Capítulo 5

Tal y como había afirmado Nobue Ito, existía un templo llamado Saihoji, en Ayase. Al echar un vistazo al listín telefónico, Junko averiguó que pertenecía a la escuela budista Rinzai Zen. Figuraban dos números de teléfono. Desconocía de qué tipo de templo se trataba, pero debía de ser bastante importante.

Marcó uno de los números desde el teléfono de su apartamento y preguntó el modo de llegar hasta allí. Era obvio que la mujer que atendió la llamada estaba acostumbrada a ese tipo de preguntas y respondió de forma muy eficiente y estudiada. Junko tenía preparado un pretexto para justificar su excursión al Saihoji, pero ni siquiera hizo falta recurrir a él.

Tomó el tren que partía con destino a Ayase. Una vez se apeó, siguió las indicaciones que conducían hacia la puerta principal del santuario. No era de extrañar que hubiera un flujo continuo de turistas: el recinto era gigantesco, incluso había una guardería en su interior. Junko llegó pasado el mediodía. Quizá los niños estuvieran dentro almorzando o puede que ya se hubiesen ido a casa, pero el caso es que no había nadie en el patio. El templo principal quedaba situado algo más arriba, adyacente a la guardería. Se trataba de un edificio cuadrado y gris que tenía más aspecto de gimnasio que de un lugar de culto. La puerta principal también era de hormigón y tenía el mismo tono grisáceo que el resto. Una placa de madera grabada con la palabra «Saihoji» era el único elemento que parecía remotamente ajado.

Junko se quedó plantada frente a la puerta durante unos minutos, convenciéndose de que probablemente nadie cuestionara su presencia. Se encaminó entonces hacia el interior.

La pagoda gris en forma de caja quedaba frente a ella, y la guardería a su derecha. El cementerio debía estar situado a la izquierda. El suelo estaba adoquinado con un estilo sobrio e insípido. El único toque de color lo daban las flores que asomaban en sus maceteros. Junko no reconocía esa especie. El frío viento que soplaba las apiñaba las unas contras las otras.

El cementerio era más pequeño de lo que había imaginado. Las hileras de tumbas, limpiamente dispuestas, exhibían todos los tonos existentes de gris. El camino que conducía hasta ellas lucía el mismo pavimento que el resto del patio del templo, aunque quedaba ligeramente realzado y provisto de estrechas zanjas laterales para canalizar las aguas.

Junko avanzó cargada de dudas. Una anciana apareció de repente desde la hilera de tumbas que quedaba a su derecha. Al parecer, la mujer acababa de dar por concluida su visita y regresaba ahora a la entrada, cerca de donde Junko se encontraba. Junko llevaba consigo un pequeño ramo de flores para dar algo de crédito a su presencia, por si acaso. Al reparar en el detalle, se acercó hasta ella para decir:

– Hace un frío que pela para andar visitando tumbas, ¿no le parece?

Junko respondió al comentario jocoso de la anciana que se inclinó a modo de despedida. Pasó junto a ella con lentitud: el cubo que cargaba parecía pesado, y el agua que sobraba tras limpiar la tumba que había venido a visitar se derramaba y salpicaba el suelo a cada paso que daba.

Junko se vio invadida por una repentina sensación de culpabilidad. Esperó hasta que la anciana dejara el cubo en su sitio y saliera del cementerio antes de hacer ningún movimiento. Ya estaba preparada para proseguir con su camino. ¿Qué venía a hacer Keiichi Asaba en el cementerio en el que descansaba su padre?

Nobue dijo que había acompañado al templo a Asaba en más de una ocasión, pero que mientras el chico entraba solo, ella esperaba fuera. Junko no imaginaba a Asaba cargando con un cubo de agua para regar las flores o limpiar la sepultura de su padre, quien había optado por quitarse la vida, abandonando a su familia. De igual modo, no se lo imaginaba acudir allí para consultar a los monjes del templo.

Si daba con la tumba, quizá encontrara algún tipo de pista. Ya a solas en el camposanto, se sintió aliviada y no tuvo reparo en alzar bien la cabeza y examinar detenidamente sus alrededores. Asaba no era un apellido muy corriente. Era de suponer que no le costaría dar con él en una de esas lápidas.

