9

Los bandidos bajaron al pueblo al amanecer.

Santiago y yo acabábamos de salir de la casa del rabino. Nos detuvimos en la cima de la colina y los vimos -dos hombres andrajosos a caballo-, galopando ladera abajo hacia el arroyo.

Las mujeres, con sus cántaros de agua y sus bultos de ropa blanca, gritaron y se dispersaron en todas direcciones, y los niños corrieron con ellas.

Santiago y yo dimos la alarma. El cuerno soplaba ya cuando corrimos hacia los hombres.

Uno de los dos guío su caballo colina arriba contra nosotros, pero como la gente ya salía de sus casas, intentó arrollarnos y caímos al suelo mientras los cascos repiqueteaban más allá de nuestras cabezas. -¡Abigail! -gritó Santiago. -¡Abigail! -gritaron uno tras otro.

Cuando me puse en pie, con la mano que me sangraba, vi lo que todos veían: el hombre que había quedado atrás la había cogido por la cintura. Los niños le lanzaban piedras. Isaac se había agarrado al hombro izquierdo del hombre.

Abigail gritaba y daba puntapiés. Los niños se agarraban a sus faldas.

Todas las mujeres corrieron hacia el hombre y arrojaron sus cántaros contra el caballo.

Llegamos al lecho del arroyo cuando el rufián, atacado por todas partes, dio un tirón y se quedó en la mano con el velo y el manto de Abigail, quien al soltarse cayó de bruces sobre el suelo rocoso. Enarbolando sus ropas como una bandera, el hombre, agachado para evitar la lluvia de piedras que le lanzaban, huyó al galope tan deprisa como pudo.

Abigail se incorporó, apoyándose en las rodillas e inclinada hacia delante.

Llevaba puesta su túnica de mangas largas, y el cabello le caía sobre la frente y los hombros. Isaac el Menor la rodeó con sus brazos para protegerla de las miradas de todos.

Yo llegué a su lado, me arrodillé frente a ella y la sostuve por los hombros.

Ella gritó mi nombre y se abrazó a mí. La sangre corría por su frente y su mejilla. -¡Se han ido! -anunció Santiago.

Todas las mujeres nos rodearon. Mi tía Esther gritó que le había dado de lleno al hombre con su cántaro. Se lo había roto en toda la cabeza. Los niños lloraban y correteaban de un lado a otro.

Llegaron gritos de arriba. -¡El otro se ha marchado! ¡Era una maniobra de distracción! -exclamó Santiago-. Querían a una mujer, esos paganos sin Dios, mirad esto, mirad lo que han hecho.

– Ya ha pasado -susurré a Abigail-. Deja que te vea. No son más que arañazos y rozaduras. Ella asintió. Me había comprendido. Entonces oí una voz por encima de mi cabeza.

– Apártate de mi hija. Quítale las manos de encima. Apenas podía creer que esas palabras fueran dirigidas a mí.

Mi tía Esther me hizo un gesto para que me apartara. Se colocó junto a Abigail mientras ésta se ponía de pie.

– No ha sufrido ningún daño -dijo la tía Esther-. Estábamos todos aquí y le hemos dado pedradas y golpes para una buena temporada, puedes asegurarlo.

Hubo un coro de voces confirmándolo.

Shemayah miraba ceñudo a Abigail mientras ella seguía allí, temblorosa, con su corta túnica de algodón, el cabello en desorden, las heridas sangrantes en su rostro.

Yo me quité el manto y rápidamente le cubrí los hombros. Pero él me empujó y me hizo perder el equilibrio, y el manto resbaló antes de que ella lo sujetara. Las mujeres volvieron a colocárselo apresuradamente. Su túnica era bastante exigua, se veía una porción considerable de su cuerpo, pero ahora estaba envuelta como de costumbre en un manto que la cubría desde los hombros hasta el suelo. Y mi tía Salomé le recogió en la nuca el cabello suelto.

Shemayah se hizo cargo de su hija. La cogió en brazos como si fuera una niña y subió con ella la colina.

Las mujeres corrieron tras él, y también los niños, que se arracimaban y le molestaban a cada paso.

Santiago y yo esperamos. Luego, despacio, subimos la colina. Cuando llegamos a su casa, las mujeres estaban fuera, mirando la puerta. -¿Qué pasa? ¿Por qué no habéis entrado? -les pregunté.

– No quiere dejarnos entrar.

Mi madre salió de nuestra casa con la vieja Bruria. -¿Qué ha ocurrido?

Todo el mundo le dio su versión al mismo tiempo.

La vieja Bruria llamó a la puerta. -¡Shemayah! -llamó-. Ábrenos ahora mismo. La chica nos necesita.

La puerta se abrió y apareció Ana la Muda, que cayó sobre el grupo como si fuera un bulto de ropa.

La puerta se cerró de golpe.

Ana estaba aterrada.

Yo llamé a la puerta. Hablé junto a la madera, mientras hacía gestos a Santiago de que estuviera quieto y no intentara detenerme.

– Shemayah -llamé-. Las mujeres han venido a ayudar a Abigail, déjalas entrar. -¡Está intacta! -gritó mi tía Salomé-. Todos lo hemos visto. ¡Se resistió, y él la soltó! Todos lo hemos visto.

– Sí, todos lo hemos visto -corroboró la tía Esther-. Vosotros los hombres marchaos, dejadnos esto a nosotras.

Obedecimos y retrocedimos unos pasos. Habían venido más mujeres. La esposa de Santiago, Mará, y María, la de Cleofás el Menor, y la mujer de Silas, y por lo menos una docena más. Las más ancianas empezaron a aporrear la puerta. -¡Derribadla! -gritó Esther, y todas se lanzaron a golpes y patadas, hasta que la puerta se soltó de los goznes y cayó hacia dentro.

