Llegué a la Jaula de Polly con unos cuantos minutos de antelación. Había cuatro hombre y dos mujeres bebiendo en la barra. Detrás de ella, Chuck se estaba riendo educadamente de algo que había dicho una de las mujeres. En la máquina tocadiscos Sinatra pedía que mandaran entrar a los payasos.
El local es pequeño, con una barra a la derecha según entras. Una barandilla recorre la longitud del salón y a la izquierda hay una zona, subiendo unos peldaños, que tiene una docena de mesas. Todas estaban libres ahora. Fui hasta el paso de la barandilla, subí los peldaños y elegí la mesa más alejada de la puerta.
La Jaula está más animada sobre las cinco cuando la gente sedienta deja sus oficinas. Los que tienen mucha sed se quedan más tiempo que los demás, pero el sitio no es de mucho movimiento de transeúntes y casi siempre el local cierra bastante temprano. Chuck sirve unas copas generosas y los bebedores de las cinco suelen abandonar temprano. Los viernes, el grupo GSEF[ [1]] muestra una buena dosis de perseverancia, pero en otras ocasiones, por lo general, cierran antes de medianoche y ni siquiera se molestan en abrir los sábados o domingos. Es un bar en el barrio sin ser un bar de barrio.
Pedí un bourbon doble y había bebido la mitad cuando entró ella. Vaciló en la puerta, sin verme al principio, y murieron unas conversaciones cuando giraron las cabezas para mirarla. Parecía ser inconsciente de cómo llamaba la atención, o demasiado acostumbrada para hacerle caso. Me vio, se acercó y se sentó al otro lado de la mesa. Las conversaciones del bar continuaron al quedar claro que no estaba libre.
Dejó caer el abrigo de los hombros al respaldo de la silla. Llevaba un suéter de color rosa vivo. Era un color que le iba bien y el suéter le sentaba de maravilla. Sacó un paquete de cigarrillos y un mechero de su bolso. Esta vez no esperó a que se lo encendiera yo. Inhaló mucho humo, lo expulsó en una delgada columna y la miró con evidente interés mientras ascendía al techo.
Cuando vino la camarera, pidió un gin-tonic.
– Estoy adelantando la estación -dijo-. Realmente hace demasiado frío fuera para bebidas de verano. Pero soy una persona tan cálida emocionalmente que lo puedo llevar a cabo, ¿no crees?
– Lo que usted diga, señora Ethridge.
– ¿Por qué siempre se te olvida mi nombre de pila? Los chantajistas no deberíais ser tan formales con vuestras víctimas. A mí me es fácil llamarte Matt. ¿Por qué no me puedes llamar Beverly?
Me encogí de hombros. En realidad yo mismo no sabía la respuesta. Era difícil estar seguro de cuál era mi propia reacción ante ella y cuál formaba parte de un papel que representaba. En gran manera no la llamaba Beverly porque ella lo quería, pero eso era simplemente una respuesta que traía otra pregunta.
Llegó su copa. Apagó su cigarrillo, sorbió su gin-tonic. Respiró profundamente y subieron y bajaron sus senos bajo el suéter rosa.
– ¿Matt?
– ¿Qué?
– He estado intentando pensar en la manera de reunir el dinero.
– Bien.
– Me va a llevar tiempo.
Los manejé a todos de la misma manera y todos daban la misma respuesta. Todos eran ricos y nadie podía reunir unos pocos dólares. Quizás el país estaba en apuros, quizás la economía estaba tan mal como todo el mundo decía.
– ¿Matt?
– Necesito dinero ahora mismo.
– Hijo de puta. ¿No crees que a mí me gustaría terminar esto cuanto antes? La única manera de conseguir el dinero es de Kermit y no le puedo decir para qué lo necesito. -Bajó la mirada-. De todos modos, no lo tiene.
– Creía que tenía más dinero que estiércol.
Negó con la cabeza.
– Todavía no. Tiene unos ingresos y son sustanciosos, pero no saca lo principal hasta que tenga treinta y cinco años.
– ¿Cuándo es eso?
– En octubre. Es cuando cumple. El dinero de los Ethridge está todo invertido en un trust que termina cuando el hijo más joven cumpla treinta y cinco.
– ¿Él es el más joven?
– Sí. Cobra el dinero en octubre. Dentro de seis meses. He decidido, hasta se lo he mencionado, que me gustaría tener mi propio dinero. Para no estar tan dependiente de él de la manera que lo estoy ahora. Ésa es la única petición que entiende y, más o menos, está de acuerdo con ella. Así que en octubre me dará dinero. No sé cuánto, pero desde luego será más de cincuenta mil dólares y entonces podré arreglar cuentas contigo.
