20

Días después de aquella conversación, surgió la oportunidad de hacerlo y, contra todo pronóstico, Miguel no quiso aprovecharla.

Boullant había invitado a sus cuatro capitanes y a sus segundos a su hacienda, una bonita propiedad al norte de La Martinica y muy próxima al terreno que Miguel de Torres había comprado.

En total había diez hombres y, aunque parecía una reunión entre colegas con el único fin de divertirse y descansar durante un par de días del bullicio de Guadalupe, donde las tripulaciones seguían gastando su dinero, Miguel presintió que se trataba de algo más.

Y no se confundió.

Tras una opípara cena preparada por Juliet, la cocinera-ama de llaves de Boullant, una indígena de color café con leche de edad indefinida y mal carácter, llegaron las copas. Y Fran los hizo partícipes del motivo por el que estaban allí.

– Si nuestros muchachos siguen gastando el dinero como hasta ahora, pronto deberemos hacernos de nuevo a la mar.

Tras varios meses embarcados, la perspectiva de volver a navegar no levantó entusiasmos.

– Por mi parte, empiezo a tomarle aprecio a esta hacienda y sus comodidades. Pero los hombres lo exigirán en cuanto se les vacíe la bolsa. Quiero saber con quién cuento.

– Siempre te hemos seguido, Fran, pero ¿por qué no esperar unos días más? -quiso saber el capitán del Delfín, un tipo alto y delgado como un junco, picado de viruela, que respondía al nombre de capitán Cangrejo.

– Estoy con él -convino Barboza, el portugués que tenía a su cargo el São Basilio.

– ¿Y tú, Adrien?

– Por mí podemos izar velas mañana mismo. -Se encogió de hombros y miró a Miguel, que parecía no seguir la conversación, abstraído en su propio mundo y manoseando su copa-. ¿Qué dices tú, español?

Directamente interpelado, Miguel levantó la vista.

– Yo no tengo casa aún -dijo-. Y falta mucho para que mis tierras estén listas para plantar. Nada me retiene en La Martinica por tanto. Lo que votéis, estará bien para mí.

– De acuerdo. Pierre, te toca. Diles lo que sabes -le indicó Boullant a su segundo.

La opinión del francés era muy considerada aunque solamente ostentaba el cargo de contramaestre. Mientras que el resto de los de su rango tenían voz, pero no voto, a él se le concedían ciertos privilegios.

– Tres navíos de bandera inglesa saldrán de Port Royal con rumbo al viejo continente. -Guardó un corto silencio que llenó de intriga o codicia los ojos de unos y otros-. Maderas, azúcar, café y cacao, amén de la recaudación de unos cuantiosos impuestos con destino a las arcas de su graciosa majestad.

El capitán del Prince recibió la noticia como el maná.

– Parece un bocado apetitoso.

– Por eso os he reunido, mes amis. Tal vez debamos salir a su encuentro, los interceptamos y… voilà!

El nombre de Port Royal le removió a Miguel las entrañas, pero no dijo nada. Dejó que los otros se enfrascasen en la discusión sobre la conveniencia de soltar amarras cuanto antes. Al final, acordaron conceder un par de jornadas extra de diversión a las tripulaciones. Y él estuvo de acuerdo. Hasta aquel momento, se decantaba más por prolongar su estancia en La Martinica, supervisando el trabajo de su futura casa y de sus tierras, aunque se guardó de decirlo. Pero aquella circunstancia lo cambiaba todo. Volvían a ponerle un cebo que no quería ni podía despreciar. Y, a fin de cuentas, la persona que había contratado para que llevara las riendas de sus propiedades, que no era otro que el cuñado de la criada de Boullant, se estaba moviendo con diligencia y él le tenía total confianza.

Salir a la caza de ingleses le resultaba mucho más atrayente que ejercer de hacendado.

Una vez acordado el plan de acción, sirvieron otra copa y Depardier le dio una orden a su segundo, que asintió y se fue.

– También yo tengo una sorpresa para esta velada -les dijo, enigmático.

Su hombre de confianza regresó poco después, tirando de una cuerda a la que iba amarrado por el cuello un muchachito delgado y asustado. Un tirón al entrar lo obligó a caer de rodillas y Miguel vio de inmediato, con enorme desagrado, que le habían lacerado la piel. El crío no dejó escapar una queja, pero lágrimas de dolor resbalaban por sus enjutas mejillas.

