Capítulo 18

Entraron a caballo en la fortaleza de Laisre. Los mismos dos muchachos que los recibieron el día que llegaron estaban esperándolos para desensillar las monturas. Cuando descabalgaron, Orla se dirigió a Eadulf y a Fidelma con sequedad.

– Laisre y Murgal querrán hablar con vosotros de inmediato. Estarán en la sala consistorial.

Ni Fidelma ni Eadulf dijeron nada mientras la seguían al edificio principal de la ráth.

Laisre estaba sentado en la silla oficial, dirigiéndose con gesto grave a Murgal y Colla. Interrumpieron la conversación para mirarles con sorpresa cuando Orla hizo pasar a Eadulf y Fidelma. Laisre no disimuló su disgusto y clavó la mirada en Fidelma. Colla parecía algo aturdido ante la presencia de la joven dalaigh, y Murgal la miraba con una sonrisa torcida.

– Vaya -dijo Laisre con sobria satisfacción-, veo que habéis atrapado a los fugitivos, Orla.

Fidelma levantó una ceja en un gesto de desdén.

– ¿Atrapado? ¿Habéis dado orden de capturarme, Laisre? Si es así, ¿por qué motivo? ¿Y qué significa eso de «fugitivos»?

– Los he encontrado, a ella y al extranjero, cuando volvían al valle -se apresuró a intervenir Orla-. Ha dicho que Murgal tendría que haber supuesto por qué y para qué abandonaron la ráth.

Laisre miró al druida.

– ¿Sabíais vos que Fidelma se había marchado?

Murga lo negó con un gesto de indignación.

– Yo no -protestó, y la miró con recelo-. Aunque sí puedo imaginar adónde han ido. ¿Fuisteis a investigar el asesinato ritual porque no os fiabais de la información de Colla?

– ¿No os fiabais de mí? ¿Por qué?

– Porque es dálaigh.

– ¿Y eso qué tiene que ver?

– Porque es el deber de un dálaigh juzgar las pruebas de primera mano; según la tríada, éstos son los tres deberes de un buen abogado: informarse de las pruebas sin confiar en la opinión ajena si es posible crear una opinión propia; un juicio de valor justo; y una defensa firme. Un buen dálaigh nunca confiaría en el juicio de otra persona si puede obtener un juicio propio. Cierto, Laisre, debería haber sabido que Fidelma haría caso omiso de vuestra negación a permitirle investigar.

Ni Colla ni Laisre parecían contentos con la explicación.

– Ya os dije que no quería que os inmiscuyerais en los asuntos de Gleann Geis más de lo necesario -la reprendió Laisre con enfado-. Esta mañana podríamos haber reanudado la negociación y a estas alturas ya podríais estar de regreso a Cashel.

– Reanudaremos las negociaciones cuando se haya resuelto el misterio de los asesinatos -decidió Fidelma con firmeza.

Laisre parecía escandalizado por la contradicción de sus deseos. Se disponía a hablar, cuando Murgal lo interrumpió.

– ¿Estáis diciendo que podéis resolver el misterio?

El druida, entusiasmado, miró a Fidelma con una expresión inescrutable, pero ella se mantuvo firme.

– Mañana por la mañana sabré si puedo responderos a esa pregunta. Os daré el nombre del asesino de Solin y la causa de las demás muertes que han tenido lugar en Gleann Geis. Hoy ha sido un día largo, hemos cabalgado mucho, necesitamos regresar a la casa de huéspedes. ¿Se resiste Cruinn a servirnos todavía? Porque si es así, quizás os gustaría aseguraros de que alguien se haga cargo de nuestras necesidades. La ley dicta que un hostal debe disponer de baños y alimentos.

Lanzó una mirada intensa sobre todos los atónitos presentes y dio media vuelta a la puerta, haciendo una señal a Eadulf para que la siguiera.

Cuando cruzaban el patio, el joven monje casi tenía que correr para ir a su paso.

– ¿Habéis visto cómo os miraba Colla? -preguntó sin aliento-. Al decir que resolveréis el problema mañana, estáis invitando a Colla y a Orla a atacaros esta noche.

Fidelma sonrió con gravedad.

– Espero que lo hagan. Sería el modo más rápido de resolver la cuestión.

A Eadulf no le hacía ninguna gracia.

– Será una noche muy larga antes de que Ibor llegue -anunció, y luego hizo una pausa-. Espero que no estéis diciendo con esto que no tenéis más plan para resolver el asunto que asustar a Colla y a Orla; ¿acaso pretendéis esperar a que os ataquen para demostrar así que son culpables?

– Eclesiásticos en el libro de los textos apócrifos -respondió enigmáticamente.

– ¿Yeso qué significa? -preguntó Eadulf de malhumor.

– No reveléis vuestros pensamientos a nadie, para no ahuyentar la buena fortuna.

