Se resistía a soltarla.
Aún le latía furioso el corazón. Cuando la vio colgada del mástil, la sacudida del miedo le insufló una energía salvaje. En ese instante, aunque ella ya estaba a salvo, su inclemente necesidad de arrollar todo cuanto tenía delante lo tenía aturdido. Y los apagados sollozos de Kelly, fruto del pánico, lo herían en el alma. No soportaba el llanto de una mujer, pero es que, además, con ella se unía a eso el apremio de protegerla.
Kelly se dejó llevar hasta que él la depositó sobre la cama y ella se acurrucó contra la almohada, aunque le dolió abandonar el calor de Miguel.
– Tranquila, princesa -le susurró, con tal ternura que otra vez tuvo ganas de echarse a llorar-. No permitiré que vuelva a suceder nada semejante. -Le besó los párpados, la frente, las sienes, la punta de la nariz-. Ahora estás conmigo.
Sí, ahora estaba con él. ¿Y acaso no era más peligrosa aquella atracción que ejercía sobre ella? Nunca había llorado tanto en su vida como desde que lo conoció. Había pasado noches en vela recordando sus caricias en «Promise» y, cuando ya creía haberlo relegado en su mente, volvía a encontrarlo, sólo para darse cuenta de que estaba enamorada de un español insolente y altanero. Su cercanía no hacía más que alimentar el conflicto de sentimientos que la desgarraban por dentro. Se sabía indefensa ante sus caricias y su incapacidad para hacerle frente la estaba matando. Siempre se había comportado con seguridad, sabiendo lo que quería, sin dejarse doblegar ni siquiera por las órdenes de su padre. ¿En qué se había convertido ahora? ¿En qué la había convertido Miguel, sino en una mujer que se mecía al vaivén de sus deseos?
Y allí, mientras le hacía arrumacos como si de una niña pequeña se tratara, tuvo la certeza de que él no le iba a hacer daño. Pero es que no sólo se podía dañar el cuerpo, también se podía castigar el alma y ésta ya la tenía hecha pedazos. Si se enamoraba completamente de él, sería como vivir en un infierno. Y estaba tan, tan, tan cerca…
Sus melancólicas conjeturas se evaporaron al contacto de los labios de Miguel. La besó. Y ella se entregó a una caricia a la que correspondió porque la necesitaba, la ansiaba. La apremiaba su propia avidez.
Él no esperaba su respuesta, aunque ardía en deseos de obtenerla. Después de lo que había pasado, superándolo con el arrojo de una mujer valiente, debería haberlo repudiado y condenado. ¡Por los clavos de Cristo! Habían estado a punto de… Se le hizo un nudo en las tripas sólo de imaginarlo. Y el sentimiento de posesión que germinaba en su pecho arraigó con más fuerza. Kelly era suya. Completamente suya. Y sus labios bebiendo de los suyos derretían el hielo de un corazón que durante demasiado tiempo había latido sin sentir afecto por nadie.
Entrelazaron sus lenguas, saborearon sus bocas, se consumieron en el oleaje de su naufragio. Tenían que marcarse a sangre y fuego. Tenían que memorizar sus cuerpos, respirar sus olores. Necesitaban desprenderse de sus alforjas del pasado para fundirse en alas del futuro.
Ella exigía un hombre que supiera renunciar, que superara el revanchismo, que la eligiera sin trabas. Él quería que no hubiera dudas, que fuera la mujer del capitán De Torres, un condenado, un renegado, un maldito pirata sin país ni futuro.
Kelly gemía al dictado de la boca varonil, cada vez más exigente y posesiva, y respondía requiriendo nuevas caricias, invitándolo, instándolo a beber de su cuerpo, porque estaba decidida a entregárselo.
La barrera de la camisa desapareció bajo las ávidas manos femeninas y sus dedos abiertos tantearon la piel de Miguel, exploraron cada músculo, lo moldearon con su tacto. Tenía prisa por olvidar todo lo que no fuera él, urgencia por unírsele de nuevo.
Quisiera o no, la odiara o no, aquel hombre tenía que pertenecerle.
Sus bocas se separaron y los ojos de ambos se llenaron de un deseo que no podían ocultar.
– Bésame otra vez -le pidió ella.
Y el caballero español convertido en forajido de los mares encontró el cobijo que buscaba, el puerto donde echar el ancla de su rencor y olvidar, en ese acto, su hostilidad. La besó otra vez. Claro que la besó. Porque no podía hacer otra cosa, porque sólo era un muñeco en sus brazos. La deseaba y la odiaba a partes iguales y las dos emociones, enfrentadas, lo reconcomían. Perdía el norte cuando estaba junto a su inglesa. Su ira se volvía serenidad, su odio, ternura, su crueldad, delicadeza. Kelly conseguía hacer aflorar lo mejor y lo peor de él.
