Capítulo 18

Eran sobre las tres cuando dejé la oficina de Huysendahl. Pensé en llamar a Guzik y enterarme de cómo iban con Beverly Ethridge, pero decidí ahorrarme la moneda. No quería hablar con él, y tampoco me importaba mucho cómo iba. Caminé un poco y paré en un quiosco de comidas en la calle Warren. No tenía apetito, pero hacía tiempo que no había comido nada, y el estómago me empezó a decir que lo estaba maltratando. Tomé un par de sándwiches y café.

Caminé un poco más. Quería ir al banco donde tenía la información sobre Henry Prager guardada, pero era demasiado tarde ahora, estaba cerrado. Decidí hacerlo por la mañana para poder destruir todo el material. No se podía hacer más daño a Prager, pero todavía quedaba su hija y me encontraría mejor cuando el material que había heredado de Giros dejara de existir.

Al cabo de un rato subí al metro y me bajé en Columbus Circle. Había un mensaje para mí en la recepción del hotel. Había llamado Anita y quería que la volviera a llamar.

Subí las escaleras y puse el nombre de Ciudad de los Chicos en un sobre blanco y sencillo. Adjunté el talón de Huysendahl, puse un sello y, en una expresión monumental de fe, lo dejé caer en el buzón del hotel. De regreso a mi habitación conté el dinero que había cogido del hombre Marlboro. Ascendía a doscientos ochenta dólares. Alguna iglesia esperaba veintiocho dólares, pero de momento, no tenía ganas de ir a una iglesia. No tenía ganas de nada.

Ahora estaba todo terminado. Realmente no quedaba nada por hacer, y todo lo que sentía era vacío. Si llevaban algún día a Beverly Ethridge a juicio, probablemente tendría que prestar declaración, pero eso no sería hasta dentro de meses, si alguna vez ocurriera, y la posibilidad de prestar declaración no me molestaba. Había prestado declaración en bastantes ocasiones en el pasado. No había nada más que hacer. Huysendahl era libre para ser gobernador o no, según los caprichos de los jefes políticos o el público en general, y Beverly Ethridge estaba entre la espada y la pared, e iban a enterrar a Henry Prager dentro de uno o dos días. El dedo móvil había escrito y él se había quedado sin papel, y mi papel en su vida estaba tan acabado como su propia vida. Era otra persona para la que encender velas sin sentido, eso era todo.

Llamé a Anita.

– Gracias por el giro postal -dijo-. Lo agradecí.

– Diría que hay más de donde vino ése -dije-. Excepto que no hay.

– ¿Estás bien?

– Sí. ¿Por qué?

– Pareces distinto. No sé cómo exactamente, pero pareces distinto.

– Ha sido una semana muy larga.

Hubo una pausa. Nuestras conversaciones suelen estar marcadas por pausas. Entonces dijo:

– Los chicos se preguntaban si querrías llevarlos a un partido de baloncesto.

– ¿En Boston?

– ¿Cómo?

– Los Knicks están fuera. Los Celtics los abatieron hace un par de noches. Fue el momento culminante de mi semana.

– Los Mets -dijo.

– ¡Ah!

– Creo que están en las finales. Contra el Utah o algo así.

– ¡Ah! -Nunca puedo recordar que Nueva York tiene un segundo equipo de Baloncesto. No sé por qué. He llevado a mis hijos a Nassau Coliseum a ver a los Mets y todavía tiendo a olvidarme de que existen-. ¿Cuándo juegan?

– Juegan un partido en casa, el sábado por la noche.

– ¿Qué día es hoy?

– ¿Hablas en serio?

– Mira, compraré un reloj con calendario la próxima vez que me acuerde. ¿Qué día es hoy?

– Jueves.

– A lo mejor las entradas serán difíciles de conseguir.

– ¡Si están todas vendidas! Pensaron que podrías conocer a alguien.

Pensé en Huysendahl. Probablemente podía conseguir entradas sin problemas. Probablemente, también, le habría gustado conocer a mis hijos. Por supuesto, había bastante gente que podía conseguir entradas en el último momento y a quien no le importaría hacerme un favor.

