8

– ¡Vamos, haraganes! Cargad más aprisa, no tenemos todo el día.

Era lo que constantemente oían los esclavos. Eso y el restallar del látigo, aunque Colbert, para no mermar sus fuerzas y evitar infecciones, había prohibido el de cuero y se utilizaba otro compuesto de varias correas unidas por una tira más sólida que colgaba del mango. Esas correas impedían que se rasgara la piel, pero no por ello eran menos dolorosas.

Sólo una vez, desde que estaban en la hacienda, Miguel y Diego habían sido testigos de un castigo con látigo de cuero, semejante a una serpiente negra. Era pavoroso y destrozaba piel y carne. El desgraciado al que se le aplicó el tormento había intentado fugarse durante la noche, únicamente para ver a la muchacha de la que estaba enamorado, vendida al dueño de la hacienda limítrofe a «Promise».

Colbert puso en marcha un dispositivo de caza y, a la mañana siguiente, en lugar de llevarlos a los campos de azúcar, los reunieron en la plazoleta para que no se perdieran detalle de cómo se administraba su justicia. Ataron al desdichado a la pilastra donde se llevaban a cabo aquellas penas, un par de troncos en aspa clavados en el suelo. Lo desnudaron completamente y le dieron cincuenta azotes. A Miguel aún le resonaban en los oídos sus alaridos y el sibilante sonido del cuero. Sus gritos se fueron convirtiendo en estertores, luego súplicas, llantos y nada más. Para cuando el capataz encargado de aplicar el castigo acabó con él, el infeliz estaba medio muerto y su espalda no era sino un amasijo sanguinolento que provocaba repulsión.

– ¡Más aprisa! -no dejaba de oírse mientras cortaban la caña-. Acabaré por sacaros las tripas y dejarlas pudrirse al sol.

Miguel apretó los dientes y continuó su agotador trabajo, rezando para que terminase el día. Desde el alba, le habían asignado las peores tareas, como a Diego. Su hermano comenzaba a flaquear porque el cansancio le pasaba factura. Si no paraban pronto, se desmayaría y eso le acarrearía una paliza.

El traqueteo de un carruaje distrajo a Miguel un segundo y se fijó en el camino que serpenteaba junto a ellos. Sólo fue un instante, pero las correas cayeron sobre su espalda.

– ¡Al trabajo, maldito español! ¡No te distraigas!

Miguel se tensó. Sus dedos apretaron con fuerza el mango del largo cuchillo con que cortaba la caña y en sus ojos apareció el brillo de un arrebato furioso.

– Inténtalo, muchacho. -Se reía el capataz en su cara, dejando descansar su mano en la culata del arma que le colgaba del cinto-. Inténtalo y le vuelo la cabeza a tu jodido hermano.

– Miguel, por favor… -suplicó Diego.

Tragándose la bilis, agachó la cabeza y continuó con su trabajo. La ruin risotada del bastardo lo humilló más que si lo hubiera golpeado, porque le mostraba la impunidad de sus acciones, contra las que él nada podía hacer. No le hubiera costado demasiado cortarle la yugular a un tipo tan vil, pero la vida de Diego era más importante que acabar con semejante hijo de puta.

Kelly lo vio todo. Llevaba el caballo al paso y se fijó en el esclavo al que acababan de zaherir. Le resultaba vagamente familiar. Tiró de las riendas y frenó el landó a la vereda del camino. El sujeto a cargo de los hermanos se acercó presuroso, se quitó el sombrero y en su cara ladina apareció una sonrisa.

– Buenos días, señorita.

A ella le desagradaba el tipo, pero lo disimuló.

– Buenos días… eh… Brandon, ¿verdad?

– Branson, señorita.

– Branson. Lo siento, soy algo despistada para los nombres.

– ¿Necesita algo?

– Creo que una de las ruedas está suelta -mintió con descaro, echando miradas fugaces a los dos braceros de piel clara-. ¿Podría alguien revisarla? No me gustaría tener que regresar a la casa a pie.

– Yo mismo… -Dio un paso.

