OBERÓN EN EL BOSQUE

Traté de dormir, pero no pude. Me rondaban por la cabeza demasiadas ideas.

Cuando me decidí a levantarme de la cama faltaba aún rato para la cita en el chat, y como esperar se me ha dado siempre fatal, decidí adelantarme y darle a John un telefonazo. Contestó con su mejor mala leche. Traduzco:

– ¿Se puede saber qué coño te pasa?, acabo de hablar con Günter hace cinco minutos. Dice que no puede hacer nada desde casa. Está castigado.

– ¿Que está qué?

– Castigado. Su padre le ha prohibido conectarse a la Red en una semana. ¿Qué pasa?: ¿en España no os castigan, cuando os portáis mal? Así os va de mayores.

– ¿Cuántos años tiene?

– ¿Günter?: trece, por qué…

Lo que faltaba. Debe de haber en este mundo cien mil jaquers mayores de edad y tenía que ir a topar con un adolescente castigado sin módem. Suerte que según John no estaba todo perdido: el chaval podía ir al local de Stinkend Soft para conectarse al chat, y desde allí mismo le echaría un vistazo al tema. Era de esperar que hacia el final de la tarde pudiera darnos alguna noticia.

– ¿Has empezado a leer La Fortaleza?

– ¿Vas a dejar de dar po'l saco? Sí, la he estado leyendo esta mañana.

– Vale. Oye: ¿te importa conectarte ahora y hablamos en el chat? Si no, la llamada a Dublín me va a costar un huevo.

Accedió a regañadientes. Le di cinco minutos para conectarse y me fui yo también al ordenador. Nuestro jompeich en Metaclub.net mostraba algunos cambios de diseño que hubiera querido explorar con calma, pero me fui directo a la sección de los chats y me metí en el rum general. Allí estaba el nic-neim de John (Jhn), en el box de asistentes.

Traduzco:


Pbl› Ya estoy aquí.

Jhn› Estarás contento, ¿no?, me has jodido el día completo. Espero que me expliques a qué viene tanto jaleo.

Pbl› ¿Dices que has leído The Stronghold?

Jhn› Sí, qué pasa con eso.

Pbl› ¿No has notado nada raro?

Jhn› ¿Algo raro que debería notar?

Pbl› Joder, Jhn, ¿qué antigüedad dirías que tiene el texto?

Jhn› Middle English, digamos s. xiv. Quizá anterior. Woung nos sacará de dudas.

Pbl› No seas cazurro, eso no es posible.

Jhn› ¿Por?

Pbl› ¿Has leído el poema entero?

Jhn› SIIIIIIIIIÍ.

Pbl› Y no te extraña que en un texto del s. XIV aparezcan referencias freudianas.

Jhn› No me jodas, Pablo: si algo no es Freud es original, te lo encuentras desperdigado por la literatura de todos los tiempos.

Pbl› Y qué me dices de Russell: en el texto está completamente explicada la teoría del lenguaje-retrato, y eso es puro siglo XX.

Jhn› El día en que no recuerde en qué siglo escribió Russell me jubilaré.

Pbl› Hablo en serio: la teoría está ahí, casi literalmente, en una docena de versos hacia el final del poema.

Jhn› Si no recuerdo mal, la teoría del lenguaje-retrato propone literalmente el isomorfismo entre el lenguaje y la realidad. ¿Hay algún verso que hable de eso, así de literalmente?

Pbl› Sabes muy bien que eso se puede explicar con otras palabras… ¿Recuerdas cuando Henry se empeña en dibujar la estructura de la fortaleza?' Hay un par de estrofas en las que se hace exactamente las mismas suposiciones que Russell: estudiar el lenguaje para entender la estructura de la realidad, la misma mezcla de lucidez y ceguera. Y Wittgenstein habla en el Tractatus de las proposiciones del lenguaje como «pinturas de lo real»: exactamente la misma expresión que se cita en el poema, la referencia es clarísima, no hay más que leerla.

– Woung from Honk Kong is joining the chat at r7:oz (G TM + r).

Ésa era la línea que insertaba el sistema para avisar de la llegada al rum del chino.

Woung› Hola, Jhn, y compañía.

Jhn› Woung, te presento a Pablo, mi socio en Barcelona.

Woung› Encantado Pablo, he oído hablar mucho de ti.

Pbl› Hola, Woung, gracias por acudir.

– sat from Berlin is joining the chat at 17:02 (G TM + i).

Otro que entraba. El nic-neim no me decía nada.

Jhn› ¿Qué nos cuentas del texto, Woung?, Pbl está delirando anacronías entre la forma y el contenido.

121› hola, jhn. eres john?

A partir de aquí las cosas se pusieron difíciles. Un chat con cuatro tíos y un duende no es fácil de seguir.

Woung› Bueno, no he tenido tiempo de leer el poema entero, sólo unas cuantas estrofas al azar. Interesante.

– Puck from Norway is joining the chat at I7:o4 (GTM + i).

Jhn› Sí, 121, soy Jhn. ¿Eres Günter?

121i› si. günter. hola para todos. mi inglés no muy bueno.

Jhn› Os presento a Günter: el mejor hacker a este lado del Misisipi.

Pbl› Hola, 121.

Pbl› Woung: ¿no puedes darnos una primera opinión sobre la antigüedad del texto?

Puck› 121: ¿eres de verdad un hacker? ¿Has metido algún virus en los ordenadores de la NASA?

Wong› Inglés Medio: posterior al s. XII con toda seguridad.

Pbl› Woung: ¿puedes concretar un poco más?, me interesa sobre todo el límite superior de la datación.

Woung› Es difícil fijar límite superior. Yo diría s. XIV, pero puede ser del XIII, o quizá del XV. No puedo especificar más partiendo sólo del lenguaje.

121› puck: yo no craker que pone virus.

