VII

Bajo la tenue luz de las antorchas, el oscuro palacio Farnesio tomaba un aspecto curioso. Tiberio contemplaba su oscilación mientras se dejaba arrastrar por la húmeda muchedumbre. Llevaba tres horas bailando y tenía los muslos doloridos. Aún no había visto a ninguna criatura arrasadora y empezaba a desesperar de la vida. Con una copa en cada mano, buscaba a sus dos amigos, a los que había perdido de vista desde hacía bastante tiempo. De pronto escuchó la voz de tribuno de Nerón declamando que la escuela francesa ardería aquella noche y se convertiría en el palacio Hornesio. Se oyeron aullidos de risa. Tiberio alzó los ojos al cielo. Un día ese chiflado de Nerón acabaría por provocar algún incendio, sin duda alguna. Tiberio le agarró del hombro.

– Y tú, payaso, dime, ¿no has visto a Claudio? Acabo de cruzarme con su padre. Está aquí. Lo busca desde hace una hora.

– Por ahí -gritó Nerón-. Está en esa callejuela, rodeado de tres mujeres fáciles.

– Ve a buscarlo, ¿quieres? Yo me vuelvo a avisar a Henri.

Se notaba animación cerca de las reservas de vino. Iban a recoger bastantes cuerpos mañana por la mañana. Tiberio alzó las copas sobre su cabeza y empujó para abrirse paso hasta Henri Valhubert.

Algunos minutos más tarde, detenía violentamente a Claudio que llegaba repeinándose con la palma de la mano.

– No sigas, Claudio, te lo ruego -dijo Tiberio en un murmullo.

– ¿Está mi padre por ahí?

– Tu padre está detrás de mí. En el suelo. Está muerto.

Tiberio tiró las copas para sujetar a Claudio con los dos brazos.

– Ayúdame Nerón -llamó Tiberio gritando con voz quebrada-, Claudio se desploma.

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