XI. LOS RUSOS PISARON PRIMERO LA LUNA

Carlos Paz Wells me mostró una decena de fotografías y dibujos. En ellas pude ver hasta seis o siete tipos distintos de ovnis. Y todos -según me acababan de manifestar los miembros del «IPRI»- correspondían a naves de la «Confederación de Mundos». Todos habían sido vistos e, incluso, fotografiados por el grupo. Eso, al menos, fue lo que me confirmaron…

Y les pedí que me describieran cada una de dichas naves.

– En realidad -comenzó Carlos Paz-, la primera vez que una de las naves «aterrizó» en Chilca no nos dimos cuenta…

Carlos buscó la nave que apareció en aquel «avistamiento» y que, según pude comprobar, era muy similar a la primera que vieron el 7 de febrero.

– No nos dimos cuenta -continuó el joven- porque casi todas las naves que conocemos tienen dos formas de «aterrizar»: una, tocando materialmente tierra, y la otra, permaneciendo suspendida como a unos cinco o diez metros del suelo. Y esto último fue lo que ocurrió cuando, hacia abril y mayo, los miembros del grupo acudimos a las ya habituales confirmaciones físicas.

– ¿Y qué características tenían dichas naves?

– La primera que «aterrizó» ante nosotros -aunque fuera en suspensión- era idéntica a la nave que vimos por primera vez el 7 de febrero, en los arenales. Tenía forma de «lenteja» y su diámetro podía oscilar entre los 10 y 15 metros. Pertenecia a «Ganimedes», aunque pueden ser tripuladas indistintamente por habitantes de «Apu» o del satélite citado. En cada una de ellas -según nos han explicado- pueden viajar entre 12 y 18 tripulantes.

»Después, con el paso de las semanas, pudimos ver también las naves que emplean para controlar los «xendras». Pero no nos preguntes ahora qué son los «xendras». Te lo detallaremos cuando llegue el momento…

No insistí, por supuesto. Imaginé que tendrían alguna razón en particular para dejar el tema de los «xendras» para más adelante. Y continuaron con la descripción de las distintas naves.

– El tamaño de este tipo de nave -la que dedican al control de los «xendras»- es mucho mayor. Calculamos que superará los 40 metros de longitud. Tienen una curiosa forma de «salchicha», un tanto curvada.

– Lo que más nos llamó la atención de estas naves -prosiguió otro de los miembros del «IPRI»- fue también su extraordinaria luminosidad. Era tal que no podíamos mirar fijamente…

– ¿Se posaron en tierra?

– Éstas sí. Y no disponían de soportes o patas, como en otros modelos. Sencillamente, quedaban sobre el suelo. En otras ocasiones -y esto ya no hemos podido comprobarlo- permanecen inmóviles en el cielo, haciendo posibles las proyecciones de los «xendras».

– Uno de nuestros problemas principales a la hora de verificar las mediciones o de captar los detalles de las naves -terció Sixto Paz- es que esa intensa luminosidad -común a casi todas las naves- no nos permitía concretar los contornos. Se difuminaban. Cuando se elevan, estas naves -que son tripuladas por miembros de «Apu» o «Ganimedes»- despiden una luz blanca por sus extremos.

»También pudimos apreciar que en su parte superior existe una especie de cúpula de un material distinto. Como si se tratara de algo transparente…

Y los miembros del «IPRI» señalaron la zona central y superior del dibujo que habían realizado y que, como digo, aseguraban correspondía a las naves que podríamos llamar «controladoras de xendras».

– ¿Y estas otras?

– Esas naves corresponden a «Ganimedes» y al planeta «Apu». La primera és de forma lenticular. Y creo que jamás ninguno de nosotros -apuntó Juan Acervo- ha logrado verlas con detalle. Son las naves más luminosas que conocemos.

»Cuando se posan en tierra desciende de ellas algo así como una rampa. Y por allí entran y salen sus tripulantes.

– ¿Cuál puede ser su diámetro?

– Entre 20 y 25 metros. Pero, como te decimos, no estamos seguros de las dimensiones. La luz es siempre tal que los contornos quedan muy difuminados.

«Nosotros conocemos estos tipos de naves y otros dos, que pertenecen al planeta "Apu". Estos últimos son más grandes y cada una de las naves puede disponer de uno o dos pisos. Según hemos podido comprobar personalmente, en cada una de estas astronaves pueden viajar entre ocho y cincuenta seres.

