XXI. EL «AVISTAMIENTO»

Si no recuerdo mal, esta última y extensa entrevista con algunos de los miembros del «IPRI» que afirman estar en contacto telepático con seres del espacio iba a ser, en realidad, la última grabación que recogiera en mi reportaje e investigación sobre el tema de los Extraterrestres y el «IPRI».

Habían sido dos semanas de constante labor de recopilación. De entrevistas con casi la totalidad de un grupo que -por primera vez en el mundo- se había decidido a hablar públicamente sobre «sus» comunicaciones con seres de otros planetas.

Durante este período en Lima había tratado de recoger el máximo de detalles. Había procurado investigar a fondo, aunque cautelosamente, la personalidad de aquellos miembros del «IPRI» que parecían más implicados en la fantástica experiencia.

En este último sentido debo reconocer que nada de lo que averigüé resultaba anormal o sospechoso. Cada uno de los treinta o cuarenta peruanos que integraban aquel grupo seguía con fidelidad sus estudios o trabajo diario. Cada cual hacía su vida con absoluta y desconcertante normalidad.

– Es vital que nuestras «comunicaciones» con los «guías» -me habían repetido en varias oportunidades- no desequilibren nuestras vidas y profesiones. Por eso nos recomiendan no abusar del contacto telepático…

Mil veces me pregunté si no habría algún afán lucrativo tras todo aquello. Pero no logré descubrirlo. Cada miembro del grupo -muchos de ellos de elevada posición social- se comportaban en su vida diaria con gran discreción. Sólo conversaban sobre estos temas con aquellos a los que conocían bien.

«Es inútil que hables con aquellos que no pueden comprenderte…», afirmaban.

Recuerdo que ninguno de ellos hacía gala de sus experiencias. Muy al contrario, su humildad y sencillez parecían crecer a cada instante. Era como si «algo» hubiera variado el rumbo de sus vidas. Y lo hubiera variado profunda y radicalmente. Pero yo entonces no podía comprender…

Aún más. Al cumplirse aquellas dos primeras semanas de estancia en Perú, mi mente había experimentado un sensible cambio en relación con el tema de los «Extraterrestres». Después de escuchar las explicaciones de los miembros del «IPRI», después de leer y releer mis notas, aquel formidable y complicado cúmulo de relatos acrecentó mis dudas. Una y otra vez me repetía a mí mismo:

«No es posible tanta fantasía. Esto sólo puede ser una invención, un formidable y, eso sí, espléndido "montaje"…»

Y, como digo, con el paso de los días, mi escepticismo fue ganando terreno de forma asombrosa.

Seguía entrevistándome con los miembros del grupo porque algunos de los cabos del reportaje se encontraban todavía sueltos. Sin embargo, conforme aumentaban los detalles y explicaciones sobre los seres del espacio y la mencionada «misión», mi objetividad comenzó a inclinarse peligrosamente hacia la incredulidad.

«¿Qué pruebas tengo realmente? -me repetía una y otra vez-. ¿Es que acaso he visto alguna de esas naves? ¿Cómo puedo creer semejante sucesión de relatos de cienciaficción?»

Y recuerdo que una mañana, al cerrar mi magnetófono, anuncié a varios de los miembros del «IPRI»:

– Dentro de algunos días regresaré a España. Pero, sinceramente, no puedo deciros que me lleve una prueba sólida y definitiva de lo que me habéis relatado. Si es tan simple y sencillo, ¿por qué no me autorizáis a acompañaros a uno de esos «avistamientos» o confirmación física?

Los miembros del «IPRI» me escucharon en silencio y con gran seriedad. Y al final comentaron:

– Muy bien. Lo consultaremos…

En realidad, ahí quedó todo. Yo me olvidé prácticamente del asunto y me dediqué de lleno en los días siguientes a la elaboración de otro reportaje que, por su trascendencia, relegó el tema de los ovnis a un segundo plano.

