Cuarenta días y cuarenta noches. Es el tiempo que permaneció Moisés en la cumbre del Sinaí.
Es el tiempo que esperó Elías hasta que el Señor habló con él.
– Señor, lo he hecho -murmuré-. Sé también lo que esperan ellos de mí.
Lo sé muy bien.
Mis sandalias se caían a pedazos. Hice más nudos en las correas de los que podía contar. La vista de mis manos quemadas por el sol me incomodaba, pero en mi interior reía. Volvía a casa.
Montaña abajo, hacia el desierto reverberante que se extendía entre mí y el río que aún no podía ver.
– Solo, solo, solo -cantaba.
Nunca había sentido tanta hambre. Nunca había sentido tanta sed.
Despertaron como en respuesta a una decisión mía.
– Oh sí, cuántas veces lo deseé fervientemente -canté para mí mismo-.
Estar solo.
Y ahora estaba solo, sin pan, sin agua, sin un lugar donde reposar mi cabeza. -¿Solo?
Era una voz. Una voz familiar, la voz de un hombre familiar por su timbre y su tono.
Me di la vuelta.
El sol estaba a mi espalda, de modo que la luz no me hirió los ojos y lo iluminó con toda claridad.
Era más o menos de mi estatura e iba vestido con elegancia, con prendas más hermosas y ricas incluso que las de Rubén de Caná o Jasón… más parecidas al atuendo del rey. Llevaba una túnica de lino con una orla bordada de hojas verdes y flores rojas, y cada capullo relucía recamado en hilo de oro.
La orla de su manto blanco era de un brocado todavía más ancho y más rico, hilado como los mantos de los sacerdotes, con flecos de los que colgaban pequeños cascabeles de oro. Las sandalias llevaban hebillas metálicas relucientes. Y ceñía su cintura con un grueso cinturón de cuero tachonado con clavos de bronce, como el de un soldado. Y también colgaba a su costado una espada en su vaina adornada con incrustaciones de joyas.
El cabello era largo y lustroso, de un bello tono castaño oscuro. Y del mismo color eran sus ojos risueños.
– Mi pequeña broma no te ha divertido -dijo cortés, con una graciosa reverencia. -¿Tu broma?
– Nunca te miras en un espejo. ¿No reconoces tu propia imagen?
La alarma sacudió mi rostro y luego toda mi piel. Era mi duplicado, excepto por el hecho de que yo nunca me había vestido de esa manera.
Dio un pequeño giro sobre sí mismo en la arena, de modo que yo pudiera percibir mejor su atuendo. Me fascinó la expresión -o la falta de expresión- de sus grandes ojos entornados. -¿No crees -me empezó a decir- que tengo cierta obligación de recordarte lo que eres? Ya ves, me he enterado de tu manía particular. Tú no te consideras a ti mismo un simple profeta o un santón como tu primo Juan. Tú crees ser el Señor en persona.
No contesté.
– Oh, ya sé. Tenías intención de mantenerlo en secreto, y muchas veces consigues ocultar bastante bien lo que piensas, o al menos así me lo parece. ¿Pero aquí, en este desierto? Sabes, con frecuencia sueles hablar en voz alta.
Se acercó más, y alzó el borde de su manga para que yo admirara mejor el brocado, las hojas puntiagudas, las flores carmesí.
– Por supuesto no quieres hablar conmigo, ¿no es así? -dijo con una ligera mueca despectiva. Se parecía a mí cuando me hacía el desdeñoso. Si alguna vez me lo había hecho.»Pero sé que tienes hambre, un hambre horrorosa. Tanta hambre que estarías dispuesto a comer cualquier cosa. Lo cierto es que ya estás devorando tu propia carne y tu propia sangre.
Me di la vuelta y empecé a alejarme.
– Ahora, si eres un santo de Dios -dijo, y se colocó sin esfuerzo a mi lado y caminó a la par conmigo, mirándome a los ojos cuando yo volvía la vista hacia él-, y olvidemos por el momento esa manía tuya de creerte el Creador del Universo, en ese caso sin duda podrás convertir estas piedras, cualquiera de las que hay por aquí, en pan caliente.
Me detuve y percibí el inconfundible aroma del pan caliente. Podía sentirlo en mi boca.
