No tuve tiempo para pensarlo. Supongo que mis reflejos fueron buenos. Por lo menos fueron lo bastante buenos. Había perdido el equilibrio al dar la vuelta cuando gritó la mujer, pero no me paré a recuperarlo. Solamente me tiré a la derecha. Aterricé sobre un hombro y me hice un ovillo contra el edificio.
Apenas fue suficiente. Si un conductor tiene sangre fría puede no dejarte nada de espacio en absoluto. Sólo tiene que lanzar el coche contra el lado del edificio. Puede ser duro para el coche y duro para el edificio, pero es más duro para la persona cogida entre los dos. Pensé que iba a hacer eso, y luego, cuando tiró del volante en el último momento, pensé que podía provocarlo accidentalmente, culeando el coche y aplastándome como una mosca.
No falló por mucho. Sentí una fuerte corriente de aire al pasar como un rayo. Entonces rodé y le vi bajar de la acera a la avenida. Rompió un parquímetro en su camino. Botó cuando tocó el asfalto, luego pisó el acelerador y llegó a la esquina justamente cuando el semáforo se puso en rojo. Pasó el semáforo, pero bueno, también lo hacen la mitad de los coches de Nueva York. No me acuerdo de la última vez que vi a un guardia de tráfico multando a alguien por una infracción de circulación. Simplemente, no tienen tiempo.
– ¡Esos conductores locos como cabras!
Era la vieja, ahora de pie a mi lado, chasqueando la lengua.
– Van, beben whisky -dijo-, se fuman unos porros y entonces salen a dar un paseo en coche. Le pudo haber matado.
– Sí.
– Y después de todo eso, ni siquiera paró para ver si usted estaba bien.
– No fue muy considerado.
– La gente no es considerada.
Me puse de pie y me limpié la ropa. Estaba temblando, muy asustado. Ella dijo:
– Señor, si me puede dejar… -Entonces sus ojos se nublaron un poco y frunció el entrecejo en algún tipo de confusión personal-. No -dijo-. Usted acaba de darme dinero, ¿no? Lo siento mucho. Es difícil recordar.
Saqué mi cartera.
– Mire, éste es un billete de diez dólares -dije, apretándolo en su mano-. Asegúrese de recordarlo, ¿bien? Asegúrese de que le dan el cambio correcto cuando lo gaste. ¿Entiende?
– ¡Dios mío! -exclamó.
– Ahora es mejor que se vaya a casa a dormir. ¿De acuerdo?
– Dios mío -reiteró-. ¡Diez dólares! ¡Un billete de diez dólares! ¡Ay, qué Dios le bendiga, señor!
– Lo acaba de hacer -contesté.
Isaiah estaba detrás del mostrador cuando llegué al hotel. Es un antillano de tez clara, con ojos azules brillantes y pelo rizoso de color orín. Tiene pecas grandes y oscuras en las mejillas y en la parte de arriba de las manos. Le gusta el turno de medianoche a ocho porque es tranquilo y puede sentarse detrás del mostrador haciendo pasatiempos, a veces, mientras bebe de una botella de jarabe para la tos con codeína.
Hace los rompecabezas con un rotulador. Le pregunté alguna vez si no era más difícil así.
– De otra manera no tiene mérito, señor Scudder -decía.
Lo que dijo después fue que no había recibido ninguna llamada. Subí las escaleras y avancé por el pasillo hasta mi habitación. Miré a ver si salía alguna luz por debajo de la puerta, pero no salía; determiné que eso no me probaba nada. Luego busqué algunas rayas alrededor de la cerradura, no las había, y decidí que eso tampoco probaba nada, porque podías abrir esas cerraduras del hotel con seda dental. Entonces abrí la puerta y descubrí que en la habitación no había más que muebles, lo cual era lógico; encendí la luz y cerré la puerta con llave, alargué las manos y miré los dedos temblar.
Me puse una copa fuerte y luego me hice bebería. Durante unos momentos, el estómago acogió los temblores de las manos y no pensé que el whisky se fuera a quedar en él, pero se quedó. Escribí algunas letras y números en un trozo de papel y lo metí en la cartera. Me desvestí y me quedé bajo la ducha para quitar la capa de sudor. El peor tipo de sudor, compuesto a partes iguales de esfuerzo y miedo primitivo.
Estaba secándome con la toalla cuando sonó el teléfono. No quise cogerlo. Sabía lo que iba a oír.
– Eso fue solamente una advertencia, Scudder.
