28

A pesar de su abominable amenaza, Miguel no le dio motivos a Kelly para inquietarse durante los días siguientes. Si no se consideraba turbador el hecho de que, reticente, entrara en el camarote al caer la noche, la encadenara de nuevo al poste de la cama, apagara las lámparas y se acostara sin decir nada.

Kelly se sentía dolida, rabiosa y confundida. ¿Cómo podía entender su proceder? Primero la seducía y luego la trataba como si no existiera. Así que le pagó con la misma moneda y se sumió en un mutismo total, imitándolo, como si tampoco a ella le importara su presencia. Cuando Miguel pedía baldes de agua para bañarse, Kelly se limitaba a salir al balcón y permanecía allí hasta que él terminaba y se marchaba. Dormía en el suelo cubierta por una frazada y comía sola. A Timmy lo veía cuando le traía la comida, pero apenas hablaban, seguramente porque se lo habían prohibido.

Los nervios comenzaban a traicionarla.

El silencio la estaba matando. Seis largos días de encierro eran ya demasiado. O salía pronto de allí o acabaría loca.

– M’zelle.

Kelly vio el cielo abierto y se lanzó en brazos de Lidia, dando rienda suelta a las lágrimas. La chica, un poco sorprendida por su reacción, le acarició la espalda y la obligó a sentarse. Kelly tenía un aspecto lamentable: hacía días que nadie le cepillaba el pelo, que se le veía enredado y revuelto, llevaba la ropa zurcida y tenía profundas ojeras. A la mulata se le encogió el corazón, temiendo lo peor.

– ¿El capitán la maltrata?

Ella se tragó su orgullo y se sinceró. La antigua esclava de «Promise» la escuchó en silencio y después negó con la cabeza, como si dudara.

– No lo entiendo, m’zelle. El capitán parece un hombre justo.

– ¿Justo? -estalló Kelly-. ¡Justo, dices! ¡Me tiene como a un perro! ¡Peor que eso! A un perro, al menos, se le habla de vez en cuando y se lo saca a pasear.

– Algo debió de irritarlo profundamente.

– Lo abofeteé -confesó-. Se lo merecía.

– No creo que tenerla encerrada aquí haya sido a causa de una bofetada. Aun así, ¿no se da usted cuenta de que estamos en sus manos hasta que paguen un rescate? No juegue con él, señorita, porque puede que sea ecuánime, pero también es un hombre impetuoso y bien podría castigarlas. Y no sólo se pone usted en peligro, sino que nos pone a todas.

– ¡Al menos significaría que sabe que existo!

Lidia suspiró y le masajeó los músculos del cuello. Para Kelly, aquella visita inesperada significaba algo de sosiego, al menos sabía que sus amigas seguían con vida y tenía noticias de ellas. Miró a la joven de reojo y vio que parecía cansada, pero sin signos de maltrato. Se culpó por preocuparse solamente por sí misma.

– Y tú, ¿cómo estás? ¿Te tratan bien? ¿Briset te ha dado permiso para visitarme?

– No. Me lo ha dado el propio capitán, m’zelle.

– ¿Miguel?

– Estamos llegando a nuestro destino. Dice que usted necesita arreglarse un poco. -Al tiempo que lo decía, sacó un peine del bolsillo de su vestido y se lo puso frente a los ojos. Era un peine de plata, precioso-. ¿Me dejará que la ponga bonita?

La simple vista de un útil tan cotidiano provocó en Kelly tal emoción que no supo si quería reír o llorar. Dejó que Lidia le lavara el cabello, se lo peinara y se lo abrillantara un poco, para intentar que tuviera el aspecto de siempre. Al mirarse al espejo ni se reconocía.

– Ahora sólo necesitaría un vestido, éste se cae a pedazos.

– Armand dice que…

– ¿Armand?

– Briset -rectificó Lidia de inmediato, levemente azorada, lo que a Kelly no le pasó desapercibido.

– ¿Duermes con ese pirata, Lidia?

– Lo hago, sí, señorita.

– ¿Por tu gusto?

La muchacha no respondió en seguida.

– Creo que me gusta un poco, m’zelle.

– ¡Por Dios bendito, mujer!

– Es un buen hombre, señorita. -Se sentó a su lado, tomando sus manos entre las suyas-. Puede que sea un pirata, pero antes de juzgarle debería conocer sus motivos. Y los motivos del capitán.

