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Costa de La Martinica. 1669

En el camarote principal de la fragata Missionnaire, que surcaba los mares bajo bandera francesa, François Boullant y los capitanes que gobernaban el resto de la pequeña flotilla de cuatro naves se reunían en conferencia. Fuera de aquel recinto, nadie debía saber de qué conversaban, razón por la cual la tripulación gozaba de permiso en tierra y sólo hombres de máxima confianza montaban guardia en el exterior.

François Boullant era un capitán joven, pero no por ello inexperto. Y los demás lo escuchaban con atención. Tenía treinta años, que no aparentaba, con su cabello rubio, largo y algo descuidado, y unos ojos verde claro. Su apariencia podría haber supuesto, en primera instancia, un hándicap para dirigir un grupo, pero él se ganó un cierto prestigio a base de decisiones acertadas en momentos complicados.

Se recostó en el asiento y miró, uno a uno, los rostros severos de los que le acompañaban. Hombres con los que había luchado en muchas ocasiones, algunos de los cuales se habían jugado la vida por él. Por más de uno de ellos daría su brazo derecho.

Observándolos, pensó que eran un buen equipo, dotado del arrojo necesario para planear y acometer los abordajes que les estaban reportando tan buenos beneficios.

Porque ellos se dedicaban a la piratería.

Lisa y llanamente, sin ocultar lo que hacían ni escudarse en un documento sellado por Corona alguna. A ellos no les hacía falta estar respaldados por ninguna potencia, porque eran su propia potencia. Trabajar al servicio de cualquier Corona, ya fuera inglesa, francesa, española, portuguesa u holandesa, sólo significaría compartir sus ganancias. Tenían su propia ley y su propia identidad y ahí se acababa todo. Desde hacía ocho años, cuando François apenas sabía limpiarse la nariz, pero en cambio dominaba el sable como un experto, había hecho de la piratería su modo de vida.

Le hacía gracia que alguien comentara que solamente era un pringoso pirata. Nunca disimuló su condición adjudicándose el nombre de bucanero o corsario, y nunca lo haría. Ni tampoco los hombres que en esos momentos escuchaban sus palabras. Eso sí, enarbolaban bandera francesa, porque la mayoría de los tripulantes eran de ese país. Pero se trataba de una mera cuestión de tradición y no implicaba acuerdo alguno con el gobierno.

Se le agrió el gesto al recordar su tierra natal. No le debía nada. Había salido de Francia hacía años y aprendió de las gentes de mar las artes del pillaje. Y había sido un buen alumno.

– ¿Estamos de acuerdo entonces con la fecha, caballeros? -preguntó, permitiendo que su auditorio evaluase su decisión.

Tres de los sujetos se removieron inquietos. El cuarto ni pestañeó.

Depardier, un tipo robusto de cara avinagrada solía ser el que respondía en nombre de los reunidos. En esa ocasión, también lo hizo. Sin dudarlo, dijo:

Comme vous voudrez.

Boullant asintió y se levantó, dando por finalizado el encuentro. Vio que los demás se apresuraban a bajar a tierra para reunirse con sus tripulaciones, y lo comprendió. Después de cuatro largos meses de duro trabajo, merecían un descanso. Habían conseguido apresar algunas buenas piezas y ya era hora de gastar parte de sus abultadas bolsas, ganadas con esfuerzo y sangre.

El capitán del Missionnaire esperó a que desaparecieran y se volvió hacia el único hombre que lo acompañaba día y noche: Pierre Ledoux, un año menor que él, de cabellos tan rubios y largos como los suyos y de una complexión similar. Hubiesen podido pasar, incluso, por hermanos, de no ser porque los ojos de Ledoux eran de un azul eléctrico.

– Bien, ¿qué piensas? -le preguntó François.

El otro se encogió de hombros.

– Que es muy peligroso.

– No me refiero al riesgo, Pierre.

– Eso suponía -sonrió su camarada, tomando asiento y descansando las botas sobre la mesa donde aún había esparcidos mapas, documentos varios y un sextante. Antes de responder, se sirvió un vaso de fuerte ron y se lo bebió de un trago. Suspiró y entrecerró los ojos al contemplar a su amigo y capitán-. El jodido Depardier no parecía muy conforme, aunque ha terminado por aceptar tu propuesta.

François gruñó algo ininteligible entre dientes.

– No acaba de gustarme.

– ¿Qué es lo que no te gusta?

– Tener una oveja negra entre nuestros hombres. Hace tiempo que observo a Depardier y me parece que está buscando independizarse.