Jhn› Puck: no le preguntes nunca a un hacker si es un hacker.

Woung› Las dataciones precisas requieren un análisis de contenido y un buen trabajo de documentación histórica. Suelen hacerse en equipo con especialistas de distintas áreas. Yo ni siquiera he leído todo el poema.

Puck› ¿Por qué no puedo preguntar?

12I› puck: yo no craking. me gusta hacking. Admiro mucho.

Pbl› Woung: lástima, porque no hay en todo el texto ninguna referencia histórica explícita, quiero decir, batallas, o guerras, o personajes reconocibles. ¿Te referías a eso?

Jhn› Puck: porque un auténtico hacker jamás se presentaría a sí mismo como tal. Ésa es una dignidad que deben reconocerle los demás.

Pbl› 121: ¿te ha contado John lo que necesito?

Puck› ¿Qué es craking?

Pbl› 121: el texto del que hablo con Woung tiene que ver con el dominio worm. com.

Woung› No sólo referencias históricas precisas. Todo el entorno: la ropa, el mobiliario, las costumbres… ayudan mucho a la datación.

121› sí pbl. jhn me contó un poco.

Puck› ¿Alguien puede decirme qué es craking?

121› craking es mal cyberpunk. hacking no nunca zerstrórend. hacking construcción buena para libertad.

Jhn› Puck: se supone que los crack son malos y tontos y los hack buenos e inteligentes.

Pbl› Woung: hazme un favor, vete escribiendo todo lo que puedas decir de esas pocas estrofas que has leído. Me interesa todo lo que se te ocurra. Te leo.

Pbl› 121: ¿puedes conseguir la información que necesito?

121› hacking es información para todos en armonía.

Jhn› Aunque hay movimientos cracker que denuncian la hipocresía hacker y proponen una especie de purificación por el fuego, estilo revolucionario.

Puck› 121: pero ¿has entrado en la NASA?

Pbl› Jhn: quieres, ya que no ayudas, al menos no estorbar. No le des carrete a Puck.

Woung› A primera vista encontramos un poema de unos quinientos versos dodecasílabos de rima consonante ABA-BA, frecuente en el s. XII.

121› pbl: sí puedo darte información. pero mejor con ayuda.

Jhn› Oye, cara de mierda, ¿me has sacado de la cama a las nueve de la mañana y ahora no voy a poder hablar de lo que quiera en mi propio Club? Si no quieres leerme dale al ignore y no me toques los cojones.

121› sí hecho hacking en nasa.

Woung› El léxico corresponde probablemente a finales del XIII, de modo que la versificación es seguramente un resto arcaico.

Pbl› ¿Qué ayuda, 121?

Pbl› No te pares, Woung, te sigo.

Puck› LO L.

Woung› La ortografía puede pertenecer también al XIII, aunque es más plenamente del XIV. En cualquier caso no creo que vaya más allá del XV.

Jhn› ¿De que te ríes, Puck?

121› pbl: ayuda de amigos.

Woung› No me paro, es que no puedo teclear más deprisa.

Puck› Me ha hecho gracia eso de «cara de mierda». Pensaba que éste era un chat filosófico.

Pbl› Perdona Woung, te agradezco mucho la ayuda. Sigue a tu ritmo.

»121: ¿ayuda de amigos?, ¿puedes conseguirla?, ¿has podido averiguar ya algo?

Jhn› Puck: y lo es, muy filosófico.»Por cierto, cara de mierda: ¿has leído las Primary Sentences que te envié?

Woung› Por lo poco que he leído he podido ver que aparecen personajes típicos de las quest, el Caballero, el Rey, el Mago, la Reina… Eso hace pensar en los viejos talktales, posiblemente la historia tenga origen en una leyenda bretona que dio lugar a sucesivas versiones escritas.

Puck› Pbl: te preocupa algo?

121› he testeado con satan. tiene buena seguridad. hay que probar generador de claves. unas horas con suerte. quizá un troyano. muy importante entrar?

Jhn› CARA DE MIERDA: QUIERO SABER SI HAS LEÍDO MIS PRIMARY SENTENCES.

Pbl› Lo siento, Puck, no estoy para charlas. Otro día.

Woung› En resumen: apostaría a que es del siglo XIV, pero no puedo asegurarlo. Siempre es difícil hacerlo. Hay aventuras de Robin Hood que se han estudiado durante años y todavía no se sabe si son del XII o del XIV.

Pbl› 121: ¿qué es "satán" y "troyano"?»JOHN: VETE A TOMAR PO'L CULO UN RATO: TÚ Y TUS PRIMATE SENTENCES.

Woung› Además es muy corriente que lo que llegue a nuestras manos sea una compilación de fragmentos ampliados o reinterpretados en sucesivas versiones de distintas épocas.

Pbl› Woung: ¿puede ser un texto apócrifo, falso?, quiero decir: ¿es posible que sea una imitación de estilo arcaico escrita ahora?

Puck› 121: ¿hay información sobre extraterrestres en la NASA?

121› satan: security analizer. herramienta básica hacker. troyano es programa que entra sistema como troya de caballo. programa espía.

Jhn› Oye, cara de mierda: el único "primate" que hay aquí eres tú. Y te recuerdo que tenemos un trabajo que hacer. Vale que el encargado de redactar sea yo, pero si ni siquiera haces el esfuerzo de leer lo que te envío vamos a tardar años en tener un corpus teórico mínimamente presentable. Tú verás.

Woung› Descarto que el texto sea falso. Siempre existe la posibilidad, pero la estimo muy pequeña. Si lo ha redactado un contemporáneo no solamente es un filólogo erudito sino también un excelente poeta. Podría ser si sólo se tratara de unas pocas estrofas, pero más de mil buenos versos…

121› demasiada mucha información en NASA. es divertido entrar pero demasiado mucha información para mirar y mirar.

