Capítulo 19

Nunca antes había estado en el edificio. Había dos porteros de guardia y un hombre en el ascensor. Los porteros se aseguraron de que me esperaban, y el ascensorista me subió rápidamente dieciocho plantas e indicó qué puerta era la que estaba buscando. No se movió hasta que hube llamado al timbre y me hubieron admitido.

El apartamento era tan impresionante como el resto del edificio. Tenía una escalera que daba a una segunda planta. Una criada de piel aceitunada me llevó a un gabinete con las paredes de paneles de roble y una chimenea. La mitad de los libros de las estanterías estaban forrados en cuero. Era una habitación muy cómoda en un apartamento muy amplio. El apartamento había costado casi doscientos mil dólares y el mantenimiento mensual llegaba a unos mil quinientos.

Cuando tienes bastante dinero, puedes comprar casi todo lo que quieres.

– Estará con usted dentro de un momento -dijo la criada-. Dice que se sirva una copa.

Señaló un mueble bar al lado de la chimenea. Había hielo en un cubo de plata y un par de docenas de botellas. Me senté en una silla de cuero rojo y esperé.

No tuve que esperar mucho. Entró en la habitación. Llevaba pantalones blancos de franela y una chaqueta ligera de cuadros. Llevaba unas zapatillas de cuero en los pies.

– ¡Bueno, bueno! -dijo. Sonrió para enseñarme que se alegraba de verme-. Tomará una copa, espero.

– Ahora mismo, no.

– En realidad es un poco temprano para mí también. Parecía muy urgente por teléfono, señor Scudder. Saco la consecuencia de que se ha pensado dos veces lo de trabajar para mí.

– No.

– Me dio la impresión…

– Eso era para entrar aquí.

Frunció el entrecejo.

– No estoy seguro de entender.

– Realmente no estoy seguro de si entiende o no, señor Huysendahl. Creo que debería cerrar la puerta.

– No me gusta su tono.

– No le va a gustar nada de esto -dije-. Le gustará menos con la puerta abierta. Creo que debería cerrarla.

Estuvo a punto de decir algo, quizás otra observación sobre mi tono de voz y de cómo no le gustaba y, en lugar de eso, cerró la puerta.

– Siéntese, señor Huysendahl.

Estaba acostumbrado a dar órdenes, no a recibirlas, y pensé que iba a formar una escena. Pero se sentó y su cara no era lo suficiente máscara para prevenir que supiera que él ya sabía de qué se trataba. Yo lo habría sabido de todos modos, porque no había otra manera de encajar las piezas, pero su cara lo confirmó.

– ¿Me va a decir de qué se trata todo esto?

– ¡Oh, sí que se lo voy a decir! Pero creo que ya lo sabe. ¿Verdad?

– Por supuesto que no.

Miré por encima de su hombro un óleo del antepasado de alguien. Quizás uno de los suyos. No vi ningún parecido familiar, sin embargo.

– Usted mató a Giros Jablon.

– Está loco.

– No.

– Ya se ha enterado de quién mató a Jablon. Me dijo eso anteayer.

– Estaba equivocado.

– No sé adónde quiere llegar, señor Scudder…

– Un hombre intentó matarme el miércoles por la noche -dije-. Eso lo sabe. Suponía que fue el mismo hombre que mató a Giros, y logré asociarle con uno de los otros mamones de Giros, por lo que pensé que eso le libraba a usted. Pero resulta que él no podía haber matado a Giros porque estaba al otro lado del país en ese momento. Su coartada para la muerte de Giros era de lo más sólida. Estaba en la cárcel en aquel momento.

Le miré. Ahora estaba paciente, escuchándome con la misma mirada fija con que me había mirado el jueves por la tarde cuando le dije que estaba libre.

