33

Lidia la miró como si se hubiera vuelto loca.

No podía negar que la blusa azul le sentaba bien. Se había rodeado la cintura con una cinta del mismo color que la blusa, dejando que los extremos cayeran sobre la falda negra. Estaba bonita, sí. Pero las ropas eran burdas. Y las sandalias que había conseguido empeoraban el resultado. Parecía una criada.

Kelly se había dejado el cabello suelto. ¿Para qué perder el tiempo en un sofisticado peinado?

– No parece usted una dama, m’zelle.

Ella le contestó con un encogimiento de hombros. En el espejo del armario vio reflejado lo que quería y asintió. No. No lo parecía. Ésa era exactamente su intención.

– Voy de acuerdo con mi nueva condición -le contestó.

– ¿Y ese color tan subido de tono en las mejillas y los labios? Si quiere mi opinión, señorita, no le sienta bien. Y mucho menos ese toque oscuro que se ha puesto en los ojos. ¿De verdad piensa bajar a cenar así?

Kelly dio una vuelta completa y se observó críticamente.

– ¿Qué tiene de malo? A Miguel le gustan las mujeres pintadas.

– ¿De dónde ha sacado esa estúpida idea?

– ¿No recuerdas a las muchachas de la cantina, en Guadalupe? La morena y la pelirroja.

– ¡Por el amor de Dios, señorita, aquéllas eran simples busconas!

– Y yo ¿qué soy para él? Vamos, dímelo. ¿Qué soy para el capitán De Torres, Lidia? Creo que está muy claro.

– Yo no lo veo nada claro, señorita.

– Pues debes de ser la única -bufó-. Además, no tengo ropa ni zapatos. Ha sido una suerte poder disponer de algo que ponerme, porque mi vestido ya no soporta una lavada más.

– ¿Y el que le regaló? Sigue colgado en el armario -objetó Lidia.

– No pienso volver a usarlo.

– Pero ¿por qué?

Kelly ya había tenido suficiente y la insistencia de su amiga le estaba provocando dolor de cabeza. Se ahuecó el cabello, alborotándoselo un poco más y creando la ilusión de una mujer de vida alegre.

– No quiero nada que venga de él -resolvió-. No voy a usarlo, simplemente. Y tengo esta ropa por ayudar en los quehaceres de la casa. Me la he ganado. Como me ganaré la comida que me lleve a la boca.

– Señorita…

– ¿No dijo que era su esclava?

– Admito que no estuvo acertado, pero…

– Pues ¡sólo me estoy comportando como tal! -se empeñó Kelly.

– Debería pensarlo mejor. El capitán Boullant, Ledoux y la señorita Virginia son sus invitados esta noche. No creo que al capitán De Torres le haga mucha gracia que se presente con este aspecto.

– No voy desaliñada. Y estoy limpia.

– Pero lo dejará en ridículo.

– ¡Precisamente! Él me ha secuestrado y, por lo que sé, no tiene intención de pedir ningún tipo de rescate por mí. Pues bien, vestiré de acuerdo con lo que soy ahora, una mujer sin honor. Y si no le gusta, ¡que reviente!

Lidia resopló. Habría problemas. Seguro que los habría. Entendía que Kelly estuviera harta de todo, que deseara escapar de allí y volver con su familia. Miguel se había comportado como un miserable desde que llegaron, dejándola a un lado y tratándola con menosprecio, o ni siquiera tratándola. Y de poco había servido que ella le suplicara a Armand que mediara, porque éste se negó en redondo.

– Ese muchacho necesita probar su propia medicina, así que no te metas, mujer -fue todo cuanto había dicho.

Lidia no tenía dudas de que aquella noche Kelly estaba dispuesta a todo. Cuando se empecinaba en algo, era imposible convencerla de lo contrario y tenía muy claro que había decidido arruinarle la velada al capitán.

– M’zelle, por favor. Hágalo por la señorita Virginia.

– ¡Bah! Ésa es otra de las cosas que debe pagarme, Lidia. No he sabido nada de ella desde que llegamos. Ni de Amanda.

