Port Royal. Semanas antes del abordaje a la flota inglesa
Un sujeto aguardaba en el garito, a la espera de un contacto que acababa de entrar con retraso.
En aquel tugurio era difícil que encontrara a ningún conocido, pero le desagradaba demasiado permanecer allí. Cuanto antes acabara con la entrevista, antes se marcharía.
Su cómplice era un tipo moreno y alto, de rostro enjuto y atractivo, vestido de oscuro. Tomó asiento en un taburete frente al suyo, se quitó el sombrero y lo dejó a un lado de la mesa.
– Nos vemos de nuevo, amigo mío.
Edgar Colbert se removió inquieto. Sí, se veían de nuevo y no le hacía la menor gracia. Algo más de tres años atrás había hecho un trato con aquel hombre que le resultó fructífero, pero no lograba evitar un incómodo desasosiego cuando estaba junto a él.
Recordó en un segundo aquella lejana transacción: un barco español, un chivatazo, un ataque por sorpresa… y unas ganancias que había dilapidado con rapidez. Por eso acudía de nuevo a su llamada. Aunque le desagradaban sus aires de grandeza, intuía que podía haber más dinero…
– Parece que no soy bien acogido -deslizó el recién llegado, haciéndole señas a una camarera que acudió presurosa-. Ron, preciosa.
– No -se apresuró a decir Colbert-. Quiero decir que no es eso, De Torres -rectificó con nerviosismo-. Mi padre murió hace sólo dos días y aún no me he recuperado.
– Lo siento -dijo con voz grave el español-. Pero entiendo que, para usted, los negocios siguen siendo prioridad.
– Siempre lo han sido. Pero ahora no dispongo de mucho tiempo libre, como se imaginará. He de hacerme cargo de una hacienda. Y no paso por un buen momento económico, aunque estoy a punto de resolver ese pequeño escollo.
– Obtuvo jugosas ganancias con el asunto del buque Castilla. Yo le hacía nadando en la abundancia.
Colbert hizo un gesto vago con la mano. Iba a responder, pero la camarera se acercó con la bebida que había pedido y dos vasos que dejó de golpe sobre la madera, mientras Edgar aprovechaba para pensar cómo decirlo de forma que el otro no creyera que estaba en la ruina. Si lo averiguaba, perdería en un hipotético regateo. Sin embargo, necesitaba dinero con urgencia. Había malgastado en el juego no sólo los ingresos de aquel asunto, sino parte de la fortuna de su padre. Eso había sido la causa de la muerte del viejo carroñero, porque su cansado corazón no soportó ver a cuánto ascendían las numerosas deudas cuando le presentaron los pagarés a los que debía hacer frente. A Edgar le importaba un ardite su muerte. A fin de cuentas, su padre siempre lo humilló, lo menospreció, lo trató como a un perro faldero, escatimándole el dinero que le correspondía por derecho. Al que amó como a un hijo de verdad fue a su hermano, desaparecido a manos españolas. Él siempre ocupó un segundo plano. O un tercero. Porque «Promise» había sido para Sebastian Colbert como otro hijo más.
De modo que bien muerto estaba el muy cabrón. Que descansara en paz en el infierno.
– Tengo que cobrar unas deudas, pero no será hasta dentro de un par de meses. Y «Promise» vale una fortuna, así que conseguiré avales para un préstamo sin problemas. Tal vez la venda.
Omitió comentar lo que decía la lectura del testamento, que se había llevado a cabo aquella misma mañana. Aún se lo comía la rabia al recordarlo. El viejo lo había dejado sin nada. ¡Sin nada! ¡Y había declarado heredera universal a aquella puta que se le enfrentó desde el momento en que pisó la casa! Claro que, habiendo partido ya de Jamaica, su prima desconocía la muerte de Sebastian y su última y podrida voluntad. Aún le quedaba una carta que jugar.
– ¿Tiene pensado deshacerse de la hacienda?
– No me encuentro demasiado cómodo vigilando esclavos. Y no tengo intenciones de consumirme en esta isla, quiero viajar a Inglaterra. Y ahora, dígame por qué ha venido.
Daniel de Torres se lo tomó con calma. Sirvió de nuevo, llenando los vasos hasta el borde y se bebió el suyo de un trago. Era ron de mala calidad, pero calentaba las tripas.
– Sabotear otro barco. Yo le pasé información sobre la ruta secreta del Castilla, y nos reportó buenos dividendos -contestó el español-. Pero la vigilancia de las naves se ha intensificado; el dichoso rey de España no quiere perder más barcos, y mucho menos su oro. ¿Hasta dónde aprecia usted los navíos de su graciosa majestad?
La insinuación alertó a Edgar. ¿Traicionar a su país? Era cierto que, cuando colaboró con Daniel de Torres, el botín había sido importante y su parte sustanciosa. Pero se trataba de un barco español y él había pasado la información a los suyos para que lo abordasen, eliminaran a buena parte de la tripulación y requisaran el cargamento. Ahora, sin embargo, De Torres hablaba de dar información sobre sus propias naves.
– Déjeme pensarlo.
– Que sea pronto. Hay rumores sobre un barco cargado hasta las velas y quiero información rápida.
– Tres -contestó Colbert casi sin darse cuenta. Los ojos del español se achicaron y él supo que no había marcha atrás; su maldita lengua y su ruina económica en beneficio de su prima, que lo heredaba todo, lo habían puesto en el disparadero. Tenía la oportunidad de solucionar sus problemas de un plumazo-. Digamos que por medio hay mitad negocios, mitad asuntos personales.
De Torres se envaró y sus largos dedos jugaron con el vaso vacío. «Tres navíos», pensó. No estaba mal, podía resultar una jugada completa.