Decidió proceder de manera metódica, empezando por la primera hilera que se extendía a la derecha. Era un día laborable y, en los floreros que adornaban las tumbas, pocos ramos frescos dejaban entrever visitas recientes. La mayoría de las flores estaban marchitas, el agua de sus jarrones sucia del follaje descompuesto, y otras ofrendas depositadas por el alma de los desaparecidos yacían secas y cubiertas por una capa de polvo.


Pasó junto a la tumba que la anciana debía de haber visitado. Las flores eran frescas y la barrita de incienso todavía ardía. Junko reparó en la sotoba [5] nueva, sinónima de una muerte reciente.

Continuó con su búsqueda, inspeccionando cada una de las estelas que flanqueaban el camino a la derecha, pero no lograba dar con la del padre de Asaba. Al girarse para proseguir con la fila izquierda, se topó cara a cara con una gran estatua de Buda. Rodeado por flores y demás obsequios, se sentaba impasible sobre su zócalo, con los dedos entrelazados y una sonrisa imperceptible en los labios.

Una vez más, Junko sintió una punzada de remordimiento. Sorteó con sumo cuidado la mirada divina que parecía cuestionar su presencia. Era consciente de que moverse a hurtadillas por el santuario, buscando la tumba de un muerto ajeno, no era un gesto muy honrado. Sin embargo, también sabía que era el único modo de dar con algo que la condujese hasta Keiichi Asaba. Y cuando lo encontrara lo incineraría, lo reduciría a cenizas. Lo dejaría tan destrozado que ningún dios todopoderoso, ningún misericordioso Buda podría proporcionarle el descanso de la vida eterna.

Despertó de su ensueño y se concentró en la tarea que la ocupaba. Cada vez que entraba en el campo de visión del Buda, se apartaba cuidadosamente. Por fin, en medio de la sexta hilera de la izquierda, encontró lo que había venido a buscar. Si hubiese empezado por ahí, habría ahorrado mucho tiempo. «En fin», pensó, encogiéndose de hombros.

Se quedó plantada frente a la lápida de granito negro y dejó escapar un resoplido burlón. Era una tumba descuidada, de aspecto triste. El jarrón vacío, ni rastro de ofrendas… El sepulcro del padre de Asaba no contaba con más adornos que los pétalos muertos arrastrados por el viento desde tumbas vecinas.

La pequeña placa conmemorativa colocada en el diminuto monolito que se elevaba de la lápida indicaba que bajo tierra, descansaban cuatro urnas funerarias. Las últimas cenizas inhumadas pertenecían a Shuji Asaba, fallecido a los cuarenta y dos años. A todas luces, el padre de Asaba. Junko entrecerró los ojos como si quisiera descifrar un mensaje oculto entre los diminutos caracteres de la inscripción. De modo que aquello era lo que quedaba de Asaba padre, el hombre que había llamado a su hijo Keiichi con la ilusión de que se convirtiera en una persona respetada por los demás. Estaba frente al hombre que, al perder su empleo y, con él, toda esperanza en esta vida, se ahorcó. Junko se preguntó si había imaginado lo que su muerte supondría para su esposa e hijo. Si hubiera sabido que su vástago se convertiría en un asesino, ¿habría obrado de otro modo? ¿Habría colocado una soga alrededor del huesudo cuello de su propio hijo antes de colgarse él mismo?

Junko soltó poco a poco la respiración, y murmuró al espíritu de Shuji Asaba: «Pronto enviaré a tu hijo a dondequiera que estés. Yo me aseguraré de solucionar el problema que dejaste al despedirte de este mundo».

Dicho esto, Junko se dio cuenta de que no había sacado nada de su visita salvo una creciente sensación de indignación. Estaba claro que Asaba no iba al templo para rezar por el alma de su difunto padre. De repente, sintió frío. Echó un último vistazo al nombre grabado de Shuji Asaba, y se volvió para marcharse de allí, decepcionada por su infructuoso intento.

En ese preciso instante, su vista se posó en una cajetilla metálica. Estaba colocada junto al marco de la sotoba, escondida a un lado de de la tumba. Era un paquete de cigarrillos de la marca Peace, azul con el borde plateado, y un logotipo fácilmente reconocible. La tapa del paquete estaba cerrada. Lo habían dejado de tal manera que nadie pudiera reparar en él al pasar.

