«Cuando los extraterrestres nos autorizaron, dimos a conocer la noticia. La "Misión RAMA" -así nos lo habían especificado con claridad los "guías"-debía ser difundida. Pero esa autorización para hacer públicos nuestros contactos telepáticos con los seres de "Apu" y "Ganimedes" tardó siete meses en llegar…»
Y entre las impresionantes afirmaciones que el grupo del «IPRI» comenzó a difundir, en efecto, desde finales de agosto de 1974, se encontraba una que iba también a sorprender a cuantos han conocido las declaraciones de los peruanos. Pero, he aquí algo importante.
Entre los que leyeron o escucharon dichas manifestaciones había un grupo de ingenieros de Pesca que quedaron altamente confundidos.
«…La flota de naves de la Confederación de Planetas, y con cuyos tripulantes estamos en contacto, tienen algunas de sus bases en la costa peruana. Concretamente, al norte y sur…
»Allí se ocultan y allí trabajan en investigaciones submarinas.»
Estas manifestaciones de los miembros del «IPRI» que afirman estar en comunicación con los extraterrestres llegó a oídos de los citados ingenieros peruanos poco antes de que yo pisara Perú. Así me lo confirmaría uno de estos técnicos en pesca de «arrastre» -el señor Belevan-, al tiempo que ponía en mis manos unos documentos que -sin temor a equivocarme- yo calificaría de definitivos.
Porque el ingeniero en Pesca, señor Belevan -que no tenía vinculación alguna con el «IPRI»-, había extendido sobre su mesa de despacho cinco «ecogramas» reveladores.
Cinco «ecogramas» obtenidos -según constaba en el propio documento- en 1969 y en una de las zonas apuntadas en agosto de 1974 por los miembros del «IPRI».
Aquellos «ecogramas» -según palabras del propio ingeniero de Pesca- habían detectado la presencia de cuatro ovnis -en este caso, «objetos submarinos no identificados»- frente a la población peruana de Lambayeque, en el norte del país.
– Yo mismo me encontraba en aquella ocasión a bordo del pesquero Roncal, perteneciente a la compañía «Norpesca S. A.» -me indicó el ingeniero al tiempo que señalaba su nombre, escrito por él mismo en la parte superior izquierda de uno de los «ecogramas».
Los «ecogramas» en cuestión -según las explicaciones del ingeniero- eran el resultado de la utilización de los aparatos denominados «ecosonda» y que forman parte del instrumental requerido hoy en las faenas de pesca. Este tipo de instrumento -encargado de detectar los bancos de peces- es utilizado en la actualidad por la mayoría de los pesqueros del mundo entero.
Pues bien, el ingeniero peruano había tenido la gran fortuna de navegar por aguas donde, al parecer, se encontraban en reposo varios de estos ovnis a los que -años después- harían alusión directa los miembros del «Instituo Peruano de Relaciones Interplanetarias».
«…Son miles de naves -me habían dicho días antes en el "IPRI"- las que se mueven en nuestro planeta. La mayor parte pertenecen a la "Confederación". Y en las aguas de nuestra costa -a la altura de Tumbes, Talara, Chilca, lea, Lambayeque y otras poblaciones- nos han asegurado que existen dos de estas bases. Dos bases que dirige o manda "Antar Sherart".»
Mi sorpresa, por tanto, al descubrir ahora la existencia de los citados «ecogramas», fue mayúscula.
– En el presente «ecograma» -siguió explicando Belevan- pueden apreciarse perfectamente varias partes. Todas ellas fueron registradas por el «ecosonda» que nos sirve para localizar los bancos de pescado, fundamentalmente de «anchoveta».
»En una de estas partes del «ecograma», como usted puede ver, el aparato electrónico dibujó fielmente el contorno de dos ovnis, posados sobre el fondo marino.
»En un segundo «ecograma», el Roncal detectó lo que parece parte de un ovni gigantesco. Y al lado, el fondo marino. Y, por último, acaban de enviarme de los archivos de la empresa el tercer ovni -aunque quizá se trate de dos naves en lugar de una-, localizado o localizados en sendos «ecogramas».
»Pero éstos, al contrario que los ovnis anteriores, permanecen inmóviles entre dos aguas.
»Este quinto «ecograma» -efectuado también por mí a bordo del Roncal- revela tan sólo, y como simple comparación, la presencia de una «bolichera», hundida entre las 28 y 36 brazas.
No salía de mí asombro. Cuanto más analizaba los citados «ecogramas» -que el lector podrá encontrar reproducidos a lo largo de estas mismas páginas- más claros aparecían ante mis ojos los contornos de los ovnis…
– ¡Pero éste es un documento excepcional! -le comenté al ingeniero.
– Yo diría que definitivo. Es una prueba irrefutable de la existencia de los ovnis. Y lo curioso es que estos «ecogramas» fueron obtenidos en 1969; es decir, mucho antes de que los miembros del «IPRI» lanzaran sus afirmaciones sobre la existencia de las «bases» submarinas… Nosotros, los ingenieros de Pesca, habíamos discutido muchas veces sobre dichos «objetos submarinos no identificados». Y siempre habíamos llegado a la conclusión de que, en efecto, se trataba de naves o discos volantes. Muchos de nosotros -y no digamos los patrones y tripulantes de los pesqueros- los hemos visto entrar y salir, incluso, de las aguas.
