IV

Acabo de releerme, y cierto número de cosas de las que no me había dado cuenta antes de escribir este relato me saltan a la vista. Por ejemplo, me pregunto cómo Germán, agonizante y desnudado por el fuego -hasta desnudado de su piel, el muy desgraciado- pudo encontrar fuerzas para llegar hasta nosotros. Supongo que habiendo recibido un mensaje urgente de algún cliente, al no poderme conseguir por teléfono y puesto que me sabía en la bodega, trepó a la moto y fue sorprendido en el momento de entrar en Malevil, es decir, en un sitio donde ya estaba relativamente protegido por el acantilado. Según esta hipótesis, hubiera sido lamido, por decirlo así, por los bordes de la gigantesca lengua de fuego que se propagaba como el relámpago de norte a sur. Es lo que explica, se me ocurre, que no haya sido consumido, como la mayoría de la gente de Malejac, de la que no quedó más que algunos huesos carbonizados bajo una capa de ceniza.

Si Germán hubiera llegado unos segundos antes al patio del torreón es posible que hubiera salvado la vida. En efecto, incluso el castillo sufrió bastante poco, dado que el enorme acantilado que lo domina por el norte interpuso su masa entre la hoguera y él.

Otra cosa me asombra: a partir del momento en que el fragor del tren (una vez más esta expresión me parece irrisoria) estalló en la bodega, seguido de ese horrible calor de horno, hubo en mis compañeros y en mí como una parálisis de los miembros, de la palabra y hasta del pensamiento. Se habló poco, se movió menos, y lo más sorprendente, como ya lo señalé, es que no tuve ni una idea clara de lo que pasaba afuera de la bodega antes de la aparición de Germán. Hasta entonces seguía pensando en términos vagos y no sacaba ninguna conclusión del corte de la corriente eléctrica, del persistente silencio de las estaciones de radio, del inhumano trueno y de la terrorífica elevación de la temperatura.

Al mismo tiempo que la facultad de razonar, perdí la noción del tiempo. Incluso hoy, no puedo decir cuántos minutos pasaron entre el momento en que la luz se apagó y el momento en que la puerta se abrió para dar paso a Germán. Creo que se deberá a que hubo varias lagunas en la percepción de las cosas, funcionando ésta sólo con intermitencias y de manera débil.

Perdí también el sentido moral. No lo perdí en seguida puesto que me esforcé cuanto pude para ayudar a Meyssonnier. Pero fue ese, se puede decir, su último destello. Después no se me ocurrió pensar que era una conducta muy poco altruista la de acaparar la única tina de agua que teníamos zambulléndome y quedándome tanto tiempo sumergido. Por otra parte, ¿si no lo hubiera hecho, hubiera tenido la fuerza de ir, sobre las rodillas y las manos, a empujar la puerta que Germán había dejado abierta? Después me di cuenta que ninguno de mis compañeros se movió, por más que sus ojos estuvieron fijos en la abertura con una expresión de sufrimiento.

He dicho que postrado, en cuatro patas, con la cabeza colgante, apenas a un metro de Germán, no tuve ni fuerza para llegar hasta él. Sería mejor hablar de coraje, más que de fuerza, puesto que la tuve para volver luego a mi tina. En realidad, estaba todavía bajo el efecto del terror que había sentido al ver aparecer su cuerpo hinchado y sanguinolento, los jirones de carne a medias desprendidos de él y colgando como los de una camisa que se hubiera desgarrado en el trascurso de una lucha. Germán era alto y fuerte y quizá porque yo estaba encogido sobre mí mismo, quizá también porque su sombra proyectaba sobre las bóvedas estaba desmesuradamente agrandada por las velas, me pareció inmenso y terrible, como si la misma muerte, y no una de sus víctimas, acabara de entrar. Y además, estaba de pie mientras nuestra debilidad nos tenía a ras del suelo. Y por fin, oscilaba de adelante hacia atrás mirándome fijo con sus celestes ojos penetrantes, y en esta oscilación me había parecido discernir una amenaza, como si fuera a caer sobre mí para aniquilarme.

Alcancé la tina, pero a mi gran sorpresa, renuncié a instalarme ahí porque al meter la mano encontré el agua demasiado caliente. Hubiera debido sacar en conclusión que esa sensación era ilusoria y quería decir, en realidad, que el aire ambiente comenzaba a enfriarse, pero no se me ocurrió ni por un minuto, y no se me ocurrió tampoco consultar el termómetro de encima de la boca de agua. No tenía más que un pensamiento: huir del contacto de las baldosas. Me icé no sin trabajo sobre dos toneles de vino que se tocaban. Me instalé de costado, sentado en el hueco entre las dos curvas, con las piernas y el torso levantados de una y otra parte. La madera me dio casi una sensación de frescura y de comodidad, pero esa sensación duró poco, sufría demasiado, aunque mi sufrimiento se hubiera desplazado. Traspiraba menos y ya no me ahogaba, pero las palmas de las manos, las rodillas, las caderas y las nalgas, total, todas las partes del cuerpo que habían estado en contacto con el suelo me dolían. Oía alrededor de mí débiles gemidos, fugazmente pensaba en mis compañeros con un vivo sentimiento de inquietud hasta el momento en que me di cuenta avergonzado que era yo quien gemía. Lo observé más tarde. Nada es más subjetivo que el dolor, puesto que el que yo sentía era en realidad desproporcionado a las muy superficiales quemaduras que lo provocaban. Cuando hube retomado un poco de fuerzas y volví a actuar, las olvidé.

Prueba también de que no eran graves, es que me dormí, y debí dormir bastante tiempo porque al despertar noté que las gruesas velas de los apliques estaban derretidas y que alguien, un poco más lejos, había encendido otras. Tuve entonces una sensación de frío glacial en todo el cuerpo, y especialmente en la espalda. Temblaba. Buscaba con la mirada la ropa, no la vi, a pesar de mí cambié de intención y decidí bajarme de mi percha para ir a ver el termómetro. El desplazamiento me resultó muy penoso. Tenía los músculos agarrotados, casi tetánicos y con cada movimiento, las palmas de mis manos me dolían.

El termómetro marcaba treinta, pero por más que me dijera que aún hacía calor, que no tenía ninguna razón para temblar de frío, el razonamiento no hizo parar los temblores. Cuando me di vuelta vi a Peyssou, de pie, apoyado contra un tonel, poniéndose la ropa. No vi más que a él, cosa curiosa porque los otros cinco estaban ahí. Se diría que mi vista, por cansancio, se negara a ver más de un objeto a la vez.

– ¿Te vuelves a vestir? -le dije estúpidamente.

– Sí -dijo con voz débil, pero del todo natural- me vuelvo a vestir. Me voy a casa. Ivette debe estar inquieta.

Yo lo miraba. Cuando Peyssou habló de su mujer, brutalmente la luz se hizo en mi espíritu. A esta iluminación, cosa extraña, le encontré color, temperatura y forma. Era blanca, glacial y me desgarró el corazón como un cuchillo. Miraba a Peyssou vestirse y entonces, por primera vez, comprendí realmente el acontecimiento que estaba viviendo.

– ¿Qué te pasa que me miras así? -me dice Peyssou con tono agresivo.

Bajé la cabeza. No sé por qué, pero me sentía terriblemente culpable con respecto a él.

– Pero nada, viejo, nada -dije con voz débil.