No era una práctica muy común adornar la tumba de nadie con un paquete de cigarrillos, ni siquiera de alguien que, en vida, fue un gran fumador. E incluso admitiendo que fuera el caso, el objeto habría quedado colocado en una posición visible, entre flores y barritas de incienso y no escondido, como aquel paquete. Guiada por una corazonada, Junko lo recogió. Era ligero, pero algo tintineaba en su interior. Abrió la tapa y encontró una llave.

Colgaba de un llavero marcado con el número 1.120. Parecía ser la llave de una taquilla pero ¿dónde estaría? Junko encontró un trocito de papel en el fondo del paquete. Lo desplegó.

«Llámame en cuanto la tengas. Tsutsui.»

El mensaje iba acompañado de un número de teléfono móvil.

Junko cogió la llave y observó una última vez la lápida. ¡Eso era! Keiichi Asaba utilizaba la tumba de su padre como lugar de operaciones. Operaciones ilegales, sin lugar a dudas. A Junko le pareció muy poco original. El típico truco que se veía en los clásicos del cine. Aunque debía admitir que al chico le había funcionado. Cuando Asaba iba al cementerio con Nobue, recuperaba mensajes y llaves, o cualquier otra cosa que sus socios le dejasen.

«Llámame en cuanto la tengas.»

¿En cuánto tuviera qué? Junko se preguntó si no se estaría refiriendo a un arma, por ejemplo, el arma con la que le disparó. El arma que había utilizado para asesinar a Fujikawa. Sintió un doloroso pinchazo en el hombro, como una reacción de la herida de bala ante su hallazgo.

Junko se inclinó hacia la tumba y murmuró unas palabras de agradecimiento al alma que ahí descansaba. Guardó en el bolsillo el botín de su búsqueda. Se volvió sobre sus talones con la intención de marcharse del cementerio, pero antes lanzó una última mirada a la estatua del Buda.

Ya no tenía ninguna sensación de culpabilidad, ni de remordimiento.

Marcó el número de teléfono que figuraba en la nota. Nadie contestó.

Un viento glacial arremetía contra la cabina telefónica donde Junko insistía una y otra vez. En cuanta saltaba el contestador, colgaba, pero volvía a intentarlo. ¿Para qué tener un teléfono móvil si no había manera de contactar con su dueño?

Diez intentos más tarde, Junko marcaba y colgaba casi de manera automática. Así que cuando una voz de hombre finalmente respondió, la pilló totalmente desprevenida.

– ¿Sí? ¿Sí?

Se oía muchísimo ruido de fondo, y apenas podía distinguir el áspero tono del hombre al otro lado del aparato.

– ¿Sí? ¿Quién llama?

Junko no cabía en sí de alegría. Se sentía como un cazador que seguía las huellas de su presa en un prado cubierto de nieve.

– ¿El señor Tsutsui?

Hubo un breve silencio antes de que la voz respondiese.

– ¿Quién eres?

– Keiichi, esto, Keiichi Asaba me ha pedido que llamase.

– ¿Y qué ha dicho?

– Me ha dicho que fuera al Saihoji y abriese el paquete de Peace.

– ¿Y?

– Que encontraría la llave de una taquilla y que se la llevara. Acabo de regresar pero se ha marchado. Tampoco contesta a su teléfono móvil. Supongo que la llave será importante, así que no me puedo quedarme aquí sentada sin hacer nada, ¿no?

Intentó parecer locuaz y relajada. «Soy la novia de Asaba», se dijo. «Me tiene comiendo de su mano y hago cualquier cosa que me pide.»

– ¿Eres tú la que ha estado llamando una y otra vez?

– Sí, he sido yo.

– ¿Y por qué no llama Asaba?

– ¿Y qué sé yo? Es usted quien ha escrito la nota. ¡Yo solo obedezco órdenes!

– ¿Quién eres?

– ¡Eh! ¿Con qué derecho me habla así? ¿Quién es usted?

– Es imposible que Asaba te haya pedido que hicieras esa llamada por él.

– ¿Por qué? ¿Y usted qué sabrá? He ido al Saihoji, ¿no? -A Junko empezaron a sudarle las palmas de las manos, pero hizo todo lo posible por mantener un tono agresivo-. ¡Fue usted quien dejó la nota diciendo que le contactásemos de inmediato! ¡Soy yo quien debería estar quejándose!