– Tonterías. Estaba probando, sólo que no es lo bastante bueno.
– Cuando probamos, no fallamos.
Le mandé a tomar por el culo y colgué. Lo cogí unos segundos después y le dije a Isaiah que no pasara ninguna llamada antes de las nueve, la hora en que quería que me despertaran.
Entonces me metí en la cama para ver si podía dormir.
Dormí mejor de lo que había esperado. Solamente me desperté dos veces durante la noche y en ambas ocasiones tuve el mismo sueño, hubiera aburrido como una ostra a un psiquiatra freudiano. Era un sueño muy literal, sin ningún símbolo en absoluto. Reconstrucción pura, desde el momento en que dejé Armstrong's hasta el momento en que el coche me cerró el paso, excepto que en el sueño el conductor tenía la destreza y los cojones de llegar hasta el final, y justo cuando sabía que iba a ponerme entre la espada y la pared me despertaba, con los puños apretados y el corazón martilleando.
Supongo que es un mecanismo protector, el soñar así. Tu mente inconsciente coge las cosas que no puedes manejar y juega con ellas mientras duermes hasta que desaparecen los filos. No sé cuánto me beneficiaron esos sueños, pero al despertar la tercera y última vez, una media hora antes de que me fueran a llamar para despertarme, me sentía un poco mejor ante el asunto. Me parecía que tenía muchos motivos para sentirme bien. Alguien había querido matarme, y eso fue lo que yo había estado intentando provocar todo el tiempo. Y esa persona había fallado, y de esa manera era también como yo lo había querido.
Pensé en la llamada. No había sido el hombre Marlboro. De eso estaba bastante seguro. La voz que había oído era de alguien mayor, a lo mejor próximo a la vejez, y su tono tenía el sabor de las calles de Nueva York.
Así que parecía haber dos personas en ello. Eso no me decía mucho, pero era algo más que saber, otro hecho para archivar y olvidar. ¿Había más de una persona en el automóvil? Intentaba acordarme de lo que pude captar en el breve vistazo que eché mientras el coche se me venía encima. No había visto mucho, no con las luces dirigidas justo a los ojos. Y antes de que diera la vuelta para ver el coche marchándose, ya estaba a una buena distancia de mí, moviéndose rápido. Y estaba más absorto en coger el número de la matrícula que en contar cabezas.
Bajé a desayunar, pero no pude arreglármelas más que con un café y una tostada. Compré un paquete de cigarros de la máquina y me fumé tres con el café. Eran los primeros que había fumado en casi dos meses, y no podría haberme colocado mejor si los hubiera metido directamente por una vena. Me marearon, pero de una manera agradable. Después de terminar los tres, dejé el paquete sobre la mesa y salí fuera.
Bajé a la calle Centre y cogí el camino a la oficina del Parque de Automóviles. Un crío con mejillas sonrosadas, que tenía pinta de acabar de salir de John Jay, me preguntó si podía ayudarme. Había una media docena de polis en la habitación y no reconocí a ninguno. Pregunté si estaba Ray Landauer.
– Retirado hace unos meses -dijo. Llamó a uno de los otros-: Oye, Jerry, ¿cuándo se retiró Ray?
– Debió ser en octubre.
Se volvió hacia mí:
– Ray se retiró en octubre -dijo-. ¿Le puedo ayudar?
– Era algo personal -contesté.
– Si me da un minuto, puedo buscar su dirección.
Le dije que no era importante. Me sorprendió que Ray lo hubiera dejado. No parecía lo bastante viejo para retirarse. Pero era mayor que yo, ahora que lo pienso, y yo llevaba quince años en la policía y más de cinco fuera, así que eso me daba la edad de retirarme yo mismo.
Quizás el crío me hubiera dejado echar un vistazo a la lista de coches robados. Pero habría tenido que decirle quién era yo y un rollo que no sería necesario con alguien que conociera. Así que dejé el edificio y empecé a caminar hacia el metro. Cuando pasó un taxi vacío cambié de idea y lo cogí. Le dije al conductor que quería ir al sexto distrito.
No sabía dónde quedaba. Hace pocos años, si querías conducir un taxi, tenías que saber decir el nombre del hospital, estación de policía o parque de bomberos más cercano desde cualquier punto de la ciudad. No sé cuándo dejaron la prueba, pero ahora sólo hace falta que esté vivo.
Le dije que quedaba en la Décima Oeste, y llegó sin demasiada dificultad. Encontré a Eddie Koehler en su oficina. Estaba leyendo algo del News que no le gustaba.
