Eso fue el viernes. Dejé la oficina de Huysendahl un poco antes del mediodía e intenté determinar lo siguiente que iba a hacer. Ya había visto a los tres. Estaban todos avisados, todos sabían quién era yo y dónde podían encontrarme. Yo en cambio, había sacado un puñado de detalles sobre la operación de Giros y poco más. Prager y Ethridge no habían mostrado que supieran que el Giros estaba muerto. Huysendahl se había mostrado verdaderamente conmovido y consternado cuando se lo descubrí. Que supiera yo, no había logrado más que ponerme en el blanco y ni siquiera estaba seguro de que eso lo hubiera hecho bien. Era concebible que me había hecho parecer un chantajista demasiado razonable. Uno de ellos había intentado el asesinato una vez y no le había funcionado muy bien, así que podía ser que no estuviera dispuesto a intentarlo de nuevo. Podría sacar cincuenta mil de Beverly Ethridge y dos veces eso de Theodore Huysendahl y una cantidad todavía sin fijar de Henry Prager, lo que sería perfecto, salvo por una cosa. No buscaba hacerme rico. Buscaba atrapar a un asesino.
El fin de semana pasaba tranquilo. Empleé un poco de tiempo en la sala de microfilmes de la biblioteca, examinando las ediciones pasadas del Times y sacando información útil de los tres posibles asesinos y sus varios amigos y parientes. En la misma página que tenía una vieja historia sobre un centro comercial en el que estaba implicado Henry Prager, vi mi nombre por casualidad. Había un reportaje sobre una detención que había hecho yo como un año antes de dejar las fuerzas. Un colega y yo habíamos cogido a un mayorista de heroína que tenía bastante caballo puro para darle una sobredosis al mundo entero. Habría disfrutado más de la historia si no supiera cómo acabó. El traficante tenía un buen abogado y se descalificó todo por un tecnicismo. En aquel entonces se decía que había costado unos veinticinco mil poner al juez en un estado de ánimo propicio.
Aprendes a ponerte filosófico sobre cosas así. No logramos meter al gilipollas aquel en la cárcel, pero le hicimos bastante daño. Veinticinco para el juez, fácilmente diez o quince para el abogado y encima perdió el caballo, que le dejó sin lo que había pagado al importador más lo que pudo haber ganado cuando lo distribuyera. Habría sido más feliz viéndole en la cárcel, pero coges lo que puedes. Como el juez.
En algún momento del domingo, marqué un número que no tenía que buscar en la guía. Contestó Anita y le dije que le iba a llegar un giro postal.
– Me hice con un par de pavos -dije.
– Bueno, podemos encontrarles algún uso -contestó-. Gracias. ¿Quieres hablar con los chicos?
Quería y no quería. Están llegando a una edad en la que me es un poco más fácil hablarles, pero todavía me cuesta por teléfono. Hablamos de baloncesto. Justo después de colgar el auricular, se me ocurrió un pensamiento extraño. Me vino a la cabeza que podía ser la última vez que les hablara. Giros había sido un hombre cauteloso por naturaleza, un hombre que se hacía invisible por reflejo, un hombre que se había sentido más cómodo en las sombras y sin embargo no había tomado bastantes precauciones. Yo estaba acostumbrado a los espacios abiertos y de hecho tenía que quedarme lo suficientemente al descubierto como para provocar un intento de asesinato. Si el asesino de Giros decidiera dispararme, podría ser que lo descubriera.
Quise volver a llamar y hablarles de nuevo. Parecía que debía haber algo importante para mí que decirles por si acaso hubiera cargado con más peso del que podía llevar. Pero no me las arreglé para pensar lo que podía ser y, pasados unos minutos, se me fue el impulso.
Bebí mucho esa noche. Menos mal que nadie me intentó matar entonces. Habría sido una presa fácil.
El lunes por la mañana llamé a Prager. Le había dejado la cuerda muy floja y tenía que darle un tirón. Su secretaria me dijo que estaba hablando por otra línea y pidió que esperara. Esperé un par de minutos. Entonces volvió para confirmar que esperaba todavía y luego me pasó.