– Vale, vale. Espera un momento. -Su interlocutor empezaba a ceder. A Junko le daba la sensación de que estaba cambiando de postura, ya estuviese sentado o de pie. Su voz se hizo más nítida-. Mira, no sé quién eres. Y no tengo nada que decirle a Asaba.

– Pero si me ha pedido que le llamase por teléfono. -Junko cerró los ojos e hizo lo que pudo por fingir estar decepcionada. «¡Usa el cerebro!», se instó a sí misma. «¿Qué puedo hacer para que este tipo se vaya de la lengua?»-. Oiga, Asaba se comporta muy raro últimamente…

– ¿Raro?

– Sí. Cuando me pidió que recogiese el paquete de cigarrillos, parecía tener prisa. Ahora que lo pienso, estuvo hablando con alguien por teléfono. No me contó nada, pero cuando regresé ya se había ido. -Junko bajó la voz-. ¿Estará metido en algún lío? Está enfadado todo el tiempo y he oído algo sobre la policía.

El hombre enmudeció. Junko esperó a que hablase. Intentó pensar rápido para dar con otro cebo que lanzar si aquel tipo no empezaba a cooperar.

Pero, en ese preciso instante, mordió el anzuelo. Habló muy despacio, como si quisiera cerciorarse de algo.

– Entonces, ¿la llevas encima?

– ¿El qué? ¿La llave?

– Sí.

– La tengo. Está justo aquí.

– ¿Y Asaba te pidió que fueses a recogerla y ya no estaba cuando volviste?

– Eso es.

– ¿Y no sabes dónde está?

– No tengo ni idea. -Junko seguía metida en su papel-. Usted es Tsutsui, ¿verdad? Oiga, estoy muy preocupada. ¿Se supone que Asaba tenía que llamarlo?

– Por lo visto vamos a tener que vernos -repuso tras unos segundos de silencio. Junko aguantó la respiración, no daba crédito. La voz del hombre empezaba a sonar afónica-: Será mejor que me des lo que tienes.

– ¿Darle qué?

– Lo que había en ese paquete.

Daba la impresión de que se andaba con rodeos. ¿Intentaba asegurarse de que tenía la llave? Una de dos, o bien actuaba con suma cautela o bien era un cobarde.

– ¿Se refiere a la llave, verdad? A la que he cogido -recalcó y se apresuró a añadir-: Es de una taquilla, ¿no es así? ¿Dónde está?

Lo que le interesaba a Junko era saber qué se escondía tras la puerta que abría esa llave.

– Créeme, nena. Será mejor que no sepas para qué es esa llave. – Tsutsui debió de apartar el auricular de la boca, porque Junko ya no podía oír con claridad lo que decía. Su voz no tardó en hacerse audible otra vez-. ¿Tienes papel y lápiz?

Junko no llevaba nada consigo, pero no quería que el tipo dejase de hablar.

– Sí, dígame.

– ¿Conoces la intersección entre la autopista Mito y la avenida Kannana, la que queda en el distrito de Aoto?

– Sí, la conozco.

– Pues gira a la izquierda en el cruce, atrás queda Shiratori, ¿lo tienes? Hay un sitio llamado Currant justo antes de llegar a la primera señal de tráfico con la que te encuentres. Es una cafetería. Trae la llave.

– Vale, lo tengo. Pero hay un problema.

– ¿Qué?

– No puedo darle la llave sin avisar antes a Asaba. Supongo que lo comprenderá. -Hubo una nueva pausa, por lo que Junko continuó-: Tengo que consultarlo primero con él. ¿Seguro que no sabe dónde está?

– Yo que sé. Si no está en su apartamento, no sé dónde andará.

– Ya, pero ¿en cuál?

– Mira, tú eres su novia. ¿Y ahora resulta que no sabes dónde vive?

Junko intuyó que empezaba a ponerse nervioso, así que retomó su estrategia de mostrarse indignada.

– Oiga, el único piso que conozco es el cuchitril situado en Onishi Heights, en el barrio de Ochanomizu. Pero mencionó otro sitio en el que se alojaba. No me extraña, apenas quedan muebles donde me lleva, y también viven otros chicos. -Junko había intentado mencionar el nombre de un sitio que sonara plausible y pensó que Onishi Heights podía valer. «¡Vamos!», quiso instar al hombre de voz ronca para que le dijera lo que necesitaba saber. «¡Dime dónde vive! ¡Dime dónde puede estar reteniendo a esa chica!»

