Me desperté con la cabeza estremeciéndose y un sabor a hígado en el fondo de la garganta. Una nota en su almohada me avisó de que me sirviera el desayuno. El único desayuno al que podía hacer frente estaba dentro de una botella de Harper's y me serví; y, junto con dos aspirinas de su botiquín y una taza de café malo del ultramarinos de abajo, se pulió un poco mi estado.
El tiempo estaba bueno y la contaminación del aire era más leve de lo normal. Incluso podías ver el cielo. Me dirigí al hotel, comprando un periódico por el camino. Casi era mediodía. No duermo tanto normalmente.
Tendría que llamarles, a Beverly Ethridge y Theodore Huysendahl. Tenía que avisarles de que ya no estaban en el anzuelo, y que de hecho nunca los había tenido cogidos. Me preguntaba cuáles serían sus reacciones. Probablemente una combinación de alivio y algo de indignación por haber sido engañados. Pues ése sería su problema. Tenía bastante con los míos.
Evidentemente tendría que verlos en persona. No lo podía hacer por teléfono. No me hacía ilusión hacerlo, pero sí que tenía ganas de dejarlo atrás. Dos breves llamadas y dos breves encuentros y nunca tendría que volver a ver a ninguno de los dos jamás.
Paré en la recepción. No había correo para mí, pero sí que había un mensaje telefónico. Había llamado la señorita Stacy Prager. Había un número a donde tenía que llamarla cuanto antes. Era el número que yo había marcado desde el Lion's Head.
En mi habitación hojeé el Times. Prager estaba en la página necrológica bajo un título a dos columnas. Sólo su obituario, con una declaración de que había muerto, al parecer, de un disparo que se había inferido a sí mismo. Sí que lo parecía. No me mencionaron en el artículo. Pensaba que quizás hubiera sido así como su hija había conseguido mi nombre. Entonces leí el mensaje de nuevo. Había llamado sobre las nueve de la noche anterior y la primera edición del Times no llegaba a la calle antes de las once o doce.
Así que eso significaba que había conseguido mi nombre de la policía. O que lo había oído antes, de su padre.
Cogí el teléfono y volví a colgarlo. No tenía muchas ganas de hablar con Stacy Prager. No imaginaba que hubiera algo que quisiera oír de ella, y sabía que no había nada que le quisiera decir. El hecho de que su padre fuera un asesino no era algo que fuera a saber por mí ni por nadie más. Giros Jablon había tenido la venganza que me había comprado. Por lo que respecta a la opinión pública, su caso podía quedar en archivo abierto para siempre. A la policía no le importaba quién le había matado y no me sentía con la obligación de decírselo.
Cogí el teléfono otra vez y llamé a Beverly Ethridge. Comunicaba. Corté la llamada y probé con la oficina de Huysendahl. Había salido a comer. Esperé unos minutos y marqué el número de Ethridge de nuevo, todavía comunicaba. Me estiré en la cama y cerré los ojos y sonó el teléfono.
– ¿Señor Scudder?, me llamo Stacy Prager. -Una voz joven que hablaba con la mayor seriedad-. Siento que yo no haya estado en casa. Después de llamar anoche acabé cogiendo el tren para poder estar con mi madre.
– Acabo de recibir su mensaje hace unos minutos.
– Ya. Pues, ¿sería posible hablar con usted? Estoy en el Grand Central, podría ir a su hotel o quedar con usted donde diga.
– No estoy seguro de cómo la podría ayudar.
Hubo una pausa. Entonces, dijo:
– Quizás no pueda. No sé. Pero usted fue la última persona que vio vivo a mi padre, y yo…
– Ni siquiera le vi ayer, señorita Prager. Estaba esperando para verle cuando ocurrió.
– Sí, es verdad. Pero lo que pasa es que…, escuche, realmente me gustaría verle, si le parece bien.
– Si hay algo en lo que le pueda ayudar por teléfono…
– ¿No podría verle?