Entraron en la casa de huéspedes. Estaba vacía. Eadulf llevó las alforjas a las habitaciones, mientras Fidelma avivaba el fuego en la cocina preparando agua para los baños. Estaban colocando los troncos, cuando entró Rudgal con un cesto.

– Dejad que yo lo haga, hermana -insistió en cuanto la vio, depositando el cesto sobre la mesa.

Fidelma, que estaba de rodillas tratando de encender el fuego, se levantó con una sonrisa de agradecimiento.

– Acepto encantada, Rudgal. Supongo que Cruinn sigue enfadada con nosotros, ¿no?

Rudgal se inclinó para echar leña al fuego.

– Cruinn tiene devoción por el jefe y su familia. Supongo que sigue estando enfadada con vos por haber acusado a la señora Orla y a su esposo, Colla.

– Es bastante intransigente para ser una hostalera -observó Eadulf al bajar las escaleras-. Debería mantenerse al margen y no juzgar a las personas a las que debe atender.

Rudgal lo miró con cara de pocos amigos.

– Cierto, cada uno debería mantenerse al margen de lo que hacen los demás.

Eadulf recordó entonces la curiosa actitud de Rudgal al encontrarle con Esnad la noche anterior.

– Entonces, Rudgal, ¿nos habéis traído comida? -preguntó Fidelma para desviar la atención, dirigiéndose hacia el cesto, como si no hubiera advertido la mala cara de Rudgal.

– Así es, hermana -contestó Rudgal, lacónico.

Había atizado la leña hasta obtener un intenso fuego. Se irguió y fue hasta el cesto.

– El agua no tardará en calentarse -añadió-. ¿Preferís comer antes o después del baño?

– Nos bañaremos antes de comer.

– En tal caso, iré a preparar los baños -se ofreció Rudgal-. ¿Os importa estar atenta al fuego mientras tanto?

Cuando hubo entrado en el cuarto de baño, Eadulf miró a Fidelma con una mueca y le susurró:

– Tengo la impresión de que me guarda rencor por algo, y me temo que tiene que ver con esa niña, Esnad. ¿Creéis que podría estar celoso o algo parecido? No, no, eso sería absurdo.

– Quizá deberíais averiguar qué le sucede -reflexionó Fidelma-. Después de comer algo, podrías ir a ver a Esnad para intentar saber de qué se trata.

Eadulf parecía incómodo.

– No quiero dejaros sola antes de que llegue Ibor. Si vais a hacer de señuelo para atrapar a Colla y a Orla, entonces corréis un grave peligro.

Fidelma movió la cabeza.

– Después del baño y la cena, tengo intención de ir a la sala de festejos de Laisre para incomodar a Orla y a Colla. No pueden hacerme nada delante de la asamblea. Creo que, si intentan algo, lo harán por la noche, cuando todo esté en silencio -dijo, y le sonrió con picardía-. Puede que vos corráis más peligro con Esnad que yo con Orla y Colla.

Eadulf se sonrojó.

– No es más que una niña -murmuró-. Pero tenéis razón, hay algo en el comportamiento de Rudgal que debe explicarse.

Después de una hora más o menos, Eadulf dejó a Fidelma en la puerta de la sala de festejos y se dirigió hacia el aposento de Esnad. Sabía dónde estaba porque recordaba su visita al edificio que albergaba la biblioteca de Murgal; era el mismo edificio que alojaba a Marga, la boticaria, y a Orla y Colla.

Al cruzar el patio, vio la oronda figura de Cruinn salir de la botica de Marga, y la saludó ostentosamente. La mujer se dio la vuelta en la penumbra del atardecer, le lanzó una mirada y, sin decir nada, se apresuró a marcharse. Saltaba a la vista que la hostalera se empecinaba en mostrar su hostilidad hacia él.

Eadulf entró en el edificio y se topó con Laisre en el vestíbulo. Al jefe no pareció gustarle el encuentro, y le preguntó con voz bronca qué hacía allí. Eadulf consideró que no convenía mencionar a Esnad, y dijo que se dirigía a la biblioteca de Murgal. Laisre dio un gruñido por respuesta y, sin decir más, salió. Se veía que tenía tantas ganas de perder de vista a Eadulf como el monje de salir de Gleann Gleis.

Eadulf se dirigió hacia la estancia donde recordaba haber visto a Esnad. Esperó un momento para armarse de valor y llamó a la puerta. Cuando la voz de la joven le pidió que pasara, Eadulf puso las manos dentro de las mangas y entró.