Pbl› [Private to Jhn] No he podido leerlas todas, John, no te cabrees, lo siento, estoy metido en un lío de cojones. Ya hablaremos. Te enviaré un mail o te llamaré por teléfono.

Puck› 121 ¿no puedes enseñarme cómo entrar en la NASA? Es un buen sitio para hacer travesuras.

Woung› Me ha contado John que encontraste el texto en la Red. Lo que me extraña es que no hubiera oído hablar de él antes. No es tanto lo que se conserva escrito en inglés medio, y yo estoy acostumbrado a manejar los principales catálogos. Quizá investigando la dirección en la que lo has encontrado podrías averiguar algo más.

121 › qué cosa dice travesuras?

Jhn› [Private to Pbl] Eso espero. Te va a costar justificar el día que me has hecho pasar.

Pbl› 121 "travesura" significa Schelmenstreich; no hagas caso a Puck: Puck es nombre de Poltergeist. Oye: ¿no puedes decirme nada, absolutamente nada, respecto al dominio que me interesa?»Ya sé, Woung: en eso estoy, 121 está investigando el sistema de origen.

Puck› Yo no soy ningún poltergeist, soy un duende.

Jhn› Puck: ¿cómo demonios has venido a parar a este chat?

Woung› Si consigues más información házmela llegar a woungw@usa.net. Te lo agradecería. Entretanto leeré el poema entero. ¿Puedes darme una dirección-e?

Jhn› [Private to Pb!] Ya te dije que a Günter hay que estimularlo un poco. Está remolón. Preséntale el trabajo como la resolución de un misterio interesante, sino se olvidará de ti en cuanto salga del chat y se dedicará a cualquier cosa más divertida que tus paranoias.

121› lo siento Pbl. todavía no averiguado.

Jhn› Puck: Poltergeist significa "duende" en alemán. ¿Ves como éste es un chat serio?, hasta hablamos alemán.

Puck› Jhn: a los duendes nos gusta meternos donde no nos llaman. En la NASA, por ejemplo.

Pbl› Woung: miralles@metaclub.net Es mi dirección del Metaphisical.

Puck› Esto se está poniendo muy aburrido. Jhn: deberías decir para todos esas cosas tan divertidas que me cuentas en private acerca de Pbl.

Woung› Por cierto, Pbl y Jhn, he sabido que en Richmond hay un estudiante interesado en componer una tesis sobre las ideas que difundís desde este site. Está tratando de que el departamento de filosofía contemporánea acepte la petición, y parece que lo conseguirá. He oído algunas versiones muy atractivas de esa teoría vuestra de la Realidad Inventada. Estáis de moda en las facultades de letras de la Costa Este, estuve por allí este invierno.

Jhn› No sé de qué hablas, Puck, yo no te he enviado ningún private.

Pbl› Puck: en español diríamos que se te ve el plumero.

Jhn› Si Pbl bebiera un poco menos y trabajara un poco más lograríamos publicar algo coherente, pero ni siquiera tenemos la teoría definida formalmente, no es más que un montón de mensajes electrónicos desperdigados por la Red. No estaría mal que me pusieras en contacto con el estudiante del que hablas. Quizá para ayudarnos a recopilar. Nos vendría bien un becario.

Puck› Bah, y quién habla español… Sois muy aburridos. Me voy: quizá encuentre a Oberón en el bosque.

– Puck left the chat at r7:26 (GTM + i).

Jhn› Menudo gilipollas, el duende.

Pbl› [Private to 121, Jhn] Günter, he de aclararte algo. Tu ayuda y la de tus amigos resulta de vital importancia. Ya sé que parece una locura, pero, en resumen, estamos tratando de descubrir el origen de un poema del siglo XIV que (presta atención) contiene información sobre lo ocurrido durante los seis siglos posteriores a su redacción. Woung está trabajando con nosotros: es un especialista en literatura medieval inglesa, acaba de confirmarnos la antigüedad del texto. Sabemos que el dominio worm.com está relacionado con ese poema y pensamos que llegando hasta el sistema de origen tendremos acceso a más datos. ¿Comprendes la importancia de vuestro trabajo? Están implicados en la investigación expertos de todo el mundo, pero nos falta un buen equipo de informáticos. Piensa que estamos tratando de obtener INFORMACIÓN SOBRE EL FUTURO. Por favor: envíame un mail en cuanto tengas alguna noticia. Estaré pendiente del correo. Y sé discreto, no conviene que esto que te digo se divulgue demasiado, informa sólo a tus colaboradores más inmediatos.

En fin, supongo que me pasé un poco de rosca, pero confié en que mis palabras surtieran efecto: para un chaval de trece años todavía es posible la aventura, por descabellada que parezca. Por lo menos prometió hacer algo esa misma tarde y enviarme un mensaje en cuanto tuviera algo. Por lo demás, el lío de intervenciones cruzadas siguió aún durante unos minutos, pero yo había obtenido ya toda la información posible y me desconecté en cuanto el mínimo sentido de la cortesía me lo permitió. Como de costumbre, mis esfuerzos indagatorios terminaban siendo estériles: por un lado The Stronghold se revelaba auténticamente antiguo, pero por otro ya no estaba muy seguro de que eso fuera tan extraño. Es verdad que toda la historia de la filosofía es una contante reformulación y se le pueden encontrar antecedentes a cualquier idea pretendidamente contemporánea.

El caso es que la ensalada mental que tenía ya a aquellas alturas era importante, necesitaba desintoxicarme un poco, y, visto que ya no podía hacer más desde casa, pensé hacer la prometida visita a la familia y de paso ver si SP había averiguado algo interesante respecto al accidente de Robellades-hijo.

Estaba ya en la puerta cuando sonó el teléfono.

– Holaaa, qué tal…

La que faltaba.

– Ya ves, aquí, contestando al teléfono…

– Y qué, qué explicas.

