9. El atrapado

En otros tiempos Kilburn, que ahora forma parte de la zona noroeste de Londres, era un lugar muy próspero. En la actualidad, la carretera de Kilburn tiene un aspecto bastante decadente. El priorato de Kilburn fue construido en el siglo XV, pero todo cuanto queda de él en Priory Road es una pequeña placa de cobre con el retrato de una monja. La iglesia actual se construyó a mediados del siglo XIX y ocupa una parte del espacio del antiguo priorato.

Si se tuerce hacia la derecha, saliendo de Priory Road, se alcanza Greville Mews, nombre que suena a mucho más de lo que es en realidad. El callejón no está bordeado de casas, sino de una sucesión de garajes de alquiler cerrados con llave. El ambiente del pequeño cul de sac una tarde cualquiera recuerda tiempos pasados. Algunas paredes exhiben antiguos letreros de esmalte que anuncian Castrol y Michelin y muchos de los coches conducidos ahora por satisfechos propietarios ostentan también la marca de la vejez.

Lo que ni siquiera saben los que alquilan los pequeños garajes es que cuatro de ellos son propiedad de la misma persona, pero quienes entran y salen de allí con sus vehículos y los manipulan y reparan en el mismo lugar son raras veces vistos por los habitantes del pueblo. Los cuatro garajes son contiguos y se encuentran en la parte trasera de una ruinosa villa victoriana. Están provistos de puertas que los comunican entre sí y hay dos puertecitas al fondo de los garajes del centro.

Quienes conocen bien cómo funciona todo aquello y tienen acceso a los locales, están en condiciones de operar unos pequeños paneles digitales que controlan una cerradura central situada a un lado de las dos puertas. Estas dan paso a una pequeña habitación de ladrillo. Una vez en ella y cuando se ha marcado la frecuencia correcta, otra puerta, esta de metal, se abre dejando expedita la entrada a la trasera de la villa victoriana. Tal es el acceso al refugio del Servicio Secreto. La puerta frontal de la villa está reforzada con acero por su parte interior y las personas a las que se ve salir y entrar son los cuidadores normales de la casa. Los visitantes realmente importantes entran por la parte trasera y raras veces son observados por alguien. El interior del refugio de Kilburn Priory no guarda relación alguna con los muros de piedra cuarteada y los ventanales con la madera medio podrida que se ven desde fuera. Las ventanas de la parte de atrás fueron cerradas con tablones hace ya mucho tiempo. La gente de los alrededores comenta que el propietario alquila un par de habitaciones por meses, pero que el resto de la casa se va desmoronando poco a poco.

Sin embargo, la realidad es muy distinta. Porque el interior ha sido reforzado, y al menos cuatro de las diez habitaciones tienen instalación a prueba de sonidos y pantallas acústicas que funcionan continuamente. Dispone de dos baños ultramodernos y de una buena cocina con nevera y frigorífico muy bien provisto, y tanto el salón como los dormitorios son muy cómodos, aunque no 1ujosos, pero tan buenos como los de un hotel de tercera.

Bond había llevado allí a Harriett bastantes horas antes aquel mismo día, pasando por los garajes. Los dos celadores le eran bien conocidos por haber participado en la declaración de un desertor celebrada allí mismo el año anterior. Sus nombres eran De Fretas y Sweeney, pero los llamaba con los nombres perrunos de Danny y Todd. Ambos figuraban como miembros perfectamente adiestrados del SAS 23 del ejército y cada año se les concedía un mes de permiso reglamentario como soldados eventuales. Habían completado también el curso para guardaespaldas especiales y, aunque muy inteligentes, poseían la necesaria dosis de suspicacia que los hacía ideales para aquel trabajo.

Inmediatamente se volcaron en su tarea de proteger a Harriett. Bond había averiguado que la joven habitaba en un bloque de pisos de Kensington, y tomó nota mental para enviar a una funcionaria femenina, en caso necesario, a recoger sus ropas o cualquier otra cosa que le fuera precisa.

Cuando Bond se hubo marchado, los celadores trataron a Harriett con una solicitud casi conmovedora, y con gran deferencia la llamaban señorita Horner, no tomándose ninguna libertad con ella, sino por el contrario asegurándose de que estuviera cómoda y de que dispusiera de cuanto necesitara.

La rutina variaba poco en el refugio. Uno de los celadores se instalaba en lo que antes había sido una amplia cuadra, ahora convertida en control de vigilancia y centro de operaciones. Se usaban seis pantallas para vigilar la calle y todo el conjunto de Greville Mews, mientras una serie de cámaras interiores podían detectar cualquier incidencia dentro mismo de la casa. Danny se hizo cargo del primer turno luego de la llegada de Harriett, mientras que Sweeney desenchufaba el monitor desde el que se tenía una perfecta visión del dormitorio que iba a usar la joven.