– ¿Onishi Heights? ¿En Ochanomizu?

– Sí. Es un tugurio que queda detrás de la estación.

– Entonces, cuando regresaste del templo Saihoji con la llave, ¿fuiste directamente a ese sitio?

– Eso es.

– No lo había oído nunca.

– ¡Pues eso lo dice todo! ¡Lo sabía! ¡Sabía que estaba viviendo en otro sitio! -Chasqueó la lengua e hizo lo que pudo por aparentar conmoción-. Ha estado engañándome. Seguro que hay otra chica detrás de todo esto. ¡Por eso no me ha dado su verdadera dirección!

– Tranquilízate.

– Vamos, ¡dígame dónde vive! Tengo que hablar con él. Después, nos veremos en el Currant. Supongo que preferirá verlo a él antes que a mí, ¿no? No sé de qué va todo esto, pero imagino que le interesará más encontrarse con Asaba, ¿me equivoco?

Soltó todo el recital de una vez, y antes de tener la ocasión de aspirar una bocanada de aire, él la interrumpió.

– Si Asaba no te ha dicho donde vive, no seré yo quien lo haga. -Junko distinguió un atisbo de burla en su tono-. No me metas en vuestras movidas, ¿quieres?

«¡Vaya un imbécil!»

– Venga -rogó Junko.

– ¡He dicho que no!

Aquello no pintaba nada bien. Junko suspiró y accedió:

– De acuerdo, nos vemos allí.

El Café Currant era un local sórdido.

Tenía un aspecto tan poco acogedor que daba la impresión de que no había nadie que regentara el negocio. Los clientes casaban perfectamente con el lugar: con los bolsillos vacíos y sin prisa por hacer algo al respecto. El pomo de la entrada estaba pegajoso. Cuando Junko entró, echó un vistazo al pomo y al cerrojo, y se percató de que ambos eran de latón.

Sobre un suelo mugriento se alzaban unas cuantas sillas tapizadas de plástico rojo, y dispuestas alrededor de varias mesas baratas, de contrachapado. Una mujer con un mandil de color chillón se sentaba detrás de la barra, a la entrada. Un hombre se acomodaba en una esquina, riendo y hablando de forma escandalosa. La mujer no saludó a Junko cuando entró, pero la risa del asiduo se transformó en una mueca salaz. Llevaba una camisa blanca y holgada, y una gruesa cadena de oro ocupaba el lugar de la corbata.

Su mirada se centró sin dilación en el otro lado, donde descansaban las mesas junto a la ventana. Un hombre bajito de mediana edad aguardaba allí. Llevaba ropa de trabajo gris y un gorro negro. Se encorvaba sobre un calendario de carreras y se levantó ligeramente cuando vio a Junko. Esta respondió al gesto con una inclinación de cabeza y se sentó frente a él. El plástico rojo del asiento estaba sucio y en parte desgarrado, y de sus heridas se derramaba el relleno. Era extremadamente incómodo, y Junko temió engancharse las medias.

– ¿Usted es el señor Tsutsui, verdad?

– Eso es.

– Lo he sabido de inmediato -sonrió para poner una nota de humor.

Tras el asiento del hombre se alzaba un árbol artificial cuyas hojas de plástico descoloridas caían justo a un lado de su rostro. Junko pensó que quizá eso explicaba que su interlocutor pareciera un primate en mitad de la jungla. Un mono tan viejo y feo que todos habían rehuido de él.

– ¿Tienes la llave?

– ¿Puedo pedir algo primero?

Tsutsui estaba bebiendo café. O al menos eso supuso Junko al reparar en el líquido ennegrecido que contenía la taza.

No tenía sed, pero quería ganar tiempo para hacerse una idea del tipo de local en el que se encontraba. Aún esperaba poder sacar a aquel hombre la información que necesitaba. Lo único que quería era evitar llamar la atención. ¿Cuánta gente había allí? ¿El bar solo disponía de una entrada?

El lugar tenía una ventaja: las ventanas eran diminutas y quedaban cubiertas por motivos adhesivos con los que, obviamente, se pretendía conferir algo de discreción a la cafetería. Creaban una especie de efecto de cristal ahumado. Dicho efecto tomaba todo su significado por la densa cortina de polvo que tapizaba el cristal. Si lograba no prender las cortinas, no había razón para que nadie que pasase frente a las ventanas se diese cuenta de nada.

