Kelly se tambaleó. Lo que tanto temía, se confirmaba. Sabía lo que aquello significaba y un acceso de rabia se apoderó de ella. Saltó hacia la cama, cogió el sable antes de que él pudiera impedirlo y, como una fiera acorralada, blandió el arma y retrocedió guardando las distancias.
– ¡Antes te arranco el corazón, español!
Miguel se levantó despacio. Sabía que podía reducirla, pero ella estaba fuera de sí y siempre cabía la posibilidad de recibir un tajo. Estaba muy asustada y, por tanto, era muy vulnerable. Se la veía tan desesperada como para intentar cualquier locura. Dio un paso adelante, pero Kelly no se movió.
– Suelta eso.
– Si te acercas, te lo clavo en las costillas -amenazó ella-. Te juro que sé utilizarlo.
– ¡No seas estúpida! Déjalo caer y me olvidaré de lo que has hecho.
– Ven por él si te atreves.
Miguel se encogió de hombros, se pasó la mano por el mentón que ya cubría una incipiente barba y se miró las manos… Kelly se distrajo con ellas, recordando su tacto, las sensaciones que levantaron en su pecho cuando la acariciaron. Fue solamente un instante, pero suficiente.
Como un felino, Miguel se lanzó hacia ella, que adelantó el arma. Él ladeó el cuerpo librándose por milímetros del roce de su filo y un segundo después la desarmaba y la aprisionaba entre sus brazos.
Lejos de rendirse, Kelly se defendió como pudo: a patadas. Pero él incrementó la presión hasta inmovilizarla por completo. Ella soltó el aire como si desfalleciera y Miguel se engañó creyendo que la tenía controlada. Pero la joven no estaba dispuesta a rendirse sin lucha y su puño, pequeño pero enardecido por la rabia que la embargaba, salió disparado y se clavó en el estómago de él, que boqueó momentáneamente.
Un tiempo precioso que Kelly no desaprovechó. Volvió a lanzar el puño y consiguió alcanzarlo de nuevo, esa vez en la barbilla, en un impacto que le dolió más a ella que a él. Luego se lanzó en picado hacia el sable y sus dedos se cerraron sobre la empuñadura. Cuando Miguel pudo recuperarse de la sorpresa, Kelly ya se encontraba al otro lado del camarote, y sujetaba de nuevo el arma con las dos manos.
En los ojos de él ya no había diversión, pero guardó las distancias. Era una zorrita peligrosa y no iba a bajar la guardia.
Ella estaba convencida de que, si la atrapaba, la mataría.
Pero lo prefería.
Era mejor morir a soportar la humillación de ser forzada por aquel engendro del diablo.
Él avanzó y Kelly alzó más el sable, que pesaba como plomo.
– ¡No te acerques, Miguel!
– Deja eso.
– ¡Te digo que no te acerques!
– Estás perdiendo el tiempo.
– Y es posible que el tuyo esté a punto de acabar.
– Preciosa, empiezo a enfadarme de verdad -dijo él, pero se frenó prudentemente.
A Kelly, el peso del sable se le hacía insoportable. Nunca había manejado una arma tan aparatosa, pero tampoco podía resultar tan complicado dar un tajo con ella. Sólo tenía que…
Miguel no le dio tiempo a pensar. Al verlo abalanzarse, Kelly se defendió como pudo, subió el arma y el filo alcanzó el pecho de él, que, lejos de retroceder, la desarmó propinándole un golpe con el antebrazo. Ella se encontró indefensa ante su cólera y no pudo evitar el empujón que le dio. Desestabilizada, chocó contra el borde de la cama golpeándose la cadera.
Miguel asestó entonces una patada al sable y el acero resbaló hasta quedar oculto debajo del lecho. Se miró el corte superficial, que ahora lucía el rojo rubí de la sangre, y después sus ojos se clavaron en ella.
– ¡Timmy!
La cabeza del grumete asomó por la puerta casi de inmediato. El muchacho se fijó en el acto en el corte que su capitán tenía en el pecho.