»Pero sabemos que hay otros muchos tipos de aparatos. En realidad, cada planeta de la «Confederación» tiene sus propias naves. Nosotros conocemos los modelos de «Apu» y «Ganimedes» porque son éstos los mundos que se ocupan en esta parte de la misión.

»Y sabemos también de otras astronaves que no pertenecen a la «Confederación», aunque siempre entran en la Tierra bajo el control de aquélla…

– ¿Es que la «Confederación de Planetas» vigila a la totalidad de las naves, aunque no pertenezcan a dicho organismo?

– Por supuesto. Eso es lo que sabemos. La «Confederación», como te hemos comentado en otras ocasiones, prohibe terminantemente la intervención directa en planetas de nivel mental o tecnológico inferior. Y esa prohibición alcanza a todos los mundos habitados de la Galaxia, aunque no formen parte activa de la «Confederación de Mundos».

»De todas formas, ellos disponen de sistemas de control para que en ninguno de estos planetas calificados como «inferiores» -y entre los cuales nos encontramos, pueda producirse una interferencia, por parte de naves que no están asociadas y que «trabajan» por su cuenta.

»Están prohibidas -según nos han detallado los «guías»- las apariciones masivas en grandes núcleos urbanos. Tanto en lo que se refiera a naves como a tripulantes. También están prohibidas las «investigaciones» no programadas por la «Confederación» con seres de esas especies inferiores y, por supuesto, la agresión o destrucción de los habitantes de dichos mundos catalogados como en «vías de evolución inicial».

– Entonces, según esto, hay naves que no pertenecen a la «Confederación» y que, sin embargo, nos visitan…

– Desde luego. Y desde tiempos remotos. La existencia de la Vida en el universo -y concretamente en nuestra pequeña galaxia- es muy anterior a la aparición de la raza autóctona de nuestro mundo. ¿Cómo poder entender esto si nosotros apenas superamos los 80 años de vida?

»No lo sabemos con certeza, pero creemos que muchas de las civilizaciones que han poblado la Tierra antes que nosotros fueron ayudadas de alguna forma por estos seres de la «Confederación», que ya tenían conocimiento hace miles de años de nuestra existencia.

»Y ahora están interviniendo de nuevo, ante lo inmediato de una gran catástrofe.

– Es decir, que estamos perfectamente «controlados»…

– Ellos se llaman asimismo nuestros «hermanos mayores». Aunque en realidad estemos vigilados y controlados no tenemos nada que temer, al menos por su parte… Somos nosotros, los propios hombres, los que estamos destruyendo al hombre.

Uno de los miembros del «IPRI» intervino para leerme otra comunicación. Y quedé asombrado:

«Ustedes deben saber -comenzaba la comunicación- que los primeros en pisar el satélite natural de su planeta no fueron los que pertenecen a la nación llamada Estados Unidos. Los primeros, en verdad, fueron sus actuales competidores, los llamados soviéticos…»

Los miembros del «IPRI» me observaron de nuevo. Y sonrieron una vez más al ver la sorpresa y la incredulidad en mi rostro.

– Esta comunicación procede de nuestros «guías» y en ella nos aclaran quiénes fueron los primeros que pisaron la Luna y qué fue lo que sucedió allá.

– ¿Y qué fue lo que ocurrió?

– Es difícil de creer, sí, pero más difícil nos parecía a nosotros la propia visión de las naves y, sin embargo, cuarenta personas han sido ya testigos de su existencia.

»El caso es que algunos meses antes de que los astronautas norteamericanos alunizasen, dos cosmonautas soviéticos lo habían logrado ya y en la cara oculta del satélite. Y lo hicieron en esa zona porque todos los observatorios del mundo -y por supuesto los de la URSS- tenían constancia e infinidad de datos en relación con extrañas luminosidades que habían ido registrándose desde hacía siglos en la superficie de la Luna. Ésa -según nos manifestaron los «guías»- fue una de las razones básicas que impulsaron a los astronautas rusos a descender sobre la llamada cara oculta.

»Y lo que observaron allí les llenó de pavor…

»Uno de los soviéticos descubrió en las proximidades donde habían alunizado algo así como unas instalaciones o edificaciones que, aparentemente, parecían abandonadas…

»Aquello -siguieron contándonos los hombres de «Apu»- les causó sorpresa y finalmente horror. Y ambos, tras comunicar a la Tierra tan sensacional hallazgo, decidieron aproximarse a las instalaciones. Y siguieron acercándose hasta que uno de ellos creyó ver moverse algo entre las edificaciones.