Varios de los miembros del «IPRI» que trabajan en la Sección de Arqueología me habían puesto tras la pista de un sensacional descubrimiento: las piedras grabadas de lea, al sur de Lima. Ya dicho hallazgo me entregué de lleno durante los días sucesivos.

Recuerdo que aquel segundo viaje a lea y desierto de Ocucaje duró tres o cuatro jornadas.

Durante ese tiempo, mi espíritu había vuelto a recobrar la serenidad. El tema de los «guías» extraterrestres se me antojaba lejano. Apasionante, sí, pero sin base.

Por ello, cuando al retornar a Lima me encontré con un aviso de los miembros del «IPRI», mi extrañeza fue grande.

«Tenemos una buena noticia para ti», decía el aviso que encontré en mi hotel.

Y me acerqué una vez más a la calle Junín, 402, en el distrito de Barranco. Allí, cara al Pacífico, me anunciaron algo que, al principio, no comprendí del todo:

«Los "guías" nos han comunicado que sí, que puedes asistir al próximo "avistamiento". Será el sábado por la noche.»

Y Carlos Paz Wells, sonriente, me alargó una hoja de papel en la que -escrito a mano- pude leer:

«Sí, Qulba.

¿VA A HABER CONTACTO EL SÁBADO? Sí.

Contacto día sábado 7 Hora 7,30 en lugar Hora de contacto 9,00

Personas: Eduardo, Mito, Sixto, Carlos, Juan José, Berta, Lilian, Ana María, Paco y aquellos que consideren aptos no más de tres.»

El mensaje o la comunicación tenía fecha del 2 de setiembre de 1974.

Tomé la hoja de papel y pedí que me la leyeran, puesto que había algunas palabras que no terminaba de comprender.

Carlos concluyó la lectura de la «comunicación» y me preguntó:

– ¿Qué dices ahora? Suponemos que estarás satisfecho…

En realidad no sabía qué decirles. Pero mi silencio no se debía a la emoción, ni mucho menos. Porque «aquello» que Carlos Paz Wells me mostraba ilusionado no había levantado en mí el menor soplo de sorpresa o emoción. Y creo que la explicación resultaba evidente.

«¿Cómo es posible -me repetía a mí mismo- que esta farsa pueda llegar tan lejos…? ¿Es que no se darán cuenta de que todo esto es ridículo, irreal, absurdo…? ¿Es que pretenden que crea que el próximo sábado voy a ver un extraterrestre o una partida de ellos?»

Carlos Paz Wells debió notar mi indiferencia y comentó:

– No te pedimos que creas nada todavía. Espera al sábado. En realidad no sabemos en qué va a consistir la confirmación física, pero la habrá. Ven por aquí hacia las cuatro de la tarde. Tenemos que ir en coche…

– Sí, claro -respondí mientras guardaba aquella hoja de cuaderno-. Aquí estaré.

Y sin más, como si realmente no hubiera ocurrido nada, busqué una excusa y regresé al centro de Lima. Aquella tarde comenté el hecho con otros dos miembros del «IPRI» -Tito Aisa y Tiberio Petro León, expertos en Arqueología y con los que había conocido el fascinante tema de las piedras grabadas de Ocucaje-, y los tres, casi sin querer, llegamos a una misma conclusión:

«Todo esto resulta excesivamente sencillo para que sea cierto.»

Muchas personas con las que he hablado a mi regreso a España me han preguntado cuál fue mi estado de ánimo durante esos días que permanecí «a la espera» del sábado.

Pues bien, creo que no comprendían mi casi absoluta indiferencia. Sin embargo, así era. Yo había recibido aquella noticia -y no me cansaré de repetirlo- con la peor de las disposiciones. Como digo, algo que no he sabido explicar me impulsaba entonces a dudar.

