Corte de Madrid. Invierno de 1667
Alejandro de Torres paseó a un lado y otro de la pequeña sala en la que aguardaban la decisión del Tribunal de la Corte. Con las manos cruzadas a la espalda y el semblante adusto, seguía dándole vueltas a los últimos acontecimientos y no podía creer que el destino fuese tan injusto.
A finales de la primavera, sus dos hijos, Miguel y Diego, habían engrosado la tripulación del buque Castilla, que batalló contra dos barcos de bandera inglesa cerca de las Azores. Algunos hombres murieron en el enfrentamiento y, entre ellos, don Esteban de Albadalejo, personaje muy estimado en palacio. Aunque la noticia de aquella muerte sumió a todos en el dolor, no era sino una más de las que llegaban de vez en cuando a oídos públicos, dado que los galeones españoles eran constantemente abordados por piratas franceses, holandeses e ingleses, en sus viajes de ida o vuelta a las costas caribeñas, donde España mantenía posesiones. Los galeones solían ser barcos de gran tonelaje, sin equipamiento de batalla, por lo que se convertían en presas fáciles para los filibusteros y corsarios que atacaban bajo bandera extranjera. Y aunque, en los últimos tiempos, el soberano había dotado grandes sumas para su protección, el Castilla viajaba solo. No, ciertamente, la noticia de la muerte de don Esteban no había supuesto más allá de una mala nueva para España.
Hasta que solapadas acusaciones susurradas en ciertos oídos dieron con los dos hijos de don Alejandro en el banquillo: según el Tribunal, acusados de alta traición, por haber facilitado a los piratas ingleses la ruta que seguiría el Castilla.
Alejandro de Torres era un hombre influyente, ostentaba el título de duque de Sobera, y era terrateniente propietario de extensas fincas en Salamanca, Toledo y Sevilla; amigo de jurisconsultos, ministros e incluso purpurados. Nada de eso libró a sus hijos de las acusaciones ni del juicio a que fueron sometidos. Ni lo liberó a él del tormento que le suponía llegar a casa y consolar a su esposa, Mariana, que se deshacía en lágrimas.
En esos momentos, tras un largo mes de espera, de entrevistas con unos y otros apoyado por su hermano Daniel, de búsquedas incansables de testigos, debía aguardar, como cualquier otro, a que el Tribunal de la Corte del rey Carlos emitiera su dictamen.
Bufó por lo bajo, tomó asiento y volvió a incorporarse casi de inmediato, renegando entre dientes.
– Padre, siéntese -oyó a sus espaldas-. Así no conseguirá nada; si acaso, desgastar la alfombra.
Don Alejandro se volvió y enfrentó la mirada de su hijo mayor. Lo observó con atención, igual que a Diego, el pequeño. Eran de caracteres muy distintos. Tanto, que a veces ni parecían hermanos, a no ser por los rasgos de los De Torres, inamovibles de generación en generación: el rostro aristocrático, la nariz recta y el mentón firme. Diego era de cabello rubio oscuro, como Mariana, mientras que Miguel había heredado su pelo, negro azulado. El primero tenía los ojos castaños; el segundo, de un color verde esmeralda profundo, como los de su bisabuela escocesa, solían llamar la atención de quien lo miraba. Diego era alto y delgado; Miguel le sacaba media cabeza, pero sus hombros, anchísimos, hacían que pareciera mucho más alto que su hermano. Don Alejandro sabía que, ni siquiera con la edad, Diego adquiriría la constitución del mayor, que parecía haber absorbido en sus genes toda la savia de aquellos malditos escoceses con los que el bisabuelo, don Álvaro, emparentó.
– ¿Cómo diablos puedes estar tan tranquilo? -preguntó exasperado, consciente del nerviosismo de Diego, que no sabía qué hacer con las manos.
