21

Acodada en la borda, Kelly inhaló el salitre de la brisa que hacía ondear su cabello y clavó la vista en la inmensa extensión de agua, en esos momentos oscura, misteriosa y sobrecogedora. La estela que dejaba el navío, blanca espuma rizada sobre la negrura del océano, la hipnotizaba. Sentía cierto temor al pensar que estaban a tantas millas de tierra, pero aquel firmamento aterciopelado, inacabable, cuajado de miríadas de rutilantes estrellas que le enviaban guiños, amortiguaba su aprensión.

Una dicha infinita la embargaba: regresaba a Inglaterra. Sí, volvía a casa y su corazón rebosaba de felicidad.

Atrás quedaban muchas cosas y demasiado tiempo de su existencia: la plantación, su tío, su deleznable primo, los esclavos. La crueldad y la humillación que ella hubiera deseado eliminar y no había podido.

Había disfrutado cabalgando por «Promise» y lamentaba haber tenido que abandonar a Capricho, pero echaba tanto de menos su casa que esa punzadita de pena se mitigaba al recordar el verde lujurioso de la campiña inglesa. De haber podido, habría embarcado al potro con ella, pero no había lugar para él en las bodegas de ninguno de los tres barcos, rebosantes de mercancías.

Las voces de los marineros en medio del trajín del barco sonaban como una melodía en sus oídos, porque la acercaban a los suyos. Había extrañado a su familia, deseaba abrazarlos y, aunque casi había cumplido por completo el destierro a que su padre la había condenado, ahora relegaba sus diferencias al olvido.

Cuando llegó su carta diciéndole que disponía de pasaje en uno de los barcos ingleses que arribarían a Port Royal y partiría dos semanas después, casi se volvió loca de contento. Su padre añadía que la echaban de menos y que aguardaban su regreso con ilusión. Pero no hacía ninguna referencia a sus quejas. Y eso intrigaba a Kelly. Ella había escrito numerosas cartas a Inglaterra y en todas se rebelaba por lo que sucedía en «Promise». ¿Cómo era posible que él no hiciera mención de eso? ¿Por qué nunca, en sus respuestas, se daba por enterado de sus reclamaciones? ¿Por qué las cartas que recibía de su hermano, siempre sin remitente, tampoco se hacían eco de sus súplicas?

Aún le resultaba un misterio que su padre hubiera tomado la decisión de permitirle volver sólo después de leer la carta que ella dirigió a James hacía más de un año. Su hermano incluía una nota de su puño y letra aclarando que había estado de viaje por Europa y que su misiva le fue entregada a su regreso a Inglaterra, por lo que no estaba al tanto de su situación. Lo que exoneraba a James, pero… ¿y su padre?

– Es lógico, Kelly -había tratado de convencerla Virginia cuando le expuso sus dudas-. A fin de cuentas, le explicabas cosas inadmisibles de su familiar. Y la sangre es la sangre.

– Para mí, la sangre no vale nada si está asociada a la barbarie -respondió ella en tono hosco.

Pero decidió olvidar sus erráticos pensamientos, sus incertidumbres y el dolor sordo que le producía el extraño comportamiento de su progenitor. Dejaba atrás una estancia odiosa y amarga y tenía que pensar en el futuro.

Claro que no todo lo que quedaba atrás eran recuerdos desagradables, pensó con añoranza.

El viento la salpicó con gotas de espuma y Kelly suspiró, pletórica. ¡Qué diablos! Era tremendamente feliz y quería olvidar aquellos años y… El corazón le dio un vuelco inesperado y acusador. ¿Por qué se engañaba? ¿De veras deseaba olvidar todo lo que había vivido en Jamaica? ¿Y qué había de un hombre increíble? ¿Qué, de unos ojos esmeralda que seguían atormentándola en sus largas y virginales noches?