Y no es que yo sea precisamente un escéptico en materia de vida exterior e, incluso, de ovnis. Mi interés por el tema, mis investigaciones y mis deducciones eran muy anteriores a esta experiencia en Perú. No sé si lo habré mencionado a lo largo de este trabajo, pero estoy convencido de que existen seres inteligentes -superiores al hombre- que visitan nuestro planeta desde tiempos muy remotos.

Pero, de ahí a creer a pie juntillas que al cabo de cuatro días iba a presenciar un «avistamiento» de ovnis…

El caso es que durante dicha primera semana de setiembre yo me dediqué por entero a la recopilación de datos sobre el tema de los cantos rodados de lea. Mis contactos con los miembros del «IPRI» se interrumpieron y sólo las 11.000 piedras grabadas del doctor Cabrera Darquea llenaron mi tiempo y mi interés.

Pero llegó el sábado, 7 de setiembre.

Recuerdo que aquella mañana la empleé en concluir una de las conversaciones con Tiberio Petro León, colaborador del profesor Cabrera Darquea y realizador de los dibujos-desarrollo de las «ideografías». Nuestras discusiones sobre el tema y el análisis del material de que disponía nos hicieron perder el sentido del tiempo. Y sin comer, después de recoger precipitadamente mis apuntes y dibujos, me lancé a la calle a la caza del taxi. Mi reloj señalaba las tres y media de la tarde.

«Y tampoco es cuestión de llegar tarde a una cita con los extraterrestres…», me dije a mí mismo, agotando así el último vestigio de humor que, al parecer, tenía asignado para aquel desconcertante 7 de setiembre.

Desde ese instante, mi disgusto fue aumentando lenta pero concienzudamente. ¿Por qué? Pienso que había una razón fundamental. Conforme fueron pasando las horas y conforme nos fuimos aproximando al lugar donde iba a producirse el «fenómeno», mis pensamientos se iban revelando. Mi sentido común reaccionó. Algo seguía gritándome en lo más profundo que aquello sólo podía ser un fraude.

Pero me había comprometido. Y aunque sólo fuera por educación me veía obligado a seguirles.

Llegué a la puerta de la sede del «IPRI» a la hora fijada. Allí se encontraban ya varios de los que habían sido «citados» en la «comunicación» del 2 de setiembre.

Al principio hubo algo que me alarmó. Algunos de los miembros del «IPRI» se habían preparado como si «aquello» se tratase de una prueba de supervivencia en el Ártico. Pregunté la razón de una indumentaria tan abundante, y los hermanos Paz Wells me comentaron que el desierto peruano de Chilca resultaba extremadamente frío durante la noche.

Aquello terminó de desmoronar mi escaso optimismo. Toda mi indumentaria se limitaba a un par de ligeros jerseis. Pero ya no había tiempo de regresar a Lima…

Y a las cuatro y media en punto partíamos a bordo de dos coches. En uno de ellos, Eduardo Elias, ingeniero y miembro del grupo del «IPRI» que afirma estar en comunicación con los seres del espacio; Lilian, azafata de una conocida agencia de viajes de Perú; Berta, un ama de casa que, al igual que Lilian, no formaba parte del «IPRI», y yo.

En el segundo vehículo, Carlos Paz Wells, Francisco Oré Tippe -ambos miembros del grupo- y otros dos universitarios -Mito y David- que acudían a la «prueba física» en calidad de «invitados», al igual que Berta, Lilian y yo.

– ¿Y hacia dónde cae Chilca? -pregunté al instante a Eduardo Elias, el ingeniero.

– Tardaremos algo más de hora y media. Los arenales de Chilca se encuentran al sur de Lima.

En cuestión de minutos nos adentramos en la carretera Panamericana. Lima quedó atrás y yo me vi envuelto en lo que, sin lugar a dudas, iba a ser la más desconcertante aventura de mi vida.

En nuestro vehículo, como digo, viajaba uno de los miembros del grupo del «IPRI».

Eduardo Elias Poveda, ingeniero, de unos 42 años, casado, había asistido ya -según sus propias palabras- a numerosos «avistamientos» de naves.