– Me has mirado -dijo con el mismo tono, y sus manos temblaban en tal forma que no conseguía ponerse el pantalón.

No contesté.

– Me has mirado, no puedes decir que no -prosiguió lanzándome una mirada de odio y con una rabia tal que su debilidad hacía lastimosa.

Me callé. Quería hablar, pero no encontraba nada que decir. Lancé una mirada alrededor de mí para mendigar un apoyo. Y esta vez, vi a mis compañeros. O más bien, los vi uno después del otro, con un esfuerzo reiterado, doloroso, que me provocó un principio de náusea.

La Menou estaba sentada, lívida, con la cabeza de Momo en sus rodillas y acariciando con un movimiento imperceptible los sucios cabellos con sus dedos flacos. Meyssonnier y Colin estaban sentados juntos, petrificados, azorados, con los ojos bajos. Thomas, de pie, apoyado contra un tonel, sostenía con una mano el transistor encendido de Momo, y con la otra, con extrema lentitud paseaba sin parar la aguja de una punta a la otra del cuadrante, hurgando en vano el mundo en búsqueda de una voz humana. Su rostro atento no sólo tenía los rasgos de una estatua de piedra, sino tenía también su coloración, y casi su consistencia.

Ninguno de ellos me devolvió la mirada. Y recuerdo que en ese momento me resentí mortalmente de ello con el mismo sentimiento de odio impotente con el que Peyssou me había mirado. Como el niño que nace y grita de sufrimiento cuando el aire penetra en sus pulmones, habíamos vivido tantas largas horas replegados sobre nosotros mismos que encontrábamos muy difícil entrar de nuevo en contacto con los demás.

La tentación de dejar que Peyssou actuara como quisiera se insinuó en mí. Me dije a mí mismo con un acento vulgar: Y bueno, ya que lo toma así, dejémoslo hacer, buen viaje. Me quedé tan sorprendido de tal bajeza que reaccioné en seguida en sentido inverso y caí en el lacrimoso: Peyssou, mi viejo Peyssou.

Bajé la cabeza. Estaba hundido en plena confusión. Mis reacciones eran excesivas y ninguna era propia de mí.

Dije, con una especie de timidez, como si me sintiera culpable:

– Quizá sea todavía un poco peligroso salir ahora.

No bien la hube pronunciado, la frase me pareció casi cómica, de tal modo subestimaba la situación. Pero aun así, irritó a Peyssou, que dijo con hosquedad, con los dientes apretados, pero con una voz tan débil como la mía:

– ¿Peligroso? ¿Por qué peligroso? Pero, ¿qué sabes de eso, qué es peligroso?

Por añadidura el tono de sus palabras era tan falso… Parecía que estuviera representando una comedia. Yo comprendía muy bien cuál y tenía ganas de llorar. Bajé la frente y entonces, otra vez, por cansancio, por abatimiento, casi abandono todo. Lo que me lo impidió fue, cuando levanté la cabeza, los ojos de Peyssou. Estaban furiosos pero también traducían un ruego. Me suplicaban que no dijera nada, que lo dejara el mayor tiempo posible en su ceguera, como si mis palabras hubieran tenido el poder de crear totalmente la horrible desgracia que era la suya.

Ahora ya estaba seguro, había comprendido -como Colin, como Meyssonnier-. Pero ellos trataban de huir de su atroz pérdida con el estupor y la inmovilidad, en tanto que Peyssou huía hacia adelante, negando todo y listo para correr, con los ojos cerrados, hasta su casa en cenizas.

En mi cabeza comencé varias frases y casi me quedé prendido a una de ellas: Estás en lo cierto, Peyssou, porque a juzgar por la temperatura que ha hecho aquí… Pero no, no podía decir eso. Era demasiado claro. De nuevo bajé la cabeza y dije con aire porfiado:

– No puedes irte así.

– ¿Y serás tú el que me lo impedirá, se puede saber? -dijo Peyssou en tono de desafío. Hablaba con voz débil y al mismo tiempo hacía un esfuerzo lastimoso para erguir sus anchas espaldas.

No contesté nada. Sentía en las ventanas de la nariz y en el fondo de la garganta un olor soso y dulzón que me repugnaba. Cuando los dos apliques de dos velas cada uno se hubieron apagado, alguien, quizá Thomas, había encendido el aplique siguiente, de tal modo que la parte de la bodega en la que estaba yo, cerca de la boca de agua, se encontraba sumida en gran parte en la oscuridad. Necesité un tiempo para comprender que el olor que me incomodaba provenía del cuerpo de Germán tendido, apenas visible, al lado de la puerta.

Me di cuenta que me había olvidado hasta de su existencia. Peyssou, cuyos ojos no abandonaban los míos, siempre con ese aire de odio y de súplica, siguió mi mirada y a la vista del cadáver se quedó un instante petrificado. Después desvió la mirada con un movimiento rápido y avergonzado como si hubiera decidido negar lo que acababa de ver. Ahora era el único entre nosotros que estaba vestido, y aunque el camino hacia la puerta estaba libre y yo fuese del todo incapaz de cerrárselo, no se movía.

Yo seguía repitiendo con una obstinación despojada de toda clase de energía:

– Vamos, Peyssou, no te puedes ir así.

Pero hice mal en hablar, porque Peyssou pareció apoyarse en mi frase para volver a encontrar un poco de impulso, e hizo, sin darnos del todo la espalda pero sin caminar tampoco para atrás, algunos pasos al sesgo, vacilantes y torpes, hacia el lado de la puerta.

En ese momento recibí socorro de donde menos lo esperaba. La Menou abrió los ojos y dijo en dialecto, lo mismo que si estuviera sentada en el castillete de entrada, en lugar de estar tendida, desnuda y lívida, en una bodega:

– Emanuel tiene razón, muchacho, no puedes irte así. Tienes que comer algo.

– No, no -dijo Peyssou, él también en dialecto-. Gracias de todos modos. No quiero. Gracias.

Pero se inmovilizó, ya metido en la trampa de las invitaciones campesinas, con su complicado ritual de rechazo y de aceptación.

– Pero sí, pero sí -dijo la Menou avanzando paso a paso en la ceremonia acostumbrada-, no te hará mal comer algo. Y a nosotros tampoco. Señor le Coultre -prosiguió en francés dirigiéndose a Thomas- ¿podría usted prestarme su cuchillito?

– Pero si te digo que no lo necesito -le dice Peyssou, a quien esas palabras le hacían un bien inmenso y que miraba a la Menou con una infantil gratitud, como si se prendiera de ella y del mundo familiar y tranquilizador que representaba.

– Pero sí, pero sí -dijo la Menou con la absoluta seguridad de que él iba a aceptar-. Vamos, tú -dice, empujando la cabeza de Momo de arriba de sus rodillas-, sal un poco para que me levante -y como Momo se colgaba de sus rodillas gimiendo- vamos, termínala, especie de tonto -prosigue en dialecto dándole en la mejilla una buena cachetada. De dónde sacaba esas reservas de fuerza no lo sé, porque cuando se levantó, desnuda, diminuta, y esquelética, me quedé una vez más estupefacto ante su frágil apariencia. Sin ninguna ayuda, sin embargo, deshizo el nudo de la cuerda de nylon de donde colgaba uno de los jamones suspendidos sobre nuestras cabezas, lo hizo bajar y lo desató, en tanto que Momo, con el rostro blanco y aterrorizado, la mirada lanzando unos grititos de llamada como si fuera un bebé. Cuando volvió hacia él y para quitarle el forro puso el jamón sobre el tonel encima de la cabeza de su hijo, éste dejó de lloriquear y se puso a chupar el dedo, como si de golpe hubiera regresado al estadio infantil.

