2 Ataque a La Ciudadela de Luz

Beryl y sus dragones sobrevolaron la Ciudadela de la Luz; el miedo al dragón que generaban se precipitó violentamente sobre sus moradores como un maremoto que anegó el valor con desesperación y terror. Cuatro grandes Dragones Rojos volaban en lo alto; las sombras de sus alas eran más oscuras que la negrura de una noche cerrada, y todas las personas sobre las que se proyectaban esas sombras sentían que el corazón se les encogía y la sangre se helaba en sus venas.

Beryllinthranox era una enorme hembra de Dragón Verde que había aparecido en Krynn poco después de la Guerra de Caos, nadie sabía cómo ni de dónde. A su llegada, ella y otros dragones de su clase —en particular su pariente Malystryx— habían atacado a los dragones que habitaban Krynn, de colores metálicos y cromáticos por igual, haciéndoles la guerra a los de su propia especie. Su cuerpo, cebado de atiborrarse con los dragones que había matado, volaba en círculos a gran altura, muy por encima de los Rojos, que eran sus subordinados y sus vasallos, observando, vigilando. Le complacía lo que veía, el desarrollo de la batalla.

La Ciudadela estaba indefensa contra ella. De haberse encontrado allí el gran Dragón Plateado, Espejo, quizá se habría atrevido a desafiarla, pero no estaba, había desaparecido misteriosamente. Los caballeros solámnicos que tenían una fortaleza en la isla de Sancrist presentarían una heroica resistencia, pero su número era reducido y no sobrevivirían a un ataque concentrado de Beryl y sus seguidores. No era preciso que la gran Verde volara al alcance de sus flechas; únicamente tenía que descargar su aliento sobre ellos. Una sola de sus vaharadas venenosas acabaría con todos los defensores de la fortaleza. Sin embargo, los Caballeros de Solamnia no iban dejarse matar sin pelear, y daba por descontado que ofrecerían una enérgica batalla a sus subordinados. Los arqueros se alineaban en las almenas mientras sus oficiales se esforzaban para que mantuvieran la entereza aun cuando el miedo al dragón amilanaba a muchos y los dejaba debilitados y temblorosos. Los caballeros cabalgaban por los pueblos y villas de la isla, intentando disipar el pánico de sus habitantes y ayudándolos a huir a las cuevas del interior, que se habían preparado y abastecido en previsión de un ataque como aquél.

En la propia Ciudadela, sus guardianes siempre habían planeado utilizar sus poderes místicos para defenderse contra un ataque de dragones. Esos poderes habían desaparecido misteriosamente a lo largo del último año y, en consecuencia, los místicos se vieron forzados a huir de sus bellos edificios de cristal, dejándolos a la destrucción de los reptiles. Los primeros en ser evacuados fueron los huérfanos. Los niños estaban aterrorizados y llamaron a gritos a Goldmoon, a quien adoraban, pero ella no acudió a su lado. Estudiantes y maestros cogieron en brazos a los pequeños y los tranquilizaron mientras se apresuraban a ponerlos a salvo, asegurándoles que Goldmoon se reuniría con ellos, pero que en ese momento estaba demasiado ocupada y tenían que ser valientes para que se sintiese orgullosa de ellos. Mientras decían esto, los místicos intercambiaban miradas apesadumbradas y consternadas. Goldmoon había abandonado la Ciudadela con el alba, había partido como una persona demente o poseída, y ninguno de los místicos sabía dónde había ido.

Los residentes de la isla de Sancrist dejaron sus hogares y se dirigieron en tropel tierra adentro, los debilitados por el miedo al dragón azuzados y guiados por los que habían conseguido superarlo. Las cuevas se encontraban en las colinas del centro de la isla. La gente había creído ingenuamente que se encontraría a salvo de los estragos de los dragones dentro de esas cuevas, pero una vez iniciado el ataque muchos empezaban a comprender lo absurdo que habían sido esos planes. Las llamaradas de los Dragones Rojos destruirían bosques y edificios, y mientras el fuego asolara la superficie, el aliento nocivo de la enorme Verde envenenaría el aire y el agua. Nada sobreviviría. Sancrist se convertiría en una inmensa tumba.

La gente esperó aterrada el inicio del ataque, que las llamas derritieran las bóvedas de cristal y las murallas de la fortaleza, que el vapor venenoso asfixiara a todos hasta morir. Pero los dragones no atacaron. Los Rojos sobrevolaban en círculo, observando el pánico desatado en tierra con jubilosa satisfacción, pero sin hacer ningún movimiento para atacar. La gente se preguntó qué estarían esperando. Algunos necios sintieron renacer la esperanza, creyendo que aquello sólo era una maniobra de intimidación y que los dragones, tras conseguir aterrorizar a todo el mundo, se marcharían. Los que eran inteligentes sabían a qué atenerse.


En su cuarto, ubicado a gran altura en el Liceo, el edificio principal de la cúpula de cristal, Palin Majere contempló a través del enorme ventanal —de hecho ocupaba toda una pared— la llegada de los dragones mientras intentaba desesperadamente encajar de nuevo las piezas desbaratadas del ingenio mágico que los habría transportado a Tasslehoff y a él a la seguridad de Solace.

—Míralo de este modo —dijo Tas con la exasperante alegría de su raza—, así, al menos, el dragón no echará la zarpa al ingenio.

—No, nos la echará a nosotros —repuso cortante Palin.

—Tal vez no —argumentó Tas mientras sacaba una pieza del artilugio que había rodado debajo de la cama—. Roto el ingenio de viajar en el tiempo y desaparecida su magia... —Hizo una pausa y se puso derecho—. Supongo que ha desaparecido su magia, ¿verdad, Palin?