Horas más tarde, cuando Todd Sweeney se hizo cargo de la guardia, Danny se acercó a la tienda de periódicos paquistaní que se encontraba en la esquina para comprar un montón de revistas y algunos libros de bolsillo con los que la joven pudiera pasar el tiempo aparte de ver la televisión. Ante la divertida sorpresa de Harriett, le había llevado un libro de Judith Krantz y dos de Daniel Steel, autores que no eran precisamente muy de su agrado, porque Harriett prefería con mucho las obras de Deighton, Le Carré y otros por el estilo. Tampoco solía Leer la clase de revistas femeninas con las que la obsequiaron, aunque no lo quiso demostrar sino que, por el contrario, dio las gracias al agente y se las llevó a su habitación. A cosa de las seis menos cuarto, Danny entró para preguntarle si le gustaría tomar una taza de té en su habitación o si le haría el honor de tomarla con él. Harriett escogió esto último y los dos se instalaron en el cuartito de la planta baja contiguo a la cocina, que quedó así convertido en comedor. Fue allí donde Harriett descubrió que tomar el té significaba para Danny ingerir grandes tazas de un brebaje muy fuerte, acompañándolo con pedazos de salmón ahumado, mucha pimienta y vinagre, y pan y mantequilla con la que acompañar abundantemente el primero.

Arriba, en el centro de operaciones Sweeney pudo ver cómo un camión de Correos de color rojo se detenía frente a la casa, lo que le puso inmediatamente en situación de alerta.

Cuando se llevaba a la boca con el tenedor el primer bocado de salmón, el radio-teléfono portátil de cobró vida de pronto.

– Dan, hay un camión de Correos frente a la casa. Parece normal, pero no es ésta la hora adecuada para distribuir el correo o para que alguien traiga papeles del cuartel general.

Danny pulsó el botón de su radio para transmitir.

– Voy a echar una mirada -anunció secamente-. A lo mejor tiene algo que ver con nuestra visitante.

En aquel momento sonó el timbre en el vestíbulo y Danny, luego de haber sacado su pistola automática y mantenerla pegada a la parte posterior de su muslo derecho, se acercó a ver quién era el visitante. Sus palabras fueron:

– ¿Quién llama? ¿Eres tú, Brian?

La respuesta correcta hubiera debido ser: «Entrega especial para el señor Dombey.» A lo que hubiera replicado: «De acuerdo. Yo soy su hijo.» Porque tales eran las frases utilizadas como contraseña aquel día.

Pero en vez de ello, la voz del visitante le anunció:

– Traigo un paquete certificado. Viene a estas señas, pero no puedo leer el nombre del destinatario.

– Pues compruébelo y vuelva mañana por la mañana.

Mientras decía esto, Danny había quitado ya el seguro de la pistola y tenía levantado el cañón apuntando en dirección a la puerta. Daba tres pasos atrás cuando Sweeney gritó por el radio teléfono:

– ¡Cuidado, Dan! ¡Son cuatro! ¡Bajo en seguida!

En el momento en que Danny hacía señas a Harriett para que no saliera al vestíbulo, la primera descarga dio de lleno contra la puerta. Pero las balas rebotaron en dirección a los cuatro hombres reunidos en el pórtico, ya que la puerta estaba protegida por un fuerte blindaje.

Se escuchó un grito de dolor cuando uno de los asaltantes recibió el impacto de un proyectil en la cara. Se inició entonces una lluvia de furiosos hachazos que apenas si causaron desperfectos en la puerta.

– ¡Esto es como una caja fuerte! -gritó alguien en el exterior-. Recojan a ése. No hay modo de entrar aquí.

Sweeney, que había salido al rellano superior de la escalera, volvió a entrar como una flecha en el centro de operaciones con el fin de mirar por la pantalla desde la que se veía el pórtico, pero el visor había quedado inutilizado por la primera descarga. Golpeó el botón que ponía en marcha la alarma en la sala de operaciones de la Sección Especial de Scotland Yard y en seguida, volviendo a la escalera, gritó:

– ¡Cuidado, Dan! ¡No sé que están haciendo ahí fuera!

Pero era demasiado tarde, porque Danny, tras oír los apresurados pasos de los que se retiraban, apretó el dispositivo automático que descorría los seguros y, abriendo las puertas, salió al exterior sosteniendo la pistola con ambas manos a la manera preceptiva.

