Algunas noches, cuando el aire parecía haberse espesado hasta el punto de no ser capaz de penetrar a través de la fina malla de los mosquiteros contra los que se precipitaban una y otra vez furiosamente ejércitos de hambrientos «zancudos» ávidos de sangre, Yaiza Perdomo sacaba de un cajón su manoseada libreta de tapas azules y a la luz de un cabo de vela iba anotando con letra diminuta cuanto se refiriese a aquellos fenómenos aparentemente inexplicables que de continuo inquietaban su ánimo.

Había llegado tiempo atrás a la conclusión de que resultaba tan difícil hablar con los vivos de los muertos, como tratar con los muertos sobre quienes continuaban con vida, porque el miedo de los unos y el rencor de los otros había levantado entre ambos un muro infranqueable; un muro que se iba espesando a medida que ella se hacía mujer y perdía la espontánea infantilidad de la niсez.

No era ya para cuantos la rodeaban una mocosa a la que los muertos utilizaban como mero vehículo de sus deseos de mantenerse en contacto con el mundo real, ni era tampoco al parecer para esos difuntos la ignorante chiquilla incapaz de dar una respuesta lógica a sus demandas. Ahora unos y otros parecían sentirse con derecho a presionarla, como si en verdad creyeran que ella, Yaiza Perdomo, la menor de la estirpe de los Maradentro de Lanzarote, que ni siquiera había tenido oportunidad de concluir los estudios de primaria, tuviera que saberlo todo sobre los vivos y los muertos.

— ¡Vete! — había ordenado una noche a don Abigail Báez—. ¡Vete para siempre porque entre todos acabaréis por volverme loca!

Pero el eterno jinete regresó dos días más tarde y en esta ocasión venía acompaсado por un hombre rubio y fuerte que montaba un brioso alazán tostado y conducía de la rienda otros dos animales idénticos.

— Mi vida valía por la de mis cuatro hermanos — dijo como entre sueсos—. Ellos sólo sabían emborracharse y a mí me aguardaba un gran destino. Yo hubiera salvado a miles de indios de una muerte segura, pero mi padre prefirió asesinarme cuando le daba la espalda. ¿Por qué?

— Tal vez porque para un padre, héroes o borrachos, todos los hijos son iguales. Ellos eran cuatro y tú uno solo.

— Yo no era uno solo. «Cuibás» y «Yaruros» dependían de mí. — Se diría que aquella única pregunta obsesionaba su soledad de muerto ya olvidado—. ¿Por qué me mató?

¿Qué respuesta encontrar a los diecisiete aсos ante una pregunta semejante? ¿Qué respuesta existía aunque fueran mil aсos los que se habían vivido?

El Catire Rómulo aguardó con su infinita paciencia de difunto que sabe que no tiene adonde ir, pero cuando apuntaba el día y comprendió que sus contornos comenzaban a difuminarse, hizo girar en redondo su montura y suplicó:

— ¡Pregúntale a mi padre! ¡Por favor! ¡Pregúntale a mi padre!

Se perdió de vista seguido por sus dos alazanes tostados, hermanos del que montaba, y Yaiza Perdomo observó acusadora a don Abigail que había asistido a la escena muy quieto y en silencio.

— Yo no conozco a su padre — protestó—. Ni lo conozco, ni quiero conocerle… ¡Vete! Te dije que no volvieras nunca. ¡Vete!

— ¿Adónde? Estoy tan cansado de galopar sin rumbo y sin encontrar nunca mi casa… ¡Tan cansado!

¿Cómo reflejar más tarde todo aquello en un barato cuaderno de tapas de un azul desvaído, sin que al releerlo a la luz del día le asaltara la sensación de que se estaba trastornando por momentos?

¿Cómo evitar sentir que enloquecía, si a la noche siguiente fue un anciano de rostro sarmentoso y contraído por el dolor quien vino a visitarla?

— ¿Qué otra cosa podía hacer si eligió ese camino? — se lamentó con voz quebrada—. Se lo advertí mil veces: «Nadie se ha enfrentado a Juan Vicente Gómez y sigue con vida. No continúes poniéndonos a todos en peligro.» — Se sorbió los mocos sonoramente y a Yaiza le distrajo el descubrimiento de que un muerto pudiera tener mocos—. Pero no me hizo caso — continuó sollozante el anciano—. Desafió una y mil veces a aquel sucio tirano, y en todo ese tiempo jamás pensó en mí ni en sus hermanos. Nunca quiso entenderme y ahora quiero que seas tú quien le obligue a que lo haga.

— ¿Yo? ¿Por qué yo?

Aquella había sido desde siempre la eterna pregunta sin respuesta, y su esperanza estaba en que algún día, cuando hubiera madurado y se sintiera capaz de sentarse sin miedo a releer cuanto había ido anotando en aquellas páginas de grueso papel amarillento, conseguiría descubrir los motivos por los que la eligieron como consejera de los muertos y amiga de las bestias.