– ¡Jodido fiscal especial! -dijo-. ¿Qué logra un tipo como éste más que molestar a la gente?
– Su nombre sale mucho en los periódicos.
– Ya. ¿Crees que quiere ser gobernador?
– Esa es la puta verdad, ¿por qué crees que es así?
– Estás equivocado al preguntarme a mí, Eddie. Yo no sé por qué alguien quiere ser algo.
Sus ojos fríos me valoraban.
– Joder, tú siempre querías ser un poli.
– Desde pequeño. Nunca quise ser otra cosa, desde que me acuerdo.
– A mí me pasaba lo mismo. Siempre quise llevar una placa. Me pregunto por qué. A veces creo que fue la manera en que nos criaron, un poli en cada esquina, todo el mundo respetándole. Y las películas que veíamos de críos. Los polis eran los buenos.
– No sé. Siempre mataban a Cagney en la última toma.
– Ya, pero el cabrón se lo merecía. Veías la película y te encantaba Cagney, pero querías que al final se muriera. No había manera de evitarlo. Siéntate, Matt. No te veo mucho últimamente. ¿Quieres café?
Negué con la cabeza, pero me senté. Sacó una colilla de puro de un cenicero y la encendió. Saqué dos billetes de diez y uno de cinco de mi cartera y los puse sobre su mesa.
– ¿Acabo de ganarme lo mío?
– En un minuto.
– Sólo que no se entere el fiscal especial.
– No tienes por qué preocuparte, ¿verdad?
– ¿Quién sabe? Tienes un loco como ése y todo el mundo tiene motivos para preocuparse. -Dobló los billetes y se los metió en el bolsillo de la camisa-. ¿Cómo te puedo ayudar?
Saqué el papel que había escrito antes de irme a la cama.
– Tengo parte de una matrícula -dije.
– ¿No conoces a nadie en la calle 26?
Allí era donde tenían sus oficinas los de Vehículos. Dije:
– Sí, pero era una matrícula de Jersey. Adivino que robaron el coche y que lo puedes localizar en una lista de vehículos robados. Las tres letras son o LKJ o LJK. Sólo cogí algo de los tres números. Hay un nueve y un cuatro, posiblemente un nueve y dos cuatros, pero ni siquiera sé el orden.
– Debería ser bastante, si está en la lista. Con todo esto de la grúa a veces la gente no denuncia los robos. Dan por sentado que nos los llevamos y no bajan al depósito si no tienen los cincuenta pavos, y luego resulta que lo robaron. Para entonces el ladrón lo abandonó y sí que nos lo llevamos, y acaban pagando la multa, pero no de donde lo aparcaron. Espera un momento, voy por la lista.
Dejó su puro en el cenicero y se había vuelto a apagar antes de que volviera.
– Robos de Vehículos -dijo-. Dame esas letras otra vez.
– LKJ o LJK.
– ¡Ah, ah! ¿Sabes la marca y el modelo?
– Un Kaiser-Frazer de 1949.
– ¿Qué?
– Un sedán de los últimos modelos, oscuro. Eso es todo lo que tengo. Todos se parecen más o menos.
– Ya. No hay nada en la lista principal. Vamos a ver lo que llegó anoche. ¡Ah, aquí!, LJK-914.
– Parece que es ése.
– Impala del 72, dos puertas, verde oscuro.
– No conté las puertas, pero tiene que ser ése.
– Pertenece a una tal señora de William Raiken, de Upper Montclair. ¿Una amiga tuya?
– No creo. ¿Cuándo lo denunció?
– Vamos a ver. A las dos de la madrugada, pone aquí.
Me había marchado de Armstrong's sobre las doce y media, así que la señora Raiken no había notado la falta de su coche inmediatamente. Lo podrían haber devuelto a donde estaba aparcado y ella nunca hubiera sabido que faltó.
– ¿De dónde vino, Eddie?
– Upper Montclair, me imagino.
– Quiero decir, ¿dónde lo tenían aparcado cuando lo robaron?
¡Ah! -Había cerrado la lista. Ahora la abrió un momento rápido por la última página-. Broadway y la 114. ¡Oye!, eso conduce a una pregunta interesante.
Sí que conducía a una pregunta interesante, pero, ¿cómo sabía eso él? Le pregunté a qué pregunta conducía.
