Andrzej Sapkowski
Narrenturm

Ilustración: Alejandro Colucci, basada en un detalle de El triunfo de la muerte de Pieter Brueghel el Viejo

Diseño: Alejandro Terán


Traducción de José María Faraldo

Título original: Narrenturm


El fin del mundo no llegó en el Año del Señor de 1420, aunque señales muchas hubo de que así había de ser.


No se consumaron las aciagas profecías de los chiliastas que preveían con asaz precisión -para el año 1420, en el mes de febrero, en lunes, Santa Escolástica- la llegada del Fin. Mas pasó el lunes, vino el martes y tras él el miércoles, y nada. No llegó el Día del Castigo y la Venganza que había de anteceder a la llegada del Reino de Dios. No se liberó de sus prisiones al satán, aunque habían pasado mil años, y no salió éste para embaucar a las naciones de las cuatro esquinas de la Tierra. No murieron todos los pecadores del mundo ni los enemigos de Dios a causa de espada, fuego, hambre, granizo, de colmillo de bestia, de aguijón de escorpión o veneno de sierpe. En vano esperaron los fieles la llegada del Mesías en los montes Tabor, Carnero, Oreb, Sión y en el de los Olivos, en vano esperaron la nueva venida de Cristo las quinque civitates, las cinco ciudades escogidas que anunciaban las profecías de Isaías y por las cuales se tuvo a Pilsen, Klatovy, Louny, Slany y Zatec. No llegó el fin del mundo. El mundo no sucumbió ni estalló. Por lo menos no todo.

Y aún así se montó una buena.

Sabrosa está esta sopa, ciertamente. Densa, aromática y sazonada con liberalidad. Hacía mucho que no comía una así. Os agradezco, nobles señores, el convite, y ti también, posadera. ¿Si le hago ascos a la cerveza, preguntáis? No. Más bien no. Si queréis, entonces con gusto. Comedamus tandem, et bibamus, eras enim moriemur.

No se acabó el mundo en 1420, ni tampoco un año después, ni dos, ni tres ni siquiera cuatro. Las cosas llevaban, por así decirlo, su orden natural. Seguía la guerra. Se multiplicaban las epidemias, pululaba la mors nigra, se extendía el hambre. El hermano mataba y robaba al hermano, deseaba a su mujer y era, en general, un lobo con el hermano. A los judíos se les montaba de vez en cuando un pogromcillo, y a los herejes una hoguerita. Como novedad, sin embargo, los esqueletos vagabundeaban por los cementerios dando cómicos saltitos, la muerte medía la tierra con su guadaña, el íncubo se introducía entre los trémulos muslos de las mozas y la estrige se le echaba a la nuca al jinete solitario en las necrópolis. También el diablo se entrometía a pleno día en los negocios cotidianos y andaba entre las gentes tamquam leo rugiens, como león rampante, buscando alguien a quien devorar.

Mucha famosa gente murió en aquellos tiempos. Ja, y seguro que muchos nacieron también, mas resulta así que las fechas de los nacimientos por alguna extraña razón no se apuntan en las crónicas y no las recuerda nadie, quizá con la excepción de las madres y a excepción también de cuando el recién nacido tiene dos cabezas o al menos dos pitos. Mientras que si muere, ja, la fecha es segura como grabada en la piedra.

En el año de 1421, el lunes después del domingo en mitad del tiempo de la Pascua, habiendo vivido hasta la muy proba edad de sesenta años, murió en Opole Juan apellatus Hisopo, príncipe de la sangre de los Piastas y episcopus wloclauiensis. Antes de su muerte hizo donación a la ciudad de Opole de la cantidad de seiscientos marcos. Se dice que una parte de esta suma fue a parar por voluntad última del falleciente al famoso lupanar opolano de La Perrilla Roja. De los servicios de esta mancebía, que estaba situada a espaldas del monasterio de los Hermanos Menores, usó el truhán del obispo hasta su misma muerte, si bien al final de su vida ya sólo como observador.

