dedicando una ligera reverencia al calefactor eléctrico.
Una hora y media después, aproximadamente, sonó el timbre del teléfono.
Hércules Poirot tenía delante una hoja de papel en la que estaba haciendo unas anotaciones. De vez en cuando fruncía el ceño y se retorcía las puntas de su bigote, tachaba una frase o una palabra…
Al sonar el timbre del teléfono se apresuró a atender la llamada.
—Gracias —dijo después de escuchar unos momentos a su comunicante—. Esto ha sido rápido. Sí, se lo agradezco. La verdad es que a veces no me explico cómo se las arregla usted para dar con esas cosas… Sí, eso plantea una situación clara. Da sentido a lo que parecía no tenerlo… Sí… Supongo… Sí, le escucho… De modo que usted cree que ése es el caso. Sabe que fue adoptado… Pero nadie le ha dicho nunca quién era su verdadera madre. Sí… Ya. Muy bien. ¿Piensa usted aclarar el otro punto también? Perfectamente. Gracias.
Después de colgar, Poirot continuó tomando notas. Media hora más tarde, atendió otra llamada.
—Ya he vuelto de Cheltenham —dijo una voz que Poirot identificó en seguida.
—¡Ah, chére madame! Ya está usted de vuelta, ¿eh? ¿Ha visto a la señora Rosentelle?
—Sí. Es una mujer muy amable. Y estaba usted en lo cierto. Es otro elefante.
—¿Qué quiere usted decir, chere madame?
—Quiero decir que se acordaba de Molly Ravenscroft.
—¿Se acordaba también de sus pelucas?
—Sí.
Brevemente, la señora Oliver explicó a Poirot todo lo que aquella mujer le había contado.
—Sí. Eso está de acuerdo con lo que yo sé, con las manifestaciones del superintendente Garroway. Son las cuatro pelucas halladas por la policía. La de los rizos, la más indicada para fiestas o reuniones nocturnas y las otras dos, más corrientes. Cuatro, en total, efectivamente.
—En consecuencia, acabo de proporcionarle una información que usted ya conocía, ¿eh?
—No. Usted me ha dicho algo más. Usted acaba de indicarme que lady Ravenscroft quería disponer de dos pelucas de reserva sobre las que ya tenía y que eso ocurrió de tres a seis semanas antes de que se produjera el suicidio. Muy interesante, ¿no le parece?
—Todo se me antoja muy natural —declaró la señora Oliver—. Las cosas que una tiene pueden sufrir daños imprevisibles. Las pelucas pueden ser modificadas en lo que se refiere a los peinados, pueden ser tintadas o sufrir alguna quemadura. No creo que sea un disparate disponer de dos de reserva para tales casos… No sé qué ve usted de extraordinario en ello.
—No es que yo me empeñe en ver en ese hecho algo extraordinario. Resulta poco corriente, todo lo más. Lo más interesante es lo que usted ha añadido. Fue una francesa, ¿no?, quien llevó las pelucas para que elaborasen las otras similares…
—Sí. Una dama de compañía, creo… lady Ravenscroft había estado o estaba en un centro sanitario. No se hallaba en condiciones de ir al establecimiento para elegir o dar alguna idea sobre lo que deseaba.
—Comprendido.
—Por cuya razón, se presentó allí su dama de compañía, la francesa.
—¿Conoce usted por casualidad su nombre?
—No. Me parece que la señora Rosentelle no llegó a mencionarlo. Creo más bien que lo ignoraba. La visita fue anunciada por lady Ravenscroft y la francesa llevó las pelucas para que trabajaran con ellas a la vista, supongo.
—Bien. Esto me sirve para el paso que pienso dar a continuación.
—¿Se ha enterado usted de algo nuevo? —inquirió la señora Oliver—. ¿Ha hecho algo?
—Siempre la noto un poco escéptica cuando se refiere a mí —comentó Poirot—. Usted siempre ha pensado que yo no hago nada, que me limito a reposar sentado en cualquier sillón.
—Bueno, yo creo que cuando se acomoda en cualquier sillón se dedica a pensar —repuso la señora Oliver—. Hay que reconocer, sin embargo, que no es frecuente que usted se decida a salir de casa, a emprender algo.
—En un futuro muy inmediato, es posible que altere mis normas, echándome a la calle e intentando hacer ciertas cosas. Supongo que esto le complacerá. Es posible, incluso, que llegue a cruzar el Canal de la Mancha, si bien no por mar. Me parece que lo indicado es el avión.
—¡Oh! —exclamó la señora Oliver—. ¿Desea que le acompañe?
—No. Pienso que será mejor que haga el viaje solo en la presente ocasión.
—¿De veras que va usted a viajar?
—Sí, sí. Voy a desarrollar una gran actividad. Ya sé que esto será visto por usted, madame, con agrado.
Terminada aquella conversación, Poirot marcó un número que llevaba anotado en una de las páginas de su agenda de bolsillo. En seguida entró en comunicación con la persona a quien deseaba hablar.
—¡Mi querido superintendente Garroway! Soy Hércules Poirot. ¿No le molesto? ¿No se encuentra usted muy ocupado en estos momentos? ¿De veras?
—No, no estoy ocupado. Me entretenía aclarando mis rosales —repuso el superintendente.
—Quería hacerle una pregunta. Es una pequeñez.
—¿Relacionada con el enigma del doble suicidio?
—Sí, relacionada con nuestro problema. Usted me dijo que en la casa había un perro. Añadió que el animal acompañaba a la familia en sus paseos. Bueno, que al menos eso tenía entendido…
—En efecto. El perro fue mencionado más de una vez durante las investigaciones. El jardinero o el guardián de la casa dijeron que el día del suceso el matrimonio había abandonado la finca en compañía del perro, como de costumbre.
—Al ser examinado el cadáver de lady Ravenscroft, ¿fue descubierta en el mismo alguna señal que pudiera haber sido causada por la mordedura de un perro?
—Me sorprende un poco su pregunta. Creo que no habría reparado en tal detalle si usted no me hace esa consulta. Me parece recordar que se observaron dos cicatrices. Uno de aquellos hombres manifestó que el perro había atacado a su ama más de una vez, si bien estos ataques no revistieron nunca gravedad. Bueno, mire, Poirot, aquí no hubo ningún caso de rabia, si es que piensa en eso. No pudo haber nada de ese tipo. En fin de cuentas, ella murió a consecuencia de un disparo de arma de fuego. Igual que él. No hay por qué pensar en lo que he dicho, ni en un caso de tétanos.
—No es que yo atribuyera la muerte de las víctimas al perro —señaló Poirot—. Simplemente, he caído en ese detalle.
—Una de las mordeduras era bastante reciente, de una semana atrás, de dos, diría yo. Ella no fue inyectada con ningún suero. La herida se curó bien.
—Me hubiera gustado poder haber visto al perro —manifestó Poirot—. Es posible que fuese un animal muy inteligente.
Después de dar las gracias al superintendente Garroway por su información, Poirot colgó, murmurando seguidamente:
—Un perro inteligente. Más inteligente, quizá, que la misma policía.