—Quienesquiera que sean —indicó Ragh—, creo que se ocultan detrás de aquellos pinos.
—O lo que sean —corrigió Dhamon.
Miró con atención los árboles, a la vez que dejaba fuera de su percepción las sordas voces de sus compañeros para concentrarse en el lejano sonido. Oyó el susurrar de arbustos y el tenue ruido de ramas de pino rozándose entre sí; también distinguió voces, al menos cuatro distintas.
—Sean lo que sean —repitió—. No son humanos.
No sonaban humanos a sus muy agudos oídos, y hablaban en un chirriante tono gutural que no reconocía.
Ragh escuchó con atención durante unos minutos, con la cabeza ladeada.
—Estoy de acuerdo… son voces extrañas. Acabo de captar algo. Una palabra: «bendita». Otra: «Takhisis».
Mientras proseguían los susurros, una figura menuda salió a toda velocidad de detrás de los pinos.
—Distingo al menos seis voces —dijo Dhamon, y señaló al que corría.
—Goblins.
Ragh escupió la palabra; aunque no podía estar seguro de la forma que tenía la criatura, que corrió veloz hasta colocarse detrás de un grupo de arbustos ralos, había conseguido por fin identificar el lenguaje. Había pasado tiempo suficiente en Krynn para reconocer la lengua goblin cuando la oía.
—Ratas grandes.
Ragh permaneció en silencio, sin dejar de observar a Dhamon a la espera de una señal, pero dirigiendo también veloces miradas a Maldred y Fiona para asegurarse de que no causaban problemas. La dama solámnica, que forcejeaba con las ligaduras de las muñecas, captó su mirada, se quedó quieta, y se encogió de hombros.
—Si sólo hay seis, podríamos hacer como si no los viéramos —sugirió Ragh.
—Hay más de seis —advirtió Maldred, que se había acercado por detrás de ellos y también contemplaba los árboles—. Tal vez no oigas a más de seis, pero los goblins no viajan en grupos tan reducidos. Al menos debe de haber el doble.
—No tendrían que ser un problema, no importa cuántos sean. —Dhamon se echó la alabarda sobre el hombro derecho—. He descubierto que los goblins no son más que una molestia. Ratas de gran tamaño, como Ragh ha dicho. Y mueren deprisa.
Los dos días pasados en el barco de pesca habían hecho maravillas por su salud, y la grave herida provocada por Fiona casi había cicatrizado por completo. El dolor que le provocaban las escamas había disminuido algo, y la fiebre lo había abandonado a primeras horas de esa misma tarde. Se sentía vivo y alerta, y descubrió que esperaba casi con anhelo una pelea para poner a prueba las recuperadas energías; aunque los goblins no representarían un gran desafío.
—No, no deberían ser un problema —coincidió Ragh—, dependiendo de cuántos haya.
—Ya he dicho que no importa cuántos sean.
Dhamon vio a uno con claridad, agazapado entre las ramas desnudas de un achaparrado matorral de guillomo. Se encontraba a unos treinta y seis metros de distancia, y la luz que se desvanecía servía para darle un aspecto especialmente grotesco. Era una criatura pequeña, que no llegaba ni al metro de altura, con una piel moteada de color marrón rojizo salpicada de verrugas. El rostro era plano, como si hubiera chocado contra un muro de piedra, y la nariz demasiado ancha para el resto de la cara, mientras que las orejas eran asimétricas e irregularmente puntiagudas. Al contemplarlas con más atención, Dhamon descubrió que la frente se inclinaba hacia atrás un poco, para dar paso a un grosero conjunto de mechones de pelo castaño oscuro en la parte superior y en los costados de la cabeza. Los ojos enormes, que le permitían disponer de visión nocturna estaban muy abiertos y fijos en Dhamon.
—Esos malditos goblins son un fastidio —siseó Dhamon—. Son peores que las ratas.
Dio un paso en dirección al guillomo y observó que otros tres seres salían corriendo de entre los pinos y saltaban al grupo de matorrales. Todos sujetaban toscas lanzas cortas en las retorcidas manos, y los larguiruchos brazos les llegaban casi hasta las rodillas. Eran unos seres asquerosos.
Los goblins parloteaban detrás de los arbustos, y las palabras, que sonaban igual que bufidos y gruñidos, recordaron a Dhamon una jauría de perros discutiendo por un hueso.
—¿Qué dicen? —preguntó al draconiano.
—Hablan sobre nosotros —respondió éste—. Principalmente sobre Maldred. Por su color, saben que es un mago ogro y que puede lanzar hechizos. Tienen miedo a la magia. —Tras unos instantes, añadió—: Sin embargo, tú les tienes perplejos. Creen que eres una especie de drac o draconiano, pero quieren verte más de cerca. Y… se preguntan cuántas monedas de acero podrían sacar por Fiona.