El mago no contestó; no estaba prestando atención al kender. No veía salida a la situación. El miedo lo hizo temblar, la desesperación se apoderó de él hasta dejarlo desmadejado. Estaba demasiado agotado para luchar por su vida; además, ¿para qué molestarse? Eran los muertos los que robaban la magia, transfundiéndola por alguna razón desconocida. Tembló al recordar la sensación de aquellos fríos labios pegados en su carne, las voces gritando, suplicando, pidiendo la magia. La habían tomado... y el ingenio de viajar en el tiempo era ahora un batiburrillo de ruedas, engranajes, varillas y relucientes gemas desperdigados sobre la alfombra.

—Como decía —siguió parloteando Tas—, perdida su magia, Beryl no podrá encontrarnos porque no tendrá nada que la guíe hasta nosotros.

Palin levantó la cabeza y miró al kender.

—¿Qué has dicho?

—He dicho un montón de cosas. Que el dragón no va a apoderarse del artilugio y que quizá tampoco nos pille a nosotros porque si la magia ha desaparecido...

—Tal vez tengas razón —musitó Palin.

—¿De verdad? —Tas no salía de su asombro.

—Dame eso —pidió el mago mientras señalaba una de las bolsas del kender. Apropiándose de ella, la volcó y vació el contenido para empezar a meter rápidamente las piezas y fragmentos del artefacto—. Los guardias estarán evacuando a la gente hacia las colinas. Nos confundiremos entre la multitud. ¡No toques eso! —ordenó tajante al tiempo que daba un fuerte manotazo a los pequeños dedos del kender, que se dirigían hacia la cubierta metálica engarzada con gemas—. He de guardar juntas todas las piezas.

—Sólo quería algo que me recordara a Caramon —explicó Tas, chupándose los nudillos—. Sobre todo porque ahora ya no puedo usar el artefacto para viajar al pasado y llegar a tiempo.

Palin gruñó. Le temblaban las manos y resultaba difícil coger algunas de las piezas más pequeñas con sus dedos deformados.

—No sé por qué quieres ese viejo trasto, en cualquier caso —comentó el kender—. Dudo que puedas arreglarlo. Ni que pueda arreglarlo nadie. Parece estar destrozado.

—Dijiste que habías decidido usarlo para regresar al pasado —instó Palin a la par que le lanzaba una mirada torva.

—Eso fue entonces —contestó Tas—. Antes de que las cosas se pusieran realmente interesantes aquí. ¿Qué pasa con Goldmoon, embarcada en la nave sumergible del gnomo? Y ahora el ataque de los dragones. Por no mencionar lo de los muertos —añadió, como una ocurrencia tardía.

—Por lo menos haz algo útil. —A Palin no le gustó que le recordara eso—. Sal al pasillo y entérate de lo que pasa.

Tas obedeció y se encaminó hacia la puerta, aunque no por ello dejó de hablar mirándolo por encima del hombro.

—Te dije que había visto los muertos justo cuando el artefacto se rompió, ¿verdad? Los tenías pegados por todo el cuerpo, como sanguijuelas.

—¿Ves alguno ahora?

—No, ninguno. —Contestó el kender tras mirar en derredor. Y luego añadió servicialmente:— Claro que la magia ha desaparecido, ¿verdad?

—Sí. —Palin cerró la bolsa que contenía las piezas dando un brusco tirón a las cuerdas—. La magia ha desaparecido.

Tas extendía la mano hacia el picaporte cuando alguien llamó a la puerta con fuerza.

—¡Maestro Majere! —llamó una voz—. ¿Estáis ahí?

—¡Estamos los dos! —contestó el kender.

—Beryl y una hueste de Dragones Rojos atacan la Ciudadela —dijo la voz—. ¡Maestro, tenéis que daros prisa!

Palin sabía muy bien que los estaban atacando; esperaba morir en cualquier momento. Su mayor deseo era salir corriendo, pero siguió de rodillas y pasando las destrozadas manos sobre la alfombra, queriendo asegurarse de no haber pasado por alto ni la más diminuta gema ni el más pequeño mecanismo del ingenio para viajar en el tiempo.

No encontró nada y se puso de pie al mismo tiempo que lady Camilla, cabecilla de los Caballeros de Solamnia destacados en Sancrist, entraba en la habitación. Era una guerrera experimentada, con la calma de los veteranos, la mente lúcida y una actitud práctica. Su tarea no era combatir contra dragones; podía confiar en sus soldados de la fortaleza para que se encargaran de ello. Su obligación era evacuar de la Ciudadela a tanta gente como fuera posible. Como casi todos los solámnicos, lady Camilla albergaba un gran recelo por los magos, y miró a Palin con expresión sombría, como si no descartara que estuviera aliado con los reptiles.

—Maestro Majere, alguien dijo que creía que seguíais aquí. ¿Sabéis lo que está ocurriendo ahí fuera?

Palin miró a través de la ventana. Los dragones volaban en círculo sobre ellos, y sus alas proyectaban sombras sobre la superficie del mar calmo, oleoso.

—Difícilmente podría pasarlo por alto —respondió fríamente. Tampoco a él le caía bien la guerrera.

—¿Qué habéis estado haciendo? —demandó, enfadada, lady Camilla—. ¡Necesito vuestra ayuda! Esperaba encontraros trabajando con vuestra magia para luchar contra esos monstruos, pero uno de los guardias dijo que seguíais en vuestra habitación. No podía creerlo, pero aquí estáis, jugando con una... ¡una baratija!

Palin se preguntó qué diría lady Camilla si supiera que la razón de que los dragones estuvieran atacando era intentar apoderarse de la «baratija».