»¿Cómo podían saber los miembros del «IPRI» la existencia de dichas «bases» si estos «ecogramas» han permanecido hasta ahora en los archivos de la compañía?
Por supuesto -y ésta es la opinión de cuantos técnicos en la materia analizaron y han analizado las fotocopias de los «ecogramas», actualmente en los archivos de La Gaceta del Norte- los citados documentos parecen auténticos. Resulta realmente difícil pensar en un trucaje…
– Pero sigamos -comentó el señor Belevan-. Examinemos los «ecogramas». En primer lugar debo decirle que el hecho de que los ovnis suspendidos entre dos aguas sean de un tamaño claramente inferior al de los que aparecen posados en el fondo marino se debe, simplemente, a un fenómeno puramente físico y del que resulta directamente responsable el buque. Me explicaré. A mayor velocidad del pesquero, el tamaño del objeto captado por el rayo catódico del «ecosonda» será igualmente menor. Y en este caso concreto ocurrió así. Los «ecogramas» fueron registrados en distintos momentos del día y a velocidades igualmente dispares.
– ¿Y a qué profundidad calcula usted que podía encontrarse el ovni, o los ovnis, que aparecen suspendidos?
– Creo recordar que el barco llevaba una velocidad de «arrastre». Tratábamos de pescar en una pendiente suave y a unas 35 brazas. Una braza inglesa, como sabe, equivale a 1,72 metros.
»Esto significa que el «objeto sumergido no identificado» debía de tener un diámetro aproximado de 18 a 20 metros.
»En el segundo «ecograma» -y, como le digo, nosotros pensamos que puede tratarse del mismo ovni, puesto que el «ecosonda» lo captó pocos minutos después y en la misma zona-, el «objeto» aparece a una profundidad un tanto mayor.
»Fue realmente una suerte que aquel día los peces no apareciesen por ningún lado. Esto nos obligó a utilizar el «ecosonda» numerosas veces, logrando así -y sin querer- este excepcional testimonio.
Según pude comprobar en aquellos días, y posteriormente en España, la forma de los ovnis detectados en los «ecogramas» correspondía a la de las naves típicas, denominadas por muchos expertos en ovnis de «revolución discoidal» y que, repito, los miembros del «IPRI» identificaron como vehículos siderales de las civilizaciones de «Apu» y «Ganimedes».
– …Usted se preguntará -continuó el ingeniero- por qué los ovnis del fondo del océano aparecen más completos y macizos que los suspendidos entre dos aguas… Pues bien, según los ingenieros electrónicos con los que he consultado, parece ser que el eco, cuando marcha hacia el fondo, capta los objetos que puedan encontrarse entre dos aguas, pero «pasa» materialmente sobre ellos, sin señalarlos con la misma fuerza o intensidad que cuando «choca» con el fondo.
»Pero hay algo todavía más interesante -prosiguió-. Después de consultar con varios expertos en la materia me he enterado de que los rayos catódicos que proceden de sonares, radares o ecosondas no pueden captar un ovni en movimiento, ya que el campo magnético que emite o desarrolla la nave al girar su «disco» de sustentación, desvía o anula dicho rayo catódico.
»Sin embargo, no ocurre lo mismo cuando el ovni está detenido. Por eso se explica que nosotros hayamos podido registrarlos en los «ecogramas». Ahora bien, yo me pregunto cuántas veces habremos navegado en zonas donde se deslizan estas naves, sin lograr captarlas en nuestros aparatos electrónicos…
– ¿Y cómo pueden ustedes estar tan seguros de esto?
– Bueno, siempre cabe la posibilidad de equivocarse, pero, aparte de lo ya dicho, ahí tiene usted, en los «ecogramas», otra prueba.
Y el ingeniero señaló una franja que se estiraba muy cerca de la superficie y siempre paralela a ésta.
– Es pescado. Un banco de peces. Si hubiera existido el campo magnético los peces habrían desaparecido del lugar.
»Pero le estoy hablando de una sola serie de «ecogramas». Porque hay bastantes más. Sé por otros ingenieros y patrones de pesca que en esas mismas zonas de Lambayeque se han detectado otros ovnis y también a base de «ecogramas». En estos momentos estoy tratando de reunir el mayor número posible, a fin de someterlos a un exhaustivo análisis.
Pero había más. Porque el mismo ingeniero, señor Belevan, así como otros pescadores peruanos, han sido testigos -y no pocas veces- de las entradas y salidas de dichos ovnis en las aguas del Pacífico.
– Algunos de los patrones de los pesqueros -apuntó Belevan- han llegado a divisar a los propios ovnis. Éste es el caso, por ejemplo, de mi amigo Pablo Prado Segura, que opera en la compañía «Frescomar».