—Dejemos que se preocupen y se hagan preguntas. No tardarán en morir. —Dhamon avanzó a grandes y decididas zancadas hacia el grupo de matorrales, y echó hacia atrás la capucha para que los goblins pudieran ver su rostro cubierto de escamas—. Me pregunto cuánto tiempo tardaré en liquidarlos. —Dirigió una veloz mirada de reojo—. Ragh, vigila a Fiona y a Maldred.
—Son una docena —anunció el draconiano, en el mismo instante en que ese mismo número de criaturas salía de su escondite, agitando lanzas entre sonoros gritos—. Son una docena, por lo que puedo ver.
Los goblins salieron de los matorrales, aunque no avanzaron más que unos metros. Apestaban; una ráfaga de viento arrastró el hedor al interior de su nariz, y Dhamon tuvo que hacer un gran esfuerzo para no vomitar.
Las criaturas elevaron las disonantes voces en un agudo y molesto coro. Dhamon avanzó a paso largo entonces, seguro de que huirían, pero con la esperanza de que algunos se quedasen y pelearan. Ante su sorpresa, todos los goblins se mantuvieron firmes, agitando las lanzas en el aire, mientras el más pequeño de todos ellos daba saltos y vítores.
—Como prefieras —dijo, a la vez que alzaba la alabarda y la blandía—. Veamos a cuántos de vosotros puedo matar de una arremetida.
La hoja silbó con energía mientras barría al frente, y sólo entonces dieron un salto atrás los goblins situados en su trayectoria. Dhamon hizo girar el arma para otro barrido, pero se detuvo para no abatir a alguna de las criaturas.
—Maldita sea.
Comprendió que ninguna de ellas lo amenazaba en realidad.
Ninguna se había lanzado al frente, ni una sola había arrojado una lanza; se limitaban a dar saltitos y a ulular de un modo muy molesto.
Dhamon soltó un suspiro de exasperación. El buen corazón de Maldred —el Maldred que había sido su amigo en una ocasión y que, en aquellos tiempos, parecía venerar la vida— puede que finalmente se le hubiera pegado también a él.
—¡Pelead contra mí!
Maldijo, pues no era capaz de atacar a las desagradables y diminutas criaturas a menos que éstas realizaran algún movimiento hostil; pero aquellos seres se limitaron a permanecer en sus puestos y a lanzar vítores aún más potentes.
—Maravilloso —rezongó Dhamon—; ¿vais a pelear o simplemente a gritar y bailar?
Se oyeron más ruidos, gruñidos y chasqueos. Los goblins siguieron parloteando mientras formaban un semicírculo a su alrededor, y sus gruñidos y refunfuños parecían casi rítmicos en esos momentos. El más alto del grupo, un anciano encorvado con un sucio pellejo amarillo y más de una docena de aros de acero ensartados en labios, mejillas y nariz, agitaba violentamente la mano en dirección a los pinos. Otro señalaba detrás de Dhamon, al lugar donde Ragh, Fiona y Maldred aguardaban.
De detrás de los árboles surgieron cuarenta goblins más, todos con lanzas, y la mitad de ellos luciendo pedazos de cuero que habían cosido entre sí para formar petos. Uno ostentaba un casco, de talla humana, que había sido martilleado en ciertos lugares para ajustarlo y evitar que resbalara y cubriera toda la cabeza de su propietario, y dos sostenían escudos de madera llamativamente pintados con las imágenes de goblins boquiabiertos. Se mostraban animados y gruñones, si bien ninguno agitó lanza alguna en actitud amenazadora en dirección a Dhamon.
—¡Ragh!
—Ya voy —respondió el draconiano, que apuntó con la espada larga primero a Fiona, luego a Maldred—. Moveos, vosotros dos; pero quedaos delante de mí para que os pueda vigilar.
—¿Qué dicen ahora? —preguntó Dhamon cuando Ragh y los otros se aproximaron.
En esa ocasión fue Maldred quien respondió:
—Fundamentalmente te están dando la bienvenida a Throt, sólo que ellos la llaman Hogar Goblin. Se sienten honrados por tu presencia. Al parecer han decidido que tú y el sivak sin alas os encontráis entre las mayores creaciones de Takhisis, y creen que vuestra presencia es una bendición para ellos. El jefe arguye que Ragh es la mayor bendición, sin embargo, ya que tú todavía posees carne y podrías ser humano en parte.
—¿Y tú, ogro?
—Creen que soy tu esclavo, y que Fiona es de tu propiedad.
—¿Ragh?
—Maldred lo está traduciendo con mucha fidelidad —bufó éste.
—No paran de hablar. ¿Dicen alguna otra cosa que valga la pena tener en cuenta?