– Ellas están bien. La señora Clery ayuda al ama de llaves del capitán Boullant en los quehaceres de la casa y en las cocinas.

– Sí. Sé que están bien porque Timmy me trajo una nota, pero ¿por qué no me ha dejado ir a verlas?

– Es peligroso salir de la hacienda.

– Podría haberme acompañado alguno de los trabajadores. O incluso Armand. ¡Válgame el Cielo, Lidia! Apenas estamos a un par de kilómetros de distancia.

Discutir con Kelly era como hacerlo con un muro de ladrillos.

– El capitán se enfadará -advirtió la mulata.

– Por mí, como si se muere del disgusto.

– ¡Por Dios, señorita! Recapacite y cámbiese.

– Vale ya, Lidia. Te estás poniendo insoportable.

La chica no encontraba palabras para hacerla cambiar de actitud. Se estrujó las manos y pensó en insistir. Hasta ella estaba más elegante, con el vestido color guinda que Armand le había regalado aquella misma mañana.

– ¿Qué van a pensar la señorita Virginia y los demás cuando la vean vestida y maquillada como una… una…?

– ¿Puta?

– ¡Santo Dios! -se atragantó.

– Virginia no pensará nada. Bueno, sí. Me conoce lo suficiente como para saber que tengo un plan. Lo que opine el resto, me importa un ardite.

– ¿Puedo conocer yo ese… plan, señorita?

– No quiero que me trate como un trofeo, Lidia. ¡No soy su trofeo, maldito sea!

– Pero es su prisionera, y su actitud infantil no va a cambiarlo.

– Eso ya lo veremos. No puedo vivir pendiente de sus cambios de humor. Tan pronto me agasaja, como me olvida. Quiero saber, de una vez por todas, en qué lugar estoy. ¡Lo odio!

Lidia le daba la razón, aunque se cuidó muy mucho de decírselo. Sentía una profunda pena por Kelly, pero ella nada podía hacer para remediar su situación. La instó a sentarse y lo hizo a su vez a su lado, tomando sus manos entre las suyas. No encontraba argumentos para reconfortarla. Ella, al menos, había salido ganando, porque Armand era un buen hombre y estaba muy cerca de amarlo. Pero ¿y su señorita? El capitán De Torres no parecía rendirse fácilmente a una cara bonita. Así que, ¿qué podía esperar? Tarde o temprano, él debería tomar una decisión: o la reclamaba como suya o la dejaba marchar, porque Kelly Colbert nunca aceptaría una situación intermedia, y en tal lucha de voluntades, la joven inglesa era una antagonista que cabía tener en cuenta. Si uno de los dos cediera, incluso podrían encontrar la felicidad.

– M’zelle, usted no odia al capitán.

La rotunda afirmación de Lidia acabó de romper las barreras de su resolución. Se abrazó a ella y durante un buen rato no pudo hablar.

– Tienes razón -dijo luego, aceptando el pañuelo que le tendía y limpiándose la nariz-. No lo odio, Lidia. Y eso me está destrozando. Creo que me enamoré de él cuando lo vi la primera vez, en Port Royal.

– Entonces, ¿por qué se le enfrenta? ¿Por qué no intentar que él le corresponda? Usted es una muchacha preciosa y el capitán no es inmune a sus encantos.

– ¿Cómo hacerlo? ¿Rindiéndome a sus pies? ¿Rebajándome más de lo que ya lo he hecho?

– Él es muy orgulloso.

– También lo soy yo. Además, me odia. Aborrece todo lo que suena a inglés.

– El tiempo cura las heridas y hace olvidar, señorita.

– No a Miguel de Torres, Lidia. Tú no lo sabes, pero los ingleses asesinaron a la mujer con la que iba a casarse. Y siempre tiene presente que Edgar mató a su hermano. En ocasiones, lo he visto mirándome de forma extraña, con rencor. Me culpa por llevar su sangre.

– Pero también le ha hecho el amor.

La había tratado con ternura, sí, pensó Kelly. Precisamente por eso, porque necesitaba saber si las caricias de Miguel eran ciertas, se había propuesto aquello.

