16

Port Royal. Jamaica

La muchachita negra continuó moviendo con monótono impulso el enorme abanico de plumas que colgaba del techo y con el que trataba de proporcionar algo de aire fresco a los hombres acomodados en el porche.

Sebastian Colbert sudaba. Su camisa y su traje, inmaculados por la mañana, presentaban ahora cercos en el cuello, las axilas y la pechera. Hasta el sombrero, olvidado sobre una silla, mostraba su contorno oscurecido.

Para un hombre obeso como él, el tiempo estaba resultando realmente infernal. Y se había agravado con la lluvia caída durante la noche, que, lejos de refrescar el ambiente, originó una densa nube de vapor caliente que envolvió la isla de norte a sur y que en eso momentos los mortificaba. Muchos temían que eso pudiera ser la avanzadilla de un huracán, porque si bien Jamaica no sufría esos fenómenos con la frecuencia de otras islas, tampoco estaba libre de ellos.

Colbert miraba a la esclava y maldecía por lo bajo a una raza que se adaptaba a la incomodidad del pegajoso clima.

– Estos jodidos negros vivirían en el infierno y aún tendrían frío. No me explico cómo soportan semejante calor.

El comentario captó la atención de su anfitrión, y de Edgar, que también estaba presente.

– Supongo que fueron creados para soportarlo todo, ¿no? -dijo el hombre.

– Es posible. Si Dios no hubiera pensado en ello, ¿quién iba a recolectar en esta jodida isla?

– Bien, volvamos al tema que nos ocupa. ¿Qué piensa de mi propuesta, señor Colbert?

Sebastian y su hijo se habían encontrado con él en una reunión de negocios en la ciudad y el hacendado insistió en invitarlos a un refrigerio en su casa de Port Royal, una magnífica construcción de estilo inglés, de dos pisos, blanca toda ella, con un amplísimo patio-jardín y cocheras. El hombre pasaba allí la mayor parte del tiempo, dejando el cuidado de su hacienda en manos de un capataz.

Se llamaba Noah Houston y, además de sus tierras sembradas de caña y café, poseía dos garitos ruinosos en el puerto para los marineros que visitaban la isla, una sala de juego a la que acudían los dueños de las plantaciones y vividores con la bolsa llena y tres burdeles. Edgar había perdido una buena suma de dinero en sus mesas de juego y gastado más de lo prudente con sus putas desde que regresó de Inglaterra. El hotel más caro de la isla era también propiedad de Houston.

A Sebastian no le agradaba aquel sujeto. Tenía demasiado dinero, demasiado poder y demasiadas tierras que competían con las suyas. Pero no podía ni debía oponérsele, porque sus influencias a la hora de fijar los mejores precios para sus productos le resultaban útiles.

Lo que más le desagradaba de Houston, sin embargo, era lo que se comentaba en los corrillos de las tertulias. Se decía que era un pervertido, y no solamente con las mujeres. Al parecer, gozaba martirizando a jóvenes a los que compraba, o que caían en sus manos por deudas de juego. Para Noah Houston no existían distinciones en cuanto al sexo. Hembras o varones eran lo mismo.

Y no ocultaba su debilidad.

– Tendré que pensarlo detenidamente -respondió Sebastian-. Usted sabe el motivo por el que compré a ese blanco cuando lo trajeron a Port Royal.

Noah asintió y chascó los dedos para que les sirvieran otro vaso de limonada fría.

– No tarde demasiado en tomar una decisión, Colbert.

Éste lo miró de hito en hito. Tenía la planta de un caballero y a sus casi sesenta años seguía siendo atractivo y arrogante como pocos. Sí, seguro que podía encandilar a cualquier mujer, pensó con un ramalazo de desprecio y envidia a la vez. Pero para desgracia de las pocas casaderas de Port Royal, Houston sólo estaba interesado en la compra de esclavas para sus burdeles -siempre que fueran bonitas- o para sus tabernas -si carecían de atractivos-. Una recua de esclavos faenaban en sus distintas propiedades como camareros, limpiadores o cocheros. Y guardaba los mejores ejemplares para su casa. Todos, sin excepción, pasaban por sus aposentos, ya fuera de mutuo acuerdo o a la fuerza.

Se rumoreaba, aunque Colbert no estaba seguro de que fuera cierto, que hacía meses se había encaprichado de un robusto negro al que vio en la subasta de esclavos. Lo compró y trató de seducirlo, como hacía con todos. Porque la seducción -decía él- formaba parte del encanto. Regalos y dinero. Nunca la libertad, por supuesto. Curiosamente, se contaba que a aquel bracero llegó incluso a ofrecérsela. Pero él se negó.

– Realmente, Houston… ¿por qué está usted tan interesado en mi esclavo? -preguntó Sebastian.

El otro exhibió una sonrisa ladina, pero calló.

