Isla de Guadalupe. Meses después
François Boullant estalló en carcajadas al ver al sujeto que, al fin, tras varios intentos, conseguía atrapar a la muchacha que le servía, se la sentaba sobre su regazo y la besaba.
Fran estaba borracho. Como el resto. Como jamás lo había estado en toda su condenada vida. Pero la última presa había valido la pena y los hombres vitoreaban su nombre entre picheles de cerveza y barriles de ron. Incluso la tripulación de Depardier. ¡Y hasta el mismo Depardier, maldito fuese!
Y todo se lo debía al rufián de severo rostro atezado, cabello negro y mirada de ave rapaz que amedrentaba a cualquiera. Lucía un brazalete de oro y esmeraldas y un pequeño aro de oro en la oreja izquierda.
Las camareras del tugurio en el que se divertían se lo habían estado disputando desde que entraron. Como siempre. En cada ocasión sucedía lo mismo. En todos y cada uno de los burdeles que pisaban, las mujeres bebían los vientos por él. Y al parecer el muy bandido acababa de hacer su elección para aquella noche.
Sin embargo, otra de las chicas no aceptó de buen grado no ser ella la elegida. Dejó las jarras que estaba dispuesta a servir con un golpe seco, se aproximó a la que besaba ansiosamente al tipo moreno y guapo y, tomándola del pelo, la tiró al suelo y la arrastró.
Los vítores atronaron la taberna y los hombres se aprestaron a ser testigos de una pelea entre las dos mujeres.
No era muy usual en aquellos tiempos y en aquellas latitudes que las hembras que se ganaban la vida vendiendo su cuerpo a bucaneros y corsarios se pelearan por un posible cliente, porque si alguna salía mal parada, estaría apartada del trabajo y, por tanto, de su sustento. Así que Boullant dio vuelta a su asiento y se acodó sobre las rodillas para no perderse el entretenimiento que les regalaban.
La joven agredida reaccionó como una serpiente. Agarró el tobillo de su contrincante, la hizo caer de bruces y de inmediato se incorporó, dispuesta a la confrontación. Lanzó una patada y su zapato alcanzó a su rival en un costado, haciéndola gritar y soltar, acto seguido, un insulto impropio de una dama, pero frecuente entre las fulanas de puerto.
El moreno se recostó y pasó un brazo por el respaldo de la silla, atento como el resto. La chica escogida para acompañarlo a su cama era bonita a pesar de sus ropas desaseadas, su cabello alborotado y su cuerpo flaco. Pero la otra no se quedaba atrás: pelirroja, de ojos almendrados y claros, unas apetitosas curvas en los lugares donde debían estar y, al parecer, brava y decidida a ganarse también un sitio en su lecho.
– ¡Eh, truhán! -Se volvió y descubrió a Boullant al otro extremo de la larga mesa en la que habían cenado y bebido sin mesura-. ¿Con cuál de ellas te vas a quedar?
El joven echó la cabeza hacia atrás y se rió con ganas.
– ¡Con la que gane!
Pierre Ledoux, a su lado, coreó las carcajadas de François y le soltó una palmada en la espalda que casi lo hizo besar el suelo.
– Si vuelves a sacudirme así, cochino francés, no quedaré entero para satisfacer a ninguna.
Pierre se atragantaba de risa.
En el centro de la taberna, rodeadas por los hombres que asistían al espectáculo con regocijo, las dos belicosas mujeres se movían ahora en círculos, con las manos adelantadas, la espalda ligeramente encorvada y las piernas abiertas. Se habían remangado las faldas, sujetándoselas a la cintura para disponer de mayor soltura en la pelea, lo que provocó aplausos y un coro de piropos de toda índole.
Suponían una visión tentadora y el pirata moreno se fijó en sus piernas desnudas. «Deliciosas», pensó. Daba igual quién ganase porque, a fin de cuentas, él sería el vencedor. Cualquiera de las dos era un bocado exquisito.
La tripulación del Missionnaire alentaba a ambas muchachas, aunque en bandos divididos. Pierre tomó de inmediato partido por la pelirroja y Boullant lo hizo por la morena. El griterío resultaba ensordecedor, pero todos estaban demasiado borrachos como para que les importase. Habían desvalijado otro mercante inglés hacía menos de dos semanas y tenían los bolsillos repletos de oro para gastar en bebidas y mujeres.