Exhaló el aire, convocando a su memoria un rostro viril, atezado, terriblemente seductor y un cuerpo por el que aún suspiraba. No, nunca podría olvidar a aquel orgulloso y bravo español, se confesó a sí misma. Y el alma se le hacía pedazos al evocarle.

– ¿Soñando de nuevo? -oyó que le preguntaban.

Kelly se encogió de hombros, pero no se volvió.

– El viaje se me va a hacer eterno -dijo.

– Aún nos quedan unas cuantas semanas de ruta, no te impacientes.

– Me gustaría estar ya en casa. ¡No sabes lo que me alegra que me acompañes, Virginia! Nunca se lo agradeceré a tu padre lo bastante.

La joven se acomodó a su lado y repuso:

– Soy yo la que debo darte las gracias, Kelly, porque de otro modo nunca habría llegado a hacer este viaje; aunque aún no me he recuperado del mareo -bromeó-. Por cierto, el capitán acaba de decirme que mañana iremos a bordo del Eurípides. -Kelly arqueó las cejas un tanto intrigada-. Algo así como una cena de gala -explicó-. El capitán cumple veinticinco años de marino y desea celebrarlo.

– Promete ser divertido -dijo, contemplando de nuevo el dibujo cambiante de la espuma que dejaba la estela del barco y que destacaba como un faro sobre las negras aguas.

Virginia la observó y torció el gesto. Kelly tenía cara de todo menos de encontrar divertida la propuesta.

– ¿No te agrada la idea de la fiesta? Hace ya un tiempo que salimos de Port Royal y el viaje comienza a ser tedioso. ¡Ni imagino qué sentiré dentro de unos días! Digo yo que una cena con música y baile no nos vendría mal.

– Seguramente.

– ¡Pienso bailar con los tres capitanes!

Kelly se echó a reír. Por fortuna, Virginia conseguía que el trayecto resultara entretenido, siempre se le ocurría algo para matar el tiempo. Además, había conseguido que su tío le regalara a Lidia -a la que firmó los papeles de libertad en cuanto subieron al barco, teniendo como testigos al capitán y al contramaestre- y la muchacha había resultado ser una camarada estupenda y dicharachera. Seguramente, era el efecto de saberse una persona con derechos. Aunque si tenía que ser sincera, la que más hacía por evitarles el aburrimiento de tantos días de navegación era Amanda Clery, la dama de compañía sesentona de Virginia, de la que su amiga no pudo desprenderse. No había parado de contarles anécdotas de su tierra, Irlanda, desde que embarcaron.

– Veo que la perspectiva de la fiesta las ha puesto de buen humor, señoritas -oyeron tras ellas.

– Buenas noches, capitán -saludó Kelly-. Mi amiga me estaba informando sobre el acontecimiento de mañana. Realmente, nos vendrá bien un poco de diversión.

– Haremos lo posible para que no piensen que los viejos lobos de mar somos aburridos. -Sonrió él-. Pero ahora les ruego que regresen a sus camarotes.

– Apenas se nos permite subir a cubierta -se quejó Virginia.

El rostro curtido del capitán McKey se suavizó. No era alto, aunque sí fornido, y su cara resultaba demasiado angulosa para ser agradable, pero era un buen hombre y había demostrado con creces ser un excelente marino y un perfecto anfitrión.

– Recuerden, señoritas, que no viajan en una nave de pasajeros y que tardaremos aún un tiempo en pisar tierra. No es conveniente que la tripulación las tenga a la vista, no sé si me explico… Si surgiera algún inconveniente…

Eran razones de peso y ellas así lo entendieron; ya habían sido advertidas antes de subir a bordo. Además, ¿cómo oponerse cuando únicamente la intervención del padre de Kelly había conseguido aquellos pasajes? ¿Cómo no iban a concederle eso, al menos, si el hombre había admitido a cuatro pasajeras, requisando el camarote de uno de sus hombres de confianza? Le debían demasiado y no iban a ser ellas las que le causaran ninguna preocupación. De sobra sabían que las mujeres a bordo de un barco, durante una larga travesía, podían suponer problemas. Y no olvidaban que ellas también se exponían a un grupo numeroso de hombres que no pisaban puerto desde hacía demasiado tiempo. Así que acataron de buen grado salir a cubierta sólo durante la noche y por espacios cortos de tiempo.

