Capítulo 13

Me fui a un bar, pero sólo me quedé el tiempo suficiente para tomar dos copas dobles, una tras otra. El factor tiempo estaba en juego. Los bares quedan abiertos hasta las cuatro de la mañana, pero la mayoría de las iglesias cierran antes de las seis o las siete. Caminé hasta Lexington y encontré una iglesia en la que no recordaba haber estado anteriormente. No me fijé en su nombre. Nuestra Señora del Perpetuo Bingo, a lo mejor.

Estaban celebrando algún tipo de misa, pero no le presté atención. Encendí unas cuantas velas y metí un par de dólares en el agujero, luego tomé asiento en la parte trasera y silenciosamente repetí tres nombres constantemente. Jacob Jablon, Henry Prager, Estrellita Rivera, tres nombres, tres velas para tres cadáveres.

Durante los peores momentos después de disparar y matar a Estrellita Rivera, era incapaz de prevenir que mi mente recorriera una y otra vez lo que pasó aquella noche. Constantemente intentaba anular el tiempo y cambiar el final, como un grotesco proyeccionista, volviendo a meter la bala en el cañón de la pistola. En la nueva versión que quería sobreponer a la realidad, o si lo hubo no hizo daño, o Estrellita pasó un minuto extra cogiendo pastillas de menta en la bombonería y no estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado, o…

Había un poema que tuve que leer en el bachillerato y me perseguía sin saber de dónde era, hasta que un día fui a la biblioteca y lo busqué. Cuatro versos de Ornar Khayyam:


El dedo móvil escribe, y habiendo escrito

Continúa. Ni toda su piedad ni tu ingenio

Pueden pedirle que regrese para suprimir ni medio verso

Ni todas sus lágrimas lavar una palabra de él.


Había intentado culparme firmemente de lo de Estrellita Rivera, pero en cierto sentido, no encajaba. Había estado bebiendo, por supuesto, pero no mucho, y mi puntería general esa noche no tenía tacha. Y me pareció justo dispararle a los ladrones. Iban armados, y huían de un asesinato, y no había ningún civil en la línea de fuego. Una bala rebotó. Esas cosas pasan.

Parte del motivo de dejar la policía fue que esas cosas pasan y no quise estar en una posición en la que podía hacer cosas equivocadas por motivos correctos. Por haber decidido eso, mientras pueda ser verdad que el fin no justifica los medios, tampoco los medios justifican el fin. Y ahora había programado deliberadamente a Henry Prager para matarse.

No lo había visto de esa manera, por supuesto. Pero no veía que hubiese mucha diferencia. Empecé por presionarle a que intentara un segundo asesinato, algo que nunca hubiera hecho dadas otras circunstancias. Había matado a Giros, pero si yo hubiera destruido el sobre de Giros simplemente, habría dejado a Prager sin la necesidad de volver a matar más. Pero le había dado motivos para intentarlo y él lo había intentado y fracasado, y luego se encontró entre la espada y la pared y eligió impulsiva o deliberadamente matarse.

Yo pude haber destruido aquel sobre. No tenía ningún contrato con Giros. Sólo había quedado en abrir el sobre si no sabía de él. Podía haber dado todos los tres mil en lugar de una décima parte. Necesitaba el dinero, pero no tanto.

Pero Giros había apostado y resultó ser un ganador. Lo había explicado todo detalladamente: «Creo que lo investigarás por algo que noté en ti hace mucho tiempo, y es que tú opinas que hay una diferencia entre el asesinato y otros crímenes. Yo opino lo mismo. He hecho cosas malas toda mi vida, pero nunca maté a nadie y nunca lo haría. He conocido a gente que ha matado, lo cual me consta que es cierto, o lo he oído y no me acercaría a ellos jamás. Soy así y creo que tú también eres así…»Pude no haber hecho nada, y entonces Henry Prager no hubiera acabado en un saco de cadáveres. Pero hay una diferencia entre el asesinato y otros crímenes, y el mundo es un sitio peor por los asesinos que se dejan sueltos sin castigo, como habría sucedido con Henry Prager si yo no hubiese intervenido.