– Lo descubrí junto a la taberna. El muy piojoso habla francés, pero no lo es -les informó Depardier-. Juraría que es inglés y que nos va a dar mucha información.

El maltrato a seres indefensos, que Miguel había sufrido en propias carnes, no era algo que pudiera digerir. Le repugnaba. Y mostraba, por otra parte, el alma cruel de Adrien.

El chico, arrodillado y sin levantar la vista del suelo, temblaba de miedo.

– ¿Y qué importancia puede tener para nosotros un crío, sea de donde diablos sea? -lo interpeló-. ¿O es que ahora tememos a los niños de pecho?

El tono de mofa hizo tensarse al francés, que se revolvió.

– ¡Yo no le temo a nadie, español! Pero he llegado a la conclusión de que el chico es un espía.

– ¡Valiente memez! ¿Un espía? ¿De quién? Si acaso, el chico de los recados de la furcia con la que te acostaste anoche. Por cierto, ¿ya le has pagado sus servicios?

Adrien se levantó como impulsado por un resorte para responder a la provocación, pero Ledoux se interpuso entre ambos.

– No quiero peleas en mi casa, caballeros -advirtió Boullant.

– Es solamente una criatura -opinó el portugués.

– Deja que se vaya, amigo -intervino un tercero-. No es más que un niño.

Pero Depardier no se echó atrás. También odiaba todo lo que fuera inglés y creía a pies juntillas que el mocoso era algo así como un informador. Miguel se esforzaba por comprender qué veía en el niño que lo soliviantaba tanto. Era un fanático, ya no le cupo ninguna duda. Y peligroso.

– ¡Vamos, cabrón, habla! -Depardier estiró de la cuerda que sujetaba al muchacho-. Confiesa quién te envía a espiar.

Miguel apretó los puños y se le fue acercando despacio. Pierre advirtió su movimiento y se hizo a un lado al captar el brillo demoníaco de sus ojos. Medio sonrió, dando por sentada ya la muerte de Adrien.

Casi nadie veía con buenos ojos la obcecación de éste, pero no podían intervenir si querían mantener la armonía. Fran decidió que, si la cosa iba a más, arrancaría al chico de sus garras a pesar de las consecuencias.

– ¿Qué… Qué des… desea saber…, señor?

El francés lo agarró de la andrajosa túnica que lo cubría y lo levantó dos palmos del suelo. Luego lo abofeteó y lo soltó. La túnica se desgarró y los ojos de Miguel volaron hacia las marcas que cruzaban la esquelética espalda del niño.

Se interpuso, evitando que a éste lo alcanzara una patada y se le despertó el deseo salvaje de acabar de una vez por todas con aquel desgraciado desequilibrado. Pero estaba en casa de Fran y eso le impidió dar rienda suelta a la rabia que se le estaba acumulando.

– ¿Eres súbdito de Inglaterra? -le preguntó, anteponiéndose a Depardier.

El crío lo miró con respeto. Ya no era el tipo hosco, malcarado y desaliñado quien le hablaba, sino un hombre de ceñido pantalón negro, camisa abullonada del mismo color y botas de caña alta. Negó con la cabeza, porque las palabras se le atascaban en la garganta.

– ¿No eres inglés?

– No, señor -consiguió articular-. Bueno… mi padre nació en Dover, pero mi madre era belga.

– ¿No os lo había dicho yo? -se jactó Depardier.

– ¿Y dónde están ahora?

– Murieron. Por las fiebres. -Se limpió la nariz con el dorso de la mano-. De eso hace unos cuatro años, señor.

– Y tú, ¿cuántos tienes? -quiso saber Miguel, hablándole ahora en un francés fluido.

– Casi catorce, señor.

– ¿Casi?

– Me faltan sólo diez meses para cumplirlos -respondió, sacando pecho.

A Miguel le agradó el gesto, pero evitó demostrarlo.

– Eres un mocoso -le dijo. Entonces, se volvió hacia Depardier-. Un mocoso cuyo cuerpo aún no está desarrollado para aplicarle el látigo.

– Es mi prisionero. Y con él hago lo que quiero. ¡Y te digo que es inglés! Los huelo a millas de distancia.