Colbert siguió con el hilo de sus pensamientos. Había oído contar que a aquel tipo negro como la noche, Houston lo hizo desnudar, mandó que lo atasen a un carro, lo azotó y después lo sodomizó. Cuando acabó con él, tomó una pistola y le disparó en la cabeza, sin importarle el precio desorbitado que había pagado por tan magnífico espécimen. Y cabía pensar que quisiera comprar a Miguel con parecidos fines.

Houston no era estúpido y había esperado a que se encontraran cómodos y más frescos. De todos modos, su propuesta de comprar al español lo había tomado por sorpresa.

– Si he de serle sincero, amigo Sebastian -dijo Noah-, no me agradó que superase la oferta de mi empleado en la subasta. Si yo hubiera podido acudir, no se habría quedado usted con ese esclavo. Me interesa comprárselo y, además, he oído por ahí que han surgido problemas en su plantación.

– ¿Quién ha propagado eso? -se picó Colbert.

– Ya sabe… Los negros hablan. Y hablan mucho, a veces. Alguno de sus esclavos se lo ha dicho a otro esclavo, y ese a otro, y a otro… Estas cosas son así. Un castigo de esa índole acaba por conocerse, no son muy frecuentes. Se dice que su hijo -miró directamente a Edgar, pero sin incluirlo en la conversación- casi lo mató con el látigo.

Colbert rezongó, disgustado porque lo que sucedía en su hacienda pudiera estar en boca de todos. Edgar, por su parte, enrojeció, humillado por Houston.

– Compré a esos dos españoles como venganza.

– Lo sé. Y no seré yo quien le diga si fue o no un acierto. Yo sólo quiero hablar de negocios. Usted es un hombre inteligente. Y yo tengo mis informadores. Por lo que sé, el orgullo de ese muchacho le está ocasionando problemas. Usted y yo sabemos que, tarde o temprano, acabará matándolo de una paliza, o de un disparo -insinuó, mirando de nuevo a Edgar-. Carne de cañón, por decirlo de algún modo. Y no dudo que le ha hecho pagar por la muerte de su hijo durante el tiempo que ha dispuesto de él.

– Tengo pensado algo más para ese desgraciado.

– Colbert -se inclinó hacia adelante-, le ofrezco el doble de lo que pagó por él. No me importa que me lo ceda algo… estropeado.

– ¿Está dispuesto a pagarme cien libras?

Noah le palmeó la rodilla con un gesto de camaradería que desagradó a Sebastian.

– Amigo mío, recuerde que mi empleado estaba en la subasta.

Colbert se removió en su asiento, pero no cejó.

– La subasta es un hecho del pasado. Ahora negociamos otra transacción.

– Piénselo. Usted recupera su inversión duplicada y yo obtengo lo que quiero. Además…, no voy a ocultarle que sé que mis pequeños vicios corren ya de boca en boca, así que su venganza será completa si me lo vende. Supongo que sabe a qué me refiero…

Sebastian disimuló su repulsión. Pero el negocio era redondo y sabía que a Houston no le faltaba razón: Edgar había matado a uno y a punto estuvo de hacerlo también con el otro. Y él no deseaba perder su dinero ni tener que romperle la cabeza a su hijo. Por otro lado, imaginar lo que pasaría aquel jodido español en las zarpas de Houston acabó de decidirlo. Asintiendo, tendió una mano, que el otro aceptó presuroso.

– En una semana lo tendrá aquí -le aseguró al hombre.

Noah sonrió como un gato satisfecho y mentalmente se congratuló de ser ya dueño del español. Tuvo un amago de erección sólo de pensar en ello. Sí, merecía la pena el precio que iba a pagar.

Sin imaginar el destino que tramaban para él, Miguel trataba de recuperar las fuerzas con un único propósito: vengarse de Edgar Colbert, de su padre y de todos los que llevaran su sangre.

Después del castigo, lo dejaron al cuidado de una mujer negra, que consiguió arrancarlo del infierno. Durante días se debatió entre la vida y la muerte, delirando, presa de las fiebres. No fueron los azotes, sino la inmundicia que impregnaba el largo látigo de Edgar la que provocó la infección.

Dos factores lo habían hecho seguir adelante y no abandonarse al dolor y la frustración: las atenciones de aquella vieja esclava, con su dedicación y cariño, y el odio más infinito hacia los Colbert.

Transcurrido casi un mes, aún se encontraba debilitado. Había perdido peso, estaba demacrado y unas profundas ojeras ribeteaban su ardiente mirada verde, a la que la cólera y las fiebres habían dotado de un brillo demoníaco.

Miguel recordaba vívidamente cada golpe, el insoportable dolor y la agonía de su larga convalecencia. No se le iba de la cabeza la imagen de Diego mirándolo fijamente, sus dedos ensangrentados, su cuerpo cayendo al vacío… Pero eso, lejos de postrarlo, lo alimentaba. Hora a hora, minuto a minuto, cebaba su inquina.

No hacía nada para mitigar esos recuerdos. Porque necesitaba rememorarlos todos -los azotes, el siseante chasquido del látigo en su espalda y la muerte de Diego- para continuar con vida. Sólo eso le daba fuerzas. Solamente el resentimiento podía ayudarlo a acabar, un día u otro, con aquella casta de sanguinarios asesinos.