– Por muchas y poderosas que sean sus razones, no hay justificación posible para abordar un barco, matar a su tripulación, saquear su carga y raptar a sus pasajeros -sentenció la joven.

– El Eurípides se rindió, señorita, y no hubo muertes. Por lo que sé, en las otras dos naves sucedió otro tanto.

Sí, podía ser cierto que habían tomado los navíos sin derramamiento de sangre, pero el acto era execrable en sí mismo. ¿Es que Lidia no lo veía? ¿O más bien razonaba desde la posición de quien se estaba abriendo camino en su corazón? Era una batalla perdida, así que cambió de tema.

– ¿Se sabe algo de Virginia? ¿Y Amanda? ¿Las has visto?

– De m’zelle Virginia sólo sé lo que me cuenta Armand, que está bien. Ledoux la retiene en otro barco, el Missionnaire. Y la señora Clery parece que ha tomado el mando de las cocinas. No deja que ninguno de los hombres se acerque a sus dominios. Ya la conoce.

– Sí. Es un verdadero sargento. -Y ambas prorrumpieron en risas.

Lidia se levantó y la besó en la frente al tiempo que le acariciaba la mejilla.

– No creo que pueda volver a visitarla antes de llegar a tierra. Armand me ha dicho que atracaremos muy pronto.

– ¿Sabes exactamente dónde?

– Es posible que nuestro destino sea Guadalupe o Martinica, como ya le dije. Debe prometerme que no va a hacer ninguna locura, niña.

– Lo prometo, Lidia.

– Y atrancar la puerta en cuanto yo salga, señorita. Es una orden del capitán De Torres. Aquí está la llave. -Se la entregó-. Todos los capitanes van a reunirse en el barco de Boullant; Armand asistirá también y no quedará nadie aquí para protegerla.

– ¿Para qué se reúnen? -preguntó, súbitamente esperanzada de que acaso fuera para fijar el precio de su rescate.

– No lo sé, m’zelle

– ¿Tú vas a ir con Briset?

– No quiere separarse de mí. Prometo traerle noticias de la señorita Virginia a mi regreso. Por favor, cierre la puerta.

La mulata volvió a besarla y se marchó. Kelly se apresuró a echar la llave y sólo entonces oyó los pasos de Lidia alejándose. Apoyó la frente en la puerta y lamentó su soledad. La visita de la chica la reconfortaba, pero ¿podría seguir disfrutando de su amistad y del cariño que había crecido entre ambas? Miguel le había arrebatado demasiadas cosas. Elevó una plegaria por sus compañeras de infortunio y por ella misma, rogando a Dios que se decidieran por exigir un rescate y agradeciéndole que, al menos, Lidia hubiera ido a caer en manos de un hombre que la protegía.

En la cubierta se oía ya cierto ajetreo y las órdenes para hacer a la mar una chalupa.

Sin otra cosa que hacer, tomó un libro sin intención de leerlo; lo hojearía y eso le haría menos tediosa la espera. Eso sí, por unas horas, no tendría que bregar con la presencia de Miguel ni soportar su desprecio. Incluso el aburrimiento era preferible a su irritante arrogancia.

Sin embargo, no mucho más tarde, se arrepintió de haber pensado así. Alguien intentaba entrar en el camarote. Se incorporó, con el libro contra el pecho y prestó atención. Si Miguel había regresado… Un golpetazo hizo añicos la madera contra el mamparo y un sujeto desaseado y barbudo la observó desde la entrada. Su único ojo sano brillaba paseándose por su cuerpo y Kelly supo que tenía problemas. El terror la atenazó de tal modo que ni siquiera pudo gritar.

Se resistió con la fuerza que da el miedo, pero no hubo forma. El hombre la agarró de la muñeca y a empellones, casi a rastras, la obligó a salir del camarote y subir a cubierta.

El rugido de varias gargantas la hizo encogerse. Una turba chillona la amedrentó y veía manos por todas partes adelantándose, sobándola al tiempo que oía los comentarios más groseros.

Kelly imploró por el regreso de Miguel desesperadamente. Pero él no estaba en el barco y la presencia femenina soliviantaba más al grupo cada segundo que pasaba.