– ¿Qué hacía la señora Raiken en Upper Broadway a las dos de la madrugada? Y, ¿lo sabía el señor Raiken?
– Tienes una mente sucia.
– Yo debería haber sido un fiscal especial. ¿Qué tiene que ver la señora Raiken con tu marido desaparecido?
Puse la mirada en el vacío, luego recordé el caso que había inventado para explicar mi interés por el cadáver de Giros.
– ¡Ah! -dije-. Nada. Acabé diciéndole a su mujer que lo olvidara. Saqué trabajo para un par de días de ello.
– ¡Ajá! ¿Quién robó el coche y qué hicieron con él anoche?
– Destruyeron propiedad pública.
– ¿Qué?
– Derribaron un parquímetro en la Novena Avenida. Luego se marcharon como el demonio.
– Y tú te encontrabas allí por casualidad, y entonces por casualidad cogiste el número de la matrícula y naturalmente imaginaste que el coche era robado, pero querías mirar porque eres un buen ciudadano.
– Estás muy cerca.
– ¡Y una mierda! Siéntate, Matt. ¿En qué estás metido que debiera saber?
– En nada.
– ¿Qué conexión hay entre un coche robado y Giros Jablon?
– ¿Giros? ¡Ah, el tío que sacaron del río! Ninguna conexión.
– Porque hace un momento estabas buscando al marido de esa mujer.
Vi mi error entonces, pero esperaba a ver si lo había notado, y sí que lo había notado.
– Era su novia la que le estaba buscando la última vez que lo oí. Eres muy listo conmigo, Matt.
No dije nada. Sacó su puro del cenicero y lo estudió, luego se inclinó y lo dejó caer en la papelera. Se puso derecho y me miró, luego desvió la vista hacia otro sitio y entonces volvió a mirarme.
– ¿Qué mantienes en secreto?
– Nada que te haga falta saber.
– ¿Cómo estás relacionado con Giros Jablon?
– No tiene importancia.
– ¿Y qué me dices del coche?
– Eso tampoco tiene importancia. -Me puse derecho-. Dejaron a Giros en el río East y el coche cercenó un parquímetro en la Novena Avenida, entre la 57 y la 58, y robaron el coche en el extrarradio, así que nada de eso ha pasado en el distrito 6. No hay nada que necesites saber, Eddie.
– ¿Quién mató a Giros?
– No sé.
– ¿De verdad?
– Claro que es verdad.
– ¿Estás jugando al tócame tú con alguien?
– No exactamente.
– ¡Por Dios, Matt!
Quería marcharme de allí. No ocultaba nada que él tuviera derecho a saber y realmente no podía darle ni a él ni a nadie más lo que tenía. Pero estaba jugando solo y evitando sus preguntas, y no podía esperar que le gustara.
– ¿Quién es tu cliente, Matt?
Giros era mi cliente, pero no veía ningún beneficio en decírselo.
– No tengo -dije.
– Entonces, ¿cómo te lo montas?
– No estoy seguro de si me lo monto.
– He oído que el Giros estaba bien de pasta últimamente.
– Iba bien vestido la última vez que le vi.
– ¿De veras?
– Su traje le había costado trescientos veinte dólares. Lo mencionó por casualidad.
Me miró hasta que aparté la mirada. En voz baja dijo:
– Matt, no busques que la gente te asalte en coche. No es sano. ¿Estás seguro de que no me lo quieres contar?
– Cuando sea el momento, Eddie.
– ¿Y estás seguro de que no es el momento todavía?
Tardé en contestar. Me acordé de la sensación del coche viniendo hacia mí, me acordé de lo que realmente ocurrió y de cómo lo había soñado entonces, con el conductor llevando el coche hasta la pared misma.
– Estoy seguro -dije.
En el Lion's Head tomé una hamburguesa y bourbon y café. Me sorprendió un poco que hubieran robado el coche tan cerca del extrarradio. Pudieron haberlo cogido más temprano y haberlo aparcado en mi barrio, o el hombre Marlboro pudo haber hecho una llamada entre el momento en que salí de La Jaula y el momento en que él entró en el Armstrong's. Eso significaría que había por lo menos dos personas implicadas, lo cual ya había determinado basándome en la voz que oí por teléfono. O pudo haber…
No, no tenía sentido. Había demasiadas escenas posibles que podía escribir para mí mismo y ninguna de ellas me iba a llevar a ningún sitio, salvo a confundirme.
