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Hemos salido. Nos hemos podido escapar. Por primera vez en meses Lizzie y yo hemos podido salir de casa juntos sin ningún niño a remolque. No recuerdo la última vez que salimos juntos. El hecho de que estemos apretujados en una sala de conciertos pequeña, oscura y calurosa, junto con seis o setecientas personas más, no tiene importancia. El concierto no ha empezado todavía pero la música de ambiente está a un volumen ensordecedor y la iluminación prácticamente no existe. Casi no podemos hablar el uno con el otro.

– ¿No te sientes raro? -me grita Liz. Se tiene que poner de puntillas para gritarme al oído.

– ¿Por qué lo dices? -le pregunto a gritos.

– Por los niños. No me acostumbro. No dejo de mirar alrededor para ver si está alguno de ellos.

– Intenta disfrutar -le respondo-. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que salimos solos por última vez?

– Meses -chilla, intentado hacerse oír por encima del ruido. La conversación se acaba pronto. El esfuerzo de gritarnos el uno al otro ya ha conseguido que me duela la garganta y el concierto ni siquiera ha empezado. Miro el escenario mientras los técnicos y otros miembros del equipo comprueban las luces, el sonido y los instrumentos. ¿Cuánto tiempo van a necesitar para que esté todo listo? Parece como si hubieran estado preparando las cosas durante siglos, ya no debe faltar mucho. Algunos van dejando toallas y bebidas por el escenario, y colocan marcas con cinta adhesiva en el suelo.

Jesús, ¿qué ha sido eso? Algo me ha golpeado en un costado y estoy en el suelo antes de darme cuenta de qué ha pasado. Intento levantarme con rapidez, con el corazón golpeándome el pecho. Liz me coge por un brazo y me pone de pie. No quiero ningún problema esta noche. No me gustan las discusiones. Realmente no quiero problemas.

– Perdona, tío -me grita un fan sobreexcitado y medio borracho. Lleva dos copas medio vacías en las manos y por el brillo y su mirada desenfocada se ve que va cargado de drogas o de bebida, o de ambas. Estamos cerca de la mesa de control, y por la moqueta del suelo corre una protuberancia, los cables. Parece que este idiota ha tropezado con ella y ha salido volando. Murmura algo parecido a unas disculpas y se interna en la multitud.

– ¿Estás bien? -pregunta Liz, limpiando las salpicaduras de bebida que me han manchado la camisa.

– Perfectamente -contesto de inmediato. Mi corazón sigue latiendo a diez veces su velocidad normal. Aliviado, acerco a Lizzie a mí y la abrazo. Tenerla cerca hace que me sienta seguro. No suele pasar que podamos estar tan cerca. Hay que pagar un precio por tener tres niños demasiado rápido en un piso tan pequeño. Es curioso que podamos estar en una sala de conciertos, con un millar de extraños, y que haya menos posibilidades de que nos interrumpan que en casa, con sólo tres niños.

Lizzie se gira y se vuelve a poner de puntillas para decirme algo.

– ¿Crees que papá estará bien? -pregunta.

– ¿Por qué no iba a estarlo? -le contesto a gritos.

– Me preocupa que piense que nos estamos aprovechando de él. Ya cuida a Josh casi todos los días y esta noche se ha ofrecido para estar con los tres. Es mucho trabajo. Se hace mayor y creo que empieza a estar harto.

– Lo está. Me lo ha dicho antes de salir.

– ¿Qué te ha dicho?

¿Cuánto le debo contar? Harry y yo no nos tragamos pero, por Lizzie, intentamos llevar una relación civilizada. Esta noche no estaba nada contento pero sé que no querría que Lizzie se preocupase.

– No demasiado -contesto, encogiéndome de hombros-, sólo ha gruñido algo sobre que él ve más a los niños que yo. Un chiste malo sobre que Josh lo llama «papá» a él y no a mí.

– Quería tomarte el pelo. No le hagas caso.

– Siempre está intentando tomarme el pelo.

– Es la edad.

– Eso es una mala excusa.

– No le hagas caso -repite.

– No me importa -grito en respuesta, mintiendo e intentando respetar sus sentimientos. La verdad es que Harry está tocándome las narices en serio y me parece que vamos a acabar a puñetazos.

– ¿Qué le has dicho?

– Sólo le he explicado lo agradecidos que estamos por lo que hace por nosotros y le he recordado que hace por lo menos cuatro meses desde la última vez que tú y yo salimos solos.