Y disparó su arma.

»Se trataba -según los «guías»- de una de las máquinas o robots que permanecen en la base, al cuidado del mantenimiento de las instalaciones, actualmente en desuso.

»A1 parecer, alguno de los disparos rebotó en el astronauta, que murió. El segundo -presa del pánico- logró huir y regresar al módulo que orbitaba la Luna, retornando con sus compañeros a la Tierra.

– Pero, ¿cómo no ha sido revelado todo esto?

– Quizá por los mismos motivos por los que otros gobiernos del mundo sostienen en riguroso secreto las informaciones y testimonios sobre ovnis.

»Sin embargo, tenemos constancia de que los astronautas norteamericanos también conocen la existencia de las antiguas instalaciones de la «Confederación». Y, según los «guías», los lanzamientos realizados por distintos «Apolos» de pequeñas bombas nucleares contra la superficie de la Luna no tenían la única finalidad de medir los posibles movimientos telúricos del satélite. Muy al contrario. La verdadera intención de los norteamericanos era destruir dichas instalaciones, cuyas posiciones conocían de antemano.

Estas afirmaciones -que indudablemente sonaban a fantasía para cualquier mente normal- iban a dejarme mucho más perplejo cuando, al regresar a España, descubrí en varias y prestigiosas publicaciones nacionales el texto íntegro de las conversaciones sostenidas por los astronautas Neil Armstrong y Aldrin con la base de Houston, y que habían sido censuradas por la NASA, suprimiendo un total de dos minutos de la grabación original.

La mayoría de los lectores recordará aquel histórico alunizaje del «Apolo 11», en julio de 1969. Pero pocos saben quizá que durante dicho viaje ocurrieron cosas que no han sido comunicadas oficialmente.

Tengo en mis manos un artículo que Sam Pepper publicó en el semanario National Bulletin, de Montreal, el 29 de setiembre de 1969 y en el que aparece -para sorpresa de todos- la conversación sostenida entre Armstrong y Aldrin a su regreso al módulo lunar. Un radioaficionado había captado la onda con la que transmitía el «Command Module Radio Columbia» y de este modo logró cubrir y llenar los dos minutos de retraso que el control de Houston establecía antes de enviar los mensajes de la Luna a las estaciones de televisión. Esos dos minutos de «demora» daban tiempo a la NASA para censurar el mensaje original recibido y para emitir nuevamente aquello que habían grabado en videotape y consideraban apto para ser divulgado al mundo entero.

Muchos radioaficionados confirmarían posteriormente la noticia publicada por el señor Pepper.

Pero he aquí el texto íntegro de dicha conversación:

«Houston. ¿Qué es, diablos, qué es? ¡Es lo único que quiero saber!

»Armstrong y Aldrin. Estas pequeñas cosas son gigantescas, son enormes… No, no, lo de ahora era una desfiguración óptica del terreno. ¡Oh, Dios, nadie lo va a creer!

»H. ¿Qué… qué… qué diablos está ocurriendo allí? ¿Qué os pasa, chicos?

»A. y A. Están allí, bajo la superficie.

»H. ¿Qué hay allí? (Desfigurado, ruidos.) Emisión interrumpida, interferencias… Control llamando a «Apolo 11».

»A. y A. Roger, estamos aquí los tres, pero vimos unos visitantes. Estuvieron aquí un rato, observando los instrumentos.

»H. Orden de control: ¡repetid el último informe!

»A. y A, Digo que había otras astronaves. Están alineadas en el otro borde del cráter.

»H. ¡Repetid, repetid!

»A. y A. Dejadnos sondear esta órbita y a casa… Én 625 al 5… Relé automático conectado… Mis manos tiemblan tan fuerte que no puedo hacer nada. ¿Filmar? Cielos, sí, esas malditas cámaras han filmado.

»H. ¿Habéis captado algo?

»A. y A. No tenía ninguna película a mano (desfigurado), tres disparos de los platillos o de lo que fuera pueden haber estropeado la película.

»H. Control de mando; aquí, control de mando. ¿Estáis ya en camino? ¿Qué hay con ese jaleo de los ovnis? Cambio.

»A. y A. Han aterrizado ahí. Están en la Luna y nos observan.

»H. Los espejos, los espejos. ¿Los habéis colocado?

