EPÍLOGO: DOS DÍAS SIN PODER DORMIR

No podría concluir este reportaje sin hacer alusión a los días que siguieron al para mí imborrable 7 de setiembre.

No pude dormir en las dos noches siguientes. Pero, no por que mi estado de ánimo hubiera quedado alterado. A decir verdad, el rotundamente inesperado «avistamiento» de aquellos dos ovnis sólo me llenó de sorpresa. Por fortuna, pienso, aparecieron lo suficientemente alejados como para que sólo pudiera ser así…

La verdadera razón que me mantuvo en vela durante aquel tiempo fue mi arraigado pragmatismo. Había acudido a los arenales de Chilca absolutamente convencido de que no iba a ver nada, de que todo aquello era irrealizable. Y, sin embargo, allí arriba y a la hora prevista, un total de ocho personas habíamos presenciado un fenómeno para el que no lograba encontrar una explicación terrestre y lógica.

Mi cerebro ha tratado de descifrar el enigma mediante numerosos razonamientos. Pero, sin embargo, tengo que reconocer que, hasta el momento, no he hallado dicha solución.

¿Podía tratarse de un avión o de un helicóptero?

Rotundamente, no. ¿Qué avión puede permanecer fijo y verificar semejantes cambios de luz?

¿Qué aparato emite una luminosidad tan potente?

Si se hubiera tratado de un helicóptero habríamos escuchado inmediatamente el ruido y sus pilotos de situación se habrían percibido indefectiblemente entre las nubes. Pero el silencio era absoluto. Total. Poco después, cuando al cabo de varias horas llegábamos a Lima, recordé algo muy concreto y sintomático, en relación con este aspecto del ruido. Durante las dos horas largas que esperamos en «La Mina», el único sonido que llegaba hasta nosotros con claridad era el producido por los numerosos murciélagos que cruzaban la oscuridad. Sus vibraciones sonaban de vez en vez como la cuerda del arco que acaba de ser distendido.

Sin embargo -lo recuerdo muy bien-, minutos antes de que aparecieran los ovnis, aquellas vibraciones de los murciélagos desaparecieron. ¿Por qué?

¿Podía tratarse de un fenómeno meteorológico?

Sinceramente, me resulta muy difícil de aceptar. ¿Qué «fenómeno meteorológico» proyecta de pronto un rayo de luz -perfectamente cilindrico- hacia tierra?

¿Podía tratarse de un globo sonda, de alguna estrella o, incluso, de la Luna?

Muchísimo menos. Como digo, durante más de dos horas me dediqué pacientemente a contemplar el encapotado cielo peruano. Y no pude adivinar el menor rastro de estrellas o planetas. Ni siquiera Venus, con su extremada brillantez, se filtraba por entre la espesísima capa de nubes.

En cuanto al globo sonda, dudo mucho de que a esa altura -unos pocos cientos de metros-, un globo de este tipo pueda producir semejante luminosidad.

¿Podía tratarse de un trucajé, de un montaje técnico?

También lo analicé cuidadosamente. Y, aunque lógicamente no puedo emitir un juicio definitivo, ¿qué clase de medios se habrían necesitado para llevar a cabo dichas apariciones y evoluciones? Si ya resulta muy difícil lograr una proyección de abajo arriba, ¿qué puede ocurrir a la hora de tratar de conseguir, además, otra proyección de arriba abajo?

«Además -pensé-, ¿para qué un desplie]gue técnico de semejante envergadura? Ni el dinero ni la popularidad son los objetivos de este grupo del "IPRI*» Y esto me consta.

¿Podía tratarse de una sugestión colectiva?

Es posible. Sin embargo, yo pienso que para que una persona pueda ser hipnotizada -como me han apuntado algunos «expertos», más cargados de mala fe que de deseos de esclarecer el asunto- es básico y elemental que dicha persona se encuentre en un estado de ánimo favorable a dicho proceso hipnótico o de sugestión. Y no me cansaré de repetir que en aquella noche del 7 de setiembre, precisamente, mi mente y mi humor no eran muy «positivos» y «manejables», que digamos…

Por otra parte, ¿cómo explicar el hecho de que no todos observáramos el primer ovni al mismo tiempo?

Hubo un pequeño grupo que se percató antes que el resto de la presencia de aquel disco luminoso. Mediaron, pues, unos segundos, claves -en mi opinión- para anular tal posibilidad de sugestión colectiva.

Pero hay más.

Porque, ante mi sorpresa, otras personas han llegado a señalar el hecho de que «todo aquello» sólo fue un fenómeno parapsicológico.

Y he aquí la argumentación en cuestión:

Para estos expertos en Parapsicología, aquellos discos luminosos sólo eran en realidad «porciones» de «ectoplasma» extraídas de los cuerpos de los que allí nos encontrábamos y lanzadas o proyectadas al cielo, en forma de ovnis.

Por supuesto -y aunque tengo un profundo respeto por la Parapsicología-, la «explicación» me pareció más fantástica, incluso, que la propia existencia de los ovnis. Porque, si mucho mérito tiene -a fe mía- arrancar, y situar a 200 ó 300 metros del suelo los mencionados «ectoplasmas», «convertirlos», además, en naves resplandecientes es ya el colmo…

Si ninguna de estas explicaciones encaja por tanto en el fenómeno que yo viera en la noche del 7 de setiembre, ¿a qué conclusión podía llegar?

Sólo a una: «aquello» eran realmente ovnis u objetos volantes no identificados.

Y un profundo miedo y una profunda alegría y una profunda angustia llenaron todo mi ser…

Загрузка...