La isla estallaba en colores. Era un regalo de la naturaleza y Kelly la disfrutó en todo su esplendor. El aroma de las flores, las cascadas, el arrullo o el estrépito de las olas rompiendo en la playa, el murmullo de los bosques… Miguel la llevó a visitar cada rincón de aquel paraíso. El exotismo de sus parajes la enamoró. En una ocasión, hasta regresaron a casa con una bolsa repleta de cangrejos, que Veronique cocinó encantada.
La vida de Kelly había dado un giro increíble. Miguel hizo que le llevaran vestidos, zapatos, enaguas, sombreros… Parecía no estar nunca satisfecho con los regalos que le hacía. No le faltaba de nada. Salvo saber si él la amaba de verdad. Palpitaba latente la única duda que conseguía entristecerla.
Kelly seguía ocupando su habitación, aunque la mayoría de las noches acababa en la de Miguel, acurrucada entre sus brazos. Y durante sus ausencias, cada vez más cortas, se dedicaba a cabalgar. Había bautizado Español al caballo de Miguel. Un nombre que le iba como anillo al dedo, porque el animal parecía una réplica de su amo: inquieto, orgulloso y encantador. La misma estampa y la misma gallardía.
Miguel le había dado la autoridad necesaria para hacer cuantas modificaciones considerara en la casa, ya totalmente terminada. Ella se encargaba de las necesidades de los trabajadores, escuchaba sus preocupaciones, atenta a sus ideas para mejorar una u otra cosa. Enseñó a bordar a algunas mujeres, impartía clases a los chiquillos, procuraba que la casa entera reluciera cuando Miguel regresaba.
Se convirtió en el alma de la hacienda. Era la mujer del amo y nadie discutía sus órdenes. Aunque no lo era, pensaba ella con tristeza ante el respeto que le dispensaban todos.
Miguel lo dejó todo en sus manos y solamente asentía cuando alguno de los hombres le comentaba las órdenes de mademoiselle, como todos la llamaban.
Vivían en una atmósfera de paz, aunque no hacía del todo feliz a Kelly, que seguía sin conocer los verdaderos sentimientos de Miguel. Pero no podía negar que su cautiverio ya no era tal. Al menos, no tan obligado. Sin embargo, echaba terriblemente en falta a su familia. Seguramente la creían muerta, y cuando pensaba en ellos la embargaba una apatía infinita que nada conseguía mitigar. Entonces se encerraba en un mutismo total para preocupación de todos, que la creían enferma. Pero la más mínima necesidad de alguno de los trabajadores de «Belle Monde», como ella misma bautizó a la hacienda de Miguel, y a lo que él tampoco se opuso, la hacían volver a la actividad y olvidarse de sus penas.
Una tarde, Miguel la veía trajinar junto a Veronique. Habían cambiado de lugar, al menos diez veces, dos hermosas estatuas de alabastro que él compró en la ciudad. Ningún sitio les parecía el idóneo. Intentó dar su opinión, pero ni siquiera lo escucharon y se tuvo que callar.
Acomodado en un sillón, saboreó el brandy y dio varias vueltas entre sus dedos a la copa, sin quitarle los ojos de encima a Kelly. Se había acostumbrado a tenerla siempre allí, a su alcance. Existía entre ambos una relación extraña, dominada por el deseo, pero muchas veces, apoyado en un codo, cuando no podía dormirse, la observaba plácidamente en su sueño, después de una batalla amorosa, y se sentía como un gusano. Cuando la abandonaba para hacer alguna pequeña incursión, cada vez menos frecuentes, se decía que era despreciable. Y, según pasaban los días, crecía en él la necesidad de abandonarlo todo, como ya había hecho Boullant. Había llegado a depender tanto de Kelly que estaba perdido cuando se alejaba de «Belle Monde».
– ¿Qué te parecen aquí, Miguel?
Ella le distrajo un segundo.
– ¿Para qué me preguntas? -Sonrió, advirtiendo la mancha de polvo que tenía en la nariz-. Si no me hacéis ni caso…
– ¡Hombres! -gruñó Veronique, siguiendo a lo suyo.