Durante buena parte del viaje me asaltó la idea de interrogarle sobre la posibilidad de un fraude. Creo que la pregunta no le habría molestado. Sin embargo, observé en él tal naturalidad, tal convencimiento de que íbamos a una «confirmación física», que desistí. Y mis pensamientos, sin querer, escaparon poco a poco de aquel vehículo y de aquel país para meterse de lleno en el mundo de mi familia y de mis amigos de España, de Bilbao. En realidad era mi cumpleaños y la melancolía deseaba competir por lo visto con mi mal humor…

Y pienso yo que fue ese bucear en mis pensamientos y recuerdos lo que me permitió recorrer los 70 u 80 km en un abrir y cerrar de ojos.

– Hemos llegado -comentó el ingeniero mientras giraba a la izquierda y se introducía con el coche por una amarillenta y breve llanura-. Estaremos en el lugar en poco tiempo.

Detrás, a pocos metros, y con las luces encendidas, observé cómo el vehículo de Carlos Paz realizaba la misma maniobra. Eran, poco más o menos, las seis de la tarde. Sin embargo, el día había comenzado a escaparse por detrás del Pacífico y aquella progresiva oscuridad se hizo más densa conforme el coche del ingeniero se adentraba en los llamados «Arenales de Chilca».

En realidad, según pude observar, se trataba de un terreno volcánico en el que la arena del desierto se había mezclado con numerosos restos de lava, formando una costra sólida y desolada.

No vi montañas. A lo sumo -y casi confundidos con la oscuridad- algunos cerros tan pelados como la llanura.

Recuerdo que me llamó la atención la absoluta desolación del lugar. Una vez abandonada la carretera Panamericana, los vehículos comenzaron a cabecear por una especie de sendero, formado sin duda por las ya frecuentes idas y venidas de los coches del «IPRI».

Según el ingeniero, aquel sector -conocido por ellos como «La Mina»- era uno de los más frecuentados por el grupo a la hora de establecer «contactos físicos».

– Hay varias razones para ello -comentó Eduardo Elias-. En primer lugar, los «Arenales de Chilca» coinciden con una de las trayectorias que habitualmente siguen las naves al entrar o salir de una de sus «bases» submarinas, al sur del país. Ellos, los «guías», nos han explicado que siempre procuran que los «avistamientos» o confirmaciones físicas coincidan con las coordenadas que, en ese momento, sigan algunos de sus aparatos. Y Chilca, según parece, reúne esta condición, puesto que se encuentra muy cerca de dicha base submarina.

«Además, como puedes apreciar, aquí no hay poblado alguno. El sitio es perfecto. Y para nosotros tampoco supone un grave trastorno, puesto que el desplazamiento apenas si nos cuesta hora y media.

La oscuridad se había ido echando poco a poco sobre aquel 7 de setiembre. Yo apenas si podía vislumbrar ya más allá de donde alcanzaba mi brazo.

Media hora después, el coche de Eduardo Elias Poveda se detenía.

– Ahora -comentó- es preciso continuar a pie…

Y allí quedaron ambos vehículos, en mitad de la oscuridad.

Y el grupo, encabezado por Carlos Paz Wells, tomó varias linternas y comenzó a caminar.

En realidad, aquello comenzaba a adquirir para mí tintes verdaderamente grotescos. Los miembros del «IPRI» nos habían comentado antes de iniciar la marcha:

– «La Mina» es un lugar con un considerable magnetismo natural… Ésa es otra de las razones importantes para que los «guías» elijan un lugar. El magnetismo facilita su aproximación y descenso.

Aquel comentario, formulado con la mayor seriedad y naturalidad del mundo, sonó en mis oídos -al menos en aquella espesa oscuridad- como algo sin sentido, sin lógica, sin pies ni cabeza.