– Me ha usado, Lidia. No es lo mismo. Me deseaba del mismo modo que a las furcias de la taberna. ¡Y basta ya de hablar! Alcánzame ese carboncillo, que se me ha corrido la pintura de los ojos.

Lidia se resignó al fin. «Imposible seguir luchando», se dijo. Mientras Kelly se retocaba, pensó si no sería mejor poner una excusa y que Armand la llevara a casa. Se iba a montar una buena y ella no tenía ganas de estar en medio.

Kelly se dio un último vistazo.

Miguel podía sufrir un infarto cuando la viera. Temía su reacción, pero no pensaba dar marcha atrás. Los Colbert también tenían su vanidad.

– Nuestros caballeros piratas nos aguardan, Lidia. No les hagamos esperar.

Miguel asintió a un comentario de François y probó el vino que estaban tomando mientras esperaban a las mujeres. Boullant se había personado a la cena acompañado por Nora Buttler, la bonita y pelirroja hija de un adinerado comerciante, y, puesto que Kelly y Lidia se retrasaban, Miguel le había pedido a Timmy que acompañara a Virginia y a la muchacha al jardín, de modo que ellas tuvieran libertad para sus confidencias y ellos también.

– Creo que voy a retirarme -anunció Fran, no sin cierta sorpresa por parte de los presentes-. Me parece que muy bien podrías hacerte cargo del Missionnaire -añadió, dirigiéndose a Ledoux.

– No será por esa damita, ¿verdad?

– Un hombre debe formar una familia tarde o temprano -intervino Armand, añadiendo una dosis de desconcierto.

– ¿También tú estás pensando en dejarnos? -le preguntó Miguel.

– Se me ha pasado por la cabeza.

– ¿Por Lidia?

Briset no respondió, pero su silencio fue mucho más elocuente que todo un discurso.

Por un momento, los cuatro se abstuvieron de hablar, cada uno repasando episodios de su azaroso pasado. Salvo Miguel, los demás llevaban demasiado tiempo jugándose la vida. Todos habían hecho fortuna suficiente para dejar la piratería y, amparados en el anonimato de la vida en tierra y la dispersión, lejanía y relativa seguridad de las islas, podían reintegrarse a la sociedad como personas honorables. Claro que, a cambio, ¿dónde quedaba la aventura?

El sonido de la puerta abriéndose a sus espaldas los sacó de sus cavilaciones y se volvieron al unísono.

Era Kelly.

Miguel sonrió. Sólo un segundo. A continuación, se atragantó con su bebida y empezó a toser. Pierre le propinó una fuerte palmada en la espalda, aunque sin apartar los ojos de la muchacha. Armand miró al techo y Fran, sencillamente, observaba y callaba.

Se podía oír el vuelo de un mosquito. La incomodidad flotaba en el ambiente mucho más de lo que Kelly hubiera pensado. Por el modo en que todos los ojos estaban fijos en ella, se había extralimitado.

Por el acceso al jardín aparecieron Virginia y Nora Buttler.

Entonces sí que a Kelly se le subieron los colores, porque en su representación no había esperado incluir a una dama a la que no conocía y que allí, junto a su amiga, la observaba con un rictus de manifiesto desagrado. Se estaría preguntando cómo era posible que la hubieran invitado a una cena junto con una buscona. Le entraron ganas de dar media vuelta y escapar, pero ya era demasiado tarde.

Briset interrogó a Lidia con la mirada y ella se encogió ligeramente de hombros.

El estupor de Miguel fue dando paso a una mirada de desagrado que amenazaba vendaval. Dejó la copa con tanta violencia que el cristal se quebró. Kelly contuvo el impulso de retroceder cuando él se levantó y avanzó hacia ella, pero permaneció donde estaba, plantándole cara. La tomó del brazo y la arrastró hacia la salida.

– Podéis empezar a cenar sin nosotros -les dijo a sus invitados.