Miraba a la Menou mientras cortaba con mucho trabajo lonjas bastante gruesas, del jamón apoyado en el tonel, con el mango mantenido con firmeza por su flaca mano. Con más exactitud, yo miraba su cuerpo. Como ya lo había previsto no usaba corpiño y en el lugar de los pechos tenía dos bolsillitos flácidos y arrugados. Debajo de su vientre ya estéril los huesos de su pelvis sobresalían, sus omóplatos también y sus nalgas, más flacas que las de una mona, tenían el grosor de un puño. Generalmente, cuando yo decía "la Menou" era un nombre cargado del afecto, de la estima y de la irritación que sellaban nuestras relaciones. Y hoy, viéndola desnuda por primera vez, me daba cuenta que "la Menou" era también un cuerpo, quizás el cuerpo de la única mujer que había sobrevivido, y comprobando su decrepitud sentía una infinita tristeza.

La Menou juntó las lonjas de jamón en su mano derecha como un abanico de cartas e hizo su distribución comenzando por mí y terminando con Momo. Éste se apoderó de su parte con un gritito salvaje y se la metió entera en la boca empujándola con los dedos. En seguida se puso escarlata y sin duda se hubiese sofocado si su madre, abriéndole a la fuerza las mandíbulas, no hubiera zambullido su mano menuda hasta el gaznate para desobstruirlo. Después de eso, con la ayuda del cuchillo de Thomas, cortó la lonja húmeda de baba en pedacitos y los llevó uno a uno a la boca de Momo, retándolo y pegándole cada vez que él le mordía los dedos.

Yo miraba vagamente esta escena, sin sonreír y sin sentir asco. Desde el momento en que tuve el jamón en mano, la saliva había inundado mi boca, y sosteniendo la lonja con las dos manos, me puse a desgarrarla con los dientes con apenas un poco menos de glotonería que Momo. Era muy salada y comer toda esa sal al mismo tiempo que el cerdo al cual se incorporaba me dio una sensación de increíble bienestar. Observé que mis compañeros, incluso Peyssou, comían con la misma voracidad, alejándose un poco unos de otros y lanzando a su alrededor miradas casi hurañas como si tuvieran miedo de que los demás les quitaran su parte.

Terminé mucho antes que los otros, y buscando con la mirada el estante de las botellas llenas, comprobé que estaba vacío. No fui pues el único en calmar mi sed, lo que me alegró, porque comenzaba a sentir remordimientos por haber usado la tina tanto tiempo. Tomé dos botellas vacías, me dirigí hacia la embotelladora, las llené y distribuyendo nuevamente los vasos, y esta vez sin prestar la más mínima atención al que había manipulado Momo, serví vino a la ronda. Mientras bebían como habían comido, sin decir una palabra, mis compañeros tenían fijos sus ojos hundidos y parpadeantes sobre el jamón que reposaba de plano sobre el tonel contra el cual la Menou se había apoyado para cortarlo. Ésta comprendió las miradas pero no se dejó enternecer. Cuando hubo terminado su vaso, envolvió de nuevo el jamón con gestos de una inflexible precisión y lo volvió a poner en su lugar, fuera de alcance, encima de nuestras cabezas. Con excepción de Peyssou, todavía estábamos desnudos, y de pie, silenciosos, a medias encorvados por la fatiga, con los ojos fijos con avidez en la carne colgada de la bóveda oscura, no éramos demasiado diferentes de los homínidos que habían vivido, no lejos de Malevil, en la gruta de los mamuts de los Rhunes, en los tiempos en que el hombre apenas se diferenciaba del primate.

Las rodillas y las palmas de las manos todavía me dolían, pero las fuerzas y la conciencia volvían ambas a mi cuerpo y observaba hasta qué punto hablábamos poco y con qué cuidado evitábamos comentar el acontecimiento. En el mismo instante, y por primera vez, me sentí un poco molesto de estar desnudo. La Menou debió sentir lo mismo, porque dijo a media voz con aire de desaprobación.

– ¡Y cómo estoy, con todo!

Había hablado en francés, lenguaje de los sentimientos oficiales y corteses. Empezó en seguida a vestirse, imitada por todos, y prosiguió en dialecto, en voz alta y con un tono completamente distinto: -y no tan bien hecha como para tentar al mundo.

Mientras me volvía a poner la ropa, miraba de reojo a Colin y a Meyssonnier, y lo menos que podía, a Peyssou. La cara de Meyssonnier estaba estirada a lo largo, hundida y lampiña, y sus ojos pestañeaban sin parar. La de Colin tenía aún su sonrisa en góndola, pero extrañamente artificial y fija, y sin ninguna relación con la angustia que se podía leer en sus ojos. En cuanto a Peyssou, que ya no tenía razón para quedarse, habiendo bebido y comido, no tenía cara de irse y yo evitaba con cuidado parecer como que lo miraba, para no volverlo a poner en movimiento. Sus gruesos labios temblaban, sus anchas mejillas estaban recorridas de tics, y con los brazos colgando, las rodillas ligeramente dobladas, parecía vacío de toda voluntad y de toda esperanza. Notaba que dirigía frecuentes miradas a la Menou, como si esperara de ella que le dictara lo que tenía que hacer.

Me acerqué a Thomas. Lo veía bastante mal, dado que esta parte de la bodega estaba a oscuras.

– ¿En tu opinión -dije en voz baja- es peligroso salir?

– Si quieres decir desde el punto de vista de la temperatura, no. Ha bajado.

– ¿Hay otro punto de vista?

– Por supuesto. Las lluvias.

Lo miré. No había pensado en las lluvias. También noté que Thomas no tenía ninguna duda sobre la naturaleza del acontecimiento.

– ¿Entonces, es mejor esperar?

Thomas se encogió de hombros. Su rostro estaba sin vida y sin voz, taciturno.

– Las lluvias, puede haberlas dentro de un mes, dos meses, tres meses…

– ¿Entonces?

– Si me permites ir a buscar el contador Geiger de tu tío en tu armario, sabremos a qué atenernos. Al menos por el momento.

– ¡Pero te vas a exponer!

Su cara se quedó tan inmóvil como un bloque de piedra.

– Sabes -dijo con la misma voz opaca y mecánica- de todos modos nuestras posibilidades de supervivencia son muy limitadas. Ni flora, ni fauna, esto no puede durar mucho.

– Más bajo -dije al observar que, sin atreverse a acercarse, los compañeros parecían prestar oído.

Sin una palabra, saqué de mi bolsillo la llave del armario y se la tendí. Luego, Thomas, con lentitud, se puso el impermeable y su casco de motociclista, sus gruesos anteojos herméticos y sus guantes. Así equipado, tenía un aspecto bastante pavoroso, dado que su impermeable y su casco eran negros.

– ¿Es una protección? -dije yo con voz apagada, tocándolo con la mano.

Sus ojos detrás de los anteojos siguieron taciturnos, pero una ligera mueca desfiguró sus rasgos extáticos.

– Digamos que de todas maneras es mejor que estar con el cuerpo al aire.