Nunca sintió algo parecido, ni siquiera con Carlota. A ésta le tuvo cariño, mientras que a Kelly quería devorarla, perderse en ella, saciarse hasta quedar exánime. Enseñarle y aprender de ella, fundirse en su interior y amarla.
La piel le quemaba allí donde ella lo tocaba y era imposible ya detenerse. ¡Maldita fuese!, gimió interiormente un segundo antes de devastar de nuevo sus labios. Su masculinidad palpitaba exigente y dolorida y lo mandó todo al infierno. Ni quería ni podía remediar lo que tenía que suceder. Abandonando los sedosos brazos, se desnudó con prisas, con el bombeo de su corazón cada vez más fuerte y apresurado al ver que ella la emprendía ya con su vestido, que acabó de rasgar en su premura. Su mirada hambrienta acabó por perderle. ¡Cristo crucificado! Parecían dos locos.
Apenas cubierta por la camisola, los brazos de Kelly le reclamaron y Miguel se rindió. La cubrió con su cuerpo, la abrazó, retomó sus labios. Con manos trémulas, como un primerizo, la despojó de la única prenda que le impedía absorber su piel por entero.
Kelly lo ayudó. En ese momento le estorbaba todo salvo la piel de él, necesitaba como una demente sentir desnudez contra desnudez.
Se fundieron como dos salvajes, cada uno buscándose en el otro, acariciando cada milímetro de piel, lamiendo, saboreando, mordiendo.
Kelly abrió las piernas, ofreciéndose, y Miguel se encajó entre ellas. Se deslizó en la humedad del túnel donde deseaba perderse y olvidarlo todo. Entró en su interior y Kelly elevó su pelvis uniéndose más a él.
– Chis. -Apoyó la boca en el cuello de ella-. Despacio, pequeña. Despacio.
– Te deseo ahora.
– Vas a matarme, Kelly. Vas a matarme, inglesa.
El cuerpo de ella experimentó una sacudida, pero controló su ardor y permaneció quieta debajo de él, escuchando el latido del corazón masculino. Le acarició los costados, las prietas nalgas, ascendió por la cintura abarcando sus anchas espaldas y mimó cada cicatriz, porque eran parte de él. Y volvió al punto del escarnio y al llanto por el sufrimiento que Miguel había soportado.
Al oírla, él se apoyó en las palmas de las manos y se paró. Fue como si lo apuñalaran y enjugó las perlas saladas de sus lágrimas con sus besos.
– ¿Por qué lloras?
Ella abrió los ojos y a Miguel le pareció que se le escapaba el alma, fundida en ellos.
– Edgar no tenía derecho -hipó, acariciando de nuevo cada señal de látigo, como si con ello quisiera suavizarlas-. No lo tenía.
Él se estremeció. Los brazos de ella rodearon su cuerpo, su vientre se elevó y trastornado, se perdió en su interior, con embates desesperados; ambos se alejaron del mundo y de la realidad, sobrevolaron el odio y la venganza, recalaron en la ensenada de la pasión.
En la vorágine de su unión, Miguel susurró inconscientemente palabras que hicieron galopar el corazón de Kelly.
– Estamos a punto de amarrar.
Kelly se volvió con una sonrisa que se amplió al mirarlo. Miguel estaba muy guapo. Vestía pantalones negros y una camisa blanca con los cordones desanudados, lo que le permitía apreciar una buena porción de piel morena de la que ella nunca se cansaba. Tenía el cabello despeinado y húmedo y el aro de oro que adornaba su lóbulo brillaba, confiriéndole un aspecto salvaje y primitivo. Sobrecogía el corazón.
Pero Kelly ya no le temía. Vivía en una nube. En las últimas horas apenas habían abandonado el camarote, perdidos el uno en el otro. Miguel se encargó de bañarla, mimándola, llenándola de caricias. Habían reído como dos chiquillos mientras él le ponía pequeñas porciones de comida en la boca, que retiraba a veces como si jugaran a ser niños. Charlaron de muchos asuntos, como dos camaradas. Así fue como ella supo algunas cosas de su familia, que Miguel tuvo que dejar España al ser condenado. Le habló de su madre, de su padre, de su tío. La entretuvo narrándole episodios de su tiempo de estudiante y las mil travesuras de su hermano Diego, castigos incluidos. Kelly no recordaba haberse reído tanto en su vida.
Y habían hecho el amor una y cien veces.
A Lidia se le permitió entrar para arreglarle el cabello y Timmy volvió a ser el encargado de servirles la comida,
Miguel se mostró ante ella absolutamente diferente. Era divertido, sagaz, irónico hasta la exasperación, directo y algo malévolo. Pero lo adoraba.
Se levantó y se alisó la falda del vestido, que había vuelto a lavar y a remendar. Giró sobre sí misma y lo miró por encima del hombro.
– ¿Cómo me ves?
Miguel echó la cabeza hacia atrás y no contestó. Atravesó el camarote, la tomó en sus brazos y la besó. Después abrió el arcón que habían llevado allí aquella misma mañana. A ella la había estado comiendo la curiosidad, pero no se atrevió a husmear dentro y en ese instante ardía de impaciencia.