El ánimo la abandonaba, paralizada por un terror como nunca antes había conocido. Vio que alguien se atrevía a levantarle la falda, lo que incrementó el jolgorio. Empujó al filibustero sin miramientos y corrió como una loca hacia la borda. Las risotadas subían de tono y Kelly sorteaba manos que intentaban atraparla y besos húmedos. Se estaban divirtiendo con ella, la obligaban a retroceder, le cedían el paso y cuando iba a alcanzar la borda volvían a interponerse, piropeándola o insultándola indiscriminadamente.

– ¡Vamos, paloma, no seas tan esquiva! -oyó que decían-. El capitán no está y nosotros tenemos tanto derecho como él a divertirnos un rato.

Como un ratón perseguido por gatos, Kelly correteaba de un lado a otro, lanzaba puñetazos, daba patadas… Pero el cerco se estrechaba cada vez más.

Tenía ganas de gritar, de llorar, de implorar. Las lágrimas le corrían por las mejillas, la cegaban. Alguien la sujetó de la manga y al tirar ella para librarse, se oyó cómo se desgarraba la tela. Entonces sí gritó con todas sus fuerzas y se abalanzó contra el desgraciado, con los dedos convertidos en garras, dejando un rastro de arañazos en su cara.

Los vítores la ensordecían. Los hombres la jaleaban, la empujaban, iba de unas manos a otras, se moría de asco soportando una lujuria que la desbordaba. Algunos se cansaron del juego y quisieron apresarla, pero fueron detenidos por otros que querían ser los primeros. Se armó un pequeño revuelo entre ellos y Kelly aprovechó para escabullirse. No llegó muy lejos. Alguien la rodeó por la cintura y se la cargó a la cadera sin miramientos.

Luego, entre voces, obscenidades y palabras malsonantes, creyó entender algo sobre un poste aceitado. Y unas apuestas. Medio mareada por los vaivenes, se dejó llevar. Cuando pudo recuperarse, se encontraba sentada en una especie de columpio y elevada a tirones a golpe de maroma.

A considerable altura, peligrosamente colgada de una madera medio podrida que le servía de asiento y balanceándose sobre la cubierta de El Ángel Negro, era un pelele indefenso, sometida al capricho de unos desalmados. Abajo, la chusma se preparaba para el plato fuerte. El primero que consiguiera escalar el mástil aceitado se hacía con el bocado más apetitoso: ella.

Entre ellos se cruzaban elevadas apuestas, pero para Kelly se habían abierto las puertas del infierno. Inevitablemente, uno lo lograría.

Cerró los ojos. No quería ver, no quería escuchar, sólo quería morirse y acabar de una vez con aquella agonía. Si la cuerda se rompía, acabaría estrellándose en cubierta, pero si alguno de ellos la alcanzaba… No quería pensar en lo que sucedería, pero no lo podía evitar.

Ajeno por completo a lo que sucedía en su nave, Miguel disfrutaba de una copa de oporto, acomodado en el camarote de François Boullant, en compañía de éste y de Pierre Ledoux. Los demás capitanes regresaban a sus respectivos barcos, pues ya se habían puesto de acuerdo en lo esencial: repartirían el botín en cuanto echaran el ancla en Guadalupe y Pierre se encargaría de pagar la comisión al individuo que les proporcionó la información sobre la ruta de los ingleses. Sin embargo, cuando él también iba a despedirse, Pierre le hizo una seña para que se quedara y allí estaba en esos momentos, esperando una explicación.

– No pienso renunciar a la muchacha que tengo en mi camarote -soltó Pierre de sopetón.

– Tampoco yo pienso entregar a la mía -respondió Miguel en el acto.

Mon Dieu! -rugió Fran-. ¿Es que os habéis vuelto locos los dos? Las mujeres forman parte del botín y los muchachos querrán lo que les corresponde. Y ya no digo nada de los capitanes.

Pierre se encogió de hombros y empujó la botella hacia Miguel. Era una bendición tener en él a un aliado.

– Pagaré lo que corresponda -dijo-, renunciaré a mi parte, pero esa belleza de cabello negro se queda conmigo.

El francés parecía muy seguro de lo que quería y Miguel se alegró por él. Sabía que tendrían problemas con Depardier, aunque Cangrejo y Barboza estuvieran de acuerdo en ceder a las mujeres a cambio de renunciar a su parte del saqueo.

– Hay más -informó Miguel después de saborear un poco más del excelente oporto-. Creo que Armand se ha encariñado con la mulata.