– Eso no habría sido un problema para Elías -dijo-, ni para Moisés, por descontado. Y tú aseguras ser un santo de Dios, ¿no es así? ¿El Hijo de Dios? ¿Su Hijo muy amado? Bueno, hazlo. Convierte las piedras en pan.
Miré las piedras un momento, y luego volví a caminar.
– Muy bien, pues -dijo, y al caminar para mantenerse a mi lado tintinearon con suavidad los cascabeles de su manto-. Aceptemos como cierta tu manía.
Eres Dios. Ahora bien, según tu primo, Dios puede convertir estas piedras en hijos de Abraham, estas piedras o cualquier otra piedra, ¿no? Pues entonces, convierte estas piedras en pan. Lo necesitas con bastante urgencia, ¿verdad?
Me volví hacia él y me eché a reír.
– «No sólo de pan vive el hombre -le contesté-, sino de todo lo que sale de la boca de Dios.»
– Ésa es una traducción literal bastante deficiente -me dijo con un suave meneo de su cabeza-, y si me permites indicártelo, mi piadoso y engañado amigo, tus vestidos no se han conservado durante estos cuarenta días tan bien como los de tus antepasados durante los cuarenta años que erraron en el desierto, y ahora mismo tienes el aspecto de un mendigo andrajoso que muy pronto va a quedarse descalzo.
Volví a reír.
– No importa -dije-. Yo sigo mi camino.
– Muy bien -repuso él cuando me puse de nuevo en marcha-, pero es demasiado tarde para que entierres a tu padre. Ya lo está.
Me detuve. -¡Oh, vamos, no me digas que el profeta cuyo nacimiento estuvo acompañado por tantas señales y maravillas no sabe que su padre, José, ha muerto!
No contesté. Sentí un nudo en el corazón y procuré reprimir mis lágrimas.
Miré la extensión arenosa.
– Dado que al parecer eres como mucho un profeta a tiempo parcial -prosiguió con la misma voz tranquila, mi voz-, déjame describirte la escena.
Fue en la tienda de un recaudador de impuestos donde exhaló su último suspiro, y entre los brazos de ese recaudador, imagínatelo, aunque su hijo estaba sentado a su lado y tu madre le lloraba. ¿Y sabes cómo pasó sus últimas horas? Contando al recaudador de impuestos y a todo el que quería escucharle lo que podía recordar de tu nacimiento… Bueno, ya sabes, la vieja canción del ángel que se apareció a tu pobre madre aterrorizada, y el trabajoso viaje a Belén para que tú pudieras llegar berreando a este mundo en plena tormenta, y después la visita de ángeles de las alturas a unos pastores, entre todos los hombres posibles. Y esos potentados, los Magos; también le habló al recaudador de impuestos de su venida. Y luego murió, en pleno desvarío, podría decirse, aunque de forma muy apacible.
Bajé la mirada al suelo desértico. ¿Estaría aún muy lejos el río? -¡Lloras! ¡Vaya, fíjate, estás llorando! -dijo- No me esperaba una cosa así. Esperaba que te avergonzaras de que un varón tan justo haya muerto en brazos de un ladrón respetable, pero esas lágrimas me desconciertan. Después de todo, tú te largaste y dejaste que el viejo se las arreglara solo en mitad del río, ¿no es así?
No respondí.
El se puso a silbar entre dientes una tonadilla como las que uno puede silbar o tararear mientras camina, y en efecto, dio toda una vuelta caminando a mi alrededor mientras yo seguía sin moverme.
– Bueno -dijo tras pararse frente a mí-. Eres un hombre de corazón tierno, ya es algo para empezar. ¿Pero un profeta? No lo creo. En cuanto a esa manía de que tú has creado el mundo entero, vaya, déjame recordarte lo que sin duda ya sabes: una pretensión parecida me costó a mí el puesto que ocupaba allá arriba, en la corte celestial.
– Me parece que lo embelleces demasiado -dije. Mi voz estaba aún cargada de lágrimas, pero las secaba el viento abrasador del desierto.