Le pregunté si sabía dónde quedaba mi hotel. Dijo que sí, y que estaría allí dentro de diez o veinte minutos y que me llamaría desde el vestíbulo. Colgué y me pregunté cómo supo ponerse en contacto conmigo. No estoy en la guía telefónica. Y me preguntaba si sabía de Giros Jablon y si había sabido de mí. Si el hombre Marlboro fuera su novio, y si ella estuviera implicada en la elaboración de los planes…
Si fuera así, era lógico creer que me consideraría responsable de la muerte de su padre. Ni siquiera podía discutir la cuestión: me sentía responsable yo mismo. Pero en realidad, no podía creer que llevara una pistolita en su bolso. Le había tomado el pelo a Heaney por mirar la tele. Yo no miro mucho la tele.
Tardó quince minutos, que aproveché para llamar a Beverly Ethridge y me daba comunicando. Entonces, Stacy llamó desde el vestíbulo y bajé las escaleras a verla.
Pelo negro, largo, lacio, con la raya en el medio. Una chica alta y delgada con una cara larga y estrecha y profundos ojos negros. Llevaba vaqueros azules limpios y bien hechos y una rebeca de color verde lima sobre una blusa blanca y sencilla. Su bolso había sido hecho cortando las perneras de otro pantalón vaquero. Determiné que era muy poco probable que hubiera una pistola dentro.
Confirmamos que yo era Matthew Scudder y que ella era Stacy Prager. Sugerí café, y fuimos al Red Flame y cogimos una mesa separada por biombos. Después de traernos el café, le dije que sentía mucho lo de su padre, pero que todavía no me podía imaginar por qué quería verme.
– No sé por qué se mató -dijo.
– Yo tampoco.
– ¿No? -Sus ojos exploraron mi cara.
Intenté imaginarla cómo era hace unos años fumando hachís y tomando píldoras, atropellando a un niño y alucinando lo bastante como para fugarse de lo que había hecho. Esa imagen no encajaba con la chica sentada al otro lado de la mesa de fórmica. Ahora parecía estar alerta, enterada y responsable, herida por la muerte de su padre, pero lo bastante fuerte para sobrellevarla.
– Usted es un detective -dijo.
– Más o menos.
– ¿Qué quiere decir eso?
– Hago algunos trabajos privados como profesional independiente. Nada tan interesante como parece.
– ¿Y estaba trabajando para mi padre?
Negué con la cabeza.
– Le había visto una vez la semana pasada -dije, y a continuación repetí la historia de tapadera que le había dado a Jim Heaney-. Así que realmente no conocía a su padre en absoluto.
– Eso es muy extraño -dijo.
Removió su café, añadió más azúcar, volvió a removerlo. Lo sorbió y puso la taza en el plato. Le pregunté por qué era extraño.
– Vi a mi padre anteayer por la noche. Estaba esperando en mi apartamento cuando llegué a casa de clase. Me llevó a cenar. Hace eso, hacía eso, una o dos veces a la semana. Pero normalmente me llamaba primero para quedar. Dijo que simplemente lo hizo sin reflexionar y se arriesgó a que yo no llegara a casa.
– Entiendo.
– Estaba muy perturbado. ¿Es la palabra correcta? Estaba muy agitado, le inquietaba algo. Siempre tenía tendencia a ser un hombre propenso a cambiar bruscamente de humor, muy eufórico cuando las cosas iban bien, muy deprimido cuando no. Cuando empecé a estudiar Psicología Patológica y trataba el síndrome maníaco depresivo me venían unos tremendos ecos de mi padre. No quiero decir que estuviera loco, en ningún sentido de la palabra, sino que tenía el mismo tipo de cambios de humor. No le estorbaban en su vida, era solamente que tenía ese tipo de personalidad.
– ¿Y estaba deprimido anteayer por la noche?
– Era más que depresión. Era una combinación de depresión y el tipo de nerviosismo hiperactivo que consigues con anfetas. Habría pensado que había tomado algunas anfetas, salvo que sé qué opina respecto a las drogas. Yo tuve una etapa en que tomé drogas, hace unos años, y él dejó bastante claro lo que opinaba, así que realmente no pensé que hubiera tomado nada.
Bebió más café. No, no había ninguna pistola en su bolso. Ésta era una chica muy abierta. Si tuviera una pistola la habría usado inmediatamente.