Creo que caminamos durante poco menos de media hora. Tampoco seguimos un camino o sendero claro. Carlos y Eduardo Elias, siempre en cabeza del pequeño grupo, ascendieron un par de suaves cerros, adentrándose a continuación en otra planicie donde destacaba una cantera abandonada que, según mis cálculos, no levantaría más allá de los ocho o diez metros del suelo. Pero, al parecer, habíamos llegado al lugar…

La noche había cubierto por completo los arenales y sólo la luz de las linternas denotaba la presencia humana en «La Mina».

– Será preciso aguardar -comentó Carlos-. El contacto está anunciado para las nueve…

– ¿Y qué hacemos? -preguntó uno de los universitarios que nos acompañaba en calidad de «invitado».

– Ustedes -respondió el ingeniero-, nada. Sólo aguardar. Nosotros siempre hacemos «comunicación telepática» con ellos un poco antes de la hora del contacto.

Y cada cual quedó sumido en sus propios pensamientos. El frío empezaba a sentirse lenta pero despiadadamente.

Un frío penetrante, como sólo puede experimentarse en los desiertos.

Recuerdo que el grupo siguió charlando sobre mil cosas. Carlos y Paco Oré Tippe limpiaron el suelo con la palma de la mano y se sentaron con las linternas entre las piernas.

Pocos minutos después, casi la totalidad del grupo hacía otro tanto. Pero el frío no nos iba a permitir continuar en aquella posición durante mucho tiempo. Y fue preciso, conforme iba avanzando la noche, empezar a dar pequeños paseos y a frotarse el cuerpo con fuerza, a fin de no tiritar como un pollo desplumado.

Creo que aquello, precisamente, fue uno de los factores que más aceleró mi ya considerable enfado. ¡Y era preciso aguardar dos largas horas para que todo terminase! Aquel pensamiento resultaba desalentador. Así que procuré distraerme de alguna forma. No podía alejarme del lugar, puesto que no sabría regresar. Ni siquiera me era posible distinguir los focos de los vehículos que pasaban a varios kilómetros de «La Mina», a través de la Panamericana. Por otra parte, ¿cómo podía retornar a Lima si habían sido los propios miembros del «IPRI» los que me habían trasladado a Chilca?

No tenía más remedio que esperar. Aguardar pacientemente a que el reloj marcase las nueve de la noche…

Y volví a levantarme de aquel pedregoso e ingrato suelo, tan molesto por el frío como por lo embarazoso de la situación. «Pero, ¿cómo diablos he podido llegar a esto?», me repetía sin cesar.

Observé el cielo y sólo pude ver la ya familiar capa de nubes que cubre Lima y un amplio radio durante todos y cada uno de los días del invierno. En aquella época -setiembre-, en Perú comenzaba a salirse del invierno. Un invierno que, como digo, provoca en dicha zona una permanente nubosidad por la que tan sólo se filtra -y con grandes dificultades- la luz solar.

El cielo, como digo, se encontraba aquella noche tan cubierto de nubes, que durante poco más de media hora los últimos rayos del sol proporcionaron al espeso «colchón» una extraña y curiosa luminosidad. Era como si la gran «barrera» nubosa hubiera conservado aquellos últimos vestigios solares. Y lo recuerdo porque, instintivamente, pensé en mi cámara fotográfica, que yo mismo había dejado en el coche por tres importantes razones.

Primera, porque estaba convencido de que era inútil, que allí no iba a pasar nada.

El mismo ingeniero, mientras viajábamos hacia Chilca, me había comentado:

– No os extrañe que, a lo peor, no suceda absolutamente nada. Nosotros hemos pasado por muchas pruebas similares. Acudíamos a los lugares que previamente nos señalaban y allí no aparecía nada ni nadie… Ellos lo consideran como pruebas. Y muy importantes, por cierto…

Aquellas palabras cayeron en mi ya depauperado ánimo como un jarro de agua fría. Y llegué a la conclusión de que «aquello» sólo podía ser una forma de «preparar» el terreno para que nuestra decepción quedara relativamente amortiguada.