Boullant no quería tener problemas con sus mejores hombres, pero tampoco podía ignorar las leyes no escritas del mar. No sólo se iban a crear conflictos, sino que podría resquebrajarse la unión del grupo para operaciones futuras.

– Estáis locos -aseguró-. Exceptuando a la bruja que se ha metido en tus cocinas, Miguel, las otras tres son preciosas. Y eso equivale a una pequeña fortuna.

– Mataré a cualquiera que intente poner las manos en Virginia -prometió Pierre-. He acumulado un buen dinero y repito que pagaré por ella.

– ¿Tanto te gusta esa muchacha? -le preguntó Miguel.

Ledoux asintió y un brillo divertido apareció en sus ojos.

– Tendré que domarla un poco, mon ami, pero sí, es una preciosidad y me gusta. Hasta sus insultos me motivan.

– Te creía más sensato.

– Y yo a ti. ¿O es que no has dicho que ibas a quedarte con Kelly?

– No es lo mismo -respondió él, hermético.

– Lo sé, lo sé. Su primo, Edgar Colbert, asesinó a tu hermano, Virginia me lo ha contado. Pero ¿por qué alguien iba a querer eliminar a una criatura tan exquisita como ella?

– ¿De qué hablas?

– Bueno, nuestro informador hizo hincapié en que, aparte de su comisión, la quería muerta.

– Y yo decidí no cumplir esa parte del trato -intervino Fran, al que el apellido de la joven Kelly, pero en su rama francesa, le recordaba vívidamente otra época y otro lugar-. Porque nosotros nos movemos por dinero y ella vale mucho si la vendemos. Aunque también podríamos pedir rescate. Es absurdo renunciar a ella arrojándola a los tiburones. Además, es realmente hermosa.

A Miguel se le encogió el estómago. No iba a transigir, así se lo exigía su espíritu.

– Tanto daría que fuera fea como un demonio, señores. Ella es mía y es mi venganza. Espero que eso quede definitivamente claro.

– ¡Ja! -saltó François-. ¡Por el amor de Dios, cierra esa página de tu vida de una vez, amigo! Toma a la inglesa si es tu gusto, pero no te arriesgues a un enfrentamiento por esa zorra. Francamente, estoy harto de las provocaciones de ese gilipollas de Depardier, y con la chica se lo vas a poner en bandeja.

– ¡Si quiere pelea, la tendrá! -se le encaró Miguel, levantándose y dejando la copa.

Boullant lo miró con atención. Estaba demasiado tenso, demasiado irritable. Hasta entonces, nunca se había peleado por una mujer, sólo pasaba unas horas con ellas y luego las olvidaba hasta el siguiente puerto. En esos momentos, Fran lamentó haber abordado a los navíos ingleses, porque odiaba los problemas y Miguel se los iba a dar.

Si faltaban argumentos que exponer, allí quedaron, pues Briset, desde la puerta y sin entrar, anunció:

– Hay jaleo en El Ángel Negro, capitán. -Le tendió un catalejo-. Los muchachos están haciendo de las suyas.

A buen paso, Miguel salió a cubierta seguido por los demás. Armand arrastraba tras él a una Lidia pálida y temblorosa a la que no había querido dejar sola ni un segundo.

– ¡La chalupa!

Boullant le arrebató el catalejo y observó también la cubierta cercana.

– ¡Joder! -masculló-. Han colgado a la chica y están tratando de alcanzarla subiendo por el mástil.

Miguel ya saltaba a la embarcación, acompañado por Briset y Lidia. Instó a los hombres a remar con rapidez y sus órdenes secas se mezclaron con blasfemias por lo que ocurría.

Acodado en la baranda de estribor, junto a Fran, Pierre chascó la lengua y murmuró:

– Me temo que nuestro amigo nos miente.

– ¿A qué te refieres?

– No estoy muy seguro -dijo, echándose hacia atrás el cabello que el viento impulsaba sobre sus ojos-, pero yo diría que no es sólo la venganza lo que mueve a nuestro aguerrido español.

Con un doloroso nudo en la garganta y las facciones desencajadas de miedo, Kelly se fijó en que uno de los que intentaba alcanzarla iba a tener éxito. Estaba tan sólo a un par de metros y no cesaba de avanzar mientras sudaba como un cerdo batallando con el mástil embadurnado de grasa. Resbalaba, resistía y volvía a la carga, poco a poco, cada vez más cerca.