– Busca unas cadenas.
Timmy tardó en reaccionar.
– ¿Cómo dice, señor?
– ¡¿Estás sordo?! -bramó Miguel-. ¡Trae unas cadenas!
El chico desapareció y él volvió a centrar toda su atención en su prisionera. Kelly permanecía donde había caído, pálida, apretándose el costado. Miguel soltó una imprecación, tomó una botella de ron y se vertió una buena cantidad sobre la herida, después de enjugó la sangre con lo primero que encontró. Hervía de furia por haberse dejado sorprender por aquella joven que parecía tan frágil pero que, al menor descuido, podía convertirse en una arpía peligrosa.
– ¿Qué ha pasado?
Armand Briset entró con una cadena al hombro y se quedó parado ante la escena. Luego, sus labios se ensancharon en una alegre sonrisa.
– ¿Necesita mi ayuda, capitán? -Era una broma que Miguel no acogió bien.
– Me basto y me sobro para hacerme cargo de ella. Dame eso. -Se acercó a Kelly, que seguía sin moverse. Le rodeó la muñeca derecha con un grillete y pasó la cadena por una de las columnas, atrapándole después la otra muñeca. Ella no hizo nada por oponerse. Era del todo inútil resistirse.
Tras Miguel, irónicamente firme, Briset no perdía detalle.
– Parece que no confía en ella.
– No lo hago.
– Yo le daría un par de consejos para cortarle las uñas a una gata como ésta, capitán.
Miguel se fijó entonces en su contramaestre, que lucía un ojo tumefacto que tenía pinta de convertirse en un moratón oscuro.
– ¿Qué te ha pasado?
Donde las dan, las toman…, así que Briset se limitó a carraspear.
– Digamos que en el barco hay más de una gata -dijo luego.
– ¿Y eras tú el que quería darme lecciones?
El hombre abandonó el camarote con la pregunta risueña de su capitán, y Kelly felicitó mentalmente a Lidia. Pero su optimismo desapareció en seguida. Debía pensar en sí misma. «Y ahora ¿qué?», se preguntó. ¿La golpearía? ¿De qué modo pensaba vengarse Miguel?
Por toda respuesta, él apagó las lámparas y se tumbó en el lecho. Muy poco después, para asombro de ella, se quedó profundamente dormido.
Kelly se despertó con los huesos molidos, no estaba acostumbrada a dormir en el suelo. Con cierto recelo, echó un vistazo a la cama temiendo encontrarse con Miguel, pero estaba vacía.
Por el balcón penetraba una luz que se fragmentaba en un arco iris que teñía el recinto de colores. Tanta luminosidad le hizo pensar que debía de ser casi mediodía, así que se desperezó, masajeándose los riñones. Se levantó y el sonido de la cadena la hizo volver a la realidad. Tiró de ella con rabia, pero sólo consiguió lacerarse las muñecas con los grilletes, de modo que trató de acomodarse en el borde del lecho, pero la cadena era demasiado corta y tuvo que conformarse con cambiar de postura.
Como si Miguel hubiera adivinado que ya estaba despierta, entró en el camarote. Tenía el gesto huraño y Kelly se tensó cuando se le acercó, pero él se limitó a liberarla.
– ¡Timmy!
El chico entró portando una bandeja con comida, una botella de vino y agua. Depositó su carga y desapareció.
– Supongo que tendrás hambre.
A Kelly le gruñía el estómago. Estaba famélica, pero no le daría el gusto de probar su comida.
– Puedes ahorrarte el gasto.
– Si quieres morirte de hambre…
El olor de la comida le hizo la boca agua y tenía una sed espantosa. Aun así, trató de mantenerse firme.
– No me gustaría que te quedaras como un hueso de pollo, gatita -se burló él-, porque entonces ya no me atraerías.
– ¡Qué lástima! -ironizó ella.