La descarga le dio de lleno en el pecho, arrojándole hacia atrás a lo largo del vestíbulo. Los dos asaltantes que se habían quedado ante la puerta se precipitaron al interior con sus mortíferas metralletas dispuestas para la acción.

Sweeney, que seguía en el rellano superior, apagó la luz de éste y mandó al otro mundo al primero de los atacantes, mediante dos disparos que le hicieron saltar la parte superior del cráneo. El segundo levantó su metralleta, pero en aquel preciso instante dos balas se incrustaron en su pecho. El arma estalló cuando su dueño incurría en una especie de cabriola macabra. Una lluvia de yeso se desprendió del techo.

No obstante las advertencias de Sweeney para que retrocediera, Harriett salió al vestíbulo y se apoderó de la automática del fallecido Danny. Los otros dos asaltantes estaban en la calle y uno de ellos, el herido por el rebote de la bala, estaba siendo ayudado por su compañero a entrar en el camión de Correos. Sweeney hizo un par de disparos hacia allá, aunque no con ánimo de dar en el blanco, ya que el hombre parecía ir desarmado, y pudo ver cómo los proyectiles traspasaban el costado del camión rojo, marcando en él profundos impactos.

El que seguía indemne soltó a su compañero, que se quedó gimiendo de dolor sobre el asfalto y saltó al vehículo, que puso en marcha atropelladamente, partiendo a gran velocidad. En la distancia se empezaban a oír las sirenas de los coches de la policía.

Para cuando Bond llegó al lugar del suceso, entrando precavidamente por la puerta trasera, los cuerpos sido retirados y el herido estaba siendo tratado en una sección protegida de la London Clinic, utilizada con frecuencia en casos de emergencia. Había aún dos coches de la policía en la calle, mientras en la sala de la mansión Bill Tanner y el superintendente jefe Bailey, que había iniciado todo aquel asunto el día anterior, repasaban las declaraciones de Todd Sweeney y de Harriett, que a Bond le pareció como sumida en un estado de inconsciencia. En el vestíbulo había un agente de la Sección Especial vestido de paisano, con un médico a su lado.

– He venido con toda la rapidez posible -explicó Bond dirigiéndose hacia Harriett y pasándole un brazo por los hombros-. ¿Está usted bien? -le preguntó.

Ella hizo una breve señal de asentimiento a la que siguió una valiente sonrisa que de pronto lo hizo cambiar todo para Bond. Pensó que si no tomaba sus precauciones podía verse demasiado atraído por aquella chica. Y semejante circunstancia no resultaba aconsejable, especialmente teniendo en cuenta que ella seguía siendo una incógnita dentro de todo aquel caso.

– Nos ha dado una descripción muy acertada de lo ocurrido -explicó Tanner en tono malhumorado-. Pero el refugio ha sido descubierto.

El de la Sección Especial tosió un poco.

– Descubierto sin remisión -añadió.

– ¿Y quién tiene la culpa? -preguntó Bond sin dirigirse a nadie en particular.

Tanner parecía seguir enfadado.

– Según M la tienes tú -respondió mirando fríamente a Bond. Los dos tenían una amistad que se remontaba a sus tiempos de la marina y no era muy propio de Tanner el mostrarse criticón-. Tú o esta joven.

– ¡No seas tonto! -profirió Bond.

– Es la opinión de M; no la mía. Aunque me da que pensar.

– No me siguió nadie cuando esta mañana traje a Harriett aquí. Nadie. Vinimos en un taxi y la hice caminar alrededor del bloque para asegurarme. -Se volvió hacia Sweeney- ¿Ha utilizado ella el teléfono?

Harriett exhaló un gritito de alarma.

– ¡James! ¿No irás a creer…?

– Lo ha hecho, ¿si o no?

– No -fue una negativa tajante-: Y aunque quisiera tampoco hubiera podido -añadió.

– Bien. -Bond se volvió hacia Tanner-. De modo que yo soy el culpable, ¿eh?

– Por el momento, sí.

– ¿Qué órdenes hay?

– Cuando hayamos terminado aquí se supone que te vendrás con el señor Bailey y conmigo. Hay que informar. Y la señorita Horner también. Los dos.

Bond frunció el ceño.

– El mensaje que recibí decía «Tres tablas». ¿Quiénes eran?

– Todd se cargó dos de los intrusos, que iban con monos negros y capuchas. Pero ellos acabaron con Danny de Fretas.

– ¡Oh, no!