Miguel se encogió de hombros. No estaba ni mucho menos tranquilo. No cuando sabía, porque la conocía, cómo era la corte de Madrid. Desde que Carlos II, al que apodaban el Hechizado, accedió al trono de España, las cosas habían empeorado. El soberano tenía por entonces sólo seis años de edad. Último de la casa de Austria, hijo de Felipe IV y de su segunda esposa y sobrina, Mariana de Austria, era un niño enclenque y enfermizo. Y la vida política estaba revuelta. Felipe IV, tras la derrota internacional y la quiebra del Estado, había sumido Castilla en el pesimismo y la penuria. Hacía dos años que una Junta de cinco ministros asesoraba a la madre del soberano durante la minoría de edad de éste, pero realmente no eran ellos, miembros de la aristocracia, quienes gobernaban, sino el confesor de Mariana, el padre Nithard, junto con el intrigante Fernando de Valenzuela, incapaces pero de enorme influencia ante la reina, que seguía sus consejos al pie de la letra.
El desconcierto se había instalado por doquier, alimentando las murmuraciones sobre el supuesto derrocamiento de Mariana de Austria y Carlos, mientras las intrigas palaciegas se multiplicaban para crearse parcelas de poder al lado del pequeño.
El cúmulo de rumores no hacía sino emponzoñar la situación, ya de por sí deprimente.
Pero Miguel no podía, ni quería, dejar entrever su malestar. No lo hizo nunca. Ni siquiera cuando Diego y él fueron acusados de alta traición. Y no bajaría la guardia aunque los condenasen a la horca, supuesto probable, tal como se habían desarrollado los acontecimientos.
– Nada conseguiremos por más tensos que nos pongamos -intervino el tío de los jóvenes-. Lo que sea, lo sabremos muy pronto, hermano.
Don Alejandro calló. A veces, la frialdad de su hijo lo enervaba. ¡Por los clavos de Cristo! ¿No podía mostrar de vez en cuando un poco de sangre española?
Se abrió el portón de la cámara de deliberaciones y Alejandro se impulsó hacia adelante como un resorte. De inmediato se acercó al hombre que le hacía señas. Cuchichearon un momento y luego el otro desapareció de nuevo. Cuando se volvió hacia sus hijos, el rostro del duque estaba tan blanco como el papel. A Diego le dio un vuelco el estómago. Miguel, por su parte, apretó las mandíbulas y clavó la mirada en la cara de su progenitor. No hizo falta que dijese nada.
– ¿Culpables? -preguntó, de todos modos.
El duque de Sobera asintió y en sus ojos se formaron cortinas líquidas. Miguel no podía soportar que su padre, su imagen recia y fuerte que recordaba desde que tenía uso de razón, se echase a llorar. Se levantó y lo tomó por los hombros.
– Nunca, señor -dijo, con los dientes apretados-. ¡Nunca lo haga! Que no lo vean flaquear o caerán como buitres sobre nuestra familia.
Alejandro se tragó las lágrimas y asintió, hundidos los hombros, demacrado el rostro.
– Os llamarán dentro de un momento. Oveja Negra
– Y nosotros entraremos con la cabeza bien alta. Puede que nos declaren culpables y que nos ahorquen -respondió el joven-, pero Dios sabe de nuestra inocencia, y nosotros también. No pienso entrar en el Tribunal como un vulgar traidor, porque no lo soy.
– ¡Ni lo menciones, Miguel! -estalló su tío.
– Pueden ahorcarnos y lo sabéis.
– ¡Condenación, muchacho! -Alejandro se separó un poco de su hijo-. ¿De veras tienes la frialdad que representas, Miguel? ¿Qué corre por tus venas? ¿Hielo? -le espetó.
– Padre, por Dios… -intervino Diego.
– ¡Quiero saberlo! ¡Maldito seas, Miguel! ¿Es que no lo entiendes? Sois mis únicos hijos, mi estirpe, mis herederos. ¿Cómo puedes afrontar el destino con tanta calma, en lugar de rebelarte? ¿Qué le diré a tu madre si os condenan a la horca? ¡Por todos los infiernos! ¿Qué le diré?
Miguel tragó saliva. Ni un minuto había dejado de pensar en su madre. Lo atormentaba la posibilidad de que muriese, eso era lo peor. Su padre tal vez se reharía, pero ella… Iba a contestar cuando la puerta volvió a abrirse y se les llamó a comparecer ante el Tribunal.
