Mi declaración preliminar fue superficial. El hombre que la tomó, un detective llamado Birnbaum, se dio cuenta de ello. Simplemente dije que había sido asaltado por una persona a la que no conocía, en un lugar y momento específico; que mi agresor iba armado con una navaja y yo iba sin armas; y que había tomado medidas defensivas que incluyeron derribar a mi asaltante de tal manera que, aunque no tenía la intención, la caída resultante concluyó con su muerte.
– Ese tío te conocía por tu nombre -dijo Birnbaum-. Eso fue lo que dijiste antes.
– Correcto.
– Eso no aparece aquí. -Estaba quedándose calvo y se paró a frotarse donde había estado el pelo previamente-. También dijiste a Lacey que te había estado siguiendo los dos últimos días.
– Estoy seguro de que me fijé en él una vez y creo que le vi alguna vez más.
– ¡Ajá! Y quieres esperar mientras identificamos las huellas y enterarte de quién era.
– Correcto.
– No esperaste a ver si descubríamos alguna identificación encima de él. Lo que probablemente signifique que miraste y no llevaba nada.
– Quizás fue un presentimiento -sugerí-. Si un hombre sale a matar a alguien, no lleva identificación. Sólo una suposición por mi parte.
Levantó las cejas un rato, entonces se encogió de hombros.
– Podemos dejarlo así, Matt. Muchas veces investigo un apartamento cuando nadie está en casa y sabrás que son tan descuidados que dejan la puerta abierta, porque por supuesto no se me ocurriría abrir la puerta con una ganzúa.
– Porque eso sería allanamiento de morada.
– Y no queremos eso, ¿verdad? -Sonrió, entonces cogió mi declaración otra vez.
– Hay cosas de este pájaro que sabes y no quieres contar, ¿verdad?
– No. Hay cosas que no sé.
– No entiendo.
Cogí uno de los cigarros de su paquete de encima de la mesa. Si no tuviera cuidado cogería el vicio de nuevo. Tardé algo en encenderlo, ordenando las palabras.
– Vais a poder quitar un caso de los archivos, creo. Un homicidio -dije.
– Dame un nombre.
– Todavía no.
– Mira, Matt…
Inhalé del cigarro y dije:
– Déjame hacerlo a mi manera un rato. Te rellenaré un parte, pero nada va al papel de momento. Ya tienes bastante con lo que pasó esta noche como para llamarlo homicidio justificado, ¿no? Tienes un testigo y tienes un cadáver con una navaja en la mano.
– ¿Y qué?
– El cadáver estaba contratado para seguirme. Cuando sepa quién es, probablemente sabré quién le contrató. Creo que también le contrataron para matar a alguien hace poco y cuando sepa su nombre y antecedentes podré añadir pruebas que, si no me equivoco, van a llevarnos directamente a la persona que paga.
– Y mientras tanto, ¿no puedes dar más información sobre esto?
– No.
– ¿Algún motivo en particular?
– No quiero meter en líos a la persona equivocada.
– Lo estás jugando tú solo, ¿verdad?
Me encogí de hombros.
– Están mirando abajo en este momento. Si no aparece ahí, mandaremos las huellas por telegrama a la oficina de Washington D. C. Podría ser una noche muy larga.
– Esperaré, si no hay problema.
– De hecho, preferiría que te quedaras. Hay un sofá en la oficina del teniente, si quieres cerrar los ojos un rato.
Dije que esperaría hasta que los de abajo dieran su respuesta. Encontró algo que hacer y yo entré en un despacho vacío y cogí un periódico. Supongo que me dormí, porque lo siguiente fue que Birnbaum me estaba sacudiendo por el hombro. Abrí los ojos.
– Nada abajo, Matt. A nuestro chico nunca le pillaron en Nueva York.
– Ya me parecía.
– Pensaba que no sabías nada de él.
– Es verdad. Estoy trabajando con presentimientos, te lo dije.
– Nos podrías ahorrar trabajo si nos dijeras por dónde mirar.