– Ah, ahora me hablas sin citar las Escrituras, con tus mismas palabras. -Río, una imitación perfecta de mi risa anterior, y me dirigió una sonrisa cálida, casi hermosa.» ¿Sabes?, los santos casi nunca me dirigen la palabra. Escriben larguísimos poemas campanudos en los que yo salgo hablando con el Señor de la Creación y El hablando conmigo, pero ¿ellos mismos, los escribas? En cuanto oyen mencionar mi nombre, gritan y salen corriendo despavoridos.
– Y a ti te gusta que se mencione tu nombre, ¿verdad? Sea cual sea el nombre. -Empecé a enumerar despacio-: Ahrimán, Mastema, Satanel, Satán, Lucifer… ¿Te gusta, verdad, que te invoquen?
Guardó silencio.
– Belcebú -dije-. ¿Es ése tu nombre favorito? -Y añadí en griego-: Señor de las Moscas. -¡Odio ese nombre! -dijo con un espasmo de rabia-. No respondo a ninguno de esos nombres.
– Claro que no. ¿Qué nombre podría rescatarte del caos que es tu objetivo real? -repliqué-. Demonio, diablo, enemigo. -Negué con la cabeza-. No, no respondes a ellos. Tampoco respondes al nombre de Azazel. Los nombres son aquello en lo que sueñas, nombres y propósitos y esperanzas, y tú no tienes ninguna de esas cosas.
Me volví y seguí caminando.
El me siguió. -¿Por qué me hablas? -preguntó encolerizado. -¿Por qué me hablas tú a mí?
– Señales y maravillas -dijo, las mejillas encendidas por la sangre que se le agolpaba, salvo que lo simulase-. Demasiadas señales y maravillas te rodean, mi miserable amigo andrajoso. Y ya te he hablado antes. Llegué una vez hasta ti en sueños.
– Lo recuerdo. Y elegiste también el disfraz de la belleza. Debe de ser algo que ansias con desesperación.
– No sabes nada de mí. ¡No tienes ni idea! Yo fui el primogénito del Señor al que tú llamas Padre, miserable mendigo.
– Ten cuidado. Si te enfureces demasiado, podrías desaparecer en una nubécula de humo.
– Esto no son bromas, aprendiz de profeta -dijo-. Yo no aparezco y desaparezco por capricho.
– Desaparece por capricho -repuse-. Eso será suficiente. -¿De verdad no sabes quién soy? -Su cara se deformó de súbito por un dolor profundo-. Muy bien, te lo diré. -Y en hebreo pronunció las palabras-:
Helel ben Shahar.
– Luz brillante de la mañana -dije. Levanté la mano derecha y chasqueé los dedos-. Te he visto caer… así.
Un rugido terrorífico me rodeó, y la arena salió volando como si estuviéramos en medio de una tormenta en lugar de a la plácida luz del sol, y a punto estuvo de despeñarme desde lo alto del risco.
Me sentí llevado en volandas a gran velocidad y de pronto me rodeó otro rugido, más familiar e inmenso, y mis pies se posaron en el borde del parapeto del Templo, del Templo de Jerusalén, bajo la inmensa bóveda celeste y por encima de la enorme multitud de personas que entraban y salían de aquel lugar. Yo estaba de pie en el pináculo y veía, allá abajo, a todos los que recorrían los amplios patios interiores.
Los ruidos y los olores de la muchedumbre llegaban hasta mí. Sentí el dolor agudo de las punzadas del hambre. Y por todas partes se extendían los techos de Jerusalén, mientras la gente hormigueaba en el laberinto de sus estrechas callejuelas.
– Mira todo esto -dijo él, a mi lado. -¿Por qué habría de mirar? -repliqué-. No estamos allí en realidad. -¿No? ¿Crees que no? ¿Crees que es una ilusión?
– Tú estás lleno de ilusiones y engaños.
– Entonces tírate abajo, ahora, desde esta altura. Déjate caer sobre esa muchedumbre. Veremos si es una ilusión. Y si no lo es, ¿qué? ¿Acaso no está escrito?: «El hará que sus ángeles cuiden de ti, y con sus manos te sostendrán, para que ni siquiera un dedo del pie te golpees contra una piedra.»