– Me gustaría tomar un café con hielo.

Tsutsui alzó la mano hacia la mujer de la barra.

– Café con hielo por aquí.

La camarera parecía disgustada y no se molestó en responder. El hombre con el que estuvo charlando se ocultó parcialmente tras la revista que sostenía en las manos para lanzar a Junko otra mirada.

– ¡Y un vaso de agua, si es tan amable! -Junko se dirigió a la mujer de la barra-. ¿Los aseos, por favor?

Junko tuvo la impresión de que había ofendido a la mujer con su pregunta. Sin articular palabra, ésta zarandeó la mano izquierda, apuntando hacia una puerta mosquitera. Puede que algún día existiera un letrero en el que se leyera: «Aseos», pero ahora solo quedaba un marco rectangular huérfano de letras. Junko se puso en pie y se encaminó hacia la puerta. Al pasar junto a la barra, sintió las descaradas miradas del hombre y la mujer. Echó un rápido vistazo hacia la parte posterior de la barra. A espaldas de la camarera, había una nevera grande y una puerta corredera que probablemente conducía a la trastienda. «Esto no me gusta nada. Una puerta normal hubiese sido más cómoda, más fácil de abrir», pensó.

Acto seguido, se volvió hacia el hombre de la barra y lanzó una sonrisa de lo más encantadora. Este se limitó a seguir mirándola, impasible.

El aseo estaba muy sucio, y el olor le daba ganas de vomitar. «Si me lavo las manos aquí, seguro que las dejo más sucias de lo que están», pensó. En un ejercicio de concentración, cerró los ojos.

El cliente de la barra no se marcharía en un buen rato. Debía hallar un modo de deshacerse temporalmente tanto de él como de la camarera. La mugre y el hedor le impedían concentrarse. Duplicó sus esfuerzos por tramar un plan de acción. Por fin, salió del aseo.

Cuando abrió la puerta, la camarera regresaba a la barra tras dejar un vaso de agua en la mesa de Junko.

– ¡Gracias! -exclamó, sonriente-. Ah, ¿podría traerme unas cerillas también?

Al volverse hacia la camarera, sintió los ojos de Tsutsui clavándosele en la espalda.

En cuanto la mujer se agachó detrás de la barra para coger las cerillas, Junko se mordió la lengua para dosificar el golpe. La descarga pasó justo por encima de la camarera y cruzó el bar como una flecha hacia la puerta de la entrada. Impacto contra el pomo y el cerrojo, y los derritió al instante, soldando la salida.

Se oyó un leve chirrido cuando la puerta, bajo la presión del impacto, casi se sale de sus goznes.

– ¿Qué ha sido eso? -El hombre de la barra se volvió hacia la entrada-. ¡Eh, hay humo saliendo de la puerta!

– ¿Qué? -exclamó la camarera, inclinándose hacia adelante.

El pomo expulsaba una fumarada negra. Apestaba, pero Junko no se detuvo. Al darle el cliente la espalda, lanzó otra descarga de energía hacia su sien derecha. Esta vez, el impulso adoptó la forma de un látigo. Manó desde el interior de Junko, se desplegó en el aire y cuando la domadora ladeó la cabeza hacia la derecha, fulminó al hombre en el punto previsto.

Tras el sonido del impacto, el hombre se desplomó del asiento.

– ¡Eh! ¿Qué te ha dado ahora? -gritó la mujer.

El látigo de energía liberada por Junko se retorció sobre sí mismo como un muelle y salió propulsado cual rayo hacia la mujer. Emitió un chasquido al cambiar repentinamente de dirección y rebotar contra el soporte de la barra, combándolo. Entonces, golpeó a la mujer, que salió disparada hacia atrás.

Su cuerpo impactó contra la puerta corredera antes de caer inconsciente al suelo. Junko dio otro latigazo hacia la nevera, que se estampó contra el lateral y empezó a fundirla. A medida que se doblaba, se inclinaba directamente sobre el cuerpo de la camarera.

En ese momento, Tsutsui se precipitó hacia Junko.

– ¿Qué demonios estás haciendo?

De inmediato, ella se dio la vuelta y le asestó un golpe en el estómago, que no solo lo frenó en seco sino que también lo propulsó por los aires. Este aterrizó contra el suelo, lo que no le impidió extender el brazo como si pretendiera obstaculizar el camino de quien lo había dejado fuera de combate. Con cautela, Junko pasó por encima del miembro, procurando no pisarlo.