Después que se fue, Meyssonnier se acercó a mí.

– ¿Qué va a hacer? -dijo en voz baja.

– Medir la radiactividad.

Meyssonnier me miró con sus ojos hundidos. Sus labios temblaban.

– ¿Piensa que es una bomba?

– Sí.

– ¿Y tú?

– Yo también.

– Ah -dijo Meyssonnier y se calló.

No hubo nada más que ese "ah" y ese silencio. Ni siquiera parpadeaba, estaba con los ojos bajos. Su largo rostro estaba ceroso. Eché una mirada de reojo del lado de Colin y Peyssou. Nos miraban, pero no se acercaban a nosotros. Dudando entre la sed de saber y el terror de enterarse de lo peor, estaban como paralizados. Sus rostros parecían sin expresión.

Thomas volvió diez minutos más tarde, con los auriculares en los oídos y el contador de Geiger en la mano. Dijo con voz breve:

– Negativo en el primer recinto. Por el momento.

Luego se arrodilló delante de Germán y paseó el contador sobre su cuerpo. -Negativo también.

Me di vuelta hacia mis compañeros y dije con tono autoritario:

– Thomas y yo vamos a subir al torreón para darnos una idea de lo que ha pasado. No se muevan de aquí. Volveremos dentro de unos minutos.

Creí que los otros tres iban a protestar, pero no sucedió nada por el estilo. Estaban en ese estado de estupor, de postración y de desconcierto en el que cualquier orden dada con voz de mando es acatada de inmediato. Estaba seguro de que no se moverían de la bodega.

Cuando llegamos al pequeño patio circunscripto por el torreón, el puente levadizo y la casa Renacimiento, Thomas me hizo señas de que me detuviera y volvió a pasear su contador por el suelo, metódicamente. Yo lo miraba hacer, con la garganta seca, sin abandonar la entrada de la bodega. De golpe el calor me envolvió, mucho mayor, en realidad, que el que reinaba en la bodega. Sin embargo, no sé por qué no se me ocurrió cerciorarme de ello echando una mirada al termómetro que había llevado.

El cielo estaba gris y plomizo, la luminosidad era muy débil. Miré mi reloj: 9 y 10. Atontado, con la mente apagada, vagamente me preguntaba si estábamos en el crepúsculo del día J, o a la mañana siguiente. Pregunta absurda, de lo que me di cuenta después de un esfuerzo de reflexión que me resultó muy doloroso: en Pascua, a las 9 de la noche, era ya de noche. Se trataba pues de la mañana del J2: habíamos pasado en esa bodega un día y una noche.

Sobre nuestras cabezas no veía ni azul ni nubes, sino una capa gris oscura, uniforme, que parecía encerrarnos como bajo una tapa. La palabra tapa da cabalmente la impresión de penumbra, de pesadez y de ahogo que el cielo me daba. Levanté la mirada. A primera vista el castillo no había sufrido nada más que en la parte del torreón que sobresalía un poco por encima del acantilado, las piedras se habían tostado.

El sudor comenzó a correr por mi cara y al fin se me ocurrió mirar el termómetro. Marcaba cincuenta grados. Sobre las losas centenarias en donde Thomas paseaba el contador había cadáveres de pájaros carbonizados a medias, de urracas y palomas. Eran los huéspedes acostumbrados del torreón y a veces me quejaba del arrullo de las palomas y de la gritería de las urracas. Ya no tendría de qué quejarme. Todo era silencio, salvo muy lejos, sólo perceptible cuando prestaba atención, una ininterrumpida seguidilla de crujidos y de silbidos.

– Negativo -dijo Thomas volviendo hacia mí con la cara cubierta de sudor.

Lo comprendí, pero no sé por qué su brevedad de palabra me molestó. Hubo un silencio, y como no se movía aparentando escuchar atentamente, continué con impaciencia:

– ¿Seguimos?

Thomas miró el cielo sin contestar.

– Y bueno, vamos -dije con una irritación que me costaba dominar. Creo que esta irritación era debida a la extrema fatiga, a la angustia y al calor. Escuchar a la gente, hablarle y hasta sólo mirarla, todo era penoso. Agregué:

– Tengo largavistas, voy a buscarlos.

En mi habitación, en el segundo piso del torreón, reinaba un calor abominable, pero todo, según me pareció, estaba intacto, salvo el plomo en el que los cuadraditos de la ventana estaban engastados y que en algunos sitios había chorreado por el vidrio hacia afuera. Mientras iba buscando mis largavistas sucesivamente por todos los cajones de la cómoda, Thomas descolgó el tubo del teléfono y llevándolo a su oído, bajó la horquilla varias veces. Con el sudor corriendo por mis mejillas, le eché una mirada perversa como si le reprochara el haberme dado un breve destello de esperanza con su tentativa.

– Muerto -dijo.

Me encogí de hombros con rabia.

– Sin embargo había que verificarlo -dijo Thomas con algo así como un gesto de malhumor.

– Aquí están -dije yo, un poco avergonzado.

Y con todo me sentía incapaz de dominar la especie de hostilidad hosca e impotente que sentía hacia mis semejantes. Suspendí los largavistas por su correa alrededor de mi cuello y comencé a subir, con Thomas a mis talones, el último piso de la escalera de caracol. La temperatura era agobiante. Tropecé varias veces en los peldaños de piedra gastados, me prendí a la rampa con mi mano derecha y mi palma volvió a arderme. Los gemelos, bamboleaban sobre mi pecho. El peso de la correa sobre mi nuca me parecía intolerable.

Cuando se desembocaba al aire libre al final de la escalera de caracol del torreón no se veía nada, sólo un muro cuadrado que se levantaba a dos metros y medio más o menos del suelo, rodeando la terraza. Los peldaños de piedra sin contrahuellas que sobresalían del muro conducían a un parapeto de un metro de ancho, pero sin barandilla. Era ese parapeto, desde donde se divisaba un vasto horizonte, al que mi tío consideraba peligroso para mí cuando tenía doce años.

Me detuve para respirar. Nada de cielo. La misma chapa de plomo grisáceo se extendía hasta el horizonte. El aire realmente ardía y mis rodillas temblaban mientras subía los últimos peldaños con esfuerzo, la respiración corta y el sudor goteando de mi frente sobre la piedra. No subí el parapeto, estaba demasiado inseguro de mi equilibrio. Me quedé parado en el último peldaño y Thomas, en el anteúltimo.

Di una ojeada circular y me quedé estúpido. Debí tambalearme, porque sentí el brazo de Thomas pesar sobre mi espalda y empujarme contra la pared.

Para lo que vi primero no tuve necesidad del largavistas. Las Siete Hayas terminaba de quemarse. Techos desmoronados, ventanas y puertas, nada se veía ya. Sólo quedaban en pie lienzos de paredes carbonizados, erguidos sobre el fondo gris del cielo con aquí y allá un muñón de árbol brotando de la tierra como una estaca. No había ni un soplo de viento. Un humo negro, espeso, salía en vertical de las ruinas, y en algunos lugares se veían llamas rojas corriendo en una línea continua a ras del suelo, elevándose y bajándose como si cocinaran a fuego lento. Un poco más lejos, a mi derecha, me costó reconocer a Malejac. El campanario había desaparecido. El correo también. Siempre fue fácil reconocerlo porque su feo edificio de un piso se erguía en el primer plano de la ruta en pendiente de la ladera que lleva a La Roque. Todo el pueblo tenía el aspecto de haber sido aplastado por un puñetazo y diseminado a ras de tierra. Ni una hoja. Ni un techo de tejas. Todo era color ceniza, negro y gris, salvo cuando una efímera lengua de fuego surgía para morir, ella también, casi en seguida.