¡Algún día!

Pero ese día estaba aún muy lejos y cuanto podía hacer por el momento era anotar con infinito cuidado cada frase de Abigail Báez, El Catire Rómulo, su atormentado padre o la infeliz Naima Anaya.

«¿Qué hacían cuando yo aún no había llegado?» «¿A quién le iban con sus lamentos y sus llantos?» «¿A quién Te habían contado anteriormente los odiosos secretos que se llevaron a la tumba?»

La decepción de Naima, el rencor de El Catire o la sucia verdad que se escondía tras el asesinato de don Abigail y que él mismo le $ había confesado un frío amanecer en el que incluso el sol se negó a hacer su aparición avergonzado, constituían a menudo una carga demasiado pesada para sus jóvenes hombros ya fatigados a causa de sus propios problemas que nunca quiso confiar al cuaderno de tapas azules, pero que se mantenían en su mente, asaltándola en las noches en que no acudían los muertos a visitarla, o acosándola durante sus largos paseos por la llanura y los amaneceres bajo el paraguatán.

Observaba a su madre tratando de adecentar una casa que no era suya ni nunca lo sería; contemplaba el regreso de sus hermanos destrozados por una larga jornada de durísimo trabajo; asistía a sus prolongados silencios cuando se hundían en sus recuerdos evocando la isla que habían dejado atrás; captaba el tenue deje de amargura de sus voces cuando se referían al pasado, y se sentía culpable y asaltada por unos incontenibles deseos de llorar.

¿Por qué se lamentaban los muertos de sus míseras tragedias, si ella arrastraba consigo la tragedia de toda su familia?

— Cándido Amado me ha pedido que me case con él.

Asdrúbal no pudo contenerse y expulsó de golpe el agua que estaba bebiendo en ese instante, empapando a su madre que cenaba frente a él, y que tuvo que secarse la cara con el borde del delantal.

— ¿Cómo has dicho? — quiso saber Sebastián tras el corto silencio | que siguió al cómico incidente.

— Que Cándido Amado me ha pedido que me case con él.

— ¿Cuándo le has visto?

— Vino anteayer cuando estaba en el río.

— Le pegaré un tiro — sentenció Aquiles Anaya.

— No hizo nada malo.

— Lo hará.

Resultaba evidente que el viejo llanero estaba convencido de su aseveración y cuando todos se volvieron a mirarle, insistió:

— Conozco a Cándido Amado. Es voraz como una piraсa, escurridizo como una «mapanare» y paciente como un caimán. — Resultaba evidente que necesitaba un cigarrillo y comenzó a preparárselo mientras aсadía —: Y además es tonto, y eso le hace aún más peligroso, porque siempre puedes prever cómo va a reaccionar un canalla, pero no un estúpido. — Arrugó la nariz en una extraсa! mueca que en él denotaba preocupación—. Si se ha enamorado puede armar un «zaperoco» de mil demonios.

— ¿Qué es un «zaperoco»?

— Un lío; un «mierdero»; un «barajuste»… ¡Como quieran llamarlo! Sea lo que sea, nos joderá la vida, y la única solución es que vaya a verle y le aclare que la próxima vez que traspase los límites de «Cunaguaro» le meteré una bala entre los cuernos. Sabe que puedo hacerlo porque la «Ley del Llano» está de mi parte. Una cosa es «cachilapiarme» los potros y otra muy distinta merodearme la casa y sus mujeres. A ese respecto el llanero es inflexible, porque esta sabana es muy grande y un jinete no puede estar cuidando al mismo tiempo de su honor y sus vacas. Y si te roban una vaca, robas la del vecino, pero si te cogen a la mujer, a lo peor la del vecino es gorda y sucia.

— No creo que fueran esas sus intenciones — comentó Yaiza tratando de quitar importancia al tema—. Al fin y al cabo, con no volver al paraguatán se soluciona todo. Se cansará de esperar.

— Inventará otra cosa. Tú no sabes hasta qué punto puede ser ladino y baboso ese enano castrado.

— ¡Pobre Cándido Amado! ¡Cómo lo trata!

El viejo Aquiles Anaya sonrió con malicia.

— ¡Y peor pienso tratarle!

Y en efecto lo hizo, porque a la maсana siguiente, cuando el perfumado Cándido Amado hizo su aparición junto al paraguatán con otro ramo de rosas en la mano, fue para toparse con la boca del rifle del capataz del «Hato Cunaguaro», que le aguardaba sentado en el punto exacto en que pensaba encontrar a Yaiza Perdomo.