– No explico nada, Fina, absolutamente nada: estoy sencillamente esperando a saber para qué demonios has llamado.

Antes de enterarme tuve que disculparme por ser tan antipático y finalmente supe que José María iba a volver tarde de la oficina, así que ella había resuelto, citarse conmigo; a condición, claro está, de que yo actuara como si fuera ella la que me hacía el favor. Pero yo tenía otros planes para esa noche.

– No puedo, Fina, quedamos mañana si quieres.

– Ah… ¿Y se puede saber por qué no puedes?

Mierda: a improvisar otra vez:

– Pues… tengo una cita.

– ¿Una cita?, ¿tú?, ¿no será con alguna pelandusca?

Cacé la idea al vuelo:

– No es ninguna pelandusca.

– Mira que lo sabía… apareces un día con un cochazo impresionante, te disfrazas de treintañero moderno, llevas fajos de billetes grandes por los bolsillos… Y eso no es lo peor. Lo peor es que ya ni haces payasadas de las tuyas. Estás… aneblao.

– Ya ves. Yo pensaba que a estas alturas no podía pasarme algo así.

Lo dije con tono de corderito, como avergonzado.

– La muy zorra… ¿Y quién demonios es, si puede saberse?

– La conocí en la cena de cumpleaños de mi madre. Es hija de unos amigos de la familia. He quedado con ella para cenar… y tomar una copa…

– Será… En cuanto cuelgue no te vuelvo a hablar en la vida. Así que me dejas plantada por la primera guarrona amater que se te cruza en el camino, ¿no?

– Chica, así son las cosas…

– Y una leche: me hiciste una promesa, ¿no te acuerdas? Me prometiste que si alguna vez te enamorabas de alguien sería de mí.

– No seas ridícula, Fina: ¿qué clase de promesa es ésa?

– Una de las tuyas, ya lo ves. Y ahora me sales con que «Me he encoñao de una guarra amiga de mis padres»…

– Yo no he dicho eso. Y no es ninguna guarra.

– ¿Que no? Pues te ha seducido como a un… teenager: te pones guapo, y te echas colonia cara, y te quedas como… ausente. Y qué: ¿ya habéis follado, o para eso quedáis esta noche…?

– Fina, por favor…

– «Fina, por favor…», pues sabes lo que te digo, que pienso salir por ahí yo sola. Yo también tengo admiradores, para que lo sepas.

En fin.

Ya en la calle, avisé de mi destino a los Ángeles de la Guarda, que seguían en el Kadett entreteniendo la espera con un siete y medio. No había ya rastro del motorista; supongo que, vista mi renuncia a escapar de la vigilancia, SP había prescindido de sus servicios. Como no tenía ganas de caminar pensé en Bagheera, pero justo por delante del Kadett pasó un taxi y lo paré casi en un movimiento reflejo. Nunca sabré si aquel taxi me perjudicó o me salvó el pellejo, el caso es que hoy puedo contarlo.

En el jol de mis SP's ya no estaban ni Mariano el portero ni el guardia jurado de uniforme. Ahora el despliegue de gorilas a la vista era impresionante: dos rondando por la calle, dos más en el vestíbulo y otros dos arriba, en la puerta del piso; eso sin contar con los que no vi. Todos parecían estar conectados por radio, o teléfono, algo que les colgaba de la oreja. Uno de los de abajo me pidió que tomara el ascensor de servicio. Al parecer el acceso a la entrada principal estaba intervenido mediante no sé qué gaita electrónica, pero aquello me pareció como si el puente levadizo se hubiera alzado. El gorila más grande de los de arriba tuvo que llamar veinticinco veces a la puerta, hasta que terminó abriendo mi Señora Madre, lo que desde luego era inaudito. Su aspecto, sin embargo, era el de rutina: blusón con bordados exóticos, maquillaje de ver la tele y las perlas de estar por casa. Incluso me pareció que no estaba tan nerviosa como cabía esperar. ¿El Valium?, ¿la sauna?, ¿las manazas de Gonzalito?

– Ah, Pablo José, pasa, hijo. Esto es una locura. Estamos sin asistenta (el bruto de tu padre la ha despedido esta mañana, ya te contaré…). Y no sé qué pasa con Eusebia que no abre la puerta -se introdujo un poco en el corredor de servicio y alzó la voz-: ¡Eusebia, ¿es que no has oído el timbre?! -Volvió a prestarme atención a mí-: No te sienta nada bien este bigote, Pablo José -me presentó las mejillas para que se las besara-, pareces un árbitro de fútbol; un árbitro de fútbol gordísimo… Tendrías que ir a algún gimnasio, hijo. Y afeitarte ese bigote horrible.

A todo esto, se había oído una cisterna y rumor de grifos procedentes del corredor de servicio. Al poco apareció la Beba estirándose las sisas de la falda.

– ¿No has oído el timbre, Eusebia?

– Claro que l'hi oído: media docena de veces; pero es que estaba en el váter haciendo un pipí…

– Te tengo dicho que es suficiente con saber que estabas en el baño, no es necesario que especifiques qué hacías adentro. El otro día me hiciste la misma delante de la señora Mitjans.

– Pues si no quiere saber, no pregunte… Y amás qué pasa: ¿que la Mitjans no mea o qué? Rediooós…, pues ni que fuera una gallina.

Pero la primera sesión familiar estuvo a cargo de SM, que me condujo al salón en cuanto tuvo oportunidad. Nos sentamos entre dos pantocrators policromados (en su día no hubo manera de hacerle entender que los pantocrators deben exhibirse de uno en uno), y me dispuse a escuchar pacientemente su versión de los hechos acaecidos durante el día. En resumen, la resignada esposa y madre era víctima de una triple conjura: la del esposo intolerante y obstinado, la de la cocinera impertinente y obstinada, y la de unos hijos insensibles y obstinados, sobre todo el mayor, The First, que concretaba su insensibilidad obstinándose en no llamarla por teléfono. La cosa es que después de que SM me soltara su película, creí llegado el momento de hacer mis propias indagaciones:

– Mamá: ¿has hablado últimamente con un tal Robellades?