Pero había otras dos razones -importantes también- que me habían impulsado a dejar mi cámara fotográfica en el coche.

Segunda, la absoluta oscuridad que reinaba ya en aquellos parajes en el instante de apearnos del vehículo.

Y tercera, la orden, más que ruego, de los miembros del «IPRI» de que no hiciera uso de las cámaras.

«Todavía no es el momento», me dijeron por toda respuesta.

Aquella luminosidad que se desprendía del «colchón» de nubes y que se fue apagando progresivamente me trajo a la mente la posibilidad de que la película -muy sensible- hubiera reaccionado quizás a tal circunstancia.

Pero dicho pensamiento naufragó poco después, cuando la espesa y extensa alfombra de nubes perdió también el comentado resplandor. Y la noche, cerrada por los cuatro costados, se hizo larga y tensa.

Sentado en silencio en aquel desierto, con la barbilla pegada a las rodillas, mis ojos permanecieron largo tiempo fijos en aquel cielo tan negro como falso. Y tengo que reconocer que aquella larga, paciente e involuntaria observación de la capa de nubes sería de gran utilidad para mis posteriores deducciones, a raíz de lo que se iba a producir…

Creo que durante las dos horas largas que permanecimos en «La Mina», los ocho que integrábamos el grupo hablamos de todo. Pero, fue curioso. Casi no se mencionó el tema y la razón que nos había llevado precisamente hasta allí. «¿Sería -pensé yo después- que todos los "invitados" nos encontrábamos molestos y violentos?»

Lejos de aumentar mi nerviosismo, conforme el reloj se fue aproximando a las nueve de la noche, me sentía más cansado y malhumorado. Aquel frío resultaba insoportable…

Recuerdo que pocos minutos antes de las nueve de la noche, Carlos Paz Wells nos anunció que el «contacto visual» -según «comunicación» reciente, sostenida por él mismo con su «guía»- tendría lugar, exactamente, a las nueve y quince. Debíamos, simplemente, esperar.

«Muy bien -me dije a mí mismo-. Pues esperaré… Confío que esto termine lo antes posible. Voy a acabar helado.»

Pasaron los minutos y mi mirada -pienso yo que por esa curiosidad que, a pesar de todo, queda siempre en el fondo del alma- comenzó a pasearse, una vez más, por aquel negro cielo. No había posibilidad alguna de ver una sola estrella o planeta. Y mucho menos, la Luna.

Pero aquella curiosidad mía terminaría por esfumarse al poco, cuando uno de los invitados sacó a conversación el problema de Chile, aireado días antes por toda la Prensa del mundo y especialmente por la peruana.

Aquello nos hizo olvidar -hasta cierto punto- la proximidad del momento. Recuerdo que dos de los miembros del «IPRI» -Carlos Paz Wells y el ingeniero- se encontraban un tanto separados de nosotros y en compañía -si mi memoria no me traiciona- de Lilian. Su distancia respecto de nosotros no rebasaría quizá los treinta o cuarenta pasos.

¿Por qué se habían separado del resto del grupo? La explicación era muy simple. Como consecuencia del intenso frío, todos los que formábamos parte de la expedición nos veíamos obligados a movernos y dar pequeños paseos por la zona, a fin de desentumecer los músculos. Y en aquel instante -las nueve y quince en punto de la noche- dio la casualidad de que los tres, Carlos, Lilian y Eduardo, se encontraban a cierta distancia del resto. No podíamos verles, pero sí oírles.

Pero, de pronto, mientras el grueso del grupo comentábamos las incidencias del país vecino, Chile, escuchamos las voces de Lilian, Carlos y el ingeniero, que se acercaban a nosotros.

– ¡Mirad, mirad arriba! -nos decían mientras se aproximaban con paso rápido.

Aquellas voces actuaron sobre el resto del grupo como un fulminante. Nosotros no habíamos visto todavía «aquello» por la sencilla razón de que nos había pillado de espaldas.