—Ya nos marchábamos —manifestó, alargando la mano para agarrar al excitado kender—. Vamos, Tas.

—Es cierto, lady Camilla —intervino Tasslehoff al advertir el escepticismo de la dama guerrera—. Nos marchábamos, íbamos a Solace, pero el ingenio mágico que pensábamos utilizar para escapar se rompió...

—Cállate, Tas. —Palin lo empujó hacia la puerta.

—¡Escapar! —repitió lady Camilla, cuya voz temblaba de ira—. ¿Pensabais huir y dejarnos a los demás abandonados a nuestra suerte? No puedo creer semejante cobardía. Ni siquiera de un hechicero.

Palin mantuvo fuertemente agarrado a Tasslehoff por el hombro y lo empujó sin contemplaciones pasillo adelante, en dirección a la escalera.

—El kender dice la verdad, lady Camilla —replicó con tono cáustico—. Planeábamos escapar. Algo que cualquier persona sensata haría en la actual situación, ya fuese mago o caballero. Pero resulta que no podemos, que nos hemos quedado atascados aquí con todos vosotros. Nos dirigiremos a las colinas con los demás. O hacia nuestra muerte, dependiendo de lo que decidan los dragones. ¡Muévete, Tas! ¡No es momento para charlas!

—Pero vuestra magia... —insistió la guerrera.

Palin se volvió bruscamente hacia la mujer.

—¡No tengo magia! —bramó—. Mi poder para combatir a esos monstruos no es mayor que el de este kender. Menos quizá, ya que su cuerpo está sano, mientras que el mío está destrozado.

La contempló ferozmente y ella hizo otro tanto, con el semblante pálido e impasible. Llegaron a la escalera que descendía en espiral por los distintos niveles del Liceo, una escalera que había estado abarrotada de gente pero que entonces se encontraba vacía. Los residentes del edificio se habían unido a la muchedumbre que huía de los dragones, esperando encontrar refugio en las colinas. Palin veía el río de gente dirigiéndose al interior de la isla; si los dragones atacaban y los Rojos descargaban sus alientos llameantes sobre aquella aterrada multitud, la carnicería sería espantosa. Sin embargo, los reptiles continuaban volando en círculo sobre ellos, observando, esperando.

Él sabía muy bien por qué esperaban. Beryl intentaba percibir la magia del artefacto, para saber cuál de aquellas insignificantes criaturas que huían de ella transportaba el valioso objeto. Por eso no había dado a sus secuaces la orden de matar. Todavía no. Y así se condenara él si le revelaba tal cosa a la dama solámnica. Probablemente le entregaría a la Verde.

—Supongo que tenéis obligaciones en otra parte, lady Camilla —dijo Palin mientras le daba la espalda—. No os preocupéis por nosotros.

—Creedme. ¡No me preocuparé! —replicó la mujer.

Apartándolo de un empujón, bajó corriendo la escalera en medio del tintineo de la armadura y el golpeteo metálico de la espada contra la pierna.

—Deprisa —ordenó Palin al kender—. Nos confundiremos con la multitud.

Se recogió los vuelos de la túnica y descendió por la escalera a todo correr. Tas lo seguía, disfrutando de la conmoción como sólo un kender podría hacerlo. Los dos salieron del edificio; fueron los últimos en abandonarlo. Justo cuando Palin se detenía un momento en el umbral para recobrar el aliento y decidir qué dirección era mejor tomar, uno de los Dragones Rojos realizó una zambullida. La gente se echó al suelo, gritando. Palin retrocedió y se pegó contra la pared de cristal del Liceo, arrastrando consigo a Tas. El reptil pasó volando con lentos aleteos, sin hacer nada aparte de provocar que muchos salieran corriendo despavoridos.

Pensando que el dragón podría haberlo visto, el mago escudriñó el cielo, temiendo que el reptil se dispusiera a hacer otra pasada. Lo que vislumbró lo dejó estupefacto.

Grandes figuras, como aves enormes, llenaban el cielo. Al principio creyó que eran aves, pero entonces vio que la luz del sol arrancaba destellos en metal.

—En nombre del Abismo, ¿qué es eso? —se preguntó.

Tasslehoff alzó el rostro hacia el cielo, estrechando los ojos para que el sol no le molestara. Otro Dragón Rojo descendió en picado sobre la Ciudadela.

—Soldados draconianos —dijo tranquilamente Tasslehoff—. Saltan del lomo de los dragones. Los vi hacer eso en la Guerra de la Lanza. —Soltó un suspiro de envidia—. A veces realmente desearía haber nacido draconiano.

—¿Qué has dicho? —inquirió Palin con un respingo—. ¿Draconianos?

—Oh, sí. ¿A que suena divertido? Cabalgan a lomos de los dragones y luego saltan y... Mira, ahí los tienes. ¿Ves cómo extienden las alas para frenar la caída? ¿No sería maravilloso, Palin? Poder planear en el aire como...

—¡Por eso Beryl no ha dejado que los dragones reduzcan a cenizas la Ciudadela! —exclamó el mago, abrumado por la repentina revelación—. Planea utilizar a los draconianos para encontrar el artilugio mágico. ¡Para encontrarnos a nosotros!

Inteligentes, fuertes, nacidos y criados para la batalla, los draconianos eran las tropas más temidas de los grandes señores dragones. Creados durante la Guerra de la Lanza, mediante la manipulación de los huevos robados a los dragones de colores metálicos con hechizos perversos, los draconianos eran seres con aspecto de enormes lagartos que caminaban erguidos como los humanos. Tenían alas, pero eran cortas y no soportaban el peso de sus corpachones musculosos en un vuelo prolongado, pero sí les permitían planear en el aire, como hacían en ese momento, capacitándolos para hacer un aterrizaje suave y sin riesgos.