El corazón le latía con tanta fuerza que apenas podía discernir un latido del siguiente. Tenía temperatura. El sudor manaba de una de sus cejas. Esos síntomas no eran fruto de la liberación de energía. No la había despedido lo suficientemente cerca de ella como para que sufriera daño alguno. No, era más bien el resultado de mostrar su verdadera naturaleza, la de un arma cargada, y de demostrar quién tenía el poder, quién era el más fuerte. La satisfacción resultó abrumadora.

– No tienes de qué preocuparte -Tsutsui yacía de espaldas, intentaba levantar la cabeza y ladearla hacia ella-. No te mataré si escuchas atentamente y respondes a mis preguntas. Es lo único que debes hacer.

– No… -Retorcía los labios y babeaba en sus esfuerzos por articular palabra-. ¡No, no me mates!

– ¿Acaso no te lo he dicho ya? No voy a matarte. Esos dos no están muertos. Solo inconscientes. -Mintió Junko.

Tsutsui era incapaz de moverse. Desesperado, hizo ademán de alejarse de Junko, pero las piernas no le respondían. Junko le sonrió.

– Por lo visto, te has roto la columna. Lo siento mucho, no pretendía ser tan brusca. Pero es culpa tuya, ¿sabes? Nada de esto habría sucedido si me hubieses dicho dónde está Asaba.

En cuanto Junko dio un paso hacia él, este prorrumpió en llanto como un niño.

– Ahora, responde a mi pregunta. ¿Dónde puedo encontrar a Asaba? ¿Dónde crees que se encuentra ahora mismo?

Le temblaron los labios. Una mezcla de saliva y sangre se deslizó por las comisuras y goteó sobre el suelo.

– ¡Venga! -instó Junko-. Quiero respuestas. La vida de alguien depende de ellas. -Se agachó para mirarlo. Estaba muerto de miedo. Pese a parpadear de modo convulsivo, no podía despegar los ojos de los de Junko.

– Sa…

– ¿Sa?

– Sakurai.

– ¿Sakurai? ¿El apellido de alguien?

– Es… Es… Es una tienda -farfulló antes de escupir la frase entera-. Ellos suelen pasar por allí. Es todo lo que sé. No sé nada más.

– ¿Dónde está ese lugar?

– U…U…U…

– ¡Suéltalo de una vez!

Daba la impresión de que Tsutsui intentaba despertar de una pesadilla. Cerró con fuerza los ojos.

– ¡No me mates!

– No te mataré siempre y cuando me respondas. Vamos, ¿dónde está?

– Uehara. Cerca de la estación de Yoyogi Uehara. Es una licorería. Hay un cartel frente a la estación. La encontrarás en seguida. -Le dio un golpe de tos. Tumbado en el suelo, su cuerpo quedaba doblado en una contorsión imposible. Pese a las convulsiones que estremecían su torso, las piernas permanecían completamente inertes. Habían quedado en la misma posición en la que habían aterrizado.

Junko extendió la mano hacia Tsutsui y le dio una palmadita en el hombro. El contacto lo horrorizó. La miraba con unos ojos inyectados en sangre.

– ¿No estarás mintiéndome, verdad?

– ¡No! ¡Lo juro!

– Sakurai es una licorería, y Asaba y sus amigos suelen dejarse caer por allí, ¿cierto?

El asintió con tanto énfasis que parecía tener un muelle en el cuello.

– La madre de Asaba regenta la tienda. Fui allí una vez. No tenía dinero para pagarme lo acordado, así que me pidió que fuera a ver a su madre.

Junko le lanzó una mirada suspicaz.

– ¿Dinero? ¿Qué dinero? ¿Tiene algo que ver con esta llave? – Sacó la llave hallada en el santuario del bolsillo de la chaqueta y la sostuvo frente a su cara.

– Sí. Así es -repuso con furia.

– Esta llave abre una taquilla, ¿verdad? ¿Dónde está?

– En… En la estación de Shibuya. Las taquillas de la entrada norte.

– ¿Qué hay en el interior?

El negó con la cabeza y esbozó una expresión con la que imploraba por su vida.