– Bueno, no voy a obligarte a comer. Pero por si te interesa saberlo, mi tripulación no le hace ascos a nada, siempre que lleve faldas. Y no sabes cómo me agradecerían que les dejara el camino libre.
Era una insinuación maliciosa, pero captó toda la atención de Kelly. Si pensaba que iba a amedrentarla con tamaña mentira… ¿Lo era? ¿Sólo se trataba de una bravata? Se negaba a creer que hubiera caído tan bajo como para entregarla a sus secuaces. El color le desapareció de la cara sólo de pensarlo. Carraspeó para aclararse la voz, pero antes de que pudiera decir nada, Miguel abandonó el camarote.
Una vez a solas, miró la comida, lo pensó mejor y se dijo que tentar a la suerte no demostraba inteligencia. Pero antes tenía que armarse de nuevo. Se aproximó a la mesa por si hubiera un cuchillo. No había ninguno. Aunque su estómago continuaba recordándole que no se había alimentado desde hacía horas, empezó a registrar el camarote. Algo encontraría con lo que hacer frente a Miguel en cuanto éste asomara por la puerta. Revisó el arcón donde él guardaba sus ropas, el armario, miró debajo de la cama… Nada. No encontró nada con lo que pudiera defenderse.
Finalmente, se sentó a la mesa y dio un respingo cuando la puerta volvió a abrirse. Soltó un grito de alegría al ver a Lidia y corrió hacia ella. Se abrazaron y Kelly rompió a llorar, vencida por el cansancio y la tensión.
– ¿Estás bien? ¿Y Virginia? -preguntó entre sollozos-. ¿Sabes algo de Amanda?
– Vamos, vamos, cálmese. -Lidia la obligó a sentarse y le acarició el cabello, chistándole-. Yo no he sufrido daño, m’zelle, y la señora Clery está en las cocinas. De su amiga no sé nada, salvo que ese pirata rubio se la llevó al otro barco. ¿Y usted? ¿Qué pasó?
Ella cesó en su llanto y en sus ojos apareció una chispa de rebeldía.
– Me ha tenido encadenada a su cama toda la noche. Pero no me ha tocado.
La mulata no disimuló un suspiro de alivio.
– Cuando vi que la atrapaba, m’zelle, creí que ese hombre la degollaría. Impone respeto.
– Tú no llegaste a conocerle, pero era un esclavo de «Promise». Un hombre al que mi tío compró. Hubiese preferido que me matara, Lidia, porque tiene motivos sobrados para vengarse, y se me hiela la sangre al pensar en lo que debe de tenerme reservado.
– Pero mientras esté con vida, hay esperanza, señorita.
– Sí, la esperanza de pertenecer a un demonio -musitó Kelly, acercándose al balcón, que continuaba cerrado-. ¿Sabes hacia qué rumbo navegamos?
– Vamos hacia La Martinica, creo. Al menos, eso me dijo el hombre al que ahora pertenezco.
– ¿Briset?
– No sé cómo se llama, m’zelle.
– Es el contramaestre de Miguel.
Lidia frunció el cejo. Y recordó el episodio del que se habló durante días en la hacienda.
– ¿Miguel? ¿Es el hombre al que su primo casi mató?
– El mismo. Y creo que querrá vengarse en mí por todo lo que sucedió en «Promise».
La mulata se retorció las manos y bajó la cabeza. Si todo lo que oyó contar era cierto, aquel español tenía muchos motivos para resarcirse con Kelly.
– Yo no temo por mí, señorita. No soy más que una esclava que ha cambiado de dueño.
– Lidia, eres libre desde que embarcamos en el Spirit of sea.
– Pero los papeles se quedaron en ese barco.
– Da igual que los hubieran quemado. Ya no perteneces a nadie.
– Pertenezco al contramaestre -respondió ella-. No me preocupa demasiado, pero usted…
– Yo soy la sobrina del hombre que lo encadenó y la prima del que mató a su hermano y lo humilló bajo su látigo. Sí, ya lo sé. No es muy buena carta de presentación para un ser carcomido por el odio.