– No sé -dije-. Es dejarlo para el último momento. -Pero lo que estaba pensando era que no quería ver a mis hijos, no dentro de dos días, y no sabía por qué. Y también me estaba preguntando si realmente querían que les llevara a un partido, o si simplemente querían ir y sabían que yo podría conseguir entradas por alguna fuente.

Pregunté si había más partidos en casa.

– El jueves. Pero es de noche y tienen colegio al día siguiente.

– También es mucho más probable que el sábado.

– No me gusta verlos quedar muy tarde entre semana, durante las clases.

– A lo mejor puedo conseguir entradas para el partido del jueves.

– Bueno…

– No podría conseguir entradas para el sábado, pero probablemente pueda conseguir algo para el jueves. Será de las últimas series. Un partido más importante.

– ¡Ah!, así que lo quieres hacer de esa manera. Si yo digo que no porque es entre semana, entonces yo soy la pesada.

– Creo que colgaré.

– No, no hagas eso. ¡Vale!, el jueves está bien. ¿Llamas si puedes conseguir las entradas?

Dije que sí.


Era extraño. Quería estar borracho, pero no tenía ganas de tomar nada. Me quedé en la habitación un rato, entonces fui caminando hasta el parque y me senté en un banco. Un par de chicos se acercaron despacio y resueltamente a un banco cercano. Se sentaron y encendieron cigarrillos, entonces uno de ellos se fijó en mí y dio un codazo a su compañero, que me miró cuidadosamente. Se levantaron y se marcharon, mirando para atrás periódicamente para asegurarse de que no les seguía. Me quedé donde estaba. Supuse que uno estuvo a punto de vender drogas al otro, me vieron y decidieron no llevar la operación a cabo bajo la mirada de alguien que parecía policía.

No sé cuánto tiempo me quedé allí sentado. Un par de horas, supongo. Periódicamente un mendigo se me acercaba. A veces contribuía a la siguiente botella de vino dulce. A veces mandaba al tío a tomar por el culo.

Cuando dejé el parque y me dirigí a la Novena Avenida, San Pablo estaba cerrada. Sin embargo, la parte de abajo estaba abriendo. Era demasiado tarde para rezar, pero la hora justa para el bingo.

Armstrong's estaba abierto, y había sido una noche y un día muy secos. Les dije que pasaran del café.


Las siguientes cuarenta horas fueron algo borrosas. No sé cuánto tiempo me quedé en Armstrong's o adonde fui después de eso. En algún momento del viernes por la mañana, me desperté solo en una habitación de hotel en la calle 40, una habitación miserable, el tipo de hotel donde las putas de Times Square llevan a sus clientes. No tenía recuerdos de ninguna mujer y mi dinero estaba allí, así que parecía que probablemente me había inscrito solo. Había una botella de medio litro de bourbon sobre la cómoda, a la que le faltaban dos tercios. La terminé, dejé el hotel y seguí bebiendo. La realidad se iba y venía y en algún momento de aquella noche debí haber decidido terminar, porque logré encontrar el camino de mi hotel.

El sábado por la mañana me despertó el teléfono. Parecía que había sonado mucho tiempo antes de que me despejara lo bastante como para cogerlo. Logré tirarlo de la mesita de noche al suelo y antes de cogerlo y ponerlo al oído, estaba cerca de la conciencia.

– Eres difícil de localizar -dijo-. Llevo desde ayer intentando hablar contigo. ¿No recibiste mis mensajes?

– No paré en recepción.

– Tengo que hablar contigo.

– ¿De qué?

– Cuando te vea. Estaré ahí dentro de diez minutos.

Le dije que me diera una media hora. Dijo que me vería en el vestíbulo. Contesté que de acuerdo.