Kelly se trompicaba para seguirle el paso y no caer de bruces mientras él la obligaba a subir la escalera casi a la carrera. La llevó en volandas hasta su cuarto, abrió y la hizo entrar, cerrando luego de una patada.

– Y ahora, señorita Colbert, me vas a explicar qué significa esta fantochada.

Si le hubiera gritado, ella le habría respondido de igual modo, pero Miguel parecía luchar por mantener la calma y eso era presagio de que estaba a punto de estallar. A pesar de todo, Kelly se felicitó por haber conseguido su propósito.

– Me he vestido de acuerdo con mi posición en esta casa, amo.

Él se quedó mirándola. ¿De qué demonios estaba hablando? Aquello no estaba pasando, se dijo, confuso. Kelly no se había vestido como una ramera y él debía de haber bebido demasiado… Su patética imagen desaparecería en un momento…

Pero no. Seguía allí, vestida como una tabernera y pintada como una…

– ¡Explícate!

– Si no lo entiendes, huelgan las explicaciones.

No. No entendía nada. Pero empezaba a pensar que nunca entendería a aquella mujer que lo enloquecía y a la que deseaba por encima de todo, incluso de aquel modo, esperpéntica y disfrazada de prostituta. La agarró de la muñeca y tiró de ella acercándola al aguamanil. Vertió agua en la palangana y, acallando sus protestas, le empujó la cabeza hasta metérsela dentro.

Kelly se debatió como una fiera, pero él la retuvo hasta quitarle toda la pintura de la cara. Luego la soltó y ella retrocedió escupiendo, medio ahogada, con el cabello chorreando sobre el rostro enrojecido.

– ¡Eres un…!

– Y ahora quítate esas ropas -la interrumpió él-. Y ponte el vestido que te regalé.

– ¿Para qué? -estalló Kelly, haciendo un esfuerzo para mantenerse firme-. ¿Para que todos vean lo bien que vistes a tu esclava?

Miguel parpadeó. ¡Demonio de mujer! ¿Ahora le salía con ésas? Había aceptado ante Armand que había sido desconsiderado al presentarla de ese modo a Veronique y a Roy. Y debía haberse disculpado ante ella, cierto. Pero ¿acaso se la había tratado como a una prisionera? ¿No la habían instalado en una de las mejores habitaciones? ¿Se la había obligado a realizar trabajos serviles?

– Así que se trata de eso.

– Sí, de eso mismo, capitán De Torres.

– Lo lamento, Kelly te pido disculpas. Actué como un perfecto idiota y te humillé, lo sé.

– Ni te imaginas cuánto.

– De acuerdo, fui un maldito mezquino y lo admito. Estaba confundido. Olvidémoslo y cámbiate de ropa.

Ella no se movió del sitio. ¿Eso era todo? ¿Estaba confundido? ¿A qué se refería? Ni siquiera había tenido la decencia de explicarle nada, pero ahora le pedía disculpas y pretendía que ella le perdonara. ¡Qué sencillo!

– Mente masculina…

– ¿Perdón?

– Que tienes unas ideas muy masculinas, Miguel.

– Bueno, cariño, si fuera de otro modo empezaría a preocuparme.

Se estaba burlando de ella. Una vez más. Kelly tenía ganas de sacarle los ojos.

– Ve con tus invitados. Si no quieres que baje con esta ropa, simplemente no bajaré a cenar.

Miguel se dijo que ya le había consentido demasiado. Estiró un brazo, la atrajo hacia sí, la besó y después le metió la mano por el escote de la blusa y se la rasgó de arriba abajo. Kelly se rebeló, lo insultó y trató de cubrirse, pero acabó debatiéndose entre el rechazo y la fuerza de él, que terminó por despojarla de la ropa deshaciéndole el lazo del fajín y quitándole la falda, aun a costa de algunos puñetazos, una buena bofetada en plena cara y más de un pisotón. Se trataba de imponerse y a Miguel no le resultó difícil.

Al final, los dos jadeaban y Kelly estaba tan desnuda como había llegado al mundo.