Esnad, que estaba sentada en una silla, levantó la vista con un gesto de sorpresa. Luego sonrió; casi era una sonrisa señorial. Ante ella tenía una tabla de madera desplegada, sobre la cual había dispuesto el tablero y las piezas para jugar al Brandub. Estaba sentada frente a la tabla, y era evidente que había estado analizando una partida para dar con un movimiento estratégico. Eadulf miró a su alrededor. Esnad estaba sola. En la chimenea ardía un fuego, ya que, pese a ser verano, refrescaba. La tenue luz del atardecer entraba por un ventanuco, pero la joven ya había encendido una lámpara, que había colgado en el techo, sobre la mesa.

– ¡Ja, sajón! Había oído que habíais regresado. ¿Habéis venido a jugar al Brandub conmigo? -dijo a modo de saludo.

– Eh… no exactamente -musitó, preguntándose cómo iba a abordarla.

– No os preocupéis: yo os enseñaré a jugar.

Eadulf tuvo el impulso de rechazar la propuesta, pero entendió que no obtendría nada de la hija de Orla si se dejaba dominar por sus escrúpulos.

– Pasad y cerrad la puerta -le ordenó con la autoridad de una persona mayor.

Eadulf entró y cerró la puerta.

Ella lo miró con una expresión ambigua.

– ¿Nunca habíais jugado al Brandub?

Eadulf iba a reconocer que no había jugado a otra cosa con sus compañeros de estudios en Tuam Brecain, pero se contuvo a tiempo y negó con la cabeza.

– Seguiré vuestras instrucciones -anunció con gravedad, sentándose en la silla que había frente a ella.

Era una buena ocasión, ya que durante el desarrollo del juego podría hacerle preguntas.

Esnad no bajó la vista para jugar.

– ¿Sabéis qué significa Brandub?

– Es fácil: cuervo negro.

– Pero, ¿sabéis por qué llamamos así al juego?

Eadulf había oído la explicación varias veces, pero afectó ignorancia.

– El cuervo es el símbolo de la diosa de la muerte y la batalla. Simboliza el peligro. El propósito del juego es sobrevivir al ataque de la fuerza hostil del oponente…, un jugador ataca, y el otro se defiende.

El monje hizo ver que estaba enfrascado en la explicación, como si fuera la primera vez que la oía. Esnad señaló el tablero con la mano y prosiguió:

– Como veis, el tablero está dividido en cuarenta y nueve cuadrados; siete cuadrados por siete cuadrados. En el cuadrado de en medio se coloca esta pieza grande que veis, el rey.

Eadulf asintió de forma mecánica.

– Esta pieza simboliza al rey supremo de Tara. Alrededor del rey supremo hay otras cuatro piezas, cada una de las cuales representa a un rey provincial: el rey de Cashel en Muman, el rey de Cruachan en Connacht, el rey Alecnn en Laigin y el rey Ailech en Ulaidh.

– Entiendo -dijo Eadulf con gravedad.

– En cada lado del tablero hay dos piezas de ataque, ocho en total. El atacante las desplaza sobre el tablero, a menos que lo detenga una combinación de los reyes provinciales. El propósito consiste en desplazar la pieza del rey supremo a una esquina de la que no pueda escapar. Conseguido esto, termina la partida. ¿Me seguís? -miró a Eadulf antes de añadir-: Pero si el atacante no logra reducir a los defensores, pierde el juego.

– Entiendo.

– Entonces, yo atacaré primero -propuso la niña forzando una sonrisa amable-. Me gusta más atacar que defender. Vos defenderéis. ¿Estáis preparado?

Eadulf asintió con conformidad.

La joven empezó a mover las piezas, y Eadulf contraatacaba según las reglas. Tuvo que reconocer que atacaba con resolución y, si bien carecía de una estrategia meditaba, corría riesgos que a veces le compensaban. Al parecer, su técnica consistía en anteponer la fuerza a la estrategia.

Al rato, Esnad tenía el ceño fruncido para concentrarse en el juego, mientras Eadulf, enfrascado, ya jugaba de forma mecánica, olvidando que a los ojos de ella era un principiante.

– Aprendéis deprisa, sajón -dijo ella al final con rabia, ya que Eadulf esquivaba todos los ataques.

– Es mera suerte, Esnad -contestó, al tiempo que caía en la cuenta de que era preferible cometer algún que otro error para no ser descubierto antes de poder sonsacarle información.

Fue un alivio ver que Esnad reaccionaba con una sonrisa de satisfacción al mover rápidamente las piezas para sacar provecho de sus «errores».

Eadulf torció la boca en una sonrisa.

– ¿Qué os he dicho? -dijo, después de reconocer la derrota-. Lo de antes ha sido mera suerte. Permitid que tome la revancha con otra partida. No me importa tener que defender otra vez.

– Muy bien -dijo la joven, que le estaba sonriendo con una expresión coqueta-. Pero juguemos con prenda para hacer la partida más interesante.

Eadulf frunció las cejas.

– ¿Con prenda? ¿Y qué tipo de prenda?

Esnad se llevó la punta del dedo entre los dientes y se la mordió. Su sonrisa se ensanchó.