Diego se levantó, pálido y algo tembloroso, y avanzó con paso inseguro. De inmediato, la mano fuerte de su hermano lo tomó del brazo. La voz de Miguel sonó ruda. Tanto, que a Alejandro lo recorrió un escalofrío de horror y orgullo al mismo tiempo.
– Si flaqueas, Diego, juro por lo más sagrado que te saco las tripas antes de que nos cuelguen.
El menor de los De Torres se irguió, se tragó su miedo y sostuvo la mirada de los ojos esmeraldinos de su hermano con confianza.
– No dejaré mal a la familia, Miguel. Lo juro.
– Más te vale, renacuajo. Más te vale.
Y así, apoyado en el ánimo de su hermano, Diego lo precedió y entró en la sala.
Londres. Finales de 1667
El bergantín Pretty Olivia estaba a punto de partir. Era una nave ligera de dos mástiles y velas cuadradas, rápida y ágil en las maniobras, dedicada al transporte de pasajeros. Aun así iba armada con ocho cañones a babor y estribor y los marineros que la gobernaban no eran novatos en enfrentamientos con embarcaciones enemigas.
Acaso porque la ruta que seguirían era comercial y estaban preparados -aunque en aquellos tiempos nadie podía confiar en no encontrarse con barcos rivales-, Colbert no se sentía especialmente intranquilo.
Su hija, Kelly, partiría en menos de una hora hacia Jamaica, donde pasaría una muy larga temporada en la hacienda de su hermanastro, Sebastian. Era una decisión que había tomado y no la revocaría. Ni los llantos de su esposa ni las protestas de su hijo lo habían hecho modificar su determinación. Kelly debía aprender. La había criado en el amor, pero tal vez se habían equivocado en la forma de educarla, porque, aunque siempre acató sus órdenes, su negativa al matrimonio que le había concertado lo había llenado de indignación.
Dentro del carruaje en el que se encontraban a solas sus dos hijos, se oía sollozar a la muchacha.
– Vamos, brujilla -dijo su hermano pasándole un brazo por los hombros-, no es el fin del mundo.
– ¡Oh, James! ¿Cómo puedes decir eso? -se quejó ella-. ¡Maldición, no eres tú el que se va!
El rostro atractivo del joven se tensó y Kelly se abrazó de inmediato a él y lo besó en el mentón. Sus ojos, azul zafiro, se clavaron en los de su hermano, ligeramente más claros.
– Lo siento. No quería decir eso.
– Lo sé. Y es lógico que estés de tan pésimo humor. Pero piénsalo de otro modo: vas a conocer Jamaica.
– ¡Me importa un pimiento Jamaica! -estalló de nuevo ella-. ¡No quiero irme de Inglaterra! James… ¿de veras crees que nuestro padre no podría…? -Él negaba con la cabeza-. ¡Pues no pienso tomar ese barco!
James Colbert no pudo dejar de esbozar una sonrisilla burlona ante el gesto de su hermana pequeña, con el cejo fruncido y los brazos cruzados bajo el pecho, como una niña enfurruñada. La besó en la nariz y dijo:
– Será poco tiempo.
– ¡Tres años, por el amor de Dios!
– El tiempo pasará sin que te des cuenta, brujilla. Además… ¿quién te dice que en Port Royal no conocerás a un guapo muchacho del que te enamores? Ya que tu pretendiente de aquí te disgusta…
Kelly se apercibió de la burla de su hermano y le dio un puñetazo en el pecho, que lo hizo reír de verdad.
– ¡Eres un mulo, James! En Port Royal no hay más que plantadores y piratas. Ni a unos ni a otros me entusiasmaría tenerlos como marido. ¡Casi preferiría al que eligió padre!
– Entonces, cede y cásate con él.
– ¡Antes, muerta!