– Tenía que saber que él no era el único implicado, que más de una de las víctimas de Giros había decidido luchar. El hombre que intentó matarme era un solitario. Le gustaba usar una navaja. Pero había sido atacado antes por uno o más hombres en un coche, un coche robado. Y unos minutos después del ataque recibí una llamada de ese hombre mayor con acento neoyorquino. Había recibido una llamada de él anteriormente. No tenía sentido que el artista de la navaja tuviera a otra persona implicada. Así que otra persona estaba detrás del numerito con el coche, y otra persona era responsable de pegarle a Giros en la cabeza y tirarle al río.

– Eso no significa que yo tuviera algo que ver con ello.

– Yo creo que sí. En cuanto se saca de escena al hombre de la navaja es obvio que todo le señala a usted desde el principio. Él era un amateur, pero en otros aspectos la operación era toda bastante profesional. Un coche robado en otro barrio con un hombre bueno tras el volante. Unos hombres fueron lo bastante buenos para encontrar a Giros cuando no quería que le encontraran. Usted tenía el dinero para contratar ese tipo de talento. Y tenía las conexiones.

– Eso son tonterías.

– No -dije-. He estado pensando en ello. Una cosa que me confundió fue su reacción en la oficina la primera vez. No sabía que Giros estaba muerto hasta que le enseñé el artículo en el periódico. Casi le descarté porque no podía creer que pudiera fingir una reacción tan bien. Pero claro, no era fingida. Realmente no sabía que estuviera muerto, ¿verdad?

– Por supuesto que no. -Estiró el torso-. Y creo que eso es una prueba bastante buena de que no tuve nada que ver con su muerte.

Negué con la cabeza.

– Sólo significa que todavía no sabía de ella. Y el darse cuenta de que Giros estaba muerto y que el juego no acababa con su muerte le aturdió. No sólo tenía pruebas contra usted, sino que también sabía que estaba relacionado con Giros y constituía un posible sospechoso de su muerte. Naturalmente eso le desconcertó un poco.

– No puede probar nada. Puede decir que contraté a alguien para matar a Giros. No lo hice y le puedo jurar que no lo hice.

Pero eso es algo que difícilmente pueda probar. Lo importante es que no me incumbe probarlo, ¿verdad?

– No.

– Y usted me puede acusar de lo que quiera, pero tampoco tiene ni media prueba, ¿verdad?

– No. No tengo.

– Entonces quizás me puede decir por qué decidió venir aquí esta tarde, señor Scudder.

– No tengo pruebas. Eso es verdad. Pero tengo otra cosa, señor Huysendahl.

– ¿Sí?

– Tengo esas fotografías.

Me miró boquiabierto.

– Me dijo claramente…

– Que las había quemado.

– Sí.

– Tenía la intención de hacerlo. Era más fácil decir que ya lo había hecho. He estado ocupado desde entonces y no tuve tiempo para llevarlo a cabo. Y entonces esta mañana me enteré de que el hombre de la navaja no era el mismo que había matado a Giros y examiné algunas de las cosas que ya sabía, y vi que tenía que ser usted. Así que menos mal que no quemé esas fotos, ¿verdad?

Se puso de pie lentamente.

– Creo que después de todo tomaré esa copa -dijo.

– Adelante.

– ¿Me acompaña?

– No.

Puso unos cubitos de hielo en un vaso alto, vertió whisky escocés y añadió soda. Se tomó su tiempo sirviendo la copa, luego se acercó a la chimenea y apoyó el codo en la repisa de roble bruñido. Sorbió unas cuantas veces antes de girar a mirarme de nuevo.

– Entonces estamos al principio de nuevo -dijo-. Y ha decidido chantajearme.

– No.

– ¿Por qué entonces es tan afortunado de no haber quemado las fotos?

– Porque es la única presa que tengo en usted.

– ¿Y qué va a hacer con ello?

– Nada.

– Entonces…

– Es lo que va a hacer usted, señor Huysendahl.

– ¿Y qué voy a hacer yo?

