38

Miguel estrujó la nota entre sus largos dedos y golpeó con saña la pared, despellejándose los nudillos. Maldijo y volvió a golpear el muro.

François, Pierre y él habían llegado a «Belle Monde» gastando bromas a cuenta del segundo, que acababa de comunicarles su intención de desposar a Virginia. Miguel le había pedido darle la noticia personalmente a Kelly, pero no la encontró en la casa. Lo único que había allí eran caras largas y rostros ojerosos. A Miguel se le dispararon las alarmas. El pánico se le acrecentó al ver la cabeza vendada de Roy, que le entregó la nota.

Antes de leerla ya sabía que a Kelly le había sucedido algo. El miedo lo paralizaba, no fue capaz de preguntar, sumido en un estado catatónico. Se obligó a leer y en sus ojos fue apareciendo una mirada amenazadora que surgía, otra vez, incontenible. Después, había blasfemado hasta quedarse afónico. Habían secuestrado a Kelly y él debía esperar instrucciones. No decían más. Pero habían transcurrido ya más de seis horas.

Nadie quiso retirarse a descansar. Tampoco cenaron. Pero Miguel ingirió más brandy del aconsejable, aunque su propio furor no le permitía embriagarse. Iba y venía como un león enjaulado, y ni Fran ni Pierre ni nadie podían hacer nada por tranquilizarlo.

De madrugada, uno de los peones entró en el salón a la carrera. Era portador de otra nota, que Miguel le arrebató de inmediato.

– ¿Quien la ha traído?

– Un niño de la aldea, capitán. Dice que se la dio un hombre.

La angustia que lo corroía se fue aplacando a medida que leía la abigarrada letra de la carta. Suspiró y se dejó caer en el sillón donde había pasado la mayor parte de la noche.

– Kelly está bien -les dijo a todos, y oyó suspiros de alivio.

– ¿Qué dice la nota?

– Piden mi cabeza a cambio de ella.

– ¡Joder! -estalló Pierre, cogiéndola y rompiéndola en mil pedazos-. Supongo que no les seguirás el juego.

– Supones mal.

– Es una locura. Sea quien sea el que te busca, no va a dejar libre a Kelly aunque tú te entregues atado de pies y manos.

– Voy a hacer lo que quieren, punto por punto.

– Te matarán. Lo sabes, ¿verdad? -intervino François.

– ¡Me importa una mierda si me matan! -estalló él, incorporándose como un felino-. Tienen a mi esposa y pienso ir a salvarla.

– No, sin un plan bien pensado -dijo el otro.

– Mira, amigo…

– Escúchame, Miguel -lo cortó Pierre, sacudiendo los trozos de papel delante de su cara-. Te dicen que vayas a lo que algunos indígenas llaman el Peñasco del Diablo. Esa roca apenas mide medio kilómetro de ancho, pero es suficiente para que una embarcación se esconda en su lado más oriental. Sin duda esperarán allí. Es una jodida emboscada y lo sabes. Si vas solo, ni tú ni Kelly regresaréis con vida.

A medida que Pierre iba hablando, sus palabras iban calando en Miguel; su amigo tenía toda la razón. Y se trataba de salvar a su esposa, no de hacerse el héroe.

– ¿Qué proponéis? No puedo dejar de acudir.

– Y acudirás. Pero vamos a planearlo.

– ¡Dios! -rugió, con el miedo royéndole las entrañas-. ¡Juro por lo más sagrado que si le han tocado un solo cabello, uno solo, voy a despedazarlos uno a uno!

– Tranquilízate. Ella estará a salvo hasta que crean que te tienen en sus manos. ¿Tienes idea de quién puede estar detrás de todo esto?

– Si Depardier no estuviese muerto, pensaría que es cosa suya.

– Sea quien sea, debemos seguir sus instrucciones -argumentó Fran, aportando un poco de calma-, pero acomodándolas en nuestro beneficio. Nos hemos enfrentado a situaciones peores, caballeros, de modo que sentémonos y pensemos.

– La cita es esta noche -recordó Miguel.