– Yo diría que a quien se huele a distancia es a ti -lo insultó Miguel para aguijonearlo.

– Nací en Bélgica -se aventuró a explicar el chico, con lo que de nuevo atrajo la atención hacia él-. Mis padres murieron en el barco y el capitán Marcel Griñot se hizo cargo de mí hasta hace poco.

– ¡Griñot! -masculló Depardier-. Un inútil que no distinguía una foca de una rana. ¡Y que además está muerto!

– Entonces no podemos interrogarlo, ¿verdad? -continuó Miguel con su aplomo habitual.

Ledoux y los demás observaban la escena en silencio. Ninguno de los presentes quería enfrentarse abiertamente a aquel perturbado, ni entrometerse entre él y su prisionero, porque cada capitán mantenía su independencia, y lo que hicieran cuando no batallaban en mar abierto era cosa suya. Pero, en el fondo, rabiaban porque De Torres lo pusiera en su sitio.

– ¡No hace falta interrogar a nadie! -zanjó Adrien-. El chico es mío y se acabó. Lo he hecho traer para divertirnos un poco, pero… -esbozó una sonrisa ladina-, si a nuestro joven y delicado capitán español le molesta… -Sorteó a Miguel, agarró la cuerda y tiró del chico para llevárselo antes de que el otro captara su sarcasmo.

Una garra de acero atrapó su muñeca.

– Te lo compro.

El francés echó la cabeza hacia atrás y se rió en su cara.

– No está en venta. Le debo un favor a un fulano de Guadalupe al que le gustan los mocosos.

Un relámpago negro atravesó las pupilas de Miguel, y sus palabras sonaron a cantos celestiales en los oídos de Pierre cuando dijo:

– Entonces, batámonos por el chico.

Adrien perdió parte de su aplomo al oírlo y soltó a su presa, que retrocedió de inmediato hasta un rincón. Entrecerró los ojos, fijos en Miguel, y adelantó el labio inferior, como si meditara sobre el reto. Era una inmejorable propuesta para él, la oportunidad que había estado esperando. Miguel tampoco era santo de su devoción. Lo envidiaba por ser como era, por tener una tripulación que llegó a su barco siendo escoria y se había convertido en la mejor de las cinco naves de la flotilla, por ganarse a las mujeres con su sola presencia. ¡Y por capitanear El Ángel Negro! Y ahora se lo ponía en bandeja.

– Batirme por una ruina como ésta sería de idiotas, español. Pero podríamos hacerlo por algo más -sugirió.

– Muestra tus cartas.

– Si soy el vencedor, me quedo con El Ángel Negro.

Miguel se puso muy serio brevemente y luego estalló en carcajadas.

– ¡Acabáramos! -dijo-. ¡Nada menos que El Ángel Negro, condenación!

– Si no quieres perderlo, olvídate del chico.

El rostro de Miguel fue todo concentración. No dijo nada y se encaminó a la puerta. Se miraban unos a otros preguntándose si el aguerrido español había desistido. Y Depardier se ufanó ante ellos… hasta que se oyó:

– ¡Empecemos, no tengo toda la noche!

Adrien se abalanzó hacia la puerta y todos los demás lo siguieron a una.

– ¡Luces aquí! -pidió Boullant.

Sus criados se afanaron en distribuir antorchas por el patio, que en poco tiempo quedó tan iluminado como el salón. Los dos rivales se estudiaban en silencio. El resto formó un círculo en torno a ellos y, antes de que comenzara el duelo, ya habían tomado partido por uno u otro y empezaron a jalearlos. A Depardier lo apoyaba su hombre de confianza y el segundo de a bordo del portugués. Los demás animaban al español. Salvo François, al que no le gustaba meterse en las refriegas de sus capitanes. Ledoux, sin embargo, ardía en deseos de ver a Adrien ensartado.

Algo apartado del corrillo, pero con una visión perfecta debido a su elevada estatura, un hombretón fornido y hosco que apenas había abierto la boca desde que pisaron la hacienda pasó un brazo sobre los hombros del niño y lo mantuvo a su costado. Armand Briset, contramaestre y lugarteniente de Miguel, estaba seguro de quién iba a ser el ganador de aquella pelea. La criatura se pegó más a él cuando se escuchó el siseo de los sables al salir de sus fundas, y el hombre le revolvió el sucio cabello.

