Capítulo 7

En el día que cumplió veintidós años Theodore Huysendahl había heredado dos millones y medio de dólares. Un año más tarde añadió otro millón y monedas sueltas al casarse con Helen Godwynn, y durante los cinco años siguientes había aumentado su fortuna total a cerca de quince millones de dólares. A los treinta y dos años vendió los beneficios de sus negocios, se mudó de una finca residencial justo al lado del mar en Sands Point a un apartamento cooperativo en la Quinta Avenida, en los años setenta, y dedicó su vida al servicio público. El presidente le concedió un nombramiento. El alcalde le colocó como jefe del departamento de Parques y Recreo. Daba buenas entrevistas, era noticia interesante y la prensa le adoraba, y como resultado salía mucho en los periódicos. Durante los últimos años había estado dando discursos por todo el estado, apareciendo en cada cena del Partido Demócrata para recoger fondos, dando ruedas de prensa por todas partes, ocasionalmente asistiendo como invitado a programas de debate en la televisión. Siempre decía que no se estaba presentando para gobernador y creo que ni siquiera su propio perro era tan estúpido como para creerlo. Se presentaba y se presentaba con mucho ardor y tenía mucho dinero para invertir y muchos favores políticos de los que echar mano. Era alto, guapo y radiantemente encantador, y si tuviera postura política, lo cual era dudoso, no estaba ni demasiado a la derecha ni demasiado a la izquierda para perder los votos del gran centro.

El dinero bien empleado le daba una posibilidad entre tres de ser nominado y, si llegaba hasta ahí, tendría altas probabilidades de ser elegido. Y sólo tenía cuarenta y un años. A lo mejor ya miraba más allá del Albany hacia Washington.

Un puñado de fotografías obscenas podrían acabar con todo eso en un segundo.

Tenía un despacho en el ayuntamiento. Cogí el metro hasta la calle Chambers e iba hacia allí, pero primero me desvié, subí la calle Center y me quedé delante del cuartel de policía durante unos pocos minutos. Había un bar al otro lado de la calle a donde solíamos ir antes o después de aparecer por el edificio de juzgados. Sin embargo, me parecía un poco temprano para tomar algo y no tenía ganas de encontrarme con nadie, así que crucé la calle en dirección al ayuntamiento y logré encontrar la oficina de Huysendahl.

Su secretaria era una mujer mayor con el pelo canoso y áspero y ojos azules y penetrantes. Le dije que quería verle y me preguntó el nombre.

Saqué el dólar de plata.

– Mire bien -dije, y lo puse en marcha en la esquina de su mesa-. Ahora dígale al Sr. Huysendahl exactamente lo que he hecho y que me gustaría verle en privado. Ahora.

Escudriñó mi cara un momento, a lo mejor intentando juzgar mi cordura. Entonces cogió el teléfono, pero puse mi mano suavemente encima de la suya.

– Dígaselo en persona -dije.

Otra mirada penetrante con la cabeza inclinada levemente a un lado. Entonces, casi sin hacer ningún gesto, se levantó y entró en su oficina, cerrando la puerta tras de sí.

No tardó mucho. Salió con expresión perpleja en la cara y me dijo que el señor Huysendahl me atendería. Ya había colgado mi abrigo en un perchero de metal. Abrí la puerta de Huysendahl, entré y la cerré detrás de mí.

Empezó a hablar antes de levantar la vista del periódico que estaba leyendo. Dijo:

– Pensaba que habíamos quedado en que no vendría aquí. Pensé que habíamos establecido… -Entonces levantó la vista, me vio y algo pasó por su cara. Dijo-: No es usted…

Tiré el dólar al aire y lo cogí.

– No soy George Raft tampoco -dije-. ¿A quién esperaba?

Me miraba y yo trataba de sacar algo de su cara. Tenía mejor aspecto que en las fotos de los periódicos y mucho mejor que en las fotos secretas que tenía de él. Estaba sentado detrás de una mesa de acero gris en una oficina decorada con muebles corrientes del Ayuntamiento. Podría haber gastado dinero en redecorarlo él mismo, mucha gente en su posición lo hacía. No sé lo que expresaba de él, ni lo que se suponía que expresaba.

Dije:

– ¿Es ése el Times de hoy? Si estaba esperando a un hombre con un dólar de plata, no debe de haber leído muy bien el periódico. Tercera página de la segunda sección, hacia abajo.

– No sé de qué se trata todo esto.

Señalé el periódico con el dedo.

– Venga. Tercera página, segunda sección.

Me quedé de pie mientras él buscaba y leía el artículo. Lo había visto yo mismo mientras desayunaba y puede que se me hubiera escapado si no hubiera estado buscándolo, no sabía si saldría en los periódicos o no, pero había tres párrafos identificando el cadáver del rio East como Jacob Giros Jablon y refiriendo unas cuantas acciones importantes de su carrera.