Desde abajo, quienes habían apostado por él, un tipo grande y peludo como un oso, que parecía imposible que fuera tan ágil, aullaban, lo incitaban, aplaudían y lo jaleaban, contando ya las ganancias. El pirata no escuchaba a sus camaradas, concentrado como estaba en el delicioso bocado que le esperaba arriba y en no romperse la crisma si caía desde aquella altura. Casi podía rozar la falda de la chica. Un poco más y sería suya. Entonces le pertenecería y podría hacer con ella lo que quisiera hasta llegar a puerto. Así era la ley del mar.

Ascendió un poco más, mofándose de los pobres intentos de su presa por darle patadas y hacerlo caer. Unos centímetros más arriba se permitió una mueca lujuriosa que mostró a Kelly una dentadura podrida.

– Cariño, ven con papá -susurró, estirando la mano.

Kelly se encogió en su precario espacio e intentó darle otra patada en la cabeza, pero él la esquivó con agilidad a pesar de su corpulencia y sólo consiguió desequilibrarla a ella, que osciló y estuvo a punto de caer.

El clamor se iba ampliando a medida que veían que el pirata estaba a un paso de ganar la apuesta. Kelly se negaba a creer lo que le estaba ocurriendo. Se juró que, pasara lo que pasase, mataría a todos y cada uno de aquellos indeseables, aunque hubiera de invertir en ello la vida entera. No iba a poder evitar que manos tan sucias la tocaran, pero se armaría de fortaleza para soportarlo y después ya ajustarían cuentas.

El trueno de un disparo la espabiló y acalló el griterío en cubierta.

Y entonces llegó el milagro: la oreja derecha del fulano que estaba a punto de agarrarla, desapareció. Éste bramó de dolor e intentó taponar la sangre a la vez que se sujetaba al mástil. Braceó, pero no lo consiguió y, presa del pánico, se precipitó a cubierta, donde se estrelló con estrépito.

Kelly buscó a su salvador y vio a Miguel que, a caballo entre la baranda y la cubierta, empuñaba una pistola aún humeante. La tripulación había enmudecido.

Él afianzó los pies en el barco y, a pesar de la distancia, a Kelly le pareció que su presencia se agigantaba. Enfundó el arma en la cinturilla de su pantalón y avanzó con paso decidido en medio de la horda, ahora silenciosa y esquiva. Briset saltó también a cubierta y ayudó a Lidia a subir.

Miguel se acercó al hombre al que había disparado y le volteó con la punta de la bota. Estaba muerto.

– ¡Echadlo al agua!

La orden, fría y seca, le provocó náuseas a Kelly. Dos colegas levantaron el cadáver por brazos y piernas, se acercaron a la borda, lo balancearon y lo lanzaron al mar.

A ella le costaba creer lo que veía: un grupo de exaltados sanguinarios que se mantenían encogidos y a la expectativa. Dudaba que Miguel pudiera dominarlos solo, pero se dio cuenta de que Briset cubría las espaldas de su capitán sujetando un par de pistolas listas para disparar.

La voz del español se impuso, autoritaria y concisa:

– ¡Si alguno más de vosotros quiere disputar a la mujer, puede darse por muerto!

Hubo una pausa tensa durante la cual nadie dijo nada. Luego, alguien se atrevió con una disculpa que engulló la brisa.

– Era sólo un juego, capitán.

La mirada de Miguel voló hacia Kelly y ella se quedó sin aliento, porque era la más cruel que le hubiera dirigido nunca. Después, devolvió de nuevo su atención a sus hombres.

– Esa mujer es mi esclava -advirtió con tono gélido-. Si alguno le pone la mano encima, juro por Dios que lo mato.

La tripulación comenzó a dispersarse cabizbaja, murmurando entre ellos. Y mientras Armand, ayudado por otro marino, comenzó a bajar a Kelly a cubierta, ésta se dio cuenta de lo cerca que había estado de la muerte. Si Miguel no hubiera vuelto a tiempo… Pero en sus palabras había dejado claro un mensaje ante todos: no era más que su esclava. El agradecimiento que había sentido se evaporó sin dejar rastro.

Al pisar suelo firme, quiso controlar sus nervios, pero temblaba como una hoja. Y ante los brazos que él le tendía, avanzó como una beoda para refugiarse en ellos y estallar en un llanto reparador.

Lidia se dejó llevar por Armand tratando de descifrar la suave actitud del español cuando estrechó a Kelly contra su pecho.

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