Maldred permaneció en silencio, y su mirada fue de los goblins a Dhamon mientras decidía cómo responder.
—Preguntan cómo os pueden servir, a vosotros los «hijos perfectos» de su venerada diosa.
El cielo siguió oscureciéndose junto con el estado de ánimo de Dhamon, y éste volvió a sentir que el suelo temblaba bajo sus pies; tal vez el anuncio de un terremoto.
—Hijos perfectos de Takhisis. Ja. De modo que todo el mundo piensa que soy un monstruo —musitó—. Y tal vez todos tengan razón.
El parloteo goblin cesó cuando Dhamon alzó la alabarda hacia el cielo, y, como una sola, las extrañas criaturas adoptaron una postura parecida a una posición de firmes, sin apenas respirar, y paseando la mirada entre Dhamon y Ragh, todos con expresión nerviosa. La quietud la rompió el aullido de un lobo, y al poco rato también se oyó el chirrido de un ave nocturna al pasar sobre sus cabezas. El suelo volvió a temblar ligeramente, durante más tiempo ahora, antes de calmarse.
Ragh fue a colocarse junto a Dhamon, y le dijo en un tono que era apenas un susurro:
—Utilízalos, Dhamon. Ponlos de nuestro lado, y entonces no tendremos que preocuparnos por ellos.
—¿Preocuparnos? A mí sólo me preocupa una cosa.
—Sí, lo sé. Encontrar al Dragón de las Tinieblas —dijo el draconiano por él.
—De acuerdo. Veamos si pueden ayudar —concedió Dhamon—. Veamos si pueden guiarnos a Haltigoth, es decir, al pueblo cercano a Haltigoth donde están Riki y mi hijo.
«Resultarán una agradable molestia si lo hacen —pensó—. Pueden ayudar en la lucha contra los hobgoblins que hay en las afueras del pueblo si es necesario».
—Nos pondremos en marcha ahora. Las nubes se están disipando y con la luna en el cielo tendremos luz suficiente para viajar.
Ragh se apresuró a transmitir las órdenes a los goblins, y cuando finalizó, varios de ellos sonrieron de oreja a oreja y menearon las deformes cabezas.
—Se sienten muy felices de poder ayudarnos —explicó el draconiano a su compañero—, aunque dicen que hay varios poblados humanos cerca de Haltigoth. ¿Cómo sabrán cuál es el correcto? Temen disgustarte si se equivocan de lugar.
—Ya lo creo que deben temer disgustarme —dijo él—, aunque cuento con que la mujer de la bola de cristal nos diga cuál es el poblado.
Anduvieron hasta bien pasada la medianoche, a una marcha forzada marcada por Dhamon, que hizo que los goblins corrieran sin aliento y se sujetaran los huesudos costados. El terreno no ayudaba demasiado, ya que estaba lleno de tocones de árboles y rocas afiladas, con pronunciadas depresiones y pizarra resbaladiza que hacían resbalar a las pequeñas criaturas. Dhamon no encontró nada interesante en Throt; el lugar era primitivo, y habría preferido evitar aquel territorio.
Cuando los goblins empezaron a quedarse demasiado rezagados e incluso Ragh, Fiona y Maldred tuvieron problemas para mantener su ritmo, Dhamon se detuvo de mala gana junto a un delgado y sinuoso arroyo. La luna estaba alta, y por ese motivo, iluminaba con claridad la moribunda vegetación que los rodeaba y hacía relucir el agua como plata fundida. Los goblins se esforzaron por recuperar el aliento, mientras se mantenían a una respetuosa distancia de Dhamon y sus compañeros.
Dhamon había comprobado que ninguno de aquellos seres conocía el Común, de modo que podían hablar con toda libertad sin temor a insultar o provocar a sus guías.
—Ser venerado por esos seres resulta desagradable —confesó al draconiano.
Resultaba evidente que Ragh no compartía aquel sentimiento, pues gozaba con la adoración de los goblins, y los mantenía ocupados trayéndole agua del arroyo y arrancando manzanas dulces que colgaban todavía de un árbol próximo.
Retiraron la mordaza de la boca de Fiona pero no le desataron las manos. La Dama de Solamnia no quiso aceptar fruta ni agua y se negó a entablar conversación con nadie.
—Creen que vamos a pedir un rescate por ella en ese pueblo. Creen que es un miembro de la realeza.
—No les lleves la contraria en eso, Ragh.
—Quieren saber por qué ni tú ni yo tenemos alas.
—¿Qué les has contado? —inquirió Dhamon con una mueca.
El otro le ofreció una sonrisa lúgubre.
—Les dije que sinceramente no sabía dónde había perdido las mías, que con toda probabilidad en alguna gran batalla ocurrida hace tantas décadas que lo he olvidado.