– Si gano yo, tendréis que hacer lo que os diga.

Eadulf no las tenía todas consigo y dijo:

– Puede que no sea una buena idea si no sé qué tenéis en mente.

– Oh, no os haré hacer nada que os perjudique, ni que perjudique a otras personas -dijo Esnad con encanto.

Eadulf se encogió de hombros.

– En tal caso, si no es nada perjudicial, acepto. Pero, ¿y si gano yo?

– Sólo tendréis que pedir vuestra prenda -contestó la joven sin dejar de sonreír seductoramente.

– Colocad las piezas -dijo Eadulf con brusquedad-, y ya se me ocurrirá algo.

Iniciaron la partida.

– ¿Por qué sois tan amable conmigo, cuando vuestra madre es tan hostil con Fidelma y conmigo? -preguntó Eadulf de pronto, en medio de un movimiento.

Esnad no levantó la vista del tablero. No parecía siquiera estar pendiente de la conversación.

– Las disputas de mi madre no son las mías. De todos modos, está más enfadada con vuestra compañera, Fidelma, que con vos. Yo en vuestro lugar no me preocuparía de la actitud de mi madre; a mí me funciona.

– Vuestro padre es tánaiste y vuestra madre, su esposa. Sus deseos tendrían que tener cierto peso, ¿no creéis?

– ¿Por qué debería preocuparme?

– ¿No os interesan sus asuntos?

– En absoluto. Me interesa disfrutar de la vida y no los asuntos de Gleann Geis.

Eadulf guardó silencio un momento para considerar un movimiento especialmente peligroso. Era evidente que a Esnad no le gustó nada su reacción, e hizo un mohín de desaprobación al ver que Eadulf había contraatacado.

– Quizás un día os caséis con un jefe y tengáis que interesaros por esta clase de asuntos -sugirió Eadulf al cambiar de posición la pieza del rey.

La niña se rió, quitándole importancia a sus palabras.

– Quizá -concedió-. Pero si me casara con un jefe, me aseguraría de que no me tocara participar de los asuntos del clan, sería su responsabilidad, no la mía. Yo tendría otras ocupaciones.

– ¿A vuestros padres no les importa que no os intereséis en lo que atañe a Gleann Geis?

– Nunca hablo de esto con ellos.

Eadulf la miró a la cara y decidió que era el momento para formular la pregunta en cuestión.

– ¿Por qué Rudgal va tras vos con tanto celo?

Esnad lo miró, perpleja. Hizo un mohín y respondió:

– Hacéis muchas preguntas, sajón. ¿Por qué no os concentráis en la partida? Todavía queda mucho juego por delante.

– Es que tengo la impresión de que Rudgal no me mira igual desde que vinisteis al hostal el otro día, y me gustaría saber por qué.

– Oh, no le hagáis caso -suspiró la niña-. Cree que está enamorado de mí.

A Eadulf le sorprendió la ligereza con que trataba Esnad la cuestión.

– Ya suponía eso -concedió Eadulf con solemnidad-. Y, claro, vos no estáis enamorada de él.

– No. Es demasiado mayor, y no tiene medios para darme una vida estable. De todos modos, eso a lo que él llama «amor» es la clase de emoción que siente un perro por sus ovejas. Si alguna vez contraigo matrimonio con alguien, será por otras razones. Entretanto, quiero disfrutar de la vida antes de ser vieja y tener una vida estable.

– Pero Rudgal no es mucho mayor que yo -señaló Eadulf.

Esnad se rió.

– Pero vos sois mucho más interesante que Rudgal, sajón. Sigamos jugando.

Eadulf guardó silencio. La niña era una hedonista convencida. Parecía que para ella la vida consistía en satisfacer los placeres que ésta brinda. Su actitud no parecía encerrar ningún misterio. Tendría que acabarar la partida y eludir lo mejor que pudiera la embarazosa situación en que se hallaba.


En la sala de festejos, los músicos todavía tocaban melodías animadas, que hacían de contrapunto a las carcajadas y conversaciones de los invitados.

Fidelma buscó a Murgal para sentarse a su lado. Desde allí veía, al otro extremo de la sala, a Orla y a Colla y, entre el resto de comensales, también vio a Rudgal y a Ronan. No vio a Laisre por ninguna parte, ni a ningún otro rostro conocido. Al verla, Murgal la miró con incomodidad.

– No esperaba que asistierais al festejo de esta noche, Fidelma de Cashel -observó.

– Es posible que sea la última noche que pase en Gleann Geis -contestó, seria.

– ¿De veras creéis que mañana por la mañana podréis aclarar todo lo sucedido? -preguntó Murgal con escepticismo.