Negué con la cabeza.
– No puedo pensar en nada más rápido que mandar un telegrama a Washington.
– Ya mandamos sus huellas por telegrama. Pueden pasar un par de horas de todos modos, y ya está amaneciendo. ¿Por qué no te vas a casa y te llamo en cuanto llegue algo?
– Lo tenéis todo previsto. ¿En estos días no hace el departamento este tipo de cosas por ordenador?
– Sí. Pero alguien tiene que decirle qué hacer al ordenador, y ahí abajo tardan. Vete a casa a dormir un poco.
– Esperaré.
– Como quieras. -Se puso en camino hacia la puerta, luego se dio la vuelta para recordarme lo del sofá en la oficina del teniente. Pero el breve sueño en la silla había disipado algo la necesidad de dormir. Naturalmente estaba agotado, pero dormir ya no era posible. Demasiadas ruedas mentales estaban empezando a girar y no podía pararlas.
Tenía que ser un chico de Prager. Simplemente tenía que ser así. O se había perdido la noticia de que Prager estaba muerto y fuera de escena o estaba estrechamente unido con Prager y me quería muerto por despecho. O había sido contratado por un intermediario, de alguna manera, y no sabía que Prager estaba implicado. Algo, cualquier cosa, porque de otra manera…
No quise pensar en esa otra manera.
Le había dicho la verdad a Birnbaum. Tuve un presentimiento, y cuanto más lo pensaba, más creía en él, y a la vez quería estar equivocado. Así que esperé allí en la comisaría, mientras leía periódicos y bebía interminables tazas de café claro e intentaba no pensar en todas las cosas en las que no había manera de no pensar. En algún momento Birnbaum se fue para casa después de dar órdenes a otro detective llamado Guzik, y sobre las 9.30 Guzik se me acercó y me dijo que tenían noticias de Washington.
Las leyó de la hoja del ordenador.
– Lundgren, John Michael. Fecha de nacimiento 14 de marzo de 1943. Lugar de nacimiento: San Bernardino, California. Una estela de detenciones allí, Matt. Vivir de ganancias inmorales, asalto, asalto a mano armada, robo de vehículos, robo de una cantidad importante. Hacía trabajos locales por toda la costa oeste, cumplió larga condena en San Quintín.
– Le echaron de uno a cinco años en Folson -dije-. No sé si lo llamaron extorsión o latrocinio. Eso habrá sido hace poco.
Me miró.
– Pensaba que no le conocías.
– No le conozco. Tenía un negocio de timos. Detenido en San Diego, su compañera le dio la vuelta a la acusación del fiscal y salió. Sentencia suspendida.
– Ésos son más detalles de los que tengo aquí.
Le pedí un cigarro. No fumaba. Se dio la vuelta para preguntar si alguien tenía un cigarro, pero le dije que pasara.
– Trae a alguien que sepa taquigrafía -dije-. Hay mucho que contar.
Les di todo lo que podía. Cómo Beverly Ethridge se había introducido y salido del mundo del crimen. Cómo se había casado bien y reconvertido en el tipo de mujer que había sido previamente respetada en la buena sociedad. Cómo Giros Jablon lo había unido todo con la base de una foto de un periódico y convertido en una operación de chantaje ingeniosa.
– Supongo que estuvo buscando evasivas durante una temporada -dije-. Pero seguía siendo caro y él exigía cantidades cada vez más grandes. Entonces su antiguo novio se vino al este y le enseñó una salida. ¿Por qué pagar dinero por chantaje cuando es mucho más fácil matar al chantajista? Como criminal, Lundgren era un profesional, pero como asesino era amateur. Intentó un par de métodos diferentes con Giros. Intentó cogerle con un coche, luego acabó golpeándole en la cabeza y poniéndole en el río East. Luego intentó matarme a mí con el coche.
– Y luego con la navaja.
– Sí.
– ¿Cómo entraste en esto?