Me puse el largavistas ante los ojos con mano temblorosa. Colin y Meyssonnier tenían su casa, el primero en el burgo, el segundo un poco más allá en la cuesta que desciende hacia los Rhunes. No encontré ni traza de la primera, pero identifiqué a la segunda por un aguilón que quedaba en pie. De la granja de Peyssou y de las bonitas piceas que la rodeaban no quedaba más que un pequeño montículo negruzco sobre el suelo.

Bajé mis gemelos y dije en voz baja:

– No queda nada.

Thomas inclinó la cabeza sin responder.

Hubiera podido decir nadie, porque después de la primera ojeada era evidente que aparte de nuestro pequeño grupo, toda la región circundante estaba muerta con todos sus habitantes. A la vista que se tenía desde lo alto del torreón la conocía muy bien, y desde hacía mucho tiempo. Cuando por primera vez mi tío me hubo prestado sus gemelos me pasé toda una tarde con los del Círculo acostado sobre el parapeto (todavía siento el agradable calor de la piedra contra mis muslos) identificando todas las granjas escondidas en las laderas. Y todo eso, por supuesto, con un gran despliegue de gritos, improperios y viriles desafíos. ¡Mira, gran cretino, dime si no es lo de Favelard, ahí, entre Bories y la Volpinière! ¿Pero qué tienes en los ojos? ¡Te juego un paquete de cigarrillos que es Favelard! ¿Cussac? ¡Cussac de mi culo, sí! ¡Te las juego a mis dos que no es Cussac! ¡No ves que Cussac está ahí, a la derecha, lo reconozco por el depósito de tabaco!

Y ahora, miraba todas esas granjas que siempre había visto ahí: Favelard, Cussac, Galinat, los Bories, la Volpinière, y muchos otros caseríos más lejanos de los que conocía los nombres pero no siempre los propietarios, y no veía nada más que negruzcas ruinas y bosques que seguían ardiendo.

En nuestro rincón no eran bosques lo que faltaba. En verano, cuando uno miraba la vista desde lo alto del torreón, se veía al infinito un fresco cabrilleo verde oscuro de bosques de castaños, cortado de tanto en tanto por pinos o robles, y en los valles, por hileras de álamos plantados ahí para un futuro provecho y que, en tanto, prestaban bellas verticales al paisaje, al mismo tiempo que los cipreses de la Provenza se erguían solitarios al lado de las granjas, porque era un árbol costoso, plantado ahí para proporcionar placer y dignidad.

Y ahora, álamos, cipreses, robles y pinos, todos habían desaparecido. En cuanto a los inmensos bosques de castaños que cubrían colinas enteras, dejando nada más que unos pocos sitios calvos en la cumbre, para alojar en el llano y en la suave pendiente los prados y las casas, no se veían más que llamas y emergiendo de las llamas, estacas ennegrecidas que morían en medio de crujidos y silbidos que yo había oído al salir de la bodega. Al mismo tiempo, los montones de ramas que caídas de los árboles yacían sobre el humus seguían ardiendo, de tal modo que la línea de fuego, amoldándose a la pendiente de las colinas, daba la impresión de que el mismo suelo estaba consumiéndose.

Sobre la ruta de los Rhunes, un poco más abajo del castillo de Rouzies, derrumbado y ennegrecido, vi un perro muerto. Lo vi en todos sus detalles, porque la ruta está cerca y mis lentes aumentan mucho. ¡Me dirán ustedes, bah, un perro muerto, cuando tantos hombres han perdido la vida! Es cierto, pero hay una diferencia entre lo que uno sabe y lo que uno ve. Sabía que en las aldeas y en las granjas que rodeaban Malevil cientos de seres habían ardido como antorchas, pero ese perro, después de los pájaros del patio, fue el solo cadáver que yo vi y en las circunstancias de su muerte hubo un horrible detalle que me chocó. Del campo o del recinto donde estuviera, el pobre animal había debido tratar de huir y tomando por el camino que recorría siempre, sus patas se habían visto aprisionadas por el asfalto en fusión de la calzada, y ahí había muerto, como en una trampa, asado in situ. En mis gemelos veía con nitidez los cuatro miembros presos en la pasta negruzca y cubierta de gravilla que, en el momento en que el perro se desplomó, se había estirado alrededor de sus patas sin romperse, formando alrededor de cada una un pequeño cono que las aprisionaba.

Sin mirar a Thomas, sin ni siquiera darme cuenta que estaba ahí, como si después de lo que había pasado las relaciones de hombre a hombre se hubieran vuelto imposibles, repetía a media voz, es horrible, es horrible, es horrible. Era una letanía maníaca que no conseguía detener. Con la garganta como apretada por una tenaza, con las manos temblorosas y el sudor inundándome los ojos, y aparte del horror que sentía, con el espíritu vacío. Hubo un soplo de viento. Hice una profunda inspiración y en seguida, un calor pestilencial de descomposición y de carne quemada entró en mi cuerpo con tanta fuerza que tuve la sensación de que emanaba de mí. Era como para vomitar. Tenía la impresión, vivo, de ser mi propio cadáver. Era un olor acre, podrido, dulzón, que se instalaba en mí y que debería llevar hasta el fin. El mundo no era más que una fosa común y a mí me habían dejado solo sobre ese montón de cadáveres, con mis compañeros, para enterrar a los muertos y vivir con su olor.

Desatinaba y me di cuenta de ello, me parece, porque me di vuelta e hice señas a Thomas de que quería bajar. Una vez sobre las baldosas del torreón, con el alto parapeto que nos rodeaba sustrayéndome de la vista de la hoguera, me senté sobre los talones, vacío, inerte. No sé cuánto tiempo me quedé en ese estado de postración, que ya se asemejaba a la muerte. Era una especie de coma psíquico, en el que sin perder la conciencia del todo, no tenía ya ni reflejos, ni voluntad.

Sentí contra mi espalda la espalda de Thomas y girando la cabeza hacia su lado con una lentitud que me asombró, vi sus ojos fijos en mí. Me costó mucho centrar mi visión, pero cuando lo hice comprendí lo que sus ojos querían decir con tanta más intensidad cuanto que, sumido en el mismo estado que yo, no conseguía hablar.

Yo miraba los labios de Thomas. Estaban exangües y secos, y cuando habló para no pronunciar más que una sola palabra, le costó despegarlos.

– … Solución…

Con los ojos parpadeantes, lo volví a mirar con un penosísimo esfuerzo, porque me sentía pronto a volver a caer, en cualquier momento, en mi sopor. Dije, arrancándome las palabras de la garganta, asustado por la extrema debilidad de mi voz:

– ¿Qué solución?

La respuesta tardó tanto que creí a Thomas sin conocimiento. Pero por la tensión de su espalda contra la mía, comprendí que juntaba fuerzas para hablar. Me costó mucho oírlo.

– …Subir.

Diciendo eso, hizo un débil gesto encogido y doloroso con su índice doblado en dirección al parapeto. Siguió en un soplo:

– Tirarse… Acabado.