Miguel retornó a sus pensamientos. Tenía fortuna suficiente como para no volver a la mar. La hacienda empezaba a dar sus frutos y, si Dios no lo remediaba, acabaría por convertirse en un honrado terrateniente, como Fran y como estaba en camino de serlo Pierre.
Sentía un miedo infinito a que Kelly se cansara de todo aquello y le pidiera volver con su familia, porque él ya era incapaz de negarle nada. Tenía que declararle su amor. Se lo debía, pero seguía posponiéndolo, por cobardía. ¿Aceptaría ella el amor de un filibustero? Porque seguía siendo eso, un proscrito. Las dudas lo estaban matando y, cuando llegaba a ese punto, se tornaba un ser huraño y amargado. En esas ocasiones, incluso Armand huía de su lado. Y él terminaba yéndose a la ciudad durante un par de días y emborrachándose como un cosaco.
Pero regresaba.
Siempre regresaba a Kelly. Era una batalla sorda que perdía una y otra vez. Una y otra vez…
– ¡Oh, basta ya, condenación! -exclamó Veronique de repente-. ¡Se quedan aquí y se acabó!
A Kelly ya no la sorprendían los arranques de la mujer. Se habían acostumbrado la una a la otra y el vínculo iba haciéndose cada vez más fuerte y estrecho. No fue de extrañar, por tanto, que ambas rompieran a reír, porque se trataba del primer lugar que habían elegido hacía ya una hora.
– De acuerdo. Tengo la espalda hecha polvo de acarrear estas estatuas. Si algún caballero nos hubiera echado una mano -insinuó Kelly a un Miguel embobado con los hoyuelos de sus mejillas.
– Señoras mías, he llegado a temer por mi integridad si entraba en vuestros juegos -se defendió él.
Veronique se rió por lo bajo, dio un último vistazo, se encogió de hombros y se despidió. Kelly corrió hacia Miguel y se sentó en sus rodillas. Él le rodeó el talle y la besó en el cuello.
– Realmente son preciosas -le dijo ella-. ¿Cuánto pagaste?
– Mejor no preguntes -gruñó-. A ti te gustaron y las compré, eso es todo.
Era cierto. Dos días atrás, paseando por la ciudad, Kelly se había quedado prendada de las esculturas, pero no se atrevió a pedirlas. Ya era mucho lo que Miguel le daba. Sin embargo, su interés no pasó desapercibido para él y en cuanto regresaron, envió a Roy a comprarlas. La explosión de alegría de Kelly cuando las desembalaban lo había colmado de dicha.
– Me mimas demasiado, capitán.
– ¿Eso piensas?
– Ajá.
– Sólo pretendo que te ilumine tu sonrisa en lugar de verte el cejo fruncido, princesa.
– ¡Oh!
– Te pones muy bonita cuando te enfadas, pero eres preciosa cuando sonríes. Además, es sólo dinero.
– Si sigues gastando como hasta ahora, pronto deberás volver a salir con El Ángel Negro. Y eso no me gusta nada.
– Es mi oficio.
– Un oficio que deberías dejar. Y que también debería dejar Timmy.
– ¿Qué tiene que ver ese mocoso?
– Bueno… llevo tiempo pensando en ello.
– Peligro, peligro -bromeó él.
– Timmy es un crío. No debería seguir en el barco. Ni moverse entre tabernas, furcias y borrachos propensos a las peleas.
– No se ha quejado.
– Se cree un hombre hecho y derecho, pero aún no ha cumplido los quince, Miguel. Debería estar en la escuela, preparando su futuro. Timmy es inteligente, aprende muy de prisa. ¿No crees que merece que le des una oportunidad?
Miguel frunció el cejo. ¿Prescindir del muchacho? Lo cierto era que ni se le había ocurrido.
– Ya veremos -contestó, bajándola de sus rodillas y marchándose.
Kelly pensó que había perdido la batalla, pero se llevó una sorpresa. A la hora de la cena, no sólo acudió Miguel, sino el chico, que parecía muy incómodo, correctamente vestido para la ocasión.
– Estás guapísimo, Timmy -le dijo ella, besándolo en la mejilla y haciendo que se sonrojara, como siempre.