– Nos sobra tiempo -afirmó alguien desde la entrada. Se volvieron al unísono y Armand Briset los saludó inclinando levemente la cabeza. Estrechaba a Lidia por la cintura y la muchacha estaba temblando-. Veronique me ha mandado recado. Fran tiene razón, capitán. Hay tiempo para planear algo y sorprender a esos hijos de puta.

Lo que se conocía como el Peñasco del Diablo era, en efecto, una roca de grandes dimensiones. Distaba poco más de una milla de la isla y era un paraje inhóspito y olvidado de la mano de Dios en el que, según las leyendas indígenas, se practicaba la magia y se celebraban misas negras. Por lo que se decía, siempre según la tradición oral transmitida desde antiguo por los primitivos pobladores, en el islote se habían consumado un sinfín de violaciones y asesinatos consagrados a Satanás. Pero de eso hacía mucho tiempo y desde que los franceses arrasaron el peñasco y acabaron con cualquier rastro de presencia humana no se había vuelto a tener noticia de aquelarres u otro tipo de rituales.

A pesar de todo, a Miguel se le erizó el vello de la nuca. No creía en misas negras ni en brujerías, pero el lugar era tan desolado que parecía la entrada a un mundo infernal, y a esa visión se añadía su propia zozobra.

Era noche cerrada. Echó el esquife al agua y comenzó a remar despacio, seguro de que estaba siendo vigilado. Unos metros más allá, notó el lastre de unos cuerpos sumergidos que se pegaban al casco dificultándole avanzar a mayor velocidad y dio gracias al Cielo. Las aguas, negras y profundas, estaban más silenciosas que de costumbre. Se trasladaba con la sensación de aventurarse a un lugar muerto. Sin embargo, saber que sus amigos nadaban tan cerca amparados en la oscuridad lo tranquilizaba. Aquella muestra de camaradería no tenía precio, porque sabía que enfrentarse solo a los que retenían a Kelly era una acción condenada al fracaso.

La luna, ¡maldita fuera!, se presentaba esa noche como un disco pleno y brillante. Eso dificultaba la misión, pero, sin embargo, le permitía percibir cualquier movimiento imprevisto. Cuando tocó fondo, dejó los remos y saltó del bote. Lo arrastró a tierra firme y echó un rápido vistazo al agua. Se congratuló de no ser capaz de localizar a ninguno de sus amigos.

Hizo una rápida inspección del terreno que pisaba y después se sentó a esperar, seguro de tener muy pronto compañía. Ardía en deseos de ver a Kelly, de estrecharla otra vez entre sus brazos, y rezaba para que ella estuviera bien y mantuviera la calma. Su esposa era una mujer valiente y sabría demostrar su sangre fría.

Unos minutos más tarde supo que su espera había terminado. No se oía ni un suspiro, pero un sexto sentido lo alertó, y se levantó y atisbó entre las sombras. Sus músculos se tensaron y se preparó para cualquier eventualidad. Incluso para ser la diana de un disparo. Iba a necesitar toda la suerte del mundo y todo su aplomo y pericia para poder salir bien parado de aquella encerrona.

No era un hombre, sino cuatro. A media distancia se destacaban los atuendos de dos caballeros mientras que, dos pasos atrás, los acompañaban otros dos de aspecto patibulario. Sin motivo aparente, Miguel sintió una punzada de desazón al fijarse en el elegante caminar de uno de ellos. No era miedo, aunque desde luego lo tenía por Kelly y hasta por su propia integridad física y la de sus camaradas, sino algo distinto, como si el individuo le resultara vagamente familiar. Aquella manera de hundir el pie derecho en la arena… A medida que se acercaban sus sospechas se confirmaban. Se quedó parado, demasiado desconcertado… ¡No podía ser!

– ¡¿Tío…?! -Y a punto estuvo de ir a abrazarlo, pero no lo hizo.

Su voz fue apenas un susurro. Le pareció que el hombre sonreía y se adelantó un poco a sus acompañantes.

Ninguno de los dos dijo nada, sólo se quedaron mirándose. En el rostro de Daniel de Torres apareció un rictus inusualmente sombrío. Sus dientes destacaron como los de un lobo y Miguel seguía sin articular palabra.

– El aro en la oreja te sienta bien -fue su saludo.