Miraba cuidadosamente mientras Huysendahl leía el artículo. No pudo ser más que legítima su reacción. Se puso pálido instantáneamente y golpeaba el pulso en su sien. Sus manos se cerraron tan violentamente que se rompió el periódico. Parecía significar sin lugar a dudas que no sabía que Giros estaba muerto, pero también podría querer decir que no esperaba que apareciera el cadáver y de repente se daba cuenta del lío en el que se encontraba.

– Dios -dijo-. De eso tenía miedo. Por eso quería… ¡Oh, Dios mío!

No me miraba y no me hablaba. Tenía la sensación de que no se acordaba de que yo estaba en el despacho con él. Estaba mirando al futuro y viéndolo marcharse por el sumidero.

– Justo lo que temía -volvió a decir-. Se lo decía constantemente. Él decía que si le pasaba algo, un amigo suyo sabría qué hacer con esas…, esas fotografías. Pero no tenía nada que temer de mí, le dije que no tenía nada que temer de mí. Habría pagado cualquier cosa y él lo sabía. Pero ¿qué haría yo si se muriera? «Espera que viva para siempre», fue lo que me contestó. -Levantó la vista hacia mí-. Y ahora está muerto -dijo-. ¿Quién es usted?

– Matthew Scudder.

– ¿Es de la policía?

– No, dejé el departamento hace unos años.

Pestañeó.

– No sé…, no sé por qué está aquí -dijo. Parecía perdido e indefenso y no me habría sorprendido si se hubiera echado a llorar.

– Soy un tipo de profesional independiente -expliqué-. Le hago favores a la gente, saco un dólar aquí y allí.

– ¿Es detective privado?

– Nada tan formal. Mantengo los ojos y los oídos abiertos, esa clase de cosas.

– Entiendo.

– Leí este artículo sobre mi viejo amigo Giros Jablon y pensé que me podía poner en posición de hacerle un favor a alguien. De hecho, un favor a usted.

– ¿Cómo?

– Me imaginaba que quizás Giros tuviera algo que a usted le gustaría tener en sus manos. Bueno, ya sabe, manteniendo los ojos y los oídos abiertos y todo eso nunca sabes lo que vas a descubrir. Lo que imaginaba era que podría haber algún tipo de recompensa.

– Ya veo -dijo. Empezó a decir algo más, pero sonó el teléfono. Lo cogió y empezó a decirle a la secretaria que no recibía llamadas, pero ésta era de Su Ilustrísima y decidió no dejarla pasar. Cogí una silla y me senté a esperar mientras Theodore Huysendahl hablaba con el alcalde de Nueva York. No presté mucha atención a la conversación. Cuando terminó, usó el interfono para recalcar que por el momento no estaba para recibir llamadas. Entonces me miró y suspiró pesadamente.

– Pensaba que podría haber una recompensa.

Asentí con la cabeza.

– Para justificar mi tiempo y los gastos.

– ¿Es usted el… amigo de quien me habló Jablon?

– Era amigo suyo -admití.

– ¿Tiene las fotografías?

– Digamos que puede que sepa dónde están.

Apoyó su frente en la palma de la mano y se rascó el pelo. Lo tenía medio castaño, ni demasiado largo ni demasiado corto; como su postura política, estaba diseñado para evitar irritar a nadie. Me miró por encima de las gafas y suspiró de nuevo.

Calmadamente dijo:

– Pagaría una cantidad importante por tener esas fotografías.

– Puedo comprenderlo.

– La recompensa sería… generosa.

– Me imaginaba que lo sería.

– Puedo permitirme el pagar una recompensa generosa, señor… No creo que le cogiera el nombre.

– Matthew Scudder.

– Claro. Normalmente me acuerdo bien de los nombres. -Cerró los ojos un poco.

– Como dije, Sr. Scudder, puedo permitirme pagar una recompensa generosa. Lo que no puedo permitir es que continúe existiendo ese material. -Inspiró y se enderezó en la silla-. Voy a ser el próximo gobernador del estado de Nueva York.

– Según dice mucha gente.

– Lo dirá más gente. Tengo posibilidades, tengo imaginación, tengo visión. No soy un peón en la partida endeudado con los jefes. Soy independientemente rico, no busco enriquecerme a costa de la gente. Podría ser un gobernador excelente. El estado necesita un líder. Podría…

– Quizás vote por usted.

Sonrió tristemente.

– Supongo que no es hora de pronunciar un discurso, ¿verdad? Sobre todo en un momento en el que me tomo tanto cuidado en negar que soy un candidato. Pero debe usted ver la importancia de esto para mí, señor Scudder.

No dije nada.

– ¿Tenía pensado alguna recompensa especial?

– Usted tendría que fijar el precio. Por supuesto que cuanto más alto más incentivo será.

Juntó los dedos y lo pensó.

– Cien mil dólares.

– Eso es bastante generoso.

– Eso es lo que pagaría como recompensa. Por la devolución de absolutamente todo.