– En octubre.
– Sí.
– Sin embargo, no tendrás dinero en mano entonces. Supone un montón de papeleo. Quedan seis meses antes de que llegue octubre, y pasarán fácilmente otros seis meses antes de que tengas el dinero en efectivo.
– ¿Realmente tarda tanto?
– Puede. Así que no estamos hablando de seis meses, sino que estamos hablando de un año, y eso es demasiado tiempo. Incluso seis meses es demasiado tiempo. Joder, un mes es demasiado tiempo, señora Ethridge. Quiero salir de esta ciudad.
– ¿Por qué?
– No me gusta el clima.
– Pero ya está aquí la primavera. Éstos son los mejores meses de Nueva York, Matt.
– Sin embargo, no me gusta.
Cerró los ojos y examiné su cara en reposo. La luz del salón le quedaba perfecta, velas eléctricas a pares, brillando contra el papel rojo estampado de las paredes. En la barra uno de los hombres se puso de pie, cogió parte del cambio que tenía delante y se dirigió hacia la puerta. Al salir dijo algo y una de las mujeres se rió fuertemente. Otro hombre entró en el bar. Alguien metió dinero en la máquina de discos y Leslie Gore decía que era su fiesta y lloraría si quisiera.
– Tienes que darme tiempo -dijo ella.
– No tengo para dar.
– ¿Por qué tienes que marcharte de Nueva York? De todas formas, ¿a qué tienes miedo?
– A lo mismo que tenía miedo el Giros.
Movió la cabeza pensativamente.
– Estaba muy nervioso hacia el final -dijo-. Eso hacía que la parte de la cama fuera muy interesante.
– Seguro que fue así.
– Yo no era la única que estaba bajo sus cuerdas. Lo dejó bastante claro. ¿Tú estás manejando a todos los suyos, Matt? ¿O sólo a mí?
– Es una buena pregunta, señora Ethridge.
– Sí, a mí me gusta. ¿Quién le mató, Matt? ¿Uno de sus otros clientes?
– ¿Quiere decir que está muerto?
– Leo los periódicos.
– Seguro. A veces sale su foto en ellos.
– Sí. Y qué día de suerte para mí fue aquel. ¿Tú le mataste, Matt?
– ¿Por qué iba a hacer eso?
– Para que le pudieras quitar su pequeño negocillo. Yo pensaba que tú le sacabas dinero. Entonces leí cómo le pescaron del río. ¿Le mataste?
– No. ¿Y usted?
– Seguro, con mi arquito y mi flecha. Escucha, espera un año por tu dinero y te lo doblaré. Cien mil dólares. Es un interés fino.
– Preferiría coger el dinero en metálico e invertirlo yo mismo.
– Te dije que no lo puedo conseguir.
– ¿Y qué tal su familia?
– ¿Qué hay con ellos? No tienen dinero.
– Pensaba que tenía un papi rico.
Se estremeció y lo ocultó encendiendo otro cigarrillo. Ambas copas estaban vacías. Hice señas a la camarera y trajo otras. Pregunté si había café hecho. Dijo que no sabía, pero que lo haría si me apetecía. Parecía que realmente esperaba que no me apeteciera. Le dije que no se molestase.
Beverly Ethridge dijo:
– Tuve un bisabuelo rico.
– ¿Sí?
– Mi propio padre siguió las huellas de su padre. El delicado arte de convertir un millón de dólares en un pimiento. Yo me crié pensando que siempre habría dinero. Eso fue lo que hizo que las cosas que sucedieron en California fueran tan cómodas. Tenía un papi rico y nunca tenía que preocuparme de nada realmente. Él siempre me podía echar un cable. Hasta las cosas más graves no eran graves.
– ¿Entonces qué pasó?
– Se mató.
– ¿Cómo?
– Se sentó en el coche en un garaje con la puerta cerrada y el motor en marcha. ¿Qué más da?
– Nada, supongo. Sólo que siempre me pregunto cómo lo hace la gente. Los médicos suelen usar pistolas, ¿sabía eso? Tienen acceso a los medios más simples, más limpios del mundo, una sobredosis de morfina, cualquier cosa así y en vez de eso, generalmente, se levantan la tapa de los sesos y causan un estropicio. ¿Por qué se mató?