—Y ¿respecto a mí?
—Les expliqué que tus alas no han brotado aún.
El draconiano lamentó al instante sus palabras en cuanto vio cómo se ensombrecían los ojos de su compañero.
»En cuanto a Sabar —siguió, cambiando apresuradamente de tema.
Tomó con cuidado la bolsa de tela que colgaba de su cintura y extrajo la bola de cristal.
Se oyó toda una colección de ooohs y aaaahs procedentes de los goblins, y unos cuantos se aproximaron en exceso hasta que Dhamon los detuvo con una mirada.
—Ogro —llamó Dhamon a Maldred—, vuelve a usar el cristal, y a ver si consigues encontrar el pueblo para nosotros. Quiero visitar a Riki y al niño.
Maldred eligió un pedazo de suelo llano y polvoriento, extendió las piernas y depositó la bola con la base en forma de corona entre las rodillas. Utilizar el cristal era mucho más fácil ahora, pues su mente estaba familiarizada ya con la mágica pulsación del objeto. Las neblinas moradas no tardaron en inundar la esfera, para luego separarse y dar forma a la imagen de Sabar.
—Me buscas de nuevo, ser sagaz —ronroneó la mujer al ogro—. ¿Vamos emprender otro viaje juntos? Me gustaría.
Maldred negó rápidamente con la cabeza.
—Muéstranos el pueblo, Sabar —indicó con suavidad.
—¿Bloten?
—No; el que mostraste antes de ése, aquél en el que vivían la semielfa y la criatura.
—Como desees, ser sagaz.
La mujer giró sobre sí misma dentro de los confines del cristal, y el pueblo fue apareciendo poco a poco. Dhamon hizo una seña a un viejo goblin para que se acercara, y la criatura se inclinó sobre la esfera, con un dedo extendido que casi tocaba el cristal, pero claramente asustada.
—Pregúntale si… —Dhamon dio un codazo a Maldred, sin dejar de observar con atención mientras la imagen cambiaba para mostrar a Riki dormida con el bebé sobre el pecho, y con Varek acurrucado a su lado—. Pregúntale si ha visto este lugar.
El tosco lenguaje goblin sonó aún peor en la profunda voz de Maldred. El mago ogro habló durante un buen rato, deteniéndose a intervalos para permitir que el otro respondiera; por fin, Maldred alzó los ojos del cristal.
—El nombre del viejo goblin es Yagmurth Dientesafilados. Es el jefe y dice que sabe dónde se encuentra este pueblo. Al parecer tanto él como su gente lo conocen bastante bien, pues suelen visitarlo a finales de verano, para saquear pequeños campos de maíz y patatas, y en primavera regresan cuando nacen las ovejas. Sin embargo, no lo visitaron este verano, ya que ha habido un ejército de hobgoblins acampado a las afueras durante los últimos tres o cuatro meses. —Un atisbo de sonrisa apareció en el rostro de Maldred—. Los goblins esperan que los «hijos perfectos de su venerada diosa» los acaudillarán contra sus primos, los hobgoblins, de modo que puedan aplastar al enemigo y volver a hacer incursiones en el pueblo en busca de comida.
Dhamon estudió al goblin llamado Yagmurth.
—Sólo si es necesario existirá un enfrentamiento con los hobgoblins. Díselo. Los combates ocupan tiempo, y no estoy de humor para malgastarlo. Habrá un combate sólo como último recurso, ya que haré cualquier cosa para asegurarme de que Riki y el niño permanecen a salvo. Pero no le digas eso. De hecho… —Sintió cómo el suelo temblaba otra vez—. Maldred, pregunta a la bola de cristal…
El mago ogro se sobresaltó, ya que Dhamon no lo había llamado por su auténtico nombre desde que habían sido transportados de la celda de Nostar a la cueva del Dragón de las Tinieblas.
—Pregunta al cristal si todavía está a mi alcance curarme.
Se pasó la mano por encima del estómago, y notó el contacto de todas las escamas que ocultaba la andrajosa túnica; luego tocó el lado izquierdo del rostro para asegurarse de que seguía habiendo carne allí, y aguardó impaciente mientras el otro conversaba con Sabar. Se relajó visiblemente y exhaló un profundo suspiro de alivio cuando oyó que la mujer respondía afirmativamente.
—Pero Sabar dice que no te queda mucho tiempo para encontrar la cura —explicó Maldred—. Tienes que encontrar al Dragón de las Tinieblas pronto.
—Sí, Mal, me doy perfecta cuenta de ello.
La fiebre había regresado de improviso, y la piel de la mejilla estaba empapada de sudor, a pesar del frío de la noche otoñal. El estómago le ardía como si tuviera una hoguera en su interior. Dhamon se apartó repentinamente, para dirigirse hacia el arroyo.