– Oh, tú has sido un asesino desde el principio -le dije-. Te encantaría verme caer ahí abajo, ver cómo se rompen mis huesos, ver esta cara que tan bien imitas ensangrentada y hecha pedazos. Pero quieres más todavía, ¿no es así? El cuerpo no significa nada para ti, por mucho tormento despiadado que le des. Lo que quieres es mi alma.
– No, estás equivocado -dijo en voz baja, inclinándose hacia mí tanto como pudo-. Y estamos aquí, sí, te he traído a este lugar, sin ilusiones ni engaños, para mostrarte dónde has de empezar tu trabajo. Eres tú quien asegura ser el Cristo. Eres tú a quien anuncian otros como el Hijo de David, el príncipe que conducirá a su pueblo a la victoria final, sois tú y tu pueblo quienes habéis celebrado tu inmenso poder y tu eventual conquista en un libro tras otro, en un poema tras otro. ¡Lánzate al vacío!, te digo.
Hazlo y deja que los ángeles te sostengan. ¡Deja que tu batalla empiece con ese pacto entre tú y el Señor al que aseguras servir!
– No voy a poner al Señor a prueba aquí -dije-. Y también está escrito:
«No tentarás al Señor tu Dios.» -¿Cuándo, entonces, vas a empezar la batalla? -preguntó como si de verdad deseara saberlo-. ¿Cómo reclutarás tus ejércitos? ¿Cómo difundirás tu mensaje entre todos los judíos de esta tierra, y de la siguiente, y de la que sigue a la siguiente? ¿Cómo harás saber a las comunidades de judíos de los rincones más alejados del Imperio que ha llegado el momento de empuñar la espada y el escudo y formar bajo tus banderas en el nombre de tu Dios?
– Lo sabía ya cuando era niño -dije mirándole. -¿Qué sabías?
– Que eres el Señor de las Moscas, pero estás a merced del Tiempo. No sabes lo que va a ocurrir en el Tiempo.
– Bueno, si eso es verdad, entonces la mitad de las veces tú no vales más que yo, porque tampoco lo sabes, y esos gusanos que hay allá abajo y a los que llamas hermanos y hermanas no son nada, porque no saben ni siquiera lo que va a ocurrir en el instante siguiente. Por lo menos tú tienes visiones y planes.
Me agarró como si tomara posesión de mí, y una mueca de malevolencia le desencajó el rostro. -¿Qué has sabido tú del Tiempo en esos años aburridos que has desperdiciado en Nazaret? ¿Que llegará el momento en que entregarás al polvo tus músculos doloridos, toda tu persona? ¿Por qué lo toleras? ¿Por qué lo tolera El? Tú dices conocer Su voluntad. Dime, ¿por qué no lo suprime? -¿Suprimir el Tiempo? -pregunté con un hilo de voz-. ¿El regalo del Tiempo? -¿Regalo? ¿Es un regalo estar perdido en este mundo miserable que Él ha creado, perdido para la despiadada ignorancia de los otros, en el Tiempo?
– Ah, sí que conoces una cosa, y es la desgracia. -¿Yo? ¿Yo conozco la desgracia? ¿No conocen ellos la desgracia, día a día, y no la has conocido tú al lado de ellos? ¿Crees que esa vida y el Tiempo fueron un regalo para ese chico, Yitra, al que apedrearon tus aldeanos? Sabes que era inocente, ¿o no lo sabes? Oh, fue tentado, pero era inocente. ¿Y el Huérfano?
Ese niño ni siquiera supo por qué murió. ¿Sabes lo que había en sus corazones cuando vieron volar las piedras hacia ellos? ¿Qué crees que hay en el corazón de la madre de Yitra, y por qué está llorando en este mismo momento?
– Te preguntaría de dónde viene la esperanza sino del Tiempo. Te pediría que me respondieses, pero tú ya has adoptado una decisión, total y definitiva y para siempre, y para ti el Tiempo no existe. -¡Tendría que arrojarte abajo yo mismo, desde aquí! -siseó. Había levantado las manos para agarrarme, pero no se cerraron sobre mi garganta-.
Tendría que aplastarte contra esas piedras. Carezco de escrúpulos en lo que se refiere a tentar al Señor tu Dios. Nunca los he tenido.
Retrocedió un paso, demasiado furioso para seguir hablando. Luego tomó aliento.