– Podríamos encontrar a tantos capitanes dispuestos a unirse a nuestra flota como peces hay en el mar.

– Lo sé. Pero no es el hecho de perder una nave lo que me preocupa, sino que Depardier pueda convertirse en un rival. Dos flotas en la misma zona no tienen cabida, y lo sabes.

Pierre hizo un gesto vago. Entendía la preocupación de su capitán, a qué se refería. Si Depardier decidía abandonar la flota pirata y batallar en los mismos mares, surgirían desavenencias y enfrentamientos. Todos y cada uno de los capitanes de la escuadrilla faenaban por su cuenta, pero se unían al Missionnaire si el botín así lo requería, y siempre bajo las órdenes de Boullant; mientras, mantenían su independencia. Pero creía a Adrien Depardier muy capaz de armar su propia flota y le sabía egoísta, aunque nunca hasta entonces hubiesen tenido ninguna desavenencia. Calló un momento, sonrió como un bellaco y dijo:

– Mátalo entonces. Pásalo por la quilla.

– ¡No digas tonterías!

– ¿Por qué van a ser tonterías? Cuando hay un problema, lo mejor es eliminarlo.

– De momento, nos hace falta tenerlo a nuestro lado.

– Mátalo -repitió Pierre, retirando los pies de la mesa y echándose hacia adelante para descansar los codos en las rodillas-. Yo puedo encargarme de él. No me sería muy difícil meterle un puñal entre las costillas mientras se encuentra cabalgando a alguna furcia.

Boullant bizqueó y frunció los labios en una mueca divertida.

– Serías capaz de asesinarlo en plena faena.

– Puedes jurarlo -sonrió su amigo, y en sus mejillas se formaron aquellos hoyuelos que volvían locas a las mujeres.

Fran paseó por el camarote con las manos entrelazadas a la espalda. Atisbó por el ojo de buey. El puerto estaba animado y las luces de los prostíbulos empezaban ya a encenderse.

– Déjame que lo piense, mon ami. Tal vez uno de estos días lo haga yo mismo. Y ahora, dime, ¿qué piensas tú sobre el asunto de Port Royal?

Pierre se sirvió un segundo trago. Y estudió a su capitán antes de responder.

– Es un puerto sólido.

– Y bien defendido.

– Y con muchos ingleses -bromeó el otro.

El cejo de Fran volvió a fruncirse.

– Sí, con muchos ingleses -murmuró-. Y ni tú ni yo les tenemos demasiado aprecio.

Su interlocutor echó una rápida mirada a la botella, pero la olvidó. Buscó en el mapa que habían estudiado y lo golpeó con el índice.

– ¿Estás seguro de que quieres atacar por aquí?

– Es el punto más adecuado, ¿no crees? Los otros también parecían estar de acuerdo.

Pierre se centró de nuevo en el mapa y negó con la cabeza.

– ¿Por el suroeste? -insistió.

– Jamaica es una isla muy montañosa, ya estuvimos allí hace tiempo. Fondearemos en una cala pequeña, nos internaremos a través de las montañas y caeremos sobre ellos. Mientras, nuestras naves rodearán la isla y nos esperarán frente a Port Royal. Nadie se enterará de nuestra presencia hasta que sea demasiado tarde.

– No. No me convence, Fran. Yo voto por atacar Port Royal directamente. De noche. Cuando nadie espere que nuestros cañones puedan perturbar la tranquilidad de su bendito puerto. Los tomaremos por sorpresa. Y el botín será sustancioso. Mucho más, después de que Morgan haya gastado allí las onzas de oro españolas que robó en Maracaibo.

Boullant sonrió ante su decisión. Pierre le había gustado desde el primer momento porque nunca se andaba por las ramas. Si había que atacar, lo hacía de frente. Si tenía que batirse con alguien, cuanto antes mejor. Si debía conquistar a una mujer, se empleaba a fondo. En él no cabía la vacilación y para François representaba una ayuda inestimable. Sí había tomado una estupenda decisión al salvarle la vida cuando lo encontró medio muerto en la playa de una isla coralina y solitaria, con una herida de bala en el costado. Su gesto le valió el respeto del joven de por vida, que lo quería como a un hermano mayor.

Se sirvió ron y le ofreció un tercer trago a su camarada, que alzó su vaso y aceptó:

– Consultaremos el cambio de planes con los demás.

– Cuanto antes, mejor.

– ¡Por el ataque a Port Royal!

– ¡Y por la muerte de unos cuantos ingleses! -brindó Pierre.

– ¡Amén! À la votre santé, mon ami.

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