6

Kelly bebió un poco de refresco y lamentó el espectáculo.

– Odio esas subastas.

La muchacha sentada frente a ella asintió y sirvió un poco más de limonada para ambas.

– Yo también -confirmó-. Pero la vida en Port Royal es así. Nosotras no podemos cambiarla. Tu tío y mi padre, como los demás, necesitan trabajadores. Mano de obra. ¿Quién iba a plantar y recolectar de no tener esclavos?

– Lo sé, Virginia, pero… ¡es tan mezquino! ¡Tan inhumano! Exponer a hombres y mujeres de esa forma, como si fuesen caballos, es humillante. Tanto para ellos como para quienes los compran.

– Los terratenientes no lo ven así.

– No. No lo ven -susurró, con un deje de sarcasmo-. En realidad, no ven nada. Me han parecido bestias. Me he sentido… degradada como persona, Virginia. Avergonzada. ¡No entiendo por qué mi tío y mi primo Edgar insisten en que los acompañe! Le he escrito a mi padre. Quiero irme de esta isla y quiero hacerlo ya. No admito la esclavitud. Si pudiera…

– Pero no puedes -la cortó, adivinando por dónde iban los pensamientos de su amiga-. Ni tú ni yo podemos hacer nada. Y debes acatar la decisión de tu padre.

– ¡Él no tiene idea de lo que es esto! -estalló Kelly-. Pero ya me he encargado yo de ponerle sobre aviso. Y te aseguro que aunque tenga que vender mis joyas para procurarme un pasaje en un barco, pienso salir de Jamaica. ¡Al infierno las órdenes de mi padre!

– Sin embargo, yo doy gracias por tenerte aquí.

– Te aseguro que vengo a la ciudad sólo por verte. De otro modo, no saldría de mi cuarto. Todo esto apesta.

– Y yo te lo agradezco. Aquí no hay muchas diversiones para una muchacha. Y sin tu compañía… También a mí me gustaría dejarlo todo y marchar a Inglaterra.

– Donde existe un gobierno podrido que permite la esclavitud en muchos de sus dominios -apostilló Kelly.

– El mundo es imperfecto, amiga mía.

– ¡El mundo es un basurero! -remató ella-. ¿De veras te irías a Inglaterra? Podrías venir conmigo.

Los ojos de Virginia, grandes y oscuros, cobraron repentina vida.

– ¿Tú crees?

– ¿Por qué no? Tu padre no se opondría si me acompañas. Y si acabo por escaparme, me gustaría tenerte como compañera de aventura. Cuando lleguemos a Londres, puedes vivir en mi casa. Estoy segura de que mi madre estaría encantada contigo.

– No sé… Tú eres muy decidida, Kelly, pero yo no me caracterizo precisamente por la osadía. Y mi padre me necesita.

– Tu padre no necesita tus cuidados, como mi tío no necesita los míos. Se valen por sí mismos. Si quieres mi opinión…

– Prefiero que no me la des -se anticipó Virginia-. Me la imagino.

– Bueno, pues piénsalo. Lo pasaríamos bien en Londres. Incluso con un gobierno corrupto, la ciudad no es Port Royal. Allí hay fiestas. Y hombres muy guapos.

A Virginia el pícaro comentario le sonó a gloria.

– ¿Crees que podría encontrar un marido como Dios manda?

– ¡Por descontado! Y te librarías de ese pesado de Beith, que te persigue como una sombra.

A Virginia se le agrió el gesto cuando Kelly hizo mención del tipo. Desde hacía más de un año, Beith era una auténtica losa. Pretendía a toda costa comprometerse con ella. Por fortuna, su padre estaba dándole largas al asunto. Pero la joven temía que, tarde o temprano, acabara por acceder. Beith era un hombre poderoso y muy rico. Cuarenta años, viudo. Ningún impedimento, por tanto, para elegir nueva esposa. Sabía que a su padre le agradaba aquella posible unión.