»Navegaba -según me contó- muy temprano, quizás a eso de las siete de la mañana, y con un mar en calma cuando, a unas dos millas y media de la embarcación, observaron un extraño remolino que terminó por formar una ola de unos tres metros. El inesperado e inexplicable oleaje, que zarandeó la embarcación, había sido originado por un ovni que mi amigo y los tripulantes vieron salir de las aguas pocos segundos después. Aquel objeto tomó altura y se detuvo como a unos 60 metros de la superficie, permaneciendo inmóvil algo más de 20 minutos. A continuación ascendió en diagonal a una velocidad impresionante, desapareciendo ante los atónitos ojos de los pescadores.
– ¿Describió el patrón el ovni? -interrumpí al ingeniero.
– Sí, y correspondía -¡asómbrese!- a la forma que aparece en estos «ecogramas». Su forma era discoidal y con una especie de «antena» en la parte superior.
»El lugar exacto por donde emergió el ovni -según mi amigo Prado- fue a 27 millas de la isla de Lobos. En aquella zona, el mar alcanza entre 90 y 100 brazas de profundidad. Es decir, el mismo sitio donde otros patrones de lanchas han detectado también «objetos voladores no identificados».
– ¿Siempre en el mismo lugar?
– Hasta ahora, sí. Casi siempre donde la temperatura oscila entre los 27 y 29 grados y donde el índice de salinidad llega al 34 ó 35 por 100.
»Y usted podrá preguntarme por qué precisamente en zonas donde el mar reúne ese índice de salinidad. A nosotros nos ha llamado también la atención. Y lo hemos consultado con varios oceanógrafos. Pues bien: ante nuestro asombro, estos especialistas nos confesaron que ellos habían detectado igualmente la entrada y salida de ovnis del fondo de las aguas y que siempre se había producido dicho fenómeno en el único lugar de las costas peruanas donde el mar registra un 34 ó 35 por 100 de salinidad: a saber, frente a las costas de Lambayeque.
»Y estos «ecogramas», al igual que la mayoría de los que tengo conocimiento, se han obtenido en ese lugar del Pacífico. Usted puede comprobar que dicho departamento de Lambayeque es el que alcanza un mayor índice de pureza en sus explotaciones salinas. ¿Por qué los ovnis escogen entonces esta zona para sumergirse? La verdad es que lo ignoramos. Quizás ese mayor índice de salinidad, así como la elevada temperatura de las aguas, facilitan la sustentación o movimiento de dichas naves en los fondos oceánicos… Pero no podemos estar seguros.
»Hay además otro fenómeno interesante que constituye -a juzgar por las coincidencias de opiniones de los que han visto entrar o salir de las aguas dichos aparatos- toda una constante. Los ovnis, por alguna razón desconocida, se sumergen y emergen formando un ángulo de 90 grados con la superficie marina.
Estas afirmaciones del ingeniero peruano me hicieron recordar la cada vez más extendida teoría de que los fondos de los océanos constituyen, desde Dios sabe cuándo, el mejor refugio o «base» para estas naves procedentes de otros mundos.
Nuestro mismo golfo de Cádiz ha sido escenario -en multitud de casos- de ovnis que aparecen y desaparecen súbitamente entre las aguas, zarandeando a veces las embarcaciones y asustando siempre a sus tripulantes.
Y los testimonios en este sentido no son realmente pocos.
– Esas «bases» oceánicas -me respondieron los miembros del «IPRI»- no se encuentran sólo en las costas peruanas. Las hay en muchos océanos. Y especialmente en la Antártida.
»Casi todas estas plataformas o «nidos» de naves pertenecen a la «Confederación de Planetas de la Galaxia». Y escogen el fondo de los mares porque siempre resulta el lugar más seguro e inexpugnable. En algunas de estas «bases» -según nos han comunicado los «guías» -trabajan también en la experimentación y cultivo de las algas y plancton.
Pero había algo que no entendía. Y así se lo expuse de nuevo al ingeniero, señor Belevan:
– Si esos ovnis se encuentran tan próximos a la costa peruana -al parecer sobre la misma plataforma continental-, ¿cómo es que los buques de guerra o la aviación no los han detectado?
– Ése es un error, amigo. Los gobiernos -y entre ellos el mío- tienen perfecto conocimiento del hecho. Y puedo decirle algo más. No hace mucho, el Roncal tuvo que esperar 23 días para que pudieran hacerle la revisión y el pintado del casco, acá, en el dique seco de Lima, porque había llegado un submarino de la Armada en arribada de emergencia. Tenía todo el tanque de proa y las dos salas de torpedos de babor destrozados. Cuando le preguntamos al oficial cómo se había producido el accidente nos dijo que no podía hablar…
»¿Cómo podía explicarse que un moderno submarino, que dispone de los más perfectos instrumentos electrónicos de sonar, radar, etc., no se percatase de que tenía ante su proa todo un enorme obstáculo?
Pero la magnífica prueba de los «ecogramas» no iba a ser mi última sorpresa en este tema de los ovnis. En realidad, los miembros del «IPRI» no habían hecho sino empezar su fantástico relato.