– Mmmno.

– ¿No ha llamado nadie preguntando por Sebastián?

– No sé… El paranoico de tu padre se pasa las horas en la biblioteca descolgando personalmente todas las llamadas. ¿Ves la lucecita? Lleva así todo el día.

Señalaba al teléfono de la mesita, y se refería a las llamadas a la línea, digamos, social.

– ¿Y no has hablado con nadie del asunto que te expliqué de Ibarra?…, aquel señor tan maleducado por culpa del cual está pasando todo esto.

– Con nadie. Sólo con Gonzalito y la señora Mitjans. Y puede que con alguna otra amiga. Pero a tu padre no le he dicho ni una palabra, te lo prometo. Ah, sí: ahora me acuerdo de que llamó alguien preguntando por tu hermano: un señor muy raro…

– Cómo de raro…

– No sé, hijo: raro. Repetía continuamente una muletilla…, no recuerdo cuál pero resultaba de lo más irritante. Me preguntó por Juan Sebastián y le dije que estaba de viaje por el norte.

– ¿De viaje por el norte?, ¿nada más?, ¿no mencionaste a Ibarra?

– ¿A quién?

– Mamá, por Dios: Ibarra, el maleducado.

– ¿Cómo querías que lo mencionara si no recuerdo nunca su nombre?

Bah, tanto daba. Era seguro que parte del informe de Robellades que parecía aludir al asunto Ibarra provenía de SM. Preferí no insistir más en el tema, no fuera que algo se le descuadrase y me viera obligado a improvisar más mentiras.

La siguiente sesión familiar fue con la Beba, en la cocina. En cuanto me vio entrar se limpió las manos en el delantal y me arreó los dos besazos que generalmente no se atreve a darme delante de SM. Estaba a punto de empezar a darle forma de croquetas a la masa que tenía reposando en la galería:

– ¿Qu'esperas, pa hablar con tu padre? Anda, vete haciéndome las cloquetas que voy a adelantar lo de tu madre. Ahora namás come pescao medio crudo y yerbas de mar: «largas», dice qué… Mira tú qué ganas de comer largas habiendo cloquetas. Y sin la chica voy apurada de tiempo…

Me lavé las manos y empecé a formar pequeños cuerpos oblongos con la pasta de besamel y bacalao desmigado. Ni se me ocurrió pensar que quizá era la última vez en mi vida que le hacía las croquetas a la Beba. Ella estuvo trasteando por la nevera y de allí sacó varios pequeños cuencos con algas. Reconocí entre ellas dos del mismo tipo de las que habían acompañado el bogavante en la cena con los Blasco.

– Rediós, que'asco. Ni a los cerdos de mi pueblo les daba yo semejante cochinada. Dime tú si esta mujer no podría comer como to'1 mundo… Oye, y a'sos chicos d'afuera tendré qu'haceles algo, ¿no?

Se refería a las gorilas de la puerta.

– No te apures, hacen turnos.

– ¿Y si no les toca el turno bien pa cenar?

– Déjalos, Beba, ya s'habrá ocupao mi padre d'ellos.

En este punto, tocada en no sé qué resorte, le dio por ponerse dramática.

– Virgen santísima qué casa. Tú te crees que a mi edad, que tengo ganas d'estar tranquila…, eh, y cómo m'hi de ver, sicuestrada.

– Beba, no exageres.

– Sicuestradas, estamos… Y suerte qu'el chico d'afuera, el grandón, ¿sabes?, mu majico, m'ha bajao a buscar Agua del Carmen…

– Hay qu'echale un poco de paciencia, serán unos días namás.

No le convenció mi intento de minimizar. Frunció los labios mientras dejaba caer montoncitos de algas en una fuente redonda y negó repetidamente con la cabeza:

– No.

– No qué…

– Que'hay algo que m'escama. Y tengo un'amargura… Mira que tu hermano lleva una semana sin venir… ni llamar… ni respirar…, como si se l'hubiera tragao la tierra. Ya te digo yo qu'algo l'ha pasao…

Aquí empezó la llorera. Esta vez no trató siquiera de seguir hablando, apretó los labios y se empeñó en seguir amontonando hierbajos en la fuente hasta que los lagrimones empezaron a rodarle mejilla abajo. Dejé las croquetas, hice gesto de limpiarme vagamente las manos de pasta y le di un achuchón. Ella siguió con un puño en los ojos, sin acabar de encajar en mi abrazo, pero se dejó llevar por el disgusto y descargó.

– Venga, tonta, no llores. No ves que si 1'hubiera pasao algo malo ya lo sabrías. Y amás: menudo es Sebastián, con la de yudos y taicondos que sabe… Al que le sople lo estozola.

Nada. Además de empaparme la pechera de la camisa, lo que de verdad necesitaba la Beba en aquel momento era una explicación convincente y tranquilizadora respecto al paradero de The First. Y como eso es lo que necesitaba la Beba, eso es lo que le di. Afortunadamente mi inventiva, no siempre brillante, suele portarse bien en las ocasiones críticas.

– Escucha, Beba, no t'asustes. Mira: Sebastián no puede llamar porque está en la cárcel… En prisión preventiva.