– Ese hombre me desagrada -le confesó-. Quiero encontrar a alguien más joven. Y más guapo. Esa condenada verruga que tiene al lado de la oreja me da escalofríos.

Kelly Colbert estalló en carcajadas, coreadas por su amiga.

Continuaron despellejando a su pretendiente y, un poco más tarde, Kelly se despidió.

– He de irme ya. Seguramente mi tío estará echando espuma por la boca. Si ha conseguido nuevos trabajadores para «Promise», querrá regresar cuanto antes. Aunque supongo que a Edgar le agradaría más quedarse unas horas en Port Royal, jugándose el dinero a las cartas.

Virginia la acompañó hasta la puerta, y una vez allí, comentó:

– ¿Dices que iba a comprar esclavos?

– Virginia, odio esa palabra.

– Que la odies no elimina la realidad de lo que son. Volviendo al tema, Kelly, tu tío estaba dispuesto a venderle diez braceros a mi padre la semana pasada. ¿Entendí mal cuando dijo que le sobraban… trabajadores?

– Cuando me he marchado del mercado, se interesaba por dos españoles. Y ha pujado por ellos.

Los ojos castaños de su amiga se ensombrecieron aún más.

– No ha dejado su odio atrás, ¿verdad?

– No. No ha olvidado, Virginia. En lo que se refiere a los españoles, su obsesión sigue latente, es casi enfermiza. Según me contaron, juró vengarse de ellos cuando mi primo Leo murió en una batalla en el mar. -Se le ensombreció el semblante-. Y si ha acabado comprando a esos dos hombres, temo por ellos. Sobre todo, por uno de ellos.

– ¿Por qué?

– No lo sé. -Un presentimiento la aturdía-. Deberías haberlo visto. Sus ojos despedían cólera. ¡Ha arremetido contra el vendedor cuando éste ha abofeteado a su compañero!

– ¡Dios! ¿Le… le han golpeado… allí mismo?

– Mi tío no lo ha permitido, afortunadamente. Según sus propias palabras, no compraría mercancía deteriorada -dijo con gesto de asco-. Creo que se reserva ese placer.

Virginia detectó algo nuevo en los ojos azules de su amiga.

– Parece que la subasta te ha impactado. ¿Cómo es ese hombre? Juraría que te ha impresionado.

Kelly lo pensó antes de responder. ¿Cómo era? ¿Cómo definir a un ser humano atado, apenas vestido, expuesto y degradado como persona?

– Físicamente magnífico -acabó por decir.

– ¿Has dicho magnífico?

– Alto y moreno. Delgado, pero musculoso. Y sus ojos… Nunca he visto unos iguales. Parecía que le importara muy poco lo que lo rodeaba. Como si… Como si el hecho de vivir o morir careciera de importancia. Y no me ha dado la impresión de que se lo pueda retener fácilmente como esclavo.

Virginia cogió la sombrilla que le entregaba un lacayo y se la pasó a Kelly. Se conocían desde hacía poco, pero ya podía apreciar alguna de las emociones de su amiga. El individuo en cuestión debía de ser algo especial si se le avivaban así las pupilas cuando hablaba de él. Lástima que no se tratara más que de un esclavo.

– ¿Cuándo te veré de nuevo? -preguntó, variando el hilo de sus pensamientos.

– En cuanto me sea posible.

– Por favor, que sea pronto -le rogó.

Se besaron y Kelly se subió al landó donde aguardaba pacientemente el cochero de su tío. Cuando se puso en marcha y le hizo un último saludo, Virginia rezó para que, finalmente, Colbert no hubiera comprado a los españoles. No sabía la causa, pero intuía problemas.

Jamaica era una de las islas del Caribe, rodeada de un gran arrecife de coral, y se orientaba en dirección este-oeste. De orografía maciza y compacta, con montañas bajas y rodeadas por valles exuberantes que refrescaban los vientos alisios, procurando una temperatura agradable todo el año. En uno de esos valles se hallaba enclavada la hacienda de Sebastian Colbert, presidida por una casa de estilo británico con columnas porticadas.