McKey las acompañó hasta su camarote y luego se despidió deseándoles feliz descanso.

El día siguiente amaneció nublado y Kelly, asomándose al ojo de buey, soltó una maldición. Esperaba un día espléndido, como los anteriores, pero los elementos parecían oponerse a festejar el aniversario del capitán.

Rezó durante el resto del día para que el tiempo mejorase y la fiesta pudiera celebrarse en la cubierta del Eurípides, pero el tiempo empeoraba visiblemente según avanzaban las horas.

A pesar de la amenaza de tormenta, el capitán ordenó arriar un bote para trasladarlas hasta el otro barco, y sus cuatro pasajeras, su contramaestre y él mismo, subieron a la chalupa que los llevaría a la nave nodriza.

Se sentían relativamente seguras navegando en compañía de dos navíos más, porque, según comentó el capitán McKey, era menos probable que los piratas los atacaran; circunstancia que no se daría de viajar un barco en solitario. Además, tanto el Spirit of sea, la nave en la que ellas viajaban, como el San Jorge, iban armados para la defensa del Eurípides, que era el de mayor envergadura y el que llevaba el cargamento más pesado y valioso.

La pequeña chalupa se meció como un cascarón durante el corto trayecto de una nave a otra, pero las muchachas disfrutaron del recorrido, porque se trataba de algo inusual y representaba una aventura. No pensaban así Lidia y la acompañante de Virginia, cuyos estómagos se rebelaban.

En cuanto subieron a cubierta, el capitán Tarner y el capitán del San Jorge, Ferguson, les dieron la bienvenida. Aquella noche iba a ser especial, incluso para las tres tripulaciones, para las que se había abierto en cada buque un barril de ron.

Dado que el tiempo no ayudaba, se había dispuesto un comedor en las propias dependencias de Tarner, amplias aunque espartanas. A Kelly la enternecieron las guirnaldas color rosa, deficientemente confeccionadas por los marineros, con las que habían adornado el camarote; pero era sólo un detalle en honor a ellas y así lo agradecieron. Había comida y bebida en abundancia y los marineros que se disponían a servir la cena iban razonablemente vestidos y aseados.

En un desafinado coro, felicitaron al capitán McKey, brindaron por sus veinticinco años de servicio en la marina y se sirvió el primer plato. Como era obligado, una deliciosa sopa de tortuga.

Kelly estaba segura: aquella noche iba a ser especial.

Iba a serlo, pero por motivos distintos a los que ella imaginaba.

Relativamente cerca del espacio marino que ocupaban las tres embarcaciones inglesas y amparado por la creciente oscuridad, alguien los mantenía bajo el objetivo del catalejo.

Desde el Missionnaire se hicieron señales con banderas y la flotilla pirata de Boullant comenzó a tomar posiciones. La información obtenida sobre los buques ingleses había sido acertada. Sabían lo que transportaba cada uno, sobre todo lo que almacenaban las bodegas del de mayor envergadura.

Antes de salir en su persecución, se habían especificado los objetivos y cada capitán tenía claro cuál era el suyo. El Missionnaire y El Ángel Negro, los mejor armados y más veloces, atacarían el Eurípides como uno solo. Depardier se encargaría del Spirit of sea. El portugués y el capitán Cangrejo abordarían el San Jorge. Después, las ganancias se repartirían de modo equitativo. Era una norma que jamás se incumplía si se quería continuar perteneciendo a la flota.

El temporal que se avecinaba les favorecía y Miguel rabiaba ya por entrar en combate y medir su sable con los ingleses.