En el momento en que los draconianos tocaron tierra firme, empezaron a colocarse en formación siguiendo las órdenes de sus oficiales.

Las filas de draconianos se desplegaron, apresando a todos los que podían atrapar.

Un grupo rodeó a los guardias de la Ciudadela y les ordenó que se rindieran. Superados en número, los guardias tiraron sus armas, y los draconianos los obligaron a ponerse de rodillas, tras lo cual les lanzaron encantamientos que los envolvieron en telarañas o los hicieron dormir. Palin tomó nota de que los draconianos podían realizar conjuros sin aparente dificultad mientras que cualquier mago de Ansalon apenas reunía magia para hervir agua. El hecho le pareció ominoso, y le habría gustado disponer de tiempo para reflexionar sobre ello, pero no parecía probable que se le presentara esa oportunidad.

Los draconianos no estaban matando a sus prisioneros. Todavía. Hasta que se los sometiese a interrogatorio. Los dejaron donde habían caído, envueltos en las mágicas telarañas, y siguieron adelante mientras otros grupos de draconianos se encargaban de meter a los prisioneros en el abandonado Liceo.

Un Dragón Rojo volvió a pasar por encima, hendiendo el aire con sus inmensas alas. Tropas draconianas saltaron de su lomo; su objetivo fue entonces obvio para Palin: iban a tomar la Ciudadela de la Luz para utilizarla como base de operaciones. Una vez conseguido tal objetivo, se desplegarían por la isla y acorralarían a todos los civiles. Sin duda, otra fuerza estaría atacando a los Caballeros de Solamnia para retenerlos en la fortaleza.

«¿Tendrán una descripción de Tas y de mí? —se preguntó Palin—. ¿O les habrán ordenado que prendan a todos los magos y kenders que encuentren? Tanto da —comprendió con amargura—. En cualquier caso, volveré a estar prisionero muy pronto. Me torturarán y me encadenarán en la oscuridad para que me pudra con mis propias inmundicias. No tengo medios para combatirlos. Si intento usar mi magia, los muertos la absorberán para quedársela, sea lo que fuere para lo que les sirva.»

Permaneció en las sombras de la pared de cristal, sumido en un tumulto de emociones, el miedo bullendo en su interior, revolviéndole hasta el punto de pensar que lo mataría. No temía a la muerte. Morir era la parte fácil. Vivir como prisionero... no se sentía capaz de afrontar eso. Otra vez no.

—Palin —susurró con urgencia Tas—. Creo que nos han visto.

Efectivamente, un oficial draconiano los había descubierto; señaló hacia ellos e impartió órdenes. Sus tropas se encaminaron hacia los dos. Palin se preguntó dónde estaría lady Camilla y se le ocurrió la absurda idea de gritar pidiendo auxilio, pero la descartó al punto. Estuviera donde estuviese, la dama guerrera tenía bastante con ocuparse de su propia seguridad.

—¿Vamos a luchar contra ellos? —inquirió el kender, entusiasmado—. Tengo mi daga especial, Mataconejos. —Se puso a rebuscar en sus saquillos, tirando cubiertos, cordones de botas, un calcetín viejo—. Caramon le puso ese nombre porque decía que sólo serviría para matar conejos peligrosos. Nunca me he topado con un conejo peligroso, pero funciona bastante bien contra draconianos. Sólo tengo que acordarme dónde la puse...

«Correré al interior del edificio —pensó el mago, presa del pánico—. Encontraré un sitio donde esconderme, cualquier sitio.»

Se imaginó a los draconianos descubriéndolo dentro de un armario, agazapado y lloriqueando, sacándolo a rastras... Le subió a la boca el amargo regusto de la hiél. Si huía, volvería a huir la próxima vez y seguiría huyendo siempre, dejando que otros murieran en su lugar.

«Se acabó —pensó—. Plantaré cara aquí y ahora. Yo no importo —se dijo—. Soy prescindible. El que importa es Tasslehoff. Al kender no debe pasarle nada. No ahora, no en este mundo, porque si muere en un lugar y un tiempo que no le corresponden, el mundo y todos los que estamos en él, dragones, draconianos e incluso yo mismo, dejaremos de existir.»

—Tas —empezó en voz baja y firme—, voy a despistar a esos draconianos, y mientras me persiguen, tú corre hacia las colinas. Allí estarás a salvo. Cuando los dragones se marchen, y creo que lo harán una vez que me hayan capturado, quiero que vayas a Palanthas y encuentres a Jenna para que te conduzca hasta Dalamar. Cuando yo lo diga, tienes que correr, Tas, y tan deprisa como puedas.

—¡No puedo dejarte, Palin! Admito que me enfadé contigo porque intentabas matarme obligándome a regresar para que el pie del gigante me aplastara, pero ya casi lo he superado y...

—¡Huye, Tas! —ordenó el mago, furioso en su desesperación. Abrió la bolsa que contenía las piezas del ingenio mágico y cogió la cubierta enjoyada—. ¡Corre! Mi padre tenía razón. ¡Tienes que reunirte con Dalamar, debes contarle...!

—¡Ya sé! —gritó Tas, que no lo escuchaba—. ¡Nos esconderemos en el laberinto de setos! Allí nunca nos encontrarán. ¡Vamos, Palin! ¡Deprisa!

Los draconianos chillaban, y otros draconianos que los oyeron se volvieron para mirar.

—¡Tas! —Palin se volvió, furioso, hacia el kender—. ¡Haz lo que te he dicho! ¡Huye!