– ¡Por Dios, no, señor Branson! -se alarmó con mucha convicción-. Usted se mancharía. Cualquiera de ellos servirá. -Señaló a los esclavos con la barbilla-. Ya están sucios.

El capataz llamó a un negro.

– ¡Eh, tú!

– ¿Le importaría prestarme a ese de ahí? -Kelly señaló al sujeto que le parecía conocido-. Parece bastante fuerte.

El hombre hizo un gesto que lo mismo podía ser de asentimiento como de negación, pero acabó aceptando.

– ¡Tú! ¡Español!

Diego y Miguel se irguieron a un tiempo y el capataz señaló al segundo. En la distancia, una mirada esmeraldina se clavó en el rostro de Kelly haciendo que se le parase el corazón al reconocer al que tan altanero se había mostrado en la plataforma del mercado. Él tiró el largo cuchillo a un lado y se fue acercando, limpiándose las palmas en las perneras del pantalón.

Apretando las riendas entre sus dedos, ella no pudo evitar contemplarlo a placer: largas y elásticas zancadas, como las de una pantera al acecho, el cabello largo, y la impresión de que el duro trabajo en los campos había desarrollado sus músculos. Estaba muy moreno. Y sus ojos… de una intensidad eléctrica, le provocaron un estremecimiento que le recorrió la espina dorsal.

– Revisa que las ruedas no estén sueltas -le ordenó el capataz-. Y date prisa.

Miguel se inclinó sobre la rueda derecha y la voz de mando cambió de dirección, hostigando a otros braceros.

A Kelly le sudaban las manos. No sabía la causa, pero se le aceleraban los latidos viéndolo trajinar. Cada movimiento de sus músculos era una sinfonía poderosa que el látigo no parecía haber mermado en absoluto. Con lástima, se fijó en las marcas que tenía en la espalda.

Miguel cruzó a la otra rueda, en la que tampoco encontró anomalías. Cuando hubo terminado, la miró a la cara y a la muchacha se le atascó el aire en la garganta.

– Están perfectamente.

Kelly sintió que enrojecía ante su atento escrutinio. Cualquier duda se habría disipado bajo el brillo de aquellos ojos verdes.

«¡Dios, es guapísimo!», pensó. A pesar de su aspecto y vestido solamente con pantalones holgados que, sin embargo, en ciertos puntos se ajustaban a sus largas piernas, era increíblemente atractivo. Sin proponérselo, demoró su inspección sin recato y dejó vagar sus ojos por el amplio pecho y la anchura de los hombros. Su madre la hubiera reprendido por su descaro, pero no estaban en Londres, donde un hombre jamás aparecería con el torso desnudo delante de una dama. Estaban en Jamaica. Allí las normas eran distintas. En realidad, no existían. Y los esclavos que se deslomaban cortando caña o recolectando café, ya fuesen negros o blancos, apenas si se vestían.

Miguel no fingió no saber que estaba captando la atención de aquel rostro nacarado y hermoso. La chica era menuda y muy bonita, de largo cabello dorado que le caía en cascadas hasta la cintura y se rizaba ligeramente en las puntas y alrededor de las orejas. Unos ojos grandes, de un azul intenso, orlados de pestañas largas y ligeramente más oscuras. La nariz respingona y los labios amplios…

Miguel se detuvo al llegar a ese punto. Se cubrió con el manto de la autoprotección. Llevaba demasiado tiempo sin una mujer y la beldad que tenía delante le recordaba su condición como una cuchillada a su orgullo.

– ¿Desea algo más?

Kelly parpadeó. Aferró las riendas con más fuerza, si cabía.

– No. -Miguel se volvió dándole la espalda, y ella no pudo remediar hacer algo para retenerlo-. ¿De modo que es usted español?

Él se detuvo y se volvió, con una chispa de diversión en sus pupilas. Asintió. Solamente asintió, pero para Kelly representaba un triunfo haber conseguido su atención.

– Estuve una vez en España -dijo ella, pasándose las bridas de una mano a otra-. Cuando tenía seis años. En Sevilla.