Durante la cena, Miguel habló sobre algunos trabajos de reparación en la fragata y el muchacho tomó parte activa. Pero con el segundo plato, después de corregir sus modales varias veces, comentó:
– Mademoiselle piensa que deberías ir a una escuela.
A Timmy se le atragantó el sorbo de agua que bebía.
– Quiere que llegues a ser un caballero -continuó Miguel-, y opina que la cubierta de un barco no es el mejor lugar para tu educación.
– Pero, capitán, a mí me gusta navegar. ¡Y no deseo ir a ninguna escuela!
– Tampoco a mí me gustó tener que convertirme en lo que soy ahora y lo hice, hijo -zanjó él-. Te he inscrito en la escuela de Monsieur Durant. Podrás venir a «Belle Monde» los fines de semana.
A Timmy el mundo se le cayó encima. El capitán ya no lo apreciaba, ya no le era necesario. Los ojos se le llenaron de lágrimas y se levantó.
– Si no me quiere a su lado, buscaré otra tripulación. El capitán Cangrejo me admitirá en la suya.
– Siéntate y acaba tu cena, mocoso. No te enrolarás en ninguna otra nave y no contradecirás mis órdenes o te pondré sobre mis rodillas y te daré una buena zurra.
Acabada la cena, con el corazón rebosante de amor por Miguel, Kelly se llevó a Timmy aparte y habló con él. Le hizo ver que su capitán, lejos de querer apartarlo de su lado, lo estimaba hasta el punto de renunciar a su inestimable ayuda para convertirlo en un hombre de provecho. Cuando salió de la casa, el niño estaba convencido de que no había nadie en el mundo como el capitán De Torres.
– ¿Sigue enfadado? -preguntó Miguel, abrazando el cuerpo desnudo de Kelly al meterse entre las sábanas.
– No. Ahora te idolatra. -Le besó una tetilla-. Gracias.
Él la atrapó por el talle y la puso sobre su vientre. Ella se recató con picardía ante su ya más que dispuesta virilidad.
– Creo que merezco una recompensa, señora.
Su voz, ronca, repleta de deseo, la hizo temblar. Se inclinó sobre su pecho y lo besó, dejando que su larga cabellera los aislase a ambos en su mundo mágico. Fue un beso intenso, absorbente, que dejó a Miguel sin aliento y ansioso de poseerla.
– Y voy a dárosla, capitán -susurró Kelly.
Se unieron como tantas veces, con ardor, con hambre. Besaron, lamieron y mordieron, se dejaron arrastrar al juego ancestral de los amantes, venciendo y dejándose vencer.
Mucho más tarde, cuando la luz del alba teñía de púrpura el horizonte, Kelly se durmió entre los brazos de su adorado español, la más dichosa entre todas las mujeres.
El ciclón estalló como si hubiera surgido de los confines del infierno.
El cielo se había cubierto convirtiendo el día en noche. Las nubes, bajas y negras, arrojaban agua y viento sin control, con la violencia inabordable de una naturaleza que azuza a sus elementos a rebelarse incontenibles. Era el peor temporal que se recordaba en las islas y se temía que muchas de las casas de Guadalupe y La Martinica no resistieran la embestida de los elementos.
Los barcos fueron amarrados para evitar que el embravecido mar los lanzara contra las rocas. Aun así, tanto el Missionnaire como El Ángel Negro y algunas otras embarcaciones sufrieron desperfectos. Muchos edificios quedaron en ruinas: sus tejados volaron, las contraventanas desaparecieron, infinidad de palmeras se troncharon o fueron arrancadas de cuajo. Los remolinos de aire arrastraron utensilios, animales y personas y las pérdidas fueron cuantiosas.
«Belle Monde» no fue ajena a la catástrofe y, cuando pasó el ciclón, echaron en falta cabezas de ganado, patos y gallinas y buena parte del tejado del almacén, así como la valla norte de la hacienda.
En compañía de Armand y Roy, Miguel se dedicó a las reparaciones más urgentes, mientras que Kelly, Veronique y Lidia ponían orden en el interior de la casa, algunos de cuyos ventanales aparecían desgajados de sus goznes. Las habitaciones afectadas eran un caos de desorden.