—Sin ti, no —se negó, testarudo—. ¿Qué diría Caramon si se enterara de que te he dejado solo aquí, para que mueras? Se acercan muy deprisa, Palin —añadió—. Si vamos a intentar llegar al laberinto de setos, creo que más vale que lo hagamos ya.

Palin sacó la cubierta enjoyada del artefacto. Con el ingenio de viajar en el tiempo su padre se había desplazado al pasado, en la época del Primer Cataclismo, para intentar salvar a lady Crysania e impedir que su gemelo Raistlin entrara al Abismo. Con ese ingenio, Tasslehoff había viajado al presente, llevándole un misterio y una esperanza. Con ese ingenio, él mismo había regresado al pasado para descubrir que el tiempo anterior al Segundo Cataclismo no existía. Era uno de los artefactos más poderosos jamás creado por los hechiceros de Krynn. Estaba a punto de destruirlo y, al hacerlo, quizá los destruiría a todos. Sin embargo, era la única solución.

Aferró la cubierta con tanta fuerza que los bordes del metal le cortaron la palma. Pronunció unas palabras mágicas que no había dicho desde que los dioses se marcharon al final de la Cuarta Era, y arrojó la pieza a los draconianos que se aproximaban. No tenía idea de qué esperaba conseguir con ello. Fue un acto de desesperación.

Al ver que el mago les lanzaba algo, los draconianos se frenaron bruscamente, recelosos.

La cubierta metálica cayó a sus pies, y los draconianos recularon al tiempo que alzaban los brazos para cubrirse la cara, esperando que el artefacto explotara.

La cubierta rodó por el suelo, se tambaleó y cayó. Algunos draconianos empezaron a reír.

La pieza comenzó a brillar y emitió una onda de cegadora luz azul que golpeó a Palin en el pecho.

El impacto de la sacudida fue tan fuerte que el corazón casi se le paró; durante un espantoso instante Palin temió que el ingenio lo estuviera castigando, vengándose de él. Entonces sintió su cuerpo henchido de poder. La magia, la antigua magia, ardió en su interior, bulló en su sangre, embriagadora, estimulante. La magia cantó en su alma e hizo que su cuerpo se estremeciera. Pronunció las palabras de un conjuro, el primero que le vino a la mente, y se maravilló porque todavía las recordaba.

Sin embargo, después de todo, no era tan extraño. ¿Acaso no las había repetido una y otra vez para sus adentros, en una letanía doliente, durante todos esos años interminables?

De sus dedos salieron despedidas bolas de fuego que alcanzaron a los draconianos. El fuego mágico ardió con tal intensidad que los hombres-lagarto estallaron en llamas, cual antorchas vivas. Las abrasadoras llamaradas los consumieron de inmediato, reduciéndolos a un montón informe de carne chamuscada, armaduras derretidas y huesos humeantes.

—¡Lo conseguiste! —exclamó alegremente Tas—. Funcionó.

Arredrados por el espantoso fin de sus compañeros, los otros draconianos miraron a Palin con odio pero también con un nuevo y cauteloso respeto.

—¿Vas a huir ahora o no? —gritó Palin, exasperado.

—¿Vienes tú? —inquirió Tas, aupándose sobre las puntas de los pies.

—¡Sí, maldita sea! ¡Sí! —le aseguró el mago, y Tas echó a correr.

Palin fue tras él. Era un hombre de mediana edad, entrado en canas, que antaño había estado en buena forma, pero que no había hecho un esfuerzo físico tan intenso desde hacía mucho tiempo. Además, la ejecución del conjuro lo había agotado y ya sentía cómo se debilitaba; no podría mantener ese paso mucho tiempo.

A su espalda oyó a un oficial gritando órdenes, furioso. Palin miró hacia atrás y vio que los draconianos los perseguían de nuevo, arrancando el césped con sus patas garrudas y lanzando pegotes de barro al aire. Se ayudaron con las alas para acelerar su carrera, de manera que se elevaron sobre el suelo, deslizándose sobre él a una velocidad que ni el maduro Palin ni el kender, con sus piernas cortas, tenían la menor esperanza de igualar.

El laberinto de setos se encontraba aún a cierta distancia; Palin respiraba entre jadeos, sintiendo pinchazos en el costado y un ardor en los músculos de las piernas. Tas corría animosamente, pero tampoco era ya un kender joven, y trastabillaba y jadeaba. Los draconianos les iban ganando terreno.

Palin se detuvo y se volvió de nuevo hacia sus enemigos para hacerles frente. Buscó la magia, y la sintió como un chorrillo frío, no como un torrente arrollador. Metió la mano en la bolsa y agarró otra pieza del ingenio de viajar en el tiempo, la cadena que se suponía debía enrollarse dentro del artefacto. Gritando palabras que tenían más de desafío que de magia, Palin arrojó la cadena a los draconianos de alas batientes.

La cadena se transformó, creciendo, alargándose, expandiéndose hasta que los eslabones fueron tan gruesos y fuertes como los del ancla de un gran barco. La inmensa cadena golpeó a los draconianos en el estómago y luego, retorciéndose como una serpiente de hierro, se enroscó una y otra vez en torno a los perseguidores. Los eslabones se apretaron, sujetando prietamente a los monstruos.

Palin no podía perder tiempo en maravillarse. Cogió a Tas de la mano y se volvió para reanudar la frenética carrera hacia el laberinto de setos. Por el momento, la persecución había cesado. Envueltos en la cadena, los draconianos aullaban de dolor y se debatían desesperadamente para escapar de los estranguladores anillos de hierro, y los otros no se atrevían a ir tras él.

Palin se sintió exultante, pensando que había derrotado a sus enemigos; entonces captó un movimiento con el rabillo del ojo. Su euforia se evaporó al comprender por qué los draconianos no los perseguían. No le tenían miedo; simplemente dejaban la tarea de capturarlo a los refuerzos, que corrían para cortarles el paso por delante.