—¿Por qué no echas una mirada a tus detestables montañas de Blode mientras estás en ello? Comprueba cómo está tu querido padre.
Ragh le arrebató el cristal.
—Eso ya lo hiciste, ¿no es cierto? —El draconiano devolvió la bola a la bolsa, que ató al improvisado cinturón—. Ya no necesitas usar esto.
Dhamon se despojó de la harapienta túnica, lo que le mereció más oohs y aahs por parte de los goblins que lo seguían, que contemplaron con admiración las escamas que le cubrían el cuerpo. Se introdujo en las aguas, con la esperanza de que su frialdad ahuyentara la fiebre y extinguiera el fuego que ardía en el estómago. Dejó la alabarda en la orilla y gruñó cuando un goblin se acercó para tocar el arma.
—¡Retrocede!
La criatura no necesitó traducción, pues el significado quedaba muy claro en los ojos del hombre. El goblin marchó corriendo a reunirse con ocho de sus compañeros, que estaban sentados en la parte alta de la ribera, a una respetuosa distancia. Todos observaban con suma atención cada movimiento de Dhamon. Cuando el suelo volvió a temblar, con más fuerza que antes, Dhamon vio que la expresión de los rostros aplastados de aquellos seres se convertía en una de horror. Los temblores persistieron y se tornaron más intensos. Unos guijarros rodaron por la orilla y cayeron al arroyo.
Dhamon saltó fuera, y casi perdió el equilibrio mientras la tierra retumbaba. Con las lanzas en la mano, los goblins parloteaban entre sí asustados, reunidos en pequeños grupos chillones.
—¡Tienen miedo! —gritó Ragh a Dhamon.
—No necesito hablar su lengua para saberlo.
—Aguardan tus órdenes.
Dhamon volvió a ponerse la ropa y agarró la alabarda. Vio que Fiona daba un traspié al intentar levantarse.
—Suéltala, Ragh. Eso la ayudará a mantener el equilibrio.
El aludido hizo intención de protestar pero se lo pensó mejor cuando las sacudidas se volvieron más acusadas. Mientras el draconiano se encaminaba hacia la dama solámnica, una hendidura apareció detrás de él y media docena de goblins fueron engullidos por ella.
Antes de que sus histéricos compañeros pudieran rescatarlos, el suelo bajo el manzano dulce estalló en un géiser de tierra y rocas, que hizo rodar el árbol orilla abajo y huir en todas direcciones a la mitad de los goblins que quedaban.
Algo empezó a alzarse del suelo en el punto donde había estado el frutal.
—¡Por mi padre! —exclamó Maldred—. Por todos los niveles del Abismo, ¿qué es eso?
El mago ogro no había esperado recibir una respuesta, pero obtuvo una del sivak.
—Es un coloso pardo —gimió Ragh.
—Un ¿qué? —preguntaron Dhamon y Maldred, prácticamente al unísono.
—Un monstruo —siseó Fiona.
Trepando al exterior de un agujero cada vez más abultado había una criatura repugnante, que fácilmente mediría unos dos metros y medio de altura y casi lo mismo de ancho. Parecía un cruce entre un enorme mono y un crustáceo, con largas pinzas de cangrejo, que chasqueaban ruidosamente, en los extremos de brazos enormes, y era del color de la tierra húmeda, a la que olía de un modo inconfundible. Un par de aserradas mandíbulas a ambos lados de la cavernosa boca eran tan negras como la medianoche, y los ojos —cuatro en total, colocados en parejas— eran más oscuros aún.
Patas gruesas como troncos de árbol se doblaron cuando la extraña criatura se sacudió, y esparció a su alrededor una lluvia de tierra. El coloso pardo golpeó el suelo con las enormes zarpas que tenía por pies, y el terreno volvió a estremecerse.
La criatura volvió la cabeza, con las mandíbulas en movimiento y las pinzas chasqueando. La boca se abrió despacio, para mostrar una intensa negrura, y los dientes, que parecían afiladas raíces, eran también del negro más profundo, aunque relucían de un modo sobrenatural. Cuando la criatura rugió, fue como si lo hicieran una docena de leones enfurecidos, una explosión de ruido que inundó la noche y arrancó lágrimas a los ojos de los goblins.
—¡Los ojos! —chilló Ragh—. ¡No miréis a los ojos del coloso pardo! ¡Hay magia en ellos!
Él draconiano repitió la orden en la lengua de los goblins; luego, con la mirada desviada, avanzó tambaleante, encabezando la carga con la larga espada tendida ante él, pero, en un segundo, la dama solámnica se colocó frente a él, le cortó el paso y le arrancó la espada de las zarpas. Sin hacer caso de su exclamación, Fiona se acercó a la bestia, con el arma centellando bajo la luz de la luna llena.