Lo miré. Luego desvié mi mirada. Recaí en mi pasividad. Me embargaban sin concierto pensamientos confusos. Sin embargo, en medio de ellos surgió una idea más clara que me captó. Si como Colin, Meyssonnier, Peyssou, yo hubiera tenido mujer e hijos, a la hora actual estarían vivos, la especie humana no estaría condenada a desaparecer, sabría por quién luchar. Y ahora, tenía que volver a la bodega a decir a mis compañeros que habían perdido a los suyos y esperar, con ellos, la desaparición del hombre.

– ¿Y? -dice Thomas con voz apenas audible.

Meneé la cabeza.

– No.

– ¿Por qué? -articularon los labios de Thomas sin emitir un solo sonido.

– Los demás.

El haber dicho eso con una cierta nitidez de pensamiento me hizo bien. Me puse a toser violentamente, y se me ocurrió que el embotamiento en el que estaba sumido se debía quizá tanto al humo absorbido como al terrible choque moral que había sufrido. Me levanté con esfuerzo.

– La bodega.

Sin esperar a Thomas me introduje a los tropiezos en la estrecha escalera caracol, la bajé o más bien rodé por ella hasta abajo. Por suerte, en previsión de las visitas de turistas a Malevil, había colocado una baranda de hierro contra la curva del muro y me prendía a ella, con la palma ardiéndome cada vez, cuando mi pie erraba un escalón. En el pequeño patio entre el torreón y la casa, Thomas me alcanzó y me dijo: tus caballos. Hice que no con la cabeza apurando el paso y reprimiendo un sollozo. La idea de verlos me daba horror. Estaba seguro que estaban todos muertos. No tenía más que un pensamiento: refugiarme lo más rápido posible en mi guarida.

Temblaba al entrar en la bodega, a tal punto me pareció fría, y mi primer gesto fue recoger mi pulóver y ponérmelo sobre los hombros anudando las dos mangas alrededor del cuello. Colin estaba trasegando vino, Meyssonnier llevaba las botellas llenas a la Menou y ésta las tapaba. Tenía la plena seguridad de que la iniciativa partió de la Menou, que había debido decidir que no había ninguna razón para no llevar a buen término la tarea comenzada. De todos modos, verlos así ocupados me hizo un bien inmenso. Me adelanté, agarré una botella, bebí, se la pasé a Thomas y me recosté contra un tonel, secando con la manga del pulóver el sudor que, a pesar de estar tiritando, corría aún por mi cara. Sentía que mis ideas se iban poniendo en su lugar, poco a poco.

Al cabo de un momento, tomé conciencia de que mis compañeros estaban petrificados en la más total inmovilidad y me miraban sin una palabra con una expresión de angustia y hasta de súplica. Por otra parte, lo que había pasado ya lo sabían, puesto que ni Meyssonnier, ni Colin, ni Peyssou, habían tenido el coraje de hacerme preguntas. Me daba cuenta que sólo la Menou tenía ganas de escucharme, pero sin embargo se contenía de hablar, con los ojos fijos en los tres hombres, comprendiendo lo que mi silencio, al persistir, significaba para ellos.

No puedo decir cuánto duró. Por fin, debo haber pensado que era menos cruel hablar que continuar callando, y dije en voz baja mirándolos:

– No hemos ido lejos. Subimos al torreón.

Seguí, con la garganta seca:

– Es como ustedes se lo imaginan. No queda nada.

Se lo esperaban, y sin embargo cuando abrí la boca fue como si los hubiese rematado. El único que reaccionó fue Peyssou quien, con los ojos fuera de las órbitas, dio tres pasos hacia mí tambaleándose y prendiéndose de las mangas de mi pulóver, gritó con fuerza:

– ¡No es verdad!

No contesté. No tuve coraje. Pero agarrando las manos de Peyssou crispadas sobre mi pulóver traté de aflojarlas. Con el esfuerzo que hice mis mangas se desanudaron dejando ver los gemelos que llevaba alrededor del cuello. Peyssou los vio, los reconoció, y sus ojos quedaron presos en ellos con espanto. En ese segundo recordó todo, estoy seguro, de aquella tarde de otros tiempos pasada sobre el parapeto del torreón identificando a los caseríos. Una expresión desesperada invadió sus rasgos, sus manos largaron la presa y apoyando su cabeza en mis hombros se puso a llorar a grandes sollozos, como un niño.

Hubo entonces en esa bodega un rápido movimiento, que se hizo al unísono sin que nadie lo hubiera concertado y del que emanaba una emoción que me asombró y fue, creo, decisiva para volverme a dar ganas de vivir. Pasé mis brazos alrededor del gran Peyssou (era casi una media cabeza más alto que yo) y en seguida, Colin y Meyssonnier lo rodearon, le pusieron el uno la mano sobre el hombro, el otro en la nuca, y a su manera simple y viril, trataron de calmarlo. Me quedé estupefacto al verlos, a ellos que también todo lo habían perdido, prodigar sus consuelos a nuestro compañero. Al mismo tiempo, no sé por qué, recordé que la última vez que Colin y yo habíamos tenido a Peyssou tan apretado fue a los doce años, para permitir que Meyssonnier le "hinchara las narices". Pero ese recuerdo, lejos de disminuir mi emoción, por el contrario la aumentó. Ahí estábamos los tres rodeando a ese enorme oso mal hecho y se le hablaba, se lo palpaba, se lo palmeaba, se lo injuriaba en voz baja. ¡Vamos, carajo, finila, qué! A lo que él respondía en medio de sus lágrimas con gratitud ¡pero váyanse al carajo, a ustedes no los necesito!

Cesaron los sollozos poco a poco y el grupo se separó.

– De todos modos habría que ir a ver -dijo Meyssonnier, pálido, con los ojos hundidos.

– Sí -dijo Colin con un enorme esfuerzo- habría que ir.

Pero ninguno de los dos se movió.

– No sé si podrán pasar -dijo Thomas-. Los bosques no han terminado de arder. Y de aquí hasta Malejac no hay más que bosques, de los dos lados. Sin contar la radiactividad. Porque el patio es de todos modos un espacio muy protegido. Siempre hay un riesgo.

– ¿Un riesgo? -dijo Peyssou sacando la cabeza de entre sus manos-. ¿Y para qué quiero vivir yo?

Hubo un silencio.

– ¿Y nosotros entonces? -dije mirándolo.

Peyssou se encogió de hombros, abrió la boca, mudó de parecer y se calló. Sus hombros no expresaban lo mismo que su silencio. Querían decir: igual no se puede comparar. Pero se callaba porque sabía muy bien que para nosotros también todo eso importaba.

Entonces la Menou tomó la palabra. No intervino como era su costumbre: un monólogo soltado a media voz para sí misma y secundariamente para los demás, o una corta reflexión largada en dialecto en medio de la conversación. Dijo lo que para ella era todo un discurso, y lo dijo en francés, dando prueba de la importancia que le atribuía, pero sin dejar por ello su tapa-botella.

– Muchacho -dijo mirando a Peyssou- no somos nosotros quienes podemos decir si vamos a vivir o vamos a morir. Si estamos vivos, es para seguir. La vida es como el trabajo. Es mejor llegar hasta el fin que no dejarlo plantado cuando se pone difícil.