Un escuadrón de quince draconianos tomó posiciones entre el laberinto de setos y Tas y él.

—Espero... que queden... más piezas del ingenio... —jadeó el kender con el poco resuello que le quedaba para hablar.

Palin rebuscó en la bolsa. Su mano se cerró sobre un puñado de gemas que en su momento habían adornado el artefacto. Imaginó el ingenio intacto de nuevo, su belleza, su poder. El corazón del mago casi rehusó hacerlo, pero la vacilación sólo duró un instante. Palin arrojó las gemas a los draconianos.

Zafiros, rubíes, esmeraldas y diamantes centellearon en el aire como una lluvia sobre las cabezas de los estupefactos draconianos y cayeron al suelo como arena lanzada por niños que juegan a hacer magia. Las gemas brillaban a la luz del sol; unos pocos draconianos rieron con gozo y se inclinaron para recogerlas.

Las piedras preciosas explotaron, formando una espesa nube de reluciente polvo que envolvió a los hombres-lagarto. Los gritos de alegría se transformaron en maldiciones y chillidos de dolor cuando el arenoso polvillo entró en los ojos de los que se habían agachado. Algunos tenían la boca abierta, y el polvo se metió en sus hocicos, ahogándolos. También penetró entre las escamas, obligándolos a rascarse al tiempo que aullaban.

Mientras los draconianos trastabillaban y chocaban unos contra otros o rodaban por el suelo o se esforzaban por respirar, Palin y Tasslehoff los sobrepasaron dando un rodeo. Otra corta carrera los condujo al interior del laberinto de setos.

Éste había sido construido por moldeadores de árboles qualinestis, como regalo de Laurana. El laberinto estaba diseñado para ofrecer un hermoso y tranquilo retiro a quienes entrasen en él, un lugar donde poder hablar, descansar, meditar, estudiar. Al ser una frondosa representación vegetal del alma humana, no podían trazarse mapas del laberinto, como descubrió para su inmensa frustración el gnomo, Acertijo. Los que recorrían satisfactoriamente el laberinto de sus propios corazones llegaban por fin a la Escalera de Plata, localizada en el centro del laberinto, la culminación del viaje espiritual.

Palin no albergaba muchas esperanzas de perder a los draconianos en el laberinto, pero sí confiaba en que la propia magia del lugar los protegiese a Tas y a él, quizás ocultándolos a los ojos de los monstruos. Esa esperanza iba a ser puesta a prueba. Más draconianos se habían sumado a la persecución, azuzados ahora por la rabia y el deseo de venganza.

—Para un momento —le dijo a Tas, al que ni siquiera le quedaba aliento para hablar, de manera que asintió con la cabeza y aspiró profundamente.

Los dos habían llegado al primer recodo del laberinto; no tenía sentido adentrarse más en él hasta comprobar si los draconianos iban tras ellos o no. Se volvió para observar.

Los primeros draconianos entraron en tropel y casi de inmediato se frenaron. Las ramas se extendieron desde ambos lados del camino y del suelo brotaron tallos. La vegetación creció a una velocidad asombrosa y, en cuestión de segundos, el camino por el que Palin y Tas habían pasado se encontraba obstruido con setos tan densos que el mago dejó de ver a los draconianos.

Palin soltó un suspiro de alivio. No se había equivocado; la magia del laberinto cerraba el paso a los que entraban con un propósito perverso. Lo asaltó el momentáneo temor de que los hombres-lagarto utilizaran las alas para elevarse sobre el laberinto pero, en el mismo momento que levantaba la vista, unas enredaderas se entrelazaron por encima del camino, formando un dosel que los ocultaría. Por el momento, Tas y él estaban a salvo.

—¡Uf, nos salvamos por los pelos! —comentó alegremente el kender—. Por un momento pensé que éramos hombres muertos. Realmente eres un buen hechicero, Palin. Vi a Raistlin realizar montones de conjuros, pero nunca uno que friese a los draconianos como lonchas de tocino, aunque en una ocasión lo vi convocar a la gran oruga Catyrpelius. ¿Sabes esa historia? Verás, Raistlin...

Un estruendo y un chorro de fuego interrumpieron el relato del kender. Los arbustos que acababan de crecer para cerrar el paso a los draconianos estallaron en una violenta llamarada naranja.

—¡Los dragones! —exclamó Palin, maldiciendo amargamente, antes de que el intenso calor le quemara los pulmones, haciéndolo toser—. Van a intentar obligarnos a salir ahogándonos con humo.

En su entusiasmo por haber derrotado a los draconianos se había olvidado de los grandes reptiles. El laberinto de setos podía aguantar casi cualquier ataque pero, al parecer, no era inmune al fuego de los dragones. Otro Rojo descargó su abrasador aliento sobre el laberinto; las llamas chisporrotearon y el humo llenó el aire. La salida estaba obstruida por un muro de fuego, así que no les quedaba más remedio que internarse más en el laberinto.

Palin echó a correr camino adelante, giró a la derecha y se detuvo cuando la pared de seto que había al final del camino estalló en llamas y fuego. Tosiendo y medio asfixiado, Palin se cubrió la boca con la manga y buscó otra salida. Delante los setos se apartaron y se abrió un camino nuevo para dejarlos pasar a Tas y a él. Sólo había recorrido un corto trecho cuando, de nuevo, las llamas les cortaron el paso. Se abrió otro camino nuevo. Aunque el propio laberinto estaba muriendo, buscaba un modo de salvarlos. Palin tenía la impresión de que los estaba conduciendo a un lugar específico, pero no tenía idea de adonde. El humo lo aturdía y lo desorientaba y las fuerzas empezaban a flaquearle. Más que correr, avanzaba a trompicones. La fatiga también se estaba apoderando de Tasslehoff, que respiraba con dificultad y llevaba hundidos los hombros; hasta su copete parecía desfallecido.