– Porque se acabó el dinero. -Cogió su copa, pero hizo una pausa con ella a medio camino de la boca-. Por eso yo volví al este. De repente estaba muerto y, en vez de dinero, había deudas. Había un seguro bastante grande para vivir decentemente mi madre. Vendió la casa, se mudó a un apartamento. Con eso y la seguridad social se arregla. -Esta vez tomó un trago largo-. No quiero hablar de ello.
– Vale.
– Si llevaras esas fotos a Kermit no sacarías nada. Sólo te crearías dificultades. No las compraría porque no se preocuparía de mi buen nombre. Sólo se preocuparía por el suyo, lo que significaría deshacerse de mí y encontrar una esposa tan sosa como él.
– Quizás.
– Está jugando al golf esta semana. Un torneo de profesionales y aficionados, lo hacen el día antes de los torneos regulares. Consigue a un golfista profesional por compañero y, si ganan el dinero, el profesional saca unos cuantos dólares de ello y Kermit se lleva la gloria. Es su pasión principal, el golf.
– Pensaba que lo era usted.
– Sí. Está fuera de la ciudad ahora, preparándose para este torneo. Así que puedo quedarme fuera de casa el tiempo que quiera. Puedo hacer lo que quiera.
– Conveniente para usted.
Suspiró.
– Supongo que no puedo usar el sexo esta vez, ¿verdad?
– Me temo que no.
– Es una pena. Estoy acostumbrada a usarlo, soy muy buena. Joder. Cien mil dólares dentro de un año es mucho dinero.
– También lo es un pájaro en mano.
– ¡Ojalá tuviera algo que poder usar contigo! El sexo no funciona y no tengo dinero. Tengo un par de dólares en una libreta de ahorros, mi propio dinero.
– ¿Cuánto?
– Sobre unos ocho mil. No me han añadido los intereses desde hace mucho tiempo. Se supone que tienes que llevarles la libreta una vez al año. Entre una cosa y otra nunca tengo tiempo para ello. Te podría dar lo que tengo, como desembolso inicial.
– Vale.
– ¿De hoy en ocho días?
– ¿Qué hay de malo en que sea mañana?
– No, no. -Movió la cabeza negando con énfasis-. No. Todo lo que puedo comprar con mis ocho mil es tiempo, ¿verdad? Así que voy a comprar una semana con eso ahora mismo. Dentro de una semana tendrás el dinero.
– Ni siquiera sé si lo tiene.
– No, no lo sabes.
Lo pensé.
– Vale -dije finalmente-. Ocho mil dólares dentro de una semana. Pero no voy a esperar un año por el resto.
– Quizás me podría llevar al huerto a algunos tíos -dijo-. Unos cuatrocientos veinte cobrando cien dólares por polvo.
– O cuatro mil doscientos a diez dólares.
– ¡Cabrón!
– Ocho mil. Dentro de una semana.
– Los recibirás.
Ofrecí acompañarla a un taxi. Dijo que cogería uno ella misma y que podía pagar yo las copas esta vez. Me quedé en la mesa unos cuantos minutos después de que se marchara. Luego pagué la cuenta y salí. Crucé la calle y pregunté a Benny si había algún recado. No había recados, pero llamó un hombre que no había dejado su nombre. Me pregunté si habría sido el hombre que me amenazó con meterme en el río.
Fui a Armstrong's y me senté en mi mesa de costumbre. El sitio estaba lleno por ser lunes. La mayoría de las caras eran familiares. Tomé bourbon y café y a la tercera ronda vi por un instante una cara que por algo desconocido me resultaba familiar. En su siguiente vuelta por las mesas, le hice señas con el dedo a Trina. Se acercó a mí con las cejas arqueadas y la expresión acentuaba el aspecto felino de sus facciones.
– No te des la vuelta -dije-. En la barra, ahí delante, justo entre Gordie y el tío con la chaqueta vaquera.
– ¿Qué pasa con él?
– A lo mejor nada. Ahora mismo no, pero dentro de un par de minutos, ¿por qué no pasas delante y le echas un vistazo?
– Y entonces ¿qué?, capitán.
– Entonces informe al Control de Misiones.
– A sus órdenes, señor.
Mantuve los ojos mirando hacia la puerta, pero me concentraba en lo que podía ver de él en la periferia de la visión, y no era mi imaginación. Sí que seguía mirando repetidamente hacia donde yo estaba. Era difícil calcular su altura porque estaba sentado, pero parecía casi lo bastante alto para jugar al baloncesto. Tenía la cara de estar al aire libre y el pelo largo, a la moda, de color arena. No podía ver bien sus facciones, estaba al otro extremo del local, pero me dio la impresión de frialdad y probada dureza.