Me puse debajo de la ducha, primero caliente, después fría. Tomé un par de aspirinas y bebí un montón de agua. Tenía resaca, que por cierto merecía, pero aparte de eso me encontraba bien. Beber me había purgado. Todavía llevaría la muerte de Henry Prager conmigo -no puedes negar el peso de tales cargas-, pero logré ahogar algo de la culpabilidad, y ya no era tan opresiva como había sido.

Cogí la ropa que había tenido puesta, la enrollé y la metí en el armario. Con el tiempo decidiría si la lavandería podría devolverle su forma, pero de momento, ni siquiera lo quería pensar. Me afeité, me puse ropa limpia y bebí dos vasos más de agua del grifo. La aspirina me había quitado el dolor de cabeza, pero estaba deshidratado de tantas horas de haber bebido fuertemente, y cada célula de mi cuerpo tenía una sed insaciable.

Alcancé el vestíbulo antes de que llegara. Miré en recepción y descubrí que había llamado cuatro veces. No había más mensajes y ningún correo de importancia. Estaba leyendo una carta sin importancia -una compañía de seguros me daría un memorándum forrado de cuero completamente gratis si les decía mi fecha de nacimiento-, cuando entró Guzik. Llevaba un traje bien hecho, tenías que mirar bien para ver que llevaba pistola.

Se me acercó y tomó la silla al lado mío. Me volvió a decir que era difícil de localizar.

– Quise hablarte después de ver a Ethridge -dijo-. ¡Dios, cómo es!, ¿verdad? Viene con clase y la abandona y viceversa. Un minuto no puedes creer que alguna vez fuera puta, y al minuto siguiente, no puedes creer que fuera algo más que eso.

– Es bastante extraña, es verdad.

– ¡Vaya que sí! Sale hoy.

– ¿Bajo fianza? Pensaba que la acusarían de asesinato en primer grado.

– Fianza no. No la acusamos de nada, Matt. No tenemos ninguna prueba.

Le miré. Sentía los músculos del antebrazo tensándose.

– ¿Cuánto le costó? -le pregunté.

– Ya te dije, no es bajo fianza, Matt. Nosotros…

– ¿Cuánto le costó comprar la salida de una acusación de asesinato? Siempre oí que podías lavar un homicidio si tenías bastante pasta. Nunca lo vi hacer, pero oí hablar de ello, y…

Estuvo en un tris de pegarme y, Dios mío, estaba esperando que lo hiciera, porque quería una excusa para empotrarle en la pared. Un tendón destacaba en su cuello y los ojos se le cerraron casi por completo como los de un gato. Entonces de repente, se relajó y la cara recuperó su color original.

– Bueno, tendrías que tomarlo así, ¿verdad? -dijo.

– ¿Entonces?

Negó con la cabeza.

– No tenemos pruebas -dijo otra vez-. Eso era lo que intentaba decirte.

– ¿Y Giros Jablon?

– Ella no le mató.

– Su valentón lo hizo. Su chulo, lo que fuera. Lundgren.

– Imposible.

– ¡Joder!

– Imposible -dijo Guzik-. Estaba en California. En una ciudad llamada Santa Paula, que queda a medio camino de Los Ángeles y Santa Bárbara.

– Voló aquí y volvió volando.

– Imposible. Estuvo allí desde unas semanas antes de pescar a Giros del río hasta un par de días después, y nadie va a cambiar esa coartada. Estuvo treinta días en la cárcel municipal de Santa Paula. Le detuvieron por asalto y dejaron que se confesara culpable de embriaguez y desorden público. Cumplió los treinta días enteros. No hay manera de que estuviera en Nueva York cuando Giros se murió.

Le miré fijamente.

– Bueno, tal vez tuviera otro novio -siguió-. Pensamos que eso era posible. Podríamos intentar encontrarlo, pero ¿tiene sentido hacerlo así? No usaría un tío para matar a Giros y otro para seguirte a ti. No tiene sentido.

– ¿Y qué hay de mi asalto?