– He decidido cómo hacerlo para que usted esté protegido. Hay algo que la policía me intentó achacar, pero no pudo. -No sabía que yo era policía-. Puedo redactar una confesión, incluir bastantes pruebas para sellarlo herméticamente. Le daré eso como parte de nuestro trato.
Básicamente era lo que había intentado con Beverly Ethridge y le pareció igual de sensato a él que a ella. Ninguno de los dos había visto el comodín tampoco: sólo tenía que confesar con gran detalle un crimen que jamás hubiera ocurrido, y aunque fuera interesante leerlo, nadie podría mantenerme con una pistola por ello. Pero Prager no se dio cuenta de este aspecto, así que le gustó la idea.
Lo que no le gustó fue el precio que puse.
– Eso es imposible -dijo.
– Es más fácil que pagarlo poco a poco. Le pagaba a Jablon dos mil al mes. Me pagará a mí sesenta de golpe, que es el valor de menos de tres años, y se acabará para siempre.
– No puedo conseguir esa suma de dinero.
– Usted encontrará una manera, Prager.
– No puedo.
– No sea ridículo -dije-. Es un hombre importante en su campo, tiene éxito. Si no lo tiene en efectivo, seguro que tiene bienes disponibles que pueda hipotecar.
– No lo puedo hacer. -Su voz casi se rompió-. He tenido… problemas financieros. Algunas inversiones no han llegado a ser tan lucrativas como deberían haber sido. La economía, hay menos construcción, los intereses están volviéndose locos, sólo la semana pasada subieron el tipo de interés a un diez por ciento.
– No quiero una clase de economía, señor Prager. Quiero sesenta mil dólares.
– He pedido prestado todo lo que pude. -Paró un momento-. No puedo. No tengo fuentes…
– Me hará falta el dinero dentro de poco -interrumpí-. No quiero quedarme en Nueva York por más tiempo del que tengo previsto.
– No…
– Piense creativamente -dije-. Estaré en contacto.
Colgué el teléfono y me senté en la cabina uno o dos minutos hasta que alguien que lo quería usar tocó impacientemente. Abrí la puerta y me puse de pie. El hombre que quería usar el teléfono parecía que iba a decir algo, pero me miró y cambió de idea.
No me lo estaba pasando bien. Le estaba haciendo pasar un mal rato a Prager. Si hubiera matado a Giros, entonces quizás se lo mereciera. Pero si no, le estaba torturando sin ningún propósito y no casaba conmigo muy bien este pensamiento.
Pero había sacado una cosa de la conversación: él necesitaba dinero. Y si Giros también le había estado presionando para ese último y rápido pago, la gran mordida, para que pudiera salir de la ciudad antes de que le mataran, podría haber supuesto la última gota del vaso de Henry Prager.
Había estado a punto de descartarlo cuando lo vi en su oficina. Simplemente, no me parecía que tuviera bastantes motivos, pero ahora, después de todo, parecía tener uno bastante bueno.
Y yo había acabado de darle otro.
Llamé a Huysendahl un poco más tarde. No estaba, así que dejé mi número y llamó sobre las dos.
– Sé que quedamos en que no le iba a llamar -dije-. Pero tengo buenas noticias para usted.
– ¿Sí?
– Ya estoy en situación de pedir la recompensa.
– ¿Logró encontrar el material?
– Correcto.
– Muy rápido -dijo.
– ¡Bah!, unos trámites efectivos de investigador y un poco de suerte.
– Entiendo. Puede que tarde un poco en, humm…, reunir la recompensa.
– No tengo mucho tiempo, Sr. Huysendahl.
– Tiene que ser razonable con esto, ¿sabe? La cantidad de qué hablamos es sustanciosa.
– Tengo entendido que tiene bienes sustanciosos.
– Sí, pero no en efectivo. No todos los políticos tienen un amigo en Florida con esa cantidad de dinero en una caja de caudales en la pared. -Soltó una risita por el teléfono y parecía desilusionado de que no lo hiciera yo-. Necesitaré algo de tiempo.
– ¿Cuánto tiempo?
– Un mes como mucho. Quizás menos de eso.
El papel era bastante fácil, ya que tenía tantas oportunidades de practicarlo. Dije:
– Es demasiado tiempo.
– ¿De veras? ¿Cuánta prisa tiene exactamente?
– Mucha. Quiero marcharme de la ciudad. El clima no me sienta bien.