– Puede que seas sencillamente un fantasma creado por Su mente impasible e inmisericorde. ¿Cómo si no podrías dejar de apiadarte de Abigail cuando estaba aterrorizada en medio de aquellos niños, esperando exactamente la misma muerte que el pueblo dio a Yitra y al Huérfano? ¿Has sentido piedad por alguno de ellos en algún lugar, alguna vez?
La luz cambió. El aire empezó a agitarse.
La visión del Templo y la multitud que lo ocupaba se desdibujó y se borró, como si fuera una escena pintada sobre seda.
Me vi arrebatado por un torbellino.
De pronto estábamos juntos los dos, el de los hermosos vestidos y yo, en la cima de una montaña, tal vez la montaña más alta de la Tierra. Sólo que no se trataba de una tierra conocida.
Debajo de nosotros se extendía lo que parecía un mapa pero no lo era, sino más bien el esquema de las montañas, los ríos y valles y océanos que componen el mundo.
– Exacto -dijo, contra el suave viento-. El mundo. Lo estás viendo como yo. Un lugar hermoso que gobernar.
Calló unos momentos, como absorto en la placentera contemplación de aquella perspectiva majestuosa, y yo miré también lo que él había querido enseñarme, y luego le miré a él.
Estaba de perfil, mi perfil, con el cabello oscuro tirado hacia atrás desde los pómulos, y los ojos dulces como los míos habitualmente, y sostenía el manto a un lado con bastante gracia y soltura. -¿Quieres de verdad ayudarles? -me preguntó. Levantó un dedo-. Digo de verdad… ¿Quieres ayudarlos? ¿De verdad? ¿O lo que pretendes es asustarlos y dejarlos en un estado mucho peor que cualquier otro profeta de los que han venido a maldecir y denunciar y proclamar que nunca se someterán a tantas indignidades?
Se volvió para mirarme con lágrimas en los ojos. Sin duda eran lágrimas muy parecidas a las que me había visto derramar sólo unos momentos antes.
Se llevó las manos a la cara y luego me miró a través de aquella niebla húmeda y reluciente.
– Es cierto que tu venida se ha visto rodeada por señales y maravillas -dijo pensativo, como si esas palabras le salieran del alma-. Y vivimos en una época notable. Hay judíos en todas las ciudades del Imperio. Las Escrituras de tu Dios están en griego para que puedan leerlas en cualquier lugar donde residan y sea cual sea la escuela en la que estudien. El nombre de tu Dios sin nombre probablemente se pronuncia incluso en los rincones más lejanos del norte. Y tú eres un sucio carpintero, sí, pero eres Hijo de David, y eres listo y sabes hablar bien.
– Gracias -dije.
– Las Escrituras hablan de uno que les llevará a la independencia y el triunfo. Y tú conoces las Escrituras. Supiste cuando eras niño lo que decían, esas palabras: Cristo el Señor.
– Así fue.
– Tú puedes ayudarlos. Puedes dirigir ejércitos. Puedes activar todas esas células remotas de creyentes que esperan que venga alguien en su ayuda.
Vamos, hay judíos en Roma que os meterían a ti y tu ejército dentro de los muros de la ciudad; contigo al frente, atacarían el palacio del emperador, darían muerte hasta al último senador y aniquilarían a la guardia pretoriana. ¿Me escuchas? ¿Entiendes lo que intento explicarte?
– Lo entiendo -dije-. Pero no ocurrirá.
– Pero si no me entiendes. ¡Quiero hacerte ver con toda claridad que sí es posible! Puedes hacer que todos vengan de las ciudades a las que han emigrado; puedes traer a los que viven lejos de Tierra Santa, como un gran torbellino que barrerá las costas de todos los mares.
– Te entiendo. Te he entendido desde el primer momento. Pero no ocurrirá. -¿Pero por qué no? ¿Vas a decepcionarlos? ¿Vas a mascullar oraciones y pronunciar sermones como tu primo, metido en el agua del río hasta las rodillas, haciendo mucho aspaviento sin sentido, y luego abandonarlos y hacer que te odien porque les has roto el corazón? No contesté.