Señalé otro café y otra copa, los mezclé y pensé en ello. La parte final de mi conversación con Eddie me molestaba. Había algo que había aprendido de él, pero el problema era que yo no sabía que yo mismo lo sabía. Había dicho algo que me resultó vagamente familiar y no podía recordarlo.
Cogí un dólar cambiado y fui al teléfono. Información en Jersey me dio el número de William Raiken en Upper Montclair. Llamé y le dije a la señora Raiken que era del Departamento de Robos de Vehículos y me dijo que estaba sorprendida de que le hubiéramos recuperado su coche tan pronto y que si por casualidad tenía algún desperfecto.
– Me temo que no hemos recuperado su coche todavía, señora Raiken -dije.
– ¡Oh!
– Sólo quería comprobar unos detalles. ¿Su coche estaba aparcado en Broadway, en la calle 114?
– Sí. En la calle 114, no en Broadway.
– Entiendo. Mire, nuestros archivos señalan que usted denunció el robo aproximadamente a las dos de la madrugada. ¿Fue inmediatamente después de notar la falta del coche?
– Sí, bueno, más o menos. Fui a donde tenía el coche aparcado y, claro, no estaba allí y mi primera reacción fue pensar que se lo había llevado la grúa. Estaba aparcado legalmente, pero a veces hay señales que no ves, reglas diferentes, pero de todos modos, la grúa no trabaja tan cerca del extrarradio, ¿verdad?
– No más lejos de la calle 86.
– Eso pensé, aunque siempre logro encontrar un sitio donde esté permitido aparcar. Entonces pensé que me había equivocado y que en realidad había dejado el coche en la calle 113, así que fui a mirar, pero, claro, tampoco estaba allí, así que luego llamé a mi marido para que viniera a recogerme, y él dijo que denunciara el robo, así que fue entonces cuando les llamé a ustedes. Puede ser que pasaran quince o veinte minutos entre notar la falta del coche y cuando llamé.
– Entiendo. -Ahora me arrepentía de preguntar-. ¿Y cuándo aparcó el coche, señora Raiken?
– Vamos a ver. Tenía las dos clases, un taller de relatos cortos a las ocho y un curso de Historia del Renacimiento a las diez, pero llegué un poco temprano, así que supongo que aparqué un poco después de las siete, ¿es importante?
– No ayudaría a recuperar el vehículo, señora Raiken, de cualquier modo intentamos recoger datos para indicar con toda precisión las horas en las que es más probable que ocurran distintos delitos.
– Es interesante -dijo-. ¿Qué beneficio tiene eso?
Siempre me había preguntado eso a mí mismo. Le dije que era parte de una imagen global del crimen, que es generalmente lo que me decían cuando yo hacía preguntas parecidas. Le di las gracias y le aseguré que probablemente se recuperaría su coche pronto, ella me dio las gracias y nos despedimos; volví al bar.
Intenté grabar lo que había sacado de ella y concluí que no había sacado nada. Mi mente divagaba, me encontré preguntándome qué era lo que había estado haciendo la señora Raiken en el distrito oeste alto a medianoche. No estaba con su marido y debió salir de la última clase sobre las once. Podía ser que hubiera tomado unas cervezas en el West End o en uno de los otros bares cerca de Columbia. Unas cuantas cervezas, quizás, lo cual explicaría por qué estuvo caminando por la manzana buscando su coche. No importaba, aunque hubiera bebido bastante cerveza como para hundir un buque de guerra, porque la señora Raiken no tenía mucho que ver con Giros Jablon ni con nadie más, y que tuviera que ver con el señor Raiken o no, era asunto de ellos, no mío y…
Columbia.
Columbia está en la calle 116 con Broadway, de modo que allí habría estado recibiendo clases. Y había otra persona estudiando en Columbia, estudiando Psicología y con la idea de trabajar con niños retrasados mentales.
Busqué en la guía telefónica. No había ninguna Prager, Stacy, porque las mujeres solteras saben algo más que poner su nombre de pila en la guía telefónica. Pero había un Prager, S., en la calle 112 oeste, entre Broadway y Riverside. Volví y terminé el café. Dejé un billete en la barra. En la puerta, cambié de parecer. Busqué Prager, S., de nuevo, y anoté la dirección y número de teléfono. Por si acaso la S. significaba Seymour o cualquier otra cosa que Stacy, metí una moneda de diez centavos y marqué el número. Lo dejé sonar diez veces, luego colgué y cogí la moneda. Había dos monedas más de diez centavos con ella.
A veces, se tiene suerte.