Fidelma rechazó el aguamiel que le ofrecieron y no respondió a la pregunta. Murgal se disponía a decir algo más, cuando la música cesó y se impuso el silencio en toda la sala. Ronan se puso en pie ante todos y empezó a cantar con una buena voz de tenor que sorprendió a Fidelma, pues no lo esperaba de un granjero tosco e insensible que prefería pasar el tiempo atendiendo a la escolta de Laisre. Su canción era de tono bélico:

Mi recta lanza es de rojo tejo,

la mejor entre las más lustrosas lanzas;

es mía por derecho y no osa enfrentarse

a ella ningún guerrero.


Mi afilada espada es de hierro blanco y bruñido,

cuchilla de la coraza enemiga,

es silenciosa en la vaina de bronce

por miedo a derramar sangre.


Mi templado escudo es de bronce dorado,

jamás ha sido deslustrado,

pues me protege de cuantos agresores haya

y de sus armas también.


Volvió a sentarse entre una salva de aplausos. Murgal miró a Fidelma con cierta malicia y dijo:

– La otra noche cantasteis una buena canción, Fidelma. ¿Nos cantaréis hoy otra para entretenernos?

Fidelma declinó la invitación con seriedad:

– Una canción debe surgir del alma al momento, y no forzarla con la mente cansada por mero divertimento, para pasar el rato. Quizá vos conozcáis otra canción sobre Cashel para divertirnos.

– Hoy no -reconoció-. ¿No sentís la hostilidad que flota en la sala esta noche?

– ¿Hostilidad? -preguntó.

– La noticia de que mañana daréis el nombre del asesino de Solin y los demás va en boca de cuantos habitan la ráth.

– Sólo los culpables deben temer algo -dijo Fidelma a su vez.

– Muchos creen que daréis el nombre de un inocente para evitar que la culpa recaiga sobre vos. No han olvidado que solamente limpiasteis vuestro nombre con un tecnicismo jurídico, sin poder revelar quién mató en realidad a Solin. Muchos siguen creyendo que vos matasteis a Solin porque erais rivales de la misma Fe. Y tantos otros tampoco os han perdonado que intentarais desplazar la culpa a Orla, ya que goza de buena fama entre nuestro pueblo.

– Y supongo que también he matado al hermano Dianach, e hice desaparecer a Artgal. O, claro, acaso yo misma maté también a esos treinta y tres hombres.

Murgal ni se inmutó.

– Para quienes se oponen a una persona, cualquier suposición desfavorable hacia ella es posible.

– ¿Y para vos?

– Fidelma, yo soy druida y brehon. Al principio tuve una actitud de rechazo hacia vos, la misma que he tenido siempre para con los de vuestra Fe, a los que siempre he considerado gente insignificante, con prejuicios, intolerantes con las creencias de los demás; gente que no acepta a nadie que no piense como ellos. Pero me percaté de que erais distinta de las personas de vuestra Fe que había conocido hasta el momento. Confío en vos. Y creo que estáis libre de culpa. Acaso vos podáis confiar en mí para que os pueda ayudar.

Fidelma tuvo el impulso de contarle cuanto sabía; incluso había abierto la boca para hacerlo, cuando se dio cuenta de que era arriesgado. Cerró la boca de golpe. De repente, Murgal se mostraba demasiado amable. ¿Y si tenía motivos ocultos para aquel cambio de actitud?

Justo en aquel momento, se fijó en que Laisre había entrado en la sala. Iba ataviado con una capa, pues fuera refrescaba. Se dirigió hacia el fuego junto al que estaba situada su silla, justo delante de una mampara de madera tallada. La mampara quedaba a la altura del hombro y detrás se guardaban los barriles de cerveza. El jefe pasó por detrás de la mampara, donde había una mesa para dejar las capas y las armas durante el banquete.

Fidelma siguió su paso por la sala con una mirada maliciosa y se fijó en la cabeza que asomaba sobre la mampara, mientras dejaba la capa. Laisre se volvió y la miró directamente a los ojos; sólo se veía la mitad superior de su rostro; los ojos y la parte superior de la cabeza, de modo que no estaba segura de la emoción que expresaba su rostro. Cruzaron las miradas un momento. Un escalofrío le sacudió todo el cuerpo. Entonces respiró hondo y se calmó. Luego volvió a dirigirse a Murgal.

– Lo lamento. ¿Qué decíamos?

– Decíamos que deberíais confiar en mí, Fidelma de Cashel. Mañana deberéis explicar vuestras sospechas, o concluir vuestra negociación con Laisre y regresar a Cashel. Si regresáis a Cashel sin dar una explicación de lo que ha sucedido aquí, dejaréis atrás a muchos que sospecharán de vos. Se os seguirá culpando de la muerte de Solin.

Fidelma miró detenidamente a Murgal:

– Vos y el pueblo de Gleann Geis tendréis la solución a este asunto mañana por la mañana. Os lo juro.