La isla había sido descubierta por Cristóbal Colón el 3 de mayo de 1494 y en aquel tiempo se la llamó Santiago por parte de los españoles y Xaymaca (isla de los manantiales) por los arahuacos. Hasta 1655 estuvo ocupada por la Corona española, pero luego pasó a manos británicas.

Las plantaciones de tabaco, café y caña de azúcar eran su principal fuente de ingresos. Eso había motivado que los hacendados requirieran la llegada de esclavos, sobre todo africanos, aunque siempre había algún blanco caído en desgracia, como era el caso de Diego y Miguel de Torres.

«Promise», la hacienda de Colbert, se dedicaba en gran medida a la caña de azúcar.

Montados en la parte trasera de un destartalado carro, Miguel no dejó de observar lo extraordinario del lugar. En otras circunstancias, aquella tierra incluso le hubiera agradado. Árboles de mirto, orquídeas, ananás, yuca, helechos y plátanos. Y campos extensos y cuidados, rebosantes de naturaleza viva. Eso sí, salpicados por decenas de esclavos que doblaban la espalda bajo la mirada de los capataces.

Llegaron a su destino y los obligaron a bajar a empellones en una especie de plazoleta, alrededor de la cual se levantaban chozas construidas con barro y paja. A empujones también, tuvieron que entrar en una de ellas, donde les desataron las manos para amarrarlos a una argolla fijada al poste central del habitáculo, donde los abandonaron.

Diego se dejó caer al suelo y se apoyó en el eje de la choza.

– Y ahora ¿qué?

– Ahora, esperaremos -le dijo Miguel, tomando asiento a su lado.

– No me gusta ese sujeto.

– ¿A quién te refieres?

– Al fulano gordo que nos ha comprado. No me ha gustado su modo de mirarnos.

– Nos ve como lo que somos, Diego: carne vigorosa para sus campos de caña.

El más joven se removió, inquieto, pero Miguel se tumbó sobre la tierra apisonada y cerró los ojos, ajustando su postura a lo que le permitía la brevedad de la cadena.

– Duerme un poco, renacuajo. Descansemos mientras podamos, porque me temo que de ahora en adelante, vamos a hacerlo muy poco. Hasta que escapemos.

– ¿Escapar?

– No pienso morir como esclavo. -Apenas se lo oía, pero Diego supo que hablaba en serio-. He dicho escapar, sí. Y vamos a hacerlo a la primera oportunidad.

– ¡Por las llagas de Cristo! Estamos encadenados en una maldita isla inglesa, y no se vislumbra ningún barco a la vista…

– No seas necio. Si quieren que trabajemos, tendrán que soltarnos. Estamos en una isla, sí. Y como todas, tendrá infinidad de calas y playas. En cuanto al barco… ya veremos.

– ¿Es que piensas robar uno? -replicó sarcástico.

– Quizá.

– Estás loco, Miguel.

– ¡Loco, sí! -Se incorporó de golpe-. Loco de ira, Diego. ¡De odio! Esos cabrones mataron a Carlota, le partieron el cuello sin contemplaciones. ¡Voy a vengarme como sea! Pagarán por lo que le hicieron a ella y por lo que nos están haciendo a nosotros.

Diego lo miró con lástima. Hasta entonces, su hermano había sido un ejemplo de coraje, pero siempre con temple. Ahora, allí, se expresaba como si fuera otra persona. Temió por él. Temió, sí, porque si se empecinaba en mostrarse altanero, los capataces de su actual amo no iban a tener consideración y presentía la habilidad con que manejarían el látigo.

– Al menos, sé prudente hasta que podamos escapar -le rogó.

Miguel le respondió con frialdad:

– Todo lo prudente que haga falta hasta que pueda cortarles el cuello a unos cuantos ingleses.

Загрузка...