El arrogante capitán de El Ángel Negro bajó el catalejo, pero, aun así, sus ojos seguían clavados en la silueta de las tres naves enemigas que se recortaban en la distancia.

– Vamos por ellas, Briset -le dijo a su segundo-. Sólo un poco más -miró al cielo rogando que estallara la tormenta de una vez-, y vamos a por ellas.

Como si todos los dioses hubieran escuchado su súplica, el cielo se abrió y gruesos goterones de lluvia barrieron la cubierta. Armand Briset se apuró en dar las órdenes oportunas y el esbelto casco surcó las aguas tan sigiloso como las alas de la muerte.

Miguel echó un rápido vistazo a los miembros de su tripulación e inspeccionó desde su posición la artillería. Había prescindido de las armas de gran calibre, pesadas y poco eficaces. Prefería llevar su nave equipada con cañones de batir, de gran tamaño pero mucho más manejables, capaces de disparar munición de treinta libras de peso. Por estabilidad, se encontraban instalados en la cubierta inferior.

Los hombres se afanaban en los últimos preparativos para el ataque y el posterior abordaje, y su capitán, calado hasta los huesos, atravesó la cubierta y subió al castillo de proa para seguir las indicaciones que llegaban desde el barco de François.

Sin sospechar el peligro que los acechaba, las tripulaciones inglesas celebraban su fiesta bebiendo y cantando a pesar de la torrencial lluvia que anegaba las cubiertas y hacía bambolear las naves, escorándolas a veces peligrosamente. Con el estómago caliente de ron, poco importaba que aquella noche los elementos se hubieran sublevado.

En el camarote principal del Eurípides, Kelly y Virginia no podían parar de bailar, disputadas por los capitanes pieza a pieza. Iban de unos brazos a otros, sin descanso. El violín que amenizaba la velada, tocado por un marinero, desgranaba sus notas, que competían con el sonido de la tempestad que azotaba fuera.

Ambas habían bebido una copita de más durante la cena y el alcohol propiciaba que se olvidaran de todo lo que no fuera divertirse y relegar el tedio del viaje. McKey disfrutaba viendo el arrojo de sus camaradas y contramaestres al disputarse a las dos muchachas.

El capitán del San Jorge le pidió un baile a la belleza mulata que acompañaba a Kelly, pero la chica rehusó, un tanto abochornada. Así que la buena de Amanda claudicó al fin y aceptó emparejarse con él después de mil y un reparos aduciendo su avanzada edad.

La celebración se desarrollaba con éxito.

Súbitamente, se abrió la puerta del camarote golpeando con estrépito la pared y un sujeto demacrado anunció:

– ¡¡Piratas!!

Lo que llegó después resultó lo más parecido a una locura general. Capitanes y contramaestres abandonaron el camarote en desbandada y ascendieron a cubierta.

McKey, a mitad del pasillo, se volvió y se asomó de nuevo al camarote ordenando:

– ¡Quédense aquí! ¡Y no salgan por nada del mundo, señoras!

Luego cerró la puerta y a ellas les llegaron voces y órdenes en cubierta, además de un arrastrar de objetos y diversos improperios. Ferguson pedía a gritos una chalupa para regresar al San Jorge y McKey ayudó a bajar un cote con el que volver al Spirit of sea para hacerse cargo de su barco y dirigir a su tripulación.

Kelly y Virginia cruzaron una mirada asustada y la señora Clery inició una letanía de llantos mezclados con rezos. Lidia, en cambio, se mostraba fría y daba indicaciones a las otras. La joven estaba acostumbrada al servilismo y al sometimiento y, por tanto, caer en manos de piratas no iba a ser más malo que la esclavitud. A fin de cuentas, no la tratarían peor de lo que lo hicieron los Colbert. Pero no pensaba en ella, sino en Kelly y en Virginia, porque las dos chicas sí que tenían motivos para temer a los desalmados que se atrevían a abordar un barco.