– Sólo está intentando que reacciones… -empieza a decir. Para de hablar y se gira con rapidez cuando las escasas luces se amortiguan de repente. La muchedumbre ruge cuando los miembros de la banda caminan en sombras y salen al escenario. Tras unos segundos de espera empieza la música y olvido a Harry y todo lo demás.


Ésta es la cuarta vez que voy a un concierto de The Men They Couldn't Hang [1]. Hace un par de años desde la última vez que los vi y es estupendo volverlos a ver. Había esperado esta noche desde que compré las entradas hace un par de meses. Nunca tengo suficiente del subidón de adrenalina que me da oír buena música tocada en directo y a todo volumen. Volver a escuchar estas canciones hace que me olvide del día a día, de todas las cosas con las que habitualmente pierdo el tiempo preocupándome. Mantengo a Lizzie muy cerca de mí. Mientras siga sonando la música no tengo nada que hacer, excepto escuchar, relajarme y disfrutar.

Seis o siete canciones ya -no estoy seguro del número- y la sala cobra vida. Está a rebosar y la atmósfera es electrizante. Swill toca las notas iniciales de uno de mis temas favoritos y lo reconozco al instante, mucho antes que el resto de la multitud. Siento que se me eriza el vello de la nuca y abrazo aún más a Lizzie. Ella sabe cuánto me gusta la canción.

Ahora han cogido realmente el tono y es como si siempre hubieran estado aquí. Escuchar de nuevo esta música me trae muchos recuerdos. Me acuerdo de la primera vez que oí esta canción en la radio, justo cuando acababa de sacarme el carnet de conducir. Me había comprado mi primer coche. Era un viejo cacharro que me costó más de asegurar que de comprar y yo y unos colegas habíamos ido a…

Swill ha dejado de tocar.

Qué raro. Estaba rasgando la guitarra y cantando, pero ha dejado de hacerlo. El resto de la banda ha seguido sin él. Parece como si hubiera olvidado dónde está y qué se supone que debería estar haciendo. Ha soltado la guitarra, que ahora cuelga de la correa alrededor de su cuello, balanceándose de lado a lado. Este tío se ha pasado los últimos cuarenta minutos tocando y cantando como si le fuera la vida en ello, pero ahora está ahí parado, totalmente quieto en el centro del escenario, la cabeza inclinada hacia abajo y mirando fijamente el micrófono delante de él. ¿Ha olvidado la letra? Maldita sea, hace siglos que está haciendo esto. No puede ser miedo escénico ni nada por el estilo. ¿Hay algún problema técnico? ¿Quizás está enfermo? El resto de los músicos continúa durante unos cuantos compases más. Una a uno el resto de la banda se da cuenta de que algo va mal. El guitarra solista ha parado y está mirando a Swill, intentando imaginar qué demonios está pasando. McGuire, el bajista, llega a un titubeante final para dejar que el batería dé unos vacíos y solitarios golpes más antes de parar también. Ahora Lizzie, yo, el resto de la banda y todo el público estamos mirando a la figura de Swill, que se balancea lenta, extrañamente, iluminado por los focos.

A la multitud no le gusta. Durante unos segundos se ha producido un silencio incómodo, pero ahora el público ha empezado a ponerse en contra. La gente está gritando insultos y se está empezando a oír lentas palmadas. No tengo ni idea de lo que ocurre. Pero me pone nervioso. Me gustaría que pasase algo…

Creo que está a punto de irse. Swill da unos pasos hacia atrás y se para. Ahora ha cogido su guitarra y la ha levantado por encima de la cabeza, de manera que ya no cuelga de su cuello. De nuevo se ha quedado quieto, mirando alrededor del escenario, indiferente a los silbidos y los gritos de los centenares de personas que lo están mirando y gritándole que siga adelante y que vuelva a tocar. Cush empieza a acercarse a él. Swill se mueve. De repente cobra vida e inesperadamente se gira hacia su izquierda. Agarrando la guitarra por el mástil, la vuelve a levantar por encima de su cabeza, como si fuera un arma. Se acerca a Simmonds, el guitarra solista, y lo golpea con el instrumento en toda la cabeza. Simmonds ha intentado levantar la mano para frenar el golpe pero el ataque ha sido tan rápido e inesperado que no ha podido defenderse. El impacto lo ha lanzado hacia atrás, contra la batería. Pero ése no es el final. Swill está sobre él y lo golpea una y otra vez con la guitarra. Maldita sea, lo está golpeando con tanta fuerza que el instrumento ha empezado a astillarse y romperse. No lo entiendo. ¿Quizás han tenido una discusión antes de subir al escenario o algo por el estilo? Este tipo siempre ha hecho bandera de que es un pacifista. ¡Míralo ahora! ¿Qué demonios ha hecho Simmonds para merecerse esto? Ahora McGuire está intentando separarlos…