– En realidad ha hecho bastante bueno estos últimos días.
– Ése es el problema. Hace demasiado calor.
– ¿Sí?
– Sigo pensando en lo que le pasó a nuestro mutuo amigo y no quisiera que me pasara a mí.
– Debió haber hecho infeliz a alguien.
– Ya, pues yo también he hecho a unas cuantas personas infelices, señor Huysendahl, y lo que quiero es marcharme de aquí antes de que termine esta semana.
– No veo cómo va a ser posible. -Se calló momentáneamente-. Siempre podría marcharse y volver por la recompensa cuando las cosas se hayan enfriado un poco.
– No creo que quiera hacerlo de esa manera.
– Ésa es una declaración algo alarmante, ¿no cree? El tipo de aventura que hemos discutido requiere ciertas cantidades de toma y daca. Tiene que ser una aventura cooperativa.
– Un mes es, simplemente, demasiado tiempo.
– Puede que lo pueda reunir en dos semanas.
– Puede que lo tenga que hacer.
– Eso me suena inquietamente a amenaza.
– Lo que pasa es que usted no es la única persona que está ofreciendo una recompensa.
– No me sorprende.
– Ya. Y si tengo que marcharme de la ciudad antes de recoger su recompensa, pues, nunca se sabe lo que puede pasar.
– No sea estúpido, Scudder.
– No lo quiero ser. Creo que ninguno de los dos deberíamos ser estúpidos. -Inspiré-. Mire, señor Huysendahl, estoy seguro de que no es nada que no podamos resolver.
– Desde luego, espero que tenga usted razón.
– ¿Qué le parece dos semanas?
– Difícil.
– ¿Puede hacerlo?
– Puedo intentarlo. Espero que pueda hacerlo.
– Yo también. Sabe cómo ponerse en contacto conmigo.
– Sí -dijo-. Sé cómo ponerme en contacto con usted.
Colgué el teléfono y me preparé una copa. Sólo una pequeña. Bebí la mitad y apuraba el resto cuidadosamente. Sonó el teléfono. Terminé el bourbon de un trago y lo cogí. Pensaba que sería Prager. Era Beverly Ethridge.
– Matt, soy Bev, espero no haberte despertado, ¿no?
– No.
– ¿Estás solo?
– Sí, ¿por qué?
– Me siento muy sola.
No dije nada. Recordaba estar sentado al otro lado de la mesa haciéndole ver que no me afectaba. La actuación evidentemente le había convencido. Pero yo lo estaba más. La mujer sabía bien cómo llegar a la gente.
– Esperaba que pudiéramos reunimos, Matt. Hay cosas de las que deberíamos hablar.
– Vale.
– ¿Estarás libre sobre las siete de esta tarde? Estoy ocupada hasta esa hora.
– Las siete está bien.
– ¿El mismo sitio?
Recordé cómo me había sentido en el Pierre. Esta vez nos encontraríamos en terreno mío. Pero no en Armstrong's; no quería llevarla allí.
– Hay un sitio que se llama La Jaula de Polly -dije-. Calle 57, entre la Octava Avenida y la Novena, en el centro de la ciudad.
– ¿La Jaula de Polly? Suena encantador.
– Es mejor de lo que parece.
– Entonces te veré allí a las siete. 57 entre Octava y Novena, eso está muy cerca de tu hotel, ¿no?
– Está al otro lado de la calle.
– Eso es muy cómodo -dijo.
– Me queda a mano a mí.
– Puede que quede a mano para los dos, Matt.
Salí y tomé un par de copas y algo de comer. Sobre las seis estaba de vuelta en el hotel. Miré en la recepción y Benny me dijo que había recibido tres llamadas, pero que no dejaron ningún recado.
No llevaba ni diez minutos en mi habitación cuando sonó el teléfono. Lo cogí y una voz que no reconocía dijo:
– ¿Scudder?
– ¿Quién es?
– Debería tener mucho cuidado. Va un poco lanzado y molesta a la gente.
– No creo que le conozca.
– No le hace falta conocerme. Sólo tiene que saber que es un río grande, hay mucho espacio dentro y no querrá intentar llenarlo solo.
– ¿Y quién escribió para usted ese verso? Colgó el teléfono.