Me moví rápidamente para ver la habitación en penumbra. Sólo pude atisbar un momento, antes de que se llenara de mujeres. Abigail, pálida y llorosa, estaba desmadejada como un bulto de ropa arrojado a un rincón, y su cabeza aún sangraba.

Los rugidos de protesta de Shemayah quedaron ahogados por los gritos de las mujeres. Isaac, Yaqim y Ana la Muda intentaron en vano entrar en la casa: las mujeres la llenaban por completo.

Y fueron las mujeres quienes volvieron a colocar la puerta en su lugar y la cerraron delante de nosotros.

Regresamos a nuestro propio patio y Santiago se desahogó con una sarta de palabras subidas de tono. -¿Está loco? -pregunté.

– No seas ingenuo -dijo mi tío Cleofás-. El bandido le desgarró el velo. -¿Qué importancia tiene un velo? -replicó Santiago. Isaac y Yaqim llegaron llorosos-. ¿Qué importa, en el nombre de Dios, que ese hombre le quitara el velo?

– Shemayah es un hombre viejo y estúpido -dijo Cleofás-. No le estoy defendiendo. Sólo te respondo porque parece que alguien tiene que responderte.

– Nosotros la salvamos -dijo Isaac a su padre, y se secó las lágrimas.

Santiago besó la cabeza de su hijo y lo abrazó.

– Lo hicisteis muy bien, todos vosotros -dijo-. Yaqim, tú y tú. -Señaló a los pequeños que rondaban por la calle-. Entrad aquí.

Pasó una hora larga antes de que mi madre volviera con la tía Esther y la tía Salomé.

Salomé estaba furiosa.

– Ha llamado a la comadrona. -¡Cómo puede hacer una cosa así! -exclamó Santiago-. Todo el pueblo lo ha visto. No ocurrió nada. Ese hombre tuvo que soltarla.

Mi madre se sentó junto al brasero, llorosa.

Había gritos en la calle, en su mayor parte voces de mujeres. Yaqim e Isaac corrieron fuera antes de que nadie pudiera pararles.

Yo no me moví.

Finalmente llegó la vieja Bruria.

– La comadrona ha venido y se ha vuelto a marchar -informó-. Sepan todos los de esta casa y los de todas las casas, y todos los patanes, milhombres y haraganes de este pueblo que deseen saberlo, y se inquieten y chismorreen sobre este asunto, que la chica está intacta.

– Bueno, no puede decirse que sea una sorpresa -dijo la tía Esther-. ¿Y la has dejado sola con él?

La vieja Bruria hizo un gesto expresivo de que más no podía hacer, y se marchó.

Ana la Muda, que lo había visto todo, se levantó en silencio y se deslizó por la puerta.

Yo quise seguirla. Quería ver si Shemayah la dejaba entrar o no, pero no lo hice. Sólo mi madre fue detrás de ella, y al volver poco después hizo un gesto afirmativo, de modo que todo había acabado por el momento.

A mediodía, Shemayah y sus braceros salieron a caballo en dirección a las colinas. Dentro de la casa quedaron con Abigail y Ana la Muda sus dos sirvientas, que atrancaron la puerta cuando Shemayah se fue, como él les había dicho que hicieran.

Sabíamos que no encontraría a los bandidos, pero igual rezamos para que no los encontrara. No sabría qué hacer frente a hombres armados con dagas y espadas. Y el puñado de hombres enfurecidos que le acompañaban eran sólo ancianos y los hombres más débiles, los que no habían ido a Cesárea a manifestarse.

En algún momento de las primeras horas de la tarde, Shemayah volvió.

Oímos el ruido de los caballos, que no es un ruido habitual en nuestra calle.

Mi madre y mis tías fueron a su puerta y le pidieron ver a Abigail. El no contestó.

Durante todo el día siguiente nadie entró ni salió por la puerta de Shemayah. Los braceros que empleaba estuvieron un rato esperando, y luego se dispersaron.

Lo mismo ocurrió al día siguiente. Mientras, a cada pocas horas iban llegando noticias de Cesárea.

Y al tercer día después del ataque de los bandidos, recibimos una larga carta escrita por Jasón, que fue leída en voz alta en la sinagoga. Decía que la multitud se había reunido pacíficamente delante del palacio del gobernador, y que no se movería de allí. Aquello consoló al rabino y a la mayoría de nosotros, aunque algunos se limitaron a preguntar qué haría el gobernador si aquella muchedumbre no se marchaba.

Ni Shemayah ni ninguna persona de su casa asistió a la asamblea.

Al día siguiente, Shemayah salió a los campos al amanecer. Nadie contestó cuando las mujeres llamaron a la puerta de la casa. Ana la Muda apareció por la tarde.

Entró en nuestra casa y dijo a las mujeres por gestos que Abigail estaba tendida en el suelo. Que Abigail no quería comer nada. Que Abigail no quería beber nada. A los pocos instantes se marchó corriendo, temerosa de que Shemayah volviera y la encontrara allí, y se metió en la casa, y de nuevo fue atrancada la puerta.

No supe todas esas cosas hasta que volví de trabajar en Séforis. Mi madre me contó lo que les había hecho saber Ana.

La casa estaba llena de tristeza.

José y Bruria fueron juntos y llamaron. Eran los más ancianos de la familia, nadie podía negarse a una visita suya. Pero Shemayah no contestó. Y muy despacio, Bruria ayudó a José a volver a nuestra casa.

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