Vio a Eadulf entrando en la sala; estaba ruborizado y parecía aturdido. Presentó excusas a Murgal, se puso en pie y fue hasta donde estaba el sajón.

– ¿Qué ha ocurrido, Eadulf? -preguntó con curiosidad-. Tenéis una expresión arrebatada.

– ¿Que qué ha ocurrido? -preguntó, indignado, sin apenas poder controlar la cólera-. Esa niña, Esnad, no está en sus cabales. Hasta Nemon, la prostituta, es más honesta que ella.

Fidelma lo tomó del brazo para tranquilizarlo.

– Venid conmigo al hostal, me lo contaréis de camino allí.

– ¿Sabíais que esa niña ha intentado llevarme a la cama?

Fidelma le lanzó una mirada de regocijo.

– Es joven y atractiva -señaló.

Eadulf hizo un ruido inarticulado.

– Diría que la proposición no os ha hecho mucha gracia -añadió con una sonrisa maliciosa.

– Me ha hecho jugar al Brandub y ha exigido que el que perdiera debía pagar una prenda. Si yo perdía, iba a pedirme que me acostara con ella. Si yo ganaba, esperaba que yo le pidiera lo mismo.

– ¿Y así ha sido?

Eadulf la miró, horrorizado, y preguntó:

– ¿Si me he acostado con ella?

– No, si habéis ganado la partida.

Eadulf sacudió con vehemencia la cabeza.

– He visto hacia dónde iba a parar la situación y he ganado, pero no he satisfecho sus expectativas. Aun así, eso no ha valido para impedir que intentara persuadirme. Me ha costado lo mío esquivar su acoso.

– Lo más importante -dijo Fidelma cuando entraban en la casa de huéspedes-, ¿habéis averiguado si está implicada en la política de los padres? ¿Qué relación tiene con Rudgal?

– Sólo tiene interés en los placeres sensuales -resopló Eadulf con malhumor-. Poco sabe de otras cosas. En cuanto a Rudgal, creo que lo atormenta una pasión que podría compararse a una adoración incondicional por esa chiquilla libertina. Lo compadezco.

Fidelma encendió la lámpara.

– Bueno, nos hará bien acostarnos temprano. Por hoy hemos hecho cuanto hemos podido. Si todo va bien, Ibor estará aquí antes del amanecer.

Eadulf la miró con preocupación.

– Estarnos en medio de un juego muy arriesgado, Fidelma. Una cosa es tomar la ráth, y otra muy distinta poder resolver el misterio.

Fidelma parecía bastante contenta.

– Creo que ya puedo resolverlo… ahora -añadió con énfasis-. Pero el peligro más inminente es el de pasar la noche aquí. Debemos dormir con los ojos abiertos.

Eadulf estaba muy preocupado.

– Esta noche no dormiré -juró-. Podéis estar segura de eso.


Todavía era de noche cuando se despertó del sueño profundo en que se había sumido en cuanto se metió bajo las mantas.

Se incorporó sobre la cama con el corazón acelerado al distinguir una figura inclinada sobre él.

Reconoció en la oscuridad el aroma de Fidelma, que se inclinó más sobre él para susurrarle:

– Hay alguien en el hostal. He oído cómo intentaban abrir la puerta. Están abajo, y creo que van a subir.

Fidelma regresó a su cuarto sin hacer ruido, y Eadulf salió de la cama de un salto enfundándose a toda prisa el hábito.

Oyó unos pasos que subían con sigilo, pero los delató un crujido en la escalera.

Se escondió tras la puerta con uno de los pesados candelabros de hierro en la mano, en cuanto el intruso pasara por delante de la puerta hacia la habitación de Fidelma, él saldría y lo abordaría por detrás. Apenas había pensado en esta estrategia, cuando oyó los pasos detenerse en el pasillo y luego… luego el cerrojo de su puerta empezó a levantarse.

Se arrimó cuanto pudo a la pared y, con el corazón desbocado, enarboló de manera automática el candelabro para defenderse.

La puerta crujió al abrir.

Una sombra entró en la habitación: era corpulenta y masculina, y llevaba una espada en la mano.

Eadulf no esperó más. Golpeó con el candelabro la cabeza del hombre con un ruido sordo y escalofriante. Se oyó un leve gruñido, y la figura se desplomó en el suelo, soltando la espada con ruido.

Eadulf se quedó pasmado, temblando, unos instantes.

Oyó a Fidelma exclamar su nombre, alarmada, y acudió corriendo desde su habitación.

– ¿Dónde estáis, Eadulf? -preguntó con preocupación.

– Aquí -musitó el sajón, que recogió el candelabro y la vela del suelo.

Intentó encender la vela con un sílex y una yesca. Era difícil en plena oscuridad. Antes tenía que coger la caja de metal que contenía la madera podrida de haya (la madera estaba casi desintegrada por el efecto del hongo), y luego encenderla golpeando el sílex contra una afilada pieza de metal para provocar la chispa. Una vez la chispa hizo arder la madera, pudo encender la mecha de la vela. Sólo entonces pudieron descubrir quién era la figura que yacía en el suelo.