El coloso pardo alargó los brazos a los costados en una macabra pose triunfal, luego rugió con más fuerza aún y avanzó al encuentro de la mujer.
—Estaba cazando a los goblins —dijo Maldred en voz baja; el mago ogro dirigía furtivas miradas a la criatura sin mirarle a los ojos—. Las vibraciones del suelo indican su paso. Estaba excavando como una tuza.
El ogro tenía las manos en el aire, con los dedos bien separados, y las palmas relucían llenas de magia.
Dhamon no había dado permiso a Maldred para lanzar ningún conjuro, pero aquél no era momento para discutir. Se lanzó al frente, para alcanzar al coloso pardo antes que Fiona.
La mujer llegó primero, y alzó los ojos para contemplar los cuatro mareantes ojos del ser.
—Locura —declaró, al mismo tiempo que parpadeaba y sacudía la cabeza—. Hermosos ojos.
A continuación, permaneció inmóvil un instante, como paralizada, balanceándose adelante y atrás mientras la criatura rugía.
—Locura —repitió, recuperados de algún modo los sentidos.
Casi todos los goblins que no habían huido o bien permanecían inmóviles, fascinados, o bien vagaban sin rumbo a lo largo del arroyo, como atrapados en una especie de hechizo mágico que embotaba la mente. Uno pasó demasiado cerca de la bestia, demasiado aturdido para ver cómo un brazo-pinza salía disparado hacia él, y demasiado entumecido para sentir cómo las pinzas se cerraban alrededor de su cintura.
El coloso pardo alzó en alto al goblin, luego apretó a la pequeña criatura hasta casi partirla en dos. A continuación el monstruo echó la cabeza hacia atrás, abrió la boca y se tragó a su víctima, todo en un mismo movimiento. El gigante fue en busca de otra presa.
—¡Monstruo! —gritó Fiona, y su voz sonó, momentáneamente, como la de la Fiona de antaño.
Echó hacia atrás la espada y la descargó al frente con energía, pero aunque la hoja se hundió en el cascarón quitinoso del brazo-pinza del ser no le produjo daños considerables. La dama solámnica, como si estuviera poseída, golpeó una y otra vez a la gigantesca criatura; entre tanto, Ragh consiguió maniobrar hasta colocarse detrás de ambas y se unió a la refriega, clavando las zarpas en la espalda del coloso pardo a la vez que apartaba a patadas a los aturdidos goblins.
Otro goblin fue a parar a las fauces del coloso pardo.
—¡Estaremos toda la noche igual! —gritó Dhamon, al observar que ni Fiona ni el sivak parecían causar auténtico daño al adversario—. ¡Tiene la piel tan dura como el metal de una armadura!
Se acercó más, esquivando por los pelos unas pinzas, que apartó a un lado con el extremo de la alabarda. Al tener a Ragh y a Fiona tan cerca, Dhamon no podía arriesgarse a blandir el arma en un amplio arco, así que, en su lugar, la alzó por encima de la cabeza y la descargó con fuerza como si fuera una cuchilla. Se sentía curiosamente ávido de disputar un buen combate.
En cuanto la hoja de la alabarda penetró en el hombro del coloso pardo, la espesa sangre verde del ser salió disparada a lo alto como un surtidor y cayó sobre todos ellos.
—¡Sangra! —exclamó Fiona—. ¡Si puede sangrar, puede morir!
La dama aceleró sus esfuerzos, y, aunque algunos golpes rebotaron en el acorazado pellejo de la criatura, unos cuantos se hundieron en el brazo justo por encima de las pinzas. Las runas que recorrían la hoja del arma brillaban azules, y el afilado borde centelleaba a la luz de la luna.
—¡Puedo matarlo con esta espada!
Retrocedió para lanzar una estocada, justo en el momento en que el coloso pardo giraba con una velocidad inesperada para su tamaño, y un brazo-pinza salía disparado al frente, con un sonoro chasqueo. Fiona poseía reflejos veloces y se apartó en el último instante, pero el ser le enganchó las ropas. La dama giró para colocarse detrás del adversario, apartó a Ragh, y aceleró el frenético ataque.
—¡Lo cierto es que le estamos haciendo daño!
Aquellas palabras las gritó el sivak, que también había conseguido herir a la criatura así como hacer que derramara parte de su maloliente sangre.
Dhamon se adelantó para lanzar un potente golpe, y esta vez consiguió clavar más profundamente el arma en el hombro del animal y herir a la criatura de tal modo que uno de los brazos-pinza se contrajo, para, a continuación, colgar inerte. Descargó el arma de nuevo, con más fuerza esta vez, y el ser profirió un alarido, un sonido horrible, que recordaba el chirriar cuando chocan dos piedras. El suelo tembló, y una serie de grietas corrieron por el suelo desde los pies en forma de zarpa del coloso pardo. Las patas se movieron veloces, y la criatura empezó a retroceder al interior del enorme agujero.