Lejos de indignarse, Miguel pugnaba por no sustraerse a la atracción que ejercía sobre él. Porque delante tenía a la mujer más hermosa del mundo y sus ojos se pasearon por su figura de alabastro, incrédulo. ¿Cómo había podido estar apartado varios días de ella? Su garganta pedía besos, sus hombros caricias, sus pechos el tacto de sus manos. Tuvo una instantánea erección. ¡Dios, qué hermosa era! Y era suya. Totalmente suya. Lo fue desde que la besó por primera vez, allá en «Promise», cuando no era más que un esclavo. Nunca la dejaría marchar, porque no podía, porque ella le había arrebatado el corazón hacía mucho tiempo. ¿Cuándo se había enamorado tan locamente de tamaña arpía? ¿Cómo rompió sus defensas? La amaba sin remisión. La envolvió en sus brazos, amoldándose a su cuerpo desnudo, perdido en su olor y en su suavidad. Buscó su boca y la encontró. Y bebió de ella, sediento, controlando el imperioso deseo de tumbarla allí mismo y saciarse. Estaba perdido y lo sabía. Porque la amaba. Y no había vuelta atrás.

Kelly dejó de luchar. Ante el calor de sus besos respondió con su misma ansiedad. Le necesitaba. Lo amaba hasta la locura. ¿Qué importaba ya que fuera un simple entretenimiento para él? Su vida no tenía razón de ser lejos de Miguel. En ese momento renunció a todo: a su vida anterior, a su familia y a su futuro, porque solamente le importaba aquel hombre. No tenía defensas para oponérsele más, habían quedado olvidadas en alguna parte del camino. Miguel de Torres, el capitán de El Ángel Negro, le pertenecía, aunque él aún no lo supiera.

Separó su boca de la de Kelly y la estrechó entre sus brazos. Ella se frotó contra su cuerpo haciendo que hirviera de deseo. Despacio, las manos masculinas se deslizaron por su suave espalda, se pararon en su talle y bajaron hasta sus nalgas, haciéndola gemir. Se separó un poco de ella y se miraron a los ojos. Se lo dijeron todo con una sola mirada. Y Kelly fue la primera en ir de nuevo al encuentro de su boca perfectamente cincelada.

Miguel perdió los papeles. Bailaba como un títere cuyos hilos movía ella, pero ya no le importaba. Dejó que su instinto animal lo guiara, acarició la piel desnuda escuchando la ancestral llamada de su virilidad. Con un brazo, barrió cuanto poblaba la cómoda, la tomó de las nalgas y la colocó sobre el mueble.

– Rodéame con tus piernas, princesa -le pidió, como si rezara.

Kelly así lo hizo y echó la cabeza hacia atrás, ofreciéndole sus pechos erguidos. Y Miguel no desaprovechó el manantial que tan generosamente se le presentaba. Su boca agasajó uno y luego el otro, sus dientes mordisquearon los pezones, su lengua danzó al compás de sus areolas. Ella gemía y tomaba entre sus dedos mechones de su cabello, instándolo a continuar, retorciéndose, embriagándolo.

Olvidándose de todo, se perdieron en el islote de su pasión.

Armand, a instancias de Lidia, había decidido intervenir a favor de Kelly por si las cosas se salían de madre. Subió dispuesto incluso a hacerle frente a su capitán, sin importarle las consecuencias. Aporreó la puerta.

– ¡No cometa una locura, capitán! -gritó.

Kelly y Miguel se sobresaltaron.

– Dios sabe que no puedo remediar cometerla, bruja -dijo él.

– Si se te ocurre dejarlo ahora, te mato -respondió ella.

Como dos críos pillados en falta, rieron a coro.

– ¡Piérdete, Briset! -se oyó la voz de Miguel desde dentro.

Armand aplicó el oído a la puerta y su gesto se fue dulcificando hasta esbozar una sonrisa. Dio media vuelta y bajó la escalera, con las manos en los bolsillos, como si hubiera logrado un triunfo. Era hora de tranquilizar a los comensales.

– Sí señor -se dijo en voz alta-. Esos dos no necesitan ama de cría.

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