En la cabeza de Miguel mil y una preguntas se amontonaban buscando respuesta. Pero no la tenía. Debía de ser una broma. Una macabra broma. ¿Qué hacía su tío allí, en un islote perdido en el océano? A él el pánico lo cubrió como un sudario, porque era evidente que el hombre no había viajado desde el otro extremo del mundo sólo para saludarlo. Se le helaba la sangre porque no veía la razón de que estuviera allí. Sobre todo, no comprendía qué tenía que ver con el secuestro de su esposa.

– ¿Vienes con ellos? -señaló al trío con el mentón.

– No. Ellos vienen conmigo -aclaró Daniel-. Me alegro de que hayas seguido las instrucciones al pie de la letra.

– Es la vida de mi esposa la que está en juego. -Empezaba a comprender.

– Sí. Eso ha dicho ella. -Se tironeó del lóbulo de la oreja-. Que está casada contigo. Es una preciosidad, debo reconocerlo. Siempre tuviste buen gusto para las mujeres, sobrino.

Así que no estaba alucinando, ni era una broma, ni su tío estaba frente a él por casualidad, sino que comandaba realmente la camarilla y era el responsable del secuestro de su mujer. Le costaba reaccionar. No acababa de asimilarlo. «¿Por qué?», se preguntó. Un boquete violento se iba abriendo en su pecho.

– ¿Por qué, tío? ¿Por qué has caído tan bajo? ¿Donde está Kelly?

– En el barco.

– Y ¿qué buscas? ¿Por qué estás metido en esto? ¿Qué quieres a cambio? ¿Dinero?

La carcajada de Daniel levantó ecos en la desolada playa.

– ¡Oh, vamos, Miguel! ¿Acaso no es lo que todos buscamos? Dinero es poder, muchacho. Tú mejor que nadie deberías saberlo. Imagino tu sorpresa, seguramente te he descolocado. Pero yo estoy aún más atónito que tú. Te creía muerto. Sin embargo, te tengo delante, dispuesto a arriesgar la vida por salvar a tu ramera -le espetó despectivo-. He de confesarte que dar contigo ha sido uno de mis mayores golpes de suerte. Te hacía esclavizado aún en la hacienda de mi buen amigo Colbert. Pero me enteré de tu desaparición, até cabos y sospeché. Ahora compruebo que mis temores eran fundados.

Miguel se estaba reteniendo lo indecible, pero su subconsciente hizo que diera un paso adelante. La camarilla de Daniel reaccionó de inmediato y los cañones de sus pistolas apuntándolo hablaron por sí solos.

– ¿Qué tienes tú que ver con ese hijo de perra inglés?

Uno de los sujetos se adelantó y le puso el cañón del arma bajo la barbilla. Y Miguel volvió a estar cara a cara con el asesino de Diego y el hombre que casi lo mató también a él, y la sangre le hirvió en las venas.

– Este hijo de perra inglés -respondió Colbert despacio, haciendo presión con el arma-, es el socio que le ha proporcionado importantes ganancias.

– Podría haberme encontrado esta noche con Satanás y no me hubiera sorprendido, pero ¿tú…? -dijo, dirigiéndose a su tío-. ¿Así que tenéis negocios en común? ¿Qué tipo de negocios?

– Es una larga historia y no estamos sobrados de tiempo. Te bastará saber que hemos colaborado en transacciones interesantes y que ahora estamos juntos en esto.

Miguel apretó los dientes. ¡Maldito si entendía una palabra! Colbert era una rata que no dudaría en aprovecharse de mujeres y niños, de matar a sangre fría. Pero su tío… ¡Por el amor de Dios! Toda la familia lo había tenido por un hombre cabal. ¿Daniel de Torres, orgulloso caballero español, asociado con un bastardo como Colbert? ¿Qué había podido inducirlo a semejante transformación?

– Creí que quitándoos de en medio a ti y a tu hermano resolvería mis problemas. -Ahí estaba la explicación cargada de revancha y amargura-. Desterrados de España no podríais interponeros y yo me haría con la herencia de la familia, como me corresponde.

– ¿Herencia? ¿De qué estás hablando?

– ¡Hablo de la fortuna de los De Torres! ¡De eso hablo! Tu jodido abuelo me legó una miseria al morir. Una miseria.

– Que yo sepa, el abuelo no te dejó precisamente en la ruina.