Continuó:
– Cenamos en un restaurante chino en el barrio. Eso queda en la zona oeste alta, donde vivo. Apenas probó su comida. Personalmente, yo tenía mucha hambre, pero recibía sus vibraciones constantemente, y acabé sin comer mucho también. Su conversación se salía de tema todo el tiempo. Estaba muy preocupado por mí. Me preguntó varias veces si estaba usando drogas. No las uso, y se lo dije. Preguntó por mis clases, si estaba contenta con el curso y si sentía que iba por buen camino respecto a cómo me iba a ganar la vida. Me preguntó si estaba comprometida con alguien de modo romántico, le dije que no lo estaba. Nada serio. Y entonces me preguntó si le conocía a usted.
– ¿Sí?
– Sí. Dije que el único Scudder que conocía era el puente de Scudder Falls. Me preguntó si había estado en su hotel. Nombró el hotel y preguntó si había estado allí, y le dije que no. Dijo que allí era donde usted vivía. En realidad, no entendía lo que quería decir.
– Yo tampoco.
– Preguntó si alguna vez había visto a un hombre dar vueltas a un dólar de plata. Sacó un cuarto de dólar, le dio vueltas encima de la mesa y preguntó si había visto a algún hombre hacer eso con un dólar de plata. Dije que no y le pregunté si se encontraba bien. Contestó que estaba perfectamente y que era muy importante que no me preocupara por él. Dijo que si algo le ocurriese, que yo estuviera bien, que no me preocupara.
– Lo que le puso a usted más inquieta todavía.
– Claro. Temía…, temía toda clase de cosas, y tenía miedo de pensar en ellas. Como que pensé que podría ser que hubiese ido al doctor y se hubiese enterado de que le pasaba algo. Pero llamé al doctor al que siempre va, eso lo hice anoche, y no había estado allí desde su chequeo anual en noviembre pasado y no le pasaba nada entonces, excepto la presión arterial un poco alta. Claro, puede que fuera a algún otro médico, no se puede saber a no ser que se vea en la autopsia. Tienen que hacer autopsia en casos así, ¿señor Scudder?
La miré.
– Cuando me llamaron, cuando me enteré de que se había matado, no me sorprendió.
– ¿Lo esperaba?
– Conscientemente, no. No lo esperaba realmente, pero una vez que lo vi, todo parecía encajar. De una manera u otra, supongo que sabía que me estaba intentando decir que iba a morirse, intentando atar los cabos sueltos antes de hacerlo. Pero no sé por qué lo hizo. Y entonces oí que usted estaba allí cuando lo hizo y me acordé de él preguntándome si sabía de usted, si le conocía y me preguntaba cómo encajaba usted en todo eso. Pensé que tal vez hubiera un problema en su vida y usted se lo estaba investigando, porque el policía dijo que usted era detective, y me preguntaba…, simplemente no entiendo de qué se trataba.
– No puedo imaginar por qué mencionó mi nombre.
– ¿Es cierto que no trabajaba para él?
– No. Y no tuve mucho contacto con él. Fue solamente un asunto superficial para confirmar las referencias de otro hombre.
– Entonces no tiene sentido.
Medité.
– Hablamos durante un rato la semana pasada -dije-. Supongo que es posible que algo que dijera yo tuviera un impacto especial en su mente. No puedo imaginar lo que pudo haber sido, pero tuvimos una de esas conversaciones divagantes, y puede ser que cogiera algo sin que yo lo notara.
– Supongo que ésa tendría que ser la explicación.
– No concibo otra cosa.
– Y entonces, lo que fuera, se quedó en su mente. Así que sacó su nombre a colación porque no podía cobrar suficiente ánimo para mencionar lo que fuera que dijo usted, o lo que relacionó. Y entonces cuando su secretaria dijo que usted estaba allí, se debió haber disparado su mente. Disparar. Ésa ha sido una elección de palabra muy interesante, ¿verdad?
El anuncio de mi presencia por la secretaria había disparado su mente. No cabía duda.
– No entiendo lo del dólar de plata. A menos que sea la canción. «Puedes hacer girar un dólar de plata en el suelo de una pista de baile y dará vueltas porque es redondo.» ¿Cuál es el verso siguiente? Algo de que una mujer nunca sabe qué hombre tan bueno pierde hasta que lo pierde, o algo así. Quizás quería decir que estaba perdiendo todo ahora, no sé. Supongo que su mente no estaba muy lúcida al final.