Lo reincorporaron al trabajo. Con la mirada perdida en la selva que los rodeaba, juró ante Dios que no descansaría hasta haber vengado a Diego y a Carlota, aunque con ello arriesgara su propia existencia.

– ¿Cómo te encuentras?

La voz que sonó a su espalda le hizo tensar cada músculo. Se volvió lentamente y clavó sus ojos en la muchacha. Había tanta furia en ellos que Kelly retrocedió un paso, acobardada, aun cuando él estaba vigilado por un capataz armado.

Miguel no contestó. Sólo la miró. Y las profundidades de aquellos ojos color zafiro y su rostro nacarado, mezclados con algún sortilegio extraño, ahuyentaron su furor por milésimas de segundo, para regresar a su pecho con más fuerza que antes.

¿Cómo se atrevía aquella arpía a acercársele? ¿No había tenido bastante diversión?

– No he podido venir antes -se excusó ella, retorciendo entre sus dedos los lazos de su bonito vestido amarillo, que le confería el aspecto de una hada-. Mi tío me obligó a quedarme en Port Royal.

A Miguel se le iban y venían las ganas de acercarse a ella, rodear su cuello y apretar, apretar, apretar…

Durante casi un mes, había rumiado a solas su encono, su obsesión por matar a cualquiera que llevara el apellido Colbert. Y ahora ella estaba ante él, a su merced. ¿Que había capataces? ¡Qué le importaban! Podía acabar con la chica en un segundo, hacerle pagar la muerte de Diego y… ¿Por qué diablos aquella mujer hacía replegarse su sed de venganza?

Se volvió de espaldas para no verla. La hostilidad le carcomía el alma, pero incluso así, tuvo que hacer un esfuerzo para no recordar que Kelly era la mujer con la que soñaba por las noches, deseando estrecharla entre sus brazos, ansiando besarla hasta escucharla pedir clemencia y susurrar su nombre en la cumbre del placer. No. Ella era solamente una maldita inglesa, familia del cabrón que asesinó a su hermano, compatriota de los que mataron a Carlota y los convirtieron a Diego y a él en escoria humana.

– Miguel… -la oyó llamarlo.

Apretó las mandíbulas hasta que le dolieron y continuó con su trabajo sin responder. Lo atormentaba tenerla cerca, aunque la deseaba de un modo irracional.

A Kelly la angustia la ahogaba. Procuró no mirarlo, pero sus ojos se quedaron clavados en las marcas que él tenía en la espalda. Y le volvió aquel sentimiento de repulsa que la atormentaba desde que pisó la isla y conoció la esclavitud. Nada en el mundo podía justificar que unos hombres poseyeran a otros. Y nada justificaba el salvaje castigo aplicado por Edgar.

Lo observó encorvarse una y otra vez, trabajar sin descanso, y un acceso de orgullo la embargó. No iba a sentir lástima por él. Eso sería lo último que haría. Porque Miguel de Torres no era un hombre del que hubiera que compadecerse. Muy al contrario. Había que enorgullecerse de él. Edgar había fracasado al no ser capaz de arrancarle un solo grito y ella se había jactado de eso en su cara.

Desde entonces, las ya dañadas relaciones con su primo se habían deteriorado aún más.

Kelly había mandado otra carta más a su casa relatándole a su padre lo ocurrido y dándole un ultimátum: o la sacaba de Jamaica o ella misma tomaría un barco con destino a Europa. Era una baladronada, y lo sabía, pero también su único modo de conseguir volver a Inglaterra. La atracción que sentía por aquel español soberbio y arrogante la estaba matando y sabía que un día u otro acabarían con él. ¿Cómo evitarlo cuando él mismo parecía alimentar su propia perdición? Simplemente, no deseaba estar allí para presenciar cómo moría.

También le había escrito a su hermano James, en esta ocasión a la dirección de su propiedad en York, para que su padre no tuviera conocimiento de su misiva. Ahora sólo cabía esperar, pero no demasiado. Uno u otro habrían de responder o bien ella tomaría sus propias decisiones, aunque después la repudiaran.

– Miguel -insistió en dirigirse a él.

Él continuó con su mutismo y Kelly se mordió los labios. Se estaba humillando para nada, se dijo en un relámpago de rebeldía. Quedaba claro que el español no quería saber nada de ella, ni escuchar lo que tuviera que decirle. Seguramente la culpaba tanto como a Edgar de lo sucedido. ¿Cómo no comprenderle? Toda persona tenía un límite y Miguel, posiblemente, había llegado al suyo.

Con una última mirada, agachó la cabeza y antes de alejarse, dijo:

– Lo siento.

La presión que sentía en el pecho y las ganas de llorar eran tan fuertes que acabó echando a correr hacia la casa.

Unos ojos gatunos y brillantes la devoraban mientras se alejaba.

Pero Kelly nunca llegó a saberlo.

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