El castigo debía ser ejemplar y él lo estaba aplicando con una fiereza desusada.
Cada vez que el cuero mortificaba la carne del español, la sonrisa de Edgar se ensanchaba. Iba a demostrarles a todos quién mandaba en «Promise». Últimamente, los capataces habían comenzado a cuestionar algunas de sus órdenes debido a los enfrentamientos con su padre por las deudas de juego. Necesitaba resarcirse y volver a tener repleta su bolsa, como hacía tiempo, cuando cierta información le llenó los bolsillos, y no depender siempre de la limosna de su progenitor. Edgar era su heredero y algún día aquellas tierras le pertenecerían. Y, con ellas, cada esclavo. Sí, algún día no muy lejano, se dijo, mientras seguía haciendo uso del látigo. El viejo siempre lo había relegado. Su hermano fallecido había sido su preferido desde la cuna. Pero había muerto y él ya se había cansado de ser el perro apaleado del poderoso Sebastian Colbert. Cuanto antes desapareciera el viejo tirano, mucho mejor. Luego, él haría de su capa un sayo. Y la venganza que se estaba cobrando en el cuerpo del español no era sino parte de la que ansiaba contra su propio padre.
Miguel soportó el castigo con estoicismo suicida. Después del décimo latigazo, el dolor comenzó a hacerse insoportable, pero aunque los golpes no cesaban, él sólo era consciente de una cosa: Diego estaba muerto. Y él se culpaba por seguir vivo.
Para evadirse del sufrimiento, trató de no pensar en ello. Con monótona sangre fría, contó cada azote. Once, doce, trece… Colbert no se cansaba. Después dejó de contar, porque la mente se le nublaba y su cuerpo, zarandeado con cada golpe, se debilitaba por momentos.
¿Veinte? ¿Veinticinco? Tampoco le importaba demasiado. Si Colbert continuaba un poco más ya nada tendría importancia, porque iría a reunirse con Diego, allá donde estuviera.
¿Veintiséis? ¿Veintisiete? ¿Tal vez treinta?…
Súbitamente, cesó aquel infierno que había convertido su espalda en una masa sanguinolenta. Miguel deseó que Colbert acabara y lo ahorcara de una puñetera vez.
Edgar, sudoroso y congestionado por el esfuerzo, recobraba el resuello. Ahogado por su furor, cayó en la cuenta de que, durante todo el castigo, el prisionero no había dejado escapar ni una protesta.
– Yo te haré suplicar, cabrón -jadeó-. Yo te haré suplicar.
No quedaría satisfecho hasta oírlo gritar. ¿De qué pasta estaba hecho el muy bastardo para soportar la tunda sin una queja? Otro hombre, en su lugar, estaría bramando o se habría desmayado ya. Continuar con el castigo suponía para él un asunto de orgullo personal. Después, lo mataría.
Recuperado el aliento, descargó un nuevo golpe.
Miguel, desprevenido, dejó escapar el aire y sus rodillas se doblaron. Seguía en el infierno, se dijo, pero se enderezó con esfuerzo, preparándose para soportar lo que viniera. No iba a darle a Colbert el gusto de pedir clemencia.
Sin embargo, nunca llegó el siguiente latigazo y, entre la bruma del tormento, acertó a oír una orden rabiosa de Sebastian:
– ¡Detente ahora mismo, Edgar!
El dueño de «Promise» llegaba a la carrera, congestionado, seguido de cerca por Kelly. A ella se le escapó un grito, que ahogó cubriéndose la boca, y Sebastian arrancó el cuero de la mano de su hijo.
– ¡Es mío, padre! -se le enfrentó al joven-. ¡Ha intentado matarme y es mío!
– En esta hacienda, muchacho, nada es tuyo -respondió el padre, autoritario-. ¡Y ese esclavo, tampoco! Me costó unas buenas libras y no voy a consentir que perezca por tu capricho.
– ¡No puedes impedírmelo, maldita sea! ¡Te digo que ha intentado matarme!