– Debió haber estado bajo tensión.
– Supongo que sí. -Apartó la mirada un momento-. ¿Le dijo a usted algo de mí alguna vez?
– No.
– ¿Está seguro?
Fingí concentrarme, entonces dije que estaba seguro.
– Sólo espero que se diera cuenta de que todo me marcha bien ahora. Eso es todo. Si tenía que morir, si pensaba que tenía que morir, por lo menos espero que supiera que yo estoy bien.
Estoy seguro de que lo sabía.
Había pasado por mucho desde que la llamaron y se lo dijeron. Desde antes: desde aquella cena en el chino. Y estaba pasando por mucho ahora. Pero no iba a llorar. No era una llorona. Era fuerte. Si él hubiera tenido la mitad de su fuerza, no habría tenido que matarse. En primer lugar, le habría dicho a Giros que se fuera a tomar por el culo, y no habría pagado el dinero del chantaje, no habría matado una vez, no habría tenido que intentar matar otra vez. Ella era más fuerte que lo que él había sido. No sé hasta qué punto puede uno enorgullecerse de ese tipo de fuerza. O la tienes o no.
– Así que ésa fue la última vez que le vio. En el restaurante chino -dije.
– Bueno, me acompañó caminando hasta mi apartamento. Entonces se marchó a casa en coche.
– ¿A qué hora fue eso? Cuando la dejó en su casa, quiero decir.
– No sé. Probablemente sobre las diez, o diez y media, quizás un poco más tarde. ¿Por qué lo pregunta?
Me encogí de hombros.
– Por nada. Llámelo una costumbre. Fui policía durante muchos años. Cuando un poli se queda sin nada más que decir, se encuentra haciendo preguntas. Apenas importa de qué sean las preguntas.
– Eso es interesante. Una especie de reflejo condicionado.
– Supongo que ése es el término.
Inspiró.
– Bueno -dijo-. Quiero darle las gracias por verme. Le he hecho perder el tiempo…
– Me sobra el tiempo. No me importa perder algo de vez en cuando.
– Sólo quise enterarme de lo que pudiera saber sobre…, sobre él. Pensaba que quizás hubiera algo, que hubiera dejado algún último mensaje para mí. Una nota, o una carta que quizás hubiese mandado. Supongo que es parte de no creer realmente que esté muerto, de que no puedo creer que nunca vaya a volver a oírle de algún que otro modo. Pensaba…, bueno, gracias, de todas formas.
No quería que me diera las gracias. No tenía ningún motivo en absoluto para dármelas.
Una hora más tarde, aproximadamente, logré hablar con Beverly Ethridge.
– Pensaba que tenía hasta el martes. ¿Te acuerdas?
– Quiero verla esta noche.
– Esta noche es imposible. Y todavía no tengo el dinero, y estuviste de acuerdo en darme una semana.
– Es otra cosa.
– ¿Qué?
– No por teléfono.
– ¡Por Dios! -dijo-. Esta noche es absolutamente imposible, Matt. Tengo un compromiso.
– Pensaba que Kermit estaba fuera jugando al golf.
– Eso no quiere decir que me quede sola en casa sentada.
– Lo puedo creer.
– Realmente eres un cabrón, ¿verdad? Estaba invitada a una fiesta. A una fiesta perfectamente respetable, de la clase donde mantienes puesta la ropa. Te podría ver mañana si es absolutamente necesario.
– Lo es.
– ¿Dónde y cuándo?
– ¿Qué tal La Jaula? Digamos sobre las ocho.
– La Jaula de Polly. Es un poco cutre, ¿no?
– Un poco -asentí.
– Y yo también, ¿eh?
– No he dicho eso.
– No, siempre eres el perfecto caballero. A las ocho en La Jaula. Estaré allí.
Le pude haber dicho que se relajara, que la partida había terminado, en lugar de dejarla pasar otro día bajo tensión. Pero me figuraba que podía aguantar la tensión. Y quería ver su cara cuando la soltara del anzuelo. No sé por qué. Quizás era ese tipo de chispa que nos producíamos mutuamente, pero quería estar allí cuando se enterara de que estaba completamente libre.