En verano -no recuerdo la fecha precisa- del año 1422 murió en Vincennes el rey inglés Enrique V, vencedor de la batalla de Azincourt. Sólo dos meses más lo sobrevivió el rey de Francia, Carlos VI, ya desde hacía unos cinco años completamente chiflado. La corona la ansiaba el hijo del loco, el delfín Carlos. Pero los ingleses no reconocieron sus derechos. Pues la propia madre del delfín, la reina Isabel, había anunciado ya hacía tiempo que era un bastardo, concebido a cierta distancia del lecho matrimonial y con un hombre con todo su juicio. Y como los bastardos no heredan los tronos, se alzó como señor legal y monarca de Francia un inglés, hijo de Enrique V, el pequeño Enriquillo, que no contaba a la sazón más que con nueve meses. Regente de Francia fue nombrado el tío de Enrique, John de Lancaster, duque de Bedford. Éste, junto con los borgoñones, poseía el norte de Francia, París incluido, mientras que el sur lo controlaba el delfín Carlos y los Armagnac. Y en el territorio entre ambos reinos aullaban los perros en los campos de batalla.

Sin embargo, en el año 1423, el día de Pentecostés, murió en el castillo de Peñíscola, no lejos de Valencia, Pedro de Luna, el Papa de Aviñón, un maldito cismático que lo fue hasta su misma muerte, pese a las resoluciones de dos concilios, y que se titulaba a sí mismo Benedicto XIII.

De los otros que murieron por aquellos años y de los que aún me acuerdo, hay que contar a Ernesto el Férreo de Austria, príncipe de Estiria, Carintia, la Krajina, Istria y Trieste. Murió Juan de Ratisbona, duque que era de la sangre de los Piastas y de los Przemyslidas al mismo tiempo. Murió bien joven Venceslao, dux lubiniensis, murió el príncipe Enrique, señor junto con su hermano de las tierras de Ziebicach. Murió fuera de su patria Enrique dictus Rumpoldus, príncipe de Glogów y landvogt de la Alta Lausacia. Murió Nicolás Traba, arzobispo de Gniezno, varón honorable y sabio. Murió en Marienburg Michael Küchmeister, gran maestre de la Orden de la Santísima Virgen María. Murió también Jacobo Cebada, llamado el Pez, molinero de Bytom. Ja, ha de reconocerse que era éste algo menos conocido y famoso que los arriba nombrados, mas con la ventaja sobre ellos de que lo conocía yo personalmente y hasta con él había bebido. Mientras que con los arriba mentados pues como que no hubo ocasión.

También tuvieron lugar entonces sucesos importantes en el mundo de la cultura. Predicaba el inspirado Bernardino de Siena, predicaban Jan Kanty y Juan de Capistrano, impartían sus enseñanzas Juan Carlerius de Gerson y Pawel Wlodkowic, escribían sus letradas obras Cristina de Pisan y Tomás Hemerken á Kempis. Escribió su hermosa y gran crónica Vavrinec de Brzezova. Pintaba sus iconos Andrei Rubliov, pintaba Tomaso Masaccio, pintaba Robert Campin. Jan van Eyck, pintor del rey Juan de Baviera, hizo para la catedral de San Bavo de Gante el Altar del Cordero Místico, un políptico precioso que cubre las paredes de la capilla de Jodocus Vyd. En Florencia el maestro Pipo Brunelleschi terminó de elevar una maravillosa cúpula sobre las cuatro naves de Santa María de las Flores. Y hasta nosotros aquí en la Silesia no íbamos a la zaga. Pues don Pedro de Frankenstein finiquitó en la ciudad de Nysa una iglesia bien graciosa bajo el patronazgo de Santiago. No está nada lejos de aquí, de Milicz, quien no haya estado y no la haya visto ocasión tiene de ir y ver.