Miguel entró en la casa tiznado de pies a cabeza, con un raspón en el antebrazo, el cabello revuelto y un humor de mil diablos. Pero su ánimo cambió cuando encontró llorando a Kelly. La abrazó y secó sus lágrimas.
– ¿Qué pasa, pequeña?
– Una de las esculturas se ha hecho añicos.
Miguel la acunó con ternura.
– Tontita -dijo, besándola en la punta de la nariz-. Te compraré diez más. Vamos, no vas a llorar por un trozo de piedra, ¿verdad? Además, si sigues gimoteando se te enturbiarán esos maravillosos ojos de gata. Estás preciosa, aunque el polvo y el pañuelo no te favorecen.
Kelly se quitó el pañuelo de colores que se había puesto en la cabeza para no ensuciarse el cabello; no le sirvió de gran cosa, dada su apariencia.
– Tú sí que estás hecho un desastre.
– Se me ha desplomado encima parte del techo.
– Deja que te cure ese arañazo.
Lo ayudó a quitarse la camisa y buscó agua, desinfectante y algodón. Mientras le limpiaba la herida, sus ojos volvieron a fijarse en el brazalete de oro y esmeraldas que Miguel lucía siempre.
– ¿De quién era?
– ¿El qué?
– El brazalete.
– De un hombre con muy poca suerte.
– ¿Lo mataste?
– Él intentó matarme a mí.
– Seguramente era el regalo de una dama. Es muy hermoso.
Como siempre, cuando adivinaba que le gustaba algo, él estaba dispuesto a dárselo.
– ¿Te gustaría tenerlo?
– ¡¡No!!
Kelly nunca había hecho referencia a la joya. Le encantaba y pensaba que a él le quedaba muy bien sobre su bronceada piel. No quería que se desprendiera de ella, se diría que le aportaba un extra exótico.
Pero a Miguel su exclamación tan decidida le extrañó. Y la duda de que pudiera pensar que no era más que un objeto de saqueo, lo cegó. ¿Le recriminaba el modo en que había conseguido la alhaja? Pues ¡todo lo que disfrutaba era producto de la piratería! Su negativa lo hirió como si le hubiesen arrancado un trozo de alma. Hiciera lo que hiciese, seguía siendo un sucio pirata para Kelly. Lo soportaba, sí. Le dejaba que le hiciera el amor. Pero en su fuero interno debía de anidar la convicción de que él no era un caballero. Apretó los dientes y calló.
Ella, atareada en curarle el rasguño, no se percató de su cambio de ánimo. Acabó y le vendó, sirviéndole luego una copa de vino. Se sentó en la alfombra, a sus pies, y apoyó la barbilla sobre su muslo, con la mirada perdida en el exterior, donde en esos momentos la brisa mecía tranquilamente las palmeras y lucía el sol.
– Me han dicho que ha atracado un barco de bandera inglesa.
– Sí.
– Armand comentó que arribó en muy mal estado.
– Perdieron el palo mayor y la mayor parte del velamen. Y a varios marineros. Afortunadamente para ellos, conservaron su carga y eso les servirá para que les presten la ayuda necesaria y para costear las reparaciones. Pero más vale que se larguen pronto, aquí no son bienvenidos.
– Debe de ser horrible morir durante una tormenta en el mar -dijo ella, haciendo oídos sordos al comentario que volvía a recordarle el odio de Miguel hacia los suyos.
– No más terrible que hacerlo en tierra.
Kelly guardó silencio. Miguel tampoco habló. La mención a Inglaterra parecía haber levantado un muro entre ambos. Ella volvió a pensar en sus padres y en su hermano y sintió una punzada de nostalgia.
– ¿Me dejarás regresar a Inglaterra alguna vez, Miguel?
Si le hubiesen pegado un tiro no le habría dolido tanto. El corazón se le paró un instante y luego comenzó a latir erráticamente. Sus dedos apretaron la copa y le tembló el pulso. La miró desde arriba. Parecía una gatita mimosa restregando su mejilla contra su pantalón, pero acababa de asestarle el zarpazo de una leona. La respuesta le salió como un latigazo:
– De modo que es eso lo que quieres: marcharte.
– Pensaba en mi familia… -Kelly elevó el mentón para mirarlo y se encontró con un par de gemas verdes, tan frías, que se le cortó la respiración.