Al joven lo atenazaba un profundo dolor en el pecho al pensar que al cabo de unos minutos tendría que despedirse de su hermana, a la que amaba profundamente. La muchacha se había pasado llorando días enteros cuando su padre le dio la noticia de su inminente partida. Y a James le desagradaba verla hundida. Porque hundida, no era Kelly. Pero rabiosa sí, entonces volvía a ser su adorada hermanita. Ella no era arisca, ni mucho menos. La servidumbre la adoraba, porque siempre tenía una palabra amable para todos, odiaba la injusticia e intentaba ayudar a cuantos podía. Pero cuando se enfadaba, le salía un genio de mil diablos. Y él la prefería enfurruñada antes que vencida. Azuzándola, lo estaba consiguiendo.
Volvió a abrazarla y la instó a bajar del carruaje.
– Debes escribirnos en cuanto llegues. El capitán Mortimer nos traerá tu carta.
– Me moriré sin vosotros. ¡Lo sé!
Su madre, que se debatía aún entre el amor a su hija y la decisión de su esposo, se echó a llorar. Había intentado por todos los medios que éste cambiara de idea, suavizar el castigo, pero sus ruegos cayeron en saco roto y ahora acudía desalentada a despedir a la muchacha.
– Yo también, cariño. -Se abrazó a ella-. ¡Te voy a extrañar tanto…!
– ¡Basta ya! -oyeron la voz poderosa del cabeza de familia-. Nadie va a morirse por esta separación. Kelly conocerá a sus parientes de Jamaica y eso es todo. Y, de paso, aprenderá a respetar.
Durante unos segundos, la mirada color zafiro de la joven fue un lago tormentoso. Se mordió la lengua para reprimir la respuesta que pugnaba por escapársele. En el fondo, ella sabía que, para su padre, aquella decisión tampoco resultaba agradable, pero que, escudado en sus principios, no cambiaría de idea. Mantenerla alejada durante tres largos años supondría para él una pena que trataría de mantener oculta. Se acercó, se alzó de puntillas y depositó un beso en su barbilla. Estaba enfadada, sí, pero lo amaba tanto que no deseaba partir dejándole un mal sabor de boca, de modo que forzó un semblante amable y dijo:
– Os echaré de menos. Y trataré de portarme como esperáis. Tal vez así, decidáis traerme de regreso antes de tiempo, papá.
Colbert carraspeó y se envaró con la tosecilla de su hijo James a su espalda. Aquella tigresa de cabello dorado y ojos de luna llena conseguía todo lo que se proponía. Ahora, acababa de formar en su casa un frente común en contra de su decisión. Pasarían muchos días hasta que todo volviese a la calma. Pasó un brazo sobre los hombros de la joven y murmuró:
– Lo pensaré. -Deseaba abrazarla con fuerza, pero se obligó a mostrarse sereno.
Tras una larga despedida de su madre, nadando ésta entre las dos aguas que suponían la carencia de la hija y el sometimiento al marido, y de los últimos consejos de su hermano, Kelly subió por la pasarela del Pretty Olivia y se acodó en la borda. Agitó la mano, respondiendo al postrer saludo de su madre. El llanto que se obcecaba en no derramar le formaba un nudo en la garganta que la ahogaba. Pero también sentía que la sangre corría más aprisa por sus venas, porque, a fin de cuentas, iba a emprender una aventura.
El barco se fue alejando poco a poco del puerto, henchidas las velas, bebiendo el viento. Las órdenes del capitán y el trajín de los marineros llegaban hasta ella, pero sólo tenía oídos para el ánimo que su madre le enviaba y que llegaba a ella en ráfagas que se perdían entre el bullicio del puerto y el ulular del viento. Sus seres queridos se quedaban allí y ella se marchaba. A los pocos minutos, se convirtieron en pequeñas figuras que desdibujaba la neblina.
El vozarrón del capitán Mortimer pareció devolverla a la realidad y, con paso cansino, bajó a su camarote. Cerró la puerta, se apoyó en ella y respiró hondo, intentando armarse de valor.
La cámara era estrecha y apenas disponía de lo imprescindible. Le pareció incómoda y triste. Allí pasaría varias semanas, entre un camastro, una mesa y un par de sillas atornilladas al suelo. Por el ojo de buey se coló un rayo de luz mortecina. El último rayo de luz de Inglaterra.
Entonces sí, estalló en un llanto histérico.