Lo expliqué, dejando ocultos los nombres de las otras víctimas del Giros. No les gustó mucho, pero no había nada que pudieran hacer. Les conté cómo me había expuesto como blanco y cómo Lundgren había caído en la trampa.
Guzik me interrumpía constantemente para decirme que debía habérselo contado todo a la policía desde el principio, y yo le decía constantemente que era algo que yo no estaba dispuesto a hacer.
– Lo habríamos manejado bien, Matt. ¡Por Dios!, hablas de que Lundgren es un amateur, joder, actuabas tú mismo como un aficionado y casi te cargan. Acabaste enfrentándote a una navaja con nada más que tus manos, y es pura suerte que estés vivo ahora. ¡Diablos!, deberías saber más, fuiste poli durante quince años y actúas como si no supieras de lo que va el departamento.
– ¿Qué me dices de la gente que no mató a Giros? ¿Qué les pasa a ellos si os entrego todo tal como está?
– Eso es problema de ellos, ¿no? Entraron con las manos sucias. Tienen algo que esconder, que no debería estorbar en el caso de una investigación de asesinato.
– Pero no hubo ninguna investigación. A todos les importó un comino Giros.
– Porque estabas reteniendo pruebas.
Negué con la cabeza.
– Eso es mierda -dije-. No tenía pruebas de que hubieran matado a Giros. Tenía pruebas de que estaba chantajeando a varias personas. Eran pruebas contra Giros, pero estaba muerto y no creo que estuvierais tan preocupados como para sacarle del depósito de cadáveres y meterle en una celda. En el momento en que tuve las pruebas de asesinato, las puse en vuestras manos. Mira, podríamos discutir todo el día. ¿Por qué no pides una orden de busca y captura para Beverly Ethridge?
– ¿Y acusarla de qué?
– Dos cargos de conspiración para el asesinato.
– ¿Tienes las pruebas del chantaje?
– En un lugar seguro. Una caja de seguridad. Las puedo traer aquí dentro de una hora.
– Creo que te acompañaré a cogerlas.
Le miré.
– Quizás quiero ver realmente lo que tienes en el sobre, Scudder.
Hasta entonces había sido Matt. Me preguntaba cuál era el juego que quería jugar. Quizás estaba pescando, pero tenía idea de algo. Quizás quería tomar mi lugar en el juego de chantaje, sólo que quería dinero real, no el nombre de un asesino. Quizás imaginaba que los otros pichones habían cometido crímenes de verdad y que podía conseguir un reconocimiento al acabar con ellos. No le conocía lo suficientemente bien como para adivinar cuál podía ser su motivación, pero en realidad, era igual.
– No entiendo -dije-. Te doy información sobre un homicidio en bandeja de plata y quieres fundir la bandeja.
– Voy a mandar a dos chicos a que detengan a Ethridge. Mientras tanto, tú y yo vamos a abrir una caja de seguridad.
– Podría olvidarme de dónde dejé la llave.
– Y yo podría hacerte la vida muy difícil.
– No es tan fácil como parece. Queda a unas pocas manzanas de aquí.
– Todavía llueve -dijo-. Tomaremos un coche.
Fuimos en coche a la sucursal Manufacturers Hanover, en la calle 57 con la 58. Dejó el coche de policía en una parada de autobús. Todo eso para ahorrarse una caminata de tres manzanas, y ya no llovía tanto. Entramos, bajamos las escaleras a la cámara acorazada, le di mi llave al guardia y firmé la tarjeta.
– Pasó una cosa muy rara hace unos meses -dijo Guzik. Ahora que le seguía el juego estaba amable-. Una chica alquiló una caja de seguridad allá en el Chemical Bank, pagó sus ocho pavos al año y visitaba la caja tres o cuatro veces al día. Siempre con un tío, siempre un tío diferente. Así que el banco empezó a sospechar y nos pidieron que lo investigáramos y a que no sabes, la tía es una puta. En vez de alquilar una habitación en un hotel por diez pavos, coge sus clientes en la calle y los lleva al jodido banco, joder. Entonces saca su caja y la acompañan a la habitación pequeña, ella cierra la puerta con llave y le hace una mamada rápida en privado absoluto. Luego mete el dinero en la caja y vuelve a cerrarla con llave. Y sólo le cuesta ocho pavos al año, en vez de diez pavos cada cliente, y es más seguro que un hotel porque si le sale un loco no va a intentar darle una paliza en medio de un jodido banco, ¿verdad? No le pueden pegar y no le pueden robar, es perfecto.