Lo solté así: de sopetón: después ya iríamos suavizando. Su primera reacción fue separarse de inmediato de mí, mirarme a los ojos y preguntar muy alarmada qué había pasado. Para cuando yo estaba diciendo que nada, que lo habían retenido por error durante cuarenta y ocho horas y no había podido hacer más que una llamada, ella había tenido tiempo de comprender que al menos estaba entero. Después le fui contando que lo habían detenido en Bilbao, lugar adonde había ido por el asunto Ibarra (le hice cuatro apuntes también del asunto Ibarra), que estaba acusado de espionaje industrial (a ella le sonó a cosa fea pero no tan grave como asesinato o robo), que la acusación no tenía fundamento y que los abogados de SP lo sacarían de allí en un par de días impugnando al juez de instrucción (?). Creo que quedó convencida, aunque tuve que asegurarle que The First estaba en una celda para él solo, comía bien, no pasaba ni frío ni calor y que los funcionarios eran agradabilísimos. No se le deshizo el nudo en la garganta, pero al menos imaginarse a The First en una bonita cárcel tipo Click de Famóbil no llegaba a ser trágico, por sensible que sea la Beba a cualquier cosa que nos pase. Por supuesto le advertí que tenía que ser discreta, que no queríamos que se enterara SM por no darle un disgusto y que tampoco tenía que hablarlo con SP porque entonces él sabría que yo había contravenido sus instrucciones de no contar nada.

Etcétera.

Para cuando entró SM en la cocina, a la Beba se le había pasado el disgusto, se había lavado la cara de lagrimones y habíamos vuelto ya a las croquetas.

– Pablo José, hijo ¿qué haces aquí? Pensaba que estabas en la biblioteca con tu padre… Eusebia: ¿has preparado la ensalada de algas?

– No. Y sabe qué le digo: que el que quiera comer largas se las prepare. Hala a cascala.

La última sesión fue con mi Señor Padre, en la biblioteca. Me lo encontré en su salsa: la blanquísima camisa arremangada, la corbata floja, el puro mediado en la boca y sin muletas ni escayolas a la vista. Volvía a ser el de siempre: esa difícil síntesis entre Winston Churchil y Jesús Gil. Hablaba por teléfono sentado a su abigarrada mesa de despacho: retratos familiares (también estoy yo, en pleno acto de recibir una hostia consagrada con cara de aprensión caníbal), un juego de escritorio de cuarzo azul; facturas, recibos, informes, catálogos, tarjetas… Ni rastro de ordenador, solo una máquina de escribir sobre un carrito con ruedas: Continental: teclas de nácar, caja esmaltada en negro y cenefas vegetales en dorado; si la ve el señor Microsoft le da una lipotimia. Eso sí: el teléfono era moderno.

– … no te apures, Santiago, lo comprendo… No, es igual… De todas maneras diles que estén atentos a la denuncia, voy a hacer que me la tramiten ahora mismo… Sí… Oye, te dejo que tengo una visita.

La visita era yo, naturalmente. A su gesto me senté en una de las dos butacas enfrentadas a su sillón de cuero giratorio y quedé cara a cara con el General Descamisado.

– Llevo dos horas tratando de conseguir que me controlen las salidas del país por carretera y ahora me viene Santiaguito con que no se puede implicar a agentes de uniforme si no hay denuncia previa. No sé por qué me parece que a este pájaro se le va a terminar el alpiste. En fin… Quiero que te traslades aquí durante unos días. Gloria y los niños también. Es más fácil proteger una sola casa que tres. Esto va a ser un búnker.

No me molesté en oponerme verbalmente. Si no te conviene lo que él ha decidido por ti no sirve de nada discutir, es la guerra. Y ese día lo creí perfectamente capaz de hacerme inmovilizar por cuatro gorilas y retenerme en su casa tanto tiempo como le pareciera oportuno. Una vez fracasados los recursos diplomáticos a lo Churchill, SP supera con creces la fase Gil e ingresa directamente en la tipología Corleone.

– ¿Sabes algo sobre el accidente de Robellades? -pregunté, no sólo por ir desviando la atención sino también porque me interesaba saber del asunto.

– Que no es un accidente normal. Para empezar, el conductor no había bebido una gota de alcohol ni tomado ninguna droga detectable en la autopsia. Iba solo, así que ni estaba excitado por ninguna discusión ni trataba de impresionar a ningún amigo… o amiga. No ha presentado ningún parte de accidente en los últimos cinco años y ni de lejos da el perfil de andar haciendo carreras con otro coche a medianoche.

– Eso quizá sí: al fin y al cabo era detective privado…

– Los detectives privados no conducen a cien kilómetros por hora por delante de un coche que los persigue en pleno barrio de Les Corts. Generalmente los que persiguen son ellos. Y procuran ser discretos.

– De no ser que el perseguido consiga invertir los papeles.

– De eso se trata. Parece razonable pensar que terminó huyendo de alguien a quien en principio seguía. Y en la huida se cayó al hueco del parquin.

– Pero el otro coche le dio un golpe con el morro, ¿no? -¿Cómo lo sabes?

– Tengo mis recursos.

– El golpe se lo dio un coche rojo, un Ibiza del 97, lo sabemos por los restos de pintura. Iban más o menos a la misma velocidad. Lo más probable es que fuera un choque accidental al abrirse demasiado en la curva. Quizá los del Ibiza trataban de cerrarle el paso, o querían obligarlo a parar, pero no es verosímil que el golpe estuviera calculado para hacerle caer. Digamos que no se puede hablar de asesinato, pero al menos sí de homicidio. Suficiente como para andarse con pies de plomo.

– ¿Ese Ibiza puede ser el mismo que te atropelló a ti?

Asintió pero sin mucha convicción y se quedó mirando al techo pensativo. Se me ocurrió, en un momento de debilidad, contarle todo lo relacionado con la casa de Guillamet y ver qué le parecía. Pero no iba a echar por la borda treinta y tantos años de lucha por la independencia justo entonces, cuando el cangueli empezaba a estorbarme en la garganta. «En el 15 de Guillamet me meto yo solito -pensé-, con un par de cojones.» Quizá después de todo mi Señora Madre tenía razón y se había pasado la vida rodeada de mulas tercas. Pero es que, en efecto, los juncos no se quiebran al viento, pero tampoco se quiebran los adoquines.