—¡Huye! —gritó Ragh en son de triunfo; pero siguió con su ataque—. ¡Estamos venciendo!
—¡No podemos permitir que escape! —gritó Fiona, enfurecida—. ¡No lo dejéis marchar!
—¡Ella tiene razón! —asintió Dhamon, mientras volvía a elevar la alabarda, y la blandía de modo que se hundiera en la parte central de la espalda de la bestia; a continuación, tensó todos los músculos y liberó la hoja—. ¡Si consigue huir, puede aparecer en cualquier parte para volver a intentarlo!
El suelo retumbó con más fuerza, cuando el coloso pardo profirió un rugido desafiante mientras descendía.
—Aguardad, no va a ir a ninguna parte.
Al finalizar Maldred su conjuro, un suave resplandor amarillo se vertió de las palmas de sus manos al suelo, y, como un relámpago fundido, corrió veloz hacia el ser.
—¡Quitaos de en medio! ¡Muévete, Dhamon!
Dhamon tuvo que agarrar a Fiona, pues la dama solámnica seguía atacando a la bestia con rápidos mandobles. Ragh saltó atrás justo a tiempo. La luz mágica alcanzó su objetivo, se enrolló en espiral al coloso pardo, y se afianzó en el suelo.
—¿Qué va a suceder ahora? —inquirió el draconiano—. ¿Qué clase de magia…? —El resto de palabras quedó engullido por el estruendo que se produjo al levantarse la tierra.
Mientras observaban, el suelo empezó a endurecerse en aquellas partes por las que fluía la luz, atrapando las patas de la criatura y el brazo-pinza sano en piedra maciza.
El animal aulló enfurecido. Sacudió con violencia la cabeza, y los cuatro ojos se clavaron en Ragh, al que aturdió con su magia. El hocico del draconiano se abrió inconscientemente, al mismo tiempo que éste avanzaba en dirección al vociferante coloso y al suelo que seguía endureciéndose.
—¡Ahora, Dhamon! —gritó Maldred—. ¡Acaba con él!
Dhamon, que se encontraba en buena posición, soltó a Fiona y blandió la alabarda a la altura de la cintura con todas sus fuerzas. La enorme hoja partió el quitinoso cascarón del coloso pardo, y la tierra se estremeció con violencia bajo los alaridos de la criatura. El pétreo suelo en el que estaba incrustada empezó a agrietarse por los esfuerzos de la bestia para liberarse.
Dhamon volvió a golpear.
—¡Sangra! —chilló Fiona jubilosa—. ¡Podemos matarlo! ¡Puedo matarlo!
Se inclinó al frente y asestó unos cuantos golpes más antes de que la bestia se estremeciera violentamente y dejara de moverse.
La tierra se sosegó al cabo de unos instantes, lo que permitió a Dhamon retroceder y tomar aliento. Transcurrieron varios minutos antes de que Ragh y los goblins recuperaran la consciencia y muchos más antes de que los goblins que habían huido empezaran a regresar.
Dhamon fue hasta el arroyo para limpiar la sangre que lo cubría a él y a la alabarda. Cuando alzó la vista, vio que el draconiano intentaba arrebatar la espada a Fiona.
—¡Me habla! —gritaba enloquecida la mujer.
—Deja que se la quede —indicó Dhamon, mientras avanzaba para reunirse con ellos.
El draconiano enarcó una ceja.
—Estuvo a punto de matarte, Dhamon. ¿Estás tan loco como ella para dejar que se quede con el arma?
«Tal vez», pensó él, y en voz alta respondió:
—Descansaremos aquí una hora, no más, luego volveremos a ponernos en marcha.
Avanzaron a buen paso hasta casi el amanecer, siguiendo el curso del arroyo, que se ensanchó hasta convertirse en un río a medida que iban hacia el norte.
—Yagmurth dice que el pueblo que quieres se encuentra justo detrás de aquella elevación —dijo Ragh a Dhamon—. Quieren saber si vas a conducirlos a la batalla contra sus primos hobgoblins. Dado que mataste al coloso pardo, creen que puedes realizar milagros.
Dhamon no respondió al principio, pues tenía la vista fija en el reflejo que le devolvía el agua. «Soy un monstruo», pensó. El fuego de su estómago se había extendido a todo el cuerpo, y durante los últimos kilómetros tenía que hacer esfuerzos sobrehumanos para no hacer caso del dolor y seguir avanzando pesadamente.