La multitud está inquieta. Hemos visto, incrédulos, lo que estaba pasando y ahora la gente ha empezado a reaccionar. Muchos de la primera fila están intentando abrirse paso hacia el exterior, unos pocos están jaleando la violencia e intentan acercarse coreando «Swill, Swill…», azuzándolo. Pero la mayoría, como nosotros, sigue mirando al escenario. Casi no puedo creer lo que estoy viendo. Swill está otra vez en el centro del escenario, blandiendo el pie de un micrófono. Simmonds está tendido de espaldas en lo que queda de la batería y no se mueve. McGuire se mueve por el escenario a cuatro patas, intentado llegar a él. Dos técnicos se abalanzan sobre Swill. Uno de ellos recibe un golpe del pie de micro en todo el pecho, el otro se agacha y se abraza a la cintura del músico, intentando tirarlo al suelo. No lo consigue. Swill le da patadas y puñetazos pero al final intenta escabullirse. Tropieza con los monitores y desaparece en el oscuro hueco que hay entre el escenario y las barreras de seguridad. Hay un acople que suena como un grito.

Lo he perdido.

Ya no lo puedo ver.

De repente aparece de nuevo. Se abre paso por las barreras de seguridad y corre hacia la multitud. Su camiseta, con el logo de MAG, está destrozada y cuelga de su cuello como si fuera un trapo. El público reacciona con una extraña mezcla de miedo y adulación. Algunos se alejan, otros corren hacia él.

– Vámonos -me grita Lizzie.

– ¿Qué?

– Quiero irme -repite-. Ahora mismo, Danny, por favor. Quiero irme.

Muchas personas intentan ahora alejarse del escenario. Se encienden las luces generales y todo el mundo parece correr más rápido ahora que pueden ver adónde van. Nos empujan y arrastran hacia las salidas personas aturdidas y asustadas que se cruzan en todas direcciones, intentando alejarse del jaleo antes de que vaya a peor. En medio de la sala hay una pelea, un disturbio en toda regla. No puedo ver lo que le ha pasado a Swill pero un montón de fans cabreados, colocados o a los que sencillamente les gusta una buena pelea se han lanzado en medio del caos con los puños en alto.

Ya se ha formado un embudo, la mayor parte de la multitud intenta quitarse de en medio. Agarro la mano de Lizzie y la empujo hacia la salida más cercana. Estamos rodeados de gente y sólo podemos avanzar arrastrando los pies. Una masa de enormes guardias de seguridad, con la cabeza rapada, intenta abrirse paso hacia el interior de la sala a través de una puerta que hay a nuestra izquierda. No estoy seguro de si están aquí para parar la pelea o para unirse a ella. No me voy a quedar para descubrirlo.

Atravesamos la doble puerta, bajamos por una corta y empinada escalera de piedra y finalmente salimos a la calle. Está lloviendo a cántaros y hay gente corriendo en todas direcciones.

No tengo ni idea de lo que acaba de ocurrir ahí dentro.

– ¿Estás bien? -pregunto a Lizzie. Asiente con la cabeza. Parece aturdida y asustada.

– Estoy bien -responde-. Sólo quiero irme a casa.

Le aprieto la mano con más fuerza y la arrastro a través de la desconcertada multitud. Algunas personas siguen delante de la sala pero la mayoría parece que se va. Estoy de lo más cabreado pero intento no demostrarlo. Éste es el ejemplo típico de cómo me van las cosas últimamente. ¿Por qué tiene que ser todo tan difícil? Sólo quería relajarme, desconectar y disfrutar por una vez, pero ¿qué ha pasado? Uno de mis héroes musicales de toda la vida pierde toda su credibilidad y jode mi primera salida con Liz en meses. Qué jodidamente típico. Maldito engreído.

Nos metemos en una calle lateral y volvemos corriendo al coche.

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