– No va a presentarse para gobernador.

Me miró fijamente. Realmente no quería mirarle a los ojos, pero me esforcé. Ya no intentaba mantener una máscara sobre la cara y pude observar cómo tanteaba un pensamiento tras otro y encontraba que ninguno le llevaba a ningún sitio.

– ¿Lo ha pensado bien, señor Scudder?

– Sí.

– Detenidamente, supongo.

– Sí.

– Y no hay nada que desee, ¿verdad? Dinero, poder, las cosas que la mayoría de la gente quiere. No haría nada por mí que mandara otro talón a la Ciudad de los Chicos.

– No.

Asintió con la cabeza. Se frotó la punta del mentón con un dedo.

– No sé quién mató a Jablon -dijo.

– Me lo suponía.

– No ordené que le mataran.

– La orden tuvo su origen en usted. De una forma u otra, es el hombre de arriba.

– Probablemente.

Le miré.

– Preferiría creer otra cosa -dijo-. Cuando me dijo el otro día que había encontrado al hombre que mató a Jablon me tranquilicé enormemente. No porque pensara que fuera posible que se me asociara con el asesinato o que alguna pista le condujera a mí, sino porque francamente no sabía si era responsable de su muerte de alguna manera.

– No lo ordenó directamente.

– No, por supuesto que no. No quería que mataran al hombre.

– Pero alguien en su organización…

Suspiró pesadamente.

– Parece que alguien decidió llevar el asunto en sus manos. Yo… confié a varias personas que me estaban chantajeando. Parecía que tal vez fuera posible recuperar las pruebas sin acceder a las intimidaciones de Jablon. Lo más importante era inventar una manera en la que se pudiera comprar el silencio de Jablon de forma definitiva. El problema del chantaje es que uno nunca deja de pagar. El ciclo puede mantenerse para siempre, no hay ningún control.

– De modo que alguien intentó asustar a Giros una vez con un coche.

– Así parece.

– Y cuando eso no funcionó, alguien contrató a alguien para contratar a alguien para matarle.

– Supongo que sí. No puede probarlo. Lo que quizás es más importante, yo no lo puedo probar.

– Pero lo creía todo el tiempo, ¿no? Porque me avisó de que un pago era lo que iba a recibir y que si intentaba sacar más, me matarían.

– ¿De veras dije eso?

– Creo que se acuerda de haberlo dicho, señor Huysendahl. Yo debí haber visto el significado de ello entonces. Estaba usted pensando en el asesinato como arma de su arsenal. Porque ya la había usado una vez.

– Nunca tuve la intención, ni por un instante, de que Jablon muriera.

Me puse de pie.

– Estuve leyendo algo el otro día sobre Thomas Becket. Era amigo íntimo de uno de los reyes de Inglaterra. Uno de los Enriques, creo que Enrique II.

– Creo que veo la analogía.

– ¿Sabe la historia? Cuando llegó a ser arzobispo de Canterbury dejó de ser el amiguito de Enrique y jugaba según su conciencia. Eso le molestó a Enrique e informó a algunos de sus esbirros. «¡Ay!, que me libren de ese cura rebelde.»

– Pero nunca tuvo la intención de que Thomas fuera asesinado.

– Ésa fue su historia -asentí-. Sus subordinados decidieron que Enrique había promulgado el certificado de la muerte de Thomas. Enrique no lo vio así de ninguna manera, sólo había estado pensando en voz alta, y estuvo muy apesadumbrado cuando oyó que Thomas estaba muerto. O por lo menos fingió estar muy apesadumbrado. No está por aquí, así que no se lo podemos preguntar.

– Y usted es de la opinión de que Enrique fue responsable.

– Digo que no le votaría para ser gobernador de Nueva York.

Terminó su copa. Puso la copa encima de la barra y se sentó en su silla de nuevo, cruzando una pierna encima de otra.

– Si me presento para gobernador… -dijo.