El Dragón Rojo que atacaba el laberinto no quería matarlos —de lo contrario, ya lo habría hecho hacía tiempo—, sino que los estaba conduciendo como un perro pastor a las ovejas, valiéndose del fuego para dirigir sus pasos, mordisqueándoles los talones, intentando sacarlos a terreno descubierto. Con todo, el laberinto los empujaba a continuar, abriendo un nuevo camino cuando se obstruía por el que corrían.

El humo giraba en volutas alrededor, de manera que Palin apenas si alcanzaba a ver al kender a pesar de que estaba a su lado. Tosió hasta tener la garganta en carne viva y sentir arcadas. Cada vez que se abría un paseo del laberinto, una bocanada de aire lo aliviaba, pero casi de inmediato se llenaba de humo y de olor a azufre. Siguieron a trancas y barrancas, tropezando a cada paso.

Un muro de llamas estalló frente a ellos. Palin retrocedió y miró hacia la izquierda, frenético, pero sólo vio otro muro de fuego. Giró a la derecha, y los setos chisporrotearon al incendiarse. El calor le quemaba los pulmones; no podía respirar. Los ojos le escocían con el humo.

—¡Palin, la escalera! —señaló Tas.

El mago se limpió las lágrimas y vio unos peldaños de plata que ascendían en espiral, desapareciendo en el humo.

—¡Subamos! —instó el kender.

—No servirá de nada —dijo Palin al tiempo que sacudía la cabeza—. La escalera no conduce a ninguna parte, Tas —añadió con voz ronca, sintiendo la garganta en carne viva, sangrando, cuando sufrió otro acceso de tos.

—Pues claro que sí —argumentó Tas—. No sé exactamente dónde, pero trepé la última vez que estuve aquí, cuando decidí que debía regresar y dejar que el gigante me aplastara. Una decisión que he reconsiderado desde entonces —se apresuró a añadir—. En fin, que vi... ¡Oh, mira! ¡Ahí está Caramon! ¡Hola, Caramon!

Palin alzó la cabeza y escudriñó a través del humo. Estaba débil y mareado, y cuando vio a su padre, de pie en lo alto de la Escalera de Plata, no le extrañó. Caramon había acudido junto a su hijo en otra ocasión, en la Ciudadela de la Luz, para advertirle que no mandase a Tas al pasado para que muriera. Caramon tenía ahora el mismo aspecto que antes de morir, viejo pero todavía fuerte como un roble. Sin embargo, el rostro de su padre era distinto. El semblante de Caramon siempre había tenido la risa o la sonrisa pronta. Los ojos que habían contemplado tanta pena, que habían conocido tanto dolor, siempre habían conservado el brillo de la esperanza. Caramon había cambiado; sus ojos eran diferentes, como perdidos, buscando algo.

Tasslehoff ya subía los peldaños, sin dejar de parlotear animadamente con Caramon, que no decía una palabra. Tras subir unos pocos peldaños, el kender ya se encontraba cerca de la parte alta. Sin embargo, cuando Palin puso el pie en el primer escalón de plata, miró hacia arriba y vio que la escalera no parecía tener fin. No tenía fuerza para subir tantos peldaños, y temía quedarse atrás. En cuanto plantó el pie en ella, le llegó una bocanada de aire fresco, que el mago inhaló con ansiedad. Alzó la cabeza y contempló el cielo azul allá arriba. Inhaló de nuevo el aire fresco y empezó a subir. Ahora la distancia parecía más corta.

Caramon estaba al final, esperando pacientemente. Alzó una mano fantasmagórica y les hizo señas, llamándolos.

Tasslehoff llegó al último peldaño y comprobó que, como Palin había dicho, la Escalera de Plata no conducía a ninguna parte. Terminaba bruscamente, y el siguiente paso lo llevaría al borde y al vacío. Allá abajo, muy, muy abajo, el feo humo negro del moribundo laberinto giraba como las aguas de un remolino.

—¿Qué hago ahora, Caramon? —gritó Tas.

Palin no oyó respuesta alguna, pero el kender sí, al parecer.

—¡Maravilloso! —exclamó—. ¡Volaré como los draconianos!

Palin gritó aterrado. Se estiró hacia arriba, en un intento de agarrar los faldones de la camisa del kender, pero falló.

Con un chillido de gozo, Tasslehoff extendió los brazos como las alas de un pájaro y saltó desde el borde de la escalera. Cayó a plomo y desapareció en el humo.

Palin se asió a la escalera; en su desesperado intento de agarrar a Tas casi había perdido el equilibrio. Con el corazón en un puño, esperó escuchar el grito de muerte del kender, pero lo único que oyó fue el chisporroteo de las llamas y los bramidos de los dragones.

El mago contempló el arremolinado humo y se estremeció; luego alzó la vista hacia su padre, pero Caramon ya no estaba allí. En su lugar, había un Dragón Rojo volando. Sus alas tapaban el trozo de cielo azul. El reptil extendió una pata, en un intento de coger a Palin con la garra para arrancarlo de la escalera y meterlo de nuevo en una celda. El mago estaba cansado, harto de tener miedo. Sólo deseaba descansar y librarse del miedo para siempre.

Sabía dónde conducía la Escalera de Plata.

A la muerte.

Caramon estaba muerto, y su hijo no tardaría en reunirse con él.