Lidia no contestó, pero para Kelly su silencio fue muy elocuente. Ella podría ser muy bien con quien se cobrara la ruindad y el salvajismo de Edgar. Se paseó por el camarote sin saber qué hacer o cómo evitarlo.
– Acabaré por matarlo.
– Aunque pudiera, cosa que dudo mucho, señorita, ¿qué ganaría? Los individuos de ahí fuera son unos aventureros que no dudarían en aprovecharse de nosotras y después echarnos al mar. Si ese español es su capitán, parece que sabe mantenerlos a raya. Le conviene estar bajo su protección, m’zelle.
– ¿Protegerme de esos desharrapados? Sí, no me cabe duda de que le temen, pero ¿quién me protegerá de él?
Lidia esbozó una media sonrisa.
– He oído decir que lo atacó y que tiene un buen corte para demostrarlo.
– ¿Briset te lo contó?
– Cuando regresó no paraba de reírse -asintió-. Decía que usted lo había marcado como a una res.
– Y tú, ¿qué me dices de su ojo morado?
Como dos camaradas, se entendieron con la mirada y prorrumpieron en carcajadas.
Así las encontró Miguel cuando regresó.
Se quedó parado, escuchando. Extasiado. Se había marchado dejando a una víbora y ahora encontraba a una mujer deliciosa que parecía intercambiar confidencias con la otra con la mayor naturalidad.
Fue como si ella adivinara su presencia y la diversión se evaporó.
– Briset te reclama, muchacha -le dijo él a la mulata.
Lidia abrazó a su señora y le habló muy bajito.
– No le irrite, m’zelle. Por favor. -Antes de salir se atrevió a mirar a Miguel-. Capitán, ¿puedo hablar un segundo con usted?
Él enarcó una ceja, le cedió galantemente el paso y cerró la puerta a sus espaldas.
– Capitán… No le haga daño a la señorita.
Miguel se irguió como si lo hubiesen abofeteado.
– Tu señora sabe muy bien cuidarse sola -gruñó.
– Briset me lo comentó, sí, señor. Pero debe tener en cuenta lo asustada que estaba.
– Lo disimuló perfectamente.
– Usted no debería culparla por lo que pasó en «Promise» -insistió Lidia-. Ella…
– ¡Ya es suficiente, muchacha! -la interrumpió-. Regresa a tu camarote. Y espero no volver a verte hasta que pisemos tierra.
Lidia se alejó. Poco más podía hacer.
Miguel maldijo entre dientes. ¡No maltratar a aquella pécora! ¿Acaso podía tratarla como a una invitada? ¿Cómo tenía que comportarse con un miembro de la plantación? ¿Cómo hacerlo con alguien cuya familia había matado a su hermano y casi le arranca a él la carne de la espalda? Kelly llevaba en sus venas la podrida sangre de los Colbert. Fiarse de ella sería poco menos que un suicidio. La noche anterior lo intentó y ¿qué había conseguido? Que casi lo atravesara con su propio sable.
En adelante, la trataría como lo que era: su esclava.
Cuando entró, su humor se había agriado notablemente. Y lo primero que vio fue que Kelly no había probado la comida. Hasta en eso lo hostigaba. La cogió de un brazo y la pegó a él. Sus dedos le irguieron la barbilla, obligándola a mirarlo de frente.
– ¿Tú crees que la posibilidad de entregarte a mis hombres es una broma?
A Kelly le flaquearon las piernas.
– No… -Una lucecita en su cerebro la advertía de la inconveniencia de zaherirlo más, así que bajó los ojos en actitud sumisa-. La inesperada visita de Lidia me ha entretenido.
– Entonces, ¡come ahora! -La hizo sentarse y empujó la bandeja hacia ella-. Y no temas envenenarte, la comida la ha cocinado esa vieja bruja irlandesa que no para de renegar.
De modo que era cierto: Amanda estaba haciendo las veces de cocinera para aquella pandilla de desalmados. Empezó a comer con apetito, un poco más tranquila.