– ¿Como sabría que lo tiene todo?

– He pensado en eso. Tenía ese problema con Jablon. Nuestras negociaciones se complicaron por la dificultad que tenía yo por estar con él en la misma habitación. Sabía instintivamente que estaría a su merced para siempre. Si le diera unos sustanciosos fondos, al cabo de un tiempo los hubiera gastado y volvería por más. Los chantajistas siempre son así, por lo que tengo entendido.

– Normalmente.

– Así que le pagaba tanto a la semana. Un sobre semanal de billetes viejos no correlativos como si pagara un rescate. Y de alguna manera lo estaba pagando. Estaba rescatando todo mi futuro.

Se apoyó en su silla giratoria de madera y cerró los ojos. Tenía una buena cabeza y una cara fuerte. Supongo que debía haber habido alguna debilidad en ella porque había mostrado flaqueza en su comportamiento, y tarde o temprano tu carácter se muestra en tu cara. Tarda en unas caras más que en otras; si ahí había debilidad, yo no la veía.

– Todo mi futuro -dijo-. Podía permitirme ese pago semanal. Lo podía ver -esa sonrisa rápida, triste-, como un gasto de campaña. Un gasto continuo. Lo que me preocupaba era la vulnerabilidad, no el señor Jablon, sino lo que podía pasar si él se muriese. ¡Dios mío, la gente se muere cada día! ¿Sabe usted a cuántos neoyorquinos asesinan en un día normal?

– Antes eran tres -dije-. Un homicidio cada ocho horas era el promedio. Supongo que ahora es más alto.

– Yo oí una cifra de cinco.

– Es más alta en el verano. Una semana de julio pasado hubo más de cincuenta. Catorce de ellos en un día.

– Sí, me acuerdo de esa semana. -Miró para otro lado, evidentemente perdido en sus pensamientos. No sabía si estaba haciendo planes para reducir la proporción de homicidios cuando llegara a ser gobernador o para añadir mi nombre a la lista de víctimas. Dijo-: ¿Puedo dar por sentado que Jablon fue asesinado?

– No veo cómo puede dar por sentado otra cosa.

– Me imaginaba que iba a pasar esto. O sea, que me preocupaba. Este tipo de hombres corre un riesgo más alto de lo normal de ser asesinado. Estoy seguro de que yo no era su única víctima. -Aumentó su voz al final de la frase y esperaba que yo le confirmara o negara lo que suponía. Esperó más y siguió-. Pero aunque no fuera asesinado, señor Scudder, los hombres se mueren. No viven siempre. No me gustaba pagarle a ese señor odioso cada semana, pero la perspectiva de suspender los pagos era peor. Podía morir de una infinidad de maneras, cualquier cosa. Una sobredosis, por ejemplo.

– No creo que usara nada.

– Bueno, entiende lo que quiero decir.

– Le podía haber pillado un autobús -dije.

– Exactamente. -Otro suspiro largo-. No puedo pasar por esto de nuevo. Cien mil dólares, pagados de la manera que especifique usted. Ingresados a una cuenta bancaria privada en Suiza si prefiere o en metálico. A cambio esperaré la entrega de absolutamente todo y su continuo silencio.

– Eso es razonable.

– Ya lo creo.

– Pero, ¿qué garantía tendría usted de que posee todo lo que paga?

Sus ojos me estudiaron intensamente antes de que hablara.

– Creo que sé juzgar a los hombres bastante bien.

– ¿Y ha decidido que yo soy honesto?

– Eso difícilmente. No le quiero insultar, señor Scudder, pero si sacara tal conclusión sería ingenuo por mi parte, ¿no?

– Probablemente.

– Lo que he decidido -dijo- es que usted es inteligente. Así que permítame que se lo explique de un modo sencillo. Le pagaré la cantidad que he mencionado. Y si en cualquier momento del futuro intenta sacar más dinero por mí, bajo cualquier pretexto, me pondría en contacto con… cierta gente. Y lo tendría muerto.

– Lo que le podría meter en un lío.

– Puede que sí -asintió-. Pero en tal caso tendría que arriesgarme. Y ya he dicho que creo que usted es inteligente. Lo que quise decir fue que creo que usted sería lo suficientemente inteligente para evitar no comprobar si le estoy engañando. Cien mil dólares debería ser una recompensa suficiente. No creo que sea tan imprudente como para comprobar su suerte.

Lo pensé, asentí lentamente con la cabeza.

– Una pregunta.

– Pregunte.

– ¿Por qué no pensó en hacerle esta oferta a Giros?

– Sí que lo pensé.

– Pero no lo hizo.

– No, Sr. Scudder, no lo hice.

– ¿Por qué?

– Porque no me parecía que él fuera suficientemente inteligente.

– Supongo que en eso tiene razón.

– ¿Por qué dice eso?

– Acabó en el río -dije-. Eso no fue muy brillante por su parte.


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