Kelly abrió unos ojos como platos ante un precioso vestido azul, del mismo color de sus ojos.
– Estarás mejor con éste… si no te importa ponértelo.
De mangas abullonadas y escote cuadrado, se estrechaba en la cintura y la falda caía en capas que se irisaban con el movimiento. ¿Que si la importaba ponérselo? Debía de estar bromeando. Era lo más bonito que había tenido nunca y Miguel se lo estaba regalando. Con un gritito de complacencia le arrebató la prenda, se la ajustó al pecho y fue a mirarse al espejo.
– Es una maravilla -murmuró, acariciando la tela.
– No lo he comprado -lo oyó decir tras ella.
Comprendía sus dudas. Seguramente había creído que ella lo rechazaría por ser fruto de la rapiña. ¡Al diablo con eso! Le encantaba el vestido y ya no podía devolvérselo a su legítima dueña, si es que alguna vez la tuvo, porque no parecía haber sido usado.
– Sin duda estaré más presentable, capitán -bromeó.
A Miguel se le escapó un suspiro de alivio y entre risas, besos y alguna que otra caricia desvergonzada a la que Kelly no se resistió, la ayudó a quitarse el andrajo que la cubría. No pudo mantener las manos quietas y ella terminó por darle un cachete.
– ¡Caballero, por favor! -lo reprendió, aunque sus ojos rezumaban satisfacción-. Se trata de salir decentemente vestida. Si continúas por ese camino, no acabaremos nunca.
Él la estrechó contra su pecho y depositó un leve beso en su clavícula.
– Bruja -la insultó con voz ronca y cargada de deseo-. Cuando lleguemos a la Martinica, voy a tenerte todo el día desnuda y atada a mi cama.
Kelly se rió, dándose cuenta de que su cuerpo respondía a la deliciosa perspectiva. Con un atisbo de indecencia, pensó que sería muy placentero permanecer como él decía, intercambiando después los papeles.
El vestido parecía haber sido confeccionado expresamente para ella y le devolvía la dignidad. Dio un par de vueltas, deleitándose con el vuelo de la falda y los destellos de la tela.
– Para ser una simple esclava, amo -le dijo socarrona-, me tratas muy bien.
El gesto de él se ensombreció. La tomó del talle y la pegó a su cuerpo. Kelly no dejó de percibir la dureza que se erguía, impúdica, junto a sus nalgas. Estuvo a punto de mandarlo todo al cuerno, quitarse el vestido y atrincherarse con él en el camarote hasta el día del Juicio Final, aunque ya se oía el vozarrón de Briset dando indicaciones a los hombres para el amarre.
– Eso no cambiará. Eres mi esclava. Y seguirás siéndolo hasta que me canse de ti -«Que no será nunca, tesoro», pensó-. Y tengo intenciones de vestirte adecuadamente.
Kelly no respondió. ¿Cómo hacerlo cuando se había quedado sin resuello? Le escocían los ojos de retener las lágrimas y una furia sorda se fue acrecentando en su pecho. «¡Será cabrón!», lo insultó mentalmente. Después de todo lo que habían vivido, de tantas caricias, bromas, confidencias… Después de todo eso, el muy mezquino le decía así, de golpe y a la cara, que para él seguía siendo nada más que una esclava. ¡Y hasta que se cansara de ella!
Lo habría matado. La ira la hacía jadear y Miguel lo interpretó equivocadamente. Sonriendo como un bellaco, bajó la cabeza y la besó en el cuello, aspirando con deleite el olor de sus cabellos dorados.
Kelly se alejó con la excusa de retocarse el pelo, para no darle la satisfacción de verla llorar. Mil y un insultos le vinieron a la boca, pero se mordió los labios para acallarlos. No pensaba darle el gusto de que viera que había conseguido herirla. ¿Cómo podía ser tan bestia, tan cruel? ¿Cómo podía haber estado haciéndole el amor dos días enteros y ahora humillarla de ese modo? ¡Hasta que se cansara de ella!, se repitió. Se mordió los labios y apretó los puños para contenerse.
– Vamos -la instó Miguel, acariciando con la mirada el esbelto cuerpo que lo fascinaba y resistiendo el impulso de tomarla de nuevo y tumbarla en la cama para hacerle otra vez el amor-. Nos esperan.
Ella tragó saliva y cuadró los hombros. Su voz fue demasiado fría al responderle:
– Como ordenéis, amo.
Miguel frunció el cejo al verla pasar por su lado sin rozarlo, pero supuso que Kelly llevaría su broma hasta el final, ya había descubierto su vena artística en las largas horas de intimidad. Orgulloso como un pavo real, la siguió hasta cubierta. El enérgico movimiento de sus caderas acrecentó su erección. Suspiró, derrotado, porque sabía que ella no era ya su prisionera. Como un tonto enamorado, era él quien se había convertido en su esclavo.