CAPÍTULO XXVI
UNA vez más, cuatro hombres permanecían sentados y mirando a Poirot. Timothy Raglan, el superintendente Spence y el condestable jefe ponían unas caras que hacían pensar en la expresión ansiosa de un gato que estuviese a punto de ver materializarse ante él una fuente de leche. El cuarto hombre daba la impresión de contener su escepticismo momentáneamente.
—Bueno, monsieur Poirot —dijo el condestable jefe—. Usted ya sabe por qué estamos aquí…
Poirot hizo un movimiento de manos, una seña. El inspector Raglan salió de la habitación, regresando en compañía de una mujer de treinta años, aproximadamente, una chica y dos adolescentes, dos muchachos.
Procedió a efectuar las presentaciones.
—La señora Butler… La señorita Miranda Butler… Los señores Nicholas Ransom y Desmond Holland…
Poirot se levantó, cogiendo a Miranda por una mano.
—Siéntate aquí, junto a tu madre, Miranda… El señor Richmond, condestable jefe de la policía, quiere hacerte algunas preguntas. Desea, naturalmente, que tú se las contestes. La cuestión se refiere a algo que tú viste… hace más de un año, hace casi dos. Tú hablaste de ello con una persona, una sola persona, tengo entendido. ¿Es cierto lo que acabo de decir?
—Hablé de aquello con Joyce.
—¿Y qué es lo que le dijiste a Joyce, exactamente?
—Que había sido testigo de un crimen.
—¿Referiste eso a alguna otra persona?
—No. Sin embargo, creo que Leopold se enteró… Usted ya sabe que tenía la costumbre de espiar a los demás, de escuchar las conversaciones ajenas. Se paraba detrás de las puertas… Hacía todas esas cosas. Siempre le había agradado estar informado de los secretos del prójimo.
—Tú oíste afirmar que Joyce Reynolds, durante la tarde, antes de la reunión en casa de la señora Drake, aseguró que ella había visto a alguien cometer un crimen… ¿Era eso cierto?
—No. Joyce se limitó a repetir lo que yo le había dicho… Fingía, simplemente, ya que quería dar la impresión de que aquello le había sucedido a ella.
—¿Querrás decirnos ahora qué es lo que viste?
—Yo no supe al principio que se trataba de un crimen. Me figuré que había sido un accidente. Pensé que ella se había caído…
—¿Dónde ocurrió la escena?
—En el jardín de Quarry House, en el hueco que ocupara en otro tiempo la fuente. Yo me encontraba subida a la copa de un árbol. Había estado observando los manejos de una ardilla… Era preciso que me mantuviera muy quieta, ya que de lo contrarío el animal habría huido, espantado. Las ardillas son muy rápidas en sus movimientos.
—Cuéntanos lo que viste.
—La llevaban un nombre y una mujer a lo largo de un sendero. Me figuré que pensaban conducirla al hospital o al edificio de Quarry House. De pronto, la mujer se detuvo, diciendo: «Alguien nos está espiando». Levantó la vista hacia el árbol en que yo me hallaba. El hombre se limitó a responder: «¡Bah! ¡Tonterías!». Entonces, siguieron su camino. Yo vi rastros de sangre en una bufanda y también un cuchillo ensangrentado… Pensé que alguien podía haber intentado dar muerte a aquella gente… A todo esto, no me atrevía a hacer el menor movimiento.
—¿Porque tenías miedo…?
—Sí, pero sin saber por qué.
—¿No le referiste aquello a tu madre?
—No. Me dije que tal vez estuviese feo que yo me escondiera allí para observar lo que hacían los demás. Como al día siguiente no oí a nadie comentar ningún accidente, me olvidé de todo. No volví a pensar en eso hasta…
La chiquilla calló de repente. El condestable jefe despegó los labios, pero no articuló ningún sonido. Miró a Poirot haciendo un gesto apenas perceptible.
—Bien, Miranda… ¿Hasta cuándo?
—Fue como si todo se repitiera. Esta vez fue un verde picamaderos… Yo estaba inmóvil observándolo, metida en unos frondosos matorrales. Y aquellos dos estaban sentados tranquilamente, charlando… Hablaban de una isla, de una isla griega… Ella dijo unas palabras semejantes a éstas: «El contrato está firmado. Es nuestra. Podemos trasladarnos allí cuando se nos antoje. Pero será mejor que procedamos con calma… Es necesario que se hagan las cosas sin la menor precipitación».
»El picamaderos desapareció y yo hice un movimiento. La mujer dijo entonces: “¡Silencio! No digas nada ahora. Alguien nos está observando”. A mí me pareció que repetía las frases del episodio anterior. Vi la misma mirada en sus ojos. Y tuve miedo. Me acordé de lo otro como si hubiese acabado de vivirlo… Y ahora ya supe el significado de todo. Supe que había presenciado un crimen y que ellos habían sido portadores de un cadáver, con la intención de esconderlo en alguna parte de los jardines. Ya no era tan chiquilla como antes. Había aprendido muchas cosas y lo que éstas revelaban… Pensé en la sangre, en el cuchillo, en el cuerpo lacio, desmadejado, sin vida…
—¿Cuándo ocurrió todo eso? —inquirió el condestable jefe.
Miranda reflexionó un momento.
—En el mes de marzo pasado… Poco después de la Pascua de Resurrección.
—¿Podrías decirnos quiénes eran aquellas dos personas, Miranda?
—Naturalmente que puedo.
La chica pareció ahora un tanto desconcertada.
—¿Llegaste a ver sus caras?
—Desde luego.
—¿Quiénes eran?
—La señora Drake y Michael…
No hubo ninguna inflexión dramática en la denuncia. La voz de la niña sonó natural. Era la de una persona segura de lo que decía.
El condestable jefe dijo:
—No confiaste a nadie lo que habías visto. ¿Por qué procediste así?
—Pensé… pensé que eso podía ser un sacrificio.
—¿Quién te indicó tal cosa?
—Me lo dijo Michael… Él decía que los sacrificios eran necesarios.
Poirot inquirió suavemente.
—¿Querías tú a Michael?
—¡Oh, sí! —exclamó Miranda—. Le quería mucho.