En aquel mismo año de 1422, en los propios carnavales, en el castillo de Lida, celebró con gran pompa sus esponsales el viejo lituano, rey de Polonia, Jogaila. Casóse con Sonka Holszanska, doncella lozana y gallarda, de diecisiete años, por entonces más de medio siglo menor que él. Por lo que se decía, más reputada era la doncella por su belleza que por sus costumbres. De modo que por fuerza hubieron de resultar de ello trastornos. Por su parte Jogaila, todito como si recordara el cómo ha de alegrarse a una esposa jovencilla, ya en el verano se echó a por los señores prusianos, los caballeros teutones, se entiende. Así sucedió que el nuevo gran maestre de la Orden, Pablo de Russdorf, sucesor de Küchmeister, nada más tomar posesión hubo de trabar conocimiento con las armas polacas y, ciertamente, un bien áspero conocimiento. Cómo fueran las cosas en la alcoba de Sonka, esperaremos en vano a saberlo, mas para darles a los teutones una buena en el culo, para eso era Jogaila aún varón de sobra.

También por aquellos tiempos tuvieron lugar cuantiosas cosas de importancia en el reino de Bohemia. Una gran agitación, gran derramamiento de sangre y guerra sin tregua. Mas de qué ando yo platicando… Perdonar han los nobles señores a este viejo, mas el miedo es cosa humana y ya hubo alguno que perdiera el gaznate por unas palabras descuidadas. Pues en vuestros jubones, señores, veo a los Nalecze y Habdanki polacos, y en los vuestros, nobles bohemios, el gallo de los señores de Dobra Voda y las flechas caballerescas de Strakonica… Y vos, discípulo de Marte, la cabeza de bisonte en el escudo os delata como a uno de los Zettritz. Y vuestros ajedrezados en través y vuestros grifos, señor caballero, ni siquiera sé dónde meterlos. No se puede excluir tampoco que tú, frater de la orden de San Francisco, no espíes para el Santo Ofjcio mientras que vos, hermano de Santo Domingo, es casi seguro que espiáis para ellos. Así que vuesas mercedes mismas se darán cuenta de que no me es posible en compañía tan internacional y diversa el hablar de las cosas de Bohemia no sabiendo quién está aquí a favor de Albrecht ni quién a favor del rey y el príncipe de Polonia. Quién a favor de Menhart de Hradec y de Oldrich de Rozmberg y quién a favor de Hynek Ptacek de Pirkstajn y Juan Kolda de Zampach. Quién está del lado del comes Spytko de Melsztyn y quién es partidario del obispo de Olesnica. Pues yo no tengo gana ninguna de palos, mas bien sé que habría de recibirlos, puesto que ya algunas veces recibiera. ¿Y que cómo es eso, preguntáis? Pues de este modo: si digo que en los tiempos de los que estoy relatando los valientes husitas bohemios les acortaron el jubón a los alemanes con bravura y que hicieron picadillo a tres cruzadas papistas, vierais cómo me rompían los morros los unos. Y si digo que por entonces, en las batallas de Vitkov, Vysehrad, Saaz y Brod de los Alemanes, vencieron los herejes a los cruzados con ayuda diabólica, me agarrarán los otros y me molerán las costillas. Así que mejor será callar y si se hablara de algo, entonces con la neutralidad de un cronista, contando, como suele decirse, sine ira et studio, escueto, flemático, ecuánime y sin añadir comentario de propia parte alguno.

Así que hablaré entonces brevemente: el otoño del año de 1420 rechazó el rey de Polonia Jogaila la corona de Bohemia que le ofrecían los husitas. Se pensó en Cracovia que la corona la tomara el dwc lituano Vitoldo, quien siempre había querido reinar. Sin embargo, para no molestar en demasía ni al rey de Roma Segismundo ni al Papa, se mandó a Bohemia al sobrino de Vitoldo e hijo de Korybut, Segismundo. Éste se plantó en la Dorada Praga al frente de cinco mil caballeros polacos en el año de 1422, para el día de San Estanislao. Mas ya para los Reyes Magos del año siguiente hubo de volver el principejo para Lituania, de tal modo se enrabietaron con el asunto de la sucesión de Bohemia el Luxemburgués y Oddo Colonna, quien por aquel entonces era ya Su Santidad Martín V. ¿Y qué me vais a decir? Ya en 1424, en la víspera de la Visitación de la Virgen, andaba el Korybutilio de vuelta en Praga. Esta vez en contra de la voluntad de Jogaila y de Vitoldo, en contra de la del Papa y en contra la del rey de Roma. Es decir, como rebelde y proscrito. Y a la cabeza de rebeldes y proscritos como él. Y ya no en número de miles, sino de cientos.