La pelirroja lanzó un zarpazo malintencionado y su oponente esquivó lo que hubiera sido la marca de sus uñas para contraatacar de frente, con velocidad. La golpeó en pleno mentón y la otra cayó de espaldas, levantando el clamor general y algunos chasquidos de lengua. Ya en el suelo, se enzarzaron, revolcándose y tirándose del pelo. Las ropas se les rasgaban, dejando sus encantos aún más al descubierto, para jolgorio de los espectadores, que vitoreaban y bramaban de puro placer.
Boullant se palmeaba las rodillas mientras reía y el del brazalete seguía el torneo de amazonas con complacida sonrisa.
La morena consiguió hacerle una llave a su contrincante y empujarla contra una de las mesas, que se volcó. El estrépito de jarras que se estrellaban contra el suelo levantó una ligera protesta de quienes vieron perdida su bebida, pero la pelea les hizo olvidarlo pronto. La pelirroja se levantó con agilidad, llevando en su mano una de las jarras, que golpeó contra el borde de una mesa. Esgrimió su nueva arma de aristas afiladas y se enfrentó a su enemiga, que palideció y retrocedió al verla.
El pirata de cabello negro frunció el cejo. Si la prostituta armada alcanzaba el rostro de la otra iba a desfigurarla. Esperó un momento por si ésta conseguía esquivarla, pero en sus ojos grandes anidaba ya el pánico. Aquellas chicas vivían de su físico, más o menos apetecible, y pocos hombres iban a acostarse con una muchacha marcada.
Ella retrocedió otro paso y la mala fortuna hizo que resbalara en un charco de cerveza, cayendo de espaldas. El desenlace que se avecinaba acalló el griterío e hizo subir de volumen el rugido de terror de la joven, porque la ocasión fue aprovechada por la pelirroja para abalanzarse sobre ella con intención de alcanzarle la cara.
Una mano firme y tostada sujetó la muñeca de la ramera y le retorció el brazo. Luego, la empujó y la hizo aterrizar sobre las piernas de Boullant, que no desaprovechó el regalo y la besó. Ella se revolvió, decidida a retomar la pelea, pero vio que el moreno tendía su mano a su adversaria y la incorporaba.
– ¡Maldito seas, español! -rugió Pierre con voz cavernosa-. ¡Has dicho que te quedarías con la que ganara!
Miguel de Torres atrapó a la chiquilla morena por la cintura y la pegó a él. Le guiñó un ojo al francés y dijo:
– No voy a contrariar a François. Y a él le gusta la que tiene ahora sobre sus rodillas.
El aludido le respondió con un gesto de asentimiento.
– Merci, monsieur! -gritó, sobreponiéndose a las protestas de la marinería a la que había estropeado la diversión.
Mientras el español se dirigía al piso de arriba, con la chica pegada a su cadera, la pelirroja agarró a Boullant por el pelo y lo obligó a prestar atención.
– ¿Te gusta más Paulet?
– Ya has oído a mi camarada. Me gustas tú. ¿Cómo te llamas, hermosura?
Ella batió pestañas coquetamente, le hizo un mimo y lo besó en la boca. Hubiera preferido al moreno, pero el rubio que tenía enfrente tampoco estaba nada mal, y disponía de dinero para gastar. La joven conocía muy bien el sistema para que el francés se dejara hasta la última moneda con ella. Lo había hecho con otros y aquel aguerrido lobo de mar no sería menos.
– Lizzy -contestó, acariciándole por debajo de la camisa-. Me llamo Lizzy, mi apuesto capitán.
Su propia angustia lo despertó. Se incorporó, confuso y bañado en sudor, sin reconocer el lugar donde se encontraba. A su lado, una figura menuda se movió, ronroneó y acarició su torso desnudo.
Miguel suspiró, dejándose caer de nuevo sobre los almohadones. La pesadilla se repetía con desesperada reiteración y, como siempre, horrorosamente real. Se preguntó si alguna vez dejaría de revivir aquellos fatídicos episodios, si sería posible acabar con el tormento de ver a Carlota y Diego, que parecían recriminarle desde el Más Allá no haber hecho nada para salvarles la vida.
Paulet bajó la mano en una tímida caricia hasta llevarla a su ingle, pero él se la retiró con suavidad.
– Ahora no, pequeña.
– ¿Malos sueños?
– Muy malos -asintió. Echó a un lado la revuelta ropa y se acercó hasta la ventana abierta. Una suave brisa hizo ondear sus cabellos y se acodó en el alféizar, con la mirada perdida. Desde el callejón, ascendía la fetidez de la inmundicia acumulada y torció el gesto. Abajo, un montón de desechos desestimados incluso por los más miserables del lugar yacían amontonados y pudriéndose al sol. Un par de chicuelos desharrapados revolvía entre las basuras.