– Te estoy ofreciendo una victoria que tu pueblo no vive desde hace centenares de años -dijo con voz sugerente-. Si no aprovechas la ocasión, tu pueblo está acabado. El mundo se lo tragará, Yeshua bar Yosef, del mismo modo que ese viejo de Cana, el bobo de Hananel, dijo que el mundo te había tragado a ti. No contesté.
– Hace mucho que se acabó todo para tu pueblo -prosiguió en voz baja, como extraviado en sus propios pensamientos-. Se acabó cuando Alejandro desfiló por estas tierras y trajo con él la lengua griega y el estilo de vida griego. Tu pueblo se vio aplastado cuando los romanos lo invadieron y entraron en el mismísimo Templo, y probaron con sus puños brutales que allí dentro no había nada, ¡absolutamente nada! Si renuncias a darles esta última oportunidad de agruparse detrás de un caudillo poderoso, tu pueblo no morirá de hambre y sed, ni por la espada o por la lanza. Sencillamente se desvanecerá. Lo está haciendo ya y seguirá haciéndolo, olvidará su lengua sagrada, se mezclará a través de esposas y jóvenes ambiciosos con romanos y griegos y egipcios, hasta que nadie recuerde ya la lengua de los ángeles, hasta que nadie lleve ya un nombre judío. ¿Cuánto tardará? ¿Cien años? Sin una victoria, ni siquiera tanto tiempo. Todo habrá acabado. Será como si nunca hubiera existido.
– Ah, maldito espíritu insidioso -dije-, ¿No recuerdas nada de los Cielos?
Sin duda sabes que hay cosas que germinan en el útero del Tiempo y que van más allá de tus sueños, y a veces más allá incluso de los míos. -¿Qué, qué es lo que germina? El mundo se hace más grande a cada año que pasa y vosotros os hacéis más pequeños, vuestro pueblo del Dios único, vuestro pueblo del Dios sin nombre que no tiene otros dioses delante de Él. No los habéis convertido a vuestra forma de pensar, y ellos os comen vivos. Te estoy ofreciendo la única cosa que puede salvarlos, ¿es que no lo ves? Y una vez que el mapa que han trazado los romanos para ti esté bajo tu control, podrás enseñar a todos las Leyes que El os dio en la montaña sagrada. ¡Estoy dispuesto a poner todo eso en tus manos! -¿Tú? ¿Tú quieres ayudarme? ¿Por qué?
– Préstame atención, bobo. Se me acaba la paciencia. Aquí no se hace nada sin mí. Nada. Ni la victoria más sencilla se alcanza si yo no formo parte de ella.
Este es mi mundo, éstas son mis naciones. ¿No vas a caer de rodillas y adorarme?
Su rostro se desdibujó. De sus ojos brotaron lágrimas de nuevo. ¿Era ése mi aspecto cuando me sentía triste? ¿Cuando lloraba?
Tiritó como si el viento de su propia invención le hiciera sentir frío. Y contempló el mundo creado por él con una mirada desesperada, llena de añoranza.
Durante un momento lo olvidé.
Olvidé por completo que estaba allí. Miré aquel panorama y vi algo, algo de lo que antes había tenido un atisbo en el estudio de Hananel de Cana, y que ahora vi con toda claridad. Altares derribados, miles y miles de altares que se derrumbaban como si un poderoso temblor de tierra los resquebrajara, y sobre ellos caían sus ídolos, mármol y bronce y oro hechos añicos, y el polvo se levantaba sobre los fragmentos esparcidos. Y parecía que el estruendo se extendía despertando ecos por todo el mundo que él había desplegado ante mí, por el mapa que había urdido en mi beneficio pero que, tal como yo lo veía, era el mundo. Todos los altares derribados. «Cristo el Señor.» -¿Qué? -preguntó-. ¿Qué has dicho?
Me volví a mirarlo, para apartarme de aquella visión terrible, de aquella inmensa ola de destrucción. Le vi de nuevo, vívidamente, en su atildamiento, con aquella piel no menos fina que sus costosos ropajes.
– Estas no son tus naciones -dije-. Los reinos de este mundo no son tuyos. Nunca lo han sido.
– Por supuesto que lo son -dijo casi en un siseo-. Yo soy el amo de este mundo, y lo he sido siempre. Soy su Príncipe.