– ¡Por favor! ¡No lo sé! ¡No me mates! ¡Por favor! ¡Por favor!

– Responde a mi pregunta -insistió Junko, zarandeándole por el hombro-. ¿Qué hay en esa taquilla? Veamos, si no puedes decirlo, lo haré yo por ti. Es un arma, ¿verdad?

A Tsutsui le tembló la boca, dejando escapar un hilo de saliva. Junko observó su mano tendida en el suelo: grande y basta, unos dedos negros de grasa y llenos de padrastros. «Probablemente aceite lubricante». No apartó la mirada de su mano mientras proseguía con sus preguntas.

– Trabajas en una fábrica, ¿estoy en lo cierto? Y apuesto que eres muy bueno en tu trabajo.

– Vamos, nena…

– ¿Fabricas armas? Fabricas y vendes, ¿me equivoco?

– ¡Yo no sé nada!

– Ya te he dicho lo que va a pasar. Dime lo que sabes si quieres vivir. No intentes guardarte ningún secretito. Fabricas armas para el mercado negro, y Asaba y su banda son buenos clientes, ¿verdad?

Tsutsui parecía estar a punto de claudicar; su cabeza cayó a un lado.

– Si alguien se entera, estoy muerto.

– ¿Y quién va a matarte? ¿Asaba?

– Ese me trae sin cuidado. Asaba no es más que un gamberro de pacotilla. -Empezó a jadear-. Lo único que quería era sacarme un dinerillo extra.

Junko entendió lo que estaba diciendo.

– Ya veo. Trabajas para un fabricante de armas clandestino. Y lo que tu jefe no sabe es que has estado vendiendo armas por tu cuenta. ¿Es así? -El silencio de Tsutsui respondía a su pregunta-. Entiendo. -Junko se levantó despacio. Él le lanzó una mirada cargada de súplicas. La sujetó por el tobillo.

– Te lo he contado todo. He cumplido con el trato. Te he dicho todo lo que querías saber.

– Cierto. Y por ello te doy las gracias. -Con una débil sonrisa, Junko apartó bruscamente la pierna. La mano de Tsutsui rozó la punta de su zapato cuando cayó al suelo-. Ahora me toca a mí contarte un secreto.

– Llama a una ambulancia… ¡Por favor! ¡No le diré nada a nadie!

– Una pistola de las que vendiste fue utilizada anoche para cometer un asesinato.

– ¡Escucha, nena!

– Yo estuve allí. ¿Y sabes qué? Con la misma pistola me dispararon.

Tsutsui ya no la escuchaba. Estiraba la mano, en un intento por agarrarla del pie. A ojos de Junko, no era más que un gusano arrastrándose.

– Te dije que te perdonaría la vida si eras sincero conmigo – repitió.

Asintió con una sonrisa en la cara que denotaba una absurda sensación de alivio. Junko imitó su expresión antes de fulminarle con la mirada.

– Te he mentido.

Y entonces, dejó fluir la energía. Apuntó a su cuello sucio y arrugado, y liberó su fuerza emitiendo un rugido. El cuello de Tsutsui se partió al instante. El exceso de la descarga llegó a quebrar las tablas del suelo. Al arderle el pelo, Junko retrocedió rápidamente para evitar que su ropa prendiera también. Se volvió hacia la puerta y clavó la mirada en la cerradura fundida. No tardó en empezar a derretirse. El pomo cayó al suelo. Junko se acercó, le dio un pequeño empujón a la puerta y se marchó. El olor a quemado pendía en el aire de la calle, pero no había rastro de humo. Nada que pudiera levantar las sospechas de los transeúntes.

Cerró la puerta con cuidado para asegurarse de que todo quedaba en su sitio. Si alguien se fijaba bien, quizá se percatara de que no había pomo, pero poco más. Después, volteó el cartel de «Abierto», y se alejó de allí.

En la intersección de Aoto, mientras esperaba a que el semáforo se pusiera en verde, preguntó a una joven qué línea tomar para llegar a Yoyogi Uehara. La chica le dio en el acto todas las señas. Cuando terminó, lanzó una sonrisa cargada de disculpas a Junko y añadió:

– Perdone, pero lleva algo negro en la cara. Parece ceniza.

Junko se llevó la mano hacia la mejilla. Borró la marca negra con la palma de la mano.

– Gracias -sonrió-. Acabo de limpiar el extractor de la cocina.

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