Y al volverme hacia el lugar quedé aturdido. Desconcertado. Sorprendido.

Allí arriba, dentro de la espesa capa de nubes, había surgido un disco luminoso…

Un disco cuya luz -y este fue uno de los puntos que más me impresionó- era más intensa que cualquiera de los focos que yo he visto hasta el momento.

Pero, ¿cómo describirlo? ¿Cómo narrar lo que ni siquiera tiene explicación lógica?

Aquel disco permanecía fijo. Inmóvil. Y su luz blanca intensísima se propagaba y difuminaba por entre las nubes, formando en torno al círculo central como una especie de aureola.

Instintivamente bajé los ojos hacia la oscuridad del suelo y del entorno y me comenté a mí mismo:

«¡No puede ser…! ¡Pues estaríamos buenos! ¿Es que me voy a dejar engañar a estas alturas…?»

Y con ese rápido pensamiento en mitad de mi desconcertado cerebro volví incluso el rostro a derecha e izquierda, tratando de encontrar alguna «proyección» o luminosidad que -partiendo desde tierra- pudiera explicar la presencia de aquel disco fulgurante. Pero todo, a mi alrededor, estaba negro como boca de lobo. No había «proyecciones», ni luces que procedieran de tierra.

Mis ojos quedaron nuevamente clavados en «aquello», mientras mi garganta se negaba a articular palabra alguna.

El disco de luz había comenzado a aumentar y disminuir lentamente su luminosidad. Pero seguía fijo e inmóvil entre las nubes, perfectamente claro. Y aunque resultaba poco menos que imposible calcular la distancia a que se encontraba, yo juraría que no era superior a los trescientos metros. No había aparecido precisamente sobre nuestra vertical, sino más bien en diagonal y a nuestras espaldas. De ahí que para tres de los miembros del grupo -Lilian, Carlos Paz y Eduardo Elias- «aquello» hubiera sido visto segundos antes que por nosotros.

Y a los pocos segundos, de aquel disco reluciente salió un rayo también blanco, como proyectado por algún foco potentísimo. Sin embargo, no llegó a tocar el suelo. Y duró escasos segundos.

Algunos de los «invitados» -recuperados de la sorpresa inicial- habían comenzado a comentar al resto, y a voz en grito, cada uno de los detalles que todos -por supuesto- estábamos contemplando.

Casi minuto y medio después, aquel disco luminosísimo -cuyo tamaño desde el lugar donde nos encontrábamos, sería ligeramente inferior al de una luna llena- se fue apagando suavemente, hasta desaparecer.

Yo no había tenido oportunidad aún de comentar el hecho. La sorpresa -profunda como nadie puede comprender- me había paralizado.

Pero, a los pocos segundos de la desaparición del extraño objeto luminoso, «aquello» volvió a repetirse.

Y ante nuestro asombro -si es que todavía nos quedaba capacidad para ello- vimos cómo unos metros más abajo respecto a la primera aparición surgía un disco similar, al que parecía acompañar un segundo…

– ¡Son dos! -gritó una de las mujeres-. ¡Esta vez hay dos!

Así era. Junto al disco que permanecía fijo e inmóvil se movía otro objeto. Pero sus movimientos no tenían «orden». «Aquello» efectuaba giros y evoluciones en torno al primer disco de una manera aparentemente anárquica.

El objeto que permanecía inmóvil era idéntico al disco que había surgido por primera vez. Yo juraría que se trataba en realidad del mismo.

Y mientras el segundo objeto seguía efectuando las citadas evoluciones en torno al luminosísimo disco, éste -de la misma forma que en la primera aparición- comenzó a aumentar y disminuir su intensidad lumínica,

– ¡Es como si nos hiciera señales…! -comentó alguien del grupo.