– No. Nada de esto te pertenece ni te ha pertenecido nunca.
– Adórame -repuso con amabilidad, casi con regodeo-, y te mostraré todo lo que poseo. Y te otorgaré la victoria que han anunciado los profetas.
– El Señor en las Alturas es el Único al que adoro, a nadie más. Lo sabes, sigues sabiéndolo en cada una de las mentiras que dices. Y tú no gobiernas nada, porque nada tienes. -Señalé-. Mira abajo tú mismo, desde esta perspectiva que tanto te gusta. Piensa en los miles de millares que se levantan por la mañana y se acuestan por la noche sin haber pensado nada malo ni hecho el mal a lo largo del día, aquellos cuyos corazones están volcados en sus esposas, en sus maridos, en sus padres y madres, en sus hijos, en la cosecha y en las lluvias de la primavera, en el vino joven y en la luna nueva.
Piensa en ellos, en todas las tierras y en todas las lenguas, piensa en ellos porque están hambrientos de la Palabra de Dios aunque nadie la haya llevado hasta ellos, piensa en cómo se esfuerzan por conocerla, y cómo se apartan del dolor y la miseria y la injusticia, ¡a pesar de todos tus esfuerzos! -¡Mientes! -me espetó con furia.
– Míralos, emplea esos ojos poderosos capaces de ver todo lo que te rodea.
Emplea tus poderosos oídos y escucha sus risas alegres, sus canciones desprovistas de artificio. Mira a lo largo y ancho y les verás reunidos para celebrar sus sencillas fiestas, desde las profundidades de las selvas hasta las alturas cubiertas de nieve. ¿Qué te hace pensar que tú reinas sobre esa gente?
Vamos, puede que uno peque, y otro vacile, y alguno esté confuso y no consiga amar como querría hacerlo, y puede que algún emisario tuyo consiga agitar las masas durante un mes de disturbios y destrozos.»Pero, ¿príncipe de este mundo? Me reiría de ti si no fueras indecible. Eres el Príncipe de la Mentira. Y la mentira es ésta: que tú y Dios sois iguales y habéis entablado un combate sin tregua. ¡Eso nunca ha sucedido!
La furia casi le había dejado petrificado. -¡Estúpido, miserable profeta de pueblo! -espetó-. Cómo se van a reír de ti en Nazaret.
– Es el Señor quien gobierna -dije-, y siempre lo ha hecho. Tú no eres nada, no tienes nada y no gobiernas nada. Ni siquiera tus propios enviados son tan huecos y tan furibundos como tú.
Tenía la cara enrojecida y se había quedado sin habla.
– Oh, sí que cuentas con enviados tuyos. Les he visto. Y tienes seguidores, esas pobres almas condenadas que tú exprimes en tu puño ansioso. Incluso tienes santuarios dedicados a ti. ¡Pero qué insignificantes son tus feos éxitos en este mundo vasto y vital en que crece el trigo y el sol brilla! ¡Qué baratos tus intentos de agrandar la brecha de cada pequeño desacuerdo, de alzar tu mísero estandarte sobre cada rencor surgido de una discusión, sobre cada tenue red de avaricia y corrupción! ¡Qué patético que tu única auténtica posesión sean tus mentiras! ¡Tus mentiras abominables! Y siempre, siempre procuras llevar a los hombres a la desesperación, convencerles en tu envidia y tu codicia de que tu archienemigo, el Señor, es enemigo de ellos, que Él es inalcanzable, que está situado más allá de sus dolores y necesidades. ¡Mientes! ¡Siempre has mentido! Si reinaras sobre este mundo no ofrecerías a nadie compartir ni una partícula. No podrías. No habría mundo que compartir, porque lo habrías destruido. ¡Tu verdadero nombre es Mentira! Y no eres nada más que eso. -¡Para, te digo que pares! -gritó. Se tapó los oídos con las manos. -¡Soy yo quien va a pararte! -respondí-. ¡Yo quien ha venido a revelar que tu desesperación es un fraude! Estoy aquí para dejar claro de una vez por todas que tú no eres el Rey y nunca lo has sido, que en el gran plan de la existencia no eres más que un salteador piojoso, un ladrón marginal, un merodeador que acecha con envidia impotente los campos cultivados por los hombres y las mujeres. Y voy a destruir tu reino quimérico y a destruirte a ti, porque te expulsaré, te echaré a patadas, te empujaré fuera de este mundo, y no con poderosos ejércitos y baños de sangre, no con el fuego y el terror que tanto ansias, no con espadas y lanzas ensangrentadas que rasgan la carne. Lo haré de una forma que no puedes imaginar, lo haré en familia, en el campo, en la aldea y el pueblo y la ciudad. Lo haré en las mesas de los banquetes de las viviendas más pequeñas y las mansiones más grandes. Lo haré corazón por corazón, alma por alma. Sí, el mundo está preparado. Sí, el mapa ha sido trazado. Sí, las Escrituras pueden leerse en la lengua compartida por todos. Sí.