– Hasta ahora no he tenido quejas de él. ¿Me crees idiota, muchacho? ¿Por qué iba a arriesgar el cuello atacándote?
El joven Colbert tuvo un momento de turbación, y acabó admitiendo:
– Porque he matado a su hermano.
Todo el mundo sabía que el único interés de Sebastian Colbert al comprar a los dos españoles era vengarse en ellos de la muerte de su hijo mayor y que su intención era aniquilarlos poco a poco. Edgar acababa de truncar parte de su resarcimiento matando a uno de ellos y encima pretendía acabar con el otro.
Sebastian se acercó a su hijo, lo miró un instante y después le descargó un golpe con el mango del látigo en pleno rostro. Edgar retrocedió, lívido por la humillación sufrida frente a todos. Se pasó la mano por la cara y la retiró manchada de sangre. La herida abierta en su mejilla le escocía, pero no era nada comparada con su vejación.
– ¡Eres un inútil que no has aprendido nada! -La voz de Colbert rezumaba cólera-. Desde que naciste no me has causado más que problemas, ¡condenado seas! Deberías haber muerto tú en lugar de tu hermano.
– Padre…
– ¡Calla y escúchame bien! -lo interrumpió éste-. Ese esclavo es mío, como lo era su hermano. Todo, absolutamente todo en esta propiedad me pertenece, y juro ante Dios que si él muere -señaló a Miguel con un dedo tembloroso-, te sacaré su precio de las costillas. ¡Bajadlo de ahí de una puta vez! -ordenó a los capataces, que se apresuraban ya a ayudar a Kelly, la cual, ajena a la reprimenda, intentaba soltar al prisionero conteniendo el llanto.
Después, Sebastian dirigió una última mirada furibunda a su hijo, arrojó el cuero, que serpenteó en el suelo, y regresó a la casa con el andar bamboleante que lo caracterizaba.
Edgar se tragó su propia bilis envenenada. Con los ojos fijos en la espalda de su padre, deseó fervientemente verlo muerto. Tenía que acabar con él cuanto antes. Eliminarlo. El muy hijo de perra se creía dueño del mundo, pero Edgar le demostraría que no lo era. Cualquier día, mientras cabalgaba, sufriría un desafortunado accidente, él se encargaría de ello.
Se pasó la manga por la herida de la mejilla y, acercándose a Kelly, la sujetó por el brazo con mano de hierro para zarandearla sin miramientos.
– No vuelvas a interponerte en mi camino, prima -la amenazó en tono muy bajo-. No vuelvas a hacerlo jamás.
– Más vale que tú te alejes del mío, querido primo, porque te juro que no me importará nada meterte una bala en las tripas si llega el caso -le respondió altanera, sin miedo, echando fuego por los ojos-. ¡Me das asco!
Edgar no esperaba una respuesta tan contundente. Aquella bruja se le estaba enfrentando como una igual y eso lo desconcertó. ¿Sería capaz de…? Sí, lo sería, se dijo, mirando sus fieros ojos azules que le manifestaban todo su desprecio. Le plantaba cara sin un ápice de cobardía, delante de sus hombres, que, confusos por el encontronazo, evitaban cruzar la mirada con él.
Externamente, Kelly estaba dispuesta a todo, pero temblaba por dentro, y rezó para que Edgar no oliera su miedo. Contuvo la respiración y esperó firme hasta que él dio media vuelta y se alejó. Casi se le doblaron las rodillas cuando todo hubo terminado. Nunca había visto la cara de la muerte tan de cerca y ahora estaba segura de que su primo no olvidaría la ofensa. Pero se despreocupó de él inmediatamente y se centró en Miguel.
Se adelantó en su ayuda, pero uno de los negros la interceptó y negó con la cabeza. Una esclava solícita se le acercó y dijo:
– No se preocupe, m’zelle, nosotros cuidaremos de él.
– Si necesitáis algo… Cualquier cosa… -La ahogaban las ganas de echarse a llorar viendo cómo cargaban aquel cuerpo torturado e inconsciente.
– Nosotros le cuidaremos, señorita -repitió la negra.