—Estás creciendo —siguió Ragh, dedicando una cautelosa mirada a su compañero, para a continuación, mirar a la solámnica, que seguía sosteniendo la mágica espada y no dejaba de hablarle—. Te das cuenta de ello, ¿verdad? Yo diría que unos cuantos centímetros al menos.
Las costuras de las andrajosas ropas de Dhamon se tensaban sobre las extremidades en crecimiento.
—Sí, Ragh, me doy cuenta.
El hombre siguió con la mirada clavada en su reflejo. El rostro era distinto, también, y necesitó unos instantes para comprender en qué modo; la frente era ligeramente más elevada, y se estaba formando una cresta sobre los ojos. Igual que Ragh, se dijo también que el cuello parecía más grueso, aunque no estaba seguro. Las orejas eran algo más pequeñas, como si se estuvieran fusionando con los laterales de la cabeza.
—Maldred, pregunta a Sabar si todavía queda suficiente tiempo.
—Más alto —observó Ragh con suavidad—, y más indulgente. Dejas que Fiona conserve la espada; llamas al mago ogro por su nombre.
—Hay tiempo —respondió Maldred tras varios minutos de silencio, durante los cuales consultó a la mujer mágica del cristal—; pero no mucho. Dice que te des prisa.
«Ya me doy prisa». Se pasó la mano por los cabellos, y un escalofrío le recorrió la espalda cuando descubrió que las palmas eran del mismo gris oscuro que las plantas de los pies. Se apartó del riachuelo y miró en dirección a la aldea.
—Debo asegurarme de que Riki y la criatura están a salvo. —Al cabo de un instante añadió—: Y no puedo permitir que me vean. Hasta que le haya arrancado una cura al condenado Dragón de las Tinieblas, no si puedo encontrar a ese ser a tiempo.
El viejo goblin amarillo se aproximó despacio, pero procurando mantener una respetuosa distancia, y esperó hasta que Dhamon terminó de hablar para empezar a parlotear con Ragh. Los otros goblins se apelotonaron cerca, y observaron la conversación entre el draconiano y su jefe.
—Yagmurth pregunta otra vez si vas a conducirlos a la batalla contra sus primos hobgoblins. Está ansioso por pelear.
El sivak se inclinó más sobre el anciano goblin, sin dejar de agitar una mano ante el rostro para alejar el hedor. Gruñó y emitió ruidos en la lengua gutural del otro hasta que Yagmurth pareció satisfecho.
El viejo goblin irguió los hombros, se contoneó, y fue a reunirse con sus compañeros. Fiona dedicó a todo el grupo una mirada de asco, luego fue hasta donde estaban Dhamon y Ragh.
—¿Qué le has dicho?
Dhamon contempló cómo las criaturas parloteaban alegremente entre ellos, lanzando vítores y agitando las lanzas.
Ragh echó un vistazo de refilón, y observó cómo Maldred volvía a guardar la bola de cristal en la improvisada bolsa, y luego se ataba ésta a la cintura.
—Les dije que yo, la más grande de las creaciones de Takhisis, los conduciría a la batalla contra sus primos hobgoblins —bajó la voz—, si era necesario. Si no podemos sacar a Riki y a su familia de la población de ningún otro modo. Si el cristal no miente, y los hobgoblins no están allí a requerimiento del Dragón de las Tinieblas, podría haber problemas para llevar a cabo una operación de rescate.
—¿Y qué sucede conmigo?
—Le he dicho a Yagmurth que tienes cosas que hacer en otra parte.
Dhamon sacudió la cabeza.
—No, he de…
—… Has de obtener tu cura antes de que sea demasiado tarde. Tu hijo no necesita a un draconiano, o a un drac, como padre. Sálvate, Dhamon, y yo procuraré salvar a tu mujer y a tu hijo.
—Ragh…
—Te acompañaré, sivak. —Fiona posó la mano en la empuñadura de la espada—. Iré contigo a ayudar a la semielfa Riki. Ésa es una causa honorable. —Los ojos de la solámnica estaba muy abiertos y fijos, pero la abrasadora locura parecía haber desaparecido por el momento—. No ayudaré a Dhamon a encontrar una cura, y no permaneceré en compañía del ogro mentiroso, de modo que iré contigo. Eso es lo que debo hacer y haré.
Se encogió de hombros y se sacudió una mancha de la túnica, luego alzó la mirada con una expresión demente de nuevo en los ojos.
—Pero cuando Riki y su familia estén a salvo, iré tras Dhamon; lo seguiré incluso hasta las montañas más elevadas. —Dio la espalda al draconiano y clavó los ojos en los de Dhamon—. Y entonces, Dhamon Fierolobo, pondremos fin a esto, tú y yo. Pagarás por la muerte de Rig, por las muertes de Shaon y Jaspe y de todos aquéllos que hayas traicionado. Pagarás por todo.