Y por esa razón voy a hacer las cosas a mi manera, y tú has vuelto una vez más, y para siempre, a luchar en vano.
Me di la vuelta y eché a andar, y mis pies encontraron un camino sólido al alejarme de él. Sopló entonces un fuerte viento que me cegó por un instante, y luego vi aparecer la ladera familiar por la que caminaba cuando él se acercó a mí por primera vez; y a lo lejos vi las manchas brumosas de verdor que anunciaban la proximidad del río. -¡Maldecirás el día en que me has rechazado! -gritó él a mi espalda.
Sentí un mareo. El hambre me roía por dentro. Sentí vértigo.
Me volví a mirarlo. Mantenía aún la ilusión, los bellos vestidos que caían en pliegues graciosos, mientras me señalaba. -¡Mira bien estos ropajes! -gritó, y su boca tembló como la de un niño-.
Nunca te verás a ti mismo vestido de esta manera. -Gimió retorciéndose de dolor y agitó el puño en mi dirección.
Reí y seguí caminando.
De pronto volvió a aparecer junto a mi hombro. -Morirás en una cruz romana si intentas hacer esto sin mí -dijo.
Me detuve y le hice frente.
Salió volando y fue a caer a una gran distancia, como si lo hubiera empujado una fuerza invisible. Luchó por recuperar el equilibrio. -¡Atrás, Satanás! -dije-. ¡Atrás!
En medio de un gran remolino de viento y arena le oí gritar, y su grito se convirtió en un aullido cada vez más lejano.
Entonces llegó la tormenta de arena. Sus aullidos pasaron a formar parte de ella, parte del viento incesante.
Sentí que caía de verdad, y el acantilado apareció frente a mí mientras la arena me azotaba las piernas, las manos y la cara.
Tropecé y rodé cuesta abajo, más y más aprisa, protegiéndome la cabeza con las manos. Seguí cayendo.
Mis oídos se llenaron de viento, de sus lejanos aullidos, y luego poco a poco advertí que los ruidos que escuchaba venían del río y de un suave rumor de alas.
Oí el temblor, el aleteo, el susurro apagado del batir de alas. Sentí en todo el cuerpo el tacto suave de unas manos, incontables manos, y el roce aún más suave de unos labios: labios en mis mejillas, en mi frente, en mis párpados entrecerrados. Me abandoné a un hermoso balanceo ingrávido al ritmo de un cántico sin sonido real, que había reemplazado al viento anterior. Y así fui descendiendo con suavidad, abrazado por el cántico, arrullado por él.
– No -dije-. No.
El cántico se convirtió en un largo lamento. Era puro y triste, pero dulce hasta un punto irresistible. Poseía la inmensidad de la alegría. Y aquellos dedos amables se apresuraron a acariciar mi rostro y mis brazos quemados.
– No -murmuré-. Lo haré. Dejadme ahora. Lo haré, tal como he dicho.
Me solté de sus brazos, o ellos se apartaron tan silenciosamente como habían venido, se elevaron y marcharon en todas direcciones, dejándome solo.
Solo de nuevo.
Estaba en el fondo del valle.
Caminaba. Una correa de mi sandalia izquierda se rompió. Me quedé mirándola. Casi caí al suelo. Me agaché para recoger lo que quedaba de aquella tira de cuero. Y seguí caminando bajo una brisa ardiente.