– Me importan poco sus motivos, Colbert. Le escucho.
Edgar eligió las palabras. La fortuna se le presentaba otra vez y no pensaba dejarla escapar. El obstáculo que había supuesto su padre ya no existía. Sólo le faltaba eliminar a Kelly y «Promise» pasaría a sus manos. La muy zorra tendría que pagar. Ojalá fuera pasto de los tiburones. O vejada por los piratas, vendida en cualquier antro o, mejor, muerta.
– ¿Qué necesitaría saber?
El español no se anduvo por las ramas.
– Todo lo que pueda proporcionarme. Fechas, itinerario, escalas. Cargas de los barcos, dotación de armas, tripulaciones. Cuanto más sepamos, más fácil será el trabajo y mayor nuestra garantía de cobro. Y cuanto antes me marche de la isla, mejor.
– Lo comprendo. Aquí los españoles no son bienvenidos.
– Me hago pasar por un austriaco con ganas de ver mundo, no se preocupe por mi seguridad. Hábleme de los navíos ingleses.
Edgar no se calló nada, informándolo de los nombres, el destino y la ruta de las tres naves y haciendo hincapié en que en el Spirit of sea viajaba una mujer a la que no quería volver a ver. De Torres lo anotó todo mentalmente.
– Puede darla por desaparecida -aseguró-. Y ahora, hablemos del otro asunto: necesito datos de algunas personas. Usted vive aquí y las conoce bien. -Colbert entrecerró los ojos-. Cuando tenga lo que quiero, avíseme.
Sacó un papel de su chaqueta y lo deslizó sobre la superficie de la mesa. Edgar lo desdobló y le echó un vistazo: había escritos siete nombres, pero fue el primero el que le llamó la atención.
– ¿Qué ganaré proporcionándole esta información adicional?
– Dinero adicional, por supuesto. ¿No es eso lo que lo mueve a traicionar a sus compatriotas?
Edgar se tragó el menosprecio y preguntó:
– ¿Por qué estos hombres? No tengo nada contra ellos.
– Alguien está interesado en que -señaló el papel- pasen a mejor vida.
– ¿Está hablándome de asesinatos?
– Llámelo como quiera. Yo prefiero decir que se trata de un traspaso de poderes.
– ¿Quién está detrás de todo esto? Aunque supongo que no piensa contestarme.
– ¿Por qué no? Somos socios, ¿verdad? -asomó el sarcasmo que tanto intrigaba a Colbert-. Se trata de personas influyentes en su propio país. Pero entenderá que no le dé nombres.
– Si son ingleses… ¿por qué contratarlo a usted? ¿Por qué no encargarle a un compatriota este oscuro asunto?
Daniel de Torres dejó escapar una apagada risa.
– Contactos, amigo. Y yo los tengo hasta en el infierno. Recuerde el buque Castilla. Antes, españoles, ahora, ingleses. Yo me muevo por dinero. Y, como en su caso, a veces por cuestiones personales.
– Entiendo.
El español hizo una pausa para ponerse bien las chorreras de la camisa, un poco para pensar, otro poco para ver la reacción de su interlocutor. Era evidente que estaba muy nervioso, se diría que sobre ascuas.
– Necesito conocer cada paso del gobernador y su camarilla. Dónde se reúnen, qué preferencias sexuales tienen, qué garitos frecuentan, sus vanidades… Absolutamente todo.
– Para eso no me necesita. Cualquiera en la isla podía decirle lo que quiere saber.
– Sí, pero a cualquiera le extrañaría que indagara sobre tales nombres. El gobernador teme algo, y no desean alertarle. Usted se relaciona con ellos, por eso lo he elegido. Y le aseguro que, después de que esto acabe, usted será un hombre muy rico. Mis clientes pagan bien.
Colbert asintió pensativo. «Promise» y los esclavos valían una fortuna y, además, en poco tiempo recibiría su parte del abordaje de los tres barcos que se dirigían a Inglaterra. Con ello tendría más que suficiente y lo de la política… le interesaba muy poco. ¿Quién le aseguraba que dicho… cambio de poderes saldría bien? ¿Y si descubrían que había tomado parte en el complot? Podría ser ahorcado sin proceso.
– Esto es demasiado para mí, De Torres.
– Puede hacerlo. Piénselo.
Daniel se levantó, dejó unas monedas sobre la mesa y se inclinó hacia Colbert.
– Me alojaré en el Loro Rojo. Me hago llamar Haarkem. Envíe una nota cuando tenga lo que quiero y nos volveremos a encontrar aquí mismo.
Edgar temblaba de impotencia porque el jodido español ni siquiera le dejaba la opción de negarse. ¡Qué bien lo conocía! ¡Cómo sabía que haría cualquier cosa por dinero! Y, por otro lado, ¿por qué no intentar sacar una buena tajada? La escoria de su padre le había dejado solamente unos miserables caballos y tres carruajes que ya necesitaban reparación. Se enfureció al recordar la voz átona del maldito abogado al leer la última voluntad del viejo. Había salido del despacho con el corazón desbocado. Pero si nada se torcía, estaba a un paso de eliminar a su prima y quedarse con todo; el letrado no sería difícil de silenciar.
Se obligó a olvidar al deleznable desgraciado que le había dado la vida y bebió directamente de la botella, centrando sus pensamientos en el trabajo que tenía por delante. Era comprometido tomar cartas en aquella partida. Demasiado comprometido. Sin embargo, no podía negarse a colaborar, porque intuía que Daniel de Torres era aún más peligroso que una soga alrededor del cuello.
Veinticuatro horas después, enviaba su recado al Loro Rojo.