– No te preocupes, hijo. Si el capitán no acaba con ese cerdo, lo haré yo.

Los contrincantes tomaron posiciones. Se midieron moviéndose en círculos y luego los aceros chocaron.

Agarrado a los faldones de la chaqueta de Briset, el muchacho asistía al combate con los ojos muy abiertos. El francés se movía con maestría, pero era algo lento, su cuerpo macizo lo ralentizaba. Sin embargo, el otro, el que vestía de negro y se estaba batiendo por él, era ágil y se mostraba seguro de sí mismo. Armand también veía los movimientos felinos de su capitán. Era como ver a un gato jugando con un ratón. Atacaba y retrocedía, lanzaba un mandoble a la derecha y otro a la izquierda, luego arriba, abajo, de nuevo arriba…

En cada golpe, saltaban chispas. Sus seguidores los animaban, pero ninguno de los dos rivales parecía escucharlos, concentrados como estaban en su contrario.

Depardier lanzó un golpe terrorífico y Miguel lo paró a duras penas. La fuerza del mandoble hizo que éste resbalara sobre las baldosas del patio y entonces el francés atacó con más brío, seguro ya de tener su alma en el filo del sable y, lo que era mejor, El Ángel Negro. Pero erró, porque el español no sólo se recuperó en un segundo sino que contestó a su lance con una serie de golpes en aspa que lo obligaron a retroceder.

Miguel sabía que su mayor ventaja era la rapidez y se propuso acosarle. Iba a hacer sudar a aquel hijo de perra. Sí, iba a meterle el miedo en el cuerpo. Se estaba divirtiendo y alargaría el combate un poco más, permitiendo incluso que Adrien recobrara cierta ventaja. Así se mantuvieron en un toma y daca.

Hasta que se cansó del juego. Y cuando eso sucedió, sólo le hicieron falta tres movimientos en ataques, fieros, coordinados y seguros, para que el arma de Depardier volara por los aires y aterrizara a los pies de Armand, que la recogió con cierta flema.

El capitán retrocedió un paso. Resollaba como un cerdo a punto del sacrificio mientras que su rival apenas parecía haber hecho un ensayo. Nunca antes lo habían desarmado tan limpia y certeramente.

La punta del sable de Miguel se apoyó en su gaznate y Depardier dejó de respirar. El miedo electrizó su espina dorsal.

– ¿Es suficiente, Adrien? -le preguntó el español, firme pero tranquilo.

El otro no osaba ni parpadear. Dio su conformidad con un hilo de voz, sin atreverse a mover un músculo. Solamente entonces Miguel devolvió el sable a su funda. Buscó con la mirada al pilluelo y se felicitó porque estuviera junto a su contramaestre. Le hizo un gesto con la mano y el crío se apresuró a correr hacia él. El brillo de agradecimiento de aquellos ojos enormes ya fue suficiente recompensa para Miguel.

– ¿Como te llamas, muchacho?

– Timmy, mon capitain. Timmy Benson.

– Ve al puerto, a la taberna del Tiburón Azul. Busca a un hombre llamado Swanson y dile que vas de mi parte. Él te proporcionará alojamiento y comida. Y un buen baño, porque apestas, chico. Desde ahora mismo, eres grumete de El Ángel Negro.

Al niño se le dibujó el éxtasis en la cara y una ancha sonrisa apareció en sus labios. Se cuadró, se llevó la mano derecha a la sien y gritó:

– ¡Sí, capitán! -Y salió a escape de allí.

– ¡Y que te compre ropa nueva! -añadió Miguel.

El corrillo se disolvió para regresar al salón y Pierre se acercó al español, poco convencido de lo que éste acababa de hacer.

– ¿Vas a dejarlo ir? Me parece que te has batido por nada.

Miguel de Torres se encogió de hombros.

– Te equivocas, Ledoux. Timmy estará en mi barco cuando suba a bordo, y eso le recordará quién manda allí. Curiosamente… -se volvió para mirar el rostro ceniciento de Depardier, que permanecía solo mirando su humillación-, mis hombres me son leales… Incluso cuando algún cabrón trata de sobornarlos para que se me rebelen. ¿Será porque en lugar de la ruindad de un cinco por ciento de la parte del capitán… les doy el diez? -dejó caer.

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