Huysendahl y yo no nos producíamos chispas. Le llamé a la oficina, pero no pude hablar con él y tuve la repentina idea de probar a ver si estaba en casa. No estaba allí, pero logré hablar con su mujer. Dejé el mensaje de que estaría en su oficina a las dos de la tarde del día siguiente y que volvería a llamar por la mañana para confirmar la cita.
– Y otra cosa -añadí-. Dígale que no tiene nada de lo que preocuparse en absoluto. Dígale que todo está bien ahora y que todo se arreglará perfectamente.
– ¿Y sabrá lo que significa eso?
– Lo sabrá -dije.
Eché una cabezadita, almorcé unos bocados de última hora en el francés de la parte de abajo de la manzana, luego volví a mi habitación y leí durante un rato. Estuve a punto de acostarme temprano, pero sobre las once mi habitación empezó a parecerse, un poco más de lo normal, a una celda monástica. Había estado leyendo Vidas de Santos, lo que quizás tuviera que ver con ello.
Fuera, estaba intentando decidirse a llover. Todavía San Pedro no se había decidido a abrir las compuertas. Di la vuelta a la esquina hacia Armstrong's. Trina me sonrió y me trajo una copa.
Sólo estuve allí durante una hora más o menos. Pensaba bastante en Stacy Prager, y todavía más en su padre. Me gustaba a mí mismo un poco menos, ahora que ya había conocido a la chica. Por otra parte, tenía que admitir que Trina tenía razón en lo que había sugerido la noche anterior.
– En efecto, tenía el derecho de elegir esa manera de salir de sus problemas, y por lo menos ahora su hija no iba a enterarse de que su padre había matado a un hombre. El hecho de su muerte era horrible, pero no podía construir fácilmente un escenario que funcionara mejor.
Cuando pedí la cuenta, la trajo Trina y se sentó en el borde de mi mesa mientras contaba los billetes.
– Pareces estar un poco más contento -dijo.
– ¿Sí?
– Un poco.
– Pues, dormí mejor anoche que lo que he dormido en mucho tiempo.
– ¿De veras? Yo también, extrañamente.
– Bien.
– ¡Qué casualidad, no!
– Mucha.
– Lo que prueba que hay ayudas para dormir mejor que Seconal.
– Aunque las tienes que usar con moderación.
– ¿O te quedas enganchado?
– Algo así.
Un tío dos mesas más allá intentaba atraer su atención. Le echó un vistazo, luego se dio la vuelta a mí.
– No creo que llegue a ser una costumbre, nunca. Eres demasiado viejo y soy demasiado joven; eres demasiado introvertido y soy demasiado inestable y los dos somos normalmente raros -dijo.
– Sin disputa.
– Pero alguna vez, de cuando en cuando, no puede hacer daño.
– No.
– Incluso es agradable.
Le cogí la mano y le di un apretón. Sonrió brevemente, recogió rápido mi dinero y se fue a ver lo que quería el pelma de las dos mesas más allá. Me quedé allí sentado mirándola un momento, entonces me puse de pie y tomé la puerta.
Ahora estaba lloviendo, una lluvia fría con un viento horrible detrás de ella. El viento soplaba hacia el centro y yo iba hacia las afueras, lo que no me hacía especialmente feliz. Vacilé pensando en si debería volver adentro por una copa y darme la oportunidad de que pasara lo peor. Determiné que no merecía la pena.
Así que empecé a caminar hacia la calle 57 y vi a la vieja mendiga en el portal de Sartor Resartus. No sabía si aplaudir su aplicación o preocuparme por ella; normalmente no salía en noches como ésta. Pero había estado bueno hasta hacía poco, así que pensé que debió haber cogido su puesto y se vio sorprendida por la lluvia.
Seguí caminando, metiendo la mano en el bolsillo en busca de unas monedas. Esperaba que no se fuera a desilusionar, pero no podía esperar diez dólares de mí todas las noches. Sólo cuando me salvara la vida.
Tenía las monedas listas y salió del portal cuando llegué. Pero no era la vieja.
Era el hombre Marlboro y tenía una navaja en la mano.