¿Qué hacía él allí, en un lugar tan sórdido?
Decidido, se dio la vuelta y comenzó a vestirse.
– ¿Volverás a buscarme esta noche? -preguntó la chica, desperezándose y mostrándose impúdicamente desnuda, en un último intento de llamar de nuevo su atención.
A Miguel le divertía Paulet. Lo había entretenido desde que arriaron velas y decidieron pasar unos cuantos días en la isla. Guadalupe era un pequeño pedazo de tierra en el océano, de unos 42 kilómetros de ancho; en realidad, un archipiélago formado por dos islas principales, separadas entre sí por un estrecho canal, Basse-Terre y Grande-Terre, y por numerosos islotes. Un territorio volcánico de colinas redondeadas y múltiples vertientes, con valles áridos y profundos entre los que soplaban los vientos alisios. Un lugar en el que había poco que hacer, salvo divertirse y esperar, al menos hasta que pasara el temporal que se acercaba. O eso era lo que él había pretendido hacer: divertirse.
Amenazaba tormenta, sí. Los lugareños temían los embates de la naturaleza porque los ciclones eran frecuentes, arruinaban las cosechas y deterioraban los edificios. Aunque la taberna en la que se encontraban había superado los últimos y parecía en condiciones de enfrentar muchos más, el personal se afanaba en el trajín que originaban los trabajos de prevención. Allí, al menos, contaban con una bodega repleta de ron. Y con mujeres bonitas, como la propia Paulet.
Miguel se remetió los faldones de la abullonada camisa en los pantalones mientras se preguntaba si soportaría muchos días más de pasividad. Las tripulaciones de la flotilla no estaban dispuestas a regresar al mar hasta haberse tomado un buen descanso. Para ser sinceros, él tampoco, pero lo acuciaba el impulso insano de continuar batallando, como si fuera el único motivo que lo hacía seguir viviendo. Por el momento, se sentía medianamente satisfecho.
– Vamos, levanta el trasero de esa cama, preciosa. ¿O es que te preocupa encontrarte con Lizzy? -la provocó.
– Esa bruja… -dijo ella entre dientes-. Si no me la hubieras quitado de encima, me habría rajado la cara. ¡La muy puta! Te juro que un día de éstos la mataré. Te quería para ella.
Miguel calmó el enfado femenino con una caricia. Se le acercó, se inclinó y le lamió uno de los oscuros pezones. Paulet gimió y le echó los brazos al cuello.
– ¿Te gusto, mon capitaine?
– Mucho.
Ella le puso un dedo en el mentón y afirmó:
– Pero hay alguien más en tu cabeza, ¿verdad?
Miguel se puso tenso. En sus labios apareció una mueca de desprecio que no pudo ocultar.
– ¿Alguien más?
– Otra mujer.
Los ojos de él despidieron fuego un breve instante, pero la chica apenas tuvo tiempo de verlo. Sin responder, Miguel se sentó en el borde del lecho y se calzó las botas, y después recogió su sable y su pistola.
Paulet lo observaba con atención. ¿Qué era lo que laceraba el corazón de su aguerrido pirata? Intuía que le habían hecho mucho daño en el pasado, y lo lamentaba, porque el capitán De Torres era un ejemplar magnífico al que ella hubiera querido conquistar. Sin embargo, adivinaba que lo que lo hería era tan fuerte y estaba hundido de tal modo en su alma, que nada podría arrancarlo de allí. Y si era una mujer, como ella temía… ¿quién podía luchar contra un fantasma?
Miguel envainó el sable de un golpe seco. La sencilla pregunta lo había lanzado, una vez más, al tobogán del odio. Lamentó mostrarse arisco, porque Paulet había cumplido bien y le proporcionaba los momentos de solaz que necesitaba. Pero había dado en el blanco y eso lo irritó. Sí, había otra mujer que horadaba su mente, su corazón y hasta su alma, provocándole un dolor sordo que no lo abandonaba.
Una mujer a la que odiaba.
Una mujer a la que deseaba como un estúpido, aun sabiendo que nunca sería suya.
Siempre la hubo, desde que sus pies pisaron Jamaica.
– No digas tonterías -dijo al fin-. Contigo no se puede echar de menos a ninguna otra.
Rebuscó en su chaqueta y sacó una bolsa de monedas que lanzó sobre la cama. Ella la recogió y, al sopesarla, sus ojos se abrieron como platos.
– Búscame esta noche, capitán.
– Lo haré, muñeca -respondió, dedicándole a la joven un guiño pícaro.
Ella le tiró un beso desde la cama y se congratuló por haber conseguido arrancarle una sonrisa.