Dicho eso, bajó la palanca de su máquina y el tapón se hundió sin ruido en el gollete. Peyssou la miró, abrió la boca y cambiando de idea, se quedó silencioso. Pensé que la Menou había terminado, pero colocó una segunda botella bajo la palanca y prosiguió:

– Tú estás pensando: pero si la Menou no ha perdido nada, tiene a su Momo. Y es verdad, en un sentido. Pero aunque hubiera perdido a Momo (largó la palanca y se persignó) no diría la cosa que has dicho. Vives porque vives, muchacho. No hay que ir a buscar más lejos. La muerte… no es de todos modos la amiga del hombre…

– Tienes razón, madre -dijo Colin.

Y la madre, en efecto, hubiera podido serlo, dada su edad, pero nadie hasta el momento se había dado cuenta.

– Vamos -dijo Meyssonnier dando algunos pasos envarados en dirección a la puerta.

Me puse en su camino y me aparté un poco con él.

– Tú y Colin -le dije en voz baja- traten de no dejar solo a Peyssou. Comprendes por qué. Lo mejor sería que se quedaran los tres juntos.

– También pensé lo mismo -me contesta Meyssonnier.

Thomas se adelantó a su vez, con su contador Geiger en la mano.

– Voy con ustedes -le dijo a Meyssonnier, en el momento en que Colin, seguido de Peyssou, se reunía con nosotros.

Los tres se detuvieron y se miraron.

– No tienes ningún motivo para venir, sobre todo si hay peligro -dijo Colin a Thomas, olvidando que hasta ese momento siempre lo había tratado de usted.

– Ustedes me necesitarán -dijo Thomas mostrando el contador.

Hubo un silencio y Meyssonnier dijo con voz ronca:

– Vamos a llevar el cuerpo de Germán, y lo depositaremos en la entrada del primer recinto hasta que lo enterremos.

Apenas le dije gracias, pero le agradecí muchísimo que hubiera pensado en Germán, aunque él mismo estuviera tan ansioso. Los miré partir. Thomas abrió la marcha, con sus auriculares colgados del cuello en su posición de escucha, y su contador en su mano adelantada. Meyssonnier y Peyssou seguían trasportando a Germán con dificultad. Colin cerraba la marcha, pareciendo más chico y más frágil que nunca. La puerta se cerró y me quedé inmóvil delante de la Menou, preocupado por ellos y preguntándome si no iba a seguirlos.

– Ya no tengo más botellas llenas que tapar -dijo ella a mis espaldas con tono tranquilo-. Podrías llenar otras más.

Volví a mi taburete, me senté y volví a trasegar. Tenía mucha hambre, pero no iba a dar un ejemplo de indisciplina comportándome como dueño y apoderándome de mis jamones. La Menou había tomado en su mano los víveres y me parecía muy bien. Estaba seguro de que iba a ser equitativa.

– Vamos, Momo -dijo la Menou al ver que me iban a faltar botellas vacías.

Y como Momo se levantaba y llenaba una cesta, agregó sin elevar la voz pero con tono firme:

– Y trata de no beber en el camino, ya que ahora cuando bebes de más, es a los otros a quien se lo sacas.

Pensé que Momo iba a hacerse el sordo ante esta advertencia, pero me equivocaba. La tuvo en cuenta. O quizá fue sólo el tono de su madre lo que comprendió.

– Has estado económica esta mañana con el jamón -le dije a la Menou, un momento después-. No me ha gustado mucho verlos partir con barriga vacía.

Hice un gesto hacia las bóvedas:

– Sobre todo con todos los chacinados que hay aquí.

– Somos siete -dijo la Menou siguiendo mi gesto con la mirada- y cuando lo que cuelga de ahí se habrá terminado, no es seguro que volvamos a comer cerdo nunca más. Ni que volvamos a beber vino. Ni que tengamos nunca más otra cosecha.

La miré. Tenía setenta y seis años, Menou. Había encarado con lucidez la perspectiva de morirse de hambre, pero su voluntad de vivir continuaba intacta.

La puerta de la bodega se abrió bruscamente, la cabeza de Thomas apareció y gritó con lo que significaba en él ser una viva emoción:

– ¡Emanuel! ¡Tienes animales que están vivos!

Desapareció. Me levanté, boquiabierto, me pregunté si habría oído bien. La Menou también se levantó, me miró y me dijo en dialecto, como si dudara haber comprendido bien el francés de Thomas:

– ¿Ha dicho que hay animales que están vivos?

lbi! (voy yo) -gritó Momo y se precipitó corriendo hacia la puerta de la bodega.

– ¡Espera, espera! ¡Te digo que me esperes! -gritó la Menou, trotando detrás de él a todo lo que podía. Parecía una vieja ratita, de tal modo se movían sus patitas flacas. Oí sonar en la escalera los zapatos claveteados de Momo. Yo también me puse a correr, me adelanté a la Menou y agarré a Momo justo cuando franqueaba el puente levadizo y entraba en el primer recinto. De Thomas y de los otros tres, ni rastros. Thomas había venido a advertirme y a paso de carga debió reunirse con los demás en el camino de Malejac.

Cuando nos acercamos hubo una mezcolanza de relinchos, mugidos y gruñidos, todos bastantes débiles. Provenían de la gruta que Birgitta había denominado La Maternidad.

Me puse a correr a todo lo que daba, pasé a Momo, y llegué sin aliento, chorreando sudor, con el corazón golpeándome las costillas. Ahí estaban en los boxes practicados en el fondo de la gruta, Lindo Amót, la adorada yegua de Momo, de catorce años, y lista para parir; Princesa, una de las vacas holandesas de la Menou, en el mismo estado; y mi Amaranta, demasiado joven para ser servida, pero que yo había puesto ahí porque padecía tiro. Y por fin, una enorme marrana, a punto de parir y a la que la Menou sin mi permiso, pero del cual prescindía, le había puesto Adelaida.

Los animales habían sufrido mucho. Estaban acostados sobre el flanco, estaban débiles, respiraban con dificultad, pero, en fin, todavía estaban en vida; la frescura y la profundidad de la gruta los habían protegido. No me pude acercar a Lindo Amor, porque ya Momo se había prendido de su cogote, revolcándose con ella en la bosta, y relinchando con ternura. Pero Amaranta, cuya cabeza descansaba de costado en la paja, la irguió cuando entré en su box y dirigió sus ollares hacia mis dedos para olerlos. Cuando llegó la Menou, ni se le ocurrió retar a Momo por estropearse la ropa en el estiércol, no se ocupaba de otra cosa que de examinar a Princesa, palparla y compadecerla. (Y sí, mi vieja, y sí, mi vieja.) Después pasó a la marrana, pero sin acercarse demasiado, dada su maldad.

Revisé los abrevaderos automáticos. El agua estaba caliente, pero andaban.

Ibéchéchéoche! (voy a buscar cebada) -dijo Momo subiendo por la escalera del molino que llevaba al piso en donde se entrojaba el pasto.

– ¡No, no -dijo la Menou-, cebada no! Afrecho con agua y vino para todo el mundo. ¡Sal de ahí, gran puerco -le dijo a Momo- tienes el pantalón lleno de bosta y vas a oler peor que la Adelaida!