– Entonces todos los periódicos de mayor tirada del estado reciben una colección completa de esas fotografías. Hasta que se presente para gobernador, se quedan donde están.

– ¿Dónde es eso?

– Un sitio muy seguro.

– Y no tengo opción.

– No.

– Ninguna otra elección.

– Ninguna.

– Quizás pueda identificar al hombre responsable de la muerte de Jablon.

– Quizás sí. También es posible que no pueda. ¿Pero de qué serviría eso? Seguro que es un profesional y no habría pruebas para relacionarle ni con usted ni con Jablon, menos todavía para llevarle a juicio. Y no podría usted hacer nada con él sin exponerse.

– Está poniendo esto muy difícil, Scudder.

– Lo estoy poniendo muy fácil. Todo lo que tiene que hacer es olvidarse de ser gobernador.

– Sería un gobernador excelente. Si le gustan tanto las analogías históricas puede considerar a Enrique II de nuevo. Se le tiene como uno de los mejores monarcas de Inglaterra.

– Yo qué sé.

– Yo sí. -Me contó unas cosas sobre Enrique. Según lo que me dijo, sabía bastante sobre el tema. Tal vez fuera interesante. No le presté mucha atención. Entonces a continuación me dijo un poco más sobre lo buen gobernador que sería, lo que conseguiría para la gente del estado.

Le corté.

– Tiene muchos planes, pero eso no significa nada. No sería un buen gobernador. No será ningún tipo de gobernador, porque no le voy a dejar, pero no sería bueno porque es capaz de elegir gente para trabajar con usted que son capaces del asesinato. Eso es suficiente para descalificarlo.

– Podría despedir a esas personas.

– No tendría manera de saber si lo hace o no. Y ni siquiera son tan importantes los individuos.

– Ya veo. -Suspiró de nuevo-. No era mucho ese hombre, ¿sabe? No estoy justificando el asesinato cuando digo eso. Era un criminal de poca monta y un chantajista de bajísima calidad. Empezó por atraparme, alimentándose de una debilidad personal, y luego intentó sangrarme.

– Era poca persona -asentí.

– Sin embargo, su asesinato le es tan significativo.

– No me gusta el asesinato.

– Entonces cree que la vida humana es sagrada.

– No sé si creo que algo sea sagrado. Es una cuestión muy complicada. He matado. Hace unos pocos días maté a un hombre. Pero antes de eso, contribuí a la muerte de un hombre. Mi contribución fue involuntaria. Eso no me ha hecho sentir mejor al respecto. No sé si la vida humana es sagrada. Simplemente no me gusta el asesinato. Y usted está en vías de salir libre de un asesinato, y eso me preocupa, y hay sólo una cosa que voy a hacer al respecto. No quiero matarle, no quiero exponerle, no quiero hacer ninguna de esas dos cosas. Estoy harto de interpretar una versión incompetente de Dios. Sólo voy a mantenerle fuera de Albany.

– ¿No constituye eso jugar a ser Dios?

– No creo.

– Dice que la vida humana es sagrada. No con esas palabras, pero ésa parece ser su postura. ¿Qué me dice de mi vida, señor Scudder? Durante años sólo una cosa me ha sido importante, y usted pretende de decirme que no lo puedo tener.

Miré alrededor del gabinete. Los retratos, la decoración, el mueble bar.

– A mí me parece que le va bastante bien -dije.

– Tengo posesiones materiales. Tengo el dinero suficiente para permitírmelas.

– Disfrútelas.

– ¿No hay alguna manera de comprarle? ¿Es usted tan piadosamente incorruptible?

– Probablemente sea corrupto en la mayor parte de las acepciones. Pero no me puede comprar, señor Huysendahl.

Esperaba que dijera algo. Pasaron unos cuantos minutos y se quedó simplemente donde estaba, callado, su mirada en la media distancia. Encontré la salida solo.


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