Y aquélla, en efecto, fue la impresión general. Era como si aquellos extraños objetos trataran de comunicarnos algo. No sé…

Pero esta segunda aparición duraría un poco menos que la primera. Según mis cálculos, algo más de un minuto.

El segundo objeto siguió evolucionando en torno al disco blanco hasta que éste -en uno de aquellos cambios de intensidad luminosa- pareció apagarse definitivamente, desapareciendo por completo entre la espesa nubosidad.

Traté de fijarme en este segundo objeto -especialmente cuando pasaba por delante del disco luminoso- y creí percibir unas formas igualmente discoidales. Sin embargo, su brillo era mucho menor. Y también su tamaño.

Pero lo que más me aturdió, como digo, fueron sus anárquicos giros en «8» y «S», alrededor del potente disco de luz blanca purísima.

El cielo seguía absolutamente encapotado. Y al desaparecer estos dos últimos ovnis -cuando ya considerábamos la posibilidad de que el «fenómeno» no volviera a repetirse- observé de nuevo mi entorno, tratando de encontrar quizás una razón, una justificación para todo aquello… Pero todo continuaba normal.

Y a los escasos segundos de desaparecer estos dos «objetos volantes no identificados», cuando creíamos que el «avistamiento» había finalizado y todos nos disponíamos a acribillar a preguntas a los tres miembros del «IPRI», el disco volvió a surgir entre las nubes y en una nueva posición. Las exclamaciones arreciaron.

Era el mismo disco. La misma luz. Pero, en esta tercera ocasión, sólo vimos un único objeto. El segundo había desaparecido.

En aquella nueva aparición, las «intermitencias» de luz fueron menores.

El disco, fijo y silencioso, permaneció ante nuestros desencajados ojos por espacio de medio minuto, desapareciendo de la misma forma que lo había hecho en las ocasiones anteriores.

Todos habíamos quedado en silencio. Todos con el rostro hacia el cielo. Todos, creo, con la boca medio abierta, anonadados. Todos con el corazón acelerado…

– Ya no volverán -intervino Carlos Paz Wells a los pocos minutos-. Han comunicado que no pueden descender más… Pero la mayoría -creo recordar- no había terminado de oír las palabras de Carlos. Y seguíamos con los ojos fijos en aquella densa capa de nubes, taladrando cada uno de los centímetros de nubes con nuestros ojos.

Al final, todos a la vez y con la misma ansiedad, preguntamos:

– ¿Qué ha sido eso…? ¿Eran naves…?

– Nos han manifestado -respondieron los miembros del grupo del «IPRI»- que eran, efectivamente, dos naves. Y que no han podido descender más porque la capa de nubes estaba muy baja… Pero han querido manifestarse, a fin de ratificar el contacto previamente anunciado.

– No entiendo -murmuré-. ¿Por qué decís que no han bajado más?

– Por dos razones: primera, porque el «colchón» de nubes es muy bajo y su presencia a tan escasa altura podría haber alertado a personas que -aunque lejos de aquí- quizás hubieran percibido la gran luminosidad de los discos.

»Y segunda -prosiguió el ingeniero-, porque «ustedes no están todavía preparados para ver las naves desde tan cerca».

Aquel comentario iba dirigido, por supuesto, a los cinco «invitados».

– Eso es lo que ellos nos han comunicado…

No sabía qué decir. No sabía qué pensar. Los tres miembros del «IPRI» sonrieron al ver nuestra sorpresa, nuestra confusión. Y sencillamente, con esa naturalidad que tanto me desasosegaba, comentaron:

– Hoy ha sido un día «monótono»… Como otros muchos. En realidad, no ha pasado nada. Ellos se han limitado a presentarse ante nosotros. Pero ha sido un «avistamiento» muy elemental…

«Pero, ¡oh Dios! -me repetía una y otra vez-, ¿es que ha podido ser tan simple…?»

Eran las nueve y treinta minutos de la noche del siete de setiembre de 1974.

…Todo había durado cinco o seis minutos.

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