Cerró la puerta del camarote con pestillo y empezó a empujar uno de los pesados muebles a modo de parapeto tras la madera. Kelly, captando sus intenciones, también se puso a la tarea.

– Piratas… -lloraba ya Amanda a lágrima viva-. Piratas… ¡Oh, Señor! ¿Qué va a pasarnos? ¿Qué va a pasarnos? ¿Qué va a…?

– ¡Calla de una vez, por Dios! -se exaltó Virginia, que nunca antes se había atrevido a tanto-. ¡No va a suceder nada! Recuerda que somos tres naves y muy bien armadas. Esos desgraciados no se atreverán con todos.

Kelly la miraba de reojo y empujaba. Ella no estaba tan segura como su amiga. Había oído historias horribles acerca de la piratería. Se decía que eran hordas de hombres salvajes, temerarios y sanguinarios, que cuando decidían abordar un barco, no les importaban los peligros ni la artillería enemiga. Se le atascó el aire en la garganta y sintió una oleada de miedo ante la perspectiva de que pudieran subir a bordo. Pensar que podían acabar en manos de unos indeseables la aturdía y ralentizaba sus movimientos. El nudo frío del pánico se alojó en su estómago al darse cuenta de que, si todo salía mal, seguramente no volvería a ver a su familia.

– ¡Vamos, señorita! -le azuzó Lidia, que ya empujaba una mesa.

Kelly se repuso inmediatamente. No podía permitir que sus temores contagiasen a las demás, así que se colocó al lado de la joven y urgió a Virginia a que se les uniese.

Medianamente seguras, pues les parecía imposible que nadie pudiera abrir aquella puerta, intentaron calmarse. Kelly se sentó junto a Amanda y le pasó un brazo por los hombros.

– Virginia tiene razón. No nos pasará nada. Pero hay que estar prevenidas, por si acaso.

La mujer retomó sus rezos en voz alta y Kelly estuvo a punto de zarandearla. Lejos de ayudarla, aquellas oraciones temblorosas, cargadas de pánico, hacían que también ella volviera a sentir miedo. Se olvidó de Amanda y empezó a abrir armarios y cajones. Lidia pareció leerle el pensamiento, e hizo otro tanto. Virginia, sin entender qué hacían, las imitó.

– ¿Qué buscamos?

– Armas -respondió Kelly.

Husmearon en un arcón y se les iluminó la cara. Un sable, un par de hermosas dagas y tres pistolas. «Suficiente para empezar», se dijo Kelly. Revisó las armas de fuego y su pecho se expandió. Estaban cargadas y preparadas para ser usadas. Agradeció en silencio la previsión del capitán Tarner y les lanzó una a Virginia y otra a Lidia, quedándose ella la última.

Virginia sopesó su pistola.

– ¿Sabes cómo usarla?

– No te preocupes, he disparado más de una vez -la tranquilizó su amiga.

– Yo no, señorita -avisó Lidia.

Kelly no se amilanó, y tras una corta explicación, le indicó a la mulata qué debía hacer.

– Agárrala así… Eso es. Con fuerza. Y no te la pongas cerca de la cara.

– No sé si podré hacerlo si llega el caso, m’zelle.

– Si alguien entra por esa puerta y no son los nuestros -contestó Kelly-, aprieta el gatillo. ¡Tú sólo aprieta ese maldito gatillo, Lidia!

Mostraba entereza, pero temblaba por dentro. Y también se preguntó si ella sí sería capaz de disparar a sangre fría. Los gritos en cubierta y el rugir de los cañones contestaron en su lugar. Sí, claro que sería capaz. Haría cualquier cosa por defender su vida. Si los piratas tomaban el barco, era muy posible que todas muriesen. Pero, desde luego, Kelly se iba a llevar a alguno por delante.

Una andanada de cañonazos consecutivos atronó la noche, y Amanda intensificó sus lloriqueos.

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