El guardia ya había usado su llave y la mía para sacar la caja de la cámara acorazada. Me la dio y nos llevó a un cubículo. Entramos juntos, Guzik cerró la puerta y le dio vuelta a la llave. La habitación me resultaba un poco pequeña para el sexo, pero tengo entendido que la gente lo hace en los lavabos de aviones, y ésta en comparación era amplia. Le pregunté a Guzik lo que le pasó a la chica.
– ¡Ah!, dijimos al banco que no denunciara o sólo les daría la misma idea a todas las prostitutas. Les dijimos que le devolvieran su dinero de alquiler por la caja y que le dijeran que no querían seguir manteniendo relaciones económicas con ella, así que supongo que eso fue lo que hicieron. A lo mejor cruzó la calle y empezó a tratar con otro banco.
– Pero nunca recibisteis más quejas.
– No. Quizás ella tiene un amigo en el Chase Manhattan. -Se rió mucho de su propio chiste, entonces paró repentinamente-. Vamos a ver lo que hay en la caja, Scudder.
Se la di.
– Ábrela tú -dije.
La abrió y contemplé su cara mientras miraba todo. Hizo unos comentarios interesantes sobre las fotos que vio, y leyó el material escrito cuidadosamente. Entonces levantó la vista de repente.
– Esto es todo el material sobre la tía Ethridge.
– Eso parece -dije.
– ¿Y los otros?
– Supongo que estas cámaras acorazadas para cajas de seguridad no son tan seguras como se piensa. Alguien debió haber entrado y llevado todo lo demás.
– Hijo de puta.
– Tienes todo lo que necesitas, Guzik. Ni más ni menos.
– Alquilaste una caja diferente para cada uno. ¿Cuántas más hay?
– ¿Qué más da?
– Hijo de puta. Pues volvemos y preguntamos al guardia cuántas cajas más tienes aquí y las miraremos todas.
– Si quieres. Te puedo ahorrar tiempo.
– ¿De verdad?
– No sólo tres cajas diferentes, Guzik. Tres bancos diferentes. Y ni se te ocurra cachearme por las otras llaves o investigar los otros bancos o cualquier otra cosa que puedas tener en la cabeza. De hecho, puede ser una buena idea dejar de llamarme hijo de puta, porque puede que me ponga triste y que decida no cooperar, y tu caso se esfuma. Puede que relaciones a Ethridge y a Lundgren sin mí, pero lo tendrás dificilísimo si quieres encontrar algo que un fiscal quiera llevar a las Cortes.
Nos miramos mutuamente un rato. Un par de veces empezó a decir algo y un par de veces se dio cuenta de que no era una idea especialmente buena. Finalmente cambió algo en su cara y supe que había decidido pasar de eso. Tenía bastante, y tenía todo lo que iba a recibir, y lo decía su cara.
– ¡Diablos! -dijo-. Es el poli que llevo dentro. Quiero llegar al fondo de las cosas. Sin ofender, espero.
– En absoluto -dije. Supongo que no sonó muy convincente.
– A lo mejor ya sacaron a Ethridge de la cama. Voy a ver qué tiene que decir. Debe ser interesante. O quizás no la sacaron de la cama. Estas fotos, te divertirías más llevándola a la cama que sacándola. ¿Conseguiste algo de esto alguna vez, Scudder?
– No.
– No me importaría probar personalmente. ¿Quieres volver a la comisaría conmigo?
No quería ir a ningún sitio con él. No quería ver a Beverly Ethridge.
– Paso -dije-. Tengo una cita.