– ¡Rudgal! -exclamó Fidelma con un suspiro.

– Le he dado un buen golpe -confesó Eadulf-. Parece que le sale mucha sangre de la cabeza. Más vale que le vende la herida.

– Pero antes atadle las manos -indicó Fidelma-. No ha venido aquí con buenas intenciones, en plena noche y empuñando una espada.

Eadulf encontró una cuerda resistente en la cocina del hostal y volvió a subir para atar las manos del guerrero. Mientras lo hacía, Rudgal empezó a recobrar el conocimiento entre quejidos. Eadulf lo arrastró del suelo a la cama, fue a buscar un cuenco con agua y le humedeció la herida sangrante de la cabeza.

Rudgal pestañeó varias veces hasta abrir bien los ojos. Lanzó una rápida mirada a su alrededor y dobló los brazos.

– ¡Quieto! -le ordenó-. Tenéis las manos atadas.

Rudgal se relajó de inmediato.

Fidelma estaba de pie con las manos entrecruzadas, examinando con interés al guerrero.

– Nos debéis una explicación, Rudgal -observó-. ¿Os encargaron matarme o vinisteis a hacerlo por iniciativa propia?

Rudgal la estaba mirando con perplejidad.

– ¿Mataros, hermana? ¿A vos? -repitió con un grito ahogado-. No os comprendo.

Fidelma no se impacientó.

– Imagino que no vinisteis a buscarme en plena noche, con una espada en la mano, para hacer buenos oficios.

Rudgal parpadeó y negó lentamente con la cabeza.

– No, no era a vos a quien yo buscaba, sino a… -dijo, sacudiendo la cabeza para señalar a Eadulf -a este extranjero. A él quería matar.

Eadulf estaba impresionado.

– ¿Y por qué querríais matar al hermano Eadulf? -preguntó Fidelma.

Rudgal frunció el ceño y contestó con aspereza:

– Él ya sabe por qué.

– Yo no lo sé -aseguró Eadulf-. ¿Qué he hecho yo? -preguntó, y luego se lamentó-: ¿No me digáis que esto tiene que ver con la tonta de esa chiquilla?

– ¡Habéis intentado arrebatarme a Esnad! -le gritó Rudgal, forcejeando para incorporarse-. Me ha dicho que anoche estuvisteis con ella. Os mataré.

Eadulf lo empujó para dejarlo otra vez sobre la cama.

– Debéis de estar loco -dijo el sajón despacio-. No tengo ningún interés en esa niña.

– Rudgal, escuchadme -dijo Fidelma, interrumpiendo así los sollozos atormentados del guerrero rubio-. Eadulf no está interesado en Esnad. Cualquiera que sea la relación que os una a ella, creo que debéis aclararla.

– Pero él pasó la noche con ella.

– Seguía mis instrucciones -respondió Fidelma, que entendía el sentido de su locura.

Rudgal enrojeció.

– ¿Y para qué ibais a pedirle que sedujera a Esnad?

– ¡Por la verdad de Cristo! -exclamó el sajón-. Si alguien intentó seducir a alguien, fue ella. Vos ya deberíais saber cómo es Esnad.

– ¡La amo!

– Pero, ¿y ella? ¿Os ama también? -preguntó Eadulf.

La expresión de Rudgal revelaba que no podía dar una respuesta con seguridad.

– Rudgal -dijo Fidelma-, no es necesario que nadie vierta sangre por una niña caprichosa.

El guerrero se mostraba reacio a darles la razón.

– Esnad me dijo que él estuvo en su aposento. Se burló de mí al decirme…

Fidelma alzó una mano para mascullar:

¡Aegra amans!

Sólo Eadulf la entendió. La frase era de Virgilio, que hablaba de que el amor posesivo es una enfermedad. Eadulf la miró con cierto disgusto.

Amantes sunt amerites -respondió, diciendo que los amantes son dementes.

Rudgal los miraba con mala cara, sin entender nada.

– Entre Esnad y yo no hay nada -insistió Eadulf-. ¿Por qué no resolvéis de una vez vuestros problemas con ella?

Rudgal lo fulminó con la mirada.

– Es un buen consejo, Rudgal -añadió Fidelma-. Si creéis que tan enamorado estáis de Esnad, deberíais hablar con ella. Estoy segura de que la opinión que ella tenga es más importante para vos que la de cualquiera.

Rudgal seguía enfadado.

– ¿Es posible que no os corresponda, y que por eso os resulte más fácil echarle la culpa a otras personas diciendo que os la quieren arrebatar? -prosiguió Fidelma-. ¿Acaso os pertenece?