– ¿Qué sobre eso? -Se encogió de hombros-. Quizás ella lo provocó. Quizás no. Jura que no. Su historia es que lo llamó para pedirle consejo cuando empezaste a apretarle los tornillos, y él vino en avión a ver si podía ayudar. Dice que le dijo a él que no se pusiera bruto, que pensaba que podría pagarte. Ésa es su historia, pero, ¿qué puedes esperar que diga? Quizás quería que te matara y quizás no, pero ¿cómo puedes reunir lo suficiente como para hacer un caso? Lundgren está muerto, y nadie más tiene información que la comprometa a ella de todas formas. No hay pruebas para asociarla con el ataque tuyo. Puedes probar que conocía a Lundgren y puedes probar que tenía un motivo para quererte muerto. No puedes probar ningún tipo de cargo, de cómplice o conjura. No puedes encontrar nada para conseguir una acusación, ni siquiera puedes encontrar algo que hiciera a los de la oficina del fiscal tomarlo todo en serio.

– ¿No hay manera de que el historial de Santa Paula esté equivocado?

– No. Giros habría tenido que pasar un mes en el río, y no fue así.

– No. Estaba vivo diez días antes de cuando se encontró el cadáver. Hablé con él por teléfono. No lo entiendo. Ella tenía que tener otro cómplice.

– Quizás. El polígrafo dice que no.

– ¿Consintió en pasar el detector de mentiras?

– Nunca se lo pedimos. Lo exigió ella. Le suelta por completo del anzuelo en cuanto a lo de Giros. No está tan claro en cuanto al ataque tuyo. El experto que le administró la prueba dice que hay un poco de estrés implicado, que imaginaba que ella sabía y a la vez no sabía que Lundgren iba a intentar matarte. Como que lo sospechaba, pero no lo habían hablado, y ella había conseguido evitar pensar en ello.

– Esas pruebas no son siempre el cien por cien acertadas.

– Son bastante ciertas, Matt. A veces le hacen parecer culpable a una persona cuando no lo es, sobre todo si el operador no es muy bueno. Pero si dicen que eres inocente, es una apuesta bastante segura de que lo eres. Creo que deberían ser admisibles en el Juzgado.

Siempre pensé de esa manera. Me quedé sentado allí un rato intentando pasarlo todo por la mente, hasta asimilarlo todo. Tardó. Mientras tanto, Guzik seguía hablando del interrogatorio de Beverly Ethridge, subrayando sus comentarios con observaciones sobre lo que le gustaría hacer con ella. No le presté mucha atención.

– Lo del coche no fue cosa de él. Debí haberme dado cuenta de eso -dije.

– ¿Cómo?

– El coche -contesté-. Te dije que un coche intentó atropellarme una noche. La misma noche en que me fijé en Lundgren por primera vez, y el lugar fue el mismo que donde me atacó con la navaja, así que tuve que pensar que fue el mismo hombre en ambas ocasiones.

– ¿Nunca viste al conductor?

– No. Me figuré que era Lundgren porque me había estado siguiendo anteriormente esa noche, pensé que me había estado controlando. Pero no pudo ser así. No sería su estilo. Le gustaba demasiado aquella navaja.

– ¿Entonces, quién era?

– Giros dijo que alguien saltó el bordillo detrás de él. Lo mismo.

– ¿Quién?

– Más la voz por teléfono. Entonces no hubo más llamadas.

– No te sigo, Matt.

Le miré.

– Estoy intentando hacer encajar las piezas. Eso es todo. Alguien mató a Giros.

– La cuestión es quién.

Asentí con la cabeza.

– Ésa es la cuestión -dije.

– ¿Una de las otras personas de quien te dio información?

– Todos tiene coartada -dije-. Quizás tuviera más personas detrás de él de lo que dijo. Quizás añadió a alguien en la lista después de darme el sobre. ¡Demonios!, quizás alguien le atracó por su dinero, le golpeó demasiado fuerte, se aterró y tiró su cadáver al río.

– Ocurre.

– Claro que ocurre.

– ¿Crees que sabremos algún día quién le mató?

Negué con la cabeza.

– ¿Y tú?

– No -dijo Guzik-. No, no creo que lo vayamos a saber nunca.


Загрузка...