– Escapar del lado del hombre que te tiene prisionera, eso pensabas.
– Yo no…
– No soy el tipo adecuado para una dama de tu clase. -Él se encolerizaba a cada palabra y ella, aturdida, no comprendía qué había dicho para enfurecerlo-. Entiendo que la compañía de un asqueroso pirata no es lo que tú habías soñado, ¿verdad? Sería mucho mejor que te agasajaran caballeros empolvados que no lucieran un jodido brazalete robado.
– Miguel… no…
– Aceptar sus lisonjas y hasta dejarte abrazar por alguno de esos idiotas en cualquier salón de baile -continuó él, saboreando su propia bilis-. ¡Por supuesto que eso sería mucho mejor que el trato que te dispensa un sucio pirata!
Kelly se ahogaba. ¿De qué hablaba? ¿Qué era lo que lo había trastornado tanto? Ella sólo quería regresar a Inglaterra para volver a ver a su familia una vez más y decirles que seguía viva. ¿Abandonarle? Dejar «Belle Monde» y a Miguel ni se le había pasado por la cabeza. Allí estaba todo lo que quería. Estaba él. El hombre al que amaba más que a su propia vida.
Miguel se levantó y la levantó a ella. Sus manos, sujetándola de los brazos, eran como grilletes. Le hacía daño y lo miró con cierto temor. La pegó a él con brusquedad y le espetó:
– Recuerda sólo una cosa, pequeña: eres mía. ¡Mi esclava! ¡Y no te librarás de mí!
«Esclava.»
Aquella odiosa palabra en sus labios fue como una daga en su corazón. Ella había creído que su antigua condición nunca volvería, pero ahora y allí, dominado por la ira, volvía su insensibilidad y su trato vejatorio.
– Creía que había algo entre nosotros -rebatió, cabizbaja.
¡Se burlaba de él! ¡Intentaba cegarlo con palabras, después de haberle arrojado a la cara que quería marcharse y que lo despreciaba como hombre!
Ácido y vengativo replicó:
– ¿Algo? ¿Qué puede haber entre un pirata y una dama? -se burló enrabietado; se lo preguntaba a sí mismo-. Deseo. Pura y simple lujuria. No voy a negar que gozo teniéndote en mi cama. Y, de momento, ahí es donde tienes que estar. Cuando ese deseo desaparezca, ya pensaré si te dejo regresar a tu maldita Inglaterra o te vendo en el mercado de esclavos, como hicieron tus compatriotas conmigo.
Kelly se quedó allí, en medio del cuarto, desmadejada, mientras él salía. La crueldad de sus palabras la fulminó. Cayó de rodillas, cubriéndose el rostro con las manos y deshecha en llanto.
François Boullant, apoyado en el marco de la puerta, había llegado a tiempo de oír la última frase hiriente de Miguel. Por un momento, le entraron ganas de salir tras él y romperle la crisma. Desde que abordaron a los barcos ingleses y Kelly Colbert entró en sus vidas, las cosas habían cambiado mucho. Aquella muchacha, Virginia y Lidia, les habían regalado un hálito de esperanza. Armand bebía los vientos por la mulata y Pierre era un hombre nuevo desde que conoció a Virginia. Hasta él había abandonado la piratería y no hacía ascos a los arrumacos de Nora Buttler. Miguel merecía ser azotado de nuevo por lo que acababa de hacer, pensó.
Ayudó a Kelly a incorporarse. Ella se le abrazó, hipando, hecha un mar de lágrimas.
– No le hagas caso, muchacha.
– Me odia -gimió ella-. ¡Oh, Dios! Me odia, Fran. ¡Y yo quiero morirme!
La calmó acariciándole los brazos. Por el momento no podía hacerle entender que la explosión de Miguel era consecuencia de sus dudas, de sus celos, de su propia inseguridad. Él no la odiaba, todo lo contrario. Pero François no pensaba allanarle el camino. ¡Menudo cabrón! No, merecía un escarmiento por lo que acababa de hacer y él estaba dispuesto a dárselo. Tomó el rostro de Kelly entre sus manos y le afirmó solemnemente:
– Creo que ese majadero necesita una buena lección.