Dejé a Amaranta y tuve el valor de salir de La Maternidad e ir a mirar los otros boxes. Antes que la vista me informó el olor, y me puse un pañuelo en la nariz, de tal modo el hedor me asfixiaba. Todos los animales habían muerto, no quemados, sino ahogados por el calor. Pegados contra el acantilado, y protegidos por él, los boxes no habían ardido. Pero las grandes piedras chatas que los recubrían habían debido llegar a una temperatura tan elevada que las vigas que las sostenían -de viejo roble de recuperación tan duro como metal- se habían, por lo menos en la superficie, caramelizado.

La Menou volvió con dos botellas de vino y mezclándolas con el agua y el afrecho, hizo una pasta que distribuyó en lebrillos. Entré en el box de Amaranta, siempre acostada y, tomando un puñado en mi mano, se lo puse delante de la nariz. Lo olió, sopló por los ollares, y frunciendo su belfo con asco, la comió con la punta de los labios, sin ganas. Cuando hubo terminado, tomé un segundo puñado y se lo tendí de nuevo. Comía muy poco y con una infinita lentitud. Veía en eso una especie de ironía, porque el afrecho ella lo desdeñaba y yo tenía tanta hambre que hasta le tenía envidia. Distraído, escuchaba los insultos y los mimos que Momo derramaba sobre Lindo Amor al lado, para inducirla a comer, y en un tono menor, los ánimos que la Menou prodigaba a Princesa. Ya Menou se había contentado con poner el lebrillo en las narices de la marrana, y a juzgar por los ruidos que hacía, la marrana era la única que hacía honor a su comida.

– ¿Y eso anda, Menou? -dije levantando la voz.

– No mucho ¿y tú?

– No mucho tampoco. ¿Y tú, Momo?

Alimone! (es una cretina) -dijo Momo rabioso.

– Es porque no se les puede explicar -siguió la Menou-. El hablar y el cacumen es de todos modos muy útil. Mira a Princesa. Tiene hambre, pero está tan débil que ni se da cuenta que tiene hambre.

Sentado sobre mis talones y casi anquilosado, seguía esperando que Amaranta terminara su segundo puñado. Y también me sorprendía a mí mismo insultándola con ternura. Me daba cuenta perfectamente que esos animales eran la condición de nuestra supervivencia. Incluso los caballos, sin los cuales la labranza no sería posible ahora que la nafta y el gas-oil se habían agotado.

Amaranta me oponía rechazo tras rechazo. Reposaba con aire de agotamiento su barbada sobre el piso en una actitud de renunciamiento que no me decía nada bueno. La agarré por el mechón de entre las dos orejas, la obligué a levantar la cabeza tendiéndole la pasta en el hueco de mi mano. Sin tocarla me miraba vagamente con sus grandes ojos tristes y dulces como para decirme, pero déjame, ¿por qué se te ocurre atormentarme? La Menou, incapaz de quedarse quieta, trotaba de acá para allá, con su paso seguro y decidido, iba a ver la marrana, volvía a Princesa, y monologaba sin parar, para sí misma y para mí.

– Pero mira esa gran puerca de Adelaida que ya ha terminado tu pasta y que ahora voy a darle el alimento. Son canallas esos animales. Cuando pienso en la cantidad de vacas que he perdido. O que casi me he perdido pariendo. Y tú, tus caballos, por un puñado de alfalfa fresca o de hojas de tejo. Los caballos, esos revientan por el vientre y las vacas por el culo. ¡Pero a esta marrana, intenta reventarla pues! Nada más que por la cantidad de tetas te das cuenta de la fuerza que tiene. Por más canalla que sea, es un monumento. Te pare sus pequeños por docenas sin siquiera molestar a nadie. ¡Dieciséis una vez, me hizo dieciséis!

Yo estaba muy inquieto por Amaranta, pero el oír a la Menou, tan cotidiana, tan a gusto con las cosas y los animales, discurriendo como si nada hubiera pasado, me hacía mucho bien a la moral. Momo tenía más éxito que yo con Lindo Amor, lo sabía porque a la furia y a la amenaza, habían sucedido los mimos y los relinchos. La Menou pasó la cabeza por la puerta del box.

– ¿Eso anda, Emanuel?

– No, para nada.

Miró a Amaranta.

– Voy a darle agua con vino y azúcar. Tú ocúpate de Princesa.

Pasé al box de Princesa. Mi tío me había inculcado un poco su prejuicio contra las vacas, pero de todos modos, esta gorda buenaza de Princesa, me emocionó. Ahí estaba, paciente y maternal, acostada de lado, mostrando su enorme vientre y sus ubres que iban a alimentarnos. No fue más que verla -débil como estaba, con las piernas temblorosas, el estómago hundido y corroído por el hambre- y darme una terrible sed de leche. No me olvidaba que no había parido, pero suprimía ese hecho molesto. En mi mente, excitada por el ayuno, con la cabeza que por momentos se me iba, me veía como Remo o Rómulo alimentado por la loba, acostado debajo de Princesa y chupando con voluptuosidad, apretando entre mis labios la gruesa teta hinchada que de un momento a otro iba a derramar en el fondo de mi garganta olas de caliente líquido.

Estaba en pleno ensueño cuando la Menou volvió del castillete de entrada con un kilo de azúcar en sus manos, bien reconocible por su envoltorio marrón. Ah, por cierto, para los animales no escatimaba. Me levanté y me acerqué fascinado. Miraba con los ojos fijos y la boca llena de saliva, los lindos terrones de azúcar blancos y brillantes que con su mano flaca y negra tomaba para echarlos en el balde con agua. La Menou se dio cuenta.

– ¡Mi pobre Emanuel, tienes hambre!

– Bastante, sí.

– Lo que pasa es que no te puedo dar nada antes de que los otros vuelvan.

– Pero no te he pedido nada -dije con un orgullo que sonaba a falso, y del que por otra parte ni tomó en cuenta, puesto que de todos modos me dio tres terrones de azúcar, que acepté. Lo mismo le dio a Momo, que se lo metió en su amplia boca de una sola vez. En cuanto a mí, me tomé el trabajo de partir en dos cada terrón para hacerlos durar más. Noté que la Menou no tomaba nada para ella.

– ¿Y bueno, y tú, Menou?

– Oh, yo soy chiquita, no lo necesito tanto como ustedes.

El agua caliente azucarada y cortada con vino gustó a Amaranta, la bebió con avidez y después de eso fue posible hacerle aceptar el afrecho. Sentía un inaudito placer viéndola comer los puñados que uno a uno le tendía. En ese momento, recuerdo, se me ocurrió que a los animales, hasta en el campo, en donde sin embargo se los quiere mucho, no se les hace tampoco demasiado caso como si fuera del todo natural que estuvieran ahí para trasportarnos, para servirnos, para alimentarnos. Miraba a Amaranta y al punto negro de su pupila brillante con todo ese blanco un poco asustadizo al costado y pensaba, no somos demasiado agradecidos, no les agradecemos lo suficiente.

Me puse de pie. Miré el reloj. Hacía tres horas que estábamos allí. Salí del box, me flaqueaban las piernas, pero recordé que me había propuesto enterrar a Germán antes del retorno de los demás. La Menou y Momo vinieron a mi encuentro.

– Anda mejor, creo -dijo la Menou.

Por nada del mundo hubiera dicho que los animales estaban a salvo. Hubiera creído tentar al Señor o al Diablo, cualquiera fuera la fuerza que ahora espiaba las palabras de los hombres pura castigarlos en el momento en que expresaran demasiada esperanza.

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