– ¿De veras?

– ¿Es usted de allí? -Trataba de hablar con naturalidad, pero el nudo que tenía en la garganta se lo impedía. El corazón galopaba en su pecho como un purasangre en campo abierto y una desazón incómoda hacía que se removiera en el asiento.

Miguel, a su vez, se fijó en los hoyuelos que se le formaban en las mejillas.

– No.

– ¡Ah! – ¡Por amor de Dios, estaba poniéndose en ridículo! ¿Qué le importaba a ella de dónde era aquel hombre? ¿Por qué le apetecía tanto seguir mirándolo?

Miguel fantaseó con la repentina idea de estirar los brazos, arrancarla del landó y estrecharla contra él. Realmente era preciosa. Sus labios prometían el néctar más jugoso, su cuerpo los deleites que un hombre…

Reaccionó de pronto, regresando a la cordura y apretó las mandíbulas. ¡Por todos los infiernos! ¿Qué le pasaba? Ella era la sobrina del hijo de perra que los había comprado. ¡Una maldita inglesa, compatriota de los piratas que arrasaron Maracaibo y asesinaron a Carlota! El dolor del pasado reciente lo incitó a hacérselo pagar a la joven. Sí, la muchachita merecía un escarmiento. Apoyándose con insolencia en el pescante del landó, con la mano muy cerca de los pliegues de su vestido azul, le espetó, acuciado por los recuerdos:

– ¿Qué pasa, preciosa? ¿Se aburría en casa y ha decidido salir a flirtear un rato?

Kelly se irguió como si la hubiesen abofeteado. Sus ojos perdieron la calidez y despidieron fuego. Su fascinación se tornó en repulsa. Él se estaba burlando y, aunque no merecía otra cosa por su estupidez, se rebeló.

– Señor…

– Déjese de títulos, milady. Aquí sobran. Los perdí cuando me encadenaron y el cerdo de su tío me compró como se compra una res para el matadero -se explayó sin miramientos-. Sé que los hacendados eligen de vez en cuando a alguna muchacha para calentar su cama. ¿Ha pensado usted hacer lo mismo? Le aseguro que, como esclavo, me dedicaría a esa tarea en cuerpo y alma.

Ella enmudeció. Si hubiera sido una dama menos bravía, hasta podría haberse desmayado. ¿Cómo se atrevía a insultarla de aquel modo? ¿Cómo era capaz de decirle semejante grosería? ¡Maldito patán!

– Es usted un grosero.

– Simplemente un esclavo, milady.

– Al que podría hacer que le cerraran la boca.

– Hágalo. Total, poco más pueden hacerme ya.

¿La incitaba? El asombro de Kelly llegó a su cenit. Se tragó la humillación. Había lanzado la amenaza como un último cartucho para frenar la osadía del hombre, pero sabía que no iba a dar un paso en ese sentido.

– Se muestra demasiado impertinente -respondió entre dientes-. Tenga cuidado, o un día de éstos pagará caros sus desplantes.

– Si es en su cama, no tendría precio.

¡Botarate engreído! Por fortuna, su primo Edgar cabalgaba hacia ellos y encontró en él la oportunidad de la retirada. Miguel se hizo atrás un par de pasos y ella saludó al recién llegado.

– Buenos días, Edgar.

Colbert le hizo una inclinación de cabeza sin que se le escapara la figura del español.

– ¿Paseando, dulce primita?

– Se ha aflojado una rueda.

Y, sin más, hizo chascar en el aire el latiguillo y puso al pinto al trote a la vez que gritaba:

– ¡Gracias, señor Brandon!

– ¡Branson, señorita! -rectificó el capataz desde lejos.

– Branson, sí -gruñó-, o como demonios te llames.

Miguel regresó a su ocupación en el campo bajo la atenta mirada de Colbert. Y tardó mucho en relajar de nuevo sus músculos, tensos por el cruce de palabras. Enfrentarse a ella, humillarla como lo había hecho, no significó una victoria, porque el rostro de la joven no lo abandonó durante el resto de su penosa jornada.

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