– Le he dicho a Eusebia que Sebastián está en la cárcel. No he tenido más remedio que inventar algo… -dije al fin, para no sucumbir a la tentación de sincerarme. Fue suficiente para que el General Descamisado dejara de observar el techo y empleara toda la mirada en taladrarme:

– ¿Pero a tu madre no le contaste otra cosa?

– Sí, pero si llegaran a hablar del tema, las dos versiones son compatibles. Y a la Beba tenía que contarle algo más dramático que a mamá, no sé…

– Pablo, sabes que se pilla antes a un embustero que a un cojo…

– Papá, joder, que tú también las tienes engañadas…

– Yo no las engaño, me limito a no informarles. Y haz el favor de cuidar tu lenguaje.

– Vale, no discutamos: te lo digo para que lo sepas.

Pausa.

– Bueno, ¿necesitas algo de tu casa? -preguntó.

– Algo para qué…

– Quiero que te traslades aquí esta misma noche. ¿No necesitas una muda, o un cepillo de dientes? Puedo enviar a alguien a buscarlo. Supongo que resistirás una noche entera sin emborracharte, y si no, encontrarás suficiente alcohol en el bar del salón. Siento no poder ofrecerte ningún otro estupefaciente.

No hice caso a la andanada y le seguí la corriente:

– Tendría que pasar yo mismo por casa. Y necesito al menos un par de horas.

– ¿Un par de horas para recoger una muda? Sólo tengo que hacer una llamada y tendrás aquí lo que quieras en diez minutos.

– No. Tengo que ir yo.

– Ah ¿sí: por qué?

Joder: siempre tengo que andar inventando excusas.

– Papá: hay cosas que nadie puede hacer por uno mismo…

– ¿Como buscar unos calzoncillos en el segundo cajón de la cómoda?

– Como explicarle a la mujer que te espera que no vas a poder verla en unos días porque tienes que esconderte en un búnker.

Pausa. Duda. ¿Sospechaba acaso que lo estaba engañando?

– Pues procura no darle muchas explicaciones, cuanto menos sepa de todo este asunto mejor para ella.

– No te preocupes, va a ser casi todo lenguaje gestual.

– Oye, Pablo, no me gustan ese tipo de procacidades cuando se habla de una dama con la que se mantienen relaciones. Ni siquiera en una taberna, y menos aún en mi casa. ¿O es que estás perdiendo los pocos modales que conseguí inculcarte?

– Me queda algún resabio.

– Si te quedara no andarías con una mujer casada que vive con su marido. Y menos aún te pasearías con ella por su barrio. Le estás faltando al respeto a ese hombre y te estás faltando al respeto a ti mismo. Procura al menos no faltárselo también a ella, así que mide bien tus expresiones al mencionarla, al menos en mi presencia.

Miento como los ángeles, me está mal el decirlo. Una cita, una obligación galante es de las pocas cosas por las que el Venerable Maestro cree que merece la pena arriesgar la vida: cuestión de honor. Pero me acompañó la suerte, porque tomó mi simple mención a una mujer con un encuentro de amantes con la Fina. Sin duda López le habían informado de nuestras correrías por el barrio y su imaginación había hecho el resto. Total: excusa redonda para escaquearme durante un buen rato. En realidad, en caso necesario, la excusa podía cubrirme durante toda la noche.

Desalojé de allí inmediatamente, sin siquiera despedirme de SM y la Beba puesto que se suponía había de volver en un par de horas.

Tomé otro taxi de vuelta a casa. En el último momento le pedí al conductor que me dejara en Travesera, a la altura de los jardines privados. Ni López ni el Antoñito se esperaban la parada, me di cuenta de que el Kadett pasaba de largo y se detenía una manzana más allá al darse cuenta de que me apeaba del taxi. Caminé hacia atrás hasta el túnel que atraviesa el edificio y da a los jardines interiores. Costó un poco identificar al Nico entre el grupito que ocupaba uno de los bancos más recónditos.

Todo el mundo escondió las manos y puso cara de buen chico hasta que el Nico dio señales de conocerme y cada cual volvió a consumir su droga favorita.

– Qué quieres, picha.

– Un poco de farlopita, si tienes.

– Chachi, ¿cuánto quieres?

– ¿Cuánto tienes?

– Hombre…, no sé… Si me acompañas abajo te puedo pasar lo que quieras. Tengo cuatro gramitos.

– Vale, me llevo los cuatro.

Al Nico debió parecerle una venta demasiado fácil y se sintió obligado a especificar el precio:

– Son cuarenta napos, precio especial…

– No problemo. Y pásame también diez taleguitos de costo, así redondeamos cincuenta papeles.

– Joder, nen, vas fuerte… ¿Has atracao un banco?

– He ganado un concurso de belleza.

– Ya ves, nunca se sabe cómo va a ganarse uno la vida… Vente conmigo, tengo el material en el parquin.

Nos fuimos por el camino hacia las escaleras que parecían hundirse hacia el subsuelo del parque. Ante la puerta metálica que apareció al final retiró un cartoncito doblado que impedía actuar a la cerradura y accedimos a una caja de escaleras interior. Después bajamos medio piso más, atravesamos otra puerta intervenida, y desembocamos en un parquin enorme. Llegados ante un Corsa amarillento de los de la primera época, el Nico buscó a tientas en una repisa que formaba el muro y sacó cuatro paquetitos blancos. Me los dio con un gesto discreto que no tenía mucho sentido allí abajo.

– Está de puta madre: sin cortar.

– No te esfuerces, me conformaré con que la mezcla no sea letal. ¿Y el chocolate?

Buscó un par de metros más allá en la misma repisa y sacó una piedra en forma de tacón de zapato.

– Na más tengo cinco.