»A. y A. Sí, los espejos están en su sitio. Pero quien haya fabricado semejantes astronaves puede seguramente venir y quitarlos mañana mismo del suelo. Cambio y fuera.»

Este sensacional diálogo entre dos de los más destacados astronautas y la base de control, en Houston, fue ratificado, como digo, por otros radioaficionados que lograron captar la onda del «Columbia». Pero también en nuestro país hubo testigos directos de dicho diálogo.

Semanas más tarde -y cuando conversaba en Madrid con un piloto y popular presentador de Televisión Española- sobre el referido y «censurado» diálogo, me comentó:

«Recuerdo que aquella noche me encontraba yo en una de las salas de la estación de seguimiento de Robledo de Chávela. Y en un determinado momento de la transmisión, nos ordenaron que abandonásemos la sala. Al salir pude escuchar a Armstrong que decía: “¡Un momento, un momento…!" Aquello significaba, indudablemente, que había sucedido algo importante. Y Houston no estaba interesado en que se diera a conocer…»

Pero los testimonios en relación con este misterioso capítulo de los viajes «Apolo» a la Luna no terminan ahí.

El doctor Glenn Seaborg, premio Nobel de Física y presidente de la Comisión estadounidense de Energía Atómica, escribía también en diciembre de 1969 en su artículo «Los desconocidos de la Luna»:

«Varias percepciones de los astronautas de "Apolo 11” y "12" indican que en un tiempo no determinable con exactitud aterrizaron otros seres no terrestres. Unas fotos que no se han publicado hasta la fecha, tomadas por el "Apolo 11", demuestran en diversos lugares de la Luna huellas clarísimas, cuyos contornos son extraordinariamente precisos. Posiblemente aterrizaron allí anteriormente otras astronaves que utilizaron la luna como estación de enlace.»

A lo largo del vuelo del «Apolo 12» ocurrieron igualmente «cosas muy extrañas». El 15 de noviembre de 1969, a las 14 horas 18 minutos, la tripulación de dicho «Apolo» comunicaba a Houston:

«Desde ayer nos acompaña otro objeto volador, lo podemos ver a través de nuestras ventanas cuando el ángulo de la nave es de 35 grados. ¿Qué puede ser?

Y aproximadamente a las 10 horas 25 minutos tenía lugar la siguiente conversación entre los astronautas y la base de control:

«"Apolo 12". O.K. ¿Qué puede ser?

»Houston. O.K. Regresamos a nuestro tablero de dibujo.

»A. El objeto es muy luminoso y rueda, sin duda alguna. Su rotación es de 1,5 revoluciones por segundo o, al menos, emite señales en este intervalo. Dick os dirá hacia qué estrella se dirige.

»H. Tal como vemos estas cosas desde abajo, las tablas de revestimiento SLA no recibieron suficiente DELTA V (aproximadamente un pie por segundo) al separarse. Los revestimientos SLA deben de estar a unos trescientos metros de vosotros.»

En este momento, Conrad interrumpió la conversación y dijo:

«Uno de los objetos, sea lo que sea, acaba de salir de su órbita y se aleja de nosotros a gran velocidad.»

Y prosiguió el diálogo entre Houston y la nave:

«A. Podría ser, pero, por Dios, justamente cuando dimos la vuelta vi una de estas "tablas" a gran altura salir de nuestra proximidad. Creo que esa "tabla" se alejó con gran rapidez, a más de un pie por segundo.

»H. Como no tenemos ni idea de cómo desaparecieron o cómo podría ser su órbita, es tremendamente difícil decir qué diablos era.

»Gordon. O.K. Supongamos que era pacífica, como parecía…»

Pero los testimonios de los astronautas sobre la presencia de ovnis en la Luna y, por supuesto, en nuestro mundo, serían tantos y tan amplios, que nos veríamos obligados una vez más a desviarnos del camino que ahora nos ocupa.

Basten, simplemente, estos reveladores diálogos entre Houston y los cosmonautas norteamericanos para hacernos una idea del férreo secreto que han adoptado los gobiernos en relación con el tema ovni.

Sin embargo, las apasionantes revelaciones de los miembros del «IPRI» iban a ser completadas y reforzadas con otro hallazgo no menos intrigante y destacado que me iba a ser expuesto por un ingeniero peruano de Pesca. Un ingeniero que no tenía vinculación alguna con dichos miembros del «IPRI».

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