Debió haber habido otra manera, igual que la bala no debió haber rebotado hacia el ojo de una niña. E intenta decirle todo eso al dedo móvil.

La misa seguía cuando me marché. Caminé un par de manzanas, sin prestar mucha atención al sitio donde me encontraba y entonces paré en un Blarney Stone y comulgué…


Fue una noche larga.

El bourbon seguía negándose a funcionar. Me movía mucho porque en cada bar que paraba había una persona cuya presencia me ponía los nervios de punta. Le veía en el espejo constantemente y le llevaba a cualquier sitio que fuera. A lo mejor la actividad y la energía nerviosa quemaban mucho alcohol antes de que pudiera subirse a la cabeza, y el tiempo que perdí dando vueltas lo podía haber empleado con más provecho sentado en un sitio bebiendo.

El tipo de bares que elegí tenía algo que ver con mantenerme relativamente sobrio. Normalmente, bebo en sitios oscuros y tranquilos, donde una copa son sesenta centímetros cúbicos, ochenta si te conocen. Esa noche fui a Blarney Stone y White Roses. Los precios eran considerablemente más bajos, pero las copas eran más pequeñas, y cuando pagabas sesenta centímetros, eso era lo que recibías y aun así tenía tendencia a ser un treinta por ciento de agua.

En un sitio de Broadway tenían puesto en la tele un partido de baloncesto. Vi la última cuarta parte en un televisor grande de color. Los Knicks perdían por un punto cuando empezó la cuarta parte y acabaron bajando a doce o trece. Ése era el cuarto partido para los Celtics.

El tío de al lado, dijo:

– Y el año que viene pierden a Lucas y Debusschere, y las rodillas de Reed seguirán hechas polvo, y Clyde no lo puede hacer todo, por lo que ¿dónde cojones estamos?

Asentí con la cabeza. Lo que dijo me parecía razonable.

– Aún al final de la tercera, muertos por tres temporadas, y tienen a Cowens y al Cómo-se-llama con cinco faltas y entonces no dan con la canasta, quiero decir, no hacen un jodido intento, ¿sabes?

– Debe ser culpa mía -dije.

– ¿Cómo?

– Empezaron a deshacerse cuando me puse a mirarlos. Debe ser culpa mía.

Me miró de arriba a abajo y dio un paso para atrás. Dijo:

– Tranquilo, hombre. No quise decir nada.

Pero me había malinterpretado. Lo había dicho completamente en serio.


Acabé en Armstrong's, donde sirven copas perfectas, pero ya había perdido el gusto por ellas. Me senté en la esquina con una taza de café. Era una noche tranquila y Trina tenía tiempo para acompañarme.

– Estuve alerta -dijo-, pero no le vi ni la camisa ni el pellejo.

– ¿Cómo?

– Al vaquero. Es mi forma astuta de decir que no ha estado por aquí esta noche. ¿No tenía que vigilar, como un comando Scout?

– ¡Ah!, el hombre Marlboro. Pensé que le había visto aquí esta noche.

– ¿Aquí?

– No, antes. He visto muchas sombras esta noche.

– ¿Algo va mal?

– Sí.

– Oye. -Me tapó la mano con una de las suyas-. ¿Qué pasa, rico?

– Sigo encontrando a más gente nueva por la que encender velas.

– No te entiendo. No estás borracho, ¿verdad, Matt?

– No, pero no por falta de intentarlo. He tenido días mejores. -Sorbí el café, puse la taza encima del mantel de cuadros, saqué el dólar de Giros; rectificación: mi dólar, yo lo había comprado y pagado, y le di una vuelta-. Anoche alguien intentó matarme.

– ¡Dios! ¿Por aquí?

– A unos portales de aquí.

– No me sorprende que estés…

– No, no es eso. Esta tarde ajusté cuentas. Maté a un hombre. -Pensé que quitaría la mano de encima de la mía, pero no lo hizo-. No le maté exactamente. Se metió la pistola en la boca y apretó el gatillo. Una pistola española pequeña, las traen a toneladas de las Carolinas.