– ¡Valiente minucia! -graznó Daniel-. ¡Me correspondía más! ¡Y ahora lo tendré todo!

Miguel se asombraba más y más a cada segundo. ¿A qué se refería su tío? Genaro de Torres, el abuelo severo pero justo del que apenas pudo disfrutar unos años, le había dejado un buen pellizco a su tío. Demasiado, dado que era el primogénito quien lo heredaba todo.

– Claro que yo no era más que un hijo ilegítimo -continuó Daniel, que ahora parecía perdido en sus propios recuerdos-. Para mi padre, eso era lo único que importaba. Su jodida sangre.

Miguel estaba anonadado. ¿Su tío era hijo ilegítimo?

– No pongas esa cara, sobrino. Sí, yo no era su hijo, sino el bastardo que tu abuela Ana, mi madre, le endilgó. Genaro de Torres me alimentó, me dio estudios y hasta su apellido. Me mantuvo alejado, eso sí. Porque no podía verme sin sentirse culpable. Para él, reconocer que su mujer le había puesto los cuernos era impensable. ¡Qué diría la gente! ¡Qué diría la Corona, a la que siempre defendió! Nunca me aceptó. ¡Y jamás le perdonó a mi madre su desliz amoroso, aunque ella sólo buscó en otro hombre lo que él nunca supo darle! Sí, Miguel, tu adorado abuelo fue solamente un desgraciado sin sentimientos.

Él no dijo una palabra. No podía hablar. Se estaban derrumbando sus paredes familiares. La acusación de su tío le estaba revelando un secreto que él desconocía.

– Bueno -prosiguió Daniel-, todo eso ya es agua pasada. He tardado mucho tiempo en perpetrar mi venganza y ahora estoy a punto de obtener lo que me pertenece. Tengo la oportunidad y voy a aprovecharla. Tu padre sigue consolándose pensando que Diego y tú estáis vivos en alguna parte, pero yo le llevaré la triste noticia de vuestra muerte. Durante estos años, no he hecho más que seguir vuestro rastro. He ido tras vuestra pista desde Maracaibo a Jamaica por explícito deseo suyo.

– Diego está muerto -anunció Miguel.

– Lo sé. Mi amigo Colbert me ahorró el trabajo de matarlo yo mismo. Así que, si tú también desapareces… tu padre no tendrá más remedio que nombrarme su heredero. Después, ¿quién sabe? Un desafortunado accidente… -Dejó la frase en suspenso.

Miguel notó que se le tensaban los músculos como cuerdas de violín. Dio otro paso hacia su tío y Edgar reaccionó golpeándole en la cabeza con la culata de su arma. El dolor lo dejó momentáneamente paralizado.

– Deja caer tu sable -le ordenó.

Parpadeando para aclararse la visión y rumiando su frustración, Miguel no tuvo más remedio que obedecer. Se desabrochó el cinturón y el arma cayó a sus pies. Colbert se puso inmediatamente a su espalda y le golpeó los riñones. Cayó de rodillas y una rabiosa patada en el costado lo dejó sin aliento.

– ¡Señores! -gritó al espacio su tío-. ¡Si no quieren que mi amigo le vuele la cabeza, salgan con las manos en alto y tiren sus armas!

Miguel blasfemó. ¡Qué idiota había sido!, se lamentó. La presencia de sus amigos siempre había sido conocida por Daniel de Torres.

El tintineo de los sables sonó al chocar contra el suelo. Estaban en igualdad numérica, pero desarmados no tenían posibilidades y él no haría nada que los pusiera en peligro. Se levantó, dolorido por los golpes, y todos fueron encañonados. Boullant cruzó una rápida mirada con él y se encogió ligeramente de hombros.

– ¿Y ahora qué? -preguntó Miguel-. ¿Vas a matarnos?

– Ahora os llevaremos al barco, os ataremos en las bodegas y encontraremos una plantación donde nos paguen lo que valen tus amigos -dijo Edgar.

– ¿Y a mí?

– Me gustaría devolverte a «Promise», te lo juro. Nuevas raciones de látigo te ayudarían a recordar quién es el que manda, pero Daniel tiene otros planes.