Llegó Trina con una copa que no había pedido.
– Camuflaje -dijo, poniéndola delante de mí-. Le he echado un vistazo. ¿Qué hizo?
– Nada que sepa yo. ¿Le has visto antes?
– No creo. De hecho, estoy segura porque me acordaría de él.
– ¿Por qué?
– Tiende a destacarse. ¿Sabes a quién se parece? Al hombre Marlboro.
– ¿El de los anuncios? ¿No han usado a más de un tío?
– Seguro. Se parece a todos. ¿Sabes?, botas altas de cuero duro, un sombrero de ala ancha y oliendo a estiércol de caballo y un tatuaje en la mano. No lleva botas ni sombrero y no tiene tatuaje, pero es la misma imagen. No me preguntes si huele a estiércol de caballo. No me acerqué lo suficiente para saberlo.
– No lo iba a preguntar.
– ¿Cuál es la historia?
– No estoy seguro de si hay una. Creo que le vi hace poco en La Jaula de Polly.
– Puede que esté haciendo la ronda.
– ¡Oh, oh!, como la mía.
– ¿Y qué?
Me encogí de hombros.
– A lo mejor nada. De todos modos gracias por el trabajo de vigilancia, vete.
– ¿No conseguí una placa?
– Y un anillo de descifrar códigos.
– A tope -dijo.
Le gané esperando. Estaba claro que me estaba prestando atención. No podía decir si él sabía que yo también me estaba interesando por él. No quería mirarle directamente.
Podría haberme seguido desde La Jaula. No estaba seguro de haberle visto allí, sólo sentía que me había fijado en él en algún sitio. Si me había empezado a seguir en La Jaula, entonces no era difícil relacionarle con Beverly Ethridge; ella podía haber fijado la cita previamente para ponerme la etiqueta. Pero aunque hubiera empezado en La Jaula, eso no probaba nada; podía haberme visto antes y seguido hasta allí. Tampoco ponía difícil que me encontraran. Todo el mundo sabía dónde vivía y había pasado el día entero en el barrio.
A lo mejor eran sobre las nueve y media cuando me fijé en él, quizás más bien sobre las diez. Eran casi las once cuando recogió y se marchó. Había determinado que se iba a marchar antes que yo, y me hubiera sido necesario. No pasó mucho tiempo y tampoco pensé que lo pasaría. El hombre Marlboro no parecía el tipo al que le gustaba pasar su tiempo en una destilería de ginebra de la Novena Avenida, aunque fuera tan agradable como el Armstrong's. Era demasiado activo, del oeste y del aire libre, y antes de las once había montado su caballo y cabalgado hacia la puesta de sol.
Unos minutos después de marcharse se acercó Trina y se sentó al otro lado de la mesa. Todavía estaba trabajando, así que no la podía invitar a una copa.
– Tengo más que informar -dijo-. Billie nunca le había visto antes. Espera no volver a verle nunca más, dice, porque no le gusta servir bebidas alcohólicas a hombres con ojos así.
– ¿Ojos cómo?
– No entró en detalles. A lo mejor se lo puedes preguntar. ¿Qué más? ¡Ah, sí! Pidió cerveza. Dos en tantas horas. Wurzburger negra, si te interesa.
– No mucho.
– También dijo…
– ¡Mierda!
– Billie raramente dice «mierda». Dice frecuentemente «joder», pero raramente «mierda», y no lo dijo ahora. «¿Qué pasa?»Pero ya me estaba levantando de la mesa camino de la barra. Billie se acercó lentamente dándole brillo a una copa con el trapo. Dijo:
– Te mueves rápido para ser un hombre grande, forastero.
– Mi mente se mueve despacio. Ese cliente que tenías…
– El hombre Marlboro, le llama Trina.
– Ése. Supongo que todavía no has lavado su copa, ¿verdad?
– Bueno, sí. Es ésta de aquí, si bien recuerdo. -La levantó para que la inspeccionase-. ¿Ves? Limpísima.
– Mierda.
– Eso es justamente lo que dice Jimmie cuando no las lavo. ¿Qué pasa?
– Pues, a no ser que el cabrón llevara guantes, acabo de hacer algo muy estúpido.
– Guantes. ¡Ah! ¿Huellas dactilares?
– Sí.
– Pensaba que eso sólo funcionaba en la tele.
– No cuando vienen como un regalo. Como en un vaso de cerveza. Mierda. Si alguna vez vuelve a entrar, lo cual sería esperar demasiado…
– Le cojo el vaso con una toalla y lo guardo en un sitio muy seguro.