– ¿Por qué dices que le mataste?

– Porque yo le metí en una habitación con una pistola como única salida. Yo le encerré.

Miró su reloj.

– A la mierda -dijo-. Puedo marcharme temprano por una vez. Si Jimmie me quiere demandar por una media hora, entonces que se vaya al diablo. -Extendió las manos detrás del cuello para desabrochar su delantal. El movimiento remarcó la curva de sus pechos.

– ¿Quieres acompañarme a casa, Matt? -dijo.

Nos habíamos utilizado mutuamente unas cuantas veces durante meses para alejar la soledad. Nos gustábamos dentro y fuera de la cama y los dos teníamos la seguridad vital de saber que nunca podría llegar a nada.

– ¿Matt?

– No te podría hacer mucho esta noche, chica.

– Me podrías mantener a salvo de un asalto en el camino.

– Sabes lo que quiero decir.

– Ya, señor Detective, pero tú sabes lo que quiero decir. -Me tocó la mejilla con su dedo índice-. De todos modos no te dejaría acercarte esta noche. Te hace falta afeitarte. -Su cara se suavizó-. Ofrecía un poco de café y compañía -dijo-. Creo que te vendría bien.

– Quizás sí.

– Solamente café y compañía.

– Vale.

– No té y compasión, nada de eso.

– Sólo café y compañía.

– ¡Ajá! Ahora dime que es la mejor oferta que has tenido en todo el día.

– Lo es -dije-. Pero eso no quiere decir mucho.


Hizo buen café y logró encontrar como medio litro de Harper's para darle sabor. Antes de terminar de hablar, el medio litro había pasado de casi lleno a casi vacío.

Le conté la mayor parte del caso. Dejé cualquier cosa que pudiera identificar a Ethridge o Huysendahl y no le expliqué con mucho detalle el pequeño secreto cobista de Prager. No mencioné su nombre tampoco, aunque lo podía sacar ella misma si leía los periódicos de la mañana.

Cuando terminé, se quedó allí sentada unos minutos, la cabeza inclinada a un lado, los ojos entreabiertos, el humo subiendo del cigarro. Finalmente dijo que no sabía cómo podría haber hecho las cosas de otra manera.

– Porque imagínate que le dejaras saber que no eres un chantajista, Matt. Imagínate que reunieras unas pocas pruebas más y se las enseñaras. Le habrías descubierto, ¿no?

– De un modo u otro.

– Se mató porque tenía miedo a que le descubrieran, y eso fue mientras pensaba que eras chantajista. Si supiera que le ibas a entregar a la policía, ¿no habría hecho lo mismo?

– Puede ser que no tuviera la oportunidad.

– Pues, quizás estuviera mejor teniendo la oportunidad. Nadie le obligó a cogerla, fue su decisión.

Lo pensé.

– Todavía hay algo que no está bien.

– ¿Qué?

– No lo sé exactamente. Algo no encaja como debiera.

– Tú sólo tienes que tener algo por lo que sentirte culpable.

Supongo que la frase llegó a la llaga lo bastante como para que me lo viera en la cara, porque palideció:

– Lo siento -dijo-. Matt, lo siento.

– ¿El qué?

– Estaba solo…, ya sabes, haciéndome la lista.

– La verdad amarga. -Me puse de pie-. Mañana será otro día. Cosas que pasan.

– No te vayas.

– Me tomé el café y la compañía y gracias por ambos. Ahora será mejor que me vaya a casa.

Estaba negando con la cabeza.

– Pasa la noche.

– Ya te lo dije antes, Trina…

– Ya lo sé. De hecho yo tampoco tengo muchas ganas de follar. Pero de verdad que realmente no quiero dormir sola.

– No sé si puedo dormir.

– Entonces abrázame hasta que me duerma yo, por favor, amor.

Nos acostamos juntos y nos abrazamos. Quizás el bourbon finalmente funcionó, o quizás estaba más exhausto de lo que pensaba, pero me dormí así, abrazándola.


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