– ¡Oh, sí! Esta noche vendrá un equipo. Lo estamos reseñando todo, y en la oficina se prepara un informe para la prensa.

– Me dijeron «Tres tablas y un atrapado». ¿Quién es este último? -preguntó Bond.

– Le interrogan abajo. Tiene un impacto en la cara. Dispararon a la puerta con una arma de grueso calibre. El proyectil y fragmentos de acero rebotaron, y fueron a dar a los atacantes. Uno de ellos salió malparado.

Bond estuvo pensando unos momentos en Trilby Shrivenham, recluida en la clínica.

– Bill. -Hizo seña a Tanner de que se acercara con él a un rincón-. Escucha: ¿dónde está el atrapado?

– En la London Clinic. Le tenemos allí bien vigilado.

– ¿Puedes hacerme un favor?

– Depende.

– ¿Qué tiene M contra mí? Sé sincero.

– Está convencido de que al traer aquí a la señorita Horner has puesto al descubierto este lugar. Primero obraste y luego preguntaste, James, y tú ya sabes lo que M opina de estas cosas. ¿Qué te has propuesto?

– Quiero intentar sacarle algo al atrapado. ¿Recibe visitantes?

– Le han extraído un montón de metralla y de astillas de la cara. Además, sufre una fuerte conmoción. Según los médicos mañana estará en disposición de ser interrogado.

– Pues yo quiero verle ahora.

– Me parece que no va a ser posible.

– Bill, créeme. M me envió a ver a sir James Molony y a escuchar lo que decía Trilby Shrivenham. Tengo las cintas grabadas. Pero me falta algo. Sólo necesito hablar cinco minutos con ese terrorista herido. Cinco minutos y luego volveré para enfrentarme a lo que sea. Tú puedes convencer a M, Bill.

– No lo sé. -Se encogió de hombros-. Bueno; con probarlo no se pierde nada. De acuerdo. Hablaré con él por teléfono. Pero no te puedo prometer que tenga éxito.

Todos se disponían a salir. Bond intercambió unas palabras apresuradas con Harriett conforme Bill Tanner se alejaba para hacer la llamada telefónica.

– Un pequeño consejo, Harriett. -Bond se había acercado a ella. Percibía el olor a cordita que exhalaba su pelo y notaba la enorme tensión a que estaba sometida-. Va usted interrogada por un experto del Servicio de Inteligencia muy astuto. Dígale la verdad, y todo acabará perfectamente.

Ella le miró esbozando una sonrisa.

– Haré todo lo posible. ¡Vaya día! No estoy acostumbrada a que me disparen dos veces en veinticuatro horas.

– Pocos de nosotros lo estamos. Y ahora, el consejo: ¿conoce a un hombre de la CIA llamado David Wolkovsky que trabaja en la embajada de Estados Unidos, de Grosvenor Square? Dígame la verdad.

No hubo vacilación alguna:

– Sí. Sí, lo conozco.

– Bien, ¿sabe ese hombre algo de la operación que lleva usted a cabo?

– Sabe que debía establecer un contacto. Y que tenía que protegerme en el caso de que se me presentara algún problema.

– No se engañe a sí misma, Harriett. Está metida en un buen lío. Ahora bien, cuando mi jefe la interrogue, no diga, repito, no diga que conoce a Wolkovsky. Porque cualquier amigo de éste es un enemigo de mi superior. Aparte de eso, cuéntele la verdad, como le advertí antes.

– Gracias, James. Trataré de recordarlo.

Parecía muy segura de sí misma y Bond observó que miraba algo por encima de su hombro. Al volverse vio a Bill Tanner.

– Tu deseo ha sido concedido. -Dirigió a Bond una sonrisa amistosa casi conspiratoria y añadió-: Pero dice que sólo cinco minutos y que luego te vayas directamente al cuartel general.

Bond hizo una señal de asentimiento.

– Nos veremos después.

Rozó con la mano el hombro de Harriett, ejerciendo con sus dedos una leve presión. En seguida salió a grandes pasos, encaminándose hacia la trasera de la casa y los garajes. Media hora después, tras haber estacionado el Bentley allí cerca, entró en la London Clinic.

El herido se hallaba en el tercer piso, en una zona privada y estaba vigilado por un anillo de guardaespaldas y policías. Un celador veterano llamado Orson lo controlaba todo. Reconoció a Bond inmediatamente.

– A los médicos no les gusta -empezó-. Pero M ha decretado que pase usted cinco minutos con el herido. Es todo cuanto puedo concederle.

– De acuerdo. Cinco minutos con ese hombre es todo lo que necesito.