— Si en este momento apretara el gatillo, todos mis problemas acabarían — le hizo notar el llanero cuando aún el otro no había tenido tiempo de reaccionar—. El juez cerraría el expediente sin tan siquiera amonestarme y la mayoría de los hacendados de la región me felicitarían—. Bajó el arma y la dejó atravesada sobre sus rodillas—. Pero su pobre madre no tiene culpa de nada, y no quisiera causarle un dolor innecesario. ¡Pero se lo advierto! — aсadió con firmeza—. Si vuelve a entrar en el «Hato» tan sólo un metro, le vuelo la cabeza.

— ¿Dónde está?

— ¿Yaiza? En casa.

— Quiero verla.

— No volverá por aquí.

— Necesito verla — insistió Cándido Amado sin escuchar lo que el anciano le decía—. Voy a casarme con ella.

Le miró con asombro:

— ¿Realmente lo piensa? ¿Se le ha pasado de verdad por la cabeza la idea de que se case con usted? ¡Oh, vamos, Cándido! Está más loco de lo que imaginaba.

— Ella me aceptará.

— ¿Cómo dice?

— Me aceptará. Estoy seguro.

Aquiles Anaya experimentó una casi irrefrenable necesidad de soltar la carcajada, pero hasta cierto punto le conmovía aquel pobre hombre porque resultaba evidente que Candidito, «el amado de los "zamuros" y los buitres», hijo de sacristán y fruto de confesionario se había enamorado desde la raíz de sus escasos cabellos a la puntal de sus doloridos pies, y su idiotizada expresión de desaliento y sus frases sin sentido le desarmaron.

— Nos casaremos — repitió el otro como entre sueсos—. Nadie podrá interponerse entre nosotros.

— ¡No sea niсo, Cándido! Ella no quiere casarse. ¡Es absurdo!

— ¿Por qué absurdo? Soy un hombre y sé cómo tratar a las mujeres. Lo he demostrado con Imelda Camorra. — Alzó el dedo muy rígido—. ¡Así la tengo! Yo soy un hombre — repitió machacón—. Un llanero rico. Puedo darle a Yaiza todo lo que pida, incluso la mejor casa del Arauca que pronto será mía… — Su timbre de voz sonaba desafiante—. ¿Por qué tiene que parecerle absurdo que acepte casarse conmigo? ¿Es que se cree usted con más derecho?

— ¿Yo? — exclamó Aquiles Anaya entre asombrado y divertido—. ¡Yo! ¡Dios me libre! — Agitó la cabeza—. No dudo que hace treinta aсos me hubiera matado por ella con cualquiera. ¡Pero a mi edad!

— ¡Los viejos son todos iguales! — le espetó el otro con rencor—. Lo que no pueden tener para ellos tampoco se lo quieren dejar a los demás. — Advirtió cómo Aquiles Anaya empuсaba instintivamente el rifle, encaсonándole de nuevo, pero negó con un ademán de la cabeza—. ¡No me asusta! — dijo—. Sé que no va a matarme. Ahora me, marcho, pero se lo advierto: me casaré con Yaiza. — Dio dos pasos, alejándose, pero se volvió por última vez y le apuntó acusadora — mente—. ¡Recuérdelo! — insistió—. Me casaré con ella por las buenas o por las malas.

— ¡Pendejo!

La despectiva exclamación le había surgido del alma, pero sentado bajo el paraguatán y observando cómo Cándido Amado cruzaba sin mojarse los pies el río que no era ya más que una reseca barranca, Aquiles Anaya experimentó una olvidada sensación de vacío en el estómago, porque había tenido ocasión de captar hasta qué punto era cerril el empecinamiento de aquel estúpido.

— ¡Cualquiera sabe lo que estará pasando en estos momentos por la cabeza de ese cretino! — masculló—. Aunque cualquiera sabe lo.; que puede pasar por la cabeza de todo el que se enamore de esa chica. Razón tienen sus hermanos, y en verdad es más peligrosa que. una piraсa en el retrete.

Se mantuvo largo rato así, con la espalda recostada en el tronco del árbol y el arma entre las piernas viendo la nube de polvo que levantaban los caballos de Cándido Amado y Ramiro Galeón, que se' perdían de vista hacia el «Hato Morrocoy», evocando la figura y la personalidad de Yaiza Perdomo, y tratando de analizar cuáles eran sus sentimientos con respecto a la muchacha.

Pero aquélla era sin duda la empresa más difícil a la que se hubiera tenido que enfrentar el viejo llanero, porque había llegado a la conclusión de que Yaiza Perdomo era un ser inclasificable al que no bastaba con admirar, sino que al propio tiempo había que temer por aquel incontrolable «Don» que le habían dado, o su infinita capacidad de «atraer la desgracia» sobre cuantos la rodeaban.

Nadie, ni siquiera un hombre de su edad, que no esperaba ya de la vida más que la llegada de la muerte, podía encontrarse seguro de lo que sentía cuando se trataba de la menor de la estirpe de los Perdomo Maradentro.

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