—Por fin —dijo Palin tranquilamente—. Nunca jamás volveré a estar prisionero.

Saltó de la escalera... y cayó pesadamente, de costado, sobre un suelo de piedra.

Al no haber esperado ese aterrizaje, Palin no hizo intención de frenar la caída; rodó sobre sí mismo, dando tumbos, y chocó violentamente contra una pared de piedra. Conmocionado por el impacto, confuso y aturdido, yació mirando al techo, parpadeando y maravillándose de seguir vivo.

Tasslehoff se inclinó sobre él.

—¿Te encuentras bien? —preguntó, pero no esperó a que le contestara—. ¡Mira, Palin! ¿No es maravilloso? ¡Me dijiste que encontrara a Dalamar y lo he hecho! ¡Está aquí mismo! Pero ya no veo a Caramon por ninguna parte.

Palin se incorporó con cuidado para sentarse. Estaba maltrecho y lleno de moretones, le dolía la garganta, y los pulmones le sonaban como si siguiesen llenos de humo, pero no sentía dolores fuertes, no oía el roce rechinante de huesos rotos. La estupefacción y conmoción al ver al elfo consiguieron que olvidara los pequeños dolores. La impresión no sólo se debía a tener delante a Dalamar, a quien no se había visto en el mundo desde hacía décadas, sino a cómo había cambiado.

Los longevos elfos no parecían envejecer a los ojos de los humanos. Dalamar era un elfo en la flor de la madurez, y debería tener él mismo aspecto que cuando Palin lo vio por última vez hacía casi cuarenta años. Pero no era así. Tan drástico era el cambio que Palin no estaba completamente convencido de que esa aparición fuese Dalamar, y no otro fantasma.

El largo cabello del elfo, antaño tan negro como ala de cuervo, tenía muchas hebras grises. Su rostro, aunque todavía de rasgos elegantes y hermosas proporciones, estaba consumido. La pálida piel aparecía atirantada sobre los huesos del cráneo, dándole el aspecto de una talla de marfil. La nariz aquilina se marcaba muy afilada, y la barbilla, picuda. La túnica le colgaba suelta sobre el cuerpo descarnado. Sus manos elegantes, de largos dedos, estaban huesudas y excoriadas, con los nudillos enrojecidos y prominentes, mientras las venas trazaban un mapa azul de enfermedad y desesperanza.

Palin siempre había admirado a Dalamar, le había caído bien, aunque no sabría decir por qué. Sus filosofías no se parecían en lo más remoto. Dalamar había sido un servidor de Nuitari, el dios de la luna negra y de la magia oscura, mientras que él había servido a Solinari, dios de la luna blanca y de la magia de la luz. Ambos quedaron deshechos cuando los dioses de la magia partieron, llevándose la magia con ellos. Palin había recorrido el mundo para encontrar lo que dio en llamarse la magia «primigenia», mientras que Dalamar se había apartado de los otros magos, retirándose del mundo. Había ido a buscar la magia en lugares oscuros.

—¿Estás herido? —preguntó el elfo. Parecía enfadado, no preocupado por el bienestar de Palin, sino sólo de que Palin pudiera necesitar alguna clase de atención, un esfuerzo de poder por su parte.

Palin se puso de pie con esfuerzo. Hablar le resultaba doloroso; la garganta le dolía terriblemente.

—Me encuentro bien —contestó con voz rasposa, sin dejar de observar al elfo como éste lo observaba a él, cautelosa, desconfiadamente—. Gracias por ayudarnos...

Dalamar lo interrumpió con un ademán brusco de su pálida mano; tenía la piel tan blanca que, en contraste con la negra túnica, la extremidad parecía incorpórea.

—Hice lo que tenía que hacer, considerando el desastre que has organizado. —La pálida mano se adelantó rápidamente y agarró a Tas por el cuello de la camisa—. Ven conmigo, kender.

—Estaré encantado de acompañarte, Dalamar. Por cierto, soy yo realmente, Tasslehoff Burrfoot, así que no tienes que seguir llamándome «kender» en ese tono desagradable. Me alegro mucho de volver a verte, a pesar de que me estás pellizcando. De hecho, me estás haciendo un poco de daño...

—En silencio —ordenó Dalamar, que dio un experto giro al cuello de la camisa, consiguiendo que Tas obedeciera la orden al quedarse medio asfixiado. Arrastrando consigo al forcejeante kender, cruzó el pequeño y estrecho cuarto hacia una pesada puerta de madera. Hizo un gesto con la mano, y la hoja se abrió sin hacer ruido.

Sin aflojar los dedos con los que sujetaba a Tas, Dalamar se volvió en el umbral para mirar a Palin.

—Tienes mucho por lo que responder, Majere.

—¡Espera! —llamó con voz enronquecida Palin, estrechando los ojos al sentir el dolor de garganta—. ¿Dónde está mi padre? Lo vi.

—¿Dónde? —inquirió Dalamar, fruncido el entrecejo.

—En lo alto de la Escalera de Plata —respondió Tas motu propio—. Los dos lo vimos.

—No tengo ni idea. Yo no lo envié, si es eso lo que estás pensando —contestó el elfo oscuro—. Aunque aprecio su ayuda.

Salió y la puerta se cerró de golpe tras él. Alarmado, presa del pánico, sintiendo que empezaba a ahogarse, Palin se lanzó hacia la puerta.

—¡Dalamar! —gritó mientras golpeaba la hoja de madera—. ¡No me dejes aquí!

El elfo habló, pero sólo para pronunciar palabras de magia. Palin reconoció el conjuro: un cerrojo de hechicero.

Falto de fuerzas, se deslizó contra la puerta y se dejó caer al frío suelo de piedra.

Estaba prisionero.

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