Saqué el fajo de billetes y le di cinco de diez. Él hizo gesto de ir a devolverme las cinco mil de cambio, pero lo detuve:

– Bote: pa que te portes bien cuando me lleguen las vacas flacas.

Si llego a saber que quizá era la última vez que veía al Nico le hubiera dado toda la billetada, pero no lo sabía.

Me encaminé a casa saliendo por la puerta del parquin que daba a la parte baja de los jardines, se podía abrir desde dentro y me evitó el rodeo por el parque.

Apenas me había metido una primera raya sonó el teléfono. Era John. No se molestó en saludar, se fue directo a la impertinencia.

Traduzco:

– ¿Se puede saber en qué antro te has estado metiendo, pedazo de cabrón? Acabo de hablar por teléfono con Günter y me ha dicho que están reformateando todos los discos duros del local.

– ¿Y…?

– Cómo que «y»: que los de la dirección que les diste les han endiñao un virus del copón.

– ¿QUé?

– Un virus, joder, ¿no sabes lo que es un virus o estás idiota? Han tratado de conectar vía FTP para colar un sniffer en el servidor y resulta que se les ha vuelto loco y les ha llegado devuelto en forma de no sé qué cosa agresiva que a poco se les come el culo. Un Scheusal, dice Günter: un ogro, lo han bautizado así. Se ha extendido por todos los equipos que estaban funcionando en red local: están reformateándolo todo.

– ¿Pero se supone que los expertos en virus son ellos, no?

– Pues están alucinando, colega. Se ve que las impresoras han empezado a funcionar todas a la vez, ¿sabes?, clong-clong, ffffff: un folio tras otro con una especie de maldición escrita en grande. Y sonaba también por los altavoces a toda leche: una voz que retumbaba… Dice Günter que se han acojonado tanto que han cortado la corriente eléctrica. Y lo bueno es que al reinicializarse los equipos todo ha vuelto a funcionar normalmente: no han encontrado rastros en los discos ni alteraciones en los archivos. Nada. Pero no se fían, igual la cosa esa resucita y les lía la tangana otra vez.

Hasta el propio John parecía excitado con el relato de una escena que no había presenciado.

– ¿Te ha dicho Günter qué maldición era esa que se imprimía?

– Sí, me la ha enviado por mail. Te la leo: «Pobre del que se aproxime con intenciones impuras. Aunque jamás llegará al corazón de Worm, será perseguido».

– Me la conozco…

– ¿Que te la conoces?, pues podías haber avisado…

– Oye, dile a Günter que lo siento mucho, no pensaba que pudiera pasarles nada malo.

– No, si él está encantado. Van a conservar al ogro en uno de los ordenadores y tratarán de estudiarlo. Están como si hubieran atrapado al genio en su lámpara, ¿sabes? Dice que tiene no sé qué cosa que lo hace diferente a los demás virus conocidos.

No hay mal que por bien no venga, pensé. Pero la noticia me había dejado sin ganas de inventar más historias para John. Tuve incluso que fingir que llamaban a la puerta para poder dejar un momento el teléfono y volver al auricular diciendo que tenía que colgar inmediatamente porque el vecino de arriba tenía un escape de agua. «A ver si ha sido el ogro», dijo.

Lo único razonable era meterse un par de rayas más y liar una cebolleta. Un Scheusal, menuda ocurrencia. Me imaginé a mi Estupendo Hermano atrapado en una jaula colgada del techo ante las botazas gigantescas de un energúmeno sentado con los pies sobre la mesa. Creo que en ese momento, bajo la ducha, me di cuenta de lo que estaba a punto de hacer. Lunes 22 de junio a medianoche: ésa era la fecha que aparecía junto a la dirección de Guillamet rodeado por un circulito a lápiz. Y tarde o temprano hay que meterse en la Estrella de la Muerte.

El cuarto de hora siguiente pasó como un relámpago, quizá la mezcla de cocaína, hachís, el cuarto de la botella de Cardhu de la Fina que apuré y varios días de no dormir bien tuviera algo que ver. Estaba completamente despierto, atento, pero la vida era sueño. Me llegué a Jaume Guillamet y me aposté tras un camión aparcado, frente a la puerta del jardincillo. A partir de las doce (supuse que eran las doce) empezó la procesión. Llegaba un tío (o una tía, gente de distinta apariencia y edad, pero siempre solos), tomaba el trapito rojo del poste de teléfono, llamaba al timbre, se abría la puerta, el tipo entraba, a los diez segundos el calvorota de la bata marrón salía brevemente a dejar de nuevo el trapito rojo atado al poste; así cuatro o cinco veces, a intervalos de cinco minutos.

Estaba alucinando tanto que no reparé en dos tipos que salían de un coche aparcado cerrándome la salida hacia la calzada, entre el camión que me servía de parapeto y la furgoneta inmediata. El coche no era un Ibiza rojo sino un Peugeot azul marino, pero la mirada de los tipos era inequívoca: jaleo seguro. Fue el de la derecha el que me cerró la huida más directa por la acera hacia Travesera, paraíso de luz y tráfico, así que me erguí todo lo que pude y me encaré a él metiendo una mano en el bolsillo:

– Tú, milhombres: me vas a dejar pasar por las buenas o te voy a tener que soltar un par de hostias.

En un principio creí que el movimiento que inició era para apartarse y pensé, en una fracción de segundo, en la desventaja que me daba pasar junto a él y ofrecerle la espalda. Pero no hubo problema porque el movimiento que inició no era para apartarse: fue un paso atrás para convertir su pierna derecha en una catapulta de siete muelles y dispararme al careto un mocasín del 45, con su pie correspondiente dándole cuerpo.

Lo siguiente que recuerdo es que el embaldosado de la acera de Jaume Guillamet tiene el drenaje en forma de margarita de cuatro pétalos. Y está lleno de polvo, un polvo brillante, como motitas titilantes de purpurina.

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