Junto a la cama había un individuo armado que se levantó al verlos entrar.

– Quédese -le indicó Bond como al desgaire-. Sólo quiero comprobar una cosa.

Sacó su Walkman Sony Professional, cuya cinta había sido rebobinada, conectó el micrófono y lo puso al lado de la cama. El hombre tendido en ella era pequeño y delgado y tenía la cara cubierta por gasas y vendajes, excepto la boca y un ojo, cuya pupila se movía constantemente. Bond podía observar una expresión de miedo pintada en él. Por lo menos aquello era claramente visible.

Puso el Sony en situación de grabar, se hizo hacia adelante y empezó a hablar con los labios pegados a oído del otro.

– Escúcheme bien, amigo. Nada malo le va a pasar. He venido porque sé que los humildes heredarán la tierra.

El ojo se contrajo nerviosamente.

– No sé de qué me habla -susurró con un acento que parecía originario de algún lugar del Oriente Medio.

– Sí que lo sabe. Sabe que los humildes heredarán 1a tierra. Y que la sangre de los padres caerá sobre los hijos y también la de las madres. Y que de este modo se iniciará un círculo interminable de venganza.

– ¡Oh, Dios mío! -exclamó el herido con gran asombro-. ¿De modo que usted lo sabe?

– Claro que lo sé. Y ahora sólo quiero hacerle una pregunta.

– ¿Cuál?

– ¿Por qué los humildes visitarán al rey Arturo?

Se produjo un largo silencio y los movimientos del ojo parecieron calmarse.

– ¿Qué hora es, amigo? -preguntó el herido con voz ahora más serena.

Bond miró su reloj.

– Las nueve y media.

Los labios del hombre se curvaron en una leve sonrisa.

– Pues entonces ya es demasiado tarde para usted quienquiera que sea. Los humildes fueron a ver al rey Arturo a las nueve.

– Comprendo.

– Lo comprenderá más tarde. -La cabeza del hombre se movió unos milímetros de modo a poder fijar la mirada en Bond-. Lo verá y no lo verá. Los humildes heredarán la tierra y no sólo por ir a ver al rey Arturo.

Se volvió otra vez y cerró el ojo como un príncipe que diera por terminada su audiencia.

Bond apagó el magnetófono, hizo una seña con la cabeza a Orson y al otro individuo y salió del cuarto. A mitad del camino por el corredor oyó pasos apresurados tras él. Era Orson que le hacía señales para que se parara.

– Malas noticias, señor.

– ¿Qué hay?

– El viejo lord Mills.

– ¿Qué le pasa a lord Mills?

Todo el mundo en el país conocía y estimaba a lord Mills, fueran cuales fueran las diversas convicciones políticas. Lord Mills de Bromfield, antiguamente el señor Samuel Mills, había sido dos veces primer ministro. Era muy duro en sus críticas, incluso contra su propio partido si llegaba el caso. Su sabiduría y su carisma seguían conmoviendo a auditorios extensos aun cuando hubieran alcanzado ya la elevada edad de ochenta y siete años.

– ¿Qué pasa con lord Mills? -repitió Bond.

– Acabo de enterarme: ha sido asesinado.

– ¿Cómo?

– Y otras quince personas han muerto también. Me parece que ha sido una bomba.

– ¿Cómo? ¿Cuándo?

– Estaba en camino hacia un acto electoral en el West Country. Se paró en Glastonbury para estirar las piernas y charlar con unas cuantas personas que se habían reunido allí.

– ¿De modo que ha ocurrido en Glastonbury?

– Sí; ha sido terrible. Una verdadera carnicería.

Bond echó a correr hacia los ascensores repitiéndose el nombre de Glastonbury. Estaba claro que los Humildes habían llegado hasta el rey Arturo. La pequeña población de Glastonbury, con su gran montículo rocoso rematado por una torre, albergaba las ruinas de la abadía en la que se conservaba el arbusto espinoso que, según creencia popular, había brotado del bastón de José de Arimatea, el hombre en cuyo huerto creían los cristianos que había sido enterrado Jesucristo y desde donde resucitó. Era aquél el lugar que muchos estudiosos del tema de Arturo identificaban como la legendaria Avalón, en cuya abadía estaba enterrado el propio rey. Tuvo que ser allí precisamente donde el bienamado lord Mills muriera asesinado junto con otros varios inocentes. Conforme bajaba en el ascensor, Bond se sentía trastornado y como entumecido. ¿La sangre de los padres? ¿La inmensa rueda de la venganza? Los Humildes habían ido a donde estaba el rey Arturo para matar violenta y vengativamente.

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