En Praga, por su parte, la revuelta, como Saturno, devoraba a sus propios hijos y unos partidos combatían a otros. A Jan de Zeliva, al que habían cortado la cabeza el lunes después del domingo de Reminiscere del año de 1422, lo lloraban ya en mayo de aquel año en todas las iglesias como mártir. La Dorada Praga se opuso también a Tabor con arrojo, mas aquí se topó el martillo con su yunque. Es decir, con Jan Zizka, gran guerreador. En el Año del Señor de 1424, día segundo tras las nonas de junio, impartióles Zizka a los praguenses una horrenda lección en Malschau, junto al río Bohynka. Ay, muchas, muchas viudas y huérfanos quedaron en Praga tras aquella batalla.

Quién sabe, puede que fueran precisamente las lágrimas de los huérfanos las que causaran que poco después, el miércoles antes de San Gallo, muriera en Prybyslav, cerca de la frontera morava, Jan Zizka de Trocnov o, como luego se llamó, de Kelch. Y lo enterraron en Hradec Králové y allí descansa. Y tal como antes hubo quien lloró por su causa, ahora otros lloraron por su pérdida. Que los había dejado en orfandad. Y por eso se llamaron a sí mismos «los Huérfanos»…

Pero esto seguro que todos lo recordáis. Porque de ello es verdad que no hace mucho tiempo. Y ya parece todo… histórico.

¿Sabéis, nobles señores, cómo se puede reconocer que unos tiempos son históricos? Pues porque pasan muchas cosas y muy deprisa.

Y por entonces pasaron muchísimas cosas y extremadamente deprisa.

Como se ha dicho, no llegó el fin del mundo. Aunque señales hubo muchas de que así había de ser. Pues hubo -exactement como decían las profecías- grandes guerras y grandes derrotas para las gentes cristianas y muchos hombres murieron. Parecía como que el mismo Dios deseaba que naciera un nuevo orden por medio de la destrucción del antiguo. Parecía que se acercaba el Apocalipsis. Que la Bestia de los Diez Cuernos salía del Hades. Que se veía a los Cuatro Jinetes terribles entre el humo de los incendios y los campos ahogados en sangre. Que ya mismo iban a sonar las trompetas y los sellos se iban a romper. Que iba a caer fuego del cielo. Que caía la Estrella del Ajenjo sobre la tercera parte de los ríos y sobre las fuentes del agua. Que el hombre enloquecido al ver la huella de los pies de otro hombre tras el incendio, fuera a besar la tal huella con los ojos anegados por lágrimas.

Tan terrible fuera a veces que, con perdón de vuesas mercedes, hasta el culo se le helaba a uno.

Tiempos fueron aquellos peligrosos. Crueles. Y si los señores lo permiten, hablaré de ellos. Sólo para matar el aburrimiento, en tanto la tormenta que nos sujeta aquí en la posada no escampe.

Os hablaré, si lo queréis, de aquellos tiempos. De las gentes que por entonces vivieron y de aquéllos que vivieron por entonces pero que gente no eran. Os hablaré de cómo tanto los unos como los otros se las vieron con los tiempos que les tocó en suerte. Con el destino. Y con ellos mismos.

Comienza esta historia de forma amena y dulce, vaporosa y delicada, con unos amores agradables y ardientes. Pero que esto, nobles señores, no os engañe.

Que esto no os engañe.

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