– No puedo dejarte vivo, lo siento -intervino su tío-. No es más que parte del negocio, como imaginarás.

– Por supuesto -ironizó Miguel.

– Escapaste cuando deberías haber muerto. Muy pocos consiguen sobrevivir a la esclavitud, pero tú lo hiciste. No puedo arriesgarme a que repitas la hazaña, de modo que serás pasto de los tiburones en alta mar.

– ¿Y mi esposa?

– Eso es cosa de Colbert.

Un músculo incontrolable vibró en la mandíbula de Miguel.

– Lamento que no pueda acompañarte en tu último viaje -continuó Edgar-, pero tengo que llevarla de regreso. Y remediar la última insensatez de mi padre. ¿Sabes?, se lo dejó todo a ella al morir.

– ¡Vaya! Así que ha muerto -replicó, sarcástico. Pero la noticia no le procuró la satisfacción que esperaba.

– Sí, lo hizo por fin el muy hijo de puta. Pero se equivocó en el testamento. Kelly ha heredado «Promise». Y yo quiero recuperar lo que es mío.

– Mi esposa no querrá esa podrida herencia.

– No me arriesgaré a que cambie de idea. De vuelta a Jamaica, me tomaré venganza de los desplantes y humillaciones que me dedicó en la hacienda. Y cuando me haya saciado de ella, también me sobrará. Por otra parte, me llevaré tu cabeza, única parte de tu cuerpo de la que no disfrutarán los tiburones. Has conseguido hacerte muy famoso en todo el Caribe y la Corona ofrece una buena recompensa por ti. ¿Por qué no aprovecharla?

Lo tenían todo pensado, se dijo Miguel, con el miedo alojado en su estómago, inseguro y debilitado. Pero no contaban con que él no estaba dispuesto a facilitarles las cosas. Ni Fran, ni Pierre ni Armand, de eso no le cabía duda. No les quedaba más remedio que intentar una solución desesperada. Si los tomaban por sorpresa, tal vez, sólo tal vez, podrían cambiarse las tornas. Miguel sabía que sólo les hacía falta una señal.

Después, todo se desarrolló muy de prisa.

Como un resorte, levantó la pierna derecha hacia el brazo de Colbert, haciendo que la pistola se le disparase; el estallido se perdió entre el aleteo confuso de una bandada de aves a las que despertó de su sueño.

Fue como si hubiera sonado un gong y los franceses se movieron como un solo hombre.

El disparo de un esbirro que permanecía en retaguardia alcanzó a Miguel de refilón. Sintió una quemazón en el costado, pero su puño ya se había activado y alcanzó a Colbert entre los ojos. Se inició un tiroteo. No había lugar a vacilaciones. Se estaban jugando la vida. Armand saltó hacia Daniel de Torres con una agilidad que parecía imposible dado su volumen y, sin tiempo a defenderse, el español se debatía, luchando por respirar. Un segundo después, caía a los pies del francés con el cuello roto.

Apretándose la herida del costado, Miguel recuperó el resuello. Había sido una pelea rápida y casi le parecía mentira que la situación hubiera cambiado con tanta celeridad. Colbert se retorcía en el suelo, cubriéndose con la mano la nariz rota. Y el cuerpo de su tío yacía cerca de Briset. Los otros dos no habían tenido mejor suerte.

– ¿Qué hacemos con ellos? -preguntó Pierre.

– Lo que mejor os parezca -respondió Miguel, echando una última mirada al cadáver de Daniel de Torres-. Yo voy en busca de Kelly.

– ¿La herida es grave?

– No -aseguró, aunque la sangre le chorreaba entre los dedos.

– Véndatela. -Fran se quitó el fajín y se lo entregó-. Supongo que has querido decir que vamos en busca de Kelly.

– Vosotros ya habéis hecho demasiado.

– ¡No digas estupideces! -le espetó Pierre.

– En el fondo, todo esto te divierte, mon ami, lo sé. Hace mucho que estamos ociosos -comentó Fran.

– Si Kelly no estuviera en peligro, te juro que sí lo disfrutaría -confirmó él.

Miguel se apresuró a restañarse la herida. Suspiró y asintió. Imposible dejarlos al margen.

– De acuerdo, amigos, entonces, acabemos cuanto antes.

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