Fidelma dio en el blanco. El guerrero y carrero se estremeció, como si ella le hubiera golpeado.

– Lo que hagáis o dejéis de hacer no nos incumbe, Rudgal -prosiguió Fidelma-, pero yo en vuestro lugar sería prudente y recapacitaría sobre el asunto. Haríais bien en averiguar si amáis a Esnad o si deseáis lo que se os niega. Son dos cosas diferentes. Y si amáis a Esnad, os importará lo que ella piense y desearéis su felicidad.

– ¿Qué vais a hacer conmigo? -masculló Rudgal, sin prestar atención al consejo.

– Habéis infringido la ley al atacar a Eadulf con intención de matarle -señaló Fidelma-. ¿Y si lo hubierais matado? ¿Qué creéis que deberíamos hacer con vos?

– Declaro que tengo una justificación -anunció el hombre con tozudez.

– No hay justificación que valga -dijo Eadulf, colérico por la actitud persistente del guerrero.

Fidelma le puso una mano sobre el brazo y le indicó que saliera con ella al pasillo.

– ¿Qué proponéis? -susurró él una vez estuvieron fuera.

– No podemos soltar a Rudgal antes de mañana. Puede que sólo haya tenido un arrebato de celos por Esnad. No obstante, por si hay algo más que un simple mal de amores, deberíamos retenerlo hasta mañana por la mañana. Comprobad que esté bien atado, y mañana averiguaremos si esos eran sus verdaderos motivos.

Regresaron al cuarto, donde Rudgal forcejeaba para deshacer los nudos.

– No os mováis -le ordenó Eadulf con dureza-, a menos que queráis que os dé otro golpe en la cabeza.

Rudgal lo miró con rabia y lo amenazó:

– Si no tuviera las manos atadas, extranjero…

– Por eso permaneceréis atado -lo interrumpió Fidelma.

Usaron más cuerda, y les costó juntar los pies de Rudgal, ya que sacudía las piernas con fuerza. Cuando lo hubieron atado de manos y piernas, Rudgal empezó a gritar, por lo que Eadulf le envolvió una toalla alrededor de la cabeza para taparle la boca y, así, hacerle callar.

Rudgal tardó un poco más en aceptar que era imposible escaparse y se tranquilizó poco a poco. No fue hasta entonces cuando oyeron movimiento en la planta baja de la casa de huéspedes.

Fidelma y Eadulf se miraron, alarmados. Eadulf cogió en una mano la espada que se le había caído a Rudgal, y en la otra, la lámpara de aceite, y avanzó con sigilo hacia la puerta. Fidelma iba detrás de él, mirando por encima del hombro. Cruzaron el pasillo con cautela hasta llegar al rellano sobre el vuelo de escaleras que llevaban a la planta de abajo.

Al final de la escalera, una figura los miraba desde la oscuridad.

Eadulf levantó la lámpara. Los rayos de luz iluminaron a Colla.

– ¿A qué habéis venido? -preguntó Eadulf, maldiciendo que la emoción le quebrara la voz, pues ante ellos estaba la persona que, según sus expectativas, trataría de atacarles aquella misma noche.

Colla los miró con sorpresa, y parpadeó al fijarse en la espada que Eadulf llevaba en la mano.

– ¿Hay algo que va mal? -titubeó.

– ¿Mal? ¿Hay algo que debería ir mal? -preguntó Fidelma sin perder la calma.

– Pasaba por aquí y me ha parecido oír a alguien pedir ayuda, así que he entrado.

Fidelma observó con detenimiento al tánaiste. Era una explicación plausible, ya que Rudgal había hecho bastante ruido al amordazarlo.

– Era Eadulf -mintió sin alterarse-. Ha gritado en sueños, y yo he ido a ver si estaba enfermo. Luego hemos oído un ruido abajo y hemos pensado que alguien había entrado…

Eadulf enseguida sacudió la cabeza para confirmar sus palabras, pensando en qué penitencia tendría que pagar por aquella sarta de mentiras.

– Es cierto. He tenido una pesadilla -se apresuró a añadir.

Colla dudó un momento, y luego se encogió de hombros.

– La puerta estaba abierta de par en par -dijo-. La cerraré al salir.

Se los quedó mirando unos instantes para luego dar media vuelta y salir del hostal, cerrando la puerta tras él. Le oyeron saludar a alguien, con quien habló a media voz. Eadulf corrió a mirar por la ventana de arriba, que daba al patio, y escuchó la conversación susurrada.

– Es Laisre -informó a Fidelma a media voz-. Por lo visto pasaba por delante del hostal, cuando ha visto salir a Colla y le ha preguntado qué ocurría. Ya se han ido los dos.

Fidelma suspiró hondo.

– Ya no creo que vaya a suceder nada más antes del amanecer -dijo con un tono de satisfacción-. Pronto descifraremos el enigma.

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