– Ésa es la idea.
– Si me hubieras dicho…
– Ya lo sé. Debería haberlo pensado.
– Sólo me interesaba que se marchara. No me gusta la gente como él en ningún sitio, sobre todo en los bares. Hizo durar dos cervezas una hora cada una y eso a mí me parecía bien. No lo iba a presionar para que tomara más. Cuando menos bebiera y cuanto antes se marchara, más feliz me hacía.
– ¿Habló algo?
– Sólo para pedir las cervezas.
– ¿Cogiste algún tipo de acento?
– No me fijé en aquel momento. Déjame pensar. -Cerró los ojos durante unos segundos-. No. Americano normal, indeterminado. Suelo fijarme en las voces y no se me ocurre nada sobre la suya. No puedo creer que sea de Nueva York, pero ¿qué prueba eso?
– No mucho. Trina dijo que no te gustaban sus ojos.
– No me gustaron nada.
– ¿Por qué?
– La sensación que me daban. Es difícil describírtelo. Ni siquiera te podría decir de qué color eran, aunque creo que eran más bien claros que oscuros. Pero había algo en ellos, se quedaban en la superficie.
– No estoy seguro de entender lo que quieres decir.
– No tenían profundidad. Casi podían haber sido de cristal. ¿Viste «Watergate» por casualidad?
– Algo, no mucho.
– Uno de esos gilipollas, uno de los que tenía un nombre alemán…
– Todos tenían nombres alemanes, ¿no?
– No, eran dos. No Haldeman. El otro.
– Ehrlichman.
– Ése es el gilipollas. ¿Le viste? ¿Te fijaste en sus ojos? Sin profundidad.
– Un hombre Marlboro con ojos como los de Ehrlichman.
– Esto no está funcionando con «Watergate» ni nada, ¿verdad, Matt?
– Sólo en el espíritu.
Volví a la mesa y tomé un café. Me hubiera gustado endulzarlo con bourbon, pero pensé que no era sensato. El hombre Marlboro no pensaba intentar cogerme esta noche. Había demasiada gente que podría situarle en la escena. Esto había sido simplemente un reconocimiento del terreno. Si iba a intentar algo, sería en algún otro momento.
Así me parecía, pero no estaba lo bastante seguro de mis argumentos como para ir caminando a casa con demasiado bourbon en la sangre. Probablemente tenía razón, pero no quería arriesgarme por si estuviera muy equivocado.
Cogí lo que había visto del tío y le pegué los ojos de Ehrlichman, y la impresión general que Billie tenía de él e intenté relacionar su imagen con mis tres ángeles. No podía hacer que ninguna funcionara. Podría ser algún macarra de uno de los proyectos de Prager, podría ser un sano semental que a Beverly Ethridge le gustaba tener cerca, podría ser un talento profesional que Huysendahl había contratado para la ocasión. Las huellas dactilares me habrían ayudado a identificarlo, pero mis reflejos mentales habían sido demasiado lentos para aprovecharme de la oportunidad. Si pudiera enterarme de quién era, podría acercarme a él por detrás, pero ahora tenía que dejar que diera un paso y encontrarle cara a cara.
Supongo que eran sobre las doce y media cuando pagué la cuenta y marché. Abrí la puerta cuidadosamente, sintiéndome un poco ridículo y exploré ambos lados de la Novena Avenida en las dos direcciones. No vi a mi hombre Marlboro, ni cualquier cosa que pareciera amenazadora. Empecé a caminar hacia la esquina de la calle 57 y por primera vez desde que empezó todo, tenía la sensación de ser el blanco. Lo había hecho así deliberadamente y me pareció una buena idea en aquel momento, pero desde que apareció el hombre Marlboro, las cosas habían cambiado mucho. Ahora era real, y eso era lo que hacía la diferencia.
Había movimiento en un portal delante de mí y ya iba con cautela antes de reconocer a la anciana. Estaba en su sitio de siempre, en el portal de la boutique llamada Sartor Resartus. Siempre está ahí cuando el tiempo es bueno. Siempre pide dinero. La mayoría de las veces le doy algo.
– Señor, si pudiera…
Encontré unas monedas en el bolsillo y se las di.
– Dios le bendiga -dijo.
Le dije que esperaba que tuviera razón. Seguí hasta la esquina y menos mal que no llovía esa noche, porque la oí gritar antes de oír el coche. Soltó un grito y di la vuelta a